. Earth Cries: Final Fantasy VII.

Capítulo 4. Almas desesperadas

Llevaron a Yuffie al interior de una tienda y la colocaron sobre una mesa de madera. Alguien encendió un brasero y unas manos comenzaron a desvestirla. Escuchaba la voz de Vedfolnir susurrándole palabras dulces, tratando de alejarla del dolor. Le quitaron los restos de la armadura de placas del brazo, rota en añicos por el impacto a bocajarro del arma del Turco.

«No —quiso gritar Yuffie—. No, eso no, no lo hagáis»

Pero cuando abrió la boca se le escapó un largo aullido de dolor, y la piel se le cubrió de sudor. Trozos de metal estaban incrustados bajo su piel y al arrancarlos la desollaban. Un cuchillo le rajó el brazo por la zona amputada, sintió que se le abría la piel.

En el interior de la tienda las formas danzaban en círculos en torno al brasero y las toallas llenas de sangre, eran sombras oscuras en las paredes de tela, y algunas no parecían humanas. Divisó la forma de un criatura, alargada y oscura, de ojos centelleantes en la oscuridad, y otra que parecía un hombre envuelto en llamas.

«¿Qué les pasa a todos, acaso no lo ven?»

Pusieron al rojo la hoja de una espada en el brasero y se lo colocaron en el brazo amputado. Le llegó el hedor de la sangre al arder y el brazo parecía ennegrecido. Yuffie se desvaneció con el dolor, cayendo inconsciente en la oscuridad y vio la sombra de las alas.

«Oscuridad», pensó Yuffie. La terrible oscuridad que la perseguía para devorarla. Si volvía la vista atrás estaría perdida.

La oscuridad es el olvido. Lo consume todo. Todo excepto aquello más oscuro que la oscuridad.

Sombras depravadas que susurraban palabras prohibidas en la lejanía. Quería moverse, irse de ahí, pero su cuerpo no respondía. No sabía dónde era arriba y donde abajo. Flotaba en un mar de tinieblas.

No podía mirar atrás, no debía mirar atrás.

Pasó un tiempo, una noche, un día, una semana. No habría sabido decirlo. Despertaba por momentos, aquejada de un dolor insoportable. Sentía calor en su interior, era un ardor espantoso en el brazo izquierdo.

Estaba tumbada en un incómodo colchón hecho de paja sobre una tabla dura que se movía con un suave traqueteo. La llevaban algún lado. No sabía dónde. Una lona cubría el techo y cerraba los lados alrededor de ella, pero la luz del sol y el calor se filtraban en el interior por los poros de la tela.

Pero para ella todo era oscuridad y frío. A penas lograba mantener la consciencia. El dolor era constante, palpitante, sentía como en su brazo cercenado los músculos se estiraban como quién tira de un hilo deshilachado y la piel, abrasante, se retorcía adoptando nuevas y grotescas formas.

Luego se desmallaba y las pesadillas la atosigaban entre sudores fríos. No sabía si prefería estar despierta o inconscientes. En ambas formas sufría. En sus delirios luchaba por despertar y en su dolor buscaba dormir.

Afuera, donde no había oscuridad ni pesadillas, se escuchaban voces. Yuffie trataba de reconocerlas, pero ninguna era familiar entre la muchedumbre. Todo estaba lleno de sonidos: pisadas, llamadas, graznidos de chocobos, el traqueteo de las ruedas de carros, motores de turbinas de vapor de los vehículos.

En el interior, sin embargo, las alas proyectaban sombras sobre sus sueños febriles.

Cosas oscuras como el corazón de un demonio. Los demonios no temen a la oscuridad.

Detrás de ella, una respiración crepitante soltaba un aliento frío como la muerte en su nunca y las alas producían un sonido metálico. Brillaban en un acero platino que centelleaba por encima de ella desde su espalda en todo el mar de oscuridad.

«Si vuelvo la vista atrás, estoy perdida»

El olor que despedía la herida era espantoso, dulzón y tan penetrante que Yuffie se sintió a punto de ahogarse.

A lo lejos divisó una luz, diminuta en la distancia. Una luz roja, acercándose. La conocía, no tenía miedo de ella. Extendió la mano.

«Vincent»

Había venido a salvarla de aquella oscuridad.

Iba por fin a tocar la luz roja con los dedos cuando una luz azul centelleó más fuerte y voraz, consumiéndolo todo.

Después, y durante largo rato, sólo hubo dolor, fuego y susurros procedentes de las estrellas. El sabor de las cenizas la despertó.

La tienda de lona estaba a oscuras, silenciosa, cerrada. Del brasero salían flotando algunas cenizas, y Yuffie las siguió con la mirada hasta ver cómo se perdían por el agujero para el humo de la parte superior.

Y allí estaba Vedfolnir, el monje fahratí, que le ponía una copa en los labios. Notó el sabor de la leche agria, y también el de algo más, algo espeso y amargo. El líquido caliente le corrió por la barbilla. Consiguió tragar algo. La tienda se hizo más oscura, y el sueño volvió a apoderarse de ella. Pero no hubo pesadillas. Flotó, serena y tranquila, en un mar que no tenía orillas. Y ya no era un mar oscuro, sino uno azul.

Volvió a despertar, sobresaltada por la bocina de un vehículo y unos gritos. El dolor había menguado y se sentía descansada. La tienda estaba a oscuras, sólo iluminada por un rayo de sol dorado que entraba por el agujero del techo, acariciándole el rostro.

Había echado de menos la luz. Incluso si siempre estuvo ahí.

Miró a su izquierda, encontrándose con que volvía a tener el brazo completo; estaba vendado desde el pecho, pasando por el hombro hasta la mano. A su alrededor había cuencos llenos de agua manchada de rojo, vendas sucias y un emplaste de ungüentos sobre hojas de gran tamaño. Levantó el brazo y miró su mano. Intentó abrirla y cerrarla, y ésta respondió como si nunca se hubiera separado del resto del cuerpo. Era como si la hubieran despedazado para luego volver a reconstruirla.

Sintió el calor que procedía de su interior. Bajo las hoscas y pesadas mantas, tenía la piel desnuda cubierta de una película de sudor. Se incorporó sobre su lecho y suspiró.

—Has despertado por fin —dijo la exótica voz de la pescadora. Estaba recostada en una montaña de paja y Yuffie supo por su expresión soñolienta que se había quedado dormida, seguramente vigilándola.

—Quiero... —empezó a hablar Yuffie. Tenía la garganta en carne viva.

—¿Sí? —la pescadora se incorporó, expectante.

«Necesito... algo... a alguien... ¿el qué?»

Sabía que se trataba de algo importante. Era lo único que importaba en todo el mundo. Todo parecía moverse en medio de brumas.

«Tengo que...»

Los enormes ojos negros de la pescadora la miraban a la espera que dijera algo. Yuffie sentía la boca seca. Se humedeció los labios y se quedó quieta como una estatua. La pescadora pareció cansarse:

—Estate quieta ahí. Voy a buscar a Vedfolnir—declaró moviéndose hacia la puerta de la tienda—. Tienes tu ropa ahí, la hemos limpiado.

Entonces, como si hubiera pronunciado las palabras mágicas, Yuffie reaccionó poniéndose en pie, dejando caer las mantas al suelo y mostrando su desnudez. Más rápido de lo que pudo calcular la pescadora, Yuffie se le abalanzó, cogiéndola por los hombros y encarándola.

—¿Quién me desvistió? —exigió saber con la cara roja y los ojos turbados— ¿Quién curó mi herida? ¡¿Quién?! ¿Fue Vedfolnir, verdad? ¡¿Qué fue lo que vio?!

La pescadora apartó bruscamente a Yuffie.

—Relájate —ordenó. Aunque su tono era neutro, tenía una mirada severa que recorrió el cuerpo desnudo de Yuffie. Un cuerpo atlético y fibroso, lleno de cicatrices, moratones y raspaduras—. Sólo eres un cuerpo más, a nadie le interesa tu desnudez. Vedfolnir te salvó la vida, deberías estar agradecida.

Yuffie trató de relajarse, pero los latidos de su corazón retumbaban por todo su cuerpo y estaba sofocada. La pescadora la siguió observando duramente hasta que supo que estaba tranquila. Luego, recogió la ropa que le había señalado con anterioridad y se la lanzó a la cara.

—Voy a por Vedfolnir —dijo—. Y no me vuelvas a tocar o te mato.

Aquella amenaza reveló que a la mujer no le había gustado descubrir que Yuffie era más fuerte físicamente. Sentenciado esto, salió de la tienda, dejando a la caza materias sola. Aunque Yuffie intuía que habría alguien apostado fuera, vigilando que no escapará. Se vistió rápidamente su pantalón corto color caqui, la camiseta gris oscuras, los calcetines de medio muslo a rayas, los guantes antiparras, las coderas y rodilleras, y las botas de montañismo. Su ropa había sido lavada y no tenía restos de sangre, y cuando se puso la bufanda roja alrededor de cuello le llegó un olor a jabón de lagarto que le recordó a las lavanderas de Wutai. También estaban sus otras pertenencias y armas, y Yuffie se apresuró a equiparse para cualquier peligro. Preparó un par de bombas de humo en su cinturón y unas granadas explosivas en lo que quedaba de su maltrecha pechera táctica. Había perdido toda la protección de su brazo izquierdo y eso la ponía incomoda.

Cuando se dio cuenta que le faltaba Luna Menguante en su muslera, la lona de la tienda se abrió y entró Vedfolnir, acompañado del SOLDADO de PRIMERA CLASE fahratí. Al verla armada como si fuese asaltar ella sola una fortaleza, el monje sonrió condescendientemente.

—Buenos días, Yuffie —saludó, con su mirada llena de los secretos del universo—. Te veo con fuerzas este día.

—Sí —dudó en responder—. Ya... me encuentro mucho mejor, gracias.

Ella se quedó a la expectativa, esperando una iniciativa agresiva por parte de Vedfolnir. «Aunque es absurdo que no me haya hecho nada hasta ahora, habiéndome tenido a su merced».

—Perfecto. Entonces acompáñame.

Vedfolnir salió de la tienda, y el SOLDADO lo siguió. Yuffie suspiró resignada y salió también detrás de ellos.

Tras la penumbra de la tienda, el mundo exterior la cegó con su brillo. Un campamento de unas dos mil personas se extendía a lo largo de un prado, erigiéndolo de palacios de hierba y paja trenzada, tiendas de lona, toldos de plásticos y esterillas de madera en los suelos. Nada más salir, un grupito de niños se juntó para mirarlos con ojos curioso. Vedfolnir les sonrió y caminó entre la multitud. Distintas personas dejaron de hacer sus quehaceres para saludarlo o bendecirle a su paso. El SOLDADO de PRIMERA CLASE lo seguía como una sombra, y Yuffie fue detrás de ellos. Por el campamento pasaban caravanas, coches y motocicletas levantando estelas de polvo y vastos rebaños de ovejas y chocobos pastaban ante las atentas miradas de pastores que los cabeceaban al verlos. Había ancianos arrugados contemplando el cielo azul, espantándose las moscas con manotazos débiles y hombres y mujeres en constante movimiento. También pudo ver guerreros apostados en cada esquina, afilando sus armas o puliendo sus armaduras.

Vedfolnir llevó a Yuffie hasta una de las carpas más grandes, cubierta con telas que caían desde el techo. Éstas estaban adornado con símbolos rústicos que Yuffie reconoció como Cetras. Cuatro SOLDADOS con la palma azul en el rostro vigilaban cada una de las esquinas. Los dos que franqueaban hicieron un saludo a Vedfolnir y le abrieron las telas que hacían de apertura de la carpa para que pasaran.

Dentro había otros dos SOLDADOS fahratí, que vigilaban a tres hombres que estaban de rodillas en el suelo, con las manos atadas por delante y las cabezas tapadas con sacos de lana gruesa. Los prisioneros llevaban los uniformes de SOLDADO.

—¿Qué significa esto? —preguntó.

Vedfolnir hizo un gesto hacia el SOLDADO de PRIMERA CLASE y éste desencapuchó uno a uno a los tres prisioneros. El primero era un hombre de rostro alargado, cabello oscuro con perilla y el brillo sobrenatural del Mako en unos ojos grandes como los de un niño. Llevaba el uniforme violeta de SEGUNDA CLASE y del cuello le colgaba una cadena de eslabones con un anillo. A su lado, un jovencito SOLDADO de TERCERA CLASE temblaba inquieto. Tenía la piel rosada y llena de pecas, y sus ojos Mako a penas se veían bajo el espeso cabello rojizo. Finalmente, el tercero era un Maestro de Armas, un SOLDADO veterano encargado de adiestrar a los novicios. Era un hombre mayor de rostro engullido por las arrugas y unas severas líneas de expresión que denotaban un carácter huraño. A pesar de esto, Yuffie sabía que no debía superar los cincuenta; aunque el tratamiento de Mako aumentaba las características físicas de una manera sobrenatural, también acababa consumiendo con el tiempo, por eso los SOLDADOS no tenían vidas muy largas.

—Estos son hombres de Shinra, SOLDADOS. ¿Cuáles son vuestros nombres? —preguntó Vedfolnir.

Los prisioneros se quedaron en silencio, estaban magullados y sus respiraciones eran fuertes y agitadas, difícilmente conseguían mantener la calma.

—Responded —ordenó el SOLDADO de PRIMERA CLASE, y su voz sonó como un relámpago. Los prisioneros temblaron ante el rugido pero hablaron.

—Mi nombre es Galuf, señor —se presentó el más anciano, casi militarmente.

Yuffie dudaba si su iniciativa había sido por el miedo a la situación o porque quién lo ordenó era un superior, aunque fuese un fahratí reivindicalista. Al ver que el mayor respondía, el más joven también lo hizo:

—So-so-soy O-O-Olaf. Soy Olaf, señor.

—Jorel —suspiró el de mediana edad con expresión resignada.

Vedfolnir dejó que se alargaran unos segundos de silencio, sólo roto por los gimoteos y oraciones de los prisioneros. Cuando consideró que la situación estaba ya suficiente llena de dramatismo, se dirigió hacia Yuffie.

—Galuf, Jorel y el joven Olaf —dijo señalándolos pero sin mover la vista de la cazamaterias— son de Shinra, son SOLDADOS de Shinra. Aquellos a los que odias tanto, ¿verdad?

El de mediana edad soltó a llorar desconsolado, desamorándose en el suelo. Vedfolnir le ofreció entonces a Yuffie un cuchillo de precisión. Era Luna Menguante.

—Mátalos —dijo.

—¿Qu-qué? ¿cómo?

Los tres prisioneros comenzaron a rogar por sus vidas al instante, removiéndose para escapar, y los dos SOLDADOS fahratí los redujeron de nuevo. Vedfolnir ignoró sus llantos, con los ojos azules tan fijos en Yuffie que ésta no pude despegar su mirada de la de él.

—¡No, por favor, por favor!—imploró el joven Olaf, su pequeña cara rosada y llena de pecas estaba arrugada en una mueca grotesca. Comenzó a removerse pero de nuevo sus captores volvieron a reducirlo contra el suelo—¡No!

Jorel, mientras tanto, tratando de mantener la calma, buscó auxilió en Yuffie:

—¡Piedad por mí y mi familia —dijo, intentando mantener contacto visual con la caza materias—, tengo una esposa e hijos! ¡Decidme que están bien!

Vedfolnir se posicionó en medio, tapando con su larga talla a Jorel de los ojos de Yuffie y ésta tembló cuando volvió a ofrecerle a Luna Menguantes.

—¡Por favor, no, por favor! —seguía rogando el joven Olaf, pero estaba muy lejos de la vista de Yuffie.

Vedfolnir la miraba como si no existiera más mundo que la distancia que separaban sus pupilas de las de ella, y Yuffie no pudo evitar perderse en su presencia. Luna Menguante había acabado entre sus dedos.

—No me pagaban lo suficiente para esto—maldijo el mayor su suerte, como si todo fuese una pesada broma de un viejo amigo.

—¡No, por favor! —el joven Olaf estaba a punto de estallar en histeria, su rostro estaba tan arrugado por el miedo que las pecas moteadas se habían fusionado en una mancha alrededor de su nariz y mejillas.

—¡Mi familia es buena gente —siguió Jorel, inclinándose para salir de la larga sombra que proyectaba Vedfolnir y le ocultaba de la vista de Yuffie—, no les hagáis daño! ¡Dejad que los vea!

—¡Por favooor! —finalmente el joven Olaf se derrumbó en un llanto desconsolado y el mayor se echó a reír:

—Y pensar que estaba a punto de retirarme...

A pesar de lo histriónico del momento, Yuffie no podía verlos; era incapaz de romper el contacto visual con Vedfolnir.

—Tú me dijiste que todo SOLDADO se merecía su sufrimiento ¿verdad? —Vedfolnir hablaba con voz suave y baja. Su posición era erguida, con las manos agarradas a su bastón de hermosos acabados azules. El rostro sereno, tranquilo y, aunque en su boca ya no había ninguna sonrisa misteriosa, sus ojos seguían proyectando una fuerza magnética ineludible—. Porque hicieron sufrir al mundo, ellos lo lastimaron, ¿no es así?

—Sí... pero...

Por un instante Yuffie se detuvo un intentando recordar el número de personas que había matado: no en la guerra, donde a menudo resulta imposible conocer el efecto de una estocada, de una explosión o del estallido de la magia en mitad de la refriega, sino en algo singular, cuando el enemigo tiene rostro.

Tampoco aquello, en los tiempos que corrían, significaba gran cosa; tampoco es que ella fuera de los que necesitan coartadas que mantienen intacta la propia estimación personal. Toda su vida había sigo dedicada a la contienda: en Wutai, las escaramuzas de AVALANCHA, contra Sephiroth y los hijos de Jenova, la caída de Meteorito, el despertar de los Deepground, el alzamiento de Omega...

—Te hicieron daño —seguía hablando Vedfolnir, con aquella voz que envolvía todo—. Invadieron tus tierras, mataron a tu gente y llenaron de miseria tu pueblo. Ellos destruyeron Wutai.

—¡No, no! —empezaron a gritar los prisioneros.

—Pero están atados —susurró Yuffie cuando soltó todo el aire contenido.

—¿Acaso no estaban indefensos los aldeanos wutanienses que Shinra mandó aniquilar?

—¡Yo no fui! ¡Eso fue hace veinte años! —gritó el joven Olaf, ansioso de haber encontrado una rayo de esperanza a su suerte—. ¡Ni siquiera había nacido!

—¡Es verdad, yo-yo tampoco fui! —corroboró Jorel—. ¡No estaba asignado a esa misión!

—Pero de alguna manera, vosotros también participasteis —sentenció Vedfolnir. Aquella afirmación destruyó toda ilusión de los dos soldados de poder cambiar las tornas a su favor y sus rostros volvieron a desencajarse mientras negaron con rotundidad. El monje los ignoró y prosiguió—. Yuffie está segura de que vuestro espíritu estaba con las hazañas del Sephiroth, el Gran Héroe de la Guerra de Wutai, ¿verdad? Escuchabais por la radio las noticias y enaltecíais cuando se anunciaba cada victoria del SOLDADO de PRIMERA CLASE que inspiró a varias generaciones de jóvenes guerreros.

—¡Yo sólo estaba en Shinra para alimentar a mi familia! —admitió Jorel, cerrando los ojos con impotencia.

—¿Y hubieras ido a la guerra de haberte asignado?

Jorel dudó. Abrió los ojos y miró con la cara descompuesta al monje, quien le devolvió una mirada impermeable. Finalmente, Jorel suspiró y respondió con sinceridad:

—Shinra me proporcionaba un plan de ahorros, un seguro familiar y becas para mi hijo... Hubiese ido, sí, por mi familia.

Vedfolnir sonrió. Era esa sonrisa secreta que a Yuffie se le había antojado tan hermosa como enigmática la primera vez que la vio. Yuffie tragó saliva: ahora todo le daba vueltas y quería parar esa locura. Quería... pero sin embargo, no se veía capaz de pararlo.

—Siempre creí que la de Wutai fue una gloriosa campaña...

—Pues informaron mal, Jorel —Vedfolnir dio un par de palmaditas en el hombro al hombre—. No hay gloria ninguna en saquear casas, forzar a mujeres y degollar a campesinos indefensos.

«Once muertes» sumó por fin Yuffie y apretó con fuerza el puñal de Luna Menguante.

—¡No es justo! —protestó Olaf—. ¡No es justo hablar de posibilidades, de qué hubiéramos hechos de estar ahí o no! Nadie quiere una guerra...

—Pero admirabas a Sephiroth —habló entonces Yuffie—. Te uniste a SOLDADO para ser como él... e ir a guerras.

—Sí, ¡sí, sí! Admiraba a Sephiroth, ¡como todos! Pero no la guerra... Yo sólo quería proteger mi patria como lo hacía él...

Las uñas llenas de suciedad se clavaron tan fuerte en el mango de Luna Menguante que se le empezaron a doblar.

—¡¿Proteger tu patria?! ¡¿Protegerla de quién?! —Yuffie se desgarró la garganta gritando—. ¡Wutai nunca fue una amenaza, nunca tuvo ningún interés en el resto de los Continentes! —un palpitante latido, fuerte y despiadado, le recorrió el brazo izquierdo, inyectándole el deseo de degollarlo ahí mismo—. ¡Fuisteis vosotros! —siguió gritando, tenía los nudillos blancos y la cara roja— ¡Queríais nuestros recursos, así que fuisteis, nos masacrasteis, nos saqueasteis, no sometisteis y nos negasteis prosperar! ¡Nos robasteis nuestra identidad!

—¡Yo no! —exclamó Olaf, desesperado.

—¡Pero sí tu amado Sephiroth! —espetó ella—. ¿Sabes cuantas madres y niños mató para ganar la guerra? Una nación no puede existir sin herederos aunque tenga recursos, ¡y mi padre se rindió! Os entregó todo. Y a mí... —la voz se le quebró en esta parte y tuvo que apartar la mirada.

Olaf, con la respiración agitada y su cara pecosa congestionada, frunció el ceño con determinación. No moriría por los pecados de otro. Miró al mayor de sus compañeros y con gesto duro sentenció:

—¡Galuf sí fue! —todos lo miraron un momento en silencio, y Olaf asintió con la cabeza para darse fuerza a sí mismo—, sí, él si fue a la Guerra de Wutai, como Capitán de la IX Legión de SOLDADO.

El viejo Maestro de Armas hizo rodar sus ojos, en una clara expresión de hastío.

—Serás bocazas... —excepto.

—¡Es la verdad! —le increpó Olaf—. ¡No paras de contar batallitas de la Guerra de Wutai!

—¿Y qué querías que hiciera?—Galuf se encogió de hombros—. ¡Eran órdenes! —aunque trataba de tomar una posición indiferente, cuando sus ojos se cruzaron con los de Yuffie, Galuf se estremeció como si viese en la caza materias los fantasmas de Wutai—. Era órdenes —repitió con la voz más quebrada —¿Qué podía hacer? No fue... culpa mía —y agachó la mirada.

—¡¿Entonces de quién es la culpa?! —quiso saber Yuffie; ya no sabía si se lo preguntaba al anciano, a Vedfolnir o a los dioses.

Yuffie se había criado con la batalla y con trece años ya había degollado a un centinela por la espalda abrigada en la noche. Pero ése era azar propio de la guerra. Aquel primer hombre que mató no tuvo oportunidad de defenderse. Pero era un SOLDADO, había escogido la senda del guerrero, había invadido sus tierras y murió por ser tan estúpido de dejarse degollar por una adolescente.

—Si la culpa no es tuya porque sólo seguías órdenes —volvió a hablar a Vedfolnir— entonces la culpa la tiene quién te dio las órdenes, ¿no es así?

El anciano Galuf asintió desesperado y el monje volteó su rostro hacia el SOLDADO de PRIMERA CLASE, quien había permanecido impávido ante toda la escena, erguido y recto como el militar que era. Éste desenfundó el arma que colgaba de su cinturón, una espada cimitarra que vibró al salir de la funda con una elegancia magnifica. Los prisioneros contuvieron el aliento al verlo dar un paso hacia adelante.

El SOLDADO pasó de largo de los prisioneros y se posicionó delante de Yuffie. Ella le sostuvo la mirada, observándolo directamente a los ojos Makos. Era imposible descifrarlos. Entonces él se arrodilló y colocó la cimitarra a los pies de ella. Era un arma refinada, fina y ligera, fundida en acero de crisol; la hoja era ancha y curva con un único filo pero decididamente cortante, diseñada para barrer con estocadas a los enemigos al atacar a lomos de un chocobo. La empuñadura protectora estaba hecha de metal negro pulido, a juego con su vaina, y acababa en una forma tan puntiaguda y fina como un agudísimo aguijón. Sentado sobre sus rodillas, el SOLDADO colocó las manos en sus muslos y estiró su cuello desnudo hacia atrás, ofreciéndoselo.

—Su nombre es Les Jaeger —habló Vedfolnir desde atrás— más conocido por este campamento como el Coronel. Lo conocí en las ruinas de Midgar, un superviviente de Meteorito. Como yo. Él fue el primero en seguirme; es uno de los hombres más fieles a la causa que conozco. También un SOLDADO de PRIMERA CLASE. Y estuvo en la Guerra de Wutai.

A Yuffie le temblaba el suelo, le sorprendió su propia incapacidad de decidir qué quería en ese momento. Sin embargo su mano izquierda cobraba fuerza sujetando a Luna Menguante.

—Tenía 20 y acababa de lograr el ascenso —siguió hablando Vedfolnir—, así que lo enviaron a él a cargo de un pelotón de hombre para mitigar los últimos reductos rebeldes en la etapa final de la guerra después de la conquista de Fuerte Tamblin.

Desde su posición, los ojos de Yuffie apreciaban claramente la arteria de la yugular del SOLDADO, el Coronel Les Jaeger. Era gruesa, fuerte y sana, latía con un ritmo tranquilo, sosegado. Pareciese que su vida no dependía de eso, aunque de un sólo movimiento la hoja afilada de Luna Menguante podría abrírsela en canal. Yuffie pudo imaginarse la sangre saliendo a borbotones como de un aspersor. Saldría con tanta violencia que a esa distancia que la bañaría entera de rojo.

—No soy una carnicera —dijo. Temblaba tanto que le costaba mantener su mano empuñada quieta, así que se la agarró con la derecha.

—Te imaginaba mejor servidora de tu nación.

—Y lo soy. Incluso la he servido mejor que a mi padre, mejor que a los dioses. Pero ésta no es mi guerra.

—¿Y asesinar por cuenta ajena sí lo es? —Vedfolnir la escuchaba con expresión impenetrable. Su sonrisa, su misterio, su alegría... no estaban—. Los SOLDADOS en la calle de Junon a los que asaltaste…

—No —susurró Yuffie, no queriendo afrontar el recuerdo de esa escena. «No había querido llegar tan lejos, sólo quise... ¿qué quise? ¿qué pretendí?». Se había dejado llevar por el odio. Y Yuffie se sintió sola. La oscuridad volvía a ella y no quería sucumbir

—Al joven al que apaleaste al final... se llamaba Flamio, tenía diecisiete años. Murió tras horas de agonía. El médico le dio Polvo de Sueño para calmar su dolor y que trascendiera en paz... Aquello, Yuffie, no fue algo justo. Podían estar armados, portar armaduras y tener el logotipo de SOLDADO en la pechera, pero no eran niños.

El sol iba cayendo, y la luz naranja se filtraba por las telas que de la carpan caían cubriéndolo todo. El interior se volvía rojizo y las sombras se empezaban a alargar proyectándose por todos lados.

«Once muertes» se repitió a sí misma. Cuatro habían sido por asuntos de juego, palabras inconvenientes o trabajos desafortunados. El resto había sido en duelos soldadescos en sus diversas escaramuzas de AVALANCHA y la WRO. Todos hombres hechos y derechos, capaces de defenderse y, algunos, rufianes de mala calaña. Nada de remordimientos, excepto en dos casos: uno, un soldado de los Deepground, en las ruinas de Midgar; Yuffie estaba tratando de cerrar las válvulas de los Reactores Makos para detener el Alzamiento de Omega cuando el destello del Mako en el metal de una ametralladora de asalto detrás de ella le advirtió de la presencia de su enemigo. Yuffie apuró su Materia Velocidad para tomar ventaja y echar a correr hacia un lado esquivando los múltiples disparos del arma de su enemigo; las balas se incrustaron en las cañerías de la Sala de Comandos, soltando un espeso y ardiente vapor que llenó la habitación. En cuanto Yuffie escuchó el martilleo seco del cargador de la ametralladora no dudó, lanzó Sol Naciente y la sudarshana voló con sus dientes afilados hasta morder al enemigo atravesado el cuello con una estocada sencilla de círculo entero. Cuando éste cayó al suelo desangrándose aún estaba vivo, y al retirar el arma de la carne del soldado, Yuffie vio horrorizada que debajo del casco y la armadura negra, con los cables que le administraban Mako directo a su sistema central, había un niño de no más de doce años. Todo sucedió muy rápido y Yuffie tuvo que volver a su misión, pero se llevó consigo el recuerdo de la angustia en el pálido rostro del niño, que apenas pudo hacer frente a esa desconocida enemiga que había invadido el que fue su hogar desde que nació.

—Puesta a acuchillar a tus enemigos —hablaba Vedfolnir, cerca de su oído detrás de ella, con voz baja pero poderosa —, hazlo con guerreros de verdad. Hazlos con los que han visto la sangre correr por la empuñadora de sus armas al atravesar a un enemigo real. Hazlo con los que deshonraron lo que era honrado para ti.

Además de aquel niño de Deepground, ahora sumaba a su conciencia la muerte del SOLDADO de Junon, un tal Flamio de diecisiete años. Yuffie no fue capaz de recordar el nombre de ninguno de los otros diez. O tal vez no los había sabido nunca. Nunca le había interesado saber nombres.

Yuffie miró al SOLDADO de PRIMERA CLASE Les Jaeger. Vio sus fríos y brillantes ojos de SOLDADO, el pelo engominado hacia atrás y el rostro, de rasgos bien formados, perfectamente afeitado. En la frente despejada la marca de la mano azul. Yuffie extendió su mano derecha y la posó encima de la huella, más grande que la suya propia. Retiró la mano y se acercó al anciano Galuf.

De cualquier modo, de pie ante tres hombres arrodillados y atados, implorando por sus vidas y las de sus familias, ante el Maestro de Armas de SOLDADO que había participado en la Guerra de Wutai, Yuffie añoró una vez más los tiempos de AVALANCHA; el olor de las bombas explosivas, el relinchar de los chocobos, el sudor del combate junto a los camaradas, el batir de las hélices del Potrillo y el paso tranquilo entrando en liza bajo las viejas banderas. Comparada con aquel campamento donde se disponía a matar a tres hombres a quien no había visto en su vida, comparada con su propia memoria, la guerra, el campo de batalla, se le antojaban esa noche algo limpio y lejano, donde el enemigo era un uniforme.

Y ahí, con el rostro lleno de sombras, sujetando tan fuerte a Luna Menguante que le temblaba todo el brazo izquierdo, y la sangre palpitando en ella con una fuerza que silenciaba los ruegos de los prisioneros, el sonido de la voz de Vedfolnir se hizo cada vez más alto, hasta llenar el mundo de Yuffie:

—Yuffie, no hay excusas —decía—, los tienes aquí —decía—. Tu odio está delante de ti —decía—. Tómalo o déjalo ir —decía—. Pero debes tomar una decisión.

Y detrás de ella, el sol poniéndose proyectó las sombras de las alas de sus pesadillas, y el viento sopló y oyó el tintineo metálico a su espalda.

«Si vuelvo la vista atrás, estoy perdida»

Agarró con decisión su cuchillo y con todas sus fuerzas rajó las cuerdas que maniataban al anciano Galuf. Éste soltó todo su miedo retenido, respirando entrecortadamente y agradeciendo la misericordia de Enneath, de los Cinco Dioses, de Leviatán y de todo dios reconocible en su vocabulario teológico. Yuffie se acercó a Jorel y Olaf para liberarlos también, quienes se unieron al agradecimiento.

Mientras esto ocurría, el Coronel Les Jaeger, se había levantado del suelo con la cimitarra en mano y se giró hacia la caza materias para atestarle una estocada que trazó un arco desde el suelo al torso de Yuffie. El filo del arma se encontró con una fuerza de resistencia mágica, que se manifestó al contacto de la cimitarra como una membrana viscosa y negra. La oscura energía se concretó en el golpe y empujó por el aire a Les con violencia varios metros de distancia. Les usó a su vez Ala de Pájaro para mantener el equilibrio en el impacto y caer elegantemente en el suelo.

Yuffie le sonrió desafiante bajo el fulgor de su escudo mágico: no iba a pasear por el campamento de unos fanáticos sin una buena protección. Había ocultado la magia de su materia Escudo con un Ocultación. Un combo perfecto para pillar desprevenido cualquier ataque furtivo del enemigo.

El Coronel Les sacudió un poco dolorido la mano que empuñaba la cimitarra, tronó el cuello bruscamente hacia la derecha y se lanzó de nuevo hacia Yuffie, acumulando magia alrededor de su arma. El encantamiento brilló bajo el resplandor del Mako, aumentando la potencia y velocidad de su carrera de manera sobrenatural.

Sabiendo que no le daría tiempo a desenfundar una de sus armas, Yuffie se echó a un lado. Les lanzó un tajo bestial hacia la cabeza de ella, pero Yuffie lo esquivó sin dificultad. La cimitarra de Les se disparó en un aguijonazo, pero Yuffie recibió la punta con el escudo mágico. El Coronel usó la materia de apoyo para aguantar el impacto del escudo y mantener la presión. Se oyó el chirrido del metal contra la energía mágica cuando la hoja de acero de crisol se deslizó por el escudo membranoso y negro.

Aprovechando esto, Yuffie le lanzó una patada desviándolo hacia un lado. El Coronel dio unos pasos hacia atrás para no desestabilizarse, recibiendo todo el impacto en la boca del estómago. Yuffie le lanzó un segundo ataque con un puñetazo cargado con la materia Rayo, que relampagueó alrededor de ella. Esta vez, Les esquivó el puñetazo de un salto hacia atrás, pero pequeñas descargas eléctricas arañaron su mejilla.

Yuffie gruñó al notar que su escudo mágico comenzaba a fallar, debilitado por los ataques del Coronel. Al otro lado de la carpa, Les la observó con sus ojos insondables y su mandíbula tensa. El Coronel aún contaba con su magia de apoyo potenciando su velocidad y fuerza, por lo que desenfundar un arma le daría los suficientes segundos a Les para golpearla. Yuffie decidió jugárselo todo en un ataque de magia combinada cuando Les, con su velocidad aumentada, volvió a correr hacia ella.

Yuffie adelantó una pierna, flexionó la otra, y levantó las palmas de las manos hacia su pecho, donde acumuló toda su reserva mágica. Tan rápido como sus movimientos felinos le permitieron, separó los brazos y trazó una línea con sus dedos desde atrás hacia delante, dirigiendo el poder de la materia Viento en su nivel más alto hacia Les Jaeger. Una ráfaga de alta intensidad eléctrica refulgió en medio de la carpa en dirección hacia el Coronel. Las telas rugieron al tensarse con el remolino de viento y todos alrededor de Yuffie fueron enviados al suelo. Todos menos el Coronel, quién con su potencia se mantuvo y dirigió su cimitarra para recibir la descarga eléctrica.

—Deteneos —a un lado de la pelea, Vedfolnir lanzó un haz de luz azul que brilló envolviendo con fuerza todo el ataque mágico de Yuffie. La luz, hecha de Energía Vital pura, devoró la invocación, desmaterializándola al instante. Yuffie jadeó al ver toda su magia disipada y esperó pálida recibir de golpe la estocada de Les Jaeger.

Sin embargo, Vedfolnir se posicionó en medio, cubriendo a Yuffie. La cimitarrasoltó un sonido seco cuando Les detuvo su filo a escasos centímetros del cuello del monje fahratí.

Los segundos se prolongaron a infinito y tanto Yuffie como el Coronel se mantuvieron estáticos a la expectativa.

Vedfolnir se giró hacia los otros cinco; los SOLDADOS prisioneros y los fahratís se comenzaban a levantar, con torpe y desorientada posición de defensa y ataque para seguir con sus duelos personales. Vedfolnir suspiró y levantó sus manos hacia los SOLDADOS, cerró los ojos y cuando los abrió separó los brazos en cruz. Los cuatro hombres quedaron paralizados al instante, como si una fuerza invisible les prohibiese moverse.

—He dicho que os detengáis —repitió más alto Vedfolnir. Tenía todos los músculos de la cara en tensión y enormes gotas de sudor recorrían su frente y cuello. Yuffie no sabía qué clase de magia estaba empleando el monje, pero le estaba costando horrores mantenerla activa. Fuese lo que fuese, era tan efectiva que ninguno de los otros cinco podía romper el hechizo sobre ellos.

Con la mano con la que sujetaba el bastón, Vedfolnir señaló a sus dos SOLDADOS y los lanzó hacia un lado; con la otra mano, señaló a los SOLDADOS prisioneros y los lanzó hacia el lado contrario. Y después, agotado, tuvo que apoyarse pesadamente en el bastón para no caerse. Tenía la respiración descontrolada y las túnicas empapadas de sudor.

Los SOLDADOS, tanto prisioneros como fahratís, se quedaron quietos, aturdidos por lo que acababan de experimentar. El Coronel enfundó su cimitarra y se movió hacia Vedfolnir, pasando al lado de Yuffie e ignorándola como si nunca hubiera sostenido un combate con ella.

—Yuffie —le llamó en monje, aún fatigado hasta lo exhausto, pero sus ojos volvían a ser dulces y alegres, como cuando lo conoció en Junon —, nadie va a haceros daño mientras estéis aquí. No hace falta más violencia — sonreía y de nuevo era como si fuera el dueño de algún secreto universal. No podía ser que él estuviera satisfecho. Como si no pasará nada. La había abierto el canal, mirado las tripas y vuelto a coser.

El Coronel lo ayudó a sentarse en una silla de mimbre en una esquina de la carpa y Vedfolnir, con bastón en mano, enterró la cabeza entre sus piernas, tratando de recobrar fuerzas.

—Ahora —dijo— necesito hablar a solas con Yuffie.

Les hizo un gesto al resto. Los SOLDADOS fahratís miraron a los prisioneros y estos a su vez miraron a Yuffie. Yuffie dudo por un segundo, pero asintió con la cabeza, asegurándoles que estarían bien. Se los llevaron fuera de la carpa. Yuffie se quedó a solas con el monje, ni siquiera el Coronel, que era como su sombra, se quedó.

—¿Era esto lo que querías?—habló ella por fin. Él asintió con la cabeza y Yuffie se asqueó ante la certeza de lo temido—. Eres diabólico.

—Pudiste ponerle fin, Yuffie —dijo él, con su tranquilidad, con su voz baja y suave, con sus ojos azules y su sonrisa secreta. Y dijo—, pudiste rendirte a tu odio y matarlos, pero no lo hiciste.

Yuffie no quería saber nada más.

—¡Déjame en paz! —quería huir—. ¡Te odio! —bramó.

—¡Eso es! Conozco la ira que te recorre, la rabia que ahoga tu dolor y que convierte en veneno el recuerdo de los seres queridos que no pudieron quedarse a tu lado porque temían tu oscuridad.

Vedfolnir comenzó a caminar hacia ella y Yuffie retrocedió. Las sombras comenzaban a engullir el interior de la carpa, el viento soplaba y en todos lados oía el traqueteo de las alas metálicas que traían la oscuridad.

—Verás, Yuffie, al principio yo también me sentía como tú, sólo conocía el odio. Me habían lastimado, traicionado y humillado —él dio un paso más hacia ella—. Me lo habían quitado todo salvo el odio —luego dio otro—. El odio me enseñó a levantarme, a sobrevivir, el odio hizo que curase mis heridas y que comiera y bebiera. Sí —luego otro más—. El odio me hacía fuerte, pero también me tenía prisionero. Entonces comprendí algo, me sucedió lo mismo que te está sucediendo a ti.

Estaba frente a ella. Extendió sus manos para tocarla. Desprendían un agradable calor incluso en la distancia. Como las manos de una madre.

—¡Cállate! —Yuffie lo apartó de un empujón violento— ¡No quiero escuchar tus mentiras!

Vedfolnir no perdió el equilibrio, se mantuvo recto como si estuviera anclado en la tierra. Su mirada dulce no desapareció y volvió a extender las manos hacia ella; más suaves, más cálidas.

—Yuffie —sostuvo su rostro por las mejillas, y las subió hasta acariciarle el pelo por la nuca—, nunca te mentiré. Te di la opción de elegir, de que decidieras. Ésa es la auténtica libertad. Dime qué está bien y qué está mal, ¿qué es el alma de un hombre sin consecuencias a la vista? Aquí obtuviste tu respuesta.

—No —le temblaba la voz y sentía que el suelo se hundía bajo ella. Trató de apartar la mirada pero los ojos de Vedfolnir siguieron los suyos, atrapándola de nuevo.

—No huyas, Yuffie. Llevas toda tu vida huyendo. Atrévete a sentir lo que estás sintiendo ahora.

—¡No! —comenzó a faltarle aire.

—Cuando hayas entendido te sentirás tan libre que ya no querrás mirar atrás otra vez. Serás un pájaro volando entre los árboles sin un camino que le guíe dónde poner los pies.

Las sombras, frías y oscuras, comenzaron a acariciarle las piernas, subiendo por sus muslos. Vedfolnir brillaba en luz azul, era cálido y firme. Pero no podía dejarse llevar. No podía hacer lo que él le pedía.

—Te han enseñado qué debes sentir y qué no. Te han dicho qué es lo bueno y qué es lo malo. Los sentimientos no son cosas que tú decidas construir, Yuffie. Separar los sentimientos es una disociación antinatural, fuimos creados con luz y oscuridad.

La respiración empezó a entrecortársele y se vino abajó. Vedfolnir la sostuvo sobre su pecho, rodeándola con fuertes brazos. Ella enterró el rostro en él y se dejó llevar.

—Enneath es la Corriente Vital, es la creadora de la vida; este mundo, los árboles, los insectos, el arroyo del río o las montañas son traducciones en forma material de ella. Ella vive a través de nosotros, experimentando la vida en cada vida creada por ella.

Cuando Vedfolnir hablaba su voz hacia resonar todo su pecho, era como un mantra que relajaba su respiración. Un arrullo de un viejo cuento.

—Nos hemos creído más inteligente que ella es nuestra arrogancia. Cerramos válvulas, creamos presas, construimos fuertes. No sólo físicamente. Espiritualmente modificamos la creación y nos alejamos de Enneath. Y la hemos contaminado, Yuffie. Eso es lo que crea la tierra corrompida, los sentimientos oscuros de la humanidad que no dejamos que Enneath asimile. Se han ido filtrando, obteniendo forma, poder y... conciencia.

«Habla de Caos, el alma forjada de tierra corrupta»

—Y eso es lo que está pasando a ti, Yuffie, es lo que te corrompe. Es lo que te ha convertido en una Corrupta y te consumirá.

El corazón de Yuffie se paró en seco.

Esperó que hablase, que continuase. Pero Vedfolnir estaba en silencio, acariciándole el pelo en ese fuerte abrazo. Yuffie levantó el rostro y lo miró. Los ojos azules, de un brillo cálido e intenso, le decían «ya lo sé».

Yuffie se separó y él la dejó irse de su lado. Esperó a que lo asimilará, a que no tuviera miedo. Espero con paciencia.

—¿Viste las marcas en mi brazo? —preguntó ella.

Vedfolnir negó con la cabeza.

—No, tu brazo estaba demasiado destrozado para no ver nada —dijo con dulzura—. Vi la Corruptela en tu alma.

—¿En mi-mi alma? ¿Cómo podrías...?

—Sé que ha sido un día fuerte, pero necesito que veas algo más.

Vedfolnir le extendió la mano. Yuffie dudó.

—Cada vez que me llevas a un sitio, una realidad de mi vida se desquebraja.

Vedfolnir se río con una carcajada clara y fuerte. Al final, Yuffie aceptó su mano y caminó con él por el campamento. La noche había caído, y aquel lugar que había estado tan lleno de vida ahora estaba deshabitado. Le preguntó a Vedfolnir a dónde se habían ido y el respondió:

—Están esperando.

Yuffie supo que preguntarle más al respecto no serviría de nada. Avanzaron hasta salir del campamento y subieron por una alta colina. Según se acercaban empezaron a escuchar el murmullo de risas y voces, y la luz moteada del fuego tras la colina. Al alcanzar el punto más alto, bajo ellos una llanura se extendía, inmensa y desierta, hasta perderse en el lejano horizonte. Yuffie pensó que se trataba de un verdadero mar de color verde. A partir de aquel punto no había colinas, ni montañas, ni árboles, ni ciudades ni caminos, sólo una llanura eterna cubierta de hierba que se ondulaba con el viento como si formara olas.

Y bailando, comiendo y festejando estaban los dos mil seguidores de Vedfolnir. Habían montado una hoguera enorme, y asaban carne de pato con miel y churrasco con chile. Sentados en el suelo, sobre rocas o gruesas ramas, la gente comía y bebía leche o vino, y se intercambiaban bromas.Algunos habían traído instrumentos musicales y otros los improvisaron con cajas de madera u objetos metálicos.

Vedfolnir la llevó hasta un grupo de personas y ahí la dejó, mientras se fue a hablar con otro grupo en el que estaban la pescadora, el cazador y el Coronel Les Jaeger. También había otros dos hombres; uno era un hombre de inmenso tamaño, al que le falta un palmo para medir dos metros y medio. Tenía los hombros anchísimos y los brazos tan gruesos como los troncos de tres árboles juntos y el vello negro y crespo que le cubría el pecho y los brazos era tan espeso que no había quedado nada para la cabeza. Llevaba la palma de la mano azul en medio de la cara, ocupándole tabique nasal y las dos mejillas. El otro era un muchacho rubio, innegablemente apuesto, de talla esbelta y constitución larguirucha. Yuffie estimaba que debía tener unos dos años menos que ella. Hablaba alegremente y con una amplia sonrisa con los demás. Todos tenían un porte tan serio y silencioso que el rubio destacaban entre los demás. Pero por más que buscase, aquel chico no llevaba la marca de la palma azul por ningún lado.

Pudo apreciar que, alejados de los demás, también estaban los tres SOLDADOS prisioneros, pero ahora no estaban maniatados ni de rodillas. Les habían servido comida y bebida que ellos aceptaban entre cautelosos y hambrientos. Mostraban una actitud desconfiados, como lo estaba la propia Yuffie.

El tiempo transcurrió y Yuffie jamás se había sentido tan sola como allí, en medio de aquella vasta horda de fahratís. Ponían ante ella trozos de carne humeante, gruesas salchichas asadas y empanadas de morcilla, y más tarde frutas, compota de hierbadulce y delicados pastelillos, pero ella lo rechazaba todo. Tenía el estómago del revés, y sabía que no podría retener nada.

Se había fijado que a lo largo de la noche al grupo de Vedfolnir se habían ido acercando personas enfermas de Geoestigma. La WRO trató de reunir a todos los afectados y curarlos en la Fuente de los Milagros que había creado el espíritu de Aerith en la Iglesia de Midgar, pero tras el Alzamiento de Omega la oscuridad de la Zona Cero había impedido que pudieran acceder a ella por lo que muchos enfermos no pudieron sanarse. Repartidos por el mundo, enfermaban cada día más hasta morir en terribles dolores.

Vedfolnir acariciaba sus cuerpos llenos de pústulas y besabas sus frentes.

Yuffie se preguntó qué sería de ella ahora que él sabía sobre su corruptela, que había descubierto su secreto.

«¿A mí también me besará en la frente antes de morir? ¿Llenará de paz mis últimos instantes de cordura?».

Pensó en Reeve y tembló al imaginarse que la encerraría en una de esas habitaciones blanca de los laboratorios de la WRO.

«Soy un demonio»

Temía perderse a sí misma, convertirse en uno de esas almas en pena, devoradores de carne humana incapaces de reconocer a nadie, ni a ellos mismos.

Se agarró con fuerza el brazo izquierdo, sintiéndolo palpitar bajo las vendas.

Cuando la música y jolgorio cesó, el silencio sacó de sus pensamientos a la caza materias. Ahí, al lado de la crepitante hoguera, Vedfolnir se bañaba de la luz del fuego ante la atenta mirada de todos.

—Hermanos —comenzó a hablar, apoyado en su bastón de miles manos talladas en la madera— demos gracias por esta abundante comida que la Madre nos proporciona hoy.

La gente agradeció en el lenguaje de los antiguos. «Nahime» resonó como un cantico solemne «Nahime».

Vedfolnir asintió. El fuego crepitante en la oscura noche creaba extraños juegos de luces en su rostro; rojo, oscuro y azul. El monje entregó su bastón a Les y empezó a quitarse la túnica azul, quedándose únicamente con el pantalón holgado que se estrechaba por unas cintas en la altura de la pantorrilla. Cuando se deshizo de la parte de arriba descubrió un torso cubierto en su totalidad por abstractos tatuajes de líneas azules que se entrecruzaban, bifurcaban y giraban sobre sí mismas, aunando en su conjunto una gran belleza artística. Los tatuajes se extendían por su pectoral, espalda brazos y seguían más allá debajo de su pantalón.

El silencio de la noche sólo era roto por la madera ardiendo en la hoguera. Todos contemplaban y Yuffie sintió que el mundo había enmudecido.

—Sé que muchos aquí estáis sufriendo. El mundo entero está sufriendo —siguió hablando Vedfolnir y miró a todos sus seguidores con gesto paternal—. Noto todo el dolor golpeando la existencia del mundo, incapaz de fluir, atascado en los diques emocionales que hemos forjado.

Vedfolnir se inclinó hacia un niño contagiado de Geoestigma que respiraba con dificultad entre los brazos de su madre. El monje acarició su cabello sudoroso, y bajó la mano hacia la mejilla llena de pústulas secas y moradas, brillantes con la luz del fuego.

—No puedo prometeros que el dolor acabará —miró compasivo a la madre, pero con los ojos azules llenos de esa esperanza, de esa seguridad que había movido tantas personas a su alrededor—. Este dolor es necesario, es parte de la vida.

Vedfolnir se levantó y durante unos segundos pareció perderse en sus propios pensamientos. Sonrió y volvió a la multitud.

—No debéis temer el dolor, sería como temer la propia vida. Y la vida es el tesoro que Enneath nos entregó. Ella existe a través de nosotros, experimentando la vida, y también la muerte —mientras hablaba, el Coronel Les se acercó y le devolvió el bastón. Vedfolnir lo aceptó y se giró hacia el inmenso fuego a su espalda. Sujetó con fuerza el bastón entre sus manos y tensó el omóplato para luego relajarlo, haciendo mover todos los músculos de su espalda. Y Yuffie pudo apreciar entonces, escondidos entre los trazos de diferente grosor, miles de ojos de rostros antiguos que la observaban desde distintos ángulos.

—Debemos aceptar nuestras luces y sombras —siguió hablando del Gran Fahratí—; la vida, la muerte, el sufrimiento y la alegría. Cuando aceptemos eso y lo abracemos, no habrá miedo y todo lo que está mal en la Corriente Vital podrá fluir como la cuerda que se desenreda.

Vedfolnir comenzó a emanar una luz azulada, muy leve al principio, luego se fue volviendo más intensa. Finalmente brilló oscilante y fuerte como si le envolviera fuego azul.

—Tal vez te quedaran cicatrices, pero recuerda que si notas que están ahí para recordarte que fuiste capaz de convertir ese dolor en una cicatriz. Sólo eso, una marca en la piel, una rúbrica en tu alma. Las cicatrices son todas aquellas cosas que nos han hecho aprender, así que ojalá se nos llene el cuerpo de cicatrices.

La tierra empezó a temblar abruptamente, aunque nadie se agitó nervioso o preocupado. Incluso parecieron esperarlo y, expectantes de rodillas, comenzaron a orar maravillados.

«Nahime» repetían suavemente sus cantos «Nahime».

De entre las entrañas del mismo subsuelo, un torrente de luz azul emergió con una fuerza explosiva alrededor de Vedfolnir. Flujos de Energía Vital, la esencia de la vida, brotaron como fuentes, condensándose en la zona.

«Nahime».

Arrasaron con la gran hoguera. El azul intenso de la Corriente Vital centelleó de rojo unos segundos, y después engulló el fuego asfixiándolo. Los inmensos flujos energéticos comenzaron a agrandarse hasta formarse un estanque que cubría a Vedfolnir hasta la cintura.

«Nahime».

La madre se levantó y acercó a su hijo al estanque, mientras los farahtís acompañaban sus pasos con los canticos antiguos. «Nahime, Nahime». Vedfolnir extendió sus brazos hacia la mujer y ésta le entregó a su hijo. El monje lo sostuvo con delicadeza entre sus brazos, y sumergió al enfermo niño entre las aguas de la Corriente Vital. Tras la ablución, Vedfolnir alzó al niño sobre su cabeza, mostrándolo ante sus seguidores; donde antes su cuerpo tenía dolorosas heridas, ahora relucía una piel sonrosada y limpia. Estaba completamente sano.

—¡Alabemos el milagro! —gritó exaltada de euforia la madre, y a ella se siguieron miles de voces.

Entonces Yuffie se dio cuenta: Vedfolnir no usaba ninguna Materia. No se había dado cuenta hasta ahora, era algo que había dejado pasar. En Junon, con el ex SOLDADO makodependiente o en la reyerta en medio de la ciudad cuando flotó rodeado de Corriente Vital. Vedfolnir era un cetra, un Antiguo. Y uno más poderoso de lo que pudo ser en vida Aerith.

Los enfermos de Geoestigma se introdujeron en las aguas, inmergiendo sus cuerpos en la Corriente Vital. Vedfolnir cogía agua con sus manos y purificaba sus cuerpos con una sencilla aspersión sobre la frente, curando sus heridas y eliminando el virus del Geoestigma de ellos.

Los niños corrían por la orilla, jugueteando y salpicándose los unos a los otros, los ancianos se acercaban y bebían de sus milagrosas aguas y los adultos bailaban y nadaban en ella. En medio, Vedfolnir había salido del trance y se dedicaba a besar en la cabeza a aquellos que se le acercaban, aunque se lo veía notablemente cansado.

Les Jaeger ayudó a Vedfolnir a salir de estanque, dejando en evidencia lo agotado que había quedado con aquel milagro. Los ojos de azul intenso estaban apagados y sus piernas apenas tenían fuerza para sostenerse por sí sólo en tierra firme. Aun así, Vedfolnir rechazó sentarse y pidió que lo acercase hasta los SOLDADOS prisioneros, diciéndole algo a la pescadora y el cazador, que se alejaron al instante a buscar algo.

Los prisioneros se tensaron al instante de sentirse el centro de atención. Cuando Vedfolnir llegó a su altura, con dificultad se acercó a cada uno de ellos y les besó en la frente.

—Sois libres —dijo—. El pueblo ha hablado y no se os guarda rencor alguno.

La pescadora y el cazador volvieron con tres chocobos jóvenes y algunos saquitos de telas. Se los entregaron a los prisioneros.

—Tenéis dinero y comida para empezar una vida donde queráis —continuó Vedfolnir y luego se giró hacia Jorel y colocó las manos sobre sus hombros—: busca a tu familia, Jorel. Se feliz con ellos.

Entre el jolgorio de la muchedumbre, Yuffie sintió que Vedfolnir la miró y le sonrió. Sólo a ella. A la Corrupta, a la pérdida. Sus ojos azules incandescentes la miraron como nadie la había mirado en todo el verano. Cuando Vedfolnir la miraba era como verse en un espejo y sentirse hermosa. Y en ese momento, adoraba a Vedfolnir. Vedfolnir era su familia real del momento. Lo único por lo que querría vivir.

Continuará.

Notas de autora:

Y cuarto capítulo terminado ^^. Bien, bien; la historia avanza. Sé que de momento va lento, y todo parece muy lioso, pero os prometo que estos capítulos de transición están preparando el terreno para algo más grande jaja. Espero de corazón que la historia os esté gustando, para los que me preguntáis no es un YuffiexVedfolnir. Yo soy y siempre seré Yuffentine hasta la muerte jejeje. Cualquier duda, comentario, critica o exigencia no duden en dejarme un review, me encanta leerlos, saber qué opináis y contestaros ^_^

¡Un saludo y hasta el próximo capítulo!