Disclaimer: Los personajes y la historia me pertenecen, por mucho que me gustaría que así fuera :)


Creo que Caballero vino unas dos semanas después de mi llegada. Sólo fueron dos semanas, pero como las horas en Briar pasaban tan despacio, y los días -que eran todos iguales discurrían tan parecidos, silenciosos y largos, podría haber sido el doble de ese tiempo.

De todos modos, fue un plazo suficiente para que yo descubriera todas las costumbres singulares de la casa; suficiente para acostumbrarme a los otros sirvientes, y para que ellos se habituaran a mí. Durante algún tiempo, no sabía por qué no me hacían caso. Bajaba a la cocina y decía:

«¿Qué tal?» a quienquiera que encontrara.

«¿Cómo estás, Margaret? ¿Todo bien, Kurt?» (Era el afilador de cuchillos.)

«¿Cómo está usted, señora Bizcocho?»(La cocinera: era su verdadero nombre, no era una broma y nadie se reía de su apellido.)

Y Kurt me miraba como si tuviera miedo de hablar conmigo, y la señora Bizcocho me respondía, de un modo de lo más desagradable:

«Oh, estoy estupendamente, por supuesto, gracias.»

Supuse que les daría rabia mi presencia allí, porque en aquel lugar tranquilo y remoto yo les recordaba todas las cosas bonitas de Londres que nunca verían. Pero un día la señora Suzy me llevó aparte. Dijo:

-¿No le importará, señorita Smith, que le diga algo? No sé cómo gobernarían la casa en su último empleo... -Empezaba con una frase así todo lo que me decía—. No sé cómo haría las cosas en Londres, pero aquí en Briar nos gusta tener presentes las normas de la casa...

Resultó que la señora Bizcocho se había sentido insultada porque les daba los buenos días antes que a ella a su ayudante de cocina y al afilador, y que Kurt creía que quería pincharle dándole los buenos días. Era la nimiedad más tonta del mundo, para morirse de risa, pero para ellos era algo sagrado; supongo que lo sería para todo el mundo si lo único que uno tiene por delante son cuarenta años transportando bandejas y cociendo masa. Total, que comprendí que si quería ganármelos tendría que andar con pies de plomo. A Kurt le di un trozo de chocolate que me había traído del barrio y no había comido, a Margaret le regalé un pedazo de jabón perfumado y a Bizcocho le di un par de aquellas medias negras que Caballero le había encargado a Phil que comprara en el almacén de mercancías robadas.

Dije que esperaba que no me guardasen rencor. A partir de entonces, si me encontraba con Kurt por la mañana en la escalera, miraba a otra parte. En adelante, fueron mucho más simpáticos conmigo. Así es una criada. Una criada dice:

«Todo para el amo», y quiere decir: «Todo para mí.»

Son estas dos caras lo que no soporto. En Briar, todo eran artimañas de un tipo u otro; siempre estaban con pequeños chanchullos que a un ladrón de verdad le habrían sacado los colores, como por ejemplo, sisar la grasa de la salsa del patrón para vendérsela a hurtadillas al chico del carnicero, como hacía Bizcocho. O arrancar los botones de nácar de las camisas de Quinn y esconderlas, diciendo que se habían perdido, que era lo que hacía Margaret. Yo había descubierto todo el pastel tras unos días de vigilancia. Al fin y al cabo, yo podría haber sido hija de la señora Sylvester. Respecto al señor Way, tenía una marca en un lado de la nariz; en el barrio lo habríamos llamado un lobanillo de borrachín. ¿Y cómo creen que le había salido, en un sitio como aquél? Tenía la llave de la bodega de la casa, atada con una cadena. ¡Nunca habrán visto un brillo como el de aquella llave! Y cuando habíamos terminado de comer en la antecocina de Suzy, montaba el número de cargar la bandeja...; yo le había visto, cuando él creía que nadie le veía, verter la cerveza que quedaba en los vasos en una copa grande y después pimplársela.

Lo vi, pero, por supuesto, no dije ni pío. No estaba allí para armar jaleo. A mí me daba lo mismo, como si cascaba de una borrachera. Y de todos modos pasaba casi todo el tiempo en compañía de Quinn. También me acostumbré a ella. Tenía sus manías, de acuerdo; pero eran inofensivas, a mí no m perjudicaba que las practicase. Y yo era ducha en trabajar de firme, en pequeñas tareas: empecé a cogerle cierto gusto a lo de guardar sus vestidos y ordenar sus alfileres, peines y cajas. Estaba habituada a vestir a bebés. Me habitué a vestir a Quinn.

-Levante los brazos, señorita -le decía- Levante el pie. Pise aquí. Ahora, aquí.

-Gracias, Rach -murmuraba ella siempre. A veces cerraba los ojos-. Qué bien me conoces -decía-. Creo que conoces la hechura de todo mi cuerpo.

La conocí, andando el tiempo. Sabía todo lo que le gustaba y lo que detestaba. Sabía lo que comería y lo que rechazaría, y cuando la cocinera, por ejemplo, se empeñó en mandarnos huevos, fui a decirle que los cambiara por sopa.

-Sopa líquida -dije-. Tan líquida como pueda, ¿de acuerdo?

Ella torció el gesto.

-A la señora Suzy no le va a gustar -dijo.

-La señora Suzy no tiene que comérsela -respondí-. Y ella no es la doncella de la señorita Quinn. Soy yo.

Así que nos mandó sopa. Quinn se la comió toda.

-¿Por qué sonríes? -dijo, a su manera inquieta, cuando terminó. Dije que no había sonreído. Ella posó la cuchara. Y frunció el ceño, como antes, al ver los guantes. Se le habían salpicado.

-Sólo es agua -dije, al ver su cara-. No es nada.

Se mordió el labio. Permaneció sentada otro minuto con las manos en el regazo, lanzándose miradas furtivas a los dedos, cada vez más intranquila. Por último dijo:

-Creo que el agua tenía un poquito de grasa...

Conque era más fácil ir a su cuarto a buscar un par de guantes limpios que quedarme observando su congoja.

-Yo me encargo -dije, desatando el botón de su muñeca; y aunque al principio no quería dejar que le tocase las manos desnudas, enseguida, puesto que le dije que lo haría con suavidad, empezó a consentirlo.

Cuando tenía las uñas largas yo se las cortaba, con un par de tijeras de plata que tenían la forma de un pájaro volando. Tenía las uñas blandas y limpísimas, y le crecían muy deprisa, como las de un niño. Cuando yo se las cortaba ella se acobardaba. La piel de sus manos era tersa, pero, como todo su cuerpo, hasta tal punto que no era bueno; yo nunca la miraba sin pensar en las cosas -ásperas, afiladas- que podrían marcarla o herirla. Me alegraba de que volviera a ponerse los guantes. Los recortes de uñas que recogía en mi falda los arrojaba después al fuego. Ella contemplaba cómo se tornaban negros. Hacía lo mismo con los cabellos que yo desprendía de sus cepillos y peinetas, mirando ceñuda cómo se retorcían como gusanos entre los carbones, y luego llameaban y se convertían en ceniza. A veces yo también los miraba con ella.

Porque en Briar no había las mismas cosas en que fijarse que en mi casa. Observabas, en cambio, cosas como éstas: la ascensión del humo, el paso de las nubes por el cielo. Todos los días dábamos un paseo por el río, para ver si su cauce había crecido o bajado.

-En otoño se desborda —dijo Quinn-, y cubre todos los juncos. A mí me da igual. Y algunas noches se levanta del agua una neblina blanca que llega casi hasta los muros de la casa de mi tío...

Se estremeció. Siempre decía «de mi tío», nunca decía «mi» casa. El suelo crujía, y cuando cedía bajo nuestras botas dijo:

-¡Qué quebradiza está la hierba! Creo que el río se va a congelar. Creo que ya está congelándose. ¿Ves cómo se debate? Quiere fluir, pero el frío lo inmoviliza. ¿Lo ves, Rach? ¿Aquí, entre los juncos?

Miró, y frunció el entrecejo. Yo observé el movimiento de su cara. Y dije, como había dicho respecto a la sopa:

-Sólo es agua, señorita.

-¿Sólo agua?

-Agua marrón.

Parpadeó.

-Tiene frío -dije-. Volvamos a casa. Hemos estado fuera demasiado tiempo.

Le rodeé el brazo con el mío. Lo hice sin pensarlo, y su brazo se mantuvo rígido. Pero al día siguiente -o quizás al cabo de dos días- volvió a cogerme del brazo, y ya no estaba tan tieso; y supongo que después enlazábamos los brazos de un modo espontáneo... No lo sé. Hasta más tarde no me lo pregunté e intenté recordarlo. Pero para entonces sólo me acordaba de que hubo un tiempo en que caminábamos separadas y otro en que empezamos a caminar juntas. No era más que una chica, en definitiva, por mucho que la llamaran señora. Era sólo una chica que nunca se había divertido. Un día estaba ordenando uno de sus cajones y encontré una baraja de cartas. Dijo que creía que eran de su madre. Conocía los palos, pero nada más -¡llamaba caballeros a las sotas!-, y le enseñé un par de juegos sencillos del barrio. Al principio jugamos con cerillas y palillos; luego encontramos en otro cajón una caja de fichas de nácar y con forma de peces y diamantes y medialunas, y en lo sucesivo jugamos con ellas. El nácar era muy agradable y fresco al tacto. En mi mano, digo, porque Quinn, por supuesto, llevaba todavía guantes. Y cuando depositaba una carta lo hacía con pulcritud, de modo que los bordes y esquinas coincidiesen con la que había debajo. Al cabo de un rato yo empecé a hacer lo mismo. Hablábamos durante la partida. A ella le gustaba que'le hablase de Londres.

-¿De verdad que es tan grande? -decía-. ¿Y hay teatros? ¿Y, cómo las llaman, tiendas de modas?

-Y casas de comidas. Y toda clase de tiendas. Y parques, señorita.

-¿Parques como el de mi tío?

-Algo parecido. Pero llenos de gente, claro. ¿Juega una baja o una alta?

-Alta. -Tiró una carta-. ¿Llenos de gente, dices?

-La mía gana. Mire. Tres peces contra dos.

-¡Qué bien juegas! ¿Llenos de gente, dices?

-Claro. Pero oscuros. ¿Quiere cortar?

-¿Oscuros? ¿Seguro? Creí que decían que Londres era luminoso. Con grandes lámparas encendidas, de gas, creo.

-¡Lámparas grandes como diamantes! -dije-. En los teatros y bailes. Allí se baila toda la noche, señorita.

-¿Se baila, Rach?

-Se baila señorita. -Le había cambiado la cara. Dejé las cartas-. Le gusta bailar, por supuesto.

-Yo... -Se puso colorada y bajó la mirada- No me han enseñado. ¿Tú crees -dijo, alzando la vista- que podría ser una dama, en Londres, es decir -añadió rápidamente-, si voy allí algún día...? ¿Crees que podría ser una dama en Londres sin saber bailar?

Se pasó la mano por el labio, bastante nerviosa. Dije:

-Supongo que sí. Pero ¿no le gustaría aprender? Podría contratar a un profesor de baile.

-¿Sí? -Pareció dudar y luego movió la cabeza-. No sé si...

Adiviné lo que estaba pensando. Pensaba en Caballero, y en lo que diría cuando se enterase de que ella no sabía bailar. Pensaba en todas las chicas que él estaría viendo o podría ver en Londres.
Observé su congoja durante unos minutos.

-Fíjese -dije, poniéndome de pie-. Es fácil, mire...

Y le enseñé unos cuantos pasos de un par de bailes. La obligué a levantarse y a ensayarlos conmigo. Se movía en mis brazos como una madera, y se miraba asustada los pies. Sus pantuflas tropezaron con la alfombra turca. Retiré la alfombra, y ella empezó a moverse con más soltura. Le enseñé cómo se bailaba una giga y después una polca. Dije:

-¿Ve? ¿Ahora no estamos volando? -Me agarraba tan fuerte del vestido que pensé que iba a desgarrármelo-. Hacia aquí -dije-. Ahora al otro lado. Soy el caballero, recuerde. Naturalmente, es mucho más fácil con uno de verdad...

Ella tropezó otra vez, y nos separamos y caímos sobre dos sillas distintas. Ella echó las manos hacia un costado. Su respiración era entrecortada. Estaba más encarnada que nunca. Tenía las mejillas húmedas. La falda le sobresalía como las de las holandesas pintadas en los platos de porcelana. Captó mi mirada y sonrió, pero todavía parecía asustada.

-Bailaré en Londres, ¿verdad, Rach? -dijo.

-Bailará —dije. Y en aquel momento lo creí. La hice levantarse y bailar de nuevo. Hasta después, cuando ya habíamos parado y ella se había enfriado y estaba delante del fuego para calentarse las manos frías, no me acordé de que, por supuesto, nunca lo haría.

Porque, aunque conocía su destino -lo conocía muy bien, ¡yo ayudaba a forjarlo!-, quizás lo conociese un poco a la manera en que conocemos el destino de un personaje en un cuento o una obra de teatro. Su mundo era tan extraño, tan apacible y cerrado, que hacía el mundo real -el ordinario, el mundo de doble juego donde yo había cenado una cabeza de cerdo y tomado un ponche mientras la señora Sylvester y John Vroom se reían pensando en lo que yo haría con mi parte de la fortuna sustraída por Caballero- mucho más duro que nunca, pero tan lejano que su dureza no tenía importancia. Al principio me decía a mí misma:

«Cuando Caballero llegue haré tal cosa»;

o:

«Cuando la meta en el manicomio haré tal otra».

Pero lo decía y luego la miraba, y la veía tan sencilla y tan buena que el pensamiento se esfumaba. Terminaba peinándole el pelo o enderezándole la faja de su vestido. No era que me diese pena; o no mucha, todavía. Supongo que era sólo que pasábamos juntas muchas horas del día, y era más grato ser dulce con ella y no pensar demasiado en lo que la esperaba que darle demasiadas vueltas y sentirme cruel.

Claro está que para ella era distinto. Ella miraba al futuro. Le gustaba hablar, pero la mayoría de las veces prefería estar callada y pensar. Entonces yo veía que le cambiaba la cara. Acostada a su lado de noche, la sentía rumiar sus pensamientos, notaba que le subía la temperatura, que quizás se sonrojaba en la oscuridad; y entonces sabía que pensaba en Caballero, que se preguntaba cuándo llegaría, y si él estaría pensando en ella. Habría podido decirle que sí. Pero ella nunca hablaba de él, nunca decía su nombre. Sólo preguntaba, alguna que otra vez, por mi anciana tía, que supuestamente había sido su niñera, y yo habría preferido que no preguntara, porque cuando la mencionaba pensaba en la señora Sylvester y me entraba la añoranza.

Y llegó la mañana en que supimos que él regresaba. Era una mañana corriente, salvo en que Quinn se había frotado la cara al despertarse y había dado un respingo. Tal vez fuese lo que llaman una premonición. Pero esto sólo lo pensé más tarde. En aquel momento, la vi irritándose una mejilla y dije:

—¿Qué pasa?

Ella movió la lengua.

-Creo que tengo un diente con una punta que me hace daño -dijo.

—Déjeme ver -dije.

La llevé a la ventana y ella se dejó tocar la cara y palpar la encía. Encontré casi al instante el diente puntiagudo.

-Bueno, es tan afilado... -empecé a decir.

-¿Como un diente de serpiente, Rach?

-Como una aguja, iba a decir, señorita -respondí. Fui a su costurero y saqué un dedal. Un dedal de plata, a juego con las tijeras. Quinn se acarició la mandíbula.

-¿Conoces a alguien a quien le haya mordido una serpiente, Rach? -me preguntó.

¿Qué podía decir yo? Se le pasaban cosas así por la cabeza. Quizás por vivir en el campo. Le dije que no. Me miró, luego abrió la boca y yo me puse el dedal y froté el diente hasta achatarle la punta. Había visto muchas veces a la señora Sylvester haciendo eso con los niños. Claro que los niños no paran de moverse. Quinn se quedó muy quieta, con los labios rosa separados, la cabeza hacia atrás, los ojos primero cerrados y luego abiertos y mirándome, y la mejilla arrebolada. Al tragar, su garganta subía y bajaba. La humedad de su aliento me mojó la mano. Froté y después palpé con el pulgar. Ella tragó saliva otra vez. Parpadeó al topar con mi mirada. Y, mientras lo hacía, llamaron a la puerta y las dos dimos un brinco. Fui a abrir. Era una de las camareras. Traía una carta en una bandeja.

-Para la señorita Quinn -dijo, con una reverencia. Miré la letra y supe en el acto que era la de Caballero. El corazón me dio un vuelco. Y el de Quinn también, creo.

-Tráemela, ¿quieres? -dijo. Y acto seguido-: ¿Me alcanzas también el chal?

El arrebol se le había borrado de la cara, aunque la mejilla seguía colorada en el punto donde yo había apretado. Cuando le cubrí los hombros con el chal, noté que temblaba. La observé sin que se diera cuenta mientras deambulaba por sus habitaciones, recogiendo libros y almohadones, guardando el dedal y cerrando el costurero. Vi que volteaba la carta y la manoseaba; obviamente, no podía abrirla con los guantes puestos. Me lanzó una ojeada furtiva y luego bajó las manos -todavía temblorosa, pero fingiendo indiferencia, con idea de aparentar que le importaba un bledo, pero mostrando que le iba la vida en ello-, se desabrochó el guante y arrancó el lacre, sacó la carta del sobre y la leyó, sosteniéndola en las manos desnudas.

Después exhaló aire con un único y largo suspiro. Recogí un almohadón y le sacudí el polvo.

-Buenas noticias, señorita, ¿no? -dije, porque pensé que debía decirlo.

Ella vaciló.

-Muy buenas -respondió tras una pausa-... Para mi tío, más bien. Es del señor Hudson, desde Londres, y ¿qué te parece? -Sonrió-. ¡Vuelve a Briar mañana!

La sonrisa permaneció en sus labios todo el día, como una pintura; y por la tarde, cuando volvió de ver a su tío, no se puso a coser ni quiso dar un paseo, ni siquiera jugar a las cartas, sino que daba vueltas por la habitación, y en ocasiones se plantó ante el espejo, alisándose las cejas, tocándose la boca re- gordeta, sin apenas dirigirme la palabra, sin apenas verme. Saqué la baraja, a pesar de todo, y jugué sola. Pensé en Caballero, colocando los reyes y las reinas en la cocina de Lant Street, mientras nos explicaba su plan. Después pensé en Lauren. Su madre, que había muerto ahogada, leía la buenaventura con una baraja. La había visto hacerlo muchas veces. Miré a Quinn, ensoñada delante del espejo. Dije:

-¿Le gustaría que le leyese el futuro, señorita? ¿Sabía que se puede leer por el modo como caen las cartas?

Ella se giró, y de mirar su cara pasó a mirar la mía. Dijo, al cabo de un momento:

-Creía que eso sólo saben hacerlo las gitanas.

-Bueno, pero no se lo diga a Margaret ni a la señora Suzy -dije-. Verá, mi abuela era una princesa gitana.

De todos modos, mi abuelita, por lo que yo sabía de ella, bien podría haber sido una princesa gitana. Junté las cartas y se las entregué. Ella titubeó y por fin vino a sentarse a mi lado, extendió su faldón y dijo:

-¿Qué tengo que hacer?

Dije que tenía que permanecer sentada un momento con los ojos cerrados y pensar en las personas por las que sentía más afecto; y así lo hizo. Después le dije que tenía que coger la baraja y colocar las siete primeras cartas boca abajo en la mesa, que era lo que yo recordaba que hacía la madre de Lauren; o puede que fueran nueve cartas. Quinn, de todos modos, colocó siete. La miré a los ojos y dije:

-Ahora, ¿de verdad quiere conocer su destino?

-¡Rach, me estás asustando! -dijo.

Repetí:

-¿De verdad quiere conocerlo? Tiene que obedecer lo que digan las cartas. Trae muy mala suerte preguntarles qué camino seguir y luego elegir otro. ¿Me promete acatar la fortuna que le digan?-

Sí -respondió en voz baja.

-Bien -dije-. Aquí tiene su vida, expuesta ante nosotras. Veamos la primera parte. Estas cartas muestran su pasado.

Giré las dos primeras. Eran la reina de corazones, seguida del tres de picas. Las recuerdo porque en el momento que ella había estado con los ojos cerrados, yo, naturalmente, había manipulado la baraja, como cualquiera habría hecho de haber estado en mi lugar. Las examiné y dije:

-Hummm... Son cartas tristes. Mire, aquí hay una mujer guapa, y aquí hay una separación y el comienzo de conflictos.

Me clavó la mirada y se llevó la mano a la garganta.

-Sigue -dijo. Estaba pálida.

-Veamos las tres cartas siguientes. Muestran su presente.

Las volteé, con un floreo.

-El rey de diamantes -dije-. Un señor severo. El cinco de tréboles: una boca reseca. El caballo de espadas...

Me tomé mi tiempo. Ella se inclinó hacia mí.

-¿Qué es esa carta? -dijo.

Dije que era un joven jinete de buen corazón; y me miró con tal asombro incrédulo que casi me conmovió. Dijo en voz baja:

-¡Ahora sí que tengo miedo! No descubras las cartas que faltan.

-Señorita, debo hacerlo -dije-. O la abandonará la suerte. Mire. Estas muestran el futuro.

Volteé la primera. El seis de picas.

-Un viaje -dije-. ¿Quizás con el señor Fabray? O quizás, un viaje sentimental...

No contestó, se limitó a mirar las cartas a medida que yo las iba descubriendo.

-Enséñame la última —dijo en un susurro.

Se la enseñé. Ella la vio primero.

-La reina de diamantes -dijo con una mueca de disgusto—. ¿Quién es?

Yo no lo sabía. Tenía pensado sacar el dos de corazones, que representa a los amantes; pero, al parecer, debí de mezclar mal la baraja.

-La reina de diamantes -dije, finalmente-. Gran riqueza, creo.

—¿Gran riqueza?

Apartó la mirada de mí y miró alrededor, a la alfombra descolorida y las negras paredes de roble. Cogí las cartas y las barajé. Ella se cepilló la falda y se levantó.

-No creo que tu abuela fuese una gitana de verdad —dijo—. No tienes la cara demasiado morena. No lo creo. Y no me gusta tu lectura de la suerte. Es un juego para criadas.

Se apartó de mi lado y se colocó delante del espejo; y aunque pensé que se volvería para decirme algo más amable, no lo hizo. Pero al desplazarse movió una silla, y entonces vi el dos de corazones. Se había caído al suelo, ella había plantado su pantufla encima y con el talón había arrugado la punta. La arruga era profunda. En adelante, en las semanas siguientes, siempre reconocí la carta cuando jugábamos. Aquella tarde, sin embargo, me mandó que guardara la baraja, diciendo que sólo verla se mareaba; y aquella noche la pasó inquieta. Se acostó, pero me hizo servirle una tacita de agua; y cuando la estaba desvistiendo vi que cogía una botella y vertía tres gotas de su contenido en la taza.

Era una pócima para dormir. Fue la primera vez que la vi tomarla. Le hizo bostezar. Pero cuando desperté a la mañana siguiente ella ya estaba despierta, mordisqueándose un mechón de pelo y contemplando las figuras que había en el dosel encima de la cama.

-Cepíllame fuerte el pelo -me dijo cuando se levantó para que la vistiera-. Cepíllalo fuerte para que brille. ¡Oh, qué horrible y blanca tengo la mejilla! Pellízcala, Rach. -Me llevó los dedos a su cara y los apretó-. Pellízcame la mejilla, da igual que la magulles. ¡Prefiero tenerla lívida que de un blanco espantoso!

Tenía los ojos oscuros, quizás a causa de las gotas. Y la frente arrugada. Me perturbó que hablara de magulladuras. Dije:

-Estése quieta, que así no la puedo vestir. Así es mejor. ¿Qué vestido va a ponerse?

-¿El gris?

-El gris salta poco a la vista. Veamos, el azul...

El azul realzaba sus cabellos rubios. Se puso frente al espejo y se miró mientras yo la abotonaba con fuerza. Cuanto más arriba abotonaba yo, más tersa se le ponía la cara. Me miró. Miró mi vestido de tela marrón. Dijo:

-Tu vestido es bastante feo, Rach, ¿no te parece? Creo que deberías cambiártelo.

-¿Cambiarlo? Es el único que tengo -dije.

-¿El único? Santo cielo. Yo ya estoy cansada de éste. ¿Qué solías ponerte con Lady Alice, que era tan encantadora? ¿Nunca te regaló un vestido?

Pensé, y creo que con razón, que Caballero, en este particular, me había puesto en un aprieto al enviarme a Briar con un único vestido bueno. Dije:

-Bueno, la cosa es, señorita, que Lady Alice era buena como un ángel, pero también un poco roñosa, y se llevó toda mi ropa a la India para su doncella de allí.

Quinn entornó sus ojos oscuros y pareció apenada. Dijo:

-¿Así es como tratan a sus doncellas las señoras de Londres?

-Sólo las tacañas, señorita -respondí.

-Bueno, yo no tengo aquí motivos para ser tacaña -dijo entonces-. Tendrás otro vestido para las mañanas. Y quizás otro más, para que te lo pongas cuando... Bueno, si alguna vez recibimos una visita.

Escondió la cara detrás de la puerta del ropero. Dijo:

-Creo que somos de una talla parecida. Aquí hay dós o tres vestidos que nunca me pongo y no echaré de menos. Veo que las faldas te gustan largas. A mi tío no le agrada que me ponga faldas largas, porque dice que no son saludables. Pero no le importará que tú las lleves. Bastará con bajarles un poco el dobladillo. Sabes hacerlo, por supuesto, ¿no?

La verdad es que yo estaba acostumbrada a descoser puntadas, y sabía hacer una costura recta si hacía falta. Dije:

«Gracias, señorita.»

Me enseñó un vestido. Era una cosa rara de terciopelo anaranjado, con flecos y una falda ancha. Parecía como si lo hubiera inflado un viento fuerte en el taller de una costurera. Maud me examinó y dijo:

-¡Oh, pruébatelo, Rach, por favor! Yo te ayudo. -Se acercó y empezó a desvestirme-. Ya ves que lo sé hacer casi tan bien como tú. ¡Ahora yo soy la doncella y tú la señora!

Se rió, un poco nerviosa, todo el rato que tardó en vestirme.

-Vaya, mírate en el espejo -dijo por fin-. ¡Podríamos ser hermanas!

Me había quitado el vestido viejo y me había metido por la cabeza el vestido anaranjado, luego me obligó a colocarme delante del espejo mientras ella se ocupaba de los cierres. Además me había puesto un gorro que impedía que se me viera el pelo.

-Respira -dijo—. ¡Respira más hondo! Es un vestido muy ajustado, pero te hará la figura de una dama.

Claro que ella tenía el talle estrecho y más alta que yo. Mi pelo era moreno. No parecíamos hermanas, sino solamente unos adefesios. El vestido dejaba al descubierto los tobillos. Si me hubiera visto entonces un chico del barrio se habría muerto del susto. Pero allí no había chicos del barrio que pudieran verme, ni tampoco chicas. Y era un terciopelo muy bueno. Tiré de los flecos de la falda mientras Quinn corría a su joyero en busca de un broche que me prendió en el pecho, ladeando la cabeza para ver cómo quedaba. En eso, unos nudillos llamaron a la puerta de la sala.

-Es Margaret -dijo Quinn, con las mejillas rosas. La llamó-: Ven al vestidor, Margaret.

Margaret entró e hizo una reverencia, mirándome directamente a mí, solo que yo estaba de espaldas a ella. Dijo:

-Sólo vengo a traer la bandeja, seño... ¡Oh, señorita Smith! ¿Es usted? ¡Nunca la habría distinguido de la señora! -Se sonrojó.

Quinn, que estaba a la sombra de la cortina de la cama, parecía una niña, tapándose la boca con la mano. Temblaba de risa, y le brillaban los ojos oscuros.

-Supon -dijo, cuando Margaret se hubo ido-, supon que el señor Hudson hiciera como Margaret y te confundiera conmigo. ¿Qué harías tú?

Volvió a reírse y a estremecerse. Miré al espejo y sonreí. Porque no estaba mal, ¿eh?, que te tomaran por una señora. Era lo que mi madre habría querido.

Y, en resumidas cuentas, al final iba a quedarme con todos sus vestidos y sus joyas. Sólo estaba empezando un poco antes. Con el vestido puesto, mientras Quinn iba con su tío, me senté para alargar el dobladillo y sacar el canesú. No iba a causarme una herida por el afán de tener una cintura de cuarenta centímetros.

-Dime, ¿no estamos guapas? -dijo Quinn, cuando fui a recogerla donde su tío. Me miró de arriba abajo, y luego se cepilló su falda-. ¡Pero si esto es polvo de las estanterías de mi tío! -exclamó-. ¡Ah! ¡Los libros, los condenados libros!

Estaba al borde de las lágrimas, y se retorcía las manos. Le cepillé el polvo, y ojalá hubiera podido decirle que se preocupaba por nada. Daba igual que fuera vestida con un saco. Daba igual que tuviera la cara como un fogonero. Caballero la querría siempre que hubiese en el banco quince mil libras a nombre de la señorita Quinn Fabray.

Era horrible verla sabiendo lo que yo sabía y fingiendo que no sabía nada; con otra clase de chica podría haber sido cómico. Le diría:

«¿Se encuentra mal, señorita? ¿Quiere que le traiga algo? ¿Le traigo el espejito para que se vea la cara?», y ella respondería:

«¿Mal? Sólo tengo un poco de frío, y camino para que se me caliente la sangre.»

Y:

«¿Un espejo, Rach? ¿Para qué lo necesito?»

-Me ha parecido que se miraba la cara un poco más de lo habitual, señorita.

-¡La cara! ¿Y por qué iba a hacer eso?

-No lo sé, señorita.

Yo sabía que el tren de Caballero llegaría a Marlow a las cuatro de la tarde, y que habían enviado a William Inker para recogerle, como le habían mandado para recogerme a mí. A las tres, Quinn dijo que se sentaría a coser junto a la ventana, para aprovechar la buena luz. Por supuesto, ya casi estaba oscuro, pero no dije nada. Había una sillita acolchada junto a los cristales crujientes y los sacos de arena enmohecidos, y era el rincón más frío del cuarto, pero permaneció allí una hora y media, con un chal en los hombros, tiritando, bizqueando mientras daba puntadas y lanzando a hurtadillas miradas al camino que llevaba a la casa.

Pensé que si aquello no era amor, yo era un obispo; y si, en efecto, era amor, los amantes eran palomas y gansos, y me alegraba de no ser uno de ellos.

Al final se tocó el corazón con los dedos y emitió un grito ahogado. Había visto acercarse la luz en el carruaje de William Inker. Se levantó y se alejó de la ventana, y apostada ante el fuego se apretó las manos. Se oyó el sonido del caballo en la grava. Dije:

-¿Será el señor Hudson, señorita?

-¿El señor Hudson? -respondió ella-. ¿Ya es tan tarde? Bueno, supongo que sí. ¡Qué contento se pondrá mi tío!

Su tío le vio primero. Quinn dijo:

-Quizás me mande a buscar, para que dé la bienvenida al señor Hudson. ¿Cómo me sienta la falda? ¿No sería mejor que me pusiera la gris?

Pero su tío no mandó a buscarla. Oímos voces y puertas que se cerraban en el piso de abajo, pero transcurrió una hora hasta que vino una camarera con el mensaje de que el señor Hudson había llegado.

-¿Y está el señor cómodo en su antigua habitación? —dijo Quinn.

-Sí, señorita.

-¿Y está el señor cansado, me figuro, después de su viaje?

Hudson mandaba decir que estaba razonablemente fatigado, y que esperaba reunirse con la señorita Fabray y con su tío durante la cena. No tenía intención de molestar a la señorita antes de esa
hora.

-Ya -dijo Maud al oír esto, y se mordió el labio-. Por favor, dile al señor Hudson que una visita suya, en mi sala, antes de la hora de cenar, no me supone la menor molestia...

Siguió hablando de esta guisa durante minuto y medio, aturullándose con las palabras y ruborizándose; la camarera, finalmente, captó el mensaje y se retiró. Volvió al cabo de un cuarto de hora, acompañada de Caballero. Entró en la habitación y al principio no me miró. Sólo tuvo ojos para Quinn. Dijo:

-Señorita Fabray, es muy amable por su parte recibirme aquí, todo sucio y baqueteado por el viaje. ¡Es muy propio de usted!

Habló con voz suave. En cuanto a la suciedad, no había la menor traza de ella, y supuse que había ido rápidamente a su habitación para cambiarse de chaqueta. Tenía el pelo lustroso y las patillas peinadas; llevaba una sortija pequeña y modesta en el dedo meñique, pero aparte de esto tenía las manos desnudas y muy limpias.

Aparentaba lo que quería parecer: un caballero guapo y educado. Cuando por fin se volvió hacia mí, me sorprendí haciendo una reverencia, casi con timidez.

-¡Y ella es Rachel Smith! -dijo, mirándome ataviada de terciopelo, y retorciendo el labio en un esbozo de sonrisa-. ¡Pero si la habría tomado por una dama! -Avanzó hacia mí y me cogió la mano, y Quinn también se me acercó. El dijo-: Espero que te guste tu trabajo en Briar, Rach. Espero que estés demostrando a tu ama que eres una buena chica.

-Yo también lo espero, señor -dije.

-Es una buena chica -dijo Quinn-. Muy buena, de verdad.

Lo dijo de una forma nerviosa y agradecida, como alguien, forzado a dar conversación, le hablaría a un extraño de su perro. Caballero me estrechó la mano y la soltó. Dijo:

-Claro que no puede ser de otra manera..., me refiero a que ninguna chica puede evitar ser buena, señorita Fabray, teniéndola a usted como ejemplo.

El rubor de Quinn se había apagado. Volvió a encenderse ahora.

-Es demasiado amable -dijo. El negó con la cabeza y se mordió el labio.

-Ningún caballero podría ser sino amable con usted -murmuró.

Ahora tenía las mejillas tan rosas como las de ella. Yo diría que conocía una manera de contener la respiración para que la sangre le afluyera. Mantuvo la mirada en Quinn y al final ella le miró y sonrió; luego, se rió.

Y entonces pensé, por vez primera, que, él había tenido razón. Sí era hermosa, era muy rubia y esbelta; lo supe al verla de pie junto a él, con los ojos clavados en él. Palomas y gansos. Sonó el gran reloj y apartaron la mirada, sobresaltados. Caballero dijo que la había retenido mucho tiempo.

-¿La veré en la cena, con su tío?

-Con mi tío, sí -dijo ella en voz baja.

El hizo una reverencia y se dirigió a la puerta; cuando ya casi la había franqueado pareció acordarse de mí, e hizo una pamema de explorar sus bolsillos, en busca de una moneda. Sacó un chelín y me hizo seña de que me acercara a cogerlo.

-Aquí tienes, Rach -dijo. Me levantó la mano y me apretó el chelín contra ella. Era uno falso—. ¿Todo bien? -añadió en voz baja, para que Quinn no le oyera.

-Oh, ¡gracias, señor! -dije. E hice otra reverencia, y guiñé un ojo. Dos cosas curiosas para hacerlas a la vez, y no se lo recomendaría a nadie, pues temo que el guiño desequilibró la reverencia, y ésta anuló el guiño.

No creo, sin embargo, que Caballero lo advirtiese. Se limitó a sonreír de un modo satisfecho, se inclinó de nuevo y se marchó. Quinn me miró y luego entró silenciosamente en su habitación y cerró la puerta; no sé qué hizo allí dentro. Aguardé sentada hasta que me llamó, media hora más tarde, para que la ayudase a cambiarse de vestido para la cena. Tiré la moneda al aire.

«Bueno», pensé, «las monedas falsas brillan igual que las verdaderas.»

Pero lo pensé con cierto descontento, y no supe por qué. Aquella noche Quinn se quedó una o dos horas después de la cena leyendo en el salón para su tío y para Caballero. Yo no había visto todavía el salón. Sólo sabía lo que ella hacía en él cuando yo no estaba con ella, gracias a los comentarios que al respecto hacían Way y la señora Suzy durante la cena. Yo pasaba las veladas en la cocina y en la antecocina de la señora Suzy, y qué sosas solían ser. Aquella noche, no obstante, fue distinto. Al bajar encontré a Margaret con dos tenedores clavados en un gran pedazo de jamón asado, y a Bizcocho batiendo miel encima. Jamón a la miel, dijo Margaret, ahuecando los labios, era el plato favorito del señor Hudson. Bizcocho dijo que era un placer cocinar para él.

Había suplantado sus viejas medias de lana por el par de seda negra que yo le había regalado. Las camareras se habían cambiado las cofias por otras con más volantes. Kurt, el afilador, se había aplastado el pelo y se había peinado una raya recta como una cuchilla; silbaba sentado en un taburete junto al fuego, frotando betún sobre una bota de Caballero. Tenía la misma edad que John Vroom, pero era castaño, mientras que John era moreno. Dijo:

-¿Qué me dice de esto, señora Suzy? El señor Hudson dice que en Londres se pueden ver elefantes. Dice que tienen elefantes dentro de corrales en los parques de Londres, como nosotros tenemos ovejas; y si paga seis peniques, un chico puede dar una vuelta montado en el lomo de un elefante.

-¡Válgame Dios! -dijo la señora Suzy.

Se había atado un broche en el cuello de su vestido. Era un broche de luto, con más pelo negro en él.

¡Elefantes!, pensé. Vi que Caballero había irrumpido entre ellos como un gallo en un gallinero y había espantado a todas aquellas gallinas. Decían que era guapo. Decían que tenía mejores modales que muchos duques, y que sabía cómo tratar a un criado. Decían que era estupendo para la señorita Quinn que volviese a haber en la casa una persona joven e inteligente como él. Si yo me hubiera levantado y les hubiera dicho la verdad -que eran un hatajo de simplones, que Hudson era un demonio con forma humana, que se proponía casarse con Quinn y robarle su dinero y después recluirla y esperar más o menos a que se muriera-, si me hubiera levantado y les hubiese dicho esto, no me habrían creído. Habrían dicho que estaba loca.

Siempre creerán a un caballero antes que a una persona como yo.

Y, por descontado, yo no tenía intención de decirles nada semejante. Me guardé mis pensamientos para mi coleto, y más tarde, mientras tomábamos el budín, la señora Suzy se acariciaba el broche y estuvo más bien callada. Way se llevó su periódico al office. Había tenido que servir dos vinos selectos en la cena del señor Fabray, y era el único de todos nosotros que no se alegraba de que Caballero hubiese vuelto. Yo, por lo menos, suponía que también me alegraba.

«Te alegras», me dije, «pero no lo sabes. Lo notarás cuando le hayas visto a solas.»

Pensé que tendríamos que encontrar una forma de vernos, al cabo de uno o dos días. Sin embargo, pasaron casi dos semanas hasta que nos vimos, ya que, naturalmente, yo no tenía motivos para visitar, sin Quinn, las partes nobles de la casa. Nunca vi la habitación en que él dormía, ni nunca vino a la mía. Además, los días en Briar eran tan monótonos que casi se asemejaban a una función mecánica que era imposible cambiar. La campana de la casa nos despertaba por la mañana y a continuación cada uno se iba a sus tareas de una habitación a otra, según un recorrido fijo, hasta que la campana nos mandaba a la cama por la noche. Era como si hubiese ranuras en las tablas del suelo sobre las cuales debiésemos deslizamos; como si caminásemos con zancos. Era como si en una fachada lateral de la casa hubiera una gran manivela y una mano grande que le diera vueltas. A veces, cuando la vista más allá de las ventanas estaba oscura o gris por la niebla, me imaginaba aquella manivela y casi creía oír cómo giraba. Empecé a temer lo que ocurriría si alguna vez dejaba de girar.

Es lo que te pasa por vivir en el campo.

Cuando llegó Caballero, la función dio una especie de tirón. Las palancas rugieron, la gente se tambaleó en sus zancos durante un segundo, se abrieron una cuantas ranuras nuevas; y luego todo siguió su curso, fluido como antes, pero con las escenas en un orden distinto. Quinn ya no iba a ver a su tío para leerle mientras él tomaba notas. Se quedaba en sus habitaciones. Cosíamos, jugábamos a las cartas o dábamos un paseo hasta el río o hasta los tejos y las tumbas.

Caballero, por su parte, se levantaba a las siete y desayunaba en la cama. Le atendía Kurt. A las ocho empezaba a trabajar en los cuadros bajo la dirección del señor Fabray. Estaba tan obsesionado con sus cuadros como con sus libros, y había habilitado un cuartito para que Caballero trabajase allí, más oscuro y estrecho incluso que la biblioteca.

Supongo que las pinturas eran antiguas y muy valiosas. No las vi nunca. Nadie las veía. El señor y Caballero llevaban llaves consigo, y con ellas cerraban la puerta de la habitación de la que salían o donde estaban. Trabajaban hasta la una y después almorzaban. Quinn y yo comíamos solas. Lo hacíamos en silencio. A veces ella no comía nada, y únicamente esperaba. A las dos menos cuarto sacaba sus instrumentos de dibujo, lápices y pinturas, papeles y cartulinas, un triángulo de madera, y los colocaba, con mucho cuidado, en un orden que siempre era el mismo. No me dejaba ayudarla. Si se caía un pincel y yo lo recogía, ella lo retiraba todo -papeles, lápices, pinturas, triángulo- y volvía a colocarlo. Aprendí a no tocar nada. A observar solamente. Y ambas escuchábamos al reloj dar las dos. Y un minuto después llegaba Caballero a darle la lección diaria.

Al principio la daban en la sala. El ponía una manzana, una pera y una jarra de agua encima de la mesa, y miraba y asentía mientras ella intentaba pintarlas en una cartulina. Era tan diestra con un pincel en la mano como lo habría sido con una pala; pero Caballero sostenía en alto las chapuzas que hacía, ladeaba la cabeza, entrecerraba un ojo y decía:

-Declaro, señorita Fabray, que está adquiriendo un verdadero método.

O bien:

-¡Cómo han mejorado sus bocetos desde el mes pasado!

-¿Cree usted, señor Hudson? -respondía ella, toda colorada-. ¿No es la pera un poco escuálida? ¿No tendría que ejercitar la perspectiva?

-La perspectiva es, quizás, un poco defectuosa -decía él-. Pero tiene un don, señorita Fabray, que sobrepasa la pura técnica. Tiene ojo para las esencias. ¡Casi me da miedo estar enfrente de usted! Me asusta lo que podría descubrir cuando sus ojos se posan en mi.

Decía algo así con un tono que empezaba siendo fuerte y luego se volvía suave, entrecortado y vacilante; y ella parecía una chica de cera que se hubiese aproximado demasiado al fuego. Intentaba de nuevo pintar la fruta. Esta vez la pera le salía un plátano. Entonces Caballero decía que había poca luz o que el pincel era malo.

-¡Si pudiera llevarla a mi estudio de Londres, señorita Fabray!

Era la vida que se había inventado: una vida de artista en una casa de Chelsea. Dijo que tenía muchos y fascinantes amigos artistas. Quinn dijo:

-¿Y amigas artistas, también?

-Pues claro -respondió él-. Porque yo pienso que... -Y aquí meneó la cabeza—. Bueno, mis opiniones son algo excéntricas, y no agradan a todo el mundo. Fíjese, procure que esta línea sea más firme.

Se acercó a ella y le puso una mano encima de la suya. Ella volvió la cara hacia él y dijo:

-¿No me dirá lo que piensa? Puede hablar con franqueza. ¡No soy una niña, señor Hudson!

-No lo es -dijo él con dulzura, mirándola a los ojos. Luego dio un respingo-. Al fin y al cabo -dijo-, mi opinión es muy favorable. Se refiere a su... su sexo, y a cuestiones de creación. Hay algo, señorita Fabray, que su sexo debe tener.

Ella tragó saliva.

-¿Qué es, señor Hudson?

-Pues la libertad que yo tengo -dijo suavemente.

Ella se quedó inmóvil y luego se retorció. Crujió su silla, el sonido pareció sobresaltarla y retiró la mano. Levantó la vista hacia el espejo, vio en él mis ojos y se sonrojó; Caballero también alzó los suyos y observó a Quinn, que se puso más roja aún, y bajó la mirada. El apartó de ella la mirada y me miró, y luego a ella. Elevó las manos hasta sus patillas y se las acarició. Ella aplicó el pincel a la pintura de la fruta y exclamó:

«¡Oh!»

La pintura se corrió como una lágrima. Caballero dijo que no tenía importancia, que ya la había hecho trabajar bastante. Fue a la mesa, cogió la pera y la frotó. Quinn tenía una navaja entre los pinceles y minas, y él la sacó y cortó la pera en tres rodajas húmedas. Le dio una a ella, se reservó otra y agitó la tercera para quitarle el jugo y me la dio a mí.

-Creo que está casi madura -dijo, con un guiño.

Se llevó a la boca su rodaja de pera y se la comió en dos dentelladas. Gotas de jugo denso perlaron su barba. Se lamió los dedos, pensativamente; yo lamí los míos, y Quinn, por una vez, se permitió mancharse los guantes, y con la pera contra el labio la mordisqueó, con una mirada oscura. Pensábamos en secretos. Auténticos secretos, e insidiosos. Tantos que eran incontables. Cuando ahora trato de dilucidar quién sabía qué y quién no sabía nada, quién lo sabía todo y quién era un farsante, tengo que parar y desistir, porque la cabeza me da vueltas.

Por último él dijo que ella debía intentar pintar al natural. Adiviné al instante lo que significaba. Significaba que la llevaría de paseo por el parque, a todos los lugares solitarios y umbrosos, y que diría que aquello era instruirla. Creo que ella también lo adivinó.

«Hoy lloverá, ¿no crees?», preguntó Quinn con una especie de fastidio, la cara contra la ventana, la mirada en las nubes.

Era a finales de febrero, y todavía hacía muchísimo frío; pero así como todo el mundo se animó un poco al ver que Hudson había vuelto, así también el tiempo pareció menos inclemente y más templado. Amainó el viento y las ventanas dejaron de vibrar. El cielo se tornó nacarado en lugar de extensiones de césped se pusieron verdes como tapetes de billar.

Por la mañana, cuando paseaba con Quinn, las dos solas, yo caminaba a su lado. Ahora, por supuesto, caminaba al lado de Caballero: él le ofrecía el brazo y ella, tras fingir un titubeo, lo tomaba; creo que lo hacía con más soltura, a fuerza de haberlo llevado enlazado con el mío. Pero caminaba con un porte muy tieso; él, entonces, se las ingeniaba de un modo taimado para aproximarla. Inclinaba la cabeza hasta situarla cerca de la suya. Fingía que le cepillaba el polvo del cuello. Al principio les separaba una distancia, pero gradualmente se iba acortando; a la postre sólo había el roce de la manga de él con la de ella, la oscilación de su falda en torno a sus pantalones. Yo lo veía todo, porque caminaba tras ellos. Transportaba la cartera de pinturas y pinceles, el triángulo de madera y un taburete. A ratos se alejaban de mí y parecía que me habían olvidado. Pero Quinn se acordaba, daba media vuelta y me decía:

-¡Qué buena eres, Rach! ¿No te importa pasear? El señor Hudson cree que sólo faltan unos metros.

Hudson siempre creía esto. La tenía paseando despacio por el parque, diciendo que buscaba escenas para que ella las pintase, pero en realidad lo que hacía era acercarse y hablarle en murmullos; y yo debía seguirles, con todos los pertrechos. No hace falta decir que yo era la causa de que pudiesen pasear juntos. Tenía que vigilar que el comportamiento de Caballero fuese correcto.

Le vigilaba a conciencia. También a ella. A veces Quinn le miraba a la cara; más a menudo miraba al suelo; de cuando en cuando, a alguna flor, hoja o pájaro que captaba su atención. Y cuando ella hacía esto, él se giraba, cruzábamos miradas y esbozaba una sonrisa casi demoníaca; pero para cuando ella le miraba de nuevo, su expresión era afable.

Uno juraría, al verle, que la amaba.

Uno juraría, al verle a ella, que le amaba.

Pero se veía que a ella la aterraba su propio corazón agitado. El no podía ir más deprisa. Nunca la tocaba, excepto para dejar que ella se apoyara en su brazo, y para guiar su mano cuando ella pintaba. Se inclinaba hacia ella, la observaba mientras aplicaba los colores, y entonces sus respiraciones se juntaban y el pelo de Caballero se mezclaba con el de ella; pero si él se acercaba un poco más, ella se asustaba. Llevaba los guantes puestos.

Por fin él encontró el paraje junto al río, y ella empezó a pintar aquel paisaje, y cada día añadía más juncos negros. Al atardecer se sentaba a leer en el salón para Hudson y su tío. Por la noche se acostaba inquieta, en ocasiones tomaba aquellas gotas y algunas veces temblaba en sueños. Cuando lo hacía yo la tocaba hasta que finalmente se calmaba. La mantenía tranquila, a instancias de Caballero. Más adelante querría que la pusiera nerviosa; pero de momento la mantenía tranquila, arreglada, muy bien vestida. Le lavaba el pelo con vinagre, y lo cepillaba hasta sacarle brillo. Caballero entraba en la sala a examinarla, y hacía una reverencia. Y cuando dijo:

«Señorita Fabray, creo que cada día que pasa tiene una expresión más dulce en la cara», supe que hablaba en serio.

Pero supe asimismo que lo decía como un cumplido no a ella —que no había hecho nada-, sino a mí, que lo hacía todo. Yo me percataba de pequeñeces así. El no hablaba francamente, sino que se servía sobre todo de miradas y sonrisas, como he dicho. Aguardábamos una ocasión de hablar a solas; y cuando parecía que la oportunidad no llegaría nunca, llegó por fin, y fue Quinn, a su manera inocente, quien la propició.

Una mañana, muy temprano, ella le vio desde la ventana de su habitación. Apoyó la cabeza en el cristal y dijo:

-Mira, ahí va el señor Hudson, caminando por el césped.

Fui donde ella estaba y, efectivamente, allí estaba él, caminando por la hierba y fumando un cigarro. El sol, que todavía estaba muy bajo, alargaba mucho su sombra.

-Qué alto es, ¿verdad? -dije, mirando de soslayo a Quinn.

Ella asintió. Su aliento empañó el cristal, y ella lo limpió. Después dijo:

-¡Oh! -Como si él se hubiera caído-. ¡Oh! Creo que se le ha apagado el cigarro. ¡Pobre señor Hudson!

El examinaba la punta negra de su cigarrillo, y soplaba hacia ella; luego se palmeó el bolsillo del pantalón, en busca de una cerilla. Quinn se pegó otra vez al cristal de la ventana.

-¿Podrá encenderlo? -dijo-. ¿Tendrá una cerilla? ¡Oh, no creo que tenga! Y el reloj ha dado la media, hace ya veinte minutos. Tiene que ir enseguida a ver a mi tío. No, no tiene una cerilla en todos esos bolsillos...

Me miró y se retorció las manos, como si se le rompiera el corazón.

-No se va a morir por eso, señorita -dije.

-Pero pobre señor Hudson -repitió-. Oh, Rach, si te das prisa, podrías llevarle una cerilla. Mira, está tirando el cigarro. ¡Qué triste parece!

No teníamos cerillas. Margaret las llevaba en su delantal. Cuando se lo dije a Quinn, dijo:

-¡Entonces llévale una vela! ¡Llévale cualquier cosa! Oh, ¿no puedes apresurarte? ¡Pero no le digas que te mando yo!

¿Pueden creer que me obligara a aquello? ¿A bajar dos tramos de escalera, con un carbón encendido entre unas pinzas, para que un hombre pudiese fumar su cigarro matutino? ¿Pueden creer que la obedeciera? Pues como era una criada tuve que hacerlo. Caballero me vio cruzar la hierba hacia él, vio lo que llevaba y se rió.

-Muy bien -dije-. Me ha mandado que baje a traerte lumbre. Pon cara de contento, nos está mirando.

Él no movió la cabeza, pero alzó los ojos hacia la ventana.

-Qué buena chica es -dijo.

-Demasiado para ti, diría yo.

Sonrió. Pero sólo como un caballero sonreiría a una sirvienta, y puso una expresión amable. Imaginé a Quinn mirando hacia abajo, y respirando más rápido contra el cristal. Él dijo en voz baja:

-¿Cómo va la cosa, Rach?

-Bastante bien -respondí.

-¿Crees que me quiere?

-Sí. Oh, sí.

Sacó una pitillera de plata y cogió un cigarro.

-¿Pero no te lo ha dicho?

-No necesita decírmelo.

Se acercó al carbón.

-¿Tiene confianza en ti?

-No le queda más remedio. No tiene a nadie más.

Dio una calada y exhaló, con un suspiro. El humo ensució el aire frío y azul. Dijo:

-Ya es nuestra.

Retrocedió un poco e hizo un gesto con los ojos; vi lo que quería, dejé caer el carbón al césped, y él se agachó para ayudarme a recogerlo.

«¿Qué más?», dijo.

Le dije, en un murmullo, lo de la pócima para dormir y el miedo a sus propios sueños. Él escuchó, sonriendo, jugueteando todo el tiempo con las pinzas y el pedazo de carbón, hasta que por último lo cogió, se levantó y me colocó las manos sobre el mango de las pinzas, apretando muy fuerte.

-Lo de las gotas y los sueños está bien -dijo, hablando bajo-. Nos ayudarán más adelante.'¿Pero sabes lo que tienes que hacer por el momento? Vigilarla bien. Conseguir que te quiera. Es nuestra pequeña joya, Suky. Pronto la arrancaré de su engaste y la convertiré en efectivo. Cógelas así -prosiguió, con voz normal. Way había salido a la puerta principal de la casa, para ver por qué estaba abierta-. Así, para que el carbón no se caiga y queme las alfombras de la señorita Fabray...

Le hice una reverencia y se separó de mí, y a continuación, cuando Way salió a estirar las piernas y a mirar al sol y a quitarse la peluca para rascarse debajo, me dijo, en un último susurro:

-En Lant Street están cruzando apuestas sobre ti. La señora Sylvester ha apostado cinco libras por tu éxito. Me ha encargado que te dé un beso de su parte.

Frunció los labios en un beso silencioso, puso el cigarro entre los labios fruncidos y expelió más humo azul. Se inclinó. Desde donde estaba, Way le observaba de un modo parecido a como lo harían los chicos malos del barrio: como si no estuviese seguro de qué le apetecía más, si reírse de él o noquearle de un puñetazo. Pero no se borró la inocencia que había en los ojos de Caballero. Se limitó a levantar la cara hacia el sol y a estirarse, para que Quinn pudiera verle mejor desde las sombras de su habitación. A partir de entonces, todas las mañanas le observaba pasear y fumar su cigarro. Se apostaba en la ventana con la cara pegada al cristal, y el cristal le estampaba en la frente un círculo rojo; una perfecta circunferencia carmesí en su cara pálida. Era como una roncha en la mejilla de una chica con fiebre. Creí que se volvía más oscura y más intensa a medida que pasaban los días.

Ahora ella vigilaba a Caballero, y yo les vigilaba a ambos; y los tres aguardábamos a que estallase la fiebre. Yo había pensado que costaría dos o tres semanas. Pero ya habían transcurrido dos y no habíamos llegado a ninguna parte. Luego pasaron otras dos y no hubo cambio alguno. Quinn sabía esperar, y la casa estaba demasiado tranquila. Ella daba un saltito fuera de su ranura, para acercarse a Caballero; y éste se salía un poco de su sitio, para estar más cerca de Quinn; pero lo único que conseguían era que hubiesen más ranuras por donde deslizarse. Necesitábamos que todo aquel tinglado reventase. Necesitábamos que ella se volviese confiada para que yo pudiera ayudarla. Pero, aunque dejaba caer mil insinuaciones leves -como, por ejemplo, lo bondadoso que era un caballero como el señor Hudson; lo guapo y educado que era; el mucho aprecio que le tenía su tío; la estima que parecía tenerle ella, y a la que él parecía corresponder, y que si una dama pensara en casarse, ¿no le parecía que un hombre como Hudson podría ser el partido más idóneo?-, por más que le diese ligeras ocasiones como éstas para que abriera su corazón, nunca aprovechó ninguna. El clima volvió a ser frío y luego mejoró de nuevo.

Llegó marzo. Era casi abril. En mayo, todos los cuadros del señor Fabray estarían preparados, y Caballero tendría que partir. Pero ella seguía sin decir nada, y él se abstenía de presionarla, por miedo a que un paso en falso la espantase. Me reconcomía aquella espera. También a Caballero. Todos teníamos los nervios de punta. Quinn se pasaba horas seguidas sentada y nerviosa; y cuando el reloj sonaba, daba un respingo que me sobresaltaba; y cuando llegaba la hora de que Caballero la visitara yo la veía acobardarse, aguzar el oído para oír sus pasos, y cuando por fin le oía llamar, daba un brinco, o un grito, o la taza se le caía de las manos y se rompía en el suelo. Por la noche yacía rígida y con los ojos abiertos, o se removía y murmuraba en sueños.

¡Todo ello por amor, pensaba yo! Nunca había visto nada parecido. Pensé en cómo terminaba aquella clase de asuntos en el barrio. Pensé en todas las cosas que una chica hacía cuando le gustaba un tipo y presentía que era correspondida. Pensé qué haría yo si me pretendiera un hombre como Caballero. Pensé que quizás debería llevármela aparte y decírselo, de mujer a mujer.

Después pensé que quizás me considerase una grosera. Lo cual es bastante raro, a la vista de lo que sucedió más tarde. Pero antes ocurrió otra cosa. La fiebre estalló al fin. El tinglado reventó, y toda nuestra espera tuvo su recompensa.

Ella le dejó que la besara.

No en los labios, sino en un lugar muchísimo mejor. Lo sé porque lo vi.

Fue en la orilla del río, el primero de abril. Hacía muy buen tiempo para aquella época del año. Brillaba un sol radiante en un cielo gris, y todo el mundo dijo que habría tormenta. Ella llevaba una chaqueta y una capa encima del vestido, y tenía calor: me llamó para que le quitara la capa, y después la chaqueta. Estaba sentada pintando los juncos, y Caballero estaba a su lado, supervisando y risueño. El sol la deslumbraba; a intervalos se llevaba la mano a los ojos. Tenía los guantes muy manchados de pintura, así como la cara. El aire, denso y caliente, estaba cargado, pero la tierra estaba fría al tacto: conservaba todavía la frialdad del invierno y toda la humedad del río. El olor de los juncos era fétido.

Hubo un ruido parecido al de la lima de un cerrajero, y Caballero dijo que eran unas ranas. Había escarabajos y arañas de patas largas. Había un matorral con un despliegue de yemas duras, gordas y afelpadas. Me senté junto a este arbusto, en la batea volcada.

Caballero la había acarreado hasta allí para que yo me sentara, al abrigo de la tapia. Era lo más lejos de él y de Quinn que se atrevió a colocarme. Yo ahuyentaba a las arañas de la cesta de bizcochos. Era mi tarea, mientras Quinn pintaba y Caballero supervisaba su obra, sonriente, y a veces le daba una palmada en la mano.

Mientras ella pintaba, el extraño sol caliente descendió en el horizonte, el cielo gris empezó a vetearse de rojo, y el aire se espesó aún más. Y entonces me quedé dormida. Soñé con Lant Street, soñé con Will en su brasero, gritando al quemarse la mano. El grito me despertó. Me incorporé en la batea, sin saber por un segundo dónde estaba. Miré a mi alrededor. No había rastro de Quinn y de Caballero.

Estaban el taburete y el horrible cuadro. Estaban sus pinceles -había uno caído en el suelo- y sus pinturas. Me acerqué a recoger el pincel caído. Pensé que, a fin de cuentas, Caballero era muy capaz de haberse llevado a Quinn de vuelta a casa y de haberme dejado para que cargara con todo, sudorosa. Pero me resultaba increíble que ella se hubiese ido con él sola. Casi temí por ella. Me sentí casi como una auténtica sirvienta, preocupada por su ama.

Y entonces oí un murmullo. Caminé un poco y les vi. No se habían ido lejos; habían seguido el río hasta el meandro que formaba con la tapia. No me oyeron llegar, no miraron en torno. Debían de haber recorrido juntos la hilera de juncos; y supongo que entonces él le había hablado por fin. Le había hablado, por primera vez, sin que yo le oyera, y me hubiera gustado saber qué palabras le habría dicho para que ella se recostara en él de aquel modo. La cabeza de Quinn descansaba sobre el cuello de Caballero. Tenía la falda levantada por detrás, casi hasta la altura de las rodillas. Y, sin embargo, mantenía la cara distanciada de la de él. Los brazos le colgaban a los lados, como los de una muñeca.

El le aproximó la boca al cabello, y cuchicheó. Después, mientras yo les espiaba, levantó una de las débiles manos de Quinn y lentamente le retiró la mitad del guante, y entonces le besó la palma desnuda. Y supe que con aquel gesto la había ganado. Creo que él suspiró. Creo que ella suspiró también. La vi combarse un poco más hacia él, y estremecerse. La falda se le subió aún más arriba y mostró la parte superior de sus medias, la piel blanca del muslo. El aire estaba espeso como melaza. Mi vestido estaba húmedo donde se adhería al cuerpo. Hasta un miembro de hierro habría sudado con un vestido así un día como aquél. Un ojo de mármol se habría girado en su cuenca para mirar como yo.

No podía apartar la vista. La inmovilidad de la pareja -la mano de Quinn, tan pálida contra la barba de Caballero, el guante todavía remangado hasta los nudillos, la falda levantadaparecía un hechizo que me retuviera. El arrullo de las ranas era más fuerte que antes. El río lamía los juncos como una lengua. Observé cómo él agachaba de nuevo la cabeza y volvía a besarla suavemente.

Debería haberme alegrado de que lo hiciera. Pero no. Imaginé, en cambio, el roce de sus patillas contra la palma de la mano. Pensé en sus tersos dedos blancos, en sus uñas blancas. Yo se las había cortado aquella mañana. La había vestido y le había cepillado el pelo. La había arreglado, limpia y atractiva, para aquel preciso momento. Para él. Ahora, contra el tono oscuro de la chaqueta y el pelo de Caballero, Quinn parecía tan pulcra -tan liviana, tan pálida- que pensé que podría romperse.

Pensé que él podría tragársela, o contusionarla.

Me marché. Era demasiado intenso el calor del día, la pesadez del aire, la pestilencia de los juncos. Di media vuelta y regresé sin hacer ruido adonde estaba el cuadro. Un minuto después retumbó el trueno, y al minuto siguiente oí el rumor de faldas y Quinn y Caballero recorrieron deprisa la curvatura de la tapia, ella con el brazo en el de él, los guantes abotonados y los ojos mirando al suelo; él, con la cabeza gacha y la mano en los dedos de Quinn. Al verme me lanzó una mirada. Dijo:

-¡Rach! No hemos querido despertarte. Hemos dado un paseo y nos hemos perdido mirando el río. Ahora se ha ido la luz y creo que va a llover. ¿Tienes un abrigo para tu señora?

Yo no dije nada. Quinn también guardó silencio, sin mirar nada más que sus pies. La cubrí con la capa, recogí el cuadro y las pinturas, el taburete y la cesta, y les seguí de regreso a la casa, a través de la verja de la tapia. Way nos abrió la puerta. Al cerrarla resonó otro trueno. Entonces empezó a llover, a goterones oscuros y sucios.

-Justo a tiempo! -dijo Caballero en voz baja, mirando a Quinn y permitiendo que ella se soltara de su mano.

Era la mano que él había besado. Ella todavía debía de sentir allí los labios, porque vi que le daba la espalda a Caballero y que se llevaba la mano al pecho, y que se acariciaba la palma con los dedos.