Hay una parte donde menciona un palmtop [1], eso es como una computadora pequeña, tipo un PSP.
Gracias por seguir la historia :)
La Entrega
Autora: Lena
Traducción: Kumiko Tsukishiro
Capítulo 4
Al principio no era tan malo. La habitación parecía decente (tal vez el que hubieran alquilado la habitación más costosa del hotel tenía algo que ver) y tenía un baño sorprendentemente grande y limpio – el mejor baño que podrías esperar en un lugar así. Raoul también era a prueba de sorpresas – no parecía incómodo con la falta de lujos y ya no había hecho comentarios sobre su ropa. Al contrario, parecía que se estaba divirtiendo. Salió al diminuto balcón y por unos largos minutos admiró la basta nada que rodeaba el hotel.
"Es hermoso," murmuró. Katze, recargado en el marco de la puerta a su espalda casi rodó los ojos. "Tal vez no lo creas, Katze," el Blondie se giró hacia él, "pero por primera vez en mi vida me siento… libre."
El comerciante lo miró fijamente, pero no le dijo nada.
La pesadilla comenzó cuando bajaron al bar y pidieron algo para comer.
"¿Estás seguro que es demasiado pronto para empezar a preguntar?" le dijo Raoul en las escaleras. Katze lo consideró por un momento y decidió que un poco de práctica no haría daño, quizá hasta ayudaría.
"Tal vez tengas razón," dijo, "nunca es demasiado pronto. No tenemos mucho tiempo, así que vamos a aprovecharlo. Que los rumores empiecen a dispersarse."
"Justo lo que pensaba," aseveró contento el Blondie mientras entraban al bar.
Se veía como un típico bar de clase baja de Midas de hacía veinte años… al menos así es como Katze se imaginaba que se veían los bares en aquellos tiempos. Bochornosos, melancólicos, llenos de humo, con una rockola increíblemente vieja en una esquina y una clientela totalmente predecible. La clientela consistía en un par de chicos fuertes que – Katze apostaría – habitaban las pocas casas desaliñadas que estaban cerca del hotel y se atrevían a llamarse asentamientos. No había nadie en el bar que luciera como un huésped.
La compañía ocupaba dos mesas y estaba inmersa en una conversación de borrachos. La plática se detuvo inmediatamente cuando Katze y Raoul entraron. Por un momento la habitación estuvo en absoluto silencio, las miradas codiciosas los siguieron mientras se acercaban a la barra. Luego alguien silbó expresando su aprobación. Katze lo ignoró a propósito, deseando que solo fuera una expresión de admiración por el encanto del Blondie. Raoul solo lo ignoró, tal vez ni siquiera sabía lo que significaba el sonido. O que estaba dirigido a él.
Se sentaron en los bancos altos del mostrador y tomaron la carta. Katze escogió rápidamente. Raoul estudió el menú por largo rato, arrugando la nariz con descontento. Un pensamiento indeseado cruzó la mente del comerciante, pensó que se veía dulce haciendo eso. Al fin el barman se les acercó y tomó su orden, té para empezar.
"Hey, bellezas, ¿quieren probar algo mejor?" gritó alguien desde atrás. "Únansenos y les mostraremos lo que beben los verdaderos hombres."
Raoul parpadeó. Katze se tensó.
"Ignóralos," le susurró al Blondie. "Solo son unos idiotas locales. Nada que merezca tu atención."
Raoul asintió. Katze involuntariamente alcanzó un cigarro y lo encendió. Después de pensarlo, le ofreció uno al biólogo, dándose cuenta con cierta sorpresa de que ni siquiera sabía si Raoul fumaba. Nunca lo había visto con un cigarro, pero eso no significaba nada. Iason había fumado frente a él después de 3 años de su historia juntos.
Pero Raoul sacudió la cabez, en negativa. Así que Katze guardó la cajetilla en su bolsillo e inhaló el maravillosamente relajante humo.
"Hey, babies, ¿quieren divertirse?" sonó otra vez desde atrás.
Suspiró incómodo y decidió que era momento de hacer algo.
"Que te jodan," escupió sobre el hombro, deseando que eso bastara.
"Katze," murmuró Raoul. "Tal vez deberíamos… ehm… aceptar la oferta. Tal vez puedan ser de ayuda."
"¿Ellos?" rio con sorna. "No lo creo. Apuesto a que ninguno de ellos ha dejado este nido de ratas desde que nacieron. No, Raoul, ellos no conocen a nadie y nadie los conoce. Si quieres información, pregúntale al barman. Siempre al barman. Los barman saben cosas, tienen conexiones."
"El cantinero," repitió Raoul algo escéptico.
El cantinero, quien durante todo ese rato había estado ocupado tras el mostrador, se detuvo y los miró con desconfianza.
"Eso depende de cuánto puedan pagarme para hacerme recordar," gruñó.
Estaba por regresar a sus labores cuando su mirada se centró en algo a sus espaldas y Katze se dio cuenta de que era el sonido de pasos acercándose. Y con ellos venía el olor acre del alcohol.
"Hey, belleza," dijo la voz a su espalda. La misma voz que los acosaba desde hacía rato. Esta vez solo se dirigía a Raoul. "Tal vez tú quieras unírtenos. Deja a este tipo, no es divertido." Una mano enorme se posó en el hombro de Raoul. Katze miró fijamente al sujeto. Era enorme. Parecía mucho más grande que Raoul.
El biólogo tomó tranquilamente un sorbo del té.
"No me interesa. Váyase, señor."
Pero la mano no se fue. Se deslizó por el hombro de Raoul hasta su cuello y luego su cabello. El tipo tomó un mechón de cabello rubio y lo enredó en su dedo. Algo en ese gesto era obsceno.
"Lindo cabello. Nunca vi algo así. ¿Qué haces para mantenerlo así? ¿Contratas a un estilista privado?" Dijo la última palabra con un acento de burlona altanería y se echó a reír. Sus compañeros en la mesa rieron también.
Raoul cerró los ojos. Un rastro de impaciencia apareció en su rostro.
"Mi cabello no es para que lo toques," dijo muy tranquilo. "Retira tu mano y vete."
Katze observó el progreso de la discusión con creciente interés. Decidió mantenerse al margen. Veamos si Raoul puede cuidarse a sí mismo.
El sujeto masajeó deliberadamente la cabeza del Blondie y de pronto tomó un grueso mechón y le dio un fuerte tirón. La cabeza de Raoul se jaló hacia atrás por la fuerza. El tipo se inclinó en su oreja y le dijo con un susurro ebrio y fuerte.
"Oh, así que eres quisquilloso. Vamos, perra, ven con nosotros. Nos vamos a divertir."
Ni siquiera fue en un parpadeo. El Blondie se levantó del banco, tomó la mano del hombre por la muñeca y la giró ágilmente, lanzando al sujeto a la barra. El agresor chilló de dolor cuando la dura esquina de la barra se enterró en su espalda.
Sus compañeros en la mesa se removieron agitados y algunos se pusieron de pie. Katze les echó una mirada amenazante. De alguna manera funcionó, porque nadie se movió de su lugar. Por ahora.
Raoul se agachó hacia el tipo.
"Te dije que no estaba interesado," siseó. "Tal vez debería repetirlo con las palabras de mi amigo. Que-te-jodan. Así lo entenderás, ¿no?"
Pero al parecer el hombre no era lo bastante listo. Se estremeció bajo el agarre del Blondie con fiereza.
"¡Suéltame, perra!"
Los ojos de Raoul se entornaron. "¿Cómo me llamaste?"
"¡Suéltame o te mato!"
El biólogo le enseñó los dientes, formando una torcida sonrisa.
"Oh, ¿en serio? Para eso primero tendrías que liberarte, ¿no crees? Bueno, veamos quién es más fuerte."
Al principio Katze no supo por qué la cara del tipo se contorsionaba de dolor ni por qué un prolongado y lastimero quejido salió de su garganta. Luego algo crujió e hizo que se levantara aterrado. ¡Oh mierda, el estúpido Blondie le estaba rompiendo la muñeca!
"¡Suficiente, Raoul!" sonó más duro de lo que pretendía.
Raoul le echó una mirada, pero aflojó su agarre en la muñeca del tipo.
"¿Esto te hace entender?" preguntó una vez más.
El borracho asintió.
"Bien. Ahora mueve tu culo y piérdete."
Katze casi se cae de la sorpresa. ¿En dónde demonios había aprendido el Blondie a hablar así? Ciertamente no de él.
Raoul soltó el brazo del sujeto y retrocedió. El hombre se bajó de la barra, sujetándose la muñeca con la otra mano y miró a Raoul con incredulidad.
"¡Me rompiste la mano, cabrón!" gritó con voz temblorosa.
Lánguidamente, como si nada hubiera pasado, Raoul volvió a sentarse en el banco.
"Oh, vamos, no está rota, solo dislocada. Pero pude haberla roto, así que agradécele a mi amigo por detenerme."
El hombre le dirigió una mirada llena de odio y por un momento Katze pensó que iniciaría una pelea, pero luego una voz autoritaria sonó desde atrás de la barra.
"Ya escuchaste al hombre, Smith. Piérdete. Todos ustedes. No quiero verlos hasta que se les haya bajado el stout."
Los ojos del borracho se centraron en el cantinero. Sus miradas estaban llenas de resentimiento, pero la cara del tendero era firme.
"¿Me escuchaste? ¡Ahora!"
Instantáneamente los altaneros acompañantes se desvanecieron sin rastro. Colgaron los hombros, la cabeza y se fueron sin decir nada. Katze los siguió con la mirada hasta que la puerta se cerró tras ellos, luego se concentró en el cantinero.
"Vaya, tienes su respeto."
"Me disculpo por lo que hicieron."
Hablaron al mismo tiempo. Por un rato hubo un confuso silencio, hasta que al fin, viendo que Katze esperaba que dijera algo, el barman habló.
"Como dijiste – el que dirige el bar tiene el poder. Soy su única fuente de stout y tienen que respetarme. Y hey, no te preocupes, siempre son así. Siempre que ven un lindo trasero van a probar suerte. A veces funciona y uno o dos de ellos toman la oportunidad por una noche. Pero la mayoría de las veces dicen idioteces que asusta a mis huéspedes."
"Si son una molestia, ¿por qué no los corres?" preguntó Raoul.
El hombre se encogió de hombros. "Aparte de los viajeros, son mis únicos clientes. Y me ayuda a controlar este lugar. Este – nido de ratas, como lo llamaron, creció alrededor del hotel. Es el único negocio por aquí. Así que como ven, vivimos en simbiosis."
"Oh," Aparentemente Raoul no encontró nada más que decir.
"Por cierto, deberías hacer algo con tu cabello," dijo el cantinero. "Sí que llama la atención. Si no quieres que te acosen a cada paso, córtalo o algo."
El Blondie se tragó el consejo pero su cara se nubló.
La puerta de atrás de la barra se abrió y un mesero – un joven terriblemente delgado – apareció, llevando dos platos de comida. Dejó la cena frente a Raoul y Katze y se fue. El cantinero cruzó los brazos, se recargó en la barra y los observó mientras comían.
"Así que," dijo, "¿cuál es esa información que buscan?"
Katze levantó la cabeza, sorprendido por el repentino cambio de tema. En impulso, movió la vista hacia Raoul y notó que el Blondie hacía lo mismo. Encogió los hombros. ¿Quería preguntar? Que preguntara. Al parecer Raoul lo entendió, porque se volteó hacia el tendero y aclaró la garganta.
"¿El nombre de El Señor del Crimen te dice algo?"
El cantinero se rascó la cabeza, pensativo. "Quieres decir que es el apodo de un criminal, ¿cierto? Muy original. No, no lo había escuchado antes."
"¿Y si te pagamos?" preguntó Katze. "¿Ayudaría a refrescarte la memoria?"
El hombre sonrió. "Nah, lo siento. Pueden intentar, por supuesto, pero se los digo ahora – mi memoria no es tan buena si tengo que recordar cosas que nunca antes he oído."
El comerciante sonrió. "Gracias por ser honesto."
El cantinero sacudió la mano. "Ya me estaba hartando de tener a esos borrachos en mi bar. Ustedes me dieron una buena razón para deshacerme de ellos así que lo menos que puedo hacer es ser honesto." Alcanzó el trapo y empezó a limpiar un tarro. La actividad no parecía captar su atención, y Katze se preguntó si siquiera estaba consciente de ella.
"¿Para qué lo buscan?" preguntó.
"Tenemos una oferta para él," contestó Raoul. "Una oferta de negocios. Quisiéramos reunirnos con él y discutirlo. Buscamos a alguien que nos ayude a encontrarlo."
Una lata voló vigorosamente en dirección a Guy y el mestizo pudo atraparla en el último momento. Lo siguiente fue una caja de pan tostado, la que casi se le cayó al suelo mientras intentó atraparla con una mano.
"Come," dijo Daryl y se sentó en la piedra que estaba enfrente de Guy. Buscó en la maleta y sacó otra lata.
Guy miró la comida, escéptico.
"¿No vas a darme nada de comer?"
"Ahí lo tienes," Daryl le señaló la bolsa entre ellos. Guy hundió la mano en ella y palpó la lata.
Por un rato comieron en silencio, contando el tiempo solo por el rítmico sonido de los cubiertos contra el metal. Guy se bajó la visera de su gorra para cubrirse los ojos del sol incandescente. Miró a Daryl, dudando si hablar o no. Bueno, este momento era tan bueno como cualquier otro.
"¿Me contarás de él?", preguntó.
El tenedor se detuvo a mitad de su camino a la boca del hombre. Sus ojos avellana se movieron hacia Guy.
"¿Y de qué hay que hablar?"
"Bueno, de muchas cosas. De unos tres años y tantos meses. Hasta es demasiado para los pocos días que nos quedan."
Daryl gruñó. "Entonces la pregunta es si quiero contártelo. Bueno, no quiero."
"¿Por qué? Es la oportunidad perfecta para que me demuestres lo cabrón que fui. Para hacerme sentir más culpable de lo que ya me siento. ¿Por qué no usarla? Me odias, ¿no?"
Los ojos de Daryl le dirigieron una mirada cortante. "Intentas engañarme, ¿eh?"
"¡De veras quiero escucharlo, maldita sea!" exclamó Guy.
Los ojos se movieron a la lata que el mestizo sostenía entre las manos. "Come."
Cierto. Guy suspiró y de mala gana volvió a comer. Pasaron unos minutos mientras trataba de tragarse su insatisfacción. En vano. Oh bueno, no se iba a rendir tan fácilmente. Apenas estaba abriendo la boca para decir algo, cuando Daryl suspiró exasperado y el ruido del tenedor al chocar con el metal llamaron la atención de Guy.
"¿De veras quieres saber?"
Guy asintió con la cabeza con más entusiasmo del necesario.
"Bueno, creo que sí te puedo contar algo." El mueble se mordió el labio y guardó silencio por un rato, como considerando su decisión. O tal vez pensando por dónde debería empezar… Guy preparó las orejas.
"Teníamos la misma edad," dijo Daryl al fin. "Bueno, yo era un año mayor, pero eso no hace ninguna diferencia. Antes tenía que lidiar con chicos tontos y ególatras cuya única preocupación eran el sexo y su apariencia, y de repente conocí a un chico de mi misma edad y origen. Orgulloso, rebelde y definitivamente no era idiota. Todo en Riki era inusual. Me odiaba, por supuesto, igual que las demás mascotas, pero por razones totalmente diferentes. Pero a él lo odiaban las mascotas así que las únicas personas con las que podía hablar en Eos eran los otros mestizos, es decir, los muebles. Y como evitaba salir del departamento de Iason, eventualmente empezó a hablar conmigo. Pronto nos volvimos cercanos. Por supuesto, todavía me despreciaba y yo aún tenía que cumplir con mis deberes como mueble… lo que significaba que algunas veces tenía que castigarlo por orden de Iason. Pero sentía que me veía como su única alma gemela en todo Eos. Y pronto empecé a verlo como un amigo. Aunque en ese entonces no me atreví a decírselo."
Guy contemplaba mudo a Daryl y el mueble al final se encontró con su mirada. Sacudió la cabeza enérgicamente como si quisiera ahuyentar los recuerdos y luego dio el último bocado a su comida.
"Bueno, eso es todo. Al menos por ahora. Termina de comer, tenemos que irnos." Y se levantó, tiró la lata vacía en la bolsa de basura y empezó a rebuscar en su campamento temporal, juntando algunas de las cosas con movimientos nerviosos y apresurados. Guy lo siguió con la mirada. No se le escapó que en algún momento Daryl se detuvo, estiró la espalda con un suspiro y bostezó.
"Déjame conducir," ofreció en un impulso.
Su guardia lo miró, sorprendido.
"Déjame conducir, necesitas descansar."
Una ceja avellana se enarcó. "¿Y por qué te importa?"
Guy se aguantó las ganas de rodar los ojos. "No me importa. Digamos que prefiero morir a manos de la gobernante de este planeta que por alguna piedra que se nos atraviese en el camino."
Daryl rio. No, el mestizo sacudió la cabeza, debió confundirse.
"No puedo dejar que manejes," le dijo Daryl. "Eres un prisionero. Es necesario que yo mantenga el control."
"Oh, vamos. ¿Qué podría hacer con esta cosa en mi cuello y contigo sentado a mi lado?"
El castrado consideró sus palabras por un momento. "De acuerdo. Conducirás. Pero recuerda, un movimiento en falso y lo lamentarás."
Cinco minutos después, Guy se sentó en el asiento del conductor e hizo su mejor esfuerzo para no hacer nada que, a criterio de Daryl, constituyera un movimiento en falso.
Cuando la puerta se cerró tras él, Raoul se giró hacia Katze. Su cara tenía un atisbo de confusión y desconcierto, al igual que su voz.
"Me siento humillado, Katze. Me ofendieron."
El comerciante se encogió de hombros. "Sí, bueno, acostúmbrate, porque no encontrarás otro trato aquí."
El biólogo lo meditó por unos segundos, luego sus rasgos se endurecieron y dijo con firmeza. "Necesito sentirme como un Blondie por un rato. Prepara el baño."
La mandíbula de Katze se apretó involuntariamente. Oh sí, casi lo olvidaba. Raoul sí que podía hallar el trato adecuado. En él, siempre. No importa dónde estuvieran – Eos o el desierto – después de todo, era el juguete del Blondie. Ni siquiera pensó en discutir. Asintió con la cabeza, cambiando al modo mueble inmediatamente y se dirigió al baño.
Asistió a Raoul durante su baño como usualmente hacía siempre que el Blondie tenía un capricho. Y luego se recostó debajo del pesado cuerpo del elite mientras Raoul lo usaba para desahogar su incansable energía sobrehumana. Últimamente Raoul lo usaba más de una vez por noche. Esta noche no era la excepción y el Blondie parecía más hambriento que nunca. Sus embestidas eran más fuertes, más profundas – no violentas o con furia, sino impacientes; su respiración era más fuerte y sus escasas caricias más intensas. Katze no protestaba mientras la enorme libido no le causara dolor. Solo recibía lo que le era dado y se preguntaba qué le pasaba al Blondie.
Y lo más aterrador que le ocurrió mientras el enorme miembro se movía en su interior, fue darse cuenta de que no le importaba. No le importaba que lo cogiera, ni tampoco que lo tratara así – casi como a un objeto. Y cuando después de terminar, Raoul tomó su mano y le dijo su usual y aterciopelado 'gracias', Katze solo sonrió y le apretó la mano, agradecido de ser considerado como un humano otra vez. Maldición, ¿qué le estaba sucediendo?
"Tú piensas que siempre soy así," dijo el Blondie de pronto, mientras estaban acostados.
Katze volteó hacia él, sin comprender.
"Juguetón," respondió Raoul a su mirada interrogante. "El niño despreocupado de Júpiter, que desconoce las dificultades de la vida. Un niño grande. Eso es lo que piensas, ¿verdad?"
Katze sacudió la cabeza, dudando, perplejo por el repentino comentario del biólogo.
"No, no creo que seas despreocupado."
No era del todo cierto. Por mucho que Katze nunca hubiera dudado que la vida de un Blondie no fuera siempre fácil y libre de problemas – ser el jefe del Centro y ahora oficialmente líder del Sindicato, era imposible evadir los problemas y el estrés – también era un hecho que los Blondies y otros élites vivían en su propio mundo brillante y glamoroso y no podían comprender la mundana realidad de la existencia de las personas comunes. Su tranquila creencia de que eran mejor que los demás, su casi ilimitado poder sobre la vida de las demás personas que los hacían extremadamente inmaduros. Era un resultado casi obvio.
Y sin embargo, Raoul no se había dejado engañar.
"Pero lo haces, lo sé," insistió. "Así es como normalmente me ves – un niño dorado alegre y superficial. Pero sabes, no es así como soy normalmente, ni tampoco como soy con los demás."
Katze frunció el ceño, mirándolo. "¿Qué quieres decir?"
"Tú me haces así, Katze. En el trabajo soy un jefe estricto y un elite perfecto. La gente me respeta, algunos me temen. Nunca me llamarías juguetón si vieras cómo soy con ellos, cómo les hablo y actúo, cómo reacciono, las decisiones que hago. Pero cuando regreso a casa tú estás ahí. Y de pronto me siento amable y tranquilo, ya no quiero ser estricto ni imponente. Contigo quiero hacer otras cosas. Jugar, salir, hablar, bromear, reír… tener sexo. Y esta sensación no me deja ni siquiera cuando estamos en problemas. Como ahora, como con Kano. Nunca me sentí así con nadie más, ni siquiera con Iason. De verdad me gusta este sentimiento. Solo no quería que pensaras que vives con un idiota irresponsable."
Katze se mordió el labio cuando de pronto sintió un nudo en la garganta. ¿Por qué le pareció que le encontró más significado que Raoul a estas palabras?
"No pienso eso," murmuró, y esta vez lo decía de verdad.
El dedo índice se doblaba y desdoblaba sin problema. Guy contemplaba su mano y a través de ella, a las facciones del hombre sentado frente a él. Y sobre él, a la sucia pared de otra habitación de hotel en donde se detuvieron a pasar la noche. Y al hombre otra vez. El hombre estaba – sorpresa, sorpresa – viendo a su laptop.
Guy flexionó el dedo medio. Otra vez, sin problema. Su mano artificial funcionaba tan bien como siempre. Al parecer las preocupaciones del Doc habían sido en vano. Deslizó la vista por su brazo y examinó la pequeña cicatriz que le quedó después de la inspección. Todavía se veía fresca, no se vería así si hubiera usado el ungüento acelerador que le dio el Doc. Pero bueno, su vida había sido puesta patas arriba y por ahora el ungüento y la condición de su brazo eran la última de sus preocupaciones.
Movió otra vez la mirada hacia la cabeza avellana.
"¿Estás muy ocupado?"
Daryl suspiró y le dedicó una mirada de exasperación.
"¿Ahora qué quieres?"
"Nada, Solo pensé que podías decirme algo más. Hay algo que me da curiosidad. Pero si estás muy ocupado, me callo."
Otro suspiro. "No, no estoy muy ocupado. Son solo cosas menores. Anda, pregunta."
Guy abrió los ojos y enarcó las cejas, sorprendido. ¿Daryl accedió? ¿Así de fácil? ¿A la primera? ¿Sin gritarle? Eso era algo. Parpadeó, pero no dijo nada.
"Tenía curiosidad de si… de si Riki habló de mi cuando estuvo en Eos. ¿Alguna vez me mencionó?"
Ahora fue Daryl quien enarcó las cejas.
"¿¡Estás bromeando!? ¡Riki hablaba de ti todo el tiempo! Casi todas las noches que pasamos juntos te mencionó. Siempre decía lo mucho que te extrañaba."
"¿De verdad?"
"Oh sí, decía que ustedes eran muy cercanos. Muy, muy cercanos," el mueble lo repitió con marcado énfasis. "Dijo que eran los amigos más cercanos desde que podía recordar."
El corazón de Guy latió más rápido al escucharlo. Lo sintió otra vez – la tan conocida excitación a la simple mención de Riki. Al simple recuerdo de las veces que pasaron juntos. A las veces cuando eran solo chicos salvajes, borrachos de juventud y tenían a todo Ceres a sus pies. Y antes que nada, - se tenían el uno al otro. Esos recuerdos seguían tan frescos, tan apasionantes. Como si sus sentimientos por Riki nunca hubieran disminuido. Incluso ahora. ¿Lo habían hecho? En aquel entonces sus vidas habían sido un paraíso, a pesar de que vivieran en Ceres. Pero luego vino el Blondie y arruinó todo…
La mandíbula de Guy se apretó mientras se forzaba a alejar una ola de ira. No, no quería pensar en eso ahora.
"¿Y qué decía?" Preguntó.
Daryl frunció el ceño. Guardó silencio por un rato, mientras observaba fijamente a Guy. De pronto su rostro se tensó.
"No quiero hablar de eso."
"¿Por qué?"
"Porque…" el castrado apartó la vista. "Resultaste ser completamente distinto."
Los ojos de Guy se entornaron. Se inclinó sobre la mesa hacia Daryl, como si eso le ayudara a conseguir la información.
"¿Qué dijo?" repitió. Maldición, ¿por qué quería saber?
Su guardián sacudió la cabeza y rodó los ojos. Miró a Guy otra vez – acusándolo.
"Dijo que eras una buena persona," le espetó. "Que eras la mejor persona que había conocido. Siempre decía que eras el primero en ayudar a la gente. Y el primero en perdonar. Me contaba historias de que habías ayudado a unos chicos que un mes antes te habían dado una paliza. Algo temperamental, sí, pero el chico más decente y gentil que conozco – eso decía. No será un buen líder, pero es un mejor hombre que yo – decía. En aquel entonces sentía como si de verdad te conociera. Quería conocer al extraordinario chico que se suponía que eras. Y mira lo que eres ahora."
Por un instante Guy se quedó sin palabras. Abrió la boca y se le dificultó hallar las palabras. Pero nada parecía lo bastante bueno para decir.
"Oh," fue todo lo que pudo articular. No sabía que lo sorprendía más: el hecho de que Riki dijera todas esas cosas o que Daryl pareciera saber tanto de él. O tal vez era la sobrecogedora vergüenza que sintió con las palabras del comerciante.
"Sí, me desvié del camino. ¿Crees que no lo sé?"
Daryl solo lo observó y de pronto Guy se molestó.
"¿Crees que yo quería eso? ¡¿Crees que quería matarlo?! ¿Crees que es fácil para mi vivir sabiendo lo que hice? ¡Mi vida es un completo infierno! No puedo soportarme ni el recuerdo de lo que hice," su voz estaba convirtiendo en un grito. "No puedo soportar saber que nunca podré deshacerme de eso. Créeme, preferiría estar muerto."
"¿Entonces por qué no le pones fin?" le dijo Daryl con desdén.
"Él quería que viviera," el mestizo bajó la mirada, de pronto se volvió a sentir avergonzado. "Riki. Katze me lo dijo. Así que viví."
El mueble dio un exasperado suspiro y sacudió la cabeza.
"Suficiente charla," dijo. "No nos hará bien."
Con eso volvió a mirar a la pantalla. Frunció el ceño concentrándose, pero parecía como si no hallara nada importante ahí. Dio golpecitos nerviosos con los dedos en la mesa. Guy no dijo nada. Su mente estaba confundida.
Se levantó de la silla y se dirigió a la cama. Se dejó caer en ella y reanudó la actividad que había estado haciendo ya desde hace unos días: nada. Levantó la mano y repitió el mismo ejercicio sin sentido. Era mejor que estar acostado sin moverse.
Después de unos cinco minutos, Daryl se levantó de su lugar. Caminó a donde tenía su mochila y buscó algo dentro. Después de un rato un objeto metálico aterrizó en el colchón junto a Guy. El mestizo lo miró, curioso. Un palmtop [1].
"Ayer me preguntaste si tenía algún juego," le dijo Daryl con frialdad. "Ahí tienes," señaló el dispositivo con la barbilla. "Unos cuantos juegos y unas tres novelas, algo podría interesarte. Ocúpate en algo porque tu falta de actividad me da remordimientos."
Guy miró incrédulo aquellas orbes avellana. Decidió no volver a sorprenderse nunca más. Su parte maliciosa añadió que no sería del todo una mentira, ya que 'nunca más' en este caso solo significaba seis días. Masculló un débil 'gracias' y dirigió su atención al palmtop.
Esa noche recostado en los brazos del Blondie, Katze tuvo extraños pensamientos. De pronto estuvo lleno de recuerdos. Recordaba sus momentos con Raoul; no momentos comunes, sino aquellos en los que el Blondie, aparentemente poseído por algún impulso de superioridad, decidió mostrarle su dominio en la cama.
Sucedía muy pocas veces, pero sucedía. Algunas veces hacía que Katze abriera las piernas frente a él y simplemente lo contemplaba, aparentemente deleitándose con eso. Katze no sabía qué propósito tenía aquello, ya fuera un sustituto de una actuación de mascota, lo que ciertamente resemblaba, o una manera de despojarlo de la poca modestia que aún mostraba con Raoul. Y a pesar de que se sentía terriblemente avergonzado recostado tan revelador y vulnerable frente al Blondie, su mutilación tan evidente a los ojos del otro, sufría, y simplemente desviaba la mirada y agradecía que su evidente sonrojo no fuera visible en la oscuridad de la habitación.
Muchas ocasiones Raoul estaba de humor para pretender que Katze era una muñeca. Una verdadera muñeca, el comerciante no podía encontrar otra manera de describirlo. Acostado junto a Katze, simplemente lo ponía boca abajo – como si el mestizo fuera alguna clase de tonto que no pudiera hacerlo por sí mismo – y se ponía encima de él, ordenándole abrir las piernas y quedarse quieto, o sin decirle nada en absoluto. Y entonces lo usaba, a veces ponía una mano en su espalda para empinarlo en la cama. Katze pensaba que la mejor manera de salir de aquello sin dolor y rápidamente era la completa sumisión, así que se sometía, intentando apagar su mente hasta que el Blondie hubiera terminado.
Y claro, estaban aquellas ocasiones en que Raoul le ordenaba que se la chupara. A Katze no le gustaba chupársela a Raoul, de hecho no le gustaba chupársela a nadie. Detestaba el sabor y consideraba degradante la actividad debido a lo que se recibía al final. Pero lo hacía, y hacía su mejor esfuerzo para que Raoul sintiera el apabullante placer de ello.
Hacía o permitía todas esas cosas porque sabía que cualesquiera que fueran las ideas que se le ocurrieran a Raoul, el Blondie nunca lo lastimaría y una vez que terminara, rápidamente volvería a su ser gentil de siempre y trataría a Katze casi como a un igual.
Y luego, estaba este último recuerdo – muy claro y completamente diferente de los anteriores, pero en su mente encajaba perfectamente. Fue hace no mucho, una semana o dos después de la muerte de Iason y un mes después de que Katze tomara la decisión de quedarse con Raoul. El Blondie se había inclinado hacia él, embistiéndolo, y de repente se detuvo.
"No me odies por esto," le susurró a Katze al oído.
Katze lo miró perplejo. ¿Qué estaba diciendo el Blondie?
"No te odio," le contestó también en un susurro.
Por un largo rato, Raoul lo estudió con una mirada cautelosa.
"No, creo que no lo haces," decidió al fin y volvió a embestirlo.
Después de eso, cuando el biólogo se recostó bajo las sábanas, Katze se giró para quedar de frente a él.
"No te odio por esto," repitió, "¿cómo podría? Tú eres la única persona que decidió que vale la pena mirarme. Me abrazas cada noche, me besas, me tocas. ¿Crees que podría odiarte por eso?"
Raoul abrió la boca como si quisiera decir algo, pero lo que fuera que estuviera en su mente pareció quedar atascado en su garganta.
"Tal vez no pueda llegar al clímax," continuó Katze, sorprendido con su propio entusiasmo de hablar, "pero eso no quiere decir que no necesite… cercanía. Todos necesitan cercanía. Cada persona en el mundo. Los muebles también. Maldición, especialmente los muebles. ¿Te das cuenta cuántos de ellos… de nosotros tienen la oportunidad de tenerlo? Para mi tal cercanía puede incluso reemplazar las sensaciones sexuales. Y lo que siento allá abajo no es para nada desagradable. Es… una agradable adición. Así que ya lo sabes, no hay ninguna razón para que te odie."
Raoul seguía sin decir nada. Solo levantó la mano y acarició la mejilla de Katze.
Y Katze regresó a la habitación del motel, acostado en los brazos del Blondie. Y se dio cuenta de que – a pesar de su usual autocompasión por ser un juguete sexual – para tener esta cercanía estaba dispuesto a aceptar casi cualquier cosa que Raoul quisiera hacerle en la cama.
Fin del capítulo 4
