4. El regreso

Entró en el Santuario arrastrando los pies. Tras casi dos años fuera de Grecia, retornaba fortalecido, pero increíblemente agotado.

Los años en Egipto habían hecho mella en su físico y su espíritu.

El sol le deslumbró al levantar la vista. Pestañeó un par de veces antes de divisar el templo de Escorpio, donde se instalaría a partir de entonces.

Había cumplido su objetivo, tal y como le pidió el Patriarca.

Saludó a los guardias, que dudaron en dejarlo pasar.
-¿Quién eres?- preguntó el muchacho más joven, apuntándole al tórax con una lanza.

El hombre permanecía cubierto aún por un pañuelo granate que protegía su rostro del polvo del desierto. Sólo podían verse unos ojos pardos, casi rojizos, que centellearon al ver impedido su avance.

-Sólo he pasado dos años fuera, Alejandro- su voz grave y aterciopelada agitó los ánimos del joven guarda.

-¡Sargas! ¡Ha regresado!- exclamó alegre, arrojando la lanza al suelo y abriendo los brazos con la intención de un saludo.

Sin embargo, Sargas levantó el brazo y puso distancia levantando el dedo índice. Alejandro se quedó perplejo, pero cuando un guiño cruzó la mirada rojiza de su interlocutor, comprendió el mensaje.
Gracias a sus reflejos, pudo esquivar el primer puñetazo que se le iba directo a la cara, pero no así el agarre que Sargas le hizo. Acabó tumbado boca arriba en el suelo. Emitió un gemido de rabia, más que de dolor.

-Sigues teniendo buenos reflejos, pero te centras en el primer ataque, olvidando cubrir tus puntos flacos- amonestó el caballero, tendiendo la mano al muchacho y levantándole. Éste asintió y charlaron un poco antes de emprender de nuevo el camino.

Se paró frente a las primeras escaleras, que conducían al templo de Aries.

-Como detesto tener que subir tantas malditas escaleras…¿quién demonios diseñaría éste Santuario?- refunfuñó disgustado.

Emitiendo unas maldiciones en griego, Sargas empezó a subirlas mientras pensaba en todo lo que había sucedido en las últimas semanas.

Sabía que tendría que encargarse del futuro caballero de Escorpio, pero nada más.

A decir verdad, las noticias que recibió del Santuario mientras se encontraba en Egipto, no eran muy informativas. De hecho, lo que poco que sabía era por rumores que le llegaban de los dioses egipcios, que comentaban lo que sucedía con interés.

La única nota que recibió mientras estaba allí fue un telegrama de parte del Patriarca, para que adelantara su vuelta.

[Recinto de Mut, Karnak, cerca de Luxor. Tres semanas antes de su regreso]

Esa mañana, muy temprano, había estado entrenando con un guerrero de la diosa con cabeza de leona, la temible diosa de la guerra, Sekhmet.

En mitad de la escaramuza, un guardia avisó a los dos guerreros para que cesaran.
Con una reverencia, le entregó un telegrama.
Sargas cogió una toalla que le tendió su contrincante para secarse el sudor, mientras buscaba el origen de ese papel.
-Es del Santuario…me reclaman…- comentó al guerrero egipcio. Éste realizó una mueca de desagrado.
-¿Y ahora con quién voy a pelear yo, griego?-

Sargas emitió una carcajada y palmeó la espalda del guerrero. Ambos se encaminaron hacia dentro del templo de Mut.

Tras una ducha rápida, el griego se adecentó. Observó su torneado cuerpo, ahora más bronceado gracias al sofocante sol de Egipto y decidió afeitarse. Pensó en cortarse la abundante melena negra, que caía ondulante sobre su espalda y sin más metió la tijera. Volvía a tener mechones de unos cinco centímetros de largo, para que los bucles le dieran gracia a su pelo. Con el cabello corto y recién afeitado, se veía más joven de lo que realmente era.

Tras su acicalamiento, solicitó audiencia con la diosa Mut.

Sargas notaba un nudo en la garganta cada vez que la veía. Era la equivalente a la diosa Hera en Grecia. Con la diferencia que Mut irradiaba un halo de serenidad.

Ataviada con un buitre dorado sobre su cabeza, numerosas joyas y un vestido rojo delicado, posó sus cálidos ojos negros sobre el caballero griego.

-¿Leíste el telegrama, Sargas?- habló la diosa madre, con una voz igual de cálida que sus ojos.

-Sí, mi señora. Debo regresar a Grecia cuanto antes-

Mut cerró los ojos y sonrió complacida.
-Grandes esperanzas se depositan en él. Debes cuidarlo-

Sargas se quedó perplejo. "¿Cuidar?¿A quién?" pensó.

-A quien por él estás aquí- contestó la diosa, que escuchó las palabras de la mente del griego.

Sargas dio un respingo y miró a los ojos de Mut.

Tras unos largos segundos en los cuales procesó la información recibida, sonrió, se levantó y se despidió de la diosa, agradeciéndole toda la ayuda y hospitalidad recibidas durante su estancia.

Sin esperar un segundo más, corrió a sus aposentos y recogió los pocos bártulos que poseía. En una hora partiría hacia Edfu.

[Edfu, ciudad que está a 90 km al sur de Luxor]

Serket se encontraba de pie, frente al primer pilono del templo de Horus, su esposo. Sabía que su protegido se marcharía y no quería retrasarle más.

Sargas se arrodilló ante ella.
-Mi señora, tengo que regresar a Grecia. Debo ocuparme de él-

La diosa escorpión sonrió ampliamente. El vestido dorado ceñido a su cuerpo delataba sus curvas de mujer. A pesar de estar por encima de él, el griego no podía evitar querer desvelar lo que ocultaban esos largos paños. Se maldijo por ello.

-Sargas, tu misión no ha concluido aún. Cuando el pequeño crezca, tienes que traérmelo. Nosotros guardaremos la armadura de oro de Escorpio con celo, hasta que sea digno de llevarla. No debes preocuparte- dijo acariciando la barbilla del hombre.

Una sombra rápida aterrizó donde se encontraban Serket y Sargas.
El halcón que había llegado rápidamente tomó forma humana.

-No irías a marcharte sin despedirte de mí- dijo sonriente Horus.

El griego nunca terminó de acostumbrarse a la rapidez del dios, ni a sus constantes cambios corporales. Se llevó una mano al corazón.

- Disfruta acelerando mi ritmo cardíaco ¿verdad, mi señor?- preguntó Sargas, arrodillándose.

El dios soltó una risa e hizo levantar al griego. Lo estrechó entre sus brazos.
-Presenta mis saludos a Shion, espero poder verle algún día por mis dominios. Y que nos informe cuando Atenea nazca, para poder reverenciarla como es debido- pidió Horus, despidiéndose del hombre.

Transformó su cabeza humana en la de un halcón, y se adentró en su templo.

El griego realizó una reverencia para despedirse de Serket. La diosa le dio sus bendiciones y con la promesa de regresar, Sargas emprendió la vuelta a Grecia.


NOTAS:

Sargas, al igual que sus compañeros, fue "ascendido" en su día a caballero regente de Escorpio. Primo de Aparctias. Su nombre viene de la tercera estrella más brillante de la constelación de Escorpio, theta Scorpii, o Sargas. También se la conoce como Girtab. Y ambas palabras (Sargas y Girtab) son nombres sumerios para designar a los escorpiones.

En Karnak hay numerosos templos y es muy conocido el recinto de Mut.

En Edfu se halla el templo de Horus, el dios halcón. Según los jeroglíficos de ese templo, se le consideraba esposo de Serket.
Horus tiene tres formas: de halcón, de hombre con cabeza de halcón y de hombre completo (representado junto a su madre Isis).
Dios celeste, el más antiguo y el más importante junto a sus padres Isis y Osiris.

Serket o Selkis era la diosa protectora para picaduras de los escorpiones, muy abundantes en la zona desértica de Egipto. Protegía al Faraón y custodiaba un vaso canopo.

Bien, ya nos vamos metiendo en materia de la historia.

¡Muchas gracias de nuevo a los que leen y siguen este fic!