Hola! Aqui otro capitulo mas. Por que esta no habia actualizado.. Saludos a todos!
Capitulo 4
Haruka casi rasgó la tela del abrigo al intentar cubrir el pecho pálido y perfecto que había captado la atención inquebrantable del reverendo Franz.
Después de cerrar la prenda por delante de los pechos de la muchacha pensó que no se le había dado muy mal hasta que percibió que la costura del abrigo le llegaba al vientre, mostrando por tanto la parte alta de sus muslos lechosos. Sin saber qué más podía hacer, la rodeó por detrás con sus brazos, le dio la vuelta y la levantó acercándosela a su propio pecho, rezando para que todas sus zonas más sensuales se mantuvieran escondidas.
Pero su bien intencionada acción simplemente hizo que el pequeño y blanquecino trasero de Michiru quedara al descubierto ante la mirada impávida del vicario. Los ojos del hombre se abrieron de tal manera que Haruka pensó que enseguida se saldrían de sus órbitas y se dispararían por el patio.
Su Excelencia se quedó sin habla durante un momento, esforzándose por hacerse con una explicación lógica. Pero si quedaba algo de lógica en la mente de Haruka debía de estar sin duda muy profundamente sumergido bajo el caos mental en que se hallaba.
Y este tipo de perfecta estupefacción le era totalmente extraña a Haruka Tenoh.
— La chica — murmuró, con la mirada oscilando de lo alto de la cabeza de ella a la cara del vicario— Ella... Nosotros... Usted... Usted lo ha malinterpretado, reverendo. De repente vi una explosión de luz plateada seguida de un relámpago de luz blanca. Creí que me había muerto, pero los ángeles no son dados a decir falsedades. Iba a caballo. Iba montado a caballo por el prado. La luz y el relámpago blanco... El relámpago que creo que asustó a mi montura. Me tiró, y vi estrellas. Cientos de ellas...
Su desazón aumentó cuando se oyó a sí mismo titubear buscando la explicación más enrevesada que jamás había dado a sus treinta y dos años.
— En realidad, es bastante sencillo — comenzó a decir de nuevo— Lo que sucedió fue que... veía estrellas y olía a flores silvestres. Flores silvestres en noviembre, imagínese, y de pronto me hicieron pensar que o bien estaba muerto o me había envuelto en las garras de una ilusión tramada por un sueño. No me imagino que nadie hubiera pensado de forma diferente, dada la sensación tan engañosa de realidad que tiene el azar. Sólo cuando su cisne, Delicioso, se apareció como salido de la nada y me dio un picotazo en la oreja me di cuenta de que el sueño no era sueño.
Miró a su alrededor, hacia el suelo y después hacia el cielo, pero no había ningún cisne. Sí vio, sin embargo, un cerdo de lunares blancos y negros. El animal iba gruñendo y bufando al mismo tiempo que pisoteaba los crisantemos que circundaban el paseo.
Haruka llegó a la conclusión de que el animal pertenecía a uno de sus inquilinos.
— No veo el cisne, reverendo, pero le aseguro que se precipitó desde el suelo y me mordió la oreja.
El vicario permaneció en silencio.
Pero Haruka percibió que la mirada que el hombre tenía de profunda sorpresa estaba comenzando a convertirse en una expresión de censura. Las especulaciones erróneas del reverendo no le sentaron muy bien, y al instante siguiente hizo aparición el lado arrogante y autoritario del duque de Arenberg.
— Lamento estar ocupado con otros asuntos, reverendo, y me es imposible atenderle esta tarde — declaró con el tono ducal que no daba pie a disputas— Habrá de perdonarme, pero tengo que ocuparme de que la muchacha se encuentre perfectamente.
Despidiendo al vicario de su vista y de su mente, Haruka levantó la carga de cabellos turquesas de la silla y con cuidado la puso en pie. Satisfecho al ver que el abrigo le cubría todo el cuerpo desnudo, comenzó después a desmontar, olvidando sin embargo que la silla no tenía estribos.
Por segunda vez en una sola tarde, se cayó del caballo y aterrizó a modo de águila sobre el suelo. Le pasaron por la mente un torrente de palabrotas, pero ninguna salió al exterior. Por el contrario, como si la caída de la silla fuera en realidad el medio más reciente y más de moda de desmontar entre los miembros con más estilo de la nobleza, se puso en pie, dio una palmadita en el cuerpo de Magnus y fue contoneándose hacia la puerta de la mansión.
Adoptando la misma actitud real, Michiru comenzó a seguirle, pero se detuvo delante del reverendo.
— Estoy aquí para traerle alegrías — informó al hombre— El mayor placer que jamás haya conocido.
Tras esas palabras, siguió andando hasta la puerta y sonrió alegremente cuando Delicioso — convertido en el cerdo de lunares blancos y negros— subía los peldaños tras ella.
Antes de dirigirse a toda prisa hacia su carruaje, el reverendo Franz tuvo tiempo suficiente para ver cómo el despeinado duque de Arenberg, la chica casi desnuda y el cerdo gruñón entraban en la mansión. Al marcharse, se quedó reconsiderando la escena que acababa de presenciar y enseguida llegó a la deliciosa conclusión de que guardarse una historia tal para sí mismo sería una grave ofensa ante los ojos del Todopoderoso. Después de todo, ocultar la verdad era casi lo mismo que mentir.
Y, como hombre de Dios, tenía prohibido permitirse el grave pecado del engaño. Totalmente prohibido.
Maximo nunca había visto a Haruka ni siquiera con un solo pelo fuera de su sitio, pero no dijo ni una sola palabra sobre el aspecto desordenado y sucio de Su Excelencia. Tampoco hizo ningún comentario sobre la muchacha que acompañó al Sr Tenoh al interior de la mansión, una chica con las piernas desnudas del mismo color que el mármol blanco que cubría el suelo de la entrada.
Pero el mayordomo de Haruka sí que hizo una clara e inmediata excepción con el cerdo gruñón que pasó siguiendo a la muchacha. El feo animal, que debería estar en una pocilga, con toda seguridad molestaría la delicada sensibilidad de Faraón, algo que todos los criados de Arenberg se esforzaban por evitar.
Dejando la puerta abierta, se inclinó hacia delante e intentó echar de un empujón a la peluda criatura.
— ¡Fuera de aquí ahora mismo, tonelada viviente de salchichas! ¡Fuera de aquí, he dicho!
La embestida del hombre sobre su mascota horrorizó a Michiru de tal modo que con un puñado de estrellas hizo que Delicioso desapareciera de repente.
Haruka se volvió justo a tiempo de ver cómo su mayordomo intentaba empujar algo invisible. La visión le dejó estupefacto ya que Maximo era un hombre que prefería que le echaran una olla de aceite hirviendo antes de que sus modales impasibles se vieran perturbados.
— Maximo, ¿te importa que te pregunte qué estás haciendo?
Maximo dejó caer los brazos a ambos lados y se quedó mirando el lugar que había ocupado el cerdo en el suelo. No había nada allí a excepción de una mancha de barro.
Y un diminuto destello de luz que se desvaneció en cuanto lo vio. El mayordomo se inclinó sobre la pared para sujetarse y se acercó la mano a su brillante calva.
— Salchicha — susurró— de repente aquí, un segundo después ya no está. ¿Adónde se ha ido?
— ¿Salchicha? — preguntó Haruka.
— Parece como si tu amigo Maximo, estuviera pasando momento difícil, Mi Excelencia — dijo Michiru intentando explicar lo sucedido, pues se sentía culpable por haber hecho que su magia hiciera al hombre sentirse tan desconcertado. Para arreglarlo decidió hacer algo amable para él.
Quizá haría que le creciera el pelo. Eso sería un gesto muy amable. En cuanto se instalara, concedería al hombre calvo pelo tan fuerte que bailaría de alegría porque su sueño se había hecho realidad.
Por supuesto, primero tendría que encontrar a alguien que se mereciera la calvicie de Maximo, porque no podía deshacerse de un pesar humano sin saber a dónde transferirlo.
Con una sonrisa se acercó y dio a Maximo una palmadita en el hombro. Su toque fue como un torrente de calor para la delgada estructura del mayordomo.
Se volvió y miró esos ojos color azules tan increíblemente bellos que hicieron que se olvidara de la desaparición del cerdo.
— Por favor, perdóneme la falta de amabilidad, señorita — dijo, devolviendo una sonrisa— ¿Le puedo coger su abrigo?
— ¡No! — exclamó Haruka— ¡No lleva nada aparte del abrigo!
— ¡Oh! — El mayordomo hizo un gesto moviendo los brazos hacia atrás— ¡Oh, sí! ¡Oh, perdóneme, señorita! ¡Oh, Dios!
Los gritos alertaron al ama de llaves, la señora Rubi, que entró de forma precipitada en el hall. La robusta mujer echó una mirada al mayordomo fanfarrón, al duque desaliñado y a la muchacha casi desnuda y soltó un resoplido tan fuerte que saltó un botón de la bata tan terriblemente almidonada que llevaba. El botón fue rodando por el suelo de mármol hasta detenerse delante del pie de Michiru. Sin mirar hacia abajo, abrió la mano, formuló el deseo de que el botón le llegara a su palma y después cerró los dedos a su alrededor.
— Señora Rubi — dijo Haruka a la enmudecida ama de llaves— , cálmese en este momento y conduzca a esta joven a las habitaciones amarillas. Búsquele ropa adecuada para ella y encárguese de que le den de comer. y en cuanto a ti, Maximo, haz venir al doctor Richardson.
Tras estas palabras, se dio la vuelta y se dirigió hacia la gran escalera de caracol.
Michiru observó cómo subía los peldaños.
— No deseo ir a las habitaciones amarillas, Mi Excelencia. Prefiero ir contigo.
Haruka se detuvo en medio de la escalera. ¿Había oído bien?
— ¿Qué has dicho? — preguntó, poniendo énfasis en cada una de las palabras.
Mirando hacia arriba, Michiru se dio cuenta de que sus terribles palabras podían hacer que un cálido rayo de sol se convirtiera en un carámbano. No podía adivinar qué es lo que había hecho para ganarse ese ceño, y tuvo que hacer un gran esfuerzo, para no disolverse en su santuario nebuloso.
— He dicho que prefiero irme contigo.
Ahí estaba otra vez, musitó Haruka. Esos aires de autoridad. Lo había percibido en el prado, y lo estaba viendo de nuevo allí.
No le gustaba en lo más mínimo.
— Mientras que permanezcas en mi casa harás lo que diga, no lo que a ti te parezca. Y yo prefiero que cooperes con mis criados, que siguen mis instrucciones de manera tal que harías bien en imitar.
Antes de que Michiru pudiera seguir discutiendo, Haruka desapareció escaleras arriba. A ella le pareció que había desaparecido más deprisa que Delicioso.
Delicioso. ¿Pero, dónde había puesto a ese animal? ¡Dios se había puesto tan nerviosa para defenderle de Maximo cuando éste le empujaba que se había olvidado de adónde le había dejado!
— Muy bien, querida — cloqueó la señora Rubi al ver la expresión de tristeza de la muchacha. Se acercó a ella, convirtiéndose su sorpresa ahora en pena por la falta de ropa y por el aspecto tan flaco que presentaba la pobre joven. Era obvio que la niña desamparada de cabellos turquesas se había visto envuelta en algún desagradable incidente, y el hecho de que el duque la hubiera traído a su casa indicaba que su alteza se sentía en la obligación de ayudarla.
¡Lord Tenoh ocupándose de las necesidades de una mujer! ¡lmposible!
— Delicioso— murmuró Michiru cuando la regordeta mujer se puso junto a ella.
— ¿Delicioso? Sí, sí, te tomarás una deliciosa comida dentro un momentito. La señora Kitti es la cocinera de la mansion, y es una cocinera estupenda, además.
Michiru observó que los ojos cálidos y castaños de la mujer brillaban de amabilidad, y se sintió segura de que la mujer la ayudaría.
— Lléveme ante Mi Excelencia enseguida. Es muy importante que hable con él ahora mismo.
La señora Rubi unió sus manos por delante de su amplio regazo. La muchacha era sin duda muy cabezota, pensó. Después de haber recibido órdenes expresas de Lord Tenoh para se siguieran sus instrucciones, mostró su firme intención de seguir sus propios deseos. Sujetando con la mano la obstinada abertura de la parte delantera de su bata, empezó a andar hacia la escalera.
Michiru la siguió, después de decidir que las consideraciones por la mujer regordeta merecían una recompensa. Miró hacia el botón que todavía tenía ella en su mano.
El doctor Richardson examinó tanto a la señora Rubi como a la muchacha que Lord Tenoh había traído a la mansión.
— No veo que haya nada extraño en su ama de llaves — dijo cuando se reunió con Su Excelencia en la oficina del duque, amueblada de forma inmaculada e impecable— Aseguró que no tenía ningún mal físico, y únicamente susurró algo relativo a un botón. Le he dicho que hablara con las doncellas y después le administré una dosis para dormir. Mañana por la mañana se encontrará mejor.
— Un botón — repitió Haruka. Sentado junto a su escritorio. Unos golpecitos con el lápiz sobre un montón ordenado de documentos.
— ¿Y la chica?
— No encontré ni un solo moretón ni cualquier otro tipo de herida en su cuerpo, cosa que me hace creer que usted no se la llevó por delante en el prado.
Haruka se inclinó sobre el enorme escritorio.
— Le he dicho que después de caerme del caballo, me encontré con la chica encima de mí. ¿Qué cree que pasó? ¿Se cayó de las nubes?
El médico se quitó las lentes y se rascó la parte posterior de su cuello.
— No tengo ninguna explicación. Y además la chica no me ha dado más información sobre sí misma que la que ya le había contado a usted Lord Tenoh. Su delicado estado de salud es lo único de lo que estoy seguro. No creo haber visto a nadie tan frágil y débil como ella en todos mis años ejerciendo la profesión
— Y sin embargo resplandece — Haruka se puso en pie, dio la vuelta a su escritorio y se detuvo delante del doctor— Su piel. ¿No se ha dado cuenta?
— ¿De que su piel resplandece?
— ¿Quiere decir que no se ha percatado del extraño brillo que reluce a su alrededor? — Las espesas cejas canosas del doctor Richardson se hicieron una.
— Lo siento, Señor, pero no, no me he dado cuenta.
Haruka no podía comprenderlo. La chica brillaba. ¡Él había visto los destellos con sus propios ojos!
— Quizás el brillo que está describiendo no sea otra cosa que el sol brillando sobre su pálida piel — sugirió el doctor— O quizá la caída del caballo le hizo imaginar su resplandor. Señor, ¿está usted absolutamente seguro de que desea que le examine también? Me gustaría ver...
— No. Le he dicho que estoy bien — Haruka volvió a su escritorio y se sentó de nuevo. Puede que el doctor tuviera razón se dijo para sí. Quizás el brillo extraño de la muchacha se hubiera debido al resplandor del sol—
¿La chica se recuperará, verdad?
— Es difícil estar seguro. Le recomiendo que siga dándole comidas regularmente y un lugar para descansar. Quizá cuando su estado físico mejore, su memoria también se recuperará y podrá decirle quién es, de dónde viene y por qué no llevaba ropa.
Haruka decidió que daría a la muchacha diez comidas enormes al día y le prohibiría que saliera de la cama. Con seguridad un tratamiento de este tipo aceleraría su recuperación.
— Ya sabe, Señor Tenoh — dijo el doctor— , su actitud nos da algunas pistas sobre su origen. Se trata de la persona más dulce que jamás he conocido, pero... Bueno, sus modos son casi dignos de la realeza. Y extiende órdenes al igual que cualquier noble que jamás he... Eh... Por supuesto, no quiero decir que los miembros de la aristocracia sean pequeños dictadores...
— No importa. ¿Qué pasa entonces con la muchacha?
El doctor Richardson volvió a colocar sus lentes sobre la punta de la nariz.
— Creo que está acostumbrada a emitir órdenes y a ver cómo esas órdenes se cumplen. Su forma de comportarse no me parece que sea de un habitante cualquiera, Señor.
Haruka sabía que el médico tenía algo de razón. Pero la muchacha no parecía haber nacido con muchos privilegios. Su ingenuidad... su forma tan poco sofisticada de expresarse...
Su naturalidad era completamente opuesta a la presuntuosidad y la falta de sinceridad, virtudes tan corrientes entre las damas de las clases altas. Y con toda seguridad, si un miembro femenino de alguna familia de bien se hubiera perdido, ya les habrían dado las noticias.
— Tendré en cuenta sus comentarios — dijo— Buenos días, doctor.
El doctor comenzó a retirarse. Pero antes de que atravesara el umbral de la puerta, volvió su rostro hacia el duque de nuevo.
— Soy consciente de que es un hombre muy ocupado, Su Excelencia, pero creo que le vendría muy bien a la joven si usted pudiera hacerle compañía siempre que le fuera posible. Pidió verle varias veces durante el examen médico, y sus visitas le podrían muy bien...
— No soy su enfermera.
— No. No, por supuesto que no. Sólo quise decir que...
— Lo que es más, no puedo entender cómo hacer compañía a la muchacha podría tener algún tipo de efecto benefactor en su recuperación.
— Quizá no tenga ninguno, pero...
— Envíeme la cuenta con lo que le debo. Buenos días, doctor.
El doctor salió al instante.
Los criados de Haruka piensan que se estan volviendo locos! Pobrecillos.. Veremos en el proximo capitulo si Haruka sube a las habitaciones de Michiru.. Y que dira Darien cuando vea a Michiru? A Haruka no le interesa tener a Michiru en su casa,mas sin embargo le gusta.. Hasta la proxima!
