CAPITULO III

Cuando Harry Potter llegó ese miércoles al Gabinete Psicológico Freese & Bynes y se encontró nuevamente con Draco Malfoy en la sala, recogiendo la túnica que esta vez había dejado olvidada, le sobrevino el absurdo pensamiento de que parecían predestinados. No sabía exactamente a qué. Pero que sus vidas se entrecruzaran siempre de forma tan insistente no podía ser una mera casualidad.

—Hola Malfoy.

—Potter.

Consciente de la mirada gris sobre él mientras se sentaba, recordó con un poco de vergüenza su último encuentro. Inconscientemente se llevó una mano a la cara, como si todavía esperara encontrar en ella la tenue fragancia que la de Malfoy había dejado en la suya ese día. Cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, se cruzó inmediatamente de brazos y fingió estar muy concentrado en la pared de enfrente, pensando en sus cosas. En la sala hacía calor. Así que no le quedaba más remedio que empezar a sudar como un pollo o levantarse y quitarse la cazadora que llevaba puesta, llamando de nuevo la atención de Malfoy. Decidió que esperaría a que el otro se fuera. No obstante, un breve vistazo hacia donde el rubio se encontraba, le confirmó que aún era observado; que Malfoy todavía no había despegado los ojos de él. Ya había recogido sus cosas pero seguía ahí de pie, observándole.

—¿Cómo te fue la semana pasada? —le preguntó.

Sintiendo que el bochorno le sobrevenía con mayor intensidad, Harry meneó un poco la cabeza mientras decidía deshacerse cuanto antes de su cazadora.

—No muy bien —confesó—. En realidad, no pude decidir nada.

Draco asintió, sin dejar de mirarle, como si estuviera evaluando con mucho detenimiento su respuesta. Harry le ofreció una sonrisa nerviosa y volvió a sentarse después de pretender doblar su cazadora en más pliegues de los que la prenda podía admitir. Draco avanzó unos pasos hacia él.

—La semana que viene tomaré Hipnoterum —dijo—. Para recordar.

—Ah…

Draco comprendió que Potter no tenía ni idea de qué estaba hablando.

—Es una poción hipnótica —aclaró—. Te permite recordar cosas que tu cerebro ha bloqueado. Pero no suelen aconsejarla sin haber agotado antes otras vías.

El mago rubio avanzó los pocos pasos que le quedaban y se sentó al lado del auror en silencio. Nervioso, Harry pensó que seguramente Malfoy estaba esperando a que se interesara por su asunto, tal como había hecho el otro mago por él la semana anterior. Sería lo educado.

—¿Tienes miedo? —preguntó.

—Un poco.

Harry miró sus propias manos, aferradas a la cazadora.

—Sí —afirmó—, a veces no sabes si es peor avanzar o quedarte como estás. Si es peor el remedio que la enfermedad.

Draco sonrió un poco, asombrado de la empatía que parecía haberse establecido entre él y Potter.

—Bueno, la verdad es que deseo terminar con todo esto de una vez. Recuperar mi vida.

—El compromiso… —recordó Harry.

—Sí, el compromiso —murmuró Draco.

—La semana que viene, ¿no?

El rubio asintió, un poco sorprendido de que Potter lo recordara. Por su parte, Harry pensó que Draco todavía parecía mucho menos entusiasmado que la semana anterior, cuando se lo había contado.

—Le he dicho a Ginny que debíamos darnos un tiempo —dijo, sin comprender muy bien porque en ese momento necesitaba hacérselo saber a Malfoy—. No creo que lo haya entendido…

—Lo siento —musitó Draco.

Harry se encogió de hombros, queriendo restarle importancia.

—No es que las cosas marcharan fabulosamente entre nosotros, ¿sabes? —explicó, las manos todavía convulsamente cerradas entorno a la prenda de entre tiempo que tenía sobre las rodillas.

Ambos permanecieron en silencio durante unos instantes. Con una especie de expectativa flotando entre ellos, pulsando por abrirse paso en ese silencio. Finalmente, Draco miró su reloj, dándose una excusa para retirarse.

—Tengo que irme —dijo—. Me están esperando.

Harry esbozó una pequeña sonrisa y cabeceó levemente, a modo de saludo. No obstante, sus ojos… Draco tuvo la absoluta certeza de que los ojos de Potter le pedían que se quedara.

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El miércoles siguiente Draco llegó nervioso. Y en cuanto se sentó en la sala de espera, el primer pensamiento que le sobrevino fue si Potter también estaría allí sentado cuando él terminara. Permaneció quieto y concentrado, esperando a que Bynes le llamara. Sin poder apartar de su mente esos ojos verdes. La mirada que le había perseguido durante toda la semana.

—Buenas tardes, Draco. Puedes pasar.

Jamás una voz tan tranquila y suave le había sobresaltado tanto. Incluso la psicobruja pareció sorprendida por su reacción. Sin embargo, no dijo nada y precedió al silencioso joven hasta su consulta. El Hipnoterum estaba preparado encima de la mesa, en un vaso de cristal oscuro que no permitía ver su color. Al contrario que el Veritaserum, que era incoloro, la poción hipnótica tenía una subida tonalidad rosácea, parecida al jarabe de grosella. Danielle dejó que el joven se acomodara en el diván, dándole unos minutos para calmarse un poco.

—¿Estás preparado, Draco?

Él asintió, tendiendo la mano para que ella le diera el vaso.

—Cuando lo hayas bebido, deberemos esperar unos cinco minutos a que haga efecto —observó como su paciente apuraba el vaso, casi con ansiedad—. Después empezaré a hacerte preguntas simples, como tu nombre o edad. Y después entraremos en lo que nos interesa, ¿de acuerdo?

Draco asintió convulsamente con la cabeza, acomodándose de nuevo en el diván, tras dejar el vaso en la mesita que tenía a su lado.

—Recordarás todo cuanto hablemos. Y también puedes negarte a contestar una pregunta si no deseas hacerlo. No es ningún suero de la verdad, ¿de acuerdo?

—Sí —respondió Draco débilmente.

—Poco a poco notarás cómo te relajas —siguió hablando suavemente Danielle—. Quizás incluso llegues a sentirte un poco desasociado de ti mismo al principio; como si el que respondiera fuera otra persona ajena a ti, ¿comprendes? —Draco asintió de nuevo—. Ese efecto pasará en cuanto te sumerjas más profundamente en tus recuerdos.

Draco respiró profundamente y cerró los ojos. Danielle miró su reloj y esperó un par de minutos más. Su paciente se veía ahora completamente laxo y tranquilo. Su cabeza había caído un poco hacia la derecha, vencida por la flojedad. Sus manos reposaban como siempre sobre su estómago. Pero los dedos estaban abiertos y flácidos, lejos de la crispación que siempre acababa cerrándolos en un puño.

—¿Cómo te llamas? —preguntó apaciblemente Danielle.

—Draco Lucius Malfoy —respondió inmediatamente Draco, a pesar de su apariencia dormida.

—¿Sabes dónde estás? —preguntó a continuación la psicomaga.

—En la consulta de Danielle Bynes.

—¿Cómo te sientes?

—Bien.

Las respuestas eran seguras y firmes. Danielle decidió que podía seguir adelante.

—Ahora quiero que te concentres en una fecha determinada, Draco. En el 2 de mayo de 1998 —el joven asintió—. ¿Dónde estás?

—Me he escapado… —respondió Draco pasados unos instantes—. Mi padre ha fingido no verme…

—¿De dónde has escapado, Draco?

—De la Casa de los Gritos.

Danielle no supo en ese momento a qué lugar se estaba refiriendo exactamente. Ella había estudiado en Hogwarts mucho antes de la época de los Merodeadores.

—¿Por qué? —preguntó Danielle, considerando que el lugar no era, de hecho, importante. Pero sí el motivo.

—No quiero que me obligue a hacer… —Draco pareció luchar unos instantes con la palabra, para finalmente decir—… cosas otra vez.

—¿Tu padre?

Draco negó contundentemente con la cabeza.

—No, EL.

Danielle guardó silencio, imaginando fácilmente quién era ese EL. Un pequeño escalofrío recorrió su espalda.

—Y, ¿dónde has ido? —preguntó.

—A Hogwarts —respondió Draco.

—¿Con tus compañeros?

Draco negó de nuevo.

—No, la mayoría han huido para incorporarse a las filas del Señor Oscuro —el joven lo meditó unos instantes más—. Pero Crabbe y Goyle no están con ellos.

—Entonces, ¿has ido a buscarles?

Draco frunció un poco el ceño.

—No son demasiado listos.

Por lo que sabía de esos dos, Danielle interpretó que Draco podía haber sentido una corriente de responsablidad hacia ellos, ya que habían sido una especie de guardasespaldas para él durante todos sus años en Hogwarts.

—Y, ¿has podido encontrarlos? —Draco afirmó con la cabeza— ¿Dónde estás ahora?

Draco lo pensó durante unos momentos.

—Recorremos los pasillos, escondiéndonos. La batalla ha comenzado —el joven se retorció las manos— El Señor Oscuro está a las puertas de Hogwarts.

Danielle sintió otro pequeño escalofrío. Aquella noche tenía que haber sido terrible para todos aquellos estudiantes.

—¿Por qué no intentáis escapar, marcharos del castillo?

Pero Draco negó con la cabeza.

—Nos escondemos para atrapar a Potter.

A la bruja le dio un vuelco el corazón.

—¿Por qué, Draco?

Éste respondió sin dudar.

—Crabbe y Goyle quieren la recompensa que el Señor Oscuro ha prometido —dijo—. Yo quiero recuperar a mis padres. Quiero que todo esto acabe y que se vaya de mi casa. Que nos deje en paz.

Por la expresión atormentada en el rostro de su paciente en ese preciso momento, Danielle se aventuró a conjeturar que éste, a pesar de todo, no estaba muy de acuerdo con sus amigos. Impactada, se dispuso a formular la siguiente pregunta.

—Entonces, estáis dando vueltas por los pasillos de la escuela, buscando a Harry Potter… —Draco asintió—. ¿Le encontráis?

Esta vez Draco tardó un poco en responder. Reviviendo su camino por los pasillos del castillo. Buscando a la única persona que, de una forma u otra, podía acabar con la pesadilla que era ya entonces su vida.

—Sí, en el corredor donde está la Sala de los Menesteres —respondió al fin—. Él y sus amigos han entrado y nosotros les seguimos.

Danielle no tenía ni idea de lo que era la Sala de los Menesteres, pero tampoco quería perder tiempo haciendo que el joven se lo explicara. El efecto del Hipnoterum no tardaría demasiado en cesar.

—¿Ahora estáis todos en esa Sala? —Draco asintió—. ¿Qué sucede?

—Es un lugar inmenso —explicó el joven—. Hay montones de pasadizos hechos de trastos y objetos acumulados por el paso de los años —Danielle lo vio vacilar—. Es como buscar una aguja en un pajar… —de pronto se calló, como si prestara atención a algún sonido que sólo él podía escuchar— Se oyen pasos —dijo—. Ahí está… Potter… y está solo. Le hemos cogido por sorpresa.

—Continúa… —pidió Danielle, cada vez más intrigada.

Draco frunció un poco el ceño.

—Quiero que me devuelva mi varita, pero se niega. Dice que me la ha ganado. Quiere saber por qué no estamos con Voldemort. Y cómo hemos conseguido entrar en la Sala —Draco pareció concentrarse de nuevo antes de decir—: Weasley le está llamando… Crabbe está apuntando a la pared de objetos tras la cual se ha oído la voz… intenta derribarla con un Descendo… escucho gritos… Potter la ha estabilizado pero Crabbe lo intenta de nuevo. Yo detengo su brazo y le digo que basta. Que si hace caer todo ese montón de trastos la diadema podría quedar enterrada y no la encontraríamos.

Sorprendida por la mención de la diadema, Danielle preguntó:

—¿Por qué es importante la diadema, Draco?

—Porque Potter ha entrado para buscarla y eso sólo puede significar que es una de esas cosas y que necesita destruirla. Pero Crabbe no me escucha. Dice que lo que quiere el Señor Oscuro es a Potter y que no le importa lo que yo piense. Que mi padre y yo ya no somos nadie y no piensa obedecerme.

—¿Tú quieres que Potter destruya la diadema, Draco?

—¡Sí!

Danielle notó la leve agitación de su paciente en ese momento. Sus dedos se abrieron y cerraron varias veces, mientras su respiración parecía acelerarse un poco. La última respuesta no había sido tan impersonal como las anteriores. Ahora el joven estaba completamente sumido en sus recuerdos. Viviéndolos de nuevo.

—Quiero que respires profundamente un par de veces, Draco. Hazlo.

El joven obedeció y tras la última exhalación, pareció completamente calmado de nuevo.

—¿Puedes seguir contándome lo que sucede, Draco?

Su paciente asintió, tomándose unos instantes antes de empezar a hablar de nuevo.

—Potter intenta coger la diadema, pero Crabbe le manda un maleficio para impedirlo. Pero Potter se aparta y en su lugar la diadema salta por los aires, perdiéndose entre todos esos objetos. Intento detener a Crabbe, diciéndole que el Señor Oscuro quiere vivo a Potter. Todo se está… descontrolado… he perdido mi varita…

Draco calló abruptamente y pareció extraviarse durante unos momentos en el interior de su propia mente.

—¿Qué haces ahora, Draco? —preguntó Danielle.

El joven no tardó en contestar.

—Les digo que no le maten, pero ya no puedo detener esto… Potter y sus amigos están respondiendo… los hechizos cruzan de un lado a otro y tengo que esconderme, estoy desarmado… han derribado a Goyle con un aturdidor… no veo a Crabbe…

El desasosiego en la voz de su paciente era cada vez más notorio. Danielle se preguntó si debería detenerle. No obstante, Draco había contestado hasta el momento a todas sus preguntas, sin negarse a ninguna explicación.

—Lo oigo —susurró de pronto Draco.

—¿El qué? —preguntó Danielle, sorprendida por el cambio de tono.

Draco estaba completamente tenso, expectante. Como si esperara que sucediera algo terrible de un momento a otro.

—Es como una especie de… fragor… —murmuró— ¡Oh, Dios mío! El muy imbécil lo ha hecho… lo ha hecho…

—¿Qué ha hecho? ¿Quién? —preguntó Danielle, dejando traslucir su propia ansiedad.

—Crabbe… —respondió Draco, apenas en un susurro— Ha invocado el Fuego Demoníaco…

Bien, por fin ahí estaba, pensó Danielle. La confirmación de que la causa de la fobia de su paciente era real. La voz angustiada de Draco se dejó oír de nuevo.

—¡Nos han dejado solos! —dijo— ¡Vamos a morir!

Danielle miró su reloj. Todavía faltaban diez minutos para que el Hipnoterum dejara de hacer efecto. Se planteó la posibilidad de lanzarle al joven un Desmaius y dejar que esos minutos transcurrieran en blanco para él.

—Draco —dijo suavemente—, puedo interrumpir la sesión ahora mismo si lo deseas.

No obstante, él pareció no oírle.

—¡Se han ido!—se lamentó preso del terror—. ¡Nos han dejado solos!

—¿Por qué no les has seguido? —preguntó Danielle, a pesar de todo.

—Goyle todavía está inconsciente —explicó el joven, con la voz tan entrecortada que parecía que se ahogaba—, le he arrastrado para apartarle del camino de las llamas. Pero cuando he intentado seguirlos, ya estábamos atrapados, no podíamos pasar… —la pálida piel de Draco había empezado a transpirar como si realmente se viera envuelto por un ambiente caluroso y sofocante— He logrado subirle hasta aquí —jadeó—. Pero esto no aguantará mucho… —Draco jadeó de nuevo—. Dios, estamos rodeados de fuego por todas partes…

Completamente crispadas, sus manos se aferraban a un cuerpo invisible.

—Me arde la garganta —resolló—, nadie me oye gritar. Por el amor de Dios, no quiero morir aquí —sollozó—. No quiero morir así…

Danielle sabía que ahora no serviría de nada pedirle que respirara profundamente y se calmara. Nada podía detener el torrente de recuerdos y sensaciones que su paciente estaba experimentando a menos que ella decidiera aturdirle. Y puesto que Draco seguía vivo, algo tenía que haber pasado en aquel infierno que cambió el curso de lo que parecía inevitable. De repente el joven se incorporó, sobresaltándola. Agitado, levantó un brazo, moviéndolo frenéticamente.

—¿Qué sucede, Draco?

—¡Ha vuelto! —respondió él con voz ahogada, como si le costara respirar— ¡Potter ha vuelto!

—¿Cómo…? —empezó a preguntar Danielle, sorprendida. Pero fue inmediatamente interrumpido por la voz nuevamente angustiada de Draco

—¡Dios, no puede subirnos! Los dos pesamos demasiado… —pero al segundo siguiente, su rostro se llenaba de esperanza— ¡Weasley y Granger se lo llevan! Ahora Potter puede subirme a su escoba…

Tras pronunciar esas palabras, Draco se contorsionó bruscamente hacia el borde del diván y vomitó. Después se desplomó hacia atrás, cayendo desmayadamente sobre el acolchado mueble. El pelo húmedo de sudor se pegaba a su frente y a una de sus mejillas. Su respiración sonaba fatigada y todavía demasiado rápida. Danielle tomó un vaso, previamente lleno de agua y vertió tres gotas de un pequeño frasco que descansaba sobre su mesa de trabajo.

—Bebe, Draco —dijo levantándole un poco la cabeza—. Te sentirás mejor.

Él obedeció sin poner ninguna objeción. Estaba demasiado agotado. Una vez terminó, Danielle dejó el vaso en la mesita e hizo desaparecer el vómito con su varita.

—¿Quieres que llame a tus padres para que vengan a buscarte? —preguntó después.

Draco negó con la cabeza.

—En este estado, no puedo dejarte marchar solo —dijo ella—. ¿Algún amigo que pueda venir a recogerte?

Draco negó de nuevo. No dejaría que nadie le viera en tan lamentable condición. Danielle se dirigió hacia su mesa y se sentó para consultar su agenda. Sabía quién venía a continuación. Y seguramente tendría una alegría cuando le dijera que hoy no podría atenderle. Revisó la página que correspondía al día siguiente y vio que podía colocarle a las diez de la mañana, en un hueco que había reservado para asuntos propios. Danielle sabía que podía apostar lo que quisiera a que le diría que no le iba bien. Miró su reloj. Seguramente ya estaba esperando en la sala. Se levantó para echarle un vistazo a Draco, quien había caído en un sueño tranquilo, y después abandonó la consulta para dirigirse a la sala de espera.

Efectivamente, su otro paciente ya había llegado. El joven volvió la cabeza hacia la puerta en cuanto oyó que ésta se abría. Danielle creyó leer en su expresión una pequeña decepción. Como si no fuera a ella a quien esperaba ver.

—Hola, Harry —saludó. Pero en cuento él hizo ademán de levantarse, le detuvo—. Me temo que deberemos dejar nuestra sesión para otro día. Hoy mi anterior paciente va a tomarme más tiempo del esperado.

—Oh, no importa —dijo él rápidamente.

—¿Te vendría bien mañana a las diez?

Como Danielle había previsto, Harry negó fervorosamente con la cabeza.

—Lo siento, trabajo. Me temo que tendremos que vernos la semana que viene.

—Eso me temía yo también —sonrió ella—. Te espero el miércoles que viene.

Cuando el joven auror desapareció por la puerta, Danielle no pudo evitar considerarlo con otros ojos. Sí, todo el mundo sabía que había acabado con Quien No Debía Ser Nombrado; que era un héroe. Pero había vuelto para buscar a Malfoy y a sus amigos, quienes pocos minutos antes habían intentado entregarle al Señor Oscuro, volando sobre una escoba en una sala que estaba siendo devorada por Fuego Demoníaco. No tenia ninguna necesidad de hacerlo ¿Por qué, entonces?

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Un miércoles más, Harry esperaba resignadamente en la sala del gabinete psicológico. Durante toda la semana se había estado preguntando si el paciente que había entretenido más de la cuenta a la psicomaga Bynes habría sido Malfoy. Desde que le trataba ella, tras la enfermedad del otro psicomago, el ex Slytherin parecía tener siempre su hora de consulta antes que él. Y acudir a aquella tortura semanal era mucho menos lastimoso por el sólo hecho de tener la oportunidad de verle. Harry había empezado a cuestionarse el porqué. Tenía algunas buenas respuestas que le parecían bastante aceptables. La primera era que, fuera cual fuera su problema, Malfoy parecía sentirse tan derrotado como él. Sólo por eso, ya tenía su simpatía. La segunda, que se comportaba de una forma bastante civilizada. Al principio había habido algo de tensión, pero había sido por ambas partes. Así que no podía culpar sólo a Malfoy. La tercera era que Malfoy había sido muy educado aguantando el discurso de inseguridades sobre su relación con Ginny, escuchándole sin aparente molestia. Tampoco se había aprovechado de ello para volver sus desgracias a su propio favor. Al menos de momento. La cuarta, que Malfoy era una persona físicamente muy agradable a la vista, siempre tan elegante, envuelto en ese aroma tan seductor… Y en ese preciso punto Harry se había detenido, asustado por los derroteros que estaban tomando sus pensamientos. Decidió que no necesitaba encontrar más respuestas y negó, negó, negó. Cosa que hacía con gran facilidad debido al perfecto hábito que había desarrollado a lo largo de los años.

El sonido de la puerta llamó su atención y volvió la cabeza hacia ella. Malfoy. Impecable como siempre, avanzó hacia él con una extraña expresión en el rostro. Esa tarde sus ojos vestían una mirada diferente. Una mucho más profunda, más viva. Una que llegaba dispuesta a exigir respuestas. Harry tuvo un inexplicable momento de pánico. Su lengua se trabó firmemente contra sus dientes y cuando Malfoy se detuvo frente a él, se echó inconscientemente atrás en el sofá, impuesto por su presencia.

—Necesito hacerte una pregunta.

Las largas pestañas de Harry rozaron los cristales de sus gafas varias veces antes de que pudiera responder.

—Hazla.

Durante unos imperceptibles segundos Draco perdió el aplomo que se había auto impuesto. Pero debía formular la gran pregunta. La que había estado martilleando en su cabeza desde que había revivido la pesadilla completa.

—¿Por qué no te fuiste?

La boca de Harry se abrió tontamente, sin saber qué decir. No tenía ni la más remota idea de qué le estaba hablando Malfoy.

—¿De dónde? —preguntó finalmente.

—Sala de los Menesteres. Fuego demoníaco. Tú y una escoba.

—Oh…

Harry parpadeó todavía más confuso que antes. ¿Qué clase de pregunta era aquella? Peor aún. ¿Qué clase de respuesta esperaba Malfoy? No entendía a qué venía remover aquel episodio.

—Estoy aguardando, Potter.

Aquel olvidado tono impaciente y mordaz hizo que Harry volviera su atención a Malfoy, todavía de pie ante él, más rígido que una barra de hierro.

—Era una escalofriante manera de morir —contestó—. No se la desearía a nadie.

Draco estudió con tanta minuciosidad su rostro, que Harry temió por un momento que estuviera leyéndole la mente utilizando alguna clase de magia desconocida para él. Sus manos empezaron a sudar.

—¿Hubieras vuelto aunque hubiera sido sólo por Crabbe?

—¡Claro que sí! —fue la airada respuesta—. ¿Qué clase de persona crees que soy?

Draco se inclinó hacia él, apoyando una de sus blancas manos en el brazo del sofá, hasta que su rostro quedó a pocos centímetros del de Harry.

—¿Un héroe?

El aliento tibio de Draco, con reminiscencias a té de jazmín, golpeo la cara de Harry, bañándola de esa humedad difusa de un chirimiri primaveral. Cerró los ojos tras sus gafas empañadas. Y deseó. Deseó tanto que le dolió el alma.

—De todas formas, gracias.

Harry abrió los ojos, pero Draco ya caminaba hacia la puerta de la sala. Sólo se volvió un momento para decir:

—Adiós, Potter. Espero que logres resolver todos tus conflictos.

Cuando Danielle fue a buscar a su siguiente paciente, el alma de Harry todavía estaba prendida en sus ojos.

Continuará…