4- Perro perdido
—¡Oh, por el amor de Dios! ¿Cómo quieren que piense así?
Sherlock corrió hacia la ventana, abrió las cortinas y miró la calle con expresión grave. Baker Street solía ser la más tranquila de las calles, pero aún había gente reuniéndose, vociferando, aplaudiendo y atentando en general contra la paz que necesitaba. Una canción de moda zumbaba apagadamente en la parte trasera de una furgoneta mientras un grupito achispado balanceaba los brazos al compás.
Malhumorado, miró de soslayo al pequeño bulldog que se había aposentado en el sofá y le dirigía suaves gemidos.
—Tú también podrías callarte.
Por lo demás, la habitación parecía envuelta en un halo de extraordinaria quietud. La escasa luz diurna que lograba abrirse paso entre las cortinas se tornaba engañosa en el ambiente cargado. Lentamente, Sherlock volvió a dirigir su airada mirada hacia la ventana, a observar la calle y a escuchar. Se produjo un intervalo de silencio que se alargó durante un breve minuto antes de que John entrara en la casa, con unos cuantos carteles de "PERRO PERDIDO" en la mano.
—Ya está, seguro que el dueño aparece tarde o temprano.
Se detuvo al pasar frente al perro para rascarle la cabeza con un dedo y susurró:
—¿Verdad que sí? Claro. Buen chico.
Como no obtuvo respuesta de Sherlock, el doctor se volvió a mirarlo y lo descubrió vigilando felinamente la calle. Tras una breve pausa, dijo:
—Supongo que ya te has fijado en la fiesta que hay en la calle.
—¿Que si me he fijado? Como para no hacerlo.
John soltó los carteles.
—¿Le has dado de comer a Gladstone?
Sherlock se giró bruscamente, con el ceño fruncido y la cabeza inclinada.
—¿Y qué es un gladstone, exactamente?
—Bueno, yo... hum... se me ocurrió que podríamos llamarlo de alguna manera. —John se encogió de hombros, pero su expresión delataba su entusiasmo—. Al menos mientras esté aquí.
—Chucho apestoso suena bien.
—Oh, cállate.
John se reunió con su malhumorado amigo ante la ventana. Miró hacia abajo y no pudo reprimir una sonrisa.
—Deberías probarlo, ¿sabes? Un poco de aire fresco no te matará.
Sherlock se apartó impetuosamente de la ventana.
—No siento el más mínimo interés por ese tipo de... cosas callejeras.
—Sherlock —aventuró John, intentando persuadirlo con un tono más suave y objetivo—. Sé que en lo único en lo que piensas ahora es en ese nuevo caso, y eso está muy bien. Pero ¿te has mirado? Las tres de la tarde y aún en pijama. ¿Has comido al menos?
—Comer es aburrido.
John suspiró, cogió el abrigo de Sherlock, que colgaba de una silla, y se lo lanzó.
—Venga, vístete y vamos. Será divertido.
