Bueno, creo que han pasado unos cuantos meses desde mi última actualización. En mi defensa diré que quería centrarme en acabar mi otro fic para poder ponerme al 100% con estas historias, pero el parón ha sido largo igualmente. Debo deciros que ha sido muy difícil condensar esta historia en un one shot porque realmente me podría haber dado para un fic entero jajajaja. Espero que os guste, muchísimas gracias por las reviews y todo el cariño que le dais a las historias. :)


4

Emma y Regina se conocieron cuando tenían dos años, pero ninguna lo sabía.

El origen y la llegada de Emma al castillo habían sido totalmente desconocidos, incluso para Granny, la encargada de cuidar a la pequeña. Y aunque la anciana lo sospechaba, en ningún momento se atrevió a cuestionar las órdenes de Cora.

El día que Emma llegó, una pequeña morena de la misma edad se adentró en la cocina, corriendo tan rápido como sus pequeñas piernas le permitían. Y entonces fue cuando se vieron por primera vez.

- Regina, te he dicho mil veces que no puedes correr por ahí. – La voz de Cora sonaba, al igual que habitualmente, dura y severa.

Cora era una mujer estricta, acostumbrada a dar órdenes desde hacía ya muchos años, y también intimidante. Muchos la conocían como "la mujer sin corazón". Y razón no les faltaba, pues su mirada fría atemorizaba a cualquiera.

Después de la enésima bronca a Regina, la niña acompañó a su madre, no sin antes dirigirle una última mirada a una rubia que la miraba con los ojos como platos.

Y ese incidente, por ambas partes, quedó olvidado poco más tarde.

Al año siguiente, durante el invierno, llegó Ruby. Y las quejas de Cora no se hicieron esperar. Cada vez Granny tenía más trabajo, cuidar de Emma le ocupaba gran parte de su tiempo, y con un bebé a su cargo todo se haría más duro.

La sorpresa llegó cuando una Emma de tres años de edad le prometió seriamente a su "abuela" que la ayudaría a cuidar de su "prima" Ruby. Y sin saber cómo, se las terminaron arreglando.


No fue hasta los 5 años que Emma y Regina se vieron de nuevo. La rubia había convertido en costumbre colarse por cualquier sitio y corretear de un lado a otro, pero siempre teniendo cuidado de hacer daño a la pequeña Ruby.

Un día llegaba con Granny del mercado, hablando sin parar de las historias que se había inventado esa mañana, cuando de repente se quedó en silencio.

- ¿Qué pasa, Emma? – preguntó Granny confundida. - ¿Emma?

Emma tenía la mirada levantada, y a la mujer mayor no le hizo falta mirar hacia arriba para saber qué estaba mirando la rubia. O mejor dicho, a quién.

- Granny, ¿quién es ella? – preguntó la niña.

- Es la princesa Regina. – respondió la anciana calmadamente, con una sonrisa. – Ya la habías visto antes.

Era cierto. Aparte de aquella vez cuando se conocieron, de la que Emma no se acordaba, normalmente la veía pasear junto a su madre o sola, como aquella vez, en su balcón. Volvió a mirar a Granny y asintió, dirigiendo de nuevo la mirada a la princesa.

- ¿Por qué siempre está sola? ¿Por qué no puedo jugar con ella?

- Porque ella es una princesa, Emma. Y nosotras somos parte del servicio. – explicó la mujer. – Tal vez cuando seas mayor puedas servir directamente para ella.

- Ah… - susurró la rubia, mostrándose de repente triste. – Es injusto, Granny. Debe de estar siempre aburrida.


A los siete años, Emma se había vuelto bastante inteligente, y nada la frenaba a la hora de buscar respuestas ante su curiosidad. Y esa curiosidad envolvía, principalmente, a la princesa Regina.

No era la primera vez que la veía recogiendo flores en el jardín, pero sí la primera vez que se le iba a acercar. Durante semanas llevaba planeando cómo hacerlo. Quería ser su amiga, pero no sabía cómo. Es más, la posible presencia de Cora por los alrededores la aterraba, pero no dejaría que eso la frenara. Esta vez le tocaba ser valiente. Así que, sin pensarlo mucho más, empezó a correr por los jardines, fingiendo que jugaba ella sola.

- Ups. Perdón. – se disculpó cuando chocó con la morena. En su defensa, había que decir que había sido completamente accidental, la parte de chocar con ella no formaba parte de sus planes.

Regina la miró confundida. Era la primera vez que la miraba a los ojos, o eso pensaba Emma. Y sintió algo extraño. Sintió que los segundos pasaban más despacio, que el tiempo que tardó la princesa en responderle había durado siglos.

- No pasa nada. – respondió la niña, sacudiéndose suavemente el vestido. – Soy Regina. – se presentó con una sonrisa.

- Buenos días, Alteza. – saludó Emma educadamente, como Granny le había enseñado. – Mi nombre es Emma.

- Puedes llamarme Regina. – dijo la morena con una sonrisa. Al parecer, Emma le había caído bien. - ¿Te gustaría recoger flores conmigo?

La perspectiva de recoger flores no le parecía muy atractiva a la rubia. Sin embargo, la compañía sí que lo era, así que no tuvo otro remedio que aceptar.

Regina le explicó qué flor era cada una y el significado de las mismas, mientras que Emma hacía todo lo posible por no despistarse de lo que la otra niña le estaba contando, pero era muy difícil. Por mucho que quisiera hacerle caso a la morena, las plantas no eran lo suyo.

- Eh, Regina. – la interrumpió. – Las flores son muy bonitas, pero, ¿quieres jugar? Podríamos jugar al escondite.

- Pero yo no sé si madre… - intentó disculparse ella, pero Emma no la dejó continuar.

- No es un juego peligroso. ¿Has jugado alguna vez? – la morena negó con la cabeza. – No importa, te lo explico.

Y durante un buen rato, las dos niñas se divirtieron jugando al escondite y persiguiéndose la una a la otra. Para Regina era un poco más complicado debido a la gran falda de su vestido, pero Emma siempre le daba algo de ventaja. Le gustaba ver a la princesa sonreír. Y creyó que podrían de verdad ser amigas, hasta que esta se tropezó y cayó al suelo, manchándose la ropa de barro.

La rubia fue corriendo a ayudarla, pero ya era demasiado tarde. Y antes de que pudiera formular una disculpa, Cora apareció frente a ellas.

- Pero Regina, ¡mira lo que has hecho! – la reprendió. - ¿Qué te he dicho de correr por ahí? Te lo he advertido miles de veces, quieres qu…

- Disculpe, alteza… - la interrumpió Emma, temblando del miedo. – No fue culpa suya. Todo ha sido culpa mía. Yo convencí a Reg…la princesa – se corrigió – para jugar conmigo. Debí haber sabido que podía dañarse o mancharse, por favor acepte mis disculpas. – rogó, arrodillándose.

Cora la miró con desprecio, pero luego sonrió, de una manera que heló la sangre a la pequeña Regina. Después, ocurrió algo que ninguna de las dos se esperaba.

- Acepto sus disculpas, …

- Emma. – indicó Regina, casi en un susurro.

- Emma. – repitió Cora. – Acepto sus disculpas, Emma. Solo espero que no vuelva a ocurrir.

- Se lo prometo, alteza, no volverá a ocurrir. – respondió ella. – Yo solo quería que la princesa pasara un rato divertido.

Cora se paseó lentamente alrededor del cuerpo tenso de la pequeña rubia, escrutándola con la mirada.

- Así que usted solo quería divertir a mi hija, ¿es así?

- Sí, alteza.

- Entonces, ¿estaría dispuesta a ser sirviente directa de mi hija?

Emma asintió con la cabeza, pero a Cora no le pareció suficiente y repitió la pregunta. Entonces la niña se tensó aún más – si era posible – y la miró a los ojos.

- Sí, alteza. – respondió esta vez, tratando de sonar segura.

- Bien, Emma. Entonces tendrá que jurar lealtad a Regina.

Emma no comprendió en un principio a lo que Cora se refería, pero poco después hizo lo que le pareció correcto. Se arrodilló ante ellas y con una vocecita que por primera vez no parecía infantil, dijo:

- Juro, alteza, lealtad a la princesa Regina hasta el fin de mis días. Estaré a su servicio y jamás la traicionaré.

Cora la miró satisfecha y le permitió levantarse. Lo único que puso hacer la rubia fue dirigir la mirada a su nueva amiga, para luego darle una sonrisa sincera.

Y fue en ese exacto momento en el que Regina se enamoró de Emma, aunque fuese aún demasiado joven para darse cuenta de ello.


Después de aquel episodio, que había dejado a la morena con un sentimiento complicado, pues estaba confundida pero feliz, se atrevió a pedirle algo a su madre, algo que jamás se le habría pasado por la cabeza en otras circunstancias.

- Madre, ¿puedo pedirte algo?

- ¿Qué deseas, Regina?

- Me gustaría que Emma viniese a las lecciones conmigo. Si va a servirme es necesario que sepa…

- Regina. – la interrumpió Cora, totalmente seria. – Esa niña es sólo tu sirviente, nada más. Ella no pertenece a la realeza, no le corresponde aprender lo que a ti sí. Así que no quiero oírte decir más tonterías.

De acuerdo, madre. – respondió Regina, con un nudo en la garganta. Tendría que aguantarse las lágrimas si no quería ganarse un castigo por parte de su madre.


Las primeras tareas para Emma no fueron muchas, ni tampoco muy difíciles. Podía cumplirlas sin mucho esfuerzo a la vez que ayudaba a Granny como había hecho desde siempre. La anciana estaba algo preocupada por ella, a decir verdad, pero la veía tan feliz y tan animada desde que se había acercado a la princesa, que no podía hacer nada en contra.

Regina había citado a la rubia el sábado por la mañana debajo del manzano. Emma corrió sonriente a su encuentro y se sentó junto a ella a la sombra del árbol. La princesa tenía en sus manos un libro que leía atentamente, antes de la llegada de Emma.

- Hola. – saludó la rubia. - ¿Qué quieres hacer hoy?

- Padre me ha regalado un libro nuevo, y me gustaría que lo leyéramos juntas. Yo ya lo he empezado, pero no me importa hacerlo otra vez. ¿Te gustaría?

Emma hizo una mueca extraña con su cara, que Regina no pudo comprender. ¿Qué le pasaba?

- Me gustaría mucho, Regina. – explicó Emma. – Pero es que no sé leer… - terminó susurrando, avergonzada.

- No pasa nada. – respondió la morena con una sonrisa. – Entonces, leeré para ti. ¿Qué dices?

- Vale.

Esa mañana fue tranquila. Emma se perdió en la voz de Regina leyéndole aquella historia, de la que realmente no supo bien de qué iba, ya que se dejó dormir en el regazo de la morena.

Por la tarde, ese mismo día, un terremoto rubio entró en la cocina, y después de jugar un poco con Ruby, se dirigió a la anciana.

- Granny, Granny, tengo que pedirte un favor.

- ¿Qué pasa, mi niña?

- ¿Me enseñarías a leer?

Desde entonces, Emma y Regina se encontraban todos los sábados, bajo el mismo manzano, para leer, y la princesa recibía tan sorprendida como encantada, los rápidos progresos de la rubia.


A medida que pasaba el tiempo, Emma recibía más tareas, tanto por un lado como por otro, y casi que pasaba más tiempo con Regina que con los demás sirvientes. Granny y Ruby no la veían sino para desayunar y por la noche, y difícilmente pasaba tiempo con ellas.

A los 11 años tuvo su primera pelea con Ruby. Esta le reprochaba haber elegido a la realeza por encima de ellas, que por culpa de Regina las había dejado de lado cuando ellas eran su verdadera familia.

Emma no sabía qué hacer. Era cierto que Granny y Ruby eran su única familia y las seguía considerando como tal, pero servir a la morena era su trabajo, y le gustaba. Quería pasar más tiempo con Regina.

Granny actuó como intermediaria en la pelea, haciendo entender a las chicas que, por mucho que Emma se separase de ellas, al final del día seguían siendo familia y eso nada lo iba a cambiar.


Tenía 12 años cuando fue testigo de aquel primer "accidente". Todos sabían que Cora tenía magia, pero normalmente no la usaba – o no necesitaba usarla – con sus sirvientes. Sin embargo, con Regina era distinto. La morena había contado a Emma numerosas veces lo severa que era su madre con ella, y la rubia sabía perfectamente que cualquier excusa era buena para un nuevo castigo.

Esa mañana, Emma subía a dejarle el desayuno a la princesa, cuando oyó un quejido a través de la puerta. Con mucho cuidado y sin hacer ruido se asomó lentamente, para ver cómo Regina estaba suspendida en el aire incapaz de moverse, a la vez que su madre tenía un brazo extendido hacia ella, manteniéndola en esa posición. Solo pasaron unos segundos hasta que Cora la soltó, dejándola caer y castigándola en su habitación por el resto del día. Emma tuvo el tiempo suficiente para fingir que acababa de entrar por el pasillo, pero sinceramente, creía que Cora lo sabía todo.

Nada más la mujer se fue, la rubia entró rápidamente a la habitación de Regina, dejó la bandeja en el primer mueble que vio y corrió a arrodillarse junto a la morena, que seguía en el suelo.

- Regina… ¿estás bien? – preguntó preocupada, haciendo que la mirase.

La morena asintió con un sollozo, para luego dejarse abrazar por su amiga y ahogar su llanto en ella.

- Lo siento, Regina. – decía Emma, acariciándole la espalda suavemente, intentando que dejase de llorar.

- No puedo seguir así Emma. – respondió la morena después de un rato, mientras se secaba las últimas lágrimas que le quedaban.

- Estoy aquí… - susurró la rubia. – Y estaré aquí las veces que me necesites.

Después de un rato la morena logró calmarse, desayunó, y pidió a Emma que le hiciera compañía. Así, las dos se encontraron tumbadas, una al lado de la otra, sobre la inmensa alfombra de Regina, mirando al techo.

- Emma…eres mi amiga, ¿verdad? – preguntó la princesa, algo triste.

- Claro.

- ¿Me ayudarías a escapar de aquí?

La pregunta la tomó tan por sorpresa que Emma se levantó de golpe. ¿De verdad le estaba pidiendo eso?

- Regina… - la rubia tomó sus manos con delicadeza. - ¿De verdad quieres hacer eso? – se quedó en silencio unos segundos, pensando en cómo rechazar su oferta sin herirla. Ella sabía que, por mucho que quisiera huir, no sería posible. Cora las descubriría y quién sabe qué terminaría haciendo. Y Emma rezaba para que Regina entrase en razón, porque si de verdad quería marcharse, estaba en problemas. Porque ella estaba dispuesta a seguirla a cualquier lado. – Por favor, piénsalo bien. Tu madre tiene magia, nos encontraría antes de que pudiésemos salir del reino. Y tu castigo sería peor de los que has tenido hasta ahora.

Regina asintió, comprendiendo que lo que su amiga decía era cierto. No podrían irse, al menos no sin un plan. No quería una vida dictada por su madre. No quería seguir recibiendo sus castigos, estaba cansada de no ser nunca suficiente.

Pero a pesar de todo eso, estaba confusa.


Los únicos momentos de paz y tranquilidad, los únicos momentos en los que era feliz, eran los pocos que podía compartir con su padre, lejos de la presencia de su madre. Y por supuesto, los ratos que pasaba con Emma.

Habían pasado casi tres años desde aquel momento en el que había pensado en huir, y las cosas no habían mejorado. Cora cada vez era más exigente, y no prestaba atención a los deseos de su hija, solo pensando en convertirla en reina.

Regina estaba cansada de ser exhibida por su madre como un premio, uno que nadie podría tener a menos que fuera lo suficientemente bueno para ella.

Cuando estaba con Emma, sin embargo, todo cambiaba. Llevaban ya bastantes años siendo amigas, y no podía imaginarse a alguien mejor que ella. Emma siempre estaba pendiente de ella, la hacía reír y la hacía sentir bien. Y a veces, solo a veces, la hacía sentir algo raro que no sabía qué era. Pero le gustaba. Esperaba no tener que separarse de Emma cuando se casara, ya que ese era el destino para el que la estaban preparando.

Su 14 cumpleaños había sido hace poco, y el único buen recuerdo que conservaba – o quería conservar – era, aparte de los regalos de su padre, el collar que le había regalado la rubia. Al parecer había ahorrado unas cuantas monedas durante años para regalarle algo digno de una princesa. A Regina no le importaba si era "digno" o no lo era, pero sí el detalle que había tenido Emma, y lo mucho que se había esforzado en conseguir aquella preciosidad para ella.

Esa noche no podía dormir. Acariciaba su colgante perdida en sus pensamientos, mirando el techo, antes de que una loca idea cruzara por su mente. No pensaba escaparse, no realmente, solo quería dar un paseo por el bosque. Sola. Para sentir, aunque sea por una vez, lo que era la libertad. Así, se abrigó, se puso su capa y salió de su habitación lo más sigilosamente posible.

Llevaba poco tiempo caminando cuando sintió una presencia detrás de ella. Sintió miedo, pero no quería huir. No quería seguir siendo cobarde, quería ser valiente, también por una vez. Y cuando se giró, pegó un salto sin querer, al ver quién era.

- Perdona, no quería asustarte. – dijo Emma. – Me di cuenta de que habías salido y me preocupé.

- ¿Pensaste que me había escapado? – preguntó Regina. - ¿Venías a llevarme de vuelta?

- Regina…ya sabes lo que pienso. – suspiró la rubia. – Pero no, ¿sabes? He venido porque no quería que te pasase nada malo. Sé que…sé que quizás no estoy preparada para defenderte como es debido, pero no quería que corrieras peligro sola.

- Entonces, si quisiera huir, ¿vendrías conmigo?

- ¿Todavía no te has dado cuenta, Regina? Yo te seguiría a cualquier parte.

La confesión de Emma tomó por sorpresa a la morena, no se esperaba esa respuesta y esa lealtad, una que la rubia le profesaba sin dudar. Sin pensárselo demasiado se acercó a ella y la abrazó con fuerza. Emma le devolvió el abrazo de la misma manera.

- No vas a hacerlo, ¿verdad? – preguntó la rubia, un poco insegura, a lo que Regina le contestó con una mirada confusa. – Huir.

- No. – respondió, apoyándose con un movimiento de cabeza. – Encontraré otra manera para enfrentarme a mi madre.

- Y yo estaré contigo. – dijo Emma, con una sonrisa, orgullosa de ella. - ¿Me concede un paseo, señorita? – le ofreció su brazo.

- Por supuesto.

El paseo las llevó hasta un lago que no estaba muy lejos del castillo. Emma había ido varias veces con Granny, pero Regina siempre lo había visto de lejos. Era un paisaje muy bonito.

Se sentaron la una al lado de la otra a contemplar la luna reflejándose en el agua, y durante unos instantes, se perdieron en sus pensamientos.

- Gracias. – susurró Regina, temiendo haber roto ese fantástico momento.

- ¿Por qué? – preguntó Emma confusa.

- Por estar aquí. Por haber estado siempre.

- He querido hacerlo desde el primer momento. Y tú nunca me has hecho sentirme inferior por ser una sirvienta, Regina. Así que yo también te doy las gracias.

Las dos se miraron y sonrieron. Entonces, ese sentimiento que ninguna de las dos había tenido claro, las conectó, y en ese momento supieron lo que querían. Y sin pensar en dar un paso atrás, las dos muchachas acercaron sus rostros lo suficiente como para terminar en un magnífico beso del que solo la luna había sido testigo.


Aquella noche mágica había cambiado algo entre las dos, y sin embargo nunca habían vuelto a hablar de ello. Lo que habían sentido había sido mágico, y no querían que nada lo estropease. Por lo tanto, cada una guardaba en secreto y en su corazón aquel maravilloso momento, ansiosas de poder repetirlo, pero sin encontrar el momento perfecto.

A veces, cuando estaban juntas, a solas, ambas pensaban en cómo sería robarle un beso a la otra, o si aceptaría, pero tenían demasiado miedo para romper aquello, no querían estropear su relación. No obstante, esto también las hacía romperse cada día un poco más.

Con la llegada de los 16 años, la presión que ejercía Cora en Regina era insoportable. Todos los días insistía en cómo tenía que vestir, cómo tenía que comportarse, e incluso cómo tenía que expresarse y responder a ciertas preguntas en caso de que se las hiciesen.

La morena intentaba buscar un rato cada día para pasarlo con Emma, pues cada vez podía verla menos, solo cuando le servía el desayuno o momentos puntuales. En ocasiones había llegado a pensar que su madre lo sabía todo, pero era imposible. Ella no podría sospechar nada, ¿verdad?

- Hola, Regina. Buenos días. – la saludó Emma desde la puerta. – He venido con tu desayuno.

- Emma. – la morena la recibió con una sonrisa, y le pidió que se sentase a su lado. – Esta mañana madre no me ha planificado nada. Podemos salir al jardín a leer junto al manzano, como hacíamos antes.

Emma asintió, animada, y un rato después se reunieron en el sitio acordado.

- Hace mucho que no me lees tú a mí. – dijo la morena. - ¿Lo harías hoy?

- Eh…pero, tú lees mejor que yo…

- Y tú tienes que seguir practicando. Lees muy bien Emma, y la única manera de mejorarlo es haciéndolo.

- Está bien…

Esta vez, Regina fue la que se tumbó, apoyando su cabeza en las piernas de Emma, mientras se perdía en su voz. La historia era interesante, pero contada por Emma, se volvía aún mejor. Sin quererlo, sus ojos se fueron cerrando lentamente hasta quedar profundamente dormida, al igual que había hecho Emma a los 7 años.

La rubia, por su parte, continuó leyendo un rato más a pesar de saber que Regina estaba dormida. Poco después, cerró el libro y se quedó mirando a la princesa. Pocas veces había tenido la oportunidad de fijarse en ella libremente, y menos tanto tiempo. Lo sabía, le gustaba Regina, aunque estuviera prohibido. Ella no era más que una sirvienta.

Sin embargo, no había nadie alrededor. Nadie las estaba mirando, nadie podría hacerlo, el árbol estaba bastante alejado en el jardín. ¿Qué pasaría si…? Acercó su rostro al de la morena, aún dormida, cuando…

- ¡Emma! – aquel grito la hizo sobresaltarse de tal manera que saltó en su sitio, haciendo a Regina despertar también.

La voz pertenecía a Cora, sin ninguna duda. Y segundos después, cuando la vio frente a ellas, sabía que algo no iba del todo bien. Lo que pasó después la sorprendió.

Cora le hizo una reverencia y se disculpó con ella.

- Siento mucho haberla tratado como sirvienta, Emma. – dijo, pero su tono de voz seguía mostrando superioridad. – No ha sido hasta ahora mismo que he sabido de la existencia de sus padres.

- ¿Mis padres? – preguntó la rubia sorprendida. – Pensé que habían muerto.

- Eso mismo pensé yo, cuando apareció en el reino tan solo con una pequeña manta. Mis disculpas. Venga al castillo, ellos han venido para llevarla de vuelta a su hogar.

La sorpresa fue mayúscula para ambas cuando descubrieron que los padres de Emma no eran nada menos que los reyes Snow y David, de un reino poderoso y lejano. Al parecer la princesa – Emma – había desaparecido a los pocos días de nacer y nunca se supo más de ella.


Emma y Regina no pudieron despedirse. Todo había pasado muy rápido. Sus padres la recibieron con calurosos abrazos, muchos halagos y muchas más lágrimas. Después de eso, dieron las gracias a Cora y se marcharon con Emma, sin que esta pudiera decir nada.

Otra gran sorpresa fue que también se llevaron a Granny y a Ruby con ellas. Al menos, gracias a ellas, la rubia no se sentía tan incómoda. Tenía a su lado a su familia de siempre y también a su nueva familia. Todo era confuso. No estaba triste, pero echaba de menos a Regina, nada más marcharse.

Ruby estaba junto a ella, pero se habían mantenido en silencio durante casi todo el trayecto, hasta que la más joven se atrevió a hablar.

- Estás enamorada de ella, ¿verdad?

Emma la miró con una expresión asustada.

- Vamos…ya no soy una niña, Emma, me doy cuenta de las cosas. Puedes contármelo. – insistió Ruby. – No se lo diré a nadie.

- Sí. – reconoció la rubia suspirando, tras unos segundos de silencio. – No sé cómo ocurrió, pero no pude evitarlo.

Ruby la agarró del brazo cariñosamente, intentando reconfortarla.

- Volverás a verla.

Emma le sonrió sin decir nada más, deseando que eso pasara.


A los 18 años, Regina fue obligada a casarse con joven rey del reino vecino al de Emma. El acto fue magnífico, albergó a personas de multitud de reinos y pareció hacer feliz a todo el mundo. Sin embargo, había dos corazones que no se sentían animados, sino todo lo contrario. Dos corazones que, sin confesarlo, se habían roto al mismo tiempo.

Emma dijo a sus padres que no quería ir a la ceremonia nupcial porque no le interesaban esas cosas, que tenía mucho que aprender y estudiar sobre su reino, del que tantos años había estado desaparecida. Pero todo era mentira. Sin ser vista, se coló en el castillo y asistió a la boda, desde las sombras. Regina estaba preciosa, su vestido blanco era maravilloso. Solo una cosa llamó su atención. Sus ojos. Ella realmente no estaba allí, no estaba presente, no quería estar ahí. La rubia la conocía lo suficiente para saberlo. Tristemente, no podía hacer nada.

Se contentó con apoyarse en sus padres a la vuelta, a los que había aprendido a querer y a admirar, los que se habían ganado su confianza y ahora todos eran una gran familia.


Seis años. Habían pasado seis duros años desde aquel triste día, de la última vez que había visto a Regina desde lejos. En esos 6 años habían pasado muchas cosas.

Por su parte, Emma había descubierto que, al ser el producto del amor verdadero, poseía magia. Esta magia no se manifestó hasta que alcanzó sus 21 años, y después de un duro entrenamiento había conseguido dominarla por completo. Se sentía poderosa, pero a pesar de todo le daba miedo, cada vez que recordaba a Cora y al uso que esta empleaba de ella.

Mientras tanto, Regina se había sumido en una depresión en la que la tristeza y la rabia habían tomado el control de sus emociones, y todos la llamaban ahora "La Reina Malvada". Ese nombre la había forzado a mantenerse dentro de su castillo, sin apenas salir ni relacionarse, lo que seguía alimentando los rumores entre el pueblo y los campesinos. En cierto modo, tenían razón. Había tomado clases de magia con Rumpelstiltskin, pero el precio a pagar seguía persiguiéndola día y noche.


Snow y David estaban discutiendo a gritos cuando Emma entró en la sala donde estaban. Las lágrimas cubrían su rostro y caían sin parar. No lo había escuchado todo, pero atando cabos creía tener la versión completa de su historia.

- Papá…mamá…por favor decidme que eso no es cierto.

- ¿Qué no es cierto, cariño? – preguntó Snow, sin saber cuánto había escuchado.

- Yo…todo. – sollozó - ¿Es esa realmente mi historia?

- Siéntate, Emma. – pidió David y ella obedeció. – Queremos saber cuál piensas que es tu historia. Te diremos la verdad si tienes dudas o te equivocas en algo.

Emma suspiró y trató de calmarse, antes de empezar a narrar la historia de su vida.

- Me secuestraron a los días de nacer, probablemente algún sirviente de Cora o alguien relacionado con ella, y me mantuvieron oculta hasta los dos años, cuando aparecí en el castillo de los Mills. Yo no recuerdo nada de eso, mi primer recuerdo es con Granny, pero lo he supuesto. El motivo por el que me secuestraron fue que desde antes de mi nacimiento yo ya estaba comprometida. Nada menos que con el mismo rey con quien se casó Regina. ¿Es así?

Sus dos padres asintieron a la vez, avergonzados.

- Cora siempre lo supo. – continuó la rubia – Y me devolvió para haceros sufrir. A ella solo le interesaba que Regina fuese reina. Ella quería haceros daño, teneros amenazados, no quería que ampliaseis el reino. Y al tenerme de vuelta todo era muy reciente para que me buscaseis marido. Y ahora os sentís culpables y por eso no habéis insistido.

Snow la miró avergonzada, sin poder negar nada de lo que había dicho su hija.

- Emma… - dijo – todo lo que has dicho es correcto, cariño. Pero…nosotros siempre hemos querido el bien para ti.

- ¿Y comprometerme antes de mi nacimiento es querer lo mejor para mí? – espetó, furiosa.

- Sabemos que no, cielo, pero…

- Para vosotros es muy fácil porque tenéis amor verdadero. Pero jamás me habéis preguntado si yo me he enamorado, qué es lo que siento o si tengo deseos de estar con alguien, sea un príncipe, un campesino, o…

- ¿O quién? – preguntó David, curioso.

- O Regina. No quería ir a su boda porque me destrozaba por dentro, pero aun así fui, sin que nadie se enterase. ¿Y sabéis qué? Desde ese día mi corazón está roto, y no puedo más. – volvió a estallar en llanto.

La pareja se precipitó hacia ella rápidamente y ambos la abrazaron, queriendo sostenerla.

- Emma, cariño, lo sentimos mucho, no teníamos ni idea. – se disculpó Snow. – Pero…ya sabes los rumores que corren por ahí. Ella se ha vuelto malvada.

- ¡No! – gritó la rubia. – Yo conozco a Regina y ella no es malvada. Si tan solo pudiera ir a verla…y en caso de que sea malvada, yo puedo traerla de vuelta, sé que puedo…

- Es complicado… - dijo David.

- ¡Dejadme hacerlo! Necesito verla, nunca pude despedirme de ella y ahora…hace tantos años que no la veo, que…

- Está bien. – dijeron sus padres al unísono, sorprendiéndose incluso a ellos mismos. Compartieron una mirada, se asintieron y luego volvieron a mirar a Emma.


Lo siguiente que supo es que se había colado en el castillo de la reina, su antiguo hogar. Sabía que estaba sola, su marido se había marchado de viaje por unos días. Tenía tiempo, pero sobre todo, tenía una oportunidad.

Lentamente fue recorriendo todos y cada uno de los pasillos en los que había pasado su niñez y su adolescencia, reviviendo algunos buenos momentos y otros no tan buenos. No pasó mucho tiempo hasta que sintió una presencia a su espalda.

- ¿Quién es usted y cómo ha entrado aquí?

Un escalofrío recorrió su espalda al oír aquella voz. Era la de Regina, pero estaba cambiada. Sonaba mucho más seria, más triste, más dura, y más apagada. Emma se dio la vuelta lentamente para encararla.

- Vaya, no había planeado que nuestro reencuentro fuera así.

La morena la miró curiosa, y por un segundo sus ojos expresaron algo más que los sentimientos en los que había estado atrapada los últimos años, pero enseguida se repuso.

- Princesa Emma. – dijo secamente. - ¿Qué hace usted aquí?

- Regina, éramos amigas. No puedes tratarme así ahora. – se quejó la rubia. – Te he echado de menos.

- Esa amistad se rompió, y lo sabe bien. Me gustaría saber qué hace en mi castillo.

Durante un rato siguieron con su guerra de miradas y palabrería formal por parte de Regina, así que la rubia decidió probar otra táctica.

- ¿Quieres saber de verdad qué hago aquí?

- Sí.

Entonces Emma sonrió, y por un momento pensó en que volvía a tener 7 años. Miró fijamente a Regina y habló.

- Hace años juré lealtad a la princesa Regina. Hoy lo vuelvo a hacer ante la reina. – se arrodilló. – Estoy a su servicio, su majestad.

Esto terminó por romper la defensa de Regina, que había luchado por mantenerse firme. No podía. No con ella. Jamás con ella.

- Emma… - susurró. – Levántate del suelo, ya no eres mi sirvienta.

Emma se levantó, volvió a sonreír y se lanzó a los brazos de Regina, acercándola lo máximo posible a ella en un apretado abrazo. La morena se sorprendió, pero no pudo rechazarla.

- Te he echado tanto de menos. Quería venir antes, siempre quise venir, pero fue tan difícil. Lamento no haberme despedido de ti aquel día.

- No fue tu culpa. – respondió Regina. – No fue tu culpa.

Sin realmente desearlo, se separaron y se quedaron mirando fijamente durante unos segundos. Emma no sabía si decírselo o no, pero ya no tenía nada que perder.

- La verdadera razón por la que he venido es… - se quedó en silencio un segundo y tragó en seco para seguir hablando. – Nunca te he olvidado. Me partió el corazón dejarte aquel día sin un adiós, y luego me lo volvió a partir presenciar tu boda. No quise que me vieras porque me hacía demasiado daño. Yo…lo siento. Pero, yo…te amo, Regina. Desde antes de los 14 años, desde antes de nuestro beso, en el que no puedo dejar de pensar. Y sé que es tarde, pero no podía seguir viviendo así.

- Estoy casada, Emma. – reprochó Regina.

- Lo sé.

- Sin embargo… - continuó – yo tampoco he dejado de pensar en aquella noche. Incluso cuando estabas aquí, quería volver a besarte, pero algo me decía que no estaba bien. Y la presión de mi madre…he vivido toda la vida bajo su sombra, he querido enfrentarme a ella infinitas veces, pero siempre me ha ganado. Y ahora estoy aquí atrapada. Yo también te amo, Emma, pero no sé si podré…

- ¿Si podrás qué?

- No sé si seré suficiente para ti. Los rumores son ciertos, soy malvada. He dado clases de magia con el mismísimo Ser Oscuro, he matado a mi propia madre… - Regina hablaba con la respiración entrecortada, las lágrimas resbalaban por sus mejillas. – No me siento orgullosa de ello, pero eso no quita que lo haya hecho.

- Que no te sientas orgullosa significa que sigue habiendo bondad en ti, Regina. Yo te conozco.

Poco después, Regina se dejó caer en los brazos de la rubia, rota, sin poder parar de llorar. Emma intentó consolarla, intentó calmarla, pero era inútil. Decidió simplemente dejarla desahogarse, que llorara en su hombro, que la empapara con lágrimas si era necesario. Y necesitó mucho tiempo para ello.


- ¿Por qué no nos vamos? – preguntó la rubia. Estaban recostadas bajo el manzano, aquel maravilloso árbol al que tenían tanto cariño.

- ¿A dónde?

- Lejos de aquí. Escapar, como siempre quisiste. Tu madre ya no está.

- Sabes que no es posible. Mi marido nos perseguirá hasta encontrarnos.

- Yo te protegeré.

Regina iba a volver a protestar, pero Emma la interrumpió.

Y te amaré. Siempre.

La morena se sentía tentada ante aquellas palabras, derretida ante aquel amor que Emma le profesaba, desde siempre. ¿Qué era lo que la frenaba? Sus propios actos. Por mucho que la rubia intentase convencerse, ella seguía creyendo que no se merecía todo aquello.

- Deja de pensar que no mereces esto, Regina. – se quejó Emma, adivinando sus pensamientos. – Yo quiero estar contigo.

- Va a ser complicado.

- Lo sé.

- Pero yo también quiero estar contigo. – respondió, por primera vez con una sonrisa sincera. – Y creo…que hay una manera para librarnos de todos estos problemas. No borrará el pasado ni lo cambiará, pero…

Emma la interrumpió de nuevo, acercando su rostro al de ella.

- Cuéntamelo todo. Pero antes, quiero hacer algo que llevo esperando diez años.

- No me voy a oponer, yo también llevo esperando todo ese tiempo para esto.

Y entonces, con la certeza de conocer cada una los sentimientos de la otra, después de muchos años, sus bocas se unieron en un esperado beso, sellando así una etapa para comenzar una nueva.


Una judía mágica. Regina se la había robado a su madre antes de su muerte, y esa era su manera de librarse de aquel reino, aquellos problemas, aquellas barreras que le impedían estar con Emma como quería.

Las dos estaban decididas. Habían vuelto al castillo de Emma dos días después de su reencuentro, pues habían necesitado tiempo para ponerse al día, trazar un plan, y estar juntas.

Emma había informado a sus padres sobre su decisión, diciéndoles que no había manera de que cambiase de opinión o mirase atrás. Apenas les dio tiempo a responder cuando se marchó al lugar donde había quedado con Regina, el mismo sitio donde lanzaron la judía y vieron aparecer un portal.

- Regina, Emma, ¡NO!

Las dos se giraron hacia la voz que había gritado sus nombres. Había sido David. Junto a él estaba Snow, con la misma cara de preocupación.

- No lo hagáis. – dijo ella. – Por favor.

- Pero necesitamos… - empezó a decir Emma, pero su madre la interrumpió rápidamente.

- Nos podemos perderte otra vez.

- No lo hagáis. – continuó su padre. – No os vayáis sin nosotros.

- Pero el reino… ¿estáis seguros? Siempre os habéis preocupado mucho por él y por la gente – se giró ligeramente hacia detrás, el portal seguía abierto, pero si tardaban más se cerraría.

- Sí, pero lo hemos solucionado todo en tu ausencia. Sospechábamos que esto iba a pasar, así que lo hemos dejado en buenas manos. El reino no es más importante que la familia. Y queremos que la nuestra esté unida.

Emma y Regina se miraron y asintieron. Se tomaron más fuerte de la mano, esperaron a que los demás se unieran y saltaron, todos juntos. Para cuando el portal se hubo cerrado, todos estaban en el otro lado, en ese nuevo mundo. Solo entonces, dieron un paso hacia delante. Habían formado una familia.