Teacher

Emma pasó una mano entre el cabello de Regina acariciándole la piel recibiendo un ronroneo de satisfacción por parte de la morena acostada a su lado.

La rubia se acercó a ella y le deposito un beso en el hombro mientras la mano se infiltraba bajo la prenda de seda, acariciándole los costados y liso vientre.

Regina, que intentaba leer, se estremeció mientras sonreía y emitía un ligero suspiro. Emma, ante aquellas señales, se mordió el labio y comenzó a jugar con el elástico de la ropa interior color perla de Regina, para después levantarla y deslizar una mano en su interior.

Regina se enderezó sacando la mano de Emma y aclarándose la voz

«Emma, estoy intentado leer»

Emma, ante aquella reacción, se sentó resoplando y mirando a la novia a los ojos.

«¿Qué tengo que no funciona? ¿No te gusto?»

Regina bajó el libro y se quitó las gafas de vista, y apoyó ambas cosas en la mesilla.

«¿Qué?»

«Sí, evidentemente no te gusto. Siempre me rechazas. ¿Te disgusto?»

Emma tenía los ojos llorosos.

Esto venía desde hace tres meses. Se habían hecho novias, se habían mostrado al mundo y la mayoría de la gente en la ciudad las había acogido con una sonrisa. Incluso sus padres. Todo era perfecto ante los ojos de Emma, sin embargo Regina a veces parecía completamente distante.

Dormían juntas, se besaban, se acariciaban, pero nada más.

La primera vez Emma no hizo mucho caso. Sabía que Regina necesitaba tomarse su tiempo, pero ahora era frustrante.

«¿Qué estás diciendo Emma? No me disgustas…»

Emma notó cierto nerviosismo en la morena que se había sentado dándole la cara.

La rubia levantó los brazo hacia el techo resoplando

«Entonces, ¿por qué me rechazas? Sé que te gusta lo que te hago, veo cómo reacciona tu cuerpo, pero de repente, tú niegas esas sensaciones y me rechazas. He esperado, pero parece que no me quieres…en ese modo»

Emma se encontró enrojeciendo ante sus propias palabras.

No estaba acostumbrada a hablar de sexo, estaba acostumbrada a actuar, pero con Regina parecía que esa manera no iba.

«Emma…» Regina susurró mordiéndose un labio y mirando a su novia que frustrada la miraba con tristeza.

«Dime qué pasa Regina. Ya no sé qué hacer. Yo…»

Regina le tomó las manos, apretándoselas y mirándola con seriedad. Inspiró profundamente y se preparó a pronunciar las palabras que ya llevaba preparando hacia más de un mes.

«Emma, no eres tú. Tú eres estupenda. ¡Dios!…eres la criatura más bella y más excitante que nunca haya conocido»

«Entonces, ¿por qué no me quieres? ¿Es por qué soy una mujer?»

«Sí…»

Emma bajó tristemente la mirada, mientras Regina se disponía a explicarle apretándole fuertemente las manos.

«O mejor dicho no. No es por eso, tiene que ver, pero no…» resopló un par de veces.

Emma, lentamente, apartó sus manos, confusa y herida, esperándose el golpe. En el fondo, siempre le había pasado lo mismo. Cuando comenzaba a ser feliz, todo se derrumbaba.

«Nunca lo he hecho…» Regina señaló su cuerpo después el de Emma «…con una mujer…»

La miró encogiéndose de hombros y señalando de nuevo sus cuerpos.

«En fin, ¿has comprendido, no?»

El silencio entre las dos mujeres parecía resonar en sus cabezas. La morena torturaba el borde de su camisón con los largos y oliváceos dedos, mientras que la rubia la miraba con una expresión extraña en el rostro.

«¿Emma?» Regina la miró confusa y un poco desesperada. Tenía miedo de verla echarse a reír, de verla burlarse de ella. Emma echó la cabeza a un lado y arrugó la frente.

«¿Solo es eso?»

Regina soltó el aire que durante el minuto de silencio había contenido y miró aún más confusa a su novia. Esta gateó hasta acercarse más y le tomó el rostro entre las manos sonriéndole con amor.

«¿Solo por qué…no sabes qué hacer?»

Regina estrecho las muñecas de su novia con sus manos y asintió vergonzosamente bajando la mirada, sintió de repente cómo Emma le agarraba la barbilla con sus dedos y le levantaba el rosto obligándola a mirarla.

En el rostro de la rubia no había señal de broma, solo completo amor.

«Eso lo hace todo más maravilloso. Seré tu primera…además…»

La mirada se hizo sería, sin embargo, sin esconder el infinito amor que sentía por Regina.

«…puedo enseñarte. No debe darte vergüenza. Como tú me enseñas a hacer magia, yo puedo enseñarte esto…»

Regina la miró a los ojos, mordiéndose el labio, odiaba esa sensación de ineptitud. Maldición, ella podía ser considerada la maga del sexo, si el sexo era entre un hombre y una mujer, pero ahora que quería experimentar aquellas sensaciones con Emma era como si hubiese retornado a ser la joven Regina, inocente y virgen.

«Lo siento…»

«Hey, no debes sentirlo…solo…¿Te fías de mí?»

Los ojos claros de Emma se encontraron con aquellos oscuros y ligeramente brillantes de Regina. Las manos de la rubia todavía sobre el rostro de la morena. Regina se mordió el labio, conteniendo el nerviosismo y asintió convencida.

«Sí…»

Emma sonrió besándole la nariz dulcemente.

«Entonces, todo irá bien»

La rubia apoyó sus labios en los de la morena, besándola con dulzura, dejando a la morena la decisión de hacer más profundo el beso. Regina, habiendo soltado las muñecas de la rubia, llevó los brazos alrededor de su cuello, atrayéndola hacia sí y comenzando a explorar la boca de la rubia con la lengua.

Su sabor era magnífico y desde el primer beso, Regina sabía que no podría renunciar. Las lenguas se encontraron acariciándose, sin prisa, solo con el deseo de degustarse y de mimarse, mientras lentamente Emma empujaba a Regina para acostarla bajo su cuerpo.

Las manos de Regina acariciaban el cuello de Emma, mientras esta se sentaba a horcajadas sobre ella. Se separaron del beso solo para perderse en sus respectivas miradas. Después, Emma bajó la mirada hacia el esbelto cuerpo de la morena cubierto por la ropa interior color perla y un mísero camisón semi transparente. Se lamió los labios, volviendo a mirar los ojos de la morena, tan oscuros, tan profundos, tan…bellos.

«Seré tu profesora esta noche» susurró dándole un beso a flor de piel en los labios, para después esperar que la morena le diese una señal de consentimiento. Regina, excitada y nerviosa, deglutió una par de veces, sonriendo y asintiendo.

Emma, feliz, pasó los dedos bajo el camisón, comenzando en el cuello, pasando por el valle entre los pechos de la morena, acabando en el vientre liso de esta última.

Observó las reacciones de la morena, disfrutando de sus suspiros de excitación.

«El truco está en descubrir el punto débil…»

Se agachó, comenzando a besar el cuello lentamente, sembrando la piel olivácea de besos y pequeños mordiscos. Al llegar al lóbulo de la oreja derecha, y sintiendo cómo la respiración de la morena se hacía más veloz, tomó la pequeña zona de piel entre sus labios succionándolo ligeramente.

Regina, inconscientemente, se relajó al sentir los labios de la rubia lamerle la oreja, miles de descargas eléctricas la recorrieron desde la cabeza hasta el bajo vientre donde comenzaba a sentir cierta molestia. Emma se rio durante unos segundos y continuó chupando y mordisqueando el lóbulo, disfrutando de los gemidos entrecortados de la morena. Por lo que parecía, había encontrado su punto débil.

No contenta, con una mano levantó el camisón sobre la piel olivácea de Regina, para después apoyar una mano sobre un pecho aún cubierto por el sujetador color perla. Emma amaba ese color sobre la piel de Regina. Hacía resaltar el color oliváceo, los cabellos negros y los ojos oscuros de la morena.

Se separó del lóbulo y lamió todo el cuello hasta acercarse a la clavícula, donde mordió un trozo de esa piel olivácea comenzando a succionarla con fuerza.

Cuando se separó, una enorme marca violácea fue apareciendo sobre la piel de Regina que durante ese tiempo simplemente se había dejado arrastrar de cabeza por esas sensaciones, incapaz de mantener las piernas quietas, mientras las restregaba con las de ella.

«Eso para recordar a todos a quién perteneces» susurró la rubia con voz ronca, trazando los contornos del chupetón con la lengua.

Regina sonrió, apoyando una mano sobre el rostro de la rubia y acercándola a ella para otro beso hambriento.

Mientras, Emma había colocado una pierna entre las de Regina, empujando el muslo contra su intimidad cubierta solo por el tanga de encaje. La humedad se filtraba por el delicado tejido mojando ligeramente la piel de Emma que sonrió ante esa sensación.

Sabía que siempre había producido ese efecto en Regina, pero tener las pruebas tangibles era otra cosa. Regina gimió enarcando la espalda y apretando las sábanas deshechas con los dedos con tanta fuerza que los nudillos se volvieron blancos.

Emma, ante aquel gesto, con rapidez, llevo una mano hacia la espalda de la morena, desabrochando con habilidad el sujetador y tirándolo al suelo. Se quedó quieta durante un largo instante observando a Regina con el pecho descubierto. El vientre plano, las costillas ligeramente en relieve, los pechos redondos y tersos y aquellos pequeños botoncitos oscuros, erectos, como llamándola hacia ellos.

Regina se enrojeció ante aquella mirada e intentó cubrirse. No estaba acostumbrada a ese tipo de emociones en el sexo con un hombre. Emma le retuvo las muñecas mirándola con dulzura.

«Nunca, y digo nunca, te tapes cuando estés frente a mí. Eres bellísima Regina. Una diosa»

Regina relajó los músculos, sonriendo ligeramente y besando a aquella mujer que la hacía sentirse tan amada.

Emma, una vez dejó los labios, comenzó a sembrar la mandíbula y el cuello de besos, para llegar a los pechos de la morena que con largos suspiros dejaba ver cómo estaba disfrutando de esas sensaciones.

La rubia se acercó al pezón derecho, sacó la lengua y lo rozó velozmente, recibiendo un gruñido de satisfacción por parte de la morena que se estaba martirizando los labios con los dientes.

«Emma…»

Aquella palabra se escapó de los carnosos labios de Regina y Emma, ante ese llamado, respondió lamiendo el pezón de Regina entre los dientes, succionándolo ligeramente y lamiéndolo mientras la otra mano amasaba el otro pecho.

Regina sintió una descarga partir de sus pechos que anuló la capacidad de razonar, apagándole el cerebro e intensificándole el calor, ya intenso, de su entrepierna.

Emma gimió ligeramente cuando escuchó el largo jadeo de Regina, seguido del aumento de la humedad que se filtraba a través de la tanga de esta última.

Las manos de Regina se engancharon en los rizos dorados de Emma, atrayéndola hacía su pecho, dándole los empujones necesarios para besar y lamer los pezones con fogosidad, alternando entre manos y boca.

La pelvis de Regina se movía rítmicamente, disparándose cada vez que los dientes de Emma mordían aquellos botones oscuros, enrojecidos y erectos, y sus manos arañaban la nuca y le tiraban de los dorados cabellos.

Regina nunca había experimentado sensaciones parecidas teniendo sexo. Sentirse tan cuidada y amada al mismo tiempo era algo increíble, como una enorme ola que le golpeaba el corazón y le triplicaba las sensaciones de placer.

La piel de gallina le recubría los brazos y las piernas mientras Emma, que continuaba estimulando los pezones con los dedos, descendía a besarle y mordisquearle el vientre, llegando hasta el borde del tanga.

Miró a Regina con amor, para después pronuncia con dulzura una única palabra, mientras las manos, una vez dejados los pechos, acariciaban los costados de la morena.

«¿Puedo?»

Emma la quería, pero quería también que Regina estuviese segura, que disfrutase plenamente de ese momento tan mágico entre ellas. Regina se enrojeció visiblemente. Nadie había estado entre sus piernas de esa manera. Lo consideraba un gesto demasiado íntimo. Leopold cogía lo que quería y punto, y con Graham nunca dejó que la relación llegase hasta ese extremo de intimidad. Pero ahora, con la rubia entre sus piernas, los cabellos despeinados, los labios hinchados de pasión y una mirada llena de amor en el rostro se sentía segura. Agarró una mano de Emma, la apretó fuerte antes de asentir convencida.

Emma sonrió contenta dejando dos besos, uno por pierna, para después, comenzar a deslizar delicadamente ese tanga, ya completamente mojado. Una vez fuera la última prenda, apoyó las manos en los muslos abriéndole las piernas y admirando la intimidad brillante de placer. Se lamió los labios un par de veces antes de echarse y respirar profundamente el aroma de Regina.

Regina se llevó una mano a la boca, los cambios de respiración provocados por la morena, caían sobre su intimidad deseosa como dulces caricias haciéndole hervir la sangre.

Emma miró a Regina para una última confirmación, para después besar el monte de Venus completamente liso de la morena y tirarse sobre el clítoris hinchado y brillante.

Dio pequeños golpecitos para después parase y colocarse mejor, apretando entre los brazos los mulos de la morena que se arqueaba y gemía ante cada toque.

Regresó a su pequeña nuez rosada, golpeándola con la legua y succionándola ligeramente, emitiendo gemidos roncos mientras el sabor dulce y ligeramente punzante de la morena le golpeaba las papilas gustativas. Fue como caer en éxtasis y regresar. Su sabor, su perfume. Sus gemidos. Hacía meses que soñaba con saborearla, y ahora estaba ahí, abierta a ella.

«Emma…»

Gimió Regina, levantando la pelvis para un mayor contacto. Nunca había sentido nada parecido, sentía las lágrimas depositarse en las comisuras de los labios. La felicidad y el placer nunca sentidos le estaban literalmente arrancando la capacidad de entender y de querer. Emma, al sentir a su novia gemir y agitarse bajo el roce de sus dedos, lentamente abrió su intimidad, mientras continuaba lamiendo y chupando el clítoris. Con lentitud, entró en ella con dos dedos, saboreando cada temblor de la morena ante aquel gesto. Una vez dentro de ella, se quedó parada disfrutando de cómo el pecho de Regina se alzaba y se bajaba rápidamente y de sus gemidos incontrolados, casi animalescos.

Era una delicia para los ojos.

Cuando Regina se habituó a sus dedos, comenzó a moverse lentamente, delante y atrás, succionándole los pequeños labios y relajándolos con un ligero chasquido de la lengua, haciendo arquearse a la morena que, sudada y completamente a merced de aquellas sensaciones, se anclaba al colchón.

Más los gemidos aumentaban más Emma bombeaba con velocidad y profundidad en Regina. A los gemidos se unieron pequeñas palabras como "sí", "Dios" y "Emma" susurradas, casi estranguladas en los labios carnosos de la morena que abría cada vez más las piernas y se empujaba hacia los dedos de Emma arqueándose.

Emma se enderezó ligeramente para llevar su mano libre hacia el pecho de Regina, estrujándolo, mientras que sus dedos se abrían, cerraban, cruzaban en su interior buscando el punto más sensible que la haría perder la cabeza.

Comprendió que había alcanzado ese punto cuando Regina se arqueó de golpe y emitió un grito seguido de un jadeo casi felino. Empujó de nuevo en aquel punto y la morena tuvo la misma reacción. Emma sonrió satisfecha, comenzado a trabajar con los dedos allí donde había descubierto aquel punto débil.

Se necesitó poco para hacer llegar al límite a la ex alcaldesa que en un largo grito que llevaba el nombre de Emma se corrió entre las manos de esta última. Pero Emma no había acabado, dejando los dedos inmóviles dentro de la morena, comenzó a succionar y lamer con fogosidad el clítoris, provocando que Regina volviera a agitarse bajo ella.

Su perfume y su sabor la transportaban al paraíso y Emma se sentía a cada minuto que pasaba más mojada.

El segundo orgasmo de Regina llegó con la fuerza del agua que cae por un dique abierto. La hizo temblar y chillar mientras cualquier pensamiento racional se apagaba en su cerebro, sin permitirle tener control alguno sobre su cuerpo. Las piernas se estrecharon alrededor del rostro de Emma, mientras se corría copiosamente entre los labios de la rubia que lamía todo con gusto y veneración.

Después de varios minutos, cuando el orgasmo poco a poco iba disminuyendo, Regina se dejó caer sobre las sábanas, mientras que Emma le limpiaba despacio la intimidad para después dejarle dulces besos en las piernas, y subir hasta sus labios donde con las leguas que se encontraron se intercambiaron el gusto de Regina de boca a boca.

Ante aquel sabor, Regina reaccionó. Algo primitivo que le empujaba en la boca del estómago y que solo la hacía desear el cuerpo que estaba sobre ella.

«¿He sido una buena maestra?» susurró Emma, echándose a su lado y acariciándole el rostro con la punta de los dedos.

Regina asintió poniéndose de lado buscando los labios de la rubia para besarla con amor.

«Estupenda…¿No crees que es el momento de examinarme?» rio Regina dándose algo de valor y llevando la mano delicadamente hacia un pecho, privado de sujetador, acariciándolo sobre la camiseta, y viendo rápidamente la reacción de Emma. La rubia asintió arqueándose ligeramente y soltando un largo y lento suspiro.

«Dime qué hago…» susurró Regina mirando a los ojos de quien, estaba segura era el amor de su vida.

Emma, como única respuesta, le cogió el rostro entre las manos y le besó la frente.

«Ámame…»

Aquella palabra bastó para infundir valor a la morena que lentamente se sentó e hizo deslizar las manos bajo la camiseta blanca, quitándosela velozmente. Abrió los ojos de par en par ante la visión de la novia en tanga, sintiendo la boca seca, la lengua pastosa y el corazón a mil.

Los blancos pechos resaltaban generosos en un cuerpo musculoso, los abdominales podían perfectamente ser contados y trazados con los dedos, cosa que Regina, obviamente, no dejó de hacer. Pasó lentamente el índice y el corazón sobre aquellos abdominales esculpidos, observando la reacción de la piel de la rubia ante su paso: ligero enrojecimiento y piel de gallina. Por su parte, Emma puso una mano en la espalda de la morena como para infundirle valor y hacerle comprender que se fiaba de ella.

Regina inspiró profundamente, mientras los dedos acariciaban en espiral los pezones ya turgentes, después se bajó dando un suave beso en el centro de los pechos para, a continuación, dedicarse a besar y lamer el cuello de la rubia que en un momento ladeó la cabeza para ofrecerle mayor espacio de acción. Ante aquel gesto, Regina se echó a su lado comenzado a masajear y pellizcar alternativamente los duros pechos de Emma que ante cada toque suspiraba de placer.

Decir que Regina deseaba esto desde hacía meses era quedarse corto. Deseaba a Emma más que a nada, a veces durante las reuniones o durante las comidas en Granny's se imaginaba tomándola y siendo tomada en situaciones absurdas, cosa que nunca le había pasado con ningún amante anterior. El deseo ardía en ella con fuerza, consumiéndola. Se llamó estúpida por haber esperado tanto.

Descendió a besarle el pecho mientras las palabras dichas por Emma le martilleaban en la cabeza "encuentra el punto débil" "ámame"

Lentamente bajó a besarle el pecho, palpando y saboreando cada milímetro de su piel, y cuando llegó a la parte inferior del pecho, apenas bajo el pezón vio a la rubia arquearse ligeramente y gemir su nombre con deseo. ¡Bingo!

Comenzó a llenar de besos aquel pequeño trozo de piel, que visto desde fuera podía parecer tan insignificante, mientras que Emma se doblaba a cada gesto como si fuese la misma Regina quien la estuviera moviendo.

Esas sensaciones de poder embriagaron a Regina, tener ese efecto sobre Emma la hacía experimentar un placer inmenso, sobre todo porque todo lo que estaban haciendo estaba ligado a un sentimiento que hacía años que no sentía.

Amor.

Finalmente, con un largo gemido de satisfacción, lamió un pezón erecto sorprendiéndose cuando la mano de Emma se infiltró entre sus cabellos empujándola hacia su pecho. Apoyándose en la cama, se enderezó y se colocó sobre ella mientras continuaba succionando los senos y los pezones con voracidad. Una voracidad que nunca antes había sentido.

Después de varios minutos y gemidos, sintió a la rubia arquearse hacia ella y deglutió un poco preocupada, soltó el pezón y miró a la rubia que, al leer la preocupación, le acarició el rostro con dulzura.

«Me fío de ti amor mío…»

Ellas no usaban muchos apelativos cono "tesoro", "cariño" o "amor mío", pero cuando los usaban era solo para dar más profundidad y sentido a una frase.

Regina se conmovió y asintió subiendo hacia ella y besándola con una dulzura inaudita que sorprendió también a Emma.

Después de que la morena dejara un camino de besos húmedos desde los labios hasta el vientre de la rubia, lamió y mordisqueó los abdominales mientras que las manos, ligeramente temblorosas, se deslizaban por el tanga.

Regina se sobresaltó ligeramente cuando, aferrando el tejido entre las manos, lo notó completamente mojado.

«Estás…empapada» susurró asombrada, no tanto por la situación de Emma sino por la verdad que se escondía detrás.

Era ella quien ponía así a Emma. Emma asintió, llevándose la mano a la boca y mordisqueándose una uña tímidamente. Abrió las piernas frente a Regina que arrodillada entre estas, abrió ojos y boca ante aquella visión abundante de placer.

«Tú me haces esto…»

Regina sonrió mientras tragaba saliva, las manos temblorosas y la respiración entrecortada. La intimidad de Emma estaba abierta a ella, brillante y estupenda. Estaba depilada, dejando una línea rubia sobre el monte de Venus. Se colocó entre sus piernas, y comenzó a dedicar su atención a sus muslos, besándolos y mordiéndolos. Emma puso dos dedos en su barbilla, haciendo que alzara la mirada.

«No tengas miedo»

Llevo los dedos a su propia intimidad, abriéndola y dejando a la vista el hinchado clítoris.

Las pupilas de Regina se dilataron y se oscurecieron mientras una mano temblorosa sustituía la de Emma. Al tacto, era suave y húmeda, y Regina descubrió que podría estar horas admirándola.

Un jadeo de Emma, sin embargo, la hizo comprender que era el momento de actuar. Pasó un dedo a lo largo de su abertura, haciendo que Emma se arqueara bajo su caricia.

«Sí…» susurró mientras Regina repitió el mismo movimiento, pero con dos dedos.

Este movimiento se repitió dos o tres veces más, antes de que Regina, con cautela, apoyara sus labios sobre la abertura penetrándola con la lengua. El aroma de la rubia explosionó en su lengua haciendo casi que ella misma se corriera, mientras que la rubia literalmente explotó al sentirla dentro de ella.

«Dios, no pares»

«¿Lo estoy haciendo bien?» susurró Regina, mimando con la lengua la abertura de la rubia que se humedecía cada vez más.

«Sí…Regina…sí…te suplico»

Regina envalentonada por el efecto positivo que tenía sobre la rubia, decidió sustituir la lengua por dos dedos, y abrió desorbitadamente los ojos cuando con mucha facilidad los dos dedos se deslizaron rápidamente en la rubia que, apoyando los talones, se arqueó y alzó la pelvis hacia Regina y sus dedos.

La lengua que poco antes estaba ocupada en la abertura comenzó a dibujar círculos imaginarios sobre el clítoris de la rubia, haciéndola arquearse indecentemente hacia aquella boca con un talento natural.

Emma sonrió feliz mientras cerrando los ojos invitaba a Regina a darle más, y cuando sintió el tercer dedo, se dejó llevar al éxtasis. Se sintió llena, los músculos en tensión temblaban mientras el cuerpo presionaba contra los dedos de la morena que, ya en confianza y envalentonada, comenzó a bombear en ella con fuerza y elegancia. Obviamente Regina, a pesar del miedo, seguía siendo Regina Mills.

Aquella dulce danza se intensificó. Regina, siguiendo las reacciones de Emma, comenzó a penetrarla con más fuerza doblando y cruzando los dedos, mientras la boca se ocupaba del clítoris.

«REGINA» gritó Emma, ya fuera por el placer o porque se había dado cuenta de que la morena entre sus piernas estaba escribiendo su propio nombre con la lengua en su intimidad.

Regina era feliz como nunca. Sentir que puede dar placer, que puede dar felicidad a su Amor Verdadero era todo lo que siempre había deseado. Ver a la rubia contorsionarse bajo ella la hacía casi llorar de alegría porque después de años, sus manos, su boca podían finalmente dar placer y no dolor y destrucción.

«Regina…voy a…voy a…»

Regina, ante aquellas palabras, aumentó la velocidad restregando con más fuerza la lengua sobre el clítoris. Cuando Emma se corrió, lo hizo con fuerza y pasión, se enarcó mientras Regina posicionaba la mano libre bajo su espalda, aguantándola, pero sin darle tregua.

Ema cabalgó literalmente el rostro de Regina, apoyando los talones en el colchón y moviéndose hacia ella, mientras Regina gemía recogiendo los frutos de su primera noche de amor con Emma.

Ya calmadas ambas, se acostaron. Una al lado de la otra, desnudas. Iluminadas solo por la luna que resplandecía fuera de la habitación.

«¿Cómo…he estado?» sonrió la morena restregando la nariz por el cuello sudado de la rubia.

Esta última sonrió besándole la frente y respirando su aroma.

«A veces el alumno supera al maestro»