IV-Piscis
-1-
Clío cruzó sus piernas con el largo vestido blanco derramándose de ellas sobre el lujoso sillón de mármol y marfil en el que estaba sentada. Su vista se mantuvo en sus manos entrelazadas sobre su regazo, tan encogida sobre sí misma que Sage se olvidó por unos minutos que era la diosa de la guerra; frente a él se encontraba una niña nerviosa, triste, agobiada por sus emociones. El Patriarca suspiró. No le agradaba para nada la idea que la joven diosa proponía, mas sabía que era necesario. Necesitaban llegar al fondo de esto, se lo debían a Megara.
La joven suspiró profundamente. No conocía en persona a aquella bruja que habitaba en las tinieblas, mas Athena en su interior sí. Y la deidad en su interior no tardó en hacerle saber el peligro que suponía traerla a El Santuario, agitándose en su interior a tal punto que a Clio le costó mantenerla a raya.
Mentalmente contó hasta tres, estaba lista. Sus ojos, renovados con una firme seguridad, observaron al Patriarca, quién se mantenía con cautela a un par de metros de ella. Entonces, su cosmos divino se elevó. Se vio rodeada de una luz dorada; el cosmos milenario de la diosa de la guerra, ardiendo como Sage sólo había visto casi cien años atrás.
—Aclis... Aclis ¡Yo te ordeno que te presentes frente a mi.—reclamó, la voz que normalmente fluía con dulzura y suavidad ahora se oía estridente, digna de semejante guerrera que residía en su interior. Su cosmos fluctuaba tan intensamente que sus largos cabellos y el fino vestido de seda ondeaban con la onda expansiva de su energía.
—¡Aclis! ¡Athena te ordena que te presentes aquí mismo!
Nada. Ni un sólo indicio de la persona a la que llamaba. Todo su cuerpo temblaba por el esfuerzo y la cabeza le dolía, pero nadie podría alejarla de tal punto de concentración. Sage estaba seguro de que todo El Santuario se encontraría completamente enloquecido por el repentino estallido por parte de su señora, por lo que había enviado a Alessandro y Felipe a tranquilizar a los soldados. Athena tenía un asunto qué resolver y el resto de la Élite Dorada le esperaba tras la puerta sellada a cal y canto.
Cuando creyó que fracasaría de forma definitiva, la habitación se oscureció, llenándose de un intenso aroma a azufre y carne podrida, la temperatura descendiendo tantos grados que la piel de Sage se erizó. Athena hizo su cosmos menguar hasta que se transformó en una tenue luz que los iluminaba a ambos y a una tercera figura que se materializaba de a poco frente a ellos, en una densa nube de humo que olía a muerte.
Athena creyó estar en el mismísimo Hades con tan sólo su presencia. Sus ojos se abrieron grandemente, impactados por el terror que la presencia de la temible Aclis generaba en su parte humana.
A unos cinco metros de ella, se encontraba de pie una figura casi fantasmagórica, completamente cubierta de la cabeza a los pies por una larga túnica negra y una capucha que cubría su cabello desgreñado y entrecano. Las manos de la mujer se encontraban en su rostro; específicamente, cubriendo sus ojos, allí donde la túnica resbalaba por la posición, dejaba ver unos brazos y manos huesudos, tan delgados y pálidos que parecían los de un esqueleto. De repente una voz profunda y agresiva como el bramido de una bestia rompió el repentino silencio.
—¿Qué es lo que solicitas tan urgentemente de mi para sacarme de las tinieblas y traerme a tu palacio, Athena?-preguntó, sin dejar de cubrirse las manos avanzó hasta ubicarse a unos pasos de la diosa.
—Una de mis Caballeros ha sido asesinado por tu veneno, Aclis, diosa del sufrimiento. Aniquilaste hasta su alma misma, pues esta no pasó por Yomotsu.
Obviando que la mitad de su rostro se encontrara cubierto, Aclis parecía pensativa, con sus labios resecos apretados en una fina línea y su rostro dirigido al suelo.
—Lo recuerdo... Hace un par de semanas se me ha solicitado un veneno que consumiera hasta el alma misma de quién lo probara. Tan sólo una gota es suficiente para la tragedia... Destruiría hasta a los mismísimos dioses.
—Dime quién ha sido. Megara de Géminis fue envenenada por su hermana, una simple humana. Es imposible que consiguiera algo así por sí sola.
—¿Por qué debería decírtelo? Niña insolente...—las palabras de la mujer resonaron fuertemente, a la par de su cosmoenergía envolviéndola en un halo púrpura, casi negruzco, mientras la neblina se volvía más y más densa. Athena respondió elevando el propio disipando la neblina que le dificultaba a Sage respirar.
—Has interrumpido en terrenos que no te pertenecen, Aclis. Tu sola irrupción es suficiente para considerar un castigo hacia ti. No temo interceder con Nix para obtener respuestas.
La diosa oscura frunció su gesto. Su madre no estaría contenta de saber que el orden que tanto apreciaba tambaleaba por una travesura de otra deidad. No deseaba un castigo por su parte, y la idea de Nix furiosa le turbaba hasta a ella misma. Reacia a responder, hizo una larga pausa que Athena y Sage sintieron como una hora.
—Ha venido a mi un hombre en busca de un veneno que consumiera hasta el alma misma. Aquel hombre hijo de Zeus que consiguió hacerse con la victoria y llamarse el héroe de Tebas...
Athena y Sage lo comprendieron. Nadie más podía responder a tal descripción, además de Heracles.
-2-
—Todo listo, mi señora.
Heracles pronunció, hincado sobre una de sus rodillas, su cabeza de rizos rubios coronada con laureles inclinada a modo de reverencia. La esplendorosa mujer ni siquiera volteó a mirarle manteniendo la azul mirada más allá de los ventanales de sus aposentos. A falta de respuesta, el héroe enarcó una de sus espesas cejas.
De espaldas al hombre nombrado en su honor, Hera se erguía esplendorosa, envuelta en un vestido de fina seda roja transparente bordada en oro; su cuerpo podía verse a la perfección bajo el lujoso tejido. Su cabello rubio se recogía en su nuca, un par de rizos tan dorados como el hilo de su atuendo con pequeñas cuentas de oro y piedras preciosas entrelazadas entre sus hebras. La diosa acarició la superficie marmórea del alféizar, haciendo de cuenta que no había escuchado al insolente hijo de su esposo. No le hacía falta mirarle para saber que en su rostro sincelado mantenía una expresión de fastidio ¡Quién se atreviera a faltarle así el respeto!
El héroe, impaciente, se puso de pie y caminó en dirección a la deidad, a paso vago y algo arrastrado. Pocas veces se permitía verse así de desenfadado, sin mantener su apariencia del que llevó la victoria en sus manos. Hera, fastidiada, por fin volteó a él, mas sus cejas algo constreñidas poco duraron de aquella manera al recordar que, efectivamente, el trabajo ordenado a Heracles había resultado exitoso. Por más de que no fuera de su pleno agrado, era de su absoluto conocimiento que Heracles nunca fallaba.
Con una sonrisa de pura satisfacción, elevó su brazo hacia su masculino rostro, con una delicadeza propia de la reina del cielo. Acarició lento su mejilla suave, y Heracles por unos segundos creyó ver una chispa de cariño en los zafiros azules impropios... Patrañas, claramente.
—Bien hecho, Heracles. Ahora, desaparece de mis aposentos.
El susodicho dió un paso hacia atrás conteniéndose de arrancar la mano femenina de un zape. No fuera que Hera le cayera de chismosa a su padre con sus lloriqueos y quejas; "Heracles se puso agresivo conmigo, ñiñiñi", escuchó en su mente, en un claro tono femenino–o de un masculino fingiendo sonar a mujer–. Un tono similar al que usaba aquella humana, Íole, a la que había tenido la desdicha de seducir.
Podría jurar por todas sus contiendas, que la diosa madre le había otorgado aquella misión como uno de sus tantos castigos por simplemente existir. Hera solía desquitar las andanzas de su marido en los propios hijos del rey del Olimpo, quienes fueran inocentes de las travesuras de su progenitor. Y aún siendo el preferido de su galante padre, no se salvaba de los tramuyos y venganzas de la siempre molesta mujer.
De verdad, Hera aguantó sus buenas carcajadas viéndole fingir un enamoramiento hacia la hermana de la arconte de Géminis. La niña resultaba tan desagradable que sentía un poco de pena por ella. Pero tal, Afrodita no podía bendecir a cada ser humano en el mundo. Algunos nacían entre las estrellas y otros estrellados.
Con ese pensamiento, la diosa se carcajeó en su lugar frente a la vista de Heracles, quién la observaba como si estuviera loca de atar. Qué bien sabía la victoria.
-3-
Eran guerreros, parte de un ejército. Cada uno de ellos debería estar acostumbrado a perder compañeros y a no tenerle miedo a la muerte. Esa era su labor como soldados, entregar la vida por una causa en común: su diosa, y mantener la paz en el mundo aunque fuera por un poco más de tiempo.
Pero era poco frecuente que un caballero tan poderoso como Megara falleciera, mucho más en esas condiciones. Megara había sido parte de la más alta estirpe en el ejército. Eficiente, fuerte, inteligente, valiente y capaz. Desde el momento en que Géminis le escogió como su portadora, la casa de Géminis resultaba infranqueable.
Tal vez, por esa razón su muerte se sentía como un golpe durísimo. Más aún tras el mal augurio de que una nueva Guerra Santa se acercaba. Fuese quien fuese su enemigo, descubrió eficientemente dónde atacar. De forma directa a uno de los pilares en la estructura que llamaban Santuario, al más robusto de ellos.
Como pocas veces, Janna de Corona Boreal se encontraba sola, descendiendo por las Doce Casas sin compañía alguna. Con todo el ajetreo que significó la despedida de Megara, estaba segura que el descenso del ejército por los templos parecería más que disciplinados militares, una avalancha de bueyes salvajes. En El Santuario nadie tenía tiempo para perder y tras la lamentable pérdida, cada uno debía regresar a sus puestos.
La portadora de Corona Boreal prefería la calma antes que todo el ajetreo. Estaba acostumbrada a convivir con personas tan escandalosas como Savvas y Qian y hasta podía decir que le daban un poco de diversión a su vida, pero aún así, disfrutaba de los calmos momentos de paz que rara vez conseguía. Esperar a que todo el mundo descendiera para recién hacerlo ella calificaba como uno de ellos.
Tras abandonar Piscis, Acuario la recibió tan helada como siempre y en un silencio tan sepulcral que juró, podría escuchar el eco de sus propios pensamientos. El pedestal desprovisto de su armadura y el frío cosmos latente en las profundidades de la casa le anunciaban lo que ya sabía, que su dueño se encontraba dentro.
Janna no sabía qué pensar con respecto a los Caballeros Dorados. Cada uno de los soldados del ejército ateniense compartía la vivencia de entrenar desde muy corta edad, su destino sellado por las estrellas. Todos fueron forzados a crecer demasiado rápido. Por eso, ella creía que los caballeros no eran más que niños con poderes inmensos, lo que les hacía más peligrosos.
Muchos de ellos, para exageración, parecían una tragedia griega andante, con su pesimismo, sus caras largas y sus auras de "odio al mundo y el mundo me odia a mi, pero como soy superfuerte me lo como con patatas".
El ejemplo perfecto era Cédric de Acuario, quién había somatizado a la perfección con el elemento que manejaba. La chica le conocía desde su más tierna infancia, cuando con apenas cuatro años, Johan de Acuario le rescató de morir en una helada que arrasó con su familia y su pueblo natal, Flam. Percibiendo el cosmos en su interior, no dudó en llevarla consigo. Janna recordaba como si hubiera sido ayer la admiración que sentía mientras, arrebullada en una gruesa capa de lanilla de cordero, sus grandes ojos le observaban caminar en la interperie con nada más que su dorada armadura y el fulgor de su cosmos manteniendo cálidos a ambos y dotando de un brillo especial a la ya deslumbrante vestidura de Acuario.
Cuando llegaron a la vieja casucha en un lugar que el caballero llamó Isla Yarok, les esperaba dentro un niño. Parecía más grande que ella, y lucía flacucho y desgarbado, mirándola siempre en silencio con sus grandes ojos color musgo. El maestro le había presentado como Cédric, su estudiante. Tenía diez años y también le había encontrado huyendo de un pueblo asediado por las guerras civiles en Britania.
Entrenaron juntos durante mucho tiempo. Ella a un ritmo regular, aprendiendo a su propio ritmo y con sus dificultades a superar. Le había costado horrores acostumbrarse al cruel invierno siberiano y manejar las moléculas de la materia para convertirlas en frío, además de educarse en disciplinas como griego, latín e inglés, matemáticas, astronomía, física y química. Mientras tanto, Cédric avanzaba en su formación a velocidades vertiginosas. Las estrellas lo bendijeron con talento y eficacia y pronto fue aclamado como un prodigio, y cuando ella obtuvo su armadura a los trece años, él ya llevaba cuatro siendo el Santo de Oro de Acuario.
Pocas eran las veces en las que Acuario se dejaba ver. Protegía su templo desde las sombras, taciturno y silencioso como siempre había sido. La única señal de que el guardián se encontraba en su templo era la gélida y helada sensación que emergía desde los interiores de este. Y como de forma exclusiva, el crugir del oro rompió con el eterno silencio del onceavo templo y Janna giró la cabeza hacia donde provenían los pasos. Cédric de Acuario caminaba hacia ella con un andar tan elegante que parecía estar flotando envuelto en las vestimentas de su constelación.
Quién alguna vez había sido un niño con el que compartía las abrigadas mantas durante el invierno, hoy en día era un imponente hombre de veintidós años. Superaba el metro ochenta, y aunque no era demasiado musculoso, su cuerpo lucía tonificado bajo la armadura abrazándose a sus muslos y brazos fuertes. Cédric llevaba el fino y lacio cabello suelto decorado con algunas trenzas y cuentas de oro y madera tallada típicas de su pueblo. La tiara de Acuario se perdía entre sus rubísimos cabellos casi blancos, distintos a los cobrizos de ella.
La portadora de Corona Boreal observó su rostro, de facciones masculinas y angulosas, tal vez demasiado marcadas y severas para su edad, pero de un atractivo avasallante, manteniendo los ojos cubiertos de su máscara en los verdeoscuros de él. No poseía un porte galante y clásico como Attis de Leo o Asterión de Tauro, quienes seducían con sus radiantes sonrisas y pieles besadas por el sol. Cédric de Acuario contaba con un atractivo serio, elegante como un príncipe, tan característico de un celta en todo su linaje.
Cédric batió sus pestañas rubias en un parpadeo, Janna elevó su mano hacia su propio rostro y...
Se quitó la máscara.
El hombre frunció el entrecejo ante el gesto de confianza de su compañera de armas. No se sentía cómodo con aquello y usualmente solía evitarla para no pasar por lo que ella había impuesto como ritual cada vez que se encontraban, bajo el argumento de su crianza a la par. Él ya conocía su rostro bajo el hierro desde antes de aprender a escribir. Se habían criado como hermanos, siempre a la par, cuidando silenciosamente del otro y respaldándose entre sí. Cédric aún recordaba las heladas temporadas en Yarok, cuando no les quedaba otra opción además de acurrucarse juntos bajo las pesadas frazadas y pieles que su maestro les ofrecía, calentándose con un tímido fuego que apenas lograba sobrevivir al invierno.
La diferencia radicaba en que ya no se encontraban entrenando en Siberia, sino cumpliendo su labor como caballeros en Grecia. Y Janna ya no era una niña pequeña de mejillas regordetas y enrojecidas, sino una mujer con una belleza exorbitante. Belleza que no dudaba en exponer ante él, y la amazona no mostraba intención de querer matarlo.
—Corona Boreal, ponte tu máscara.
La aludida le miró con sus grandes ojos enmarcados por largas pestañas y una línea de kohl negro que les otorgaba un aspecto más rasgado y expresivo. Acuario se preguntó la razón por la cual su compañera llevaba maquillaje bajo la máscara. Nadie podría verlo. Y como quién comete una travesura, la amazona de Corona Boreal juntó sus brazos tras su espalda, sujetando la máscara fría en sus dedos.
—Me has visto la cara más que mis propios padres, Cédric de Acuario.—argumentó manteniendo una expresión solemne en sus facciones. Él no se amedrentó a pesar de su incomodidad y le sostuvo la mirada, desplazándose por su rostro. Si no fallaba, le había visto sin máscara por última vez hace poco más de un año. Janna lucía más adulta ahora—. Que seamos Santos de Athena y exista una jerarquía entre nosotros no significa que nuestro pasado deba ser invalid...
—Que seamos Santos de Athena y exista una jerarquía entre nosotros nos condiciona, Janna de Corona Boreal. Te condiciona a seguir una ley respecto a la máscara que oculta tu rostro.—interrumpió de una manera tan gélida y severa que casi hizo temblar a la contraria.
Era consciente más que nadie de la ley referente a ocultar su rostro. Al igual que muchas amazonas, la consideraba innecesaria e injusta. Todas podían demostrar su valor y fuerza estuviera su cara visible o no. También creía innecesaria la pena o castigo a considerar por enseñar lo que se ocultaba bajo las facciones labradas en el hierro.
Matar o amar.
—Es la última vez que te repetiré lo mismo, Janna. No vuelvas a quitarte la máscara frente a mí si no vas a asumir las consecuencias de tus actos.
Janna sabía que era una locura siquiera considerar asesinarlo. Ni en un millón de años podría superar la fuerza y el talento de Cédric. Ella misma había sido testigo de sus capacidades desde temprana edad.
Decidido a regresar a sus aposentos, Cédric giró sobre sus talones y regresó en sus pasos sin dirigirle una última mirada a la amazona. Sin embargo, se detuvo por unos segundos antes de continuar su regreso.
—Si quitarte esa máscara ante mi significa entregarme tu vida, cuando tu cobardía desaparezca estaré esperando para tomarla con mis propias manos.
Sentenció, desapareciendo por fin entre el vaho helado de su propio cosmos. Janna tan solo le observó, apretando la máscara que le condenaba entre los dedos. Si tan sólo Cédric supiera que ella ya había tomado su decisión... Pero no era correcto. No el momento adecuado, no la persona adecuada.
