Capítulo 4
—Me alegro de que hayas cambiado de idea —dijo Edward. Bella se había sentado en el otro extremo del asiento. La relajada sensualidad de hacía unos minutos, había sido sustituida por una tensa incomodidad que irritó a Edward.
—No creo que James opine lo mismo. Voy a tener que dar muchas explicaciones.
—¿Por qué? ¿Por que no soy lo bastante bueno para su hermanita?
Bella rió con amargura.
—No. Porque hace poco… —se mordió el labio.
—Continúa.
—Nada —Bella se volvió para mirar por la ventanilla—. He tenido problemas y el pobre James siempre tiene que rescatarme.
—¿Y tus padres? ¿Dónde están?
—Mi padre es diplomático. En este momento viven en El Cairo. Así que James, que me lleva nueve años, siempre ha cuidado de mí.
Edward se estaba impacientando. Por lo que había visto, más que cuidar de ella, James la trataba como si la poseyera, como un objeto sin pensamientos ni sentimientos propios.
El coche aminoró la marcha al acercarse a la entrada del museo. Un pequeño frenazo hizo que Bella se viera proyectada hacia Edward. En cuanto se rozaron, el aire se electrificó. Edward bajó del coche casi sin dar tiempo a que las ruedas se detuvieran. Al instante estalló una lluvia de flashes y cuando se volvió hacía Bella y vio su expresión asombrada, lo invadió un instintivo impulso de protegerla. Atrapándola contra su pecho, le protegió el rostro con la mano y se abrió paso entre los fotógrafos. El corazón de Bella latía contra su costado y Edward pensó en lo contradictorio de estar convirtiéndose en un caballero andante cuando lo que pretendía ser era un ángel vengador.
En cuanto entraron en el gran vestíbulo de mármol la soltó. Era evidente que seducirla iba a ser un placer por razones obvias, pero no había contado con la posibilidad de implicarse emocionalmente en sus problemas familiares. No quería conocerla. No quería añadir matices grises a una realidad que era más sencilla en blanco y negro. Bella no era una víctima de los Swan. Era una de ellos. Y seducirla para luego repudiarla no era más que una forma de cobrar una antigua deuda, una transacción más de las que realizaba cada día en sus negocios.
Bella parpadeó al encontrarse en aquel luminoso espacio, que la devolvía del sueño a la realidad.
Había pasado de repartir canapés a huir con un extraño que le hacía sentirse mucho más ella misma que muchos de sus allegados. Íntimamente, habría querido que Edward volviera a estrecharla contra sí, pero ya caminaba varios pasos por delante, y tuvo que hacer un esfuerzo para arrancar los ojos de su ancha espalda y mirar a su alrededor.
La gran sala octogonal en la que tenía lugar la recepción estaba repleta de gente, grandes damas de la aristocracia, nuevos ricos dedicados al mecenazgo y artistas de premeditado aspecto desaliñado. El color dominante era el negro y Bella se arrepintió de haber elegido un vestido que no le permitiría pasar desapercibida.
Edward volvió a su lado con dos copas de champán, indiferente a las cabezas que se giraban a su paso. A Bella no le sorprendió la expectación que despertaba porque para ella era el hombre más atractivo de los presentes, y no porque fuera el más guapo, que lo era, sino porque había algo misterioso en él que le hacía destacar entre los demás.
Las burbujas de champán estallaron en su boca. Estar con Edward rodeados de gente era aún más excitante que el alcohol. La piel le quemaba allí donde él la había tocado, como si su tacto le hubiera dejado marcas indelebles.
Alzó la copa hacia sus labios con mano temblorosa y el cristal chocó levemente contra sus dientes. Edward le rodeó la mano con la suya y preguntó:
—¿Estás bien?
Bella se sonrojó.
—Sí, aunque llevo un vestido inapropiado.
Edward la miró fijamente.
—No estoy de acuerdo. Eres demasiado hermosa y ardiente como para vestir de negro, así que levanta la cabeza y sonríe.
Bella sintió una oleada de placer. Edward la describía tal y como ansiaba ser. Rió.
—¡Qué tontería! Ni siquiera llevo lápiz de labios.
—Mírame —dijo él sin inmutarse. Bella obedeció. Aunque su rostro no reflejaba ninguna emoción, sus ojos estaban velados por una inquietante intensidad. Y entonces, con un íntimo gesto que la dejó perpleja, Edward le masajeó los labios con el pulgar hasta sentir que se entreabrían bajo su tacto—. Ya está —dijo, sonriendo al verla sofocada y jadeante—. Ahora parece que los llevas pintados.
—Gracias —dijo Bella, que se sentía florecer junto a aquel extraño. Bebió y se sintió tan burbujeante como el champán.
Hermosa y ardiente. Sonrió.
—¿Vamos a ver los cuadros? —preguntó, por temor a quemarse con el fuego.
Edward asintió con un gesto seco.
—Supongo que no es tu primera visita —dijo, tomándola por la cintura para protegerla de la gente.
—No, pero la de hoy es diferente.
—¿Por qué?
«Porque estoy contigo».
—Porque es más excitante, más íntima —ante la mirada de curiosidad de Edward, Bella explicó—. Aunque haya toda esta gente, la oscuridad le da un carácter más íntimo.
Edward la guió de la mano hasta la puerta que daba acceso a una gran sala rectangular donde se exhibían las obras. No había más que algunos grupos reducidos, charlando en voz baja.
—No te he preguntado cuál es el título de la exposición —preguntó Bella, para ignorar el palpitante deseo que amenazaba con dejarla sin aliento.
—Cien años de piel —dijo él, dedicándole una de aquellas miradas de acero bajo las que Bella se sentía desnuda—. Está dedicada al desnudo.
Bella miró a su alrededor y comprobó que estaban rodeados de cuerpos desnudos, de pie o reclinados, con aspecto seductor o gesto de indiferencia. Edward le habló al oído:
—¿Por dónde quieres empezar?
La pregunta, deliberadamente ambigua, despeñó en ella un anhelante y temerario deseo. De sus labios escapó un suspiro de rendición.
Edward la tomó por la nuca y se la masajeó a la vez que clavaba en ella la mirada. Bella se entregó a aquella caricia por un instante antes de reaccionar y entrelazar sus dedos con los de él.
—Ven —dijo con voz ronca. Y lo llevó delante de la Olympia de Manel, que les devolvió la mirada con aire retador—. ¿No le parece maravilloso?
En lugar de mirar el cuadro, Edward siguió sus propios dedos acariciando el interior del brazo de Bella.
—¿Qué la hace especial? —preguntó al tiempo que alzaba la mano de Bella hacia sus labios.
Ella, con la respiración entrecortada, tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para concentrarse y apagar el fuego con el que le ardía la piel allí donde él la tocaba. Olympia la miró como si la comprendiera a la perfección.
—Me encanta… —susurró a la vez que abría la mano y Edward le besaba el interior del codo —que a pesar de estar desnuda lleve un brazalete y zapatos de tacón.
Edward alzó la cabeza, miró los zapatos de Bella y musitó:
—Sólo uno. Debe de haber perdido el otro. Continúa.
Bella apenas podía respirar.
—Y casi puedo sentir el roce del chal de seda sobre su piel —posó la mano en la mejilla de Edward y sintió su firme barbilla y la aspereza de su incipiente barba—. ¿A ti te gusta?
Edward sonrió, insinuante.
—Sí.
—¿Por qué?
—Era un prostituta, pertenecía a las clases bajas —dijo, colocándose detrás de Bella quien, al no estar distraída por la visión de sus labios, creyó percibir cierto tono de amargura en sus palabras—. El cuadro fue un escándalo porque era una mujer demasiado real. Los críticos se escandalizaron por la sencillez con la que representaba la sexualidad.
Bella se sobresaltó al sentir sus labios acariciarle el cuello. Edward continuó:
—Me gusta que no muestra temor —siguió la línea de la mandíbula de Bella con sus dedos—, me gusta que parezca poderosa y… —sujetó la barbilla de Bella y le hizo volver la cabeza—, me gusta que su mirada sea idéntica a la tuya en este momento.
Bella contuvo el aliento y, girándose mecánicamente, encontró con sus labios los de Edward en un beso apasionado y ardiente, la gran finóle del crescendo que habían representado las últimas horas.
Las paredes y los cuadros que los rodeaban se difuminaron en una nebulosa de placer al que Bella se entregó con toda su alma.
Se oyeron pasos y el estallido de risas sofocadas al producirse la entrada de un grupo.
Edward alzó la cabeza y miró por encima del hombro de Bella hacía la puerta. A los pocos segundos, una mujer con una acreditación de prensa colgada del cuello, llegaba junto a ellos.
—¿Señor Cullen? ¿Podría hacerle unas preguntas para un artículo que estoy escribiendo sobre la exposición?
Aturdida, sin aliento. Bella se apartó, peinándose el cabello con gesto nervioso al tiempo que recorría la sala contemplando los cuadros. El calor que sentía entre las piernas la quemaba; se sentía poderosa, dispuesta a conquistar el mundo. Desde su adolescencia. James le había presentado el sexo como algo peligroso, que hacía perder el control.
Pero aquella noche Bella sentía que estaba aprendiendo lo contrario. En lugar de tener miedo, se sentía viva. Y por primera vez desde que había despertado en el hospital, se alegraba inmensamente de estarlo.
Se volvió para mirar a Olympia. Edward tenía razón. A pesar de su apariencia tranquila y serena, su mirada hablaba de sexo. Y Bella se sentía igual: sexy, poderosa y apasionada. Y la sensación era embriagadora. El miedo y la tensión que llevaba meses sintiendo la habían abandonado.
Buscó a Edward con la mirada y vio que seguía con la periodista. Deseaba a aquel hombre y James y su terapeuta se equivocaban. No había en ello nada malo. Todo lo contrarío: se trataba de asumir el control de su vida, no de perderlo. Le daba fortaleza, no se la quitaba.
De reojo vio que entraba otro grupo charlando en voz alta. Una de las voces reclamó su atención. Al mirar, palideció. A pocos metros de ella, con expresión divertida, como si intentara contener la risa que le había provocado algún comentario chistoso, estaba Mike Newton.
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Edward empezaba a perder la paciencia. «Unas preguntas» se estaban conviniendo en una entrevista a fondo. Era un experto en separar su vida profesional y personal, así que le irritaba estar hablando de su colección de arte al tiempo que no dejaba de pensar en quitarle el vestido a la mujer que estaba al otro lado de la sala.
El día anterior, al devolverle la chaqueta en la calle, la había desdeñado como una insípida niña rica, y así la había visto aquella misma noche al verla repartir canapés en un discreto vestido negro.
Pero su imagen en aquel momento estaba muy lejos de ser la misma. Con aquel vestido escarlata, su frío estilo aristocrático adquiría una fuerza infinitamente más atractiva. Hacía brillar en ella la pasión que había creído atisbar en el salón de subastas, dándole un irresistible aire inconformista y bohemio.
También cabía la posibilidad de que aquella transformación no se debiera al vestido, sino que se tratara de la Bella de verdad, de la mujer que su convencional y rígida familia intentaba enterrar. A Edward le hacía pensar en una mariposa atrapada.
—¿Puede hablarme de su última adquisición, señor Cullen? —preguntó la periodista con una coqueta sonrisa.
Edward pensó en La Dame de la Croix, y en cómo, de haberse dado otras circunstancias, habría ocupado un lugar entre aquellos cuadros.
—Preferiría no dar detalles —dijo con gesto tenso.
La periodista asintió y miró de reojo en la dirección de Bella.
—¿Y tiene algo que decir de esa otra? Es muy hermosa…
Edward la miró con gesto de enfado y siguió su mirada hacia Bella, que hablaba con un hombre rubio con el cabello alborotado y vestido con el uniforme característico del eterno estudiante de arte: traje negro arrugado y camisa negra abierta.
Algo en su actitud física y en la manera que dominaba el espacio alrededor de Bella puso a Edward en guardia.
—No tengo nada más que decir —dijo a la periodista. Y sin despedirse, caminó hacia Bella y su acompañante.
Mirándolo con más detenimiento, se dijo que ni siquiera era un hombre, sino un joven, guapo e insustancial, tan frágil como una estrella de pop adolescente. Pero Bella parecía pensar de otra manera. Sus ojos lo miraban con adoración… Con la misma fascinación que hacía unos minutos le había dedicado a él.
Edward se sintió poseído por la ira. Había estado a punto de caer en la trampa de la pobre niña rica. Como todos los demás hombres, pensó al ver que el niñato le retiraba el cabello detrás de la oreja en un gesto que evidenciaba intimidad.
Pero Edward se dio cuenta de que lo que sentía no era sólo ira. La ira era al menos un sentimiento puro y estimulante. No. Era mucho más oscuro y siniestro. Sentía celos.
Con amargura, se recriminó haberse dejado llevar por un sentimiento caballeroso y emotivo en lugar de mantenerse concentrado en su objetivo.
Debía sentirse afortunado de que la aparición de aquel jovencito le hubiera devuelto al camino de la venganza antes de que fuera demasiado tarde. Bella Swan no era la mujer inocente que fingía ser, y la historia de su severo hermano no debía ser más que uno de sus trucos para sacar el instinto protector de los hombres con los que coqueteaba.
Era tan lista como hermosa, y había jugado con él como si fuera un muñeco.
En cuanto llegó junto a ellos, Bella alzó la mirada y Edward percibió un brillo en sus oscuros ojos que no supo interpretar.
—¿Podemos irnos? —preguntó fríamente.
—Sí, por favor —dijo ella sin titubear.
Al menos tenía la decencia de fingirse incómoda al ser descubierta coqueteando con otro cuando sus labios todavía llevaban la huella de sus besos. Los sentimientos que eran tan fácilmente transferibles no tenían ningún valor. Edward sonrió con frialdad. Al menos ya no había razón para sentirse culpable.
Bella tuvo que concentrarse para poner un pie delante del otro, y de no haber sido por el brazo de hierro con el que Edward la sostenía, dudaba de haber sido capaz de salir del museo. Fue un alivio alcanzar el exterior y poder respirar el fresco aire de la noche londinense. Edward la condujo hasta el coche. Una vez dentro, cuando el motor ya ronroneaba, ella musitó:
—Lo siento.
El encuentro con Mike la había sacudido porque le había hecho darse cuenta de lo frágiles que habían sido sus sentimientos hacia él. Había estado enamorada de una ficción. Mike no valía nada, pero hasta ese momento no lo había visto con una nitidez tan dolorosa. Porque esa constatación sólo servía para demostrar el sinsentido de todo lo que había sucedido.
Mirando por la ventana, Edward se soltó la corbata.
—¿Por qué? —preguntó con indiferencia.
«Por haber sido una idiota durante cinco meses».
—Siento haber visto a ese hombre. No es más que… alguien que conocí mientras estudiaba arte y…
Edward le cortó.
—No hace falta que des explicaciones.
Bella sintió que se encogía, que moría un poco. Habría querido explicarse, pero ahuyentó esa idea de su cabeza. La situación era verdaderamente absurda: James pagaba una fortuna a una terapeuta a la que no quería contarle nada de sí misma, y sin embargo, estaba deseando abrir su corazón a un hombre al que apenas conocía.
Apretó los dientes y miró por la ventanilla. Quizá lo mejor era olvidar, aunque a veces el esfuerzo la aplastara. Era una batalla incesante, pero al menos aquella noche se había sentido libre durante unos instantes, había conseguido no sentir miedo.
Los faros de un coche con el que se cruzaron iluminaron el rostro de Edward. Bella lo miró de soslayo, avergonzada de la intensidad con la que deseaba que volviera a hacerle olvidar.
—¿Dónde vamos? —preguntó, titubeante.
Edward la miró fijamente.
—Eso depende de lo que tú quieras.
En la penumbra, vio que Bella abría los ojos y entreabría los labios. ¿Estaría pensando en el hombre del museo? No podía saberlo, pero estaba seguro de poder hacer que lo borrara de su mente.
Le tomó la mano y entrelazó sus dedos con los de ella.
—¿Tienes hambre?
Bella sacudió la cabeza.
—¿Estás cansada? ¿Quieres volver a tu casa?
Era una pregunta retórica, pues los dos conocían la respuesta. Bella se sentaba muy erguida, con las manos sobre el regazo, el cinturón de seguridad entre sus firmes senos. Toda ella irradiaba energía contenida. Era como la cuerda de un violín esperando ser pulsada.
—No —susurró finalmente con un hilo de voz apenas audible.
Pero Edward lo oyó, y sonrió. Inclinándose, abrió la mampara que los separaba del chófer.
—Louis al apartamento.
N.A: ¡Ya van a apartamento! ¿Qué harán?
