CAPÍTULO 4: No hay por qué preocuparse
Es una lástima. Es una lástima que no pueda seguir escuchando el discurso televisivo del presidente Snow, porque mamá no lo piensa dos veces: agarra el mando a distancia y apaga la televisión sin dar explicación mas que un simple comentario del todo justificado, soez, y afirmativo a la indirecta formal que nos acaba de comunicar nuestro presidente:
-Ahora nos quieren joder a los icónicos y todo.
Si la situación fuera distinta, si mamá estuviera hablando, por ejemplo, de un partido de fútbol al que no tengo ni el más mínimo interés, o de que el vecino de al lado le ha robado su preciada colección de minerales cuyos estantes empiezan a apestar, le hubiera corregido su tremendo vocabulario malsonante, como "mamá, así no. Tendrías que haber dicho robar, sonsacar, quitar, aporrear, etc. No hace falta que seas tan basta hablando". Y nos hubiésemos reído debido a la gracia de nuestra conversación; hubiese visto la faceta cómica de mi madre, y yo habría dejado en libertad la mía. Pero en lugar de eso, no hay nada más que decir. Nada. La voz de mamá ha sonado tan fría y distante como el silbido de una serpiente –un silbido que, a pesar de su falta de alteración, no puede compararse con el veneno que carga la voz del presidente Snow. Y sin embargo, la situación en si no carece de veneno. Mi pulso ya ha sido inyectado en él. Y de repente tengo que tragar saliva varias veces por si la comida recién ingerida amenaza con regresar a mi boca. Además, necesito que me de el aire...
-Esto ya está por hoy. –Dice mamá, tras levantarse del sofá con decisión. En su mano acarrea el bol de cereales vacío. –Termínate tu perrito caliente, vamos.
Ella se va camino a la cocina, y yo me he dado perfectamente cuenta que apenas me ha mirado a los ojos. Papá también se levanta mientras se enjuga los dedos con un pañuelo. Y aunque al principio boquea como si fuera a decirme algo, tan solo deposita su mano en mi hombro y me da unas palmaditas. Luego sigue a mi madre sin decir nada.
Y entonces, algo sucede; del mismo modo en que sucedería el recorrido del resplandor de una estrella fugaz. Casi impulsivamente, me abalanzo contra la mesa de la salita, llevándome un buen golpe en la rodilla contra el soporte, y capturo rápidamente la mitad de mi perrito caliente que dejé encima. Corro hacia los escalones y los subo de dos en dos, o de tres en tres. Cuando llego dentro de mi habitación, ni me preocupo en cerrar la puerta. Cojo inmediatamente mi ordenador portátil y lo enciendo, sin darme cuenta que mis dedos chorrean un manantial de zumo de color rojizo parecido a la sangre. Aunque no es sangre. Mi perrito caliente se está desmoronando entre mis dedos, y si no me doy prisa será imposible usar el teclado decentemente. Le doy un bocado voraz, pero no consigo masticar. La verdad es que ahora sí que mi hambre ha desaparecido como el vapor.
Me las apaño torpemente para que no ensucie mi ordenador con la salsa. Una vez aparece la imagen de Sherlock que puse en mi escritorio, me meto a Internet y voy de cabeza a Google. Añado la siguiente palabra al buscador, y nunca me he sentido tan absurda, cabeza hueca, ridícula, grotesca…
"Celebridad"
En fin. Creo que no es necesario remarcar lo alabadoramente obvio en este caso. Aunque sigo sin comprender muy bien por qué estoy haciendo esto, cuya finalidad no tiene ni pies ni cabeza. Por un lado, me odio por ello; por otro lado, me tranquiliza el saber que nadie está aquí para tomarme definitivamente por el pito del sereno.
Y de repente, las palabras de Snow regresan a mi cabeza como dardos ponzoñosos: "(…)dos de los tributos elegidos saldrán del grupo de las celebridades." Esto es todo, amigos. Fin del discurso. Se cierra el telón. Mamá apaga la televisión. Se acabó.
Espera un segundo: ¿y si he entendido mal? Y si con "celebridad" lo a que se refería era, por ejemplo, a una persona reconocida especialmente por algo bueno que ha hecho? ¿Alguien que todavía sigue permaneciendo en el anonimato? ¿Alguien normal, como los transeúntes del día a día, a pesar de su reconsideración?
Pero mamá ha hablado de los icónicos, ¿no? ¿A cuantos icónicos conocemos aquí?
Me muerdo las uñas, nerviosa. Definitivamente, hay muchos.
Es imposible contarlos.
Además, se me escapa una barbaridad. La mayoría no los conozco.
Conozco a los de Panem, por los libros y sus biografías…
Le doy clic a la primera opción que aparece en el listado de resultados:
"Celebridad o también fama, es un atributo que se les otorga a aquellas personas que son ampliamente conocidas y reputadas."
Finnick Odair es una celebridad, de eso no cabe duda. Fue el vencedor de los quintos Juegos del Hambre, hace veinte años…
Katniss Everdeen, reconocida actualmente por ganar la medalla de oro en tiro con arco durante los Juegos Olímpicos del Capitolio hace cincuenta-y-cuatro años; reconocida en la ficción como "la chica en llamas", o la mujer que destronó y pateó el trasero de un maquiavélico presidente Coriolanus Snow –dentro de esa ficción, naturalmente. Madre de Misha Mellark y Carl Mellark. Esposa de Peeta Mellark, ganador de la medalla de oro en halterofilia en los mismos Juegos. Ambas celebridades han jugado un papel envidiable tanto en la realidad como en la ficción. Y la gente los alaba por ello.
Esos son los que mejor me sé; los que la gente de mi alrededor reconocen al instante. Pero hay más. Nuestro país es gigantesco:
Finch Scaman, Distrito 5. Fue la ganadora de los terceros Juegos del Hambre y es reconsiderada por la astucia e inteligencia que mostró durante su experiencia como tributo, ya que venció a base de esquivar y sin atacar a ningún participante.
Haymitch Abernathy, Distrito 12. Ganó los primeros Juegos del Hambre. Originalmente no se ha sabido nada más de él, aunque algunas biografías relatan que, tras su victoria, pasó una vida solitaria y alejada de la realidad, similar a la de Finnick Odair. Me pregunto si será verdad.
Me rasco la cabeza. No se me ocurren a más vencedores. Tendría que consultar la red oficial de los Juegos, que remarca los nombres de los diecinueve ganadores que ha tenido Panem en su historia después de los Días Oscuros, pero no tengo ganas de hacerlo. Tras la sucesión de la Guerra de los Reinos, los cuatro vencedores que hubo pertenecen al exterior, aunque ahora soy incapaz de recordar su procedencia. Y no me importa. Porque a pesar de todo, ¿realmente sería capaz el Capitolio de traer a los vencedores de vuelta en la arena para que se mataran entre ellos, después de todo lo que significan para Panem y para los demás reinos? Tal vez sí sería posible contar con Katniss Everdeen y Peeta Mellark, pero dudo que Snow sea tan cruel como para llevar a dos ancianos en la arena. Entonces solo queda la opción que el presidente decida escoger el nombre de sus dos hijos el día de la cosecha.
Me froto los ojos mientras trago el trozo de perrito caliente que llevaba en la boca, y miro con desdén al cachito que todavía me queda. Ahora escucho a mamá gritándome desde el salón. Dice que quiere que baje inmediatamente o me llevaré un sermón de campeonato. Y es que en situaciones como esta, con mi madre no se juega. Me desconecto de Internet, y la fotografía de Sherlock que puse en mi escritorio aparece, como un puñetazo en el estómago, de nuevo ante mí. Antes de apagar definitivamente el ordenador, solo puedo pensar en una cosa, de aquí, el motivo de mi repentina incomodidad:
Sherlock Holmes es muy reconocido en su reino de origen: Deductland. Es un detective famoso por inventar la ciencia de la deducción: investigar y solucionar casos empleando la observación, y de la observación, a la deducción del misterio. Probablemente yo sea la única persona de Panem que conoce a este personaje mejor que nadie en mi país. Pero si hay algo de la que estoy completamente segura, y no hay duda alguna, es que Sherlock Holmes es una celebridad.
Mamá sigue gritándome desde abajo. Le contesto mientras me dirijo corriendo hacia la puerta, pero el nudo que tengo en la garganta amenaza con ahogar mis intentos.
-¿Puedo saber qué hacías ahí arriba? –Me pregunta mamá, con ambos brazos cruzados, cejas muy juntas, mirándome como si hubiera suspendido un curso entero. –¿Pero todavía estás con el perrito caliente en la mano?
Su voz es acechadora. Por una vez me permito pensar que es incluso más hiriente que la del presidente Snow minutos atrás.
-Estaba viendo la…
-¿Estabas viendo qué? –Me grita. –¡No me digas que estabas otra vez de cabeza en el ordenador, Christine, porque si con un castigo no es suficiente, lo será con dos!
-¡No mamá! Estaba viendo la lista de tributos vencedores en los Juegos. –Es la verdad, aunque no del todo la verdad. Tan solo estaba recordando algunos nombres.
-¿Para qué, Christine?
-El presidente ha dicho que escogerán a dos tributos del grupo de las celebridades, ¿no? Estaba repasando los ganadores que tenemos aquí en Panem, por si deciden elegir a algunos de ellos.
Mamá pone los ojos en blanco. Es su reacción cuando digo algo descabellado o infantil. Martha me hace lo mismo, solo que ella siempre me abraza.
-Menuda eres, Christine. Haga lo que haga el Capitolio no es asunto tuyo, ni mío ni de nadie. No podemos hacer nada, así que anda a buscar el postre. –Dice. Y me empuja hacia el pasillo. –Compré gelatina de mango, por si te apetece. Buenas noches.
-¿Ya te vas a dormir?
-Sí. Espero que tú no tardes en hacer lo mismo.
Ahora se va escalones arriba. Mamá está visiblemente mosqueada, pero no sé muy bien si es debido a mi actitud o a otra cosa. Si lo está debido al enunciado televisivo de Snow, entonces no tiene derecho a reprocharme de esa manera, porque estamos en igualdad de condiciones.
Cuando la veo desaparecer por el marco del pasillo superior, grito, con voz alta y clara, segura de mis palabras, y sabiendo que esta vez no estoy siendo absurda con mis comentarios habitualmente poco inteligentes:
-El Capitolio nos está usando, mamá. Si escoge a los vencedores caerá una tercera guerra. ¿Cómo puedes estar tan tranquila?
-¡Ve a por el postre y a dormir! ¡No me hagas repetírtelo, Christine! –Me reprocha desde arriba.
Sí. Incluso ahora hay esperanzas que nunca fallan. Y es que siempre hay que esperar a que mi madre no se toma en serio nada de lo que yo le diga. Aún menos si está picada.
-¿A qué vienen esos gritos? –Pregunta papá, llegando de la cocina con una taza de café humeante. -¿Qué ocurre?
-Nada. ¿Por?
-Estabas gritando.
-Querrás decir estábamos. -Le corrijo.
-Es normal que tu madre te regañe. Deberías haberte terminado eso hace media hora. –Concluye, señalando el perrito caliente de mi mano.
Entonces me lo introduzco entero en la boca, a ver si consigo dejar que me abucheen con lo mismo. Mi padre murmura algo como "tampoco hace falta que te lo comas todo de golpe, bruta". Luego, ignorándole, voy directa a la cocina, abro la nevera, y me sirvo un plato de gelatina de mango, tal y como me indicó mamá. Me como el postre en menos de un minuto. Me enfurece que siempre estén encontrando críticas por todo, maldita sea.
Cuando termino, me meto en el baño y cierro la puerta. Me lavo los dientes apresuradamente y uso el inodoro. Al salir, paso por detrás del sofá donde está mi padre, que ha vuelto a encender la televisión y ahora ve un programa educativo en el que aparecen unos críos mimados que obviamente no les faltará nada en el futuro. Digo mimados porque se ve a tres millas de distancia que son del Capitolio. Sus apariencias no engañan: los niños peinados con la ralla en medio, su cara pintada como si fueran una réplica de un Picasso olvidado; las niñas embetunadas con un potingue que de seguro lo tocas y se te contaminan las manos de por vida, su cabello "decorado" con flores rosas y azules, maquilladas de la cabeza a los pies. Y sus ropas… no hablemos de ellas. Solo sé que moriría de vergüenza si saliera a la calle con eso puesto.
-Está bien esto. –Dice papá, tras darse cuenta de mi presencia. –Habla sobre los niños que estudian todo en casa, tienen a profesores privados que les ayudan en lo que sea, y no tienen que ir a la escuela. La mayoría aspiran a convertirse en artistas. Jóvenes prodigio del arte. Siéntate aquí a mi lado, Chris.
-Tengo sueño, papá. –Miento. Mi único propósito es que no tengo ninguna intención de quedarme aquí viendo este programa que apesta a queso. Encima mamá ya me ha advertido que quiere que vaya pronto a la cama, así que…
-Oh, pues buenas noches, entonces.
-Buenas noches, papá.
Y me dirijo a mi habitación, sin más.
Cierro la puerta, y me dejo caer en mi cama. La ventana sigue abierta, así que tengo un primer plano de la luna y las estrellas. Qué vista tan bonita. Menos mal que mi madre no decidió cerrarla, como siempre hace.
Podría encender de nuevo el ordenador y conectarme en Tumblr aunque sea solo por cotillear. O podría llamar a Martha y discutir qué opina ella acerca de que Snow haya elegido llevar a dos personas célebres en este primer Vasallaje. También podría conectarme en Facebook, a ver si los de mi clase están sacando el tema…
Le doy vueltas al asunto, pero la verdad es que el simple hecho de que mamá se entere que he encendido el ordenador cuando ella me lo prohibió, me da escalofríos. Además, temo despertar a Martha, ya que es posible que esté durmiendo. Por lo que me desvisto a oscuras, guiándome solo por la luz lunar, y me pongo el pijama. Me meto bajo las sábanas y me remuevo, tratando buscar la posición más cómoda. Sin embargo, la incomodidad en mi estómago no va a desaparecer, lo sé. Incluso se me ha pasado la emoción de esta tarde después de que mi padre me comunicara que me regalará ese libro por mi cumpleaños. Hasta ya no me conmueve tanto el regalo que Martha desea hacerme la misma fecha. Todas estas meras ilusiones han quedado atrapadas al final de un túnel negro, muy negro, y con un camino que nunca termina. Porque solo puedo pensar en que si el nombre de Sherlock sale escogido en la cosecha el próximo martes, entonces será la prueba de que todo motivo de mi anterior felicidad habrá sido un simple sueño. Mi mayor temor me ataca sin piedad, y al final dejo que Morfeo me envuelva entre sus brazos, protegiéndome así del peligro real.
(...)
El domingo siguiente transcurre con bastante normalidad, pero me aburro. No salgo de casa en todo el día. Me limito a chatear con Martha Cleverman por el móvil y por correo. Hablamos acerca del enunciado de anoche del presidente Snow. Mi amiga opina que el Capitolio planea una masacre entre los reinos, que están dando el empujón para que la gente vuelva a rebelarse. ¿Cómo? Quitándonos las personas que inspiraron cada una de las naciones de este mundo, mandándolas a los Juegos. Es certero, pero ilógico. Cuando le pregunto a Martha por qué cree que el Capitolio quiere que la humanidad se rebele contra su gobierno, me contesta que no lo sabe, pero que eso es lo que deduce al respeto. Yo tampoco sé qué pensar. Pero por lo que veo, nuestras opiniones son semejantes. Ayer le solté exactamente lo mismo a mi madre e ignoró lo dicho. Por lo menos Martha está siempre dispuesta a compartir nuestra confianza.
-"El Capitolio se hará dueño y señor de la Tierra, Chris." –Me envía Martha.
-"Deja de asustarme. No quiero que vuelva a haber una guerra."
-"Nadie quiere, Chris. Pero al parecer, el Capitolio sí. O son conscientes de lo que podría proseguir todo esto, o son tan tontos e inútiles que les faltan dedos de frente para darse cuenta de lo que están consiguiendo."
-"Ojala fueran tontos. Así habría alguna oportunidad para que los más inteligentes derrocaran su gobierno."
-"¡Bah!"
-"Oye Martha. Anoche estuve pensando en algo…"
-"Dime."
-"¿Y si en la cosecha eligen el nombre de Sherlock?"
Martha no me contesta hasta pasado un momento. Eso empeora mi estado.
-"Eso sería injusto. No creo que tengan permitido escoger a una persona que lo ha sido todo por su nación. Sería más fiable que sacaran el nombre de algún colaborador."
-"¿Qué quieres decir?"
-"No sé. Tú conoces a esa pandilla mejor que yo, Chris."
-"Hm… ¿Te refieres a alguien cercano? ¿Como su amigo John Watson?"
-"Ese sería un buen ejemplo de persona colaboradora. Si van a sacar a alguien famoso de Deductland, sacarían al señor Watson."
-"¡Pero John también es un icono allí!"
-"Dios mío, Christine. ¡Pues no lo sé! Bastante mosqueada estoy hoy. Entre eso y de que ayer estuve cuatro horas dando vueltas por la calle, que si la visita de mi abuela en el hospital, que si tengo que ir a recoger a mi prima en el colegio…"
-"¿Y eso?"
-"Sus padres se fueron a una comida de trabajo. Me reservaron para el papel de niñera."
-"¿Qué tal está tu abuela Elvira?"
-"Se encuentra bien. Todavía está ejercitando sus articulaciones. Pero a parte de eso, ya casi puede actuar independientemente. Tendrías que haber visto su cara cuando me vio ahí delante. ¡Me comió a besos!"
-"Pobrecita. Me alegro mucho que esté bien. Dale recuerdos cuando vuelvas a verla, Martha."
-"Ni hablar. La próxima vez vamos las dos. ¿Okay?
-"Ja, ja. Okay."
-"Tengo que irme. Mi madre quiere que la acompañe a hacer las compras. Ya hablaremos."
-"Adiós, Martha."
Apago el teléfono móvil, y me retumbo en la cama. Desvío la vista hacia la ventana. Qué tranquilidad de día. Puedo escuchar a los pájaros cantar, a las gaviotas graznar, a los coches pasar como si fuera un día tan corriente; como si este año no hubieran unos Juegos planeados, ni nada. Un domingo como cualquier otro. Y aun así la cuenta atrás para el día de la cosecha no se detiene. Cada segundo que pasa en el reloj es un desplazamiento hacia algo malo. No importa qué famosos salgan elegidos pasado mañana. Las vidas de dos de ellos, sean quienes sean, estarán en peligro una vez los escoltas canten sus nombres. Y por primera vez preferiría que salieran escogidos los de Katniss Everdeen y Peeta Mellark. Sé que sueno cruel pensando eso, pero su avanzada edad puede que evite la pérdida de personas más jóvenes con toda una vida por delante. Espero que Snow introduzca sus nombres en las urnas.
Además, tampoco hay necesidad de alarmarse tan pronto. Como dije ayer, el número de celebridades tanto en Panem como en los reinos exteriores es inmenso. La cifra no debe de caber en si. Hay un montón de personas famosas que se me escapan, muchas de ellas las cuales ni conozco siquiera. No contemos solo con Panem y Deductland. ¿Qué hay de Potterland? ¿Y de Glee? ¿Y de Poniente? ¿Y de Tierra Media? ¿Y de Tardis? ¿Y de la Isla Loki? ¿Y de Supernatural? ¿Y de Disney? Todos ellos aguardan un montón de personajes únicos en su especie y que, seguramente, sería una tragedia si algunos de ellos salieran escogidos en la cosecha para la representación de su reino. Sus fans se aporrearían a palos.
Así que no hay necesidad de preocuparse. No aún. No hasta que en verdad sepamos quiénes competirán en la arena. Hasta que no sea martes no hay por qué inquietarse.
(...)
El lunes también es un día corriente. En el colegio paso por lo mismo de siempre: llego a las ocho de la mañana, me dirijo hacia mi clase y me siento en mi pupitre solitario, apartado del resto; aguanto las miradas burlonas de mis colegas y sus comentarios en voz baja para que no les escuche, deseando maléficamente que uno de ellos salga elegido como tributo mañana por la mañana, como una pequeña revancha por todo lo que me están haciendo pasar; presto atención a las explicaciones de nuestro profesor, tomo apuntes y leo sus contenidos; desayuno un bocata en el recreo, sentada en una esquina, ignorando el resto de presencias humanas que tanto detesto y me detestan a mí; cuando suena la alarma a la una en punto, salgo casi la primera entre la multitud, me subo al autobús y me marcho a casa.
Cuando llego, mi madre nos llama para que nos reunamos juntos en la mesa: sopa de pez y ensalada de verduras acompañada por la exquisitez de nuestro distrito: pan salado con su característica forma de pez. Es un manjar que adoro y disfruto con ansia, pero hoy apenas consigo que la comida se deslice por mi garganta.
-¿No tienes hambre, Christine? –Me pregunta mi madre.
-No mucha.
-Son los nervios de mañana. No tienes por qué preocuparte.
-Tu madre tiene razón. –Añade mi padre, dándome unas palmaditas en la espalda. –Tu nombre en una sola papeleta entre mil millones, cuando habrá muchachos y muchachas que tendrán su nombre repetido numerosas veces.
Sé de qué habla, y tiene razón. En otros distritos, especialmente los más pobres, los jóvenes adolescentes necesitan recurrir a la compra de teselas a cambio de suministros anuales. Por cada tesela que obtienes, más posibilidades hay que salgas elegido en los Juegos del Hambre, ya que tu nombre es sorteado estrictamente entre otros. Menos mal que aquí, en el Distrito 4 no hay que proseguir con estos auxilios, ya que no hay día en el que no tengamos un plato de comida en la mesa. Pero lamento a aquellos que sí tienen que pasar por esta calamidad…
-¿Traes deberes? -Me cuestiona mamá.
-No muchos. Matemáticas y biología.
-Pues cuando termines de comer ya sabes lo que tienes que hacer.
Sí que lo sé. Aburrirme con los ejercicios de matemáticas y adormecerme con los de biología. Cruzar los dedos y rezar para que mañana todo salga bien. Para que mi vida no se convierta en una pesadilla si es que Sherlock, o incluso su compañero y amigo, el doctor Watson, salen escogidos en esta edición. Porque moriría si eso sucediera. Porque en caso de que sucediera, eso no solo significaría el suicidio de miles de aficionados y admiradores: sería, también, el final de Tumblr. Y si Tumblr cae, cae también la Tierra.
Da igual: escojan los famosos que escojan, habrán muertes de personas dependientes, de todas formas.
'Pero no hay necesidad de inquietarse con eso. No aún.'
(...)
"Estoy corriendo. Corro como si mi vida dependiera de un hilo. Como si hubiera un portal teletransportador cerrándose a unos pasos más allá y tuviera que atravesarlo para sobrevivir.
Mis pisadas quieren que tropiece. El suelo es resbaladizo como un tobogán. Ha llovido hace poco. Pero no puedo caerme. No puedo dejar que el temor inunda mi mente y que la inseguridad traicione mi cuerpo y mi voluntad.
Tengo que encontrar una escapatoria, un escondite... Una salida con tal de que no puedan seguirme a donde vaya. Si me cojen estoy muerta.
Me llevo un susto escalofriante. Algo consigue que tropiece. Creo que es una cuerda la que me hace caer. ¡Qué desgraciada soy! Mi mentón se golpea contra una roca. La herida sangra. Duele como rayos. Creo que me he roto la mandíbula...
Unos ojos grises me observan desde su altura; unos ojos fieros, que acuchillan mi alma y congelan mi cuerpo como el hielo. La sangre deja de circular por mis venas. No puedo moverme. Quiero atacar, pero no puedo.
Hasta que distingo un cuchillo empuñado en la mano de mi agresor y un látigo en la otra. Sé que mi momento está por llegar en segundos. Sé que no seré yo la que se sienta en el trono del vencedor. Sé que este destino estaba escrito desde el mismísimo principio.
Así que grito y grito hasta que solo experimento un dolor agudo en el pecho. Hasta que no puedo gritar más.
Hasta que muero."
