Los miserables pertenece a Victor Hugo. Yo solo mancillo su obra con temor a que su fantasma me vaya a perseguir por tal osadía.
Capricorn: "Give me some affection, dammit!"
Montparnasse estaba sentado en el asiento del copiloto de su coche, aparcado delante del instituto, con las ventanas completamente bajadas y la música al máximo. Faltaban diez minutos para que Éponine saliera de clase y él, como de costumbre, había llegado antes.
Jugaba con el móvil, para matar el tiempo, cuando recibió un mensaje. Era de la chica, quién, supuestamente, en clase.
*Ponine [14:53]
Quiero que me abraces cuando salga…
Aquello le sacó una sonrisa, aunque cuando vio que se desconecto del chat, dejó de nuevo el teléfono a un lado. Pocas veces Éponine le demandaba afecto de aquella manera, y siempre le pillaba por sorpresa.
Sacó las llaves del contacto, apagó la radio y se puso las gafas de sol, mirándose en el espejo retrovisor, antes de coger el móvil, guardándoselo en el bolsillo del pantalón, junto a las llaves, y salió del vehículo.
Se apoyó en la puerta cerrada del coche negro, viendo como algunos grupos ya salían, aunque todavía no hubieran dado fin oficialmente. Si mal no recordaba, Ponine tenía clase con aquel profesor bastante puntual, por lo que seguramente tendría que esperar a que tocara el timbre, aunque estaba convencido de que su chica tendría ya las cosas recogidas, y que no dejaba de tamborilear el pie contra una de las patas de la mesa.
Vio a Azelma salir de clase y pronto estuvo a su lado tras despedirse de unas amigas.
— ¿Sabes si le ha pasado algo a tu hermana? —Al ver la cara de la pequeña, Parnasse siguió hablando. —Me ha enviado un mensaje ahora mismo.
—Ni idea. Cuando la vi en el descanso estaba como siempre. —Abrió la puerta de atrás del vehículo, y dejó la mochila dentro para luego entrar y sentarse.
El muchacho puso los ojos en blanco y sacó del bolsillo un cigarro que se encendió. Desde que Éponine había empezado a salir con el moreno, se había convertido en costumbre que Parnasse recogiera a ambas hermanas; porque Éponine no iba a disfrutar de un viaje en coche, y dejar que su hermana volviera a casa andando.
Nuevas oleadas de alumnos salieron, mientras Montparnasse tiraba la ceniza del cigarro al suelo. Finalmente tocó la campana de clase, y Ponine no tardó en salir. Iba apretando el paso, aunque cuando vio a su novio, salió corriendo para abrazarle, con más fuerza de la que Parnasse había imaginado, logrando que se tuviera que apoyar en el coche.
— ¡Cuidado con el cigarro! —Tiró el cigarro, para luego pisarlo, mientras le pasaba un brazo por la cintura. —A ver, ¿qué te ha pasado?
—Tenía ganas de abrazarte, ¿acaso es un delito? —Murmuró ella sin soltarle.
— ¿Te ha bajado la regla?
— ¿Eso es lo único que se te ocurre decirme?
Aquello le volvió a sacar una risa a Montparnasse, mientras le besaba el pelo. Sí, sin duda le había bajado la regla.
—Anda, móntate en el coche. Hoy cocino yo.
Y esa corta frase de tres palabras bastó para que a Ponine le cambiara el rostro.
