Hola! :) siento mucho el retraso, etc.
Además, este capítulo es bastante corto... pero mi cerebro iba a derretirse si tenía que seguir escribiendo y estudiando.

¡Espero que os guste, de todas formas!


Capítulo 4 – Nada es lo que parece ser

-Narra April-

Perfecto, una fiesta.

Me había subido a la moto de un desconocido y me había dejado arrastrar hasta un local de mala muerte en Queens, uno de los peores barrios de Nueva York (hasta yo, que era de Los Ángeles, sabía eso).

-Dan, esto… quizá deberías devolverme a casa –murmuré, mientras que él se quitaba el casco y bajaba de la moto. Me lanzó una mirada.

-¿Estás loca? ¡Ahora es cuando empieza lo bueno!

-Pero mi prometido se va a preocupar; me he ido sin decirle nada –repetí.

-Por algo te habrás ido en primer lugar, ¿no?

El momento de la pelea se repitió en mi cabeza, haciendo especial énfasis en las peores partes, como la aparición de la chica y el momento en que Nick me dijo la maldita frase: "Tú sólo te limitas a seguirme a todas partes y ya está".

-Está bien –cedí. –Vamos dentro.

Dan me cogió de la mano y tiró de mí hacia el local. El vigilante de la puerta ni siquiera nos paró, sino que sonrió brevemente a Daniel y cogió la botella de Vodka que llevábamos como prenda; luego nos dejó pasar. La música estaba muy alta, quizá demasiado, y la gente se amontonaba alrededor de un pequeño escenario, donde un grupo tocaba para su público. El olor a colonia, cerveza y sudor se entremezcló a mi alrededor, pero ahora ya estaba dentro; no había forma de salir y arrepentirse.

-¿Qué te apetece beber? –me gritó Dan por encima del barullo. Me lo pensé. Quería acabar tan borracha que tuvieran que llevarme a rastras a casa. Así Nick se daría cuenta de que no, no era yo la que iba detrás de él como un perrito faldero.

-Vodka –con sólo uno de esos ya tendría problemas para articular las palabras –. Con limón –añadí. El vodka solo era como alcohol de quemar, y mi nivel de desesperación no llegaba tan lejos.

Dan alzó las cejas, como sorprendido por mi elección. Luego, se adentró entre el grupo de gente que se agolpaba contra la barra, dejándome allí sola.

El grupo no estaba mal, así que intenté prestarles atención durante unos segundos, sumergiéndome en la música, olvidándome de los ojos marrones de Nick. No estaba tan mal que me tomara una noche libre de mi esclavitud, ¿no?

Un segundo, ¿ESCLAVITUD? ¿De verdad era eso lo que suponía mi compromiso con Nicholas? Sacudí la cabeza, intentando olvidar y centrarme en la música otra vez.

-¡Aquí tienes! –una mano me cogió del brazo. Con una enorme sonrisa, Dan me tendió mi vaso –te van las bebidas fuertes, ¿eh?

Di un largo trago y después asentí brevemente. Aún no tenía ni idea de qué estaba haciendo allí, pero ya que estaba, me lo iba a pasar bien. Dan me sujetó el vaso un momento, mientras me quitaba la chaqueta, que me estaba matando de calor. Después, volví a coger mi bebida y le tendí mi chaqueta.

-Guárdamela –le dije. Él me miró extrañado, pero poco me importaba.

Me acabé el vodka de un trago y le devolví el vaso a mi acompañante. Y, por fin, me giré y entremezclé entre toda la gente, dispuesta a bailar hasta que mis pies se desintegraran.

Algunos me lanzaron miradas confusas, quizá porque iba demasiado arreglada para un concierto en un local cutre de Queens, pero me daba igual. Cerré los ojos y dejé que la música me invadiera (y el alcohol también, la verdad). Bailé y bailé hasta que la música paró de golpe, seguida de los aplausos y gritos de todo el público. Abrí los ojos para ver qué estaba pasando. ¿No irían a acabar la fiesta ya, verdad?

-¡Gracias a todos! Ahora os dejamos con vuestro grupo favorito, ¡The Weak Line!

Se oyó una ovación. El anterior grupo salió rápidamente del escenario, mientras que cuatro chicos los sustituían. No me habría esperado ver a quien vi como cantante principal.

-¡Buenas noches a todos! –gritó Dan. Su público enloqueció –. No quiero enrollarme con palabras, dejemos que la música hable por nosotros –más gritos. Él esperó a que se calmaran –hay alguien aquí esta noche a quien quiero impresionar… ¡así que echadme una mano!

Clavó su mirada en mí, haciendo que el grupo de gente a mi alrededor se quedaran mirándome también. ¿Dónde me había metido? De cantante a cantante y tiro porque me toca. Quise dar la vuelta y salir de allí, pero algo me lo impedía.

El batería empezó a tocar, seguido de los chicos con guitarra y bajo. Me fijé en que Dan también tocaba la guitarra, además de ser el cantante principal. Su voz sonaba demasiado sexy, y, aunque las letras de las canciones eran nuevas para mí, de alguna manera conecté con ellas.

Quizá por el efecto del vodka o puede que fuera la euforia, me encontré a mí misma bailando y saltando como el resto de la gente, mirando de vez en cuando a Dan para asegurarme de que no me había imaginado que ese pelmazo de chico era el sexy con la guitarra. Y es que, estaba segura de que cualquier chico con una guitarra en la mano sería sexy.

No es que Dan fuera feo (porque la verdad era que era muy atractivo), pero se suponía que yo no debía estar por ahí contemplando muchachos… sin camiseta. Se oyeron gritos entre el público, seguramente de las grupies locas por sus huesos. Me encontré a mí misma lanzándole una mirada de odio a una de ellas. En serio, sólo le faltaba restregarse contra él como si fuera un perro en celo.

-¡Buenas noches a todos! –exclamó Dan al final de la octava canción –. Esperamos que os haya gustado y, ¡esperamos veros pronto!

Me miró fijamente y me guiñó un ojo. Entré en pánico: estaba cubierta de sudor y seguramente mi cara no estaba en las mejores condiciones. Corrí al cuarto de baño de las chicas, que, como es habitual, estaba llenísimo.

Es como si las mujeres tuviéramos el don de la coincidencia: todas corremos a los aseos para ver qué tal estamos cada cierto tiempo. Quizá una hora, o puede que dos si estás muy segura de ti misma.

A lo que iba, conseguí abrirme paso hasta el espejo y comprobé que mi cara no estaba en muy mal estado. Bueno, la verdad es que hice un gran esfuerzo, porque mi vista empezaba a doblarse. Ya decía yo que el vodka no era nada bueno.

-Señorita, ¿está usted lista? –gritó Dan desde la puerta, con una sonrisa de lado. Todas las chicas se le quedaron mirando, a punto de caérseles la baba.

¿Era posible que, con tantas fulanas por ahí interesadas en él, Dan se hubiera fijado en mi?

-Daniel, me dijiste que me llamarías. ¿Has perdido mi número? –una tipa se acercó a él. O controlaba su escote o iba a tener un serio problema de cobertura (no, no me refiero a la del móvil).

Él puso su cara sexy (¿alguna vez no tenía una cara sexy?).

-Lo siento, cariño. He estado un poco ocupado trabajando, escribiendo y esas cosas –le dijo, deshaciéndose de su agarre sutilmente. Resoplé por lo bajo.

Estaba enfrente del típico conquistador. Y no iba a ser tan tonta como para caer en sus trucos.

-Vámonos –repliqué, caminando al lado suya sin apenas mirarle. Lo cierto era que estaba teniendo serios problemas para caminar en línea recta. O eran los tacones o era el alcohol.

-Siempre con prisas –dijo él con voz divertida, siguiéndome de cerca –. Escena primera: Cenicienta sale del baile a toda prisa… y pierde un zapato.

Efectivamente, mi zapato se había quedado en la puerta de los baños, aunque yo ya estuviera a medio camino de la salida. Le miré confundida.

-Pues cógelo y tráelo. Quiero irme a casa.

Dan lanzó un par de despedidas al camarero del local, además de a los demás miembros de su grupo. Luego, me siguió obedientemente. No se me pasó por alto la mirada de complicidad que el vigilante le lanzó cuando tuvo que sujetarme por la cintura para evitar que me cayera al suelo. Me enderecé, orgullosa.

-No va a pasar nada entre nosotros, así que borra esa sonrisita de tu cara –espeté, apartándome de él ligeramente. Dan alzó los brazos, como declarándose inocente.

-Nadie ha dicho que yo quiera que pase algo –respondió.

Le miré, ofendida.

-¿Cómo que no? ¡Cualquiera querría tener un lío conmigo! –miré al vigilante -¿verdad que sí? ¿A que tú querrías?

Me colgué de su cuello, a la desesperada. La bebida definitivamente me soltaba por completo.

-Claro que sí. Apuesto a que ese vestido queda mejor en el suelo de mi habitación.

-Ya vale, Romeo –intervino Dan, cogiéndome rápidamente y separándome del vigilante –. Mantén tus zarpas alejadas de ella.

-Es cierto –dije, intentando ponerme derecha –nadie quiere meterse conmigo ni molestarme porque mi prometido tiene… tiene un guardaespaldas más grande que un armario.

Dan resopló, cogiéndome en brazos. No me había dado cuenta, pero había acabado en el suelo y gritándole al vigilante. Menudo avance, April; primero te cuelgas de su cuello y luego le amenazas. Alguien debería haberme dado un premio por esa noche.

-Mejor te llevo a casa –dijo Dan, llevándome hacia su moto. El problema era, ¿cómo podría hacer todo el viajecito si tenía que cogerme a él? Estaba completamente segura de que iba a ser imposible tal tarea en mi estado.

-No, no, no –respondí acelerada –no me lleves a casa. Bueno, sí. Pero a mi casa de verdad. Llévame a Los Ángeles.

Había empezado a llorar como una idiota. Dan me miró fijamente.

-No puedo llevarte a Los Ángeles –dijo, secando con su mano mis lágrimas. Me miró dulcemente –iremos a mi casa –; vio que estaba a punto de protestar, así que añadió –: sólo hasta que te calmes y te encuentres mejor.

-Pe-pero mi prometido… Nick estará preocupado –murmuré. Me estaban entrando ganas de vomitar, así que mejor era que me quedara callada.

-¿Verdad que no quieres que él te vea así? –me dijo. Negué con la cabeza, volviendo a llorar –pues mañana, cuando estés mejor, irás con tu prometido.

Su forma de decir "prometido" sonó rara. Pero yo no dije nada más, sino que me limité a cerrar los ojos y dejar que él se ocupara de mí.

-Narra Liz-

Se podría decir que Joe y yo salimos de aquel hostal de mala muerte casi corriendo y hasta que llegamos al súper lujoso Ritz no paramos.

-¡Por fin! ¡Esto es vida! –exclamó Joe al ver la enorme cama en nuestra suite presidencial. Era casi como un apartamento, comparada con nuestra antigua habitación.

Joseph se dejó caer sobre la cama, soltando un suspiro. Luego, se reincorporó y dio unos golpecitos a su lado, como pidiéndome que me uniera a él. Me reí brevemente, porque su cara era demasiado graciosa, y me acerqué tal y como él quería.

-Pues la verdad es que voy a echar de menos a nuestras señoras de la noche –murmuré, después de besarnos un rato.

-Cuando quieras nos pasamos a hacerles una visita.

Sonreí.

Y justo en ese momento, llamaron a la puerta.

-¿Has pedido algo? –le pregunté a Joe. Me miró confundido, negando con la cabeza –yo tampoco.

-Seguramente vienen a echarnos del hotel. Creo que no tenemos buena suerte en este viaje, Galletita.

Se levantó rápidamente, corriendo hacia la puerta.

-¿Si? –preguntó, sin abrir. Desde la habitación no pude oír la respuesta del que estaba fuera, pero Joe dejó escapar un gritito.

-¡Ho-hola! ¿Qué haces tú aquí? –oí a Joe. Me estaba alarmando.

La posibilidad de que alguna lagarta ex - novia estuviera en Tokio era baja, ¿no? Empecé a ponerme nerviosa.

-Me han pedido que promocione el programa por aquí y… bueno, he oído en recepción que Joe Jonas estaba en el hotel, así que ¡claro que tenía que venir a verte! –esa voz… el corazón se me fue a la garganta.

¿QUÉ NARICES ESTABA HACIENDO DEMI LOVATO EN TOKIO? ¡En nuestro hotel! ¡Hablando con mi novio! (su exnovio, por cierto). Salté de la cama y corrí hacia la puerta.

-Ah, ¡no sabía que estabas acompañado! –exclamó Demi, dirigiéndome una sonrisa –eres Liz, ¿verdad?

Demi Lovato sabía quién era yo.

Ahora podía morirme tranquila.

¿Pero qué estaba diciendo? Ella debía ser mi enemiga. Borré mi expresión de loca embobada y forcé una sonrisa.

-Ho-hola, Demi. Sí, soy Liz –inmediatamente, ella se acercó para darme un abrazo.

-¡Tenía muchas ganas de conocerte! –me quedé parada –siento no haberme pasado por tu zona antes, es que… bueno, he estado en rehabilitación y eso… quería centrarme en mis problemas antes de volver a la rutina.

-Ya… me enteré. Me alegro de que estés mejor –sonreí.

¿Era esa la situación más extraña de toda mi vida? Estaba segura de que sí, o al menos era una de las más destacadas.

Joe contemplaba la escena con los ojos como platos, con esa sonrisa suya tan rara que le sale cuando la fuerza, enseñando los dientes. Estaba segura de que su mente iba a mil por hora, intentando averiguar qué iba a pasar a continuación.

-¿Tenéis planes para esta noche? –preguntó Demi, sonriendo como siempre.

Sí, pienso raptar a Joe y atarlo a la cama.

-Eh… no –contesté. Ella pareció estar a punto de explotar de alegría.

-¡Entonces podemos cenar juntos! En el restaurante del hotel hacen un sushi estupendo. Estoy segura de que te gustará, Joe –le dijo, lanzándole una mirada, como si recordara los viejos tiempos.

¿Por qué tenía ganas de asesinar a Demi Lovato? Lo cierto era que siempre me había caído bien, incluso la idolatraba… hasta que empezó a salir con Joe. Y después… bueno, intenté no pensar mucho en ella, ya que Joe era en realidad todo lo que me importaba.

-Seguro que no es mejor que el de ese restaurante tan bueno en Los Ángeles… no me acuerdo del nombre –respondió Joseph, al parecer ya más animado –. Sí, ese que nos gustaba tanto.

Carraspeé ligeramente, como dándole a entender que mejor dejara los recuerdos del pasado y se centrara en mí, su nueva y actual novia. Joe me miró, nervioso.

-Eh, la verdad es que esta noche habíamos pensado cenar en la habitación… ¿cuándo te vas? –espetó Joe, quizá demasiado directo. Demi pareció darse cuenta de la incómoda situación.

-Mañana por la noche –dijo, triste.

-No pasa nada, seguro que nos veremos en Los Ángeles cuando todos hayamos vuelto –le dije, intentando animarla. No pensaba quedar con ella en la vida. Cuanto más alejada estuviera de mi novio, mejor.

-Sí, claro –sonrió de nuevo – ¡entonces me voy ya, que paséis un buen día!

Y se fue tal cual, cerrando la puerta tras de sí. Un silencio invadió la habitación, mientras que Joe y yo seguíamos plantados en nuestras posiciones.

-Así que… -empezó él.

-… Demi Lovato –acabé yo. Nos miramos fijamente.

-Esta va a ser una situación extraña –murmuró.

Y tanto que lo iba a ser.

-Narra Kevin-

Notaba a Summer rara, pero imaginé que serían los nervios por el viaje. Aunque, si ya había estado en Paris antes, ¿por qué estaba tan inquieta? La miré de reojo, mientras esperábamos a que recogieran nuestras maletas.

Acabábamos de aterrizar en París, la ciudad del amor, y me moría de ganas de empezar nuestro tour. Iba a ser una de las pocas veces en que había podido ir simplemente de turista, sin mil personas alrededor. Era la primera vez que iba a ver París decentemente.

-¿Podemos darnos prisa? –Summer me susurró. Algo extraño le pasaba.

Llevaba una gorra, con la visera tan bajada que no se le veía la cara. Además, llevaba su precioso pelo rubio recogido en una coleta, y un pañuelo al cuello tan grande que casi le cubría hasta la nariz. La miré extrañado.

-¿No tienes calor? –le pregunté, también en voz baja. Había algo gracioso en toda la situación. Ella me miró tímidamente desde debajo de la visera.

-Eh… no. Creo que me estoy constipando. Cuanto antes lleguemos al hotel, mejor –respondió.

-No habremos venido a París para quedarnos dentro de la habitación del hotel, ¿verdad? –le dije. Ella se encogió de hombros.

-No puedo ir por ahí con fiebre de 40 grados –dijo. Sacudí la cabeza, pero me quedé callado.

No era tonto; estaba seguro de que me ocultaba algo. Pero, ¿y si se lo decía y ella se molestaba? No quería que pensara que yo desconfiaba de ella.

Un coche con cristales oscuros nos esperaba en la puerta, así que nos acercamos con paso ligero hasta allí, dejando que el chófer se encargara de las maletas. De pronto, una masa de gente pasó por nuestro lado. Eran tantos, que acabamos a empujones entre todos… desatándose la catástrofe.

Al parecer, alguien empujó a Summer, haciendo que su gorra se cayera al suelo y su pelo se soltara, brillando al sol. Ella abrió sus ojos azules de par en par, alarmada, apresurándose para recoger su gorra.

Pero era demasiado tarde.

-¿Eres… eres Summer Edwards? –una chica exclamó por detrás de mí. La miré confundido.

-Eh, no. Te equivocas de persona –murmuró mi novia, volviendo a colocarse la gorra.

Rápidamente, abrió la puerta trasera del coche y se metió sin mirar atrás.

-¿Vamos, Kevin? –me dijo desde dentro. La chica que la había… ¿reconocido? Seguía parada delante nuestro.

-Sí, claro.

Algo raro de verdad estaba pasando y me moría de ganas de saber qué era.