Muchísimas gracias a Loredi por regalarme tanto de ella y de su valioso tiempo.
Capítulo 4
El jefe del Departamento de Finanzas. Era de Draco Malfoy de quien estaban hablando.
Por un miserable y vergonzoso instante, Harry lo consideró. De verdad. Apretó los labios, desvió la mirada de su jefe para clavarla en un punto indefinido en su oficina y planeó cómo lo haría. Pudo ver en su mente el desarrollo y el resultado de aquella misión y hasta saboreó por adelantado la que podría ser su justa venganza: seducir a Malfoy para obtener un beneficio y, por supuesto, hacérselo saber después para humillarlo y demostrarle que para él ese encuentro tampoco había significado nada (aunque no fuese cierto). Después de todo, le gustaba Malfoy. Mucho. El trabajo podría ser… placentero, tal como Robards se lo había insinuado. Y no sólo por el sexo, sino porque sería la revancha perfecta.
Sin embargo…
Harry cerró los ojos durante un momento, luchó para sobreponerse a ese resentimiento que le nublaba el juicio y la idea mezquina de vengarse se largó de su mente tan rápido como había llegado. Él se conocía y sabía que por más furioso que estuviera con Malfoy, por más menoscabado, rechazado e infeliz que se sintiera por su culpa, jamás podría jugársela de aquel modo.
Harry podría ser el hijo de puta más grande del universo, pero no era la puta de nadie. Ni siquiera la de él mismo.
Decidido, miró a Robards a los ojos al mismo tiempo que negaba lentamente con la cabeza. Robards lo miró incrédulo.
—Disculpa, Harry… ¿Me parece que estás diciéndome que no? —preguntó su jefe con una voz discretamente amenazante que Harry pocas veces le había escuchado—. ¿Ni siquiera lo pensarás un poco? ¿Ni por el hecho de que sería un pago justo para reparar un daño que tú mismo has colaborado a causar?
Indignado, Harry abrió la boca otra vez. Le parecía tan injusto que Robards le estuviese mandando a hacer algo tan horrible, y todo por un estúpido baile, que ni siquiera encontraba las palabras correctas para comenzar a explicarlo. Se sentía enfermo y acorralado; había comenzado a sudar frío y a sentir náuseas. No dejaba de preguntarse si acaso estaría teniendo una horrible pesadilla y si podría despertar en su cama a salvo en cualquier momento.
—Yo… —comenzó y se detuvo. No quería decirle "no" abiertamente a su jefe; tendría que darle la mejor de las excusas. Así que le soltó—: La verdad es que yo conozco a este mago y… créame, jefe, él y yo jamás podremos llevarnos bien. Éramos compañeros en el colegio y siempre fuimos enemigos jurados. El nuestro es caso perdido.
Robards empalideció y se quedó callado como si no supiera qué más decir. Después de unos segundos tras los cuales Harry había comenzado a confiar en que el hombre se retractaría de aquella locura, Robards habló de nuevo:
—Vaya, este escenario sí que no lo esperaba. Jamás lo hubiera imaginado, aunque es lógico que se conozcan, ya que son aproximadamente de la misma edad.
—No aproximadamente —lo corrigió Harry en voz baja—. En realidad, somos de la misma generación.
—Ah, ya veo. Y, dime Harry… ¿este mago y tú no se llevan bien por alguna razón en particular?
Harry suspiró discretamente. Esa conversación no sonaba precisamente como una retracción de parte de Robards, pero se le parecía. Se sintió más seguro y esperanzado de que su jefe se olvidara del asunto, así que para convencerlo decidió hablarle con la verdad. O al menos, con una parte de ella.
—En el colegio estuvimos en casas rivales. Ya sabe usted cómo es en Hogwarts. —Se calló mientras pensaba en cuáles habían sido las verdaderas razones por las que él y Malfoy se llevaron mal desde el principio. Haber sido de casas rivales no era el auténtico porqué. ¿Qué había sido entonces?
Intentó recordar.
Eran varios los motivos. No sabía de parte de Malfoy, pero de la suya había sido el hecho de que, apenas al conocerlo, el rubio le había recordado a la persona que más detestaba en aquel momento: a su primo Dudley. Horrible. Luego, Malfoy se había expresado mal de sus nuevos amigos: primero de Hagrid y después de Ron. Imperdonable. Finalmente, como para ponerle la cereza al pastel, Malfoy había resultado sorteado en Slytherin, la "maligna casa" de la que todos le habían hablado pestes a Harry apenas entró al mundo de la magia. ¿Ser amigo de un Slytherin? Imposible.
Con esos antecedentes, de ahí en adelante todo había sido coser y cantar para que su "relación" fuera de mal en peor. Cada año. Cada vez más. Hasta llegar al punto donde Harry había estado a punto de asesinar a Malfoy.
Se estremeció al recordarlo. Qué infantiles le sonaban ahora todas esas razones. Se dio cuenta de lo estúpido que siempre había sido tratándose de Malfoy.
—Y luego, yo… —comenzó— Yo no soportaba la manera en que se metía conmigo y mis amigos. Parecía determinado a causar problemas a todos los que tenían algo que ver conmigo.
Robards se rió entre dientes.
—Bueno, Harry, en aquellos años el hombre era un niño, ¿cómo es posible que le guardes rencor aún? Además, apostaría a que tú no eras tan inocente, ¿eh? Conociéndote, puedo asegurarlo —Robards le dedicó una mirada significativa y Harry frunció el ceño—. ¿Qué fue lo que le hiciste tú para que estuviera tan enojado?
Buena pregunta. ¿Por qué Malfoy había detestado a Harry desde el inicio?
Harry lo meditó y trató de ponerse en los zapatos de aquél. No era fácil, pero si algo le quedaba claro era que lo que fuera que hubiera enfurecido a Malfoy no había sido algo que hubiese pasado, dicho o hecho antes de que éste quisiera darle la mano en el expreso de Hogwarts, obviamente. ¿Entonces?
"Que no le diste la mano, obviamente."
—Me odia porque lo dejé con la mano extendida y no se la estreché. Porque no quise ser su amigo —dijo en un repentino golpe de inspiración, más para él mismo que para Robards. Pero éste lo escuchó fuerte y claro.
Harry dirigió sus ojos hacia Robards y se aterrorizó al verlo sonreír ampliamente y dar un aplauso que, en aquel silencio matutino de su oficina, había sonado tan alto y antinatural que lo hizo pegar un respingo.
—¡Pero Harry, esas son noticias fabulosas! —exclamó Robards y Harry lo miró con horror. Toda esperanza de que el hombre desistiera de aquella tontería, se desvaneció—. ¡El honorable jefe del Departamento de Finanzas siempre quiso tener tu amistad! ¡Nada más sencillo que eso! ¡Hazte su amigo, arregla esas diferencias pueriles que tienes con él y convéncelo sutilmente de que tu Departamento necesita que el baile se realice! ¡Siendo tu nuevo-mejor-amigo, el hombre no podrá negarse!
Harry meneó la cabeza y se sostuvo con ambas manos del escritorio de Robards. De repente las nauseas habían aumentado y con ellas, una preocupante debilidad y desesperación.
—¡No, no, jefe! No es tan sencillo, créame. Es que hay más…
Se calló. Por supuesto que no iba a contarle a Robards lo que había pasado entre Malfoy y él el día anterior. ¿En qué demonios estaba pensando?
—¿Más qué? —le preguntó Robards todavía muy contento y luciendo como si hubiese dado con una solución infalible para evitar la extinción de todo animal mágico y no mágico en el mundo. Como Harry no respondió, continuó hablando felizmente—: ¡Oh, Harry, no tienes idea del peso que me quitas de encima! ¡El jefe de Finanzas, tu amigo! ¡Eso nos sacará de tantos apuros! Y a ti, te salvará de irte suspendido.
—¿Qué? —jadeó Harry.
—Ah, nada de lo que debas angustiarte, muchacho —dijo Robards moviendo la mano con un gesto impaciente—. Son sólo esas estúpidas quejas que no cesan de llegarme acerca de tu conducta. Gente con muy poca tolerancia que se molesta porque fumas y realizas actos que atentan contra la moral en lugares públicos. Las últimas semanas han estado presionando un tanto… insistentemente. Nada importaría si no fuera porque el mismo ministro en persona me ha pedido que comience a tratarte con mano dura para que te comportes con más decencia. De acuerdo a tu rango, dice. Pero si tú me ayudas con este pequeño favor, te daré unos días de vacaciones y le diré al ministro que te has ido suspendido. Y así, no tendré que castigarte mandándote al archivo durante tiempo indefinido.
Harry no podía cerrar la boca. Y pensar que apenas un minuto antes había creído que aquel horrible asunto terminaría bien para él. Robards, por su parte, continuó alegremente como si estuviese hablando con Harry del color que había elegido para la túnica que llevaría al baile.
—¿Y sabes qué es lo mejor de todo esto? Que sé de muy buena fuente que el ministro tiene en muy alta estima a este joven, el director de Finanzas. Estoy seguro de que si te haces su amigo, él te ayudará para que el mismo ministro haga caso omiso de las quejas que le llueven por culpa tuya. ¡Qué barbaridad, nunca vi un asunto en el que todos saliéramos ganando! Negocio redondo, diría yo. Ahora, vete a trabajar, Harry. Yo te llamaré cuando sea la hora de tu triunfal regreso a la vida de tu nuevo amigo.
Harry salió de la oficina de Robards tan aturdido que no alcanzaba a comprender en dónde había estado su error. Se largó a trabajar mientras intentaba consolarse en el hecho de que él no le había prometido nada a Robards, por lo que en realidad no tenía que mover un dedo con Malfoy. Pero, ¿en verdad Robards sería tan desgraciado como para cumplir la amenaza de suspenderlo o, peor, mandarlo a trabajar indefinidamente al archivo?
Le dieron escalofríos sólo de imaginarse pasando sus días encerrado entre pergaminos en vez de salir a campo. Moriría lentamente de aburrimiento. Pero, ¿qué podría hacer para impedirlo? ¿Persuadir a Malfoy de dar el dinero para la maldita fiesta? Tendría que ser lanzándole un imperius, porque Harry estaba segurísimo de que jamás se dejaría seducir por él. Ja, y mil veces ja.
Conforme pasaban las horas de ese día, Harry sospechaba cada vez más y más que ese cuento de "las quejas en su contra" tal vez era falso y que sólo se trataba de una jugada muy chueca de su jefe para conseguir sus estúpidos propósitos y no sentirse deshonrado. Asimismo, Harry no paró de pensar que Malfoy tenía la maldita culpa de todo eso por ser un tacaño y no autorizar aquel malhadado Baile Anual.
Al mediodía, Harry se sentía tan furioso con las injusticias del mundo que decidió no ir a la cafetería a almorzar porque sabía que si veía a Malfoy ahí como siempre, con su carota de indiferencia escondida tras El Profeta, no iba poder soportarlo.
Terminaría con lo que casi había conseguido en su sexto año: matar a Malfoy de un certero zarpazo mágico.
Robards mandó por él a las tres de la tarde, librándolo de una sesión de llenado de papeles en la que se había enfrascado con el pretexto de estar cerca de Dennis para coquetearle abiertamente. Harry no tenía tiempo ese día, pero confiaba en poder desahogar algo de su reciente frustración sexual con aquel niño tan bonito apenas se presentara la oportunidad. El constante sonrojo y mirada brillante del chico le indicaban que llevaba todas las de ganar; sólo era cuestión de encontrar el momento justo y el lugar ideal.
Una vez en su oficina, Robards (tan feliz que parecía resplandecer) le explicó a Harry qué era lo que el jefe de Finanzas necesitaba cada vez que salía en misiones oficiales y por qué era que requería un auror guardián que le hiciese compañía. Robards, ignorando la cara de asco que Harry tenía, le repitió que Malfoy era un gran consentido del ministro y que éste estaría feliz con Harry si se desempeñaba satisfactoriamente en la protección de tan notable caballero. Lo mandó a limpiarse y, barriéndolo con la mirada con un gesto de reprobación, le recomendó que para la siguiente ocasión portara prendas muggles más elegantes.
Harry, sin poder creer en lo sucio que la vida jugaba con él, se largó a las duchas de los aurores donde, sin tener ganas de bañarse realmente, sólo se aplicó algunos encantamientos para limpiarse la ropa y la piel. Ni siquiera intentó peinarse; tenía el presentimiento de que sus greñas alborotadas molestaban de alguna forma a Malfoy, por lo que incluso se las desordenó más. Antes de salir de las duchas, se quedó prendido de su reflejo en el espejo, el cual un día antes le había devuelto la imagen de un hombre atractivo y seguro. Ese día, en cambio, Harry se sentía apenas como una sombra de todo lo que había sido apenas veinticuatro horas antes.
Era increíble cómo el rechazo de la única persona que le había interesado en todos esos años lo hacía sentir ahora como un despojo humano.
—Nada de qué preocuparse, auror —le habló el espejo—, eres tan guapo que cortas el aliento.
Harry, todavía mirándose fijamente, resopló irónico. ¿Guapo? Él sólo veía ojeras, desesperanza y una autoestima hecha trizas.
El espejo, que parecía haberse entrenado en algún curso de mierda para asegurarse de que todos los aurores dejaran las duchas sintiéndose poderosos e invencibles, insistió:
—¡Lo digo en serio, auror! Verás que afuera nadie podrá resistirse a tus encantos.
—¿Nadie? —respondió Harry lacónicamente y sin dejar de sentirse tonto por estar hablando con un espejo—. Te aseguro que la única persona a la que yo quiero sí puede y podrá hacerlo perfectamente.
El peso de sus palabras lo hizo retroceder de golpe, casi como si alguien lo hubiese empujado. ¿Qué era lo que acababa de decir? Era la primera vez que reconocía en voz alta que quería a Malfoy. Era cierto que ya lo había sospechado, pero de eso a confirmárselo frente al espejo… Comenzó a respirar agitadamente y salió casi corriendo de ahí.
Pero no había sitio a dónde huir de su propia mente. No dejaba de torturarle la idea de que pesaba sobre él un tipo de maldición en la que podía tener a todo el mundo babeando a sus pies, menos a la única persona que de verdad le interesaba. Tal vez, iba pensando mientras caminaba a la oficina del cretino, podría contarle eso a Malfoy y lo haría reír tanto que éste se sentiría agradecido y accedería a autorizar el baile de los aurores.
Imaginarse a Malfoy riéndose así de la pasión que Harry sentía por él hizo que a cada paso que daba se enfureciera más y más al grado de que cuando llegó a su destino, apenas sí podía controlarse. Sumamente alterado y con ganas de desaparecerse muy lejos de ahí, Harry se presentó ante la secretaria como el auror asignado a la guardia de su jefe. Ella lo miró con desconcierto (Harry no entendía por qué) y le pidió que esperara un momento. Harry, sintiendo la mirada inquisitiva de la bruja encima y no sabiendo ni qué gesto poner mientras esperaba, se giró y le dio la espalda. Se puso a rumiar su situación y lo único que hizo fue ponerse cada vez más nervioso.
¿Por qué le pasaban esas cosas a él? ¿Era un tipo de cobro por sus años de hijodeputa en los que había ido brincando de cama en cama sin que le importaran los sentimientos de los demás? ¿O era porque…?
De pronto, Malfoy apareció dentro de su campo visual y Harry, pillado así de desprevenido, no pudo evitar abrir los ojos con enorme sorpresa. Malfoy iba vestido con un traje muggle que dejaba entrever mucho más que las sobadas túnicas de mago, con el que se veía realmente guapo. Los ojos traidores de Harry recorrieron de arriba abajo el cuerpo del otro, y el pobre auror percibió cómo todo el deseo y las ganas que sentía por aquel hombre le regresaban al alma con tanta fuerza que se quedó sin aire.
Por todos los putos magos que habían pisado la tierra, concluyó Harry con gran desolación, aquélla sí que iba a ser una tarde eterna.
El estrés lo estaba matando y Harry intuía que pronto no podría soportarlo más. Pocas veces en su vida había sentido que todo escapaba de su control como le estaba sucediendo esa tarde. Años, tal vez, que no le pasaba así. Desde que era un adolescente con un endemoniado destino que cumplir.
Ahora estaba libre de eso, pero lo que cargaba en ese momento era mucho peor. Desear a Malfoy con aquella intensidad sin esperanza de ser correspondido; tener que pasar tiempo con él cuando lo que necesitaba era dejar de verlo; y no poder olvidar que lo habían mandado ahí con el propósito de seducirlo superaba cualquier límite de congoja que hubiera sentido antes. Por si fuera poco, la situación se coronaba con el hecho de que Malfoy, furioso por alguna razón que Harry no entendía, no perdía oportunidad para echarle en cara la bajísima opinión que tenía de él.
Harry levantó los ojos para observarlo. Desde que habían llegado al castillo de Colchester, Malfoy le había exigido que mantuviera su distancia, lo que Harry había aprovechado para admirar al mago sin temor ni reparos. El traje muggle que Malfoy portaba con aires de conocedor no hacía más que aumentar en grado sumo la ansiedad que sufría Harry por descubrir cada centímetro de la piel que habitaba debajo. En ese momento Malfoy caminaba al lado de un anciano muggle mientras charlaban animadamente de Harry no sabía qué cosas. No comprendía nada de lo que pasaba ahí por varias razones: porque no le interesaba, porque la cabeza le estaba estallando de dolor y porque en su mente no había espacio para nada más que no fuera Malfoy, Malfoy, Malfoy.
Estaba tan jodidamente jodido.
El anciano y Malfoy se detuvieron en una sala enorme donde varios restauradores trabajaban con pinturas antiguas, y Harry aprovechó para relajar un poco la vigilancia que sostenía sobre Malfoy. Agotado, se apoyó contra un muro para descansar. La tensión hacía que le doliera cada músculo del cuerpo y las ansias por fumar no lo dejaban en paz. Se pasó una mano por la cara, intranquilo y casi temblando. Dios, cómo necesitaba de un cigarro.
Echó un vistazo alrededor: nadie le estaba prestando atención. No lo dudó; sacó a toda velocidad la cajetilla a medio acabar que llevaba en uno de los bolsillos de sus vaqueros, sustrajo un cigarro y lo encendió discretamente con un rápido despliegue de magia sin varita. Le dio una calada y fue un alivio instantáneo. Arrojó la primera bocanada de humo, percibiendo cómo la mente comenzaba a aclarársele y el dolor de cabeza a aminorar. Echó una mirada de soslayo hacia donde estaba Malfoy. Éste parecía totalmente enfrascado en alguna apasionante conversación con aquel anciano y eso (la cordialidad con la que Malfoy trataba al muggle) no hizo más que aumentar la desesperación de Harry a niveles que ya rayaban en lo insoportable.
Se sacó el cigarro con dedos trémulos sin dejar de observar detenidamente a "su misión". Jamás se hubiera imaginado (y no lo habría creído si alguien se lo hubiera contado) que Malfoy tenía que interactuar con muggles en su trabajo diario y que lo hacía no sólo exitosamente, sino con gracia, paciencia y amabilidad. Aquello, para desventura de Harry, sólo provocaba que el respeto y admiración que sentía por el mago creciera a pasos agigantados. ¿Por qué, en vez de eso, Malfoy no continuaba siendo un patán y así Harry podría detestarlo tranquilamente como antaño?
Harry tendría que estarse enfocando en todos y cada uno de los insultos que el cabrón había estado recetándole (insultos que, si Harry era sincero consigo mismo, tenía que reconocer que estaban lastimándole demasiado). De ese modo podría concentrarse con todas sus fuerzas en la puta misión a la que Robards lo había enviado.
Ah, sí. La misión.
"Y una mierda."
Harry dejó de mirar a Malfoy y cerró los ojos. Realizar la misión se le antojaba más improbable en ese momento que nunca antes. Todavía el día anterior, mientras besaba a Malfoy y lo conducía a un orgasmo dentro de un cubículo de un baño público, podría haber creído que aquello era posible. ¿Pero ese día? ¿Con Malfoy atacándolo y llamándolo "perra en celo", "culo abierto y dispuesto" y otras linduras semejantes? ¿Con Malfoy despreciándolo por su manera de vestir y burlándose de su desempeño como auror? Harry no tenía que ser un Ravenclaw para darse cuenta de que sus probabilidades con Malfoy eran tan ínfimas que llegaban muchísimo más abajo del cero. Pero lo que no comprendía era por qué la violencia con la que Malfoy lo trataba parecía haberse elevado exponencialmente en poco más de veinticuatro horas, aunque presentía que tal vez se debía al enojo o a la incomodidad que le causaba a Malfoy tener que trabajar al lado del imbécil con quien había tenido sexo casual en un baño y a quien, seguramente, no esperaba volver a ver.
Después de todo, a Harry eso ya le había pasado más de una vez. Aunque ciertamente él, por más hijo de puta que hubiese sido, jamás había tratado a sus amantes así. ¿O acaso sí y no lo recordaba?
Como fuera, Harry sólo podía sacar una sola cosa en claro de aquella situación y era que no existía manera alguna de que él pudiera acercarse a Malfoy. Ni para seducirlo ni para volverse su amigo. Robards tendría que joderse con su maldito baile porque ahí no había milagro que pudiera funcionar.
—Potter. —A Harry le pareció escuchar un susurro que decía su nombre, pero estaba tan cansado que optó por ignorarlo. Sin embargo, se quedó quieto, esperando—. ¡Potter! ¡Te estoy hablando!
Lentamente, Harry abrió los ojos. Justo a un palmo de su cara estaba el insufrible rubio, todo colorado de la rabia y fulminándolo con la mirada. Pero, ¿es que el jodido engreído no podía ni siquiera dejarlo fumar en paz? Harry suspiró y trató de armarse de paciencia.
Ahí iban otra vez.
Lo que sucedió a continuación fue algo que perfectamente podría haberse titulado como "La aparición encadenada y súbita de una serie de razones imprevistas por las que jamás de los jamases Harry querría llevar su infame misión a cabo", obra cumbre del auror más jodido de todos los tiempos, H. Potter.
Fue una sucesión violenta de motivos; varios detalles que Harry no había podido ver antes y que, en el corto espacio de diez minutos, se le presentaron en la cara y lo abofetearon con ganas. Descubrir de golpe que Malfoy en realidad sí era material de seducción bastó para que Harry se negara a obedecer a Robards con todas las fuerzas de su corazón.
Y no porque no pudiera realizar la misión, sino porque se dio cuenta de que podía hacerlo.
Había permitido que Malfoy lo arrastrara a un subterráneo porque él también tenía ganas de decirle unas cuantas verdades, cómo no. Si Malfoy quería pelea, no iba a ser Harry quien se negara.
—Potter —comenzó Malfoy en voz baja pero peligrosa una vez que terminaron de descender por las escaleras y se colocaron frente a frente—, ¿tengo que recordarte que estamos haciendo un trabajo aquí y que no hemos venido de paseo?
Harry se cruzó de brazos pensando que podía reírse eternamente de eso. Estaba tan perturbado por todos los sentimientos encontrados que experimentaba que no dudó en sacar un poco del veneno que se lo estaba comiendo por dentro. Negó firmemente con la cabeza mientras respondía.
—Oh no, claro que no. Estar viendo tu horrible carota de frígido me lo recuerda a cada instante, despreocúpate. Jamás saldría a pasear con un idiota presumido como tú.
Malfoy también se cruzó de brazos, y si no hubiera sido por la oscuridad del lugar, Harry podría haber jurado que su cara dejaba traslucir que se había sentido lastimado por lo que Harry acababa de decir. Pero no era posible, ¿o sí?
—Claro, porque tú prefieres pasar tu tiempo con tus cientos de admiradores que no hacen otra cosa que besarte el culo —masculló Malfoy con amargura, y eso no hizo más que confirmar la teoría que Harry estaba formulándose de que había algo extraño en el comportamiento de Malfoy.
Comenzó a atar cabos y algo cruzó por su mente tan repentinamente que la idea por poco se le escapa antes de poder procesarla. Malfoy parecía herido, Malfoy estaba definitivamente enojado, Malfoy no cesaba de insultarlo. La sospecha casi ligera, incierta e imperceptible de que todo eso era provocado por los celos, por más absurda que pareciera, lo asaltó de pronto.
No podía creerlo. ¿De verdad Malfoy estaría celoso? ¿De él? Quiso comprobarlo y para ello fingió una sonrisa burlona y lasciva.
—Literalmente —susurró.
Malfoy apretó la mandíbula y su rostro enrojeció. Si eso hubiese pasado una hora antes, Harry podría haber confundido esas señales con simple furia, pero la semilla de la duda ya se había sembrado en su mente y ahora no podía dejar de pensar que tal vez, oh Dios, tal vez, después de todo Malfoy sí estaba interesado en él.
—Eres un degenerado —dijo de pronto Malfoy con la voz llena de odio—. Libertino sexual repugnante.
Harry entrecerró los ojos, sintiéndose confundido y dolido. Entonces, ¿se había equivocado?
—Y tú, un reprimido, amargado y arrogante, que se cree mucha mierda como para rebajarse a convivir con los de su alrededor.
—¡Eso ya me lo habías dicho, Potter! —exclamó Malfoy y dio un paso hacia él—. ¡Eres poco original hasta para insultar! ¡Pero claro, con toda tu concentración puesta en cómo follarte a medio mundo, ¿cómo se podría pedir que pensaras en cualquier otra cosa?!
—¡¿Por qué demonios te importa tanto lo que hago o dejo de hacer, Malfoy?! —gritó Harry, realmente harto de que Malfoy insistiera tanto en el tema. Si no eran celos, entonces no comprendía el porqué de la obsesión y la duda se lo estaba comiendo vivo—. ¡Es mi maldito cuerpo y yo me acuesto con quien quiero!
—¡Claro que no me importa! ¡Por mí puedes joderte a media Inglaterra! ¡Pero cuando me haces quedar mal a mí con la gente con la que trabajo, es diferente! ¿Viste el alboroto que causaste allá arriba con tu maldita forma de fumar? —Malfoy hizo una pausa donde se dedicó a mirar a Harry con desprecio y concluyó abatidamente—: Apostaría a que sabes lo que provocas y lo haces a propósito.
El mundo dejó de girar para Harry en el instante que Malfoy le dijo todo eso porque descubrió que lo que le había molestado no era que hubiera fumado en un sitio donde estaba prohibido, sino que hubiera alborotado a las artistas. Era eso lo que lo había puesto como un energúmeno. Además, su insistencia en insultar a Harry a causa de su libertinaje sexual resultaba bastante sospechosa. ¿Acaso no existía la posibilidad de que su rabia por su flagrante promiscuidad se debiera a que le afectaba personalmente porque todavía deseaba algo con él?
Harry se aferró a esa mínima esperanza. Miró fijamente a Malfoy y al instante tomó una decisión. Estaba a punto de dar los pasos que lo separaban de él para zarandearlo, besarlo y obligarlo a decirle la verdad, cuando Malfoy le soltó a bocajarro:
—¡Eres tan puta que no me extrañaría que un día de éstos te usen en el Ministerio para seducir a alguien con algún fin político y siniestro!
Horrorizado, Harry dio un paso hacia atrás mientras su resolución por llegar a más con Malfoy se largaba al culo del mundo. Porque Malfoy tenía razón: así era, tal cual. Robards estaba utilizándolo (o pretendiendo hacerlo) para conseguir un fin. Tal vez no tan político ni tan siniestro, pero quería llegar a un objetivo obligando a Harry a estar en buenos términos con Malfoy. Y Harry lo había olvidado hasta ese momento en el que Malfoy, muy amablemente y sin querer, se lo había recordado.
Harry no había tenido tiempo de analizar las consecuencias de lo anterior, cuando algo parecido a un duende salió de la nada, con una maza en las manos, y brincó hacia Malfoy con la clara intención de golpearle la cabeza. Sin pensarlo ni un segundo, Harry sacó su varita y le aplicó un desmaius. Mientras la criatura caía sobre el polvoriento suelo, Harry se percató de que era un gorro rojo, un tipo de duende que solía lastimar a la gente para empaparse en su sangre. La imagen de Malfoy con la cabeza abierta mientras aquella cosa usaba su sangre para pintar su ropa, casi lo hizo vomitar. ¿Quién hubiera creído que el trabajo de un director de finanzas sería tan arriesgado?
Malfoy levantó los ojos del gorro rojo y miró a Harry. Éste estaba a punto de hacer algún comentario irreverente acerca del peligro que entrañaba su profesión y de que ahora comprendía por qué necesitaba guardaespaldas, cuando un grupo bien nutrido de gorros rojos salieron de todos los rincones de la cripta y se arrojaron sobre Malfoy.
Harry, con la varita en la mano y con una preocupación jamás sentida por ninguna de las personas que anteriormente había protegido, despachó con singular alegría a aquel montón de horribles duendes mientras experimentaba un tipo de desahogo al mandarlos a volar por todo el lugar, usando más fuerza de la que era estrictamente necesaria. Satisfecho y sintiéndose muchísimo más tranquilo, bajó la varita después de repeler al último gorro rojo y fue cuando se percató de que la seguridad de Malfoy era, para él, algo personal. Tomó la decisión de exigirle a Robards que siempre lo mandara a él a acompañarlo a todos lados.
Aunque claro, para eso primero tendría que conservar su trabajo, situación que veía bastante complicada.
—¡¿Qué mierda es esto?! —preguntó para olvidarse un poco del tema—. ¿Por qué demonios hay tanto bicho aquí? ¿Al Ministerio no se les ocurre mandar una cuadrilla del departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas?
Malfoy se incorporó lentamente, aparentemente determinado a no ver a Harry a los ojos. Le respondió en voz baja:
—Sí las mandan, pero no se dan abasto. Estas plagas simplemente no dejan de aparecer.
Y justo como si ese pequeño evento donde Harry le había salvado la vida fuera una pipa de la paz que ambos habían deseado fumar, de pronto Malfoy y él se encontraron charlando de un tema tan inocente como la historia del castillo, lo cual, para desgracia de Harry, sólo pasó a convertirse en una razón más por la que jamás podría seducir a ese mago por encargo.
Draco Malfoy, bastardo perfeccionista y de aparente corazón helado, en el fondo era un sentimental perfectamente adorable.
Harry prácticamente sintió cómo su corazón daba un doloroso vuelco mientras escuchaba a Malfoy hablar con pasión de aquel lugar, porque descubrió que el mago era muchísimo más que una fachada de insensibilidad y arrogancia. Harry, a través de las pocas frases que Malfoy le decía, pudo adivinar el amor que éste le tenía no sólo a su trabajo, sino a ese sitio mohoso y afectado hasta los cimientos de magia oscura. Sin poder evitarlo, Harry se conmovió profundamente por el empeño que Malfoy mostraba al desear darle a la vieja construcción una segunda oportunidad. Una oportunidad de reivindicarse. De demostrar que a pesar de lo ocurrido, no todo ahí era malignidad, de la misma manera en que el hijo del ex mortífago consiguió labrarse su propio camino para ser tratado como un igual, a pesar de su pasado oscuro.
Esas cosas pensaba Harry cuando Malfoy fue atacado por el enjambre de doxys que estúpidamente había dejado escapar, y mientras se desvanecía entre sus brazos con la cara y las manos deformadas por culpa de las mordidas de los bichos, el horror que Harry experimentó ante el simple pensamiento de verlo morir, fue la gota que derramó el vaso.
Lo apretó contra su pecho y se desapareció junto con él, sin dejar de pensar que habían bastado diez minutos a su lado para confirmar que sí, que estaba irremediable y perdidamente enamorado de Draco Malfoy.
Decidió que la misión de Robards podía irse muchísimo al carajo.
Harry tendría que haber llevado a Malfoy a San Mungo. Era lo lógico y además, esas eran las órdenes. Para eso lo habían entrenado. En realidad tendría que haber hecho muchas cosas que indicaba el protocolo de los aurores en caso de emergencia médica, pero en vez de eso, lo que hizo fue aparecerse con su preciosa carga directamente en el salón principal del número 12 de Grimmauld Place. Fue el primer lugar que se le vino a la cabeza porque su mente había relacionado "antídoto contra mordidas de doxys" con aquella casa, y fue por eso que cuando finalizó la aparición conjunta se encontró ahí.
El olor a polvo y a encerrado casi lo sofocó y tuvo que toser un par de veces para aclararse los pulmones; hacía años que ni siquiera se abría una ventana en el lugar. A pesar de que en el exterior todavía había un poco de la luz del atardecer estival, el interior de la residencia estaba ya en penumbras; Harry casi se tropieza con la vieja alfombra en su prisa por depositar el inconsciente cuerpo de Malfoy sobre el sofá más grande. Sabía que continuaba respirando sólo porque lo sentía. Levantó la varita, de un rápido movimiento encendió las lámparas de gas del salón y la visión lo hizo jadear del espanto.
Malfoy tenía tantas mordidas de doxy en la cara que ésta se le estaba hinchando y deformando; lo mismo le pasaba en el cuello y las manos. Pústulas de color morado habían comenzado a brotarle en cada una de las picaduras y Harry pudo constatar, con gran horror, que su respiración comenzaba a ser errática y pausada.
—¿Qué he hecho? —jadeó, mientras lo dejaba ahí y corría a buscar la botella de antídoto que hacía años Molly había guardado en un escritorio de ese salón—. ¡Tendría que haberlo llevado al hospital! Si seré estúpido…
Ansioso, rebuscó en el cajón donde recordaba que había quedado aquel recipiente y, para su alivio, lo encontró casi de inmediato. Levantó la botella hasta la altura de sus ojos y notó que estaba casi llena. Era una fortuna que en la ocasión en la que él y los demás habían hecho la desdoxyzación nadie había resultado mordido. Rápidamente, Harry leyó la etiqueta de la botella en busca de una fecha de caducidad. No encontró ninguna y aspiró profundamente (no se había dado cuenta que había estado conteniendo la respiración). Luego, literalmente se arrojó hacia el sofá donde Malfoy estaba poniéndose cada vez más grave.
Harry derrapó y quedó arrodillado justo junto a su cabeza.
—¡Malfoy! —lo llamó suave pero urgentemente y metió una mano debajo de su nuca para levantarlo un poco, pero Malfoy no respondió. Éste, cada vez más hinchado, deforme y morado, apenas sí podía respirar.
Harry usó la varita para darle un golpecito a la botella y abrirla. Acto seguido, se acercó a Malfoy para acunar su cabeza entre el brazo y el pecho, y con la otra mano, llevó la botella hasta su rostro y vertió el antídoto sobre las heridas, cuidando que no le cayera en la boca ni en la nariz. En su desesperación y miedo casi usó el contenido total del líquido, pero se detuvo a tiempo para dejar un remanente y poder usarlo sobre otras partes de su cuerpo. Temblando, dejó la cabeza de Malfoy sobre un cojín y procedió a untar sus manos y brazos hasta que le pareció que todas las mordidas de doxy quedaban cubiertas con la poción.
Muy preocupado y temiendo haber condenado a muerte a Malfoy por haberlo llevado ahí en vez de directamente al cuidado de los sanadores, Harry lo dejó en paz y volvió a leer la etiqueta de la botella. Ésta sólo tenía un breve texto que no ayudó mucho a mejorar su estado de ánimo.
"ANTIDOXY. ¡Disfrute del alivio proporcionado por Antidoxy, el único antídoto eficaz contra el veneno de las hadas mordedoras! Modo de aplicación: Verter sobre la mordida reciente (esta poción no funciona en mordidas con más de tres días de antigüedad). Su pronto uso ayuda a una rápida cicatrización y permite que no queden secuelas en la piel. Efectos secundarios: mareos, cefaleas, confusión, pérdida de reflejos, euforia, brote temporal de alas o cuernos y disminución de las inhibiciones. Se recomienda su uso moderado y un descanso prolongado después de la sanación. (La empresa no se hace responsable por accidentes posteriores y no habrá demanda que valga. Tenemos duendes como abogados y nunca han perdido un solo caso.) Gracias por su compra."
—¡¿Pero cuánto tiempo tarda en hacer efecto?! ¡Es lo único que quiero saber y no lo dices! —le gritó Harry a la botella antes de dejarla caer sobre la roída y polvorienta alfombra. El poco líquido que quedaba se derramó.
Harry se llevó las manos a la cara, terriblemente angustiado. El desasosiego que sentía iba a matarlo, estaba seguro. Si Malfoy no mostraba mejoría en el siguiente minuto o dos, lo llevaría al hospital. Contó los segundos mientras observaba su rostro, el cual poco a poco comenzaba a recuperar su apariencia normal conforme la poción era absorbida por la piel. Llegó a un punto donde el antídoto desapareció por completo, dejando a Malfoy completamente seco, como si Harry nunca hubiese vertido ningún líquido encima de él.
Harry jadeó del consuelo y la sorpresa; no, no lo estaba imaginando. Malfoy en verdad se estaba recuperando: las pústulas comenzaron a desinflamarse y la piel estaba volviendo a su color, además de que su respiración recobraba su ritmo habitual. Harry se sintió tan aliviado que le dieron ganas de abrazar a Malfoy y estrujarlo hasta despertarlo. Se contuvo mientras soltaba un suspiro. Se acercó más hacia él y lo observó con detenimiento.
—Vamos, despierta —le susurró—. Tenemos trabajo que hacer, ¿lo recuerdas? —le dijo para animarlo.
Harry arrugó la cara al imaginar que Malfoy estaría furioso al despertar y enterarse de que se había perdido la junta con el contador. Menos mal que había sido su culpa total y que Harry no había tenido nada que ver. Incluso éste tendría el placer de decirle "Te lo dije, Malfoy". A ver si para la siguiente ocasión aquel rubio estirado y sabelotodo le hacía más caso.
Mágicamente (una palabra jamás mejor usada), el guapo rostro de Malfoy terminó de volver a su estado normal. Harry no cabía en su asombro. Después de haber sido testigo de lo feas que las mordidas de doxy se habían puesto, le costaba creer que la poción las hubiese desaparecido así de rápido. Se permitió relajarse un poco mientras apoyaba los brazos sobre el mismo sofá en el que descansaba Malfoy y continuaba esperando a que éste se reanimara.
Después de unos minutos en los que Harry se entretuvo mirándolo respirar y apreciando lo perfecto y varonil que era su rostro, Malfoy comenzó a mostrar signos de estar despertando. Comenzó a moverse un poco, a apretar los párpados todavía cerrados y a gemir. Torpemente, se llevó una mano hacia la cabeza y se la sostuvo cómo si ésta le doliera mucho.
—¿Malfoy?
Harry lo pensó y se dio cuenta de que estaba demasiado cerca; Malfoy seguramente lo golpearía si lo descubría así. Rápidamente y casi cayéndose en el proceso, se puso de pie. Malfoy pareció darse cuenta de sus movimientos y tal vez eso fue lo que lo obligó a abrir los ojos por fin. Sin retirar la mano de su cabeza, parpadeo varias veces y observó a Harry como si no lo hubiese visto en años.
—¿Potter? —dijo con voz pastosa y un tanto arrastrada— ¿Qué demonios haces parado ahí como un zoquete?
—Vaya —masculló Harry con ironía—. No me agradezcas tanto, Malfoy. ¿Sabes que acabo de salvarte la vida? A ver si para la siguiente ocasión escuchas antes de…
Malfoy cerró los ojos y meneó la cabeza.
—Potter, cállate por lo que más quieras. Oh Dios, mi cabeza… ¿Por qué me duele tanto? ¿Qué pasó? —Repentinamente horrorizado, abrió los ojos de golpe y miró a Harry mientras se incorporaba un poco en el sofá—. ¡Potter! ¡Me has drogado para secuestrarme! —Miró a su alrededor—. ¡¿A dónde demonios me has traído?!
—¿Qué? —Harry retrocedió un paso. Eso era lo único que le faltaba, que Malfoy no recordara nada—. ¡Yo no te he secuestrado! ¿Cómo puedes creer que…?
—¡Qué sitio tan espantoso y de mal gusto! —lo interrumpió Malfoy sin dejar de observar la sala apenas iluminada por las tenues lámparas de gas—. ¿Es tu casa?
Harry frunció el ceño. Malfoy estaba un poco raro, ahora que lo pensaba.
—Eh, no. Bueno, sí es mía pero no vivo aquí. Me la heredó mi…
—No importa —volvió a interrumpirlo Malfoy, mientras bajaba los pies del sofá hasta quedar sentado—. Tratándose de ti, no podría haber esperado nada mejor. —Hizo una pausa mientras miraba a Harry y le dedicaba una sonrisa que a éste le robó el aliento. Malfoy jamás le había sonreído así y Harry estaba seguro de que el corazón había dejado de latirle durante un largo momento—. ¿Y bien? ¿Qué esperas? —le preguntó Malfoy sin dejar de sonreír.
Harry pasó saliva con dificultad.
—¿Qué espero, para qué? ¿Para llevarte de regreso al castillo? —le preguntó con voz débil. Dios, aquella manera de sonreír de Malfoy le estaba haciendo temblar hasta las rodillas. Sin esperar respuesta, prosiguió—: Estaba esperando a que te sintieras mejor. Si crees que ya podemos irnos, sólo levántate y te…
—¿Cuál castillo? —preguntó Malfoy arrugando el ceño e interrumpiendo a Harry por cuarta ocasión—. ¿Colchester? —Soltó un resoplido—. ¿Quién demonios piensa en trabajar en este momento? Con lo mal que me cae el contador, viejo arrogante y tacaño. Ni ganas de verle su carota en lo que me resta de vida, lo juro.
Harry estaba atónito. Malfoy no estaba bien, era evidente. Y también era evidente que no podría regresarlo al castillo en ese estado. El contador (y cualquiera que se cruzara con él) seguramente creerían que Malfoy estaba ebrio o drogado, porque eso era lo que parecía.
—Creo que voy a llevarte al hospital, Malfoy —le dijo cautelosamente, porque no tenía idea de cómo iba a reaccionar el otro ante su propuesta.
Torpe y tambaleante, Malfoy se puso de pie. Harry estaba pensando que aquello había resultado demasiado fácil cuando Malfoy dio un par de pasos hacia él, hasta que quedaron frente a frente. Todavía con aquella enigmática sonrisa en el rostro, le susurró:
—Toda la maldita tarde me has tenido como idiota, Potter. ¿Sabes lo bueno que te ves con esta maldita ropa muggle? ¿Y cuando te fumas tus endiablados cigarros? Haces que se me ponga dura en menos de lo que tú tardas en darle la primera fumada.
Harry no podía creer qué era lo que acaba de escuchar. Abrió mucho los ojos y la boca; el corazón le latía tan rápido que el pecho comenzó a dolerle. Ahora estaba completamente seguro de que Malfoy, de algún modo, se había envenenado (tal vez la poción sí tenía fecha de caducidad después de todo) porque, por Dios bendito, dudaba mucho que estando sobrio actuara de aquella manera y le dijera esas cosas.
Miró de reojo hacia el suelo y vio la botella. El antídoto. Había sido la aplicación del antídoto lo que hacía que Malfoy se comportarse así. Uno de sus efectos secundarios era la disminución de las inhibiciones. Pero entonces, ¿eso quería decir que lo que le estaba diciendo era verdad?
—Oh Dios, Malfoy, mañana vas a odiarme más que nunca antes —le dijo Harry con angustia, y Malfoy arrugó el ceño.
—Te odiaré si no haces lo que tienes que hacer, Potter —dijo con voz ronca y el corazón de Harry dio una voltereta mortal ante la pura perspectiva de lo que aquello significaba—. Después de todo, ¿para eso me has secuestrado y traído a tu horrible casa, no?
Harry negó con la cabeza y dio un paso hacia atrás.
—Yo no te secuestré, Malfoy. Demonios, a ver si lo entiendes de una vez—dijo en voz baja—. Y ahora mismo voy a…
—¿A qué?
"Aparécete con él en San Mungo. O en el ministerio. O en su casa. Cualquier sitio y aléjate lo más rápido que puedas de la tentación."
Sí, sí, cualquiera de esas opciones era lo apropiado, pero Harry, por alguna razón, no pudo hacer nada de eso. No cuando Malfoy estaba frente a él, mirándolo con aquella intensidad, como si deseara comérselo entero y diciéndole verdades que de otro modo Harry no tendría manera de saber. El momento era grandioso y perfecto y Harry quería prolongarlo lo más que fuera posible. Le estaba costando con el alma decidirse a hacer lo correcto.
Malfoy dio otro paso tembloroso hacia él, provocando que quedaran separados apenas por unos centímetros. Harry se quedó paralizado en el sitio. Sabía que no debía, lo sabía, lo sabía. Pero entonces, Malfoy levantó las manos y con cada dedo índice, le atrapó las presillas del pantalón.
Malfoy lo atrajo hacia él, no con demasiada fuerza, pero como Harry no se resistía, fue fácil para el otro pegar su cuerpo contra el suyo y colocar su boca encima de la de él. Malfoy comenzó a besarlo con anhelo y auténtica hambre, y Harry, gimiendo y sintiéndose extremadamente culpable, cerró los ojos bien apretados y se dejó hacer.
