Disclaimer: Todo es obra de Sir Artur Conan Doyle y la versión mas reciente (y mas sexy) de la BBC; sigo tomándolos prestados por mi necesidad de Johnlock.
Este fanfic participa en el Rally "The game is on!" del foro I am Sherlocked, para el equipo "Criminal Husbands"
Palabras: 11,300 sin contar los títulos.
Advertencias: Esta situado en el universo de almas gemelas, pero Tumblr me ha ayudado a agregar más datos, datos realmente intensos. He mezclado varias características de este universo. Sufran (? Johnlock y leve Mystrade.
Sanándote
– No te preocupes – dijo por enésima vez Mycroft – Le encanta el drama, debe estar escondido en algún sitio del mundo, lamentándose de lo desdichado que es.
– Lleva desaparecido más de un mes – replico John, con el brazo en cabestrillo – Claro que me preocupo. – Bien podría estar en la Antártida, peleando con pingüinos o contra focas.
– Vendrá cuando quiera, ya no es un niño. Aunque se comporte como tal – finalizó el pelirrojo.
John estaba bajo el cuidado de una enfermera personal contratada por el hermano de Sherlock. William Sherlock Scott Holmes. Su alma gemela. En la casa de los Holmes, en Inglaterra. Había conocido a Gregory Lestrade, la pareja de Mycroft. Era un joven encantador, del que se hizo amigo rápidamente; ambos sufrían la misma maldición, se la pareja de un Holmes.
Greg le contaba como era su vida con el gobierno británico, John tardo en entender que se refería a Mycroft. El pelirrojo era bastante celoso con su pareja, por ello se habían casado solo cuando tenían un mes de tratarse.
Eso sí, Lestrade siguió en su puesto de detective inspector, aunque ahora en Scotland Yard. No iba a permitirse perder un puesto cuando había trabajado mucho por él. Aunque su pareja lo mantuviera, aunque lo hubiera mandado a vivir al mismísimo palacio de la reina.
Y con eso había conquistado al inderritible Hombre de Hielo.
Greg también le aconsejaba a John, que le diera espacio a Sherlock, el rubio replico que el mismo se había conseguido ese espacio. Estaba molesto porque nadie parecía preocupado.
Otro mes después, Harry llego a instalarse a la casa de los Holmes. Alegando que llevaba tiempo sin saber de su hermano. Llego casi tirando la puerta de la enorme y lujosa casa, pero una vez que vio a John, que a pesar de la herida, estaba bastante bien, tomo la visita como si de unas vacaciones se trataran. Por supuesto, Clara iba con ella.
Cuando John, recupero totalmente la movilidad de su brazo, decidió tomar la mochila con la que había llegado a Ghana para regresarse a ese país. Si John conocía bien a Sherlock, lo más probable es que siguiera en ese país.
Mycroft resoplo ante la idea del rubio, pero al ver la determinación en su ojos, así como en los ojos de todos los demás; Greg, Harry y Clara, decidió pagar los boletos de avión para trasladarse al país africano.
Al día siguiente, un avión con seis personas determinadas a encontrar al más joven de los Holmes, salía de una pista privada.
– Tardaste mucho – fue la frase con la que Sherlock lo recibió en cuanto cruzo el umbral.
– Bien, sí. Tenía un hombro en recuperación – por alguna razón, no lo invadió la felicidad que esperaba, ahora, viendo al moreno sentado en su sillón, se dio cuenta de que estaba furioso. – Gracias por preocuparte.
– Mycroft me informaba de tus avances – cuatro pares de ojos se posaron sobre el pelirrojo con furia.
– Por eso no estabas preocupado – acuso Greg – Sabias donde estaba. Lo supiste todo el tiempo, mientras dejaste al pobre John sufrir.
Mycroft miro con reproche a su hermano. Ahora Greg estaba enojado con él y tardaría en contentarlo. Maldijo a John Watson por volverse tan amigo de su esposo.
– Tomen asiento – ofreció Sherlock. El piso estaba reluciente y no había experimentos regados por ningún sitio. Los presentes se sentaron, evitando hacer contacto de ningún tipo con el rubio, que parecía a punto de explotar. Al ver el aislamiento que había creado a su alrededor, John suspiro, tranquilizándose.
– Te di espacio, te espere. Pero creo que soy merecedor de algunas respuestas – comenzó John – Los demás pueden retirarse, esto es algo entre nosotros.
– Esta bien, es lo mejor por ahora – Los demás salieron, dejando solo a Sherlock, John y Mycroft. El moreno miro a los ojos de su hermano, deteniéndose en los de John. – Mi nombre completo es William Sherlock Scott Holmes y es el nombre que llevas tatuado en la muñeca. William Sherlock Scott. Me sorprendió bastante cuando lo vi, en el hospital. Mi nombre completo en tu muñeca, John. Por eso me fui, me… asuste.
Tengo otro hermano mayor. Sherrinford.
Él es… un psicópata. Los Holmes nos caracterizamos por nuestro intelecto, nuestra habilidad de análisis y deducción. Mycroft es más diestro en el arte pero es un holgazán – el aludido resoplo – Sherrinford, es aún más analítico, pero más despiadado. Sus emociones no son como la de las personas normales. Su realidad esta distorsionada.
Tenía cinco y él 18 cuando me demostró su crueldad. Las abejas me han parecido fascinantes, son las mejores matemáticas del mundo, así como las mejores arquitectas. Había un panal en el patio. Él le prendió fuego, las abejas enloquecieron, unas cuantas me picaron.
A los 8 tenía un perro. Barba roja. De niño mi idea era ser pirata y Barba roja era mi grumete. Éramos inseparables, amaba a ese perro. Dormíamos juntos, comíamos juntos, navegábamos juntos. Sherrinford me ato a una silla mientras le quebraba el cuello a mi perro.
Después conocí a Víctor Trevor. Un gran muchacho, el cual no le temía al clan de los locos Holmes; mi amistad fue lo peor que le pudo suceder.
Tras un año de conocerlo, mientras Sherrinford estaba en tratamiento para sus delirios dementes, pensé que todo había pasado. Que al fin tenía un amigo inseparable. Teníamos en mente, salir juntos por el mundo para encontrar a nuestra alma gemela. El nombre grabado en su muñeca era Alice.
Jamás la conoció.
Sherrinford lo mato antes de eso. No sé cómo. No quise averiguarlo, no cuando vi su cuerpo descomponerse, pudrirse.
Mycroft se encargó de todo. Supe que había sido él en cuanto lo vi. Lo encarcelaron. Cadena perpetua.
– El trauma fue tal, que cayó en las drogas – siguió Mycroft al ver que su hermano no podía continuar. Para él también era duro revivir todos los acontecimientos, John se acercó a abrazar al moreno – Aun consume, pero con la excusa de acelerar su cerebro. Sherrinford tiene su propio nombre tatuado en la muñeca. Y no ha envejecido ni un solo día.
– De eso tengo miedo, John. – Susurro Sherlock – Por eso no he usado mi verdadero nombre desde la muerte de Víctor. Mycroft dice que lo supere, pero no es fácil. El decidió ignorar el hecho y continuar con su vida. No puedes estar conmigo, solo estarías en peligro a mi lado. Casi mueres una vez, por mi culpa. No quiero verte otra vez en un hospital por mi causa.
– Sherlock, en verdad ¿Crees que me alejare de ti? Me pondría en riesgo por ti, las veces que fueran necesarias, lo hice aun sin saber que eres mi alma gemela. Ahora que lo sé, no hay poder humano que me separe de ti. A menos… de que en verdad no me quieras a tu lado. Sherlock mírame a los ojos y contéstame, ¿Quieres que me vaya de tu lado?
Sherlock lo miro a los ojos. John se sintió expuesto, desnudo frente a esa mirada tan profunda.
– Obviamente no, John – dijo enterrando su cabeza en el pecho del rubio. En ese momento no pudo haber un hombre más feliz en la tierra que John H. Watson.
Mycroft les dio como obsequio de bodas el 221 de Baker Street a los recién casados. De esa manera tendrían un lugar cómodo y mucho espacio, para cuando Sherlock quisiera experimentar con algo peligroso para exponer en la cocina.
John lo agradeció mucho, sobre todo a Greg ya que sabía que la idea había provenido de él. Mientras que el moreno aún seguía resentido con su hermano, ya que lo culpaba de no haber detenido al mayor cuando había tenido oportunidad.
Cuando se instalaron en su piso y hubieron terminado de acomodar sus pertenencias en este, o mejor dicho, cuando John termino de poner las cosas en su lugar, ya que Sherlock estaba instalando su nuevo laboratorio en el 221c; el rubio se percató de un sobre bastante grueso en la mesa de la sala.
Un sobre como el que llevaba su nombramiento como guardaespaldas de su flamante nuevo esposo. Decidió abrirlo junto con el moreno.
Dentro del sobre encontraron un fajo de papeles que declaraban que el mayor de los Holmes, en un arrebato de locura, se había quitado la vida. O al menos eso fue lo que le tradujo Sherlock a John, ya que era un reporte de más de 50 hojas.
Por primera vez en su vida, Sherlock sonreiría al mencionar a su hermano Mycroft. Quien, ahora sí, les había dado el mejor regalo de bodas a ambos. Así como conseguido matar el miedo que carcomía el alma de Sherlock Holmes.
Esa noche, los recién casados, durmieron con la seguridad de que el día siguiente, sería el primero de su nueva vida.
En una oficina del Club Diógenes, estaba sentado Mycroft bebiendo coñac. Suspiro, diciéndose que eso era algo que tenía que haber hecho desde hacía mucho. No es como si la pérdida de su hermano le doliera un poco, pero se preguntaba si acaso se estaba dejando llevar por sentimentalismos absurdos.
Greg lo abrazo por los hombros mientras le besaba el cuello, le susurraba palabras tranquilizadoras. Cuando lo sintió tocarlo, sus preocupaciones se esfumaron. Esta vez, había hecho lo correcto; tanto para él como para su hermano.
