"Tiempo de Calidad"

Disclaimer: ¿No lo llevo diciendo por tres capítulos? La serie y los personajes respectivos no me pertenecen. Que me lleve más de doce meses actualizar un mísero fanfiction es otra cosa. Ejem...

¡Querido fandom! No, no te abandono. Me tomé un año sabático nada más. Este fanfic lo inicié en febrero, finalicé en junio. Estaba destinado al cumpleaños del chico cabello mullido cual gatito en lavadora (Bakura, por si no captan), pero llegué tarde otra vez. ~

(Por favor, conste en este escrito, cuál carta de Duel Monster es mi favorita).

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_ Capítulo cuatro.

"Así que..." la voz del espíritu se escuchó extrañamente calmada, incluso, inofensiva; carente del tono prepotente con el cual se solía reconocer, "¿San Valentín?"

Ryou Bakura, el muchacho de cabellos blancos, asintió levemente con la cabeza, permitiéndose una pequeña sonrisa divertida surcar su rostro—. Catorce de febrero, San Valentín —recitó serenamente, de un modo ceremonial que era fastidiosamente innecesario para su oyente inmaterial. Siendo completamente consciente de ello, prosiguió—. El famoso día del amor y la amistad para nosotros, los simples mortales —rió al final, imitando un tanto irónico la forma en que el alma del ladrón se refería a la gente común y silvestre, como él.

Era ciertamente una de los ocasiones en que la modernidad podía más que el antiguo inquilino del Anillo del Milenio. No era del todo extraño, pues tales extravagantes festividades no tenían existencia en el imperio de los faraones, ni remotamente similares. ¿Qué más se podía esperar, entonces?

Aunque, por supuesto, a la oscuridad no le causaba una pizca de gracia la cotidianidad repentina con que su anfitrión deleitaba responderle. Pese a carecer de cuerpo, en ese momento estaría frunciendo las cejas, y escudriñando al otro con una mirada grave, similar a quien le dificulta creer que ha sido insultado.

Por extrañas formas de la costumbre, tener esa clase de plática acabada alguna actividad rutinaria y yendo de vuelta a la comodidad del departamento del chico, se estaba convirtiendo en una especie de tiempo de calidad compartido-obligatorio. Al menos, por esta vez su arrendador no había parado en ninguna (estúpida) dulcería...

Lo cual, de hecho, tenía bastante sentido si consideramos el cargamento poco menos que casi industrial de golosinas que su arrendador llevaba en su simple mochila; todos obsequios referidos a la fecha en cuestión. Dada la naturaleza comúnmente cortés de su anfitrión, a esa altura no le sorprendía ya la cantidad de gestos cordiales, inclinaciones de cabeza y sonrisas tímidas que debió proporcionar en el día. Porque no, simplemente, el muchacho se sentía en extraña obligación de corresponder en detalle a las féminas interesadas –aunque él particular no le interesaba ninguna de ellas. Y por lo que el espíritu estaba enterado, ningún compañero de sexo masculino tampoco. En cualquier momento empezaría a sospechar.

(Era entonces una suerte que su Propietario y el pequeño recipiente de la parasitaria alma del Faraón mantuviera una relación apenas de amigos lejanos. Si resultara de cualquier otra forma, seguro le desagradaría a niveles estratosféricos...)

—Es sospechoso cuando no haces tu comentario despectivo del día, ¿sabes? —con cautela, Bakura se aventuró a hablar, ligeramente extrañado con el comportamiento anteriormente señalado del habitante de su Sortija. ¿Qué monólogo interno podría ser tan interesante?—. ¿No vas a decirme que los chocolates de mis "fangirls" —hizo marcado énfasis en las comillas, no acabando de convencerse de utilizar tal palabra— tiene drogas o algo por el estilo?

La oscuridad que lo acompañaba casi ladeó la cabeza. "A esta altura, doy por hecho que ya lo sabes. O al menos, sería una prueba empírica que tu cabeza no está llena de aire como siempre insistes en hacerme creer."

El muchacho frunció las cejas, pero mantuvo una sonrisa forzada en el rostro—. Voy a ignorar tu comentario insidioso, ¿de acuerdo?

"También puedes considerarlo casi un cumplido."


A su parecer, era una suerte que, mínimamente, el día no había resultado del todo no-productivo. Excepto por la horas de instituto, donde la fecha de San Valentín tenía alborotados a todos un poco más de lo usual. Ah, adolescentes. Él también era uno, sí, pero se enorgullecía de mantener sus hormonas a raya la mayoría del tiempo.

Con sinceridad, a veces temía que al menor descuido una loca iría y le cortaría un mechón de cabello aprovechándose del pánico. ¡Ya sería el colmo! Trató de alejar tal pensamiento antes de gesticular sobre él, y darle un motivo extra al espíritu del anillo para reír en su cara, como siempre.

Afortunadamente esa altura del día había acabado satisfactoriamente. Sin contar además que tendría una dotación mínimo de medio año sólo de chocolates, dulces y tarjetas acarameladamente rosas que hacían juego con todo lo anterior. Qué remedio... al menos, debía agradecer que la mayor parte de éstas estuviesen escritas con ortografía decente.

De cualquier manera, todavía quedaban algunas horas que aprovechar del día. Curiosamente, solía suceder que casi todo sitio que él frecuentaba por gusto derivaba en quejas interminables del espíritu sobre lo mortalmente aburrido que era. O a veces, tan sólo constantes bufidos de molestia que no eran más que audibles para su persona.

La única excepción existente eran las tiendas de juegos. En específico, las que vendiesen tarjetas de Duel Monster en ellas. No, no se trataba de una conexión mágica de repente entre ellos, pero al menos, ambos parecían interesarte en el mismo tipo de monstruos, hechizos y trampas variadas. Ninguno lo comentaba abiertamente, pero era así. De alguna manera, era algo altamente esperable viniendo del espíritu de un antiguo ladrón egipcio cuya alma acabó encerrado en un artilugio de metal dorado.

(Él, por su parte, era un absolutamente normal joven adolescente interesado en el ocultismo, espiritismo. Sea quizá aquella también la razón por la que se adaptó con la mayor naturalidad del mundo a la peculiar voz dentro de su cabeza, sin entrar en pánico ni similares).

Aunque podía resultar difícil encontrar ese tipo específico de tarjetas, no era una tarea imposible si se busca lo suficiente. Y comprar sobres era lo equivalente a una caja de sorpresas con una golosina oculta dentro. Dada su conocida afición por los dulces, la comparación resultaba a la vez ridículamente apropiada.

A diferencia del chico, sin embargo, la oscuridad sabía a la perfección que adquirir cartas significada más que un simple juego. Eran armas, artefactos, casi en sentido literal. Puede que su anfitrión entendiese un poco de ello, pero no quería fiarse demasiado. Pese a todo, no negaría que para su entidad incorpórea acababa siendo igualmente placentero organizar el deck, ver los monstruos y tarjetas acorde a su atributo favorito: oscuridad. Muy acorde a su naturaleza.

No como los Magos Oscuros, ni los lanzadores de conjuros que el idiota del Faraón era tan famoso por utilizar. Tal atributo era mucho más explotable...

—Muy bien —con peculiar voz alegre, Ryou Bakura anunció su llegada a casa, sin importarle demasiado que no hubiese nadie allí para escucharlo. Humano, al menos. Más bien era un recordatorio para sí mismo. A esta altura de su vida, no necesitaba una voz dentro de su cabeza como excusa para hablar solo.

Precedió a depositar su mochila y cargamento ligero de ésta a un lado de la puerta de entrada, junto a sus zapatos. Sentía ánimo casi infantil al sostener los sobre obtenidos más temprano esa tarde, y con delicadeza extender todos ellos por la amplitud de la superficie de una mesa. Con manos hábiles, aquellas que usaba para fabricar sus figurillas de plomo, procedió a abrir cada paquete de manera casi ceremonial.

Pensó que quizás estaría disfrutando eso un poco demasiado, pero detectaba la intensidad de la mirada del espíritu igualmente pendiente de sus acciones, como si fueran sus propios dedos incorpóreos los que realizaban la tarea, y no los suyos. Entonces, emocionarse de más probablemente sería un lío de ambos.

Una sonrisa bailó en su rostro al leer con voz suave la primera de todas las tarjetas, tomándose su tiempo para saborearlo—. Dark Sanctuary. Permite colocar cartas mágicas y de trampa en la zona de monstruos. Parece un buen combo para la estrategia de Destiny Board, ¿no te parece?

"Sí, sí, qué coincidencia" pese a su buen humor, el tono del espíritu se mantenía ligeramente sarcástico, "haz algo de utilidad: ¿magia continua o magia de campo?"

—Magia de campo —respondió de manera automática, procediendo a examinar con la mirada todas las demás tarjetas, una a una. Había ejemplares interesantes que se molestó en ojear más a fondo, algunos monstruos tipo demonio y zombie.

Call of the Haunted, The Dark Door se incluían entre las trampas y hechizos. Y la lista seguía y seguía, con algunas cartas un tanto más útiles que otras. Incluso, Bakura no pudo evitar sonreír levemente ante la ironía, cuando un adorable Kuriboh se encontraba entre el montón. Ninguno hizo comentario al respecto, aunque la oscuridad frunció notoriamente los labios en su inmaterialidad.

Por lo menos, llevaban gran parte del deck armado. No necesitaban discutir, ya que sin decirlo, sus elecciones concordaban casi de manera automática, por extraño que pareciera. El espíritu debía admitir que su Propietario tenía más habilidades que sólo fabricar y construir muñecos. Resultaba provechoso, de cierta manera.

Casi podría haberse considerado satisfecho, de no ser porque un último detalle se les escapaba. Era algo mutuo. El muchacho llevó una mano acariciando su mentón, como pensando, mientras el alma del antiguo ladrón escudriñó todo con la mirada.

"Allí" señaló, deslizando las palabras, al mismo tiempo que su anfitrión se dirigía a coger la tarjeta, fijando sus ojos marrones en ella.

Dark Necrofear —por alguna razón, sintió un cosquilleó. Le resultaba tan familiar como aterradora la sonrisa afilaba del espíritu del anillo en ese momento. Nada más un poco intranquilizante, pero a esa altura debía reprenderse a sí mismo por no estar acostumbrado. En un movimiento casi automático, acarició los bordes de la carta con la punta de los dedos—. Es hermosa.

No podía existir un mejor adjetivo para describirla. Parecía agraciada y pálida como una muñeca de porcelana, pero no frágil. Había una ferocidad pintada en su rostro difícil de descifrar. Bakura tuvo que cerrar la boca antes de siquiera notar que la había abierto, al escuchar nuevamente la voz dentro de su cabeza burlarse: "No la mires así, o seguro tu Change of Heart se pondrá celoso."

Aunque le hubiese gustado simplemente fingir que no oía el comentario, como la mitad de las veces que hablaba con el espíritu, maldijo internamente cuando una calidez apareció en sus mejillas.

Todavía era San Valentín, después de todo.