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Basado en: Música de Mariniti e imagen (2) de Asondomar en "La Casita del Horror" del foro Proyecto 1-8.

Personajes: Yamato, Mimi

Summary: Ella veía la televisión y se pintaba las uñas de rojo. Él no soportaba ese color, era el mismo que la sangre. Cuando se lo dijo, Mimi no respondió. Solo lo miró. Sin parpadear.

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Quien con monstruos lucha

4. Los ojos que nunca se cierran

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Sus manos se entrelazan. Mimi sonríe, enseñando dos filas de dientes. Yamato ríe, achicando sus ojos.

―Te quiero ―dice ella.

―Y yo a ti.

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―¿Crees en los monstruos? ―preguntó Mimi en la primera cita.

―¿Por qué iba a hacerlo? No existen.

―Sí que lo hacen. Al menos cuando cierro los ojos.

―Ningún monstruo de los sueños debería preocuparte.

Él tenía razón. Los monstruos que nos acechan dormidos no pueden hacernos daño. Los verdaderos se esconden donde menos esperas.

~ · ~

Mimi se miraba en el espejo de aquella minúscula casa que habían podido comprar. Cogía algún vestido y lo apoyaba contra su cuerpo. Yamato pasaba por delante de la habitación. Sus miradas se encontraban a través del cristal. Él sonreía vagamente, ella no parpadeaba. Nunca.

Yamato tocaba el bajo en el salón. Mimi preparaba la cena en la cocina. El sonido de los cuchillos retumbaba y hacía que las notas sonaran desafinadas.

Ella veía la televisión y se pintaba las uñas de rojo. Él no soportaba ese color, era el mismo que el de la sangre. Cuando se lo dijo, Mimi no respondió. Solo lo miró. Sin parpadear.

~ · ~

Yamato dio un trago a la cerveza. Se llevó una mano a la cara, sin saber dónde ponerla.

―Pareces nervioso ―dijo Taichi.

―No es nada.

~ · ~

Iban a cenar fuera una vez al mes. Mimi empezó a usar más el rojo. En vestidos, en sus labios, en sus zapatos. Y siempre en sus uñas. Yamato cerraba los ojos al besarla para no pensar en sangre.

Ella llegaba del trabajo temprano. Él no sabía qué hacía cuando estaba sola en casa. Siempre encontraba cosas cambiadas de lugar. Y había un olor extraño, denso. Parecido al del esmalte.

Yamato se iba a dormir tarde. Las sábanas estaban frías aunque Mimi llevara horas acostada en la cama. Sus cuerpos cada vez se tocaban menos por las noches.

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―En serio, me preocupas ―insistió Tai.

―¿Qué?

―Préstame atención. Tienes ojeras, más de las normales, y te tiemblan las manos. No estarás drogándote, ¿verdad?

―No seas imbécil. ―Yamato hundió los hombros―. ¿Cuántas veces parpadeas al día? He contado más de cien en el rato que llevamos aquí.

―¿A qué viene eso? No evadas mi pregunta.

―Te la estoy respondiendo.

~ · ~

Mimi cortaba cebolla y sus ojos no lloraban. Él la vigilaba, pero jamás la veía parpadear. Ella lo miraba en el reflejo del filo del cuchillo.

Yamato no solía hablar. Escuchaba mientras comían, veían la televisión o se acostaban. Oía la voz de su novia, pero siempre faltaba algo en sus palabras. Una verdad escondida.

Ella sonreía, pero no enseñaba los dientes. Él reía, pero sus ojos no se achicaban.

~ · ~

―No te entiendo nada ―dijo Taichi―. Suelta de una vez lo que te pasa.

―Mimi. No parpadea.

―Claro que sí.

―No, nunca la veo hacerlo. ―La voz de Yamato estaba ronca―. Y me mira. Me mira en silencio. Desde las esquinas de las habitaciones, con sus ojos tan grandes, sin parpadear nunca.

―¿Qué me quieres decir?

―Siempre me mira. Y no sé por qué. ¿En qué piensa? ¿Por qué no parpadea? Esconde algo.

―¿Quieres decir que le tienes miedo?

―No.

~ · ~

Una noche cualquiera, sus ojos se encontraron en el salón. Ella no parpadeó. Él no intentó sonreír.

Pasaron mirándose más de diez minutos.

Se levantaron y fueron a la habitación. En silencio, usaron el baño. Después entraron en las sábanas. Incluso con la luz apagada, Yamato podía sentir los ojos de Mimi clavados en él. Siempre abiertos.

~ · ~

―Suenas como un paranoico. ―Tai parecía incómodo―. No entiendo qué me estás diciendo.

―No le tengo miedo. Pero sé que piensa algo. Siempre está pensando. Y no será bueno para mí.

Yamato se levantó y se marchó. Taichi pagó las cervezas, preguntándose si debía llamar a alguien.

~ · ~

Era sencillo. Solo tenía que alargar el brazo unos centímetros en medio de la noche. Podría tocar los párpados de Mimi, quitarse esa mala sensación. Pero cuando lo intentó, los encontró abiertos.

Ella soltó un sonido ahogado cuando Yamato puso su cuerpo sobre el suyo y acarició su garganta.

―¿Por qué no parpadeas?

―Porque te miro. Te vigilo.

―¿Qué me escondes?

―Lo mismo que tú a mí. Nada y todo.

Él la soltó y se fue a dormir al salón. Cuando amaneció, se dijo que debía acabar con aquello.

No la encontró en la habitación. Acarició el mango del cuchillo con el que Mimi siempre cortaba cebollas. Debía cerrarle los párpados.

La encontró en el baño. Llevaba el vestido rojo de salir a cenar, los labios rojos y las uñas recién pintadas de rojo. Tenía los zapatos en la mano. Eran rojos, con tacón de aguja.

Y esa mañana, el rojo sí pasó a ser sangre.

~ · ~

Se tumban en la cama. Las sábanas se encharcan. Ella saca el cuchillo de su estómago, no volverá a cortar cebollas. Él deja que su ojo y su cuello lloren a través de las heridas abiertas que nunca se cerrarán.

Sus manos se entrelazan. Mimi sonríe, enseñando dos filas de dientes. Yamato ríe, achicando sus ojos.

―Te quiero ―dice ella.

―Y yo a ti.

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Aquí ya es Halloween, así que no podía dejar pasar este día sin subir una historia. Puede que haya quedado demasiado bizarra, ya me diréis.