Nota: Los personajes de Candy no son míos : ( ,pero me encantan asi que este es un pequeño terrific para la que lo pidieron , también un recordatorio este fic es muy lemon asi que la discreción para algunos que lean asi que esperen mas de este cachondo fic jejeje jejeje , espero que no tarde también en el otro fic ya que no me quiero atrasar bueno a leer.
Conociendo a un alpha
Cap. 4
Candy despertó con los primeros rayos del sol de la tarde y la cálida brisa que se derramaba por las ventanas abiertas. Suspiró al sentirse normal otra vez y se estiró totalmente relajada. Rodando hasta acurrucarse sobre la almohada de Terry, aspiró su olor acercándola a su cara. Una lenta sonrisa de satisfacción estiró sus labios, cuando inhaló el aroma masculino.
Obligándose a entrar en movimiento, se levantó de la cama y miró alrededor con curiosidad. El dormitorio de Terry. La verdad, no era como había esperado acabar la noche cuando acordaron la cita. Admiró el alto cabecero antiguo de la cama, mientras pasaba su mano sobre la madera tallada.
El aparador y la mesita de noche eran de estilo antiguo —junto con un lavabo— a juego con la cama. Todos estaban hechos con formidables piezas de roble color castaño claro.
La gruesa alfombra marrón con tonos dorados, protegió sus pies desnudos mientras caminaba alrededor. Echó un vistazo al armario abierto, para ver la ropa de Terry colgada en su interior. Por la razón que fuera, el verla agitó algo en su interior. Su naturaleza inquieta hizo que se acercara a las puertas abiertas que permitían el paso a un patio enorme en la parte trasera. Una pequeña fuente se hallaba en el centro de un claro, cubierto de césped y rodeado por grandes árboles.
El agua se esparcía y centelleaba con la luz del sol, cuando esta se derramaba hacía abajo formando una pequeña cascada y caía en un fondo rodeado por rocas cubiertas de musgo.
Candy pudo distinguir las lisas y vistosas formas de los peces moviéndose en el fondo. Alejándose de esta vista, decidió que necesitaba una ducha. Comenzó a recoger la ropa que había llevado puesta, hasta que reconoció la pequeña maleta abierta en el suelo, cerca de la silla donde primeramente se había quedado dormida.
Varios pares de vaqueros y suéteres estaban extendidos en la silla, junto con la ropa interior. También estaban su cepillo de dientes, el del pelo, el champú y otros artículos de tocador.
Conmovida por la consideración de Terry, tomó los utensilios y rápidamente se introdujo en el cuarto de baño. Surgiendo limpia y renovada, bajó las escaleras, admirando la casa mientras buscaba a Terrence.
Los cuartos estaban decorados con elegancia, cálidos y acogedores. Nunca había prestado mucha atención a la decoración por estilos y períodos, pero, aún así, reconocía que muchos de los adornos eran preciadas antigüedades. Dando un toque de buen gusto y estilo.
Al escuchar un murmullo de voces, Candy se detuvo cuando recorría el pasillo. Echó una ojeada a la puerta abierta y descubrió el despacho de Terrence, hallándole a él mismo detrás de su escritorio, pero no vio a nadie más.
La hizo señas para que entrara.
—¿Te sientes mejor, cariño? —preguntó cuando se levantó y se la acercó.
—Divino de la muerte, amorcito. —Esa respuesta vino desde el altavoz del teléfono, de una voz muy sarcástica, y muy varonil.
—Tú no, estúpido. Acaba de entrar Candy.
Terrence la atrapó y le estampó un beso caliente y muy lento sobre los labios, que ella le respondió con impaciencia.
—Mis orejas escucharon bien —dijo la voz.
Caminando hacia el escritorio, Terrence se sentó y la depositó en su regazo.
—Candice Alexandra, me gustaría presentarte a Albert Andrew. Afortunadamente no puedes verlo, porque si no, caerías enferma de nuevo.
Candy resopló intentando esconder la risa.
—Terrence, eres el mismísimo diablo, sabes que si me viera tu mujer, te abandonaría tan rápido que no sabrías quien te habría golpeado. Siempre esta celoso de mí, dulzura —replicó Albert.
—Me alegra conocerte, Al. —Candice se rió—. Estoy segura de que Terrence solo exagera. —Se retorció cuando le hizo cosquillas en las costillas como venganza.
—¿Al, estás seguro de querer participar en lo que estuvimos hablando?
Terrence regresó a los negocios, impaciente por concluir los asuntos y así poder concentrarse en Candice.
El doctor Martin había llamado a Albert para que se les uniera y así poder extender de una manera más rápida algunos comentarios sobre cierta medicina que administrada por una persona, desconocida había enfermado a la compañera de Terrence. Como no era un tema para tomarlo a broma, John sintió la necesidad de concienciar a la comunidad lupina sobre la potencial amenaza que esta medicina tenía para sus vecinos, los humanos.
Albert llamó a Terrence, seguro de que la discreción del doctor le había impedido revelar todos los hechos. La perfidia de Melissa no le resultó ninguna sorpresa, en vista de su inclinación, bastante conocida, hacia Terry.
—Voy a hacerlo Terry, definitivamente no queremos más incidentes desagradables. Puedo dejar caer alguna especulación de una fuente desconocida, si sabes lo que quiero decir. Esto debería conseguir que cierta persona sea consciente del hecho de que sus acciones no han pasado desapercibidas. Candy, ha sido muy agradable hablar contigo. Estoy seguro de que nos encontraremos en persona pronto, y así podrás comprobar que tengo mejor planta que nuestro amigo Terrence.
—Ni en sueños —se mofó Terry, cortando la comunicación.
Después de su terrible noche, estaba aliviado de encontrarse en perfecto estado; descansó la cabeza sobre Candice sintiéndose algo retozón. Ella pasó los brazos alrededor del cuello de Terry y se puso a besarlo hasta dejarlo sin sentido. Sus labios exploraron la boca de él con movimientos entre juguetones y lentos, lánguidos, que le hicieron entrar en calor pero a fuego lento. Cuando su lengua se deslizó entre sus labios separándolos para luego introducirla, el calor comenzó a arremolinarse en su vientre. Y cuando ella lo sorbió suavemente con la lengua y empezó a jugar con la suya, vamos, ya estaba en estado de ebullición.
Ella descubrió que su erección crecía contra su cadera, y se contorsionó para acercarse. La hembra primitiva se deleitó ante la capacidad de incitar su pasión. Tembló ante la sensación que le causó su mano, cuando se deslizo hacia un lado y paso sobre su cadera hasta posarla en su tenso glúteo cubierto con unos jeans, y lo masajeó con firmeza.
—Te sientes mejor —observó él ronco.
—Mucho mejor —contestó sucintamente, impaciente por seguir con el juego.
Cuando los labios se cerraron sobre los de él, su estómago emitió una fuerte queja. Ambos se detuvieron, perplejos. Logan sonrió abiertamente y Candice se puso como las amapolas, avergonzada ante las fuertes demandas de su estómago.
—¿Esto significa que tengo que alimentarte antes de que satisfagamos otras hambres, hum?
La mirada de Terrence se mostraba llena de una promesa al rojo vivo.
—Hombre, podrías darme algo para comer —admitió ella, frotando su estómago—. Después de todo, perdí esa maravillosa cena que me preparaste anoche.
—No me lo recuerdes —la reprendió Terrence fingiendo un escalofrió. Se levantó de la silla y la colocó sobre sus pies—. Voy a sufrir pesadillas con ese tema.
Candice apretó su brazo cuando la apartó entre risas.
—Te dije que te marcharas, pero nooo, tenías que ser noble y quedarte.
Le siguió por el pasillo hasta la cocina. Todas las habitaciones estaban maravillosamente diseñadas. Había una isleta colocada en el centro de la cocina. Era lo suficientemente grande como para que una zona contuviera un fregadero y en la otra se situaran tres sillas, de forma que pudiera servir ocasionalmente como mesa para comer. Admiró el suelo de piedra y pasó una mano acariciando la encimera de granito verde. Los muebles eran de madera natural, con todos los electrodomésticos incorporados e invisibles.
—Tengo algo de rosbif por aquí —le sugirió Logan, inclinándose ante el refrigerador abierto. Luego se giró hacia Candice—. ¿Emparedados y ensalada de col? O si lo prefieres tengo pollo en el congelador, lo puedo descongelar con el microondas.
—El rosbif es suficiente —estuvo de acuerdo, y le ayudó a prepararlo; él repartió los ingredientes que ella fue depositando sobre la isleta. Le observó mientras comenzaba a poner la mesa—. Eres bastante práctico en la cocina —comentó—. ¿Dónde están los platos?
Terrence fue a por ellos, mientras contestaba a su observación.
—Un hombre tiene que ser capaz de cuidarse a sí mismo. Me lo enseñó mi padre. Por supuesto, esa creencia fue muy apoyada por mi madre —añadió con una pesarosa sonrisa.
—¿Dónde están tus padres, Terry ? —le preguntó, tomando un cuchillo y cortando un tomate con cuidado.
—En este momento en Escocia —contestó—. Viajan mucho. Cuando mi padre se retiró, decidieron que querían visitar algunos de los lugares sobre los que habían leído. —Hizo una pausa—. ¿Caliente o frío? —preguntó, indicando el sucu-lento plato de rosbif.
—Caliente, por favor. —Candy sonrió—. Esta casa es realmente hermosa, pero ¿no es terriblemente grande para ti solo?
Cuando la carne de vaca se calentó en el microondas, Logan extendió la mayonesa en las rebanadas de pan, pasándoselas a Candy para que colocara la lechuga y el tomate.
—Esta era la casa de mis padres. Éramos cinco, incluyendo a mi hermana y a mi hermano. Como soy el mayor, decidieron dejarme esta propiedad a mí, mientras que a Lilian y a Dylan les dejaron otras propiedades. —Se agachó para darle un persistente beso en los labios—. Si hubieras sido una chica de la localidad, ya sabrías todo esto.
Candice saboreó su beso y retrocedió, alzando una ceja en su dirección.
—¿Supongo que todas las muchachas de aquí se pelearían por ti?
—Bueno, ya sabes como es esto…
Terrence se atuso el pelo.
—No importa, Señor Modesto —se mofó ella.
Siguieron jugando y bromeando durante la comida, después se dedicaron a recoger, haciendo que la tarde fuera agradable, relajante.
Cuando colocaron el último de los platos después de secarle, Candice le hizo una pregunta que la había estado carcomiendo desde su conversación con Albert.
—Terry, sé que soy algo curiosa, pero, ¿a qué se refería Albert con eso de que de esa manera cierta persona sería consciente de que sus acciones no habían pasado desapercibidas? ¿Y qué incidentes desagradables estáis tratando de evitar?
Terry la miro cariñosamente.
—Sí, es una conversación que debemos tener. —Asintiendo con la cabeza prosiguió—: Ahora es un buen momento. Vamos a mi despacho y nos pondremos cómodos.
Candy le siguió algo dudosa. Sospechaba que esta conversación iba a tratar algunas cuestiones serias y bastante sensibles. Solo esperó que Terrence no fuera algo parecido a un emigrante ilegal.
Por su parte, Terrence luchaba con algunas otras dudas bastante serias. Había llegado el momento de ponerla en antecedentes sobre su herencia, antes de que ella, sin contar con el conocimiento de que era su compañera, empezara a preocuparse. Sabía que le gustaba y que se sentía sexualmente atraída, pero quería algo más.
Quería su amor —el amor por parte de un compañero era de suma importancia, vital. Solo con su amor ella seria capaz de aceptar al lobo.
Aun cuando había descubierto lo que ella representaba para él, su primera atracción fue puramente física. Después de pasar cierto tiempo con ella, aprendería cada una de las facetas que conformaban a Candice A. White. Ya la encontraba fascinante y estimulante, física, mental y emocionalmente.
Con sus amantes anteriores, había disfrutado de los considerables encuentros físicos y apasionados. Con ella, Terry había ido más allá de la unión física. Por primera vez en su vida, se encontró queriendo más. Sus sentimientos iban más allá de la preocupación y el afecto. Se vio pasando cada uno de sus días con ella. Compartiendo su vida con ella. Teniendo hijos con ella. Amándola. Comprender esto fue como recibir una patada en el estómago por parte de una mula. Pensar que fuera incapaz de aceptar su doble naturaleza, que lo despreciara, era intolerable. Su futuro descansaba en sus manos, una vida llena de amor, con su compañera y familia, o la existencia solitaria de estar sin ella. Nunca se había encontrado en una situación donde no tuviera el control. Le hacía sentir extraño e intranquilo.
Cuando entraron en el despacho, terrence rezó para que los sentimientos de Candy hacia él fueran lo suficientemente fuertes como para aceptar lo que le iba a revelar. La hizo sentarse en el sofá, mientras que él se sentó en la mesa del centro, tomando sus manos. Mirando profundamente en sus ojos, comenzó:
—Los incidentes desagradables que queremos evitar son del tipo de lo que te pasó anoche. Fuiste drogada, Candy.
La confusión llenó sus ojos.
—¿Drogada? Pero, ¿por qué?, ¿cómo?
—Melissa Leagan —reveló Terry, con un claro tono condenatorio—. El cómo, lo sospecho, simplemente vertiendo una sustancia en tu té, mientras estábamos en O'Neal. ¿Recuerdas cuando dejó caer el bolso? Todos nos distrajimos. En cuanto al por qué, unos pequeños celos. Lleva tiempo tratando de añadirme a su lista de trofeos y yo no coopero. Realmente lo siento, Candy. Te hizo daño por mi culpa.
Candy pudo ver cólera mezclada con remordimiento y, como no, ¿ansiedad? ¿Seguramente no pensaría que le iba a culpar?
—No es culpa tuya —le consoló, apretando sus manos—. ¿Pero no deberíamos comunicárselo a la policía?
Terry se levantó y comenzó a caminar con pasos largos y pausados.
—Solo hay un problema con esto, amor. No tenemos ninguna prueba. Ningún testigo, ningún «fue cogida con las manos en la masa», ninguna huella digital en tu vaso, nada. Solo sería nuestra palabra contra la suya.
Se colocó delante de ella, sus ojos estaban llenos de seriedad y preocupación, cosa que nunca le había visto antes.
—Hay otra razón por la que no querría comunicar esto, aunque tuviéramos pruebas. —Ante el perplejo ceño fruncido de Candy prosiguió—: Y es debido a lo que es.
Pequeñas punzadas de ansiedad comenzaron a crearse dentro de ella.
—¿Qué quieres decir con lo que es? —preguntó Candy quedamente.
—Melissa es una mujer lobo, Candy. Como yo.
Candice contempló a Terry mientras innumerables emociones bullían en su interior. Una divertida incredulidad comenzó a destacar.
—Eres un hombre lobo —declaró rotundamente. Una repentina cólera empezó a recorrerla de pies a cabeza—. Esto me suena a finalizar una relación, pero estoy algo perpleja porque me parece que me perdí la broma. —Se levantó y anduvo con largos pasos mientras Terry la miraba silenciosamente. No podía creerse lo que acababa de contarla. Pero entonces, ¿por qué sino lo diría? Un dolor punzante comenzó a formarse en su interior. Parándose detrás del sofá, fijó la mirada sobre Terrence. Su voz tembló con la emoción contenida—. Dijiste que podría confiar en ti, y te creí. Creí en ti, pero desde el principio solo has estado esperando el momento para ponerme en ridículo. —Hizo una pausa, respirando con fuerza, rechazando las lágrimas que amenazaban con salir—. Bueno, pues has tenido éxito. Solo que no entiendo el porqué. ¿Por qué esta treta tan elaborada?
Incapaz de esperar una respuesta, se dio la vuelta ciegamente, dejando salir las lágrimas que picaban sus ojos. Daño. Confusión. Cólera. Desilusión. Todos entremezclados dentro de ella como un guiso burbujeante. Caminó hasta la puerta, desesperada por alejarse de la fuente de su dolor.
Cuando llegó a la entrada, la sujetó por la muñeca.
—No te vayas.
Su voz era tranquila, controlada.
—Deja que me vaya, Terrence.
Ella no pudo engañarle, notó su confusión.
—No puedo, Candy, eres mi compañera —le comunicó.
Alzó la cabeza y sin pensárselo dos veces, levantó la mano y le dio una bofetada. Candy jadeó, incrédula y horrorizada, se quedó inmóvil. Un silencio sobrenatural llenó el cuarto mientras se contemplaban el uno al otro.
Terrence rompió el silencio, hablando rotundamente, sin emoción.
»Creo que esto me da el permiso para acaparar un poco más de tu tiempo.
La vergüenza y el remordimiento la desgarraron. Finalmente asintió de forma inestable, sin saber a quien odiaba más, a sí misma por cometer este acto violento, o a él por provocarlo.
Volviendo a sus posiciones iniciales, se sentaron uno enfrente del otro, pero esta vez como adversarios. Terrence la observó silenciosamente, todavía luchando con su creciente dolor y cólera.
—Hace años, cuando un lobo encontraba a su compañera la tomaba. Sin ninguna explicación, sin ninguna disculpa. Se imponía la rendición de las hembras. Ahora procuramos ser más civilizados y halagadores, por lo que cortejamos a nuestra compañera. Soy un alfa. —Su voz decayó sonando como un profundo ronroneo, aunque la advertencia era claramente evidente—. En esta situación solo puedo tolerar muy poca cantidad de civilización.
Los ojos de Candice se dilataron, mostrando su incertidumbre. ¿Sería posible que le hubiera dicho la verdad? Unos momentos antes, los ojos de él habían mostrado un misterioso brillo. Pudo sentir las ondas de calor que emitía y la clara intención escrita en su cara. También pudo ver la erección estirando la tela de sus vaque-ros. Una involuntaria onda de excitación la recorrió cuando se encontró respondiendo a su dominio.
—¿Qué vas a hacer?
Luchó por controlar su voz.
Terrence reconoció el leve temblor, su parte lobo se apaciguo ante su inconsciente sumisión.
—Voy a demostrar que puedes confiar en mí. Que no te he mentido. Que soy un hombre lobo, y —se inclinó acercándose, brillantes chispas saltaban dentro de sus ojos— que eres mi compañera. Voy a transformarme para ti. Aquí. Ahora. En este momento.
Candice sintió pánico.
—¡Espera! —gritó— Espera, por favor, tengo que saber…
—¿Qué necesitas saber? —preguntó con impaciencia.
—No, aunque no crea nada de lo que va a pasar, pero, aún así… —se mordió el labio—… ¿Me reconocerás?
Logan reconocido su miedo e incertidumbre. Su necesidad de proteger y consolar se reafirmó en su interior. Tomó su mano, entrelazando los dedos con los de ella.
—Te reconoceré, Candy. Mantenemos una completa conciencia. Solo que de una manera diferente.
Reconfortada, se relajó volviendo a la normalidad y aprovechó la oportunidad para preguntar:
—¿No se parecerá a esas películas del cine clásico donde la cara del tipo crece alargándose, y sus manos se convierten en garras o algo por el estilo, verdad? Siempre me ha parecido un poco vulgar.
La tensión entre ellos se rompió. Terrence bufó divertido.
—No, ocurre muy rápido. Un híbrido hombre lobo se transforma por entero, solo se es consciente de nuestra energía cuando lo hacemos. Ahora mismo solo soy un hombre, al instante cambio a lobo, con solo un parpadeo. —Se rió de ella—. ¿Preparada? —Ante su gesto afirmativo, movió la mesa de centro hasta colocarla delante de la chimenea, haciendo sitio. Candice siguió cada uno de los movimientos de Terry, tragando con fuerza cuando se situó de pie ante de ella y comenzó a desnudarse.
—¡Eh! ¿Te tienes que quitar la ropa?
Notó como se le secaba la boca.
Él asintió con la cabeza, un movimiento lento, atractivo, ufano, que comunicaba riqueza en ese sentido. Tocando con la punta del pie las botas, las desplazó a un lado. La mirada de Candice fue capturada cuando él abrió el botón de su bragueta y despacio bajó la cremallera por encima de su prominente erección. Ella sintió como el calor le subía a la cara mientras inconscientemente se retorcía en el sofá.
Habiendo casi olvidado la razón principal para que se desnudara, Candy miró con expectación cuando la ropa cayó. Incluso en estas circunstancias, el ver a Terry en cueros era una maldita compensación.
Lentamente se desabotonó la camisa, cada botón que se deshacía revelaba más músculos, con un pecho ligeramente cubierto de vello debajo. Con elegante facilidad tiró de los faldones de su camisa para sacarla de los vaqueros y encogió sus amplios hombros para sacársela, dejándola caer sobre la silla que había a su espalda.
Candy permaneció pegada al sofá, luchando contra el impulso de tirarse sobre él. Observó la flexión de los músculos de sus hombros y brazos cuando enganchó sus pulgares en el cinturón de sus vaqueros y los bajó hasta el suelo. La espera resultó interminable; hasta que los vaqueros revelaron lentamente el tesoro escondido, fue una pura tortura.
Candice sintió que ciertas partes de su cuerpo se contraían por la tensión, mientras que otras se ponían al rojo vivo, humedeciéndose y abriéndose con creciente excitación.
Terrence se enderezó cuando sus vaqueros golpearon el suelo. Dio un paso para salir de ellos, cada pulgada lista para un orgasmo, permaneció de pie mostrando su cuerpo de manera orgullosa.
—Por todos los santos, eres Batman —susurró reverente. Su aliento y el latido de su corazón comenzaron a ir más rápido cuando un repentino acceso de calor barrió su cuerpo.
El paquete, en su totalidad, devastó sus sentidos. Era como una estatua griega esculpida, no en mármol, sino en carne, hueso y puro músculo. Y allí en el centro, exigiendo su atención, la más larga, la más dura, y la más gruesa de las erecciones que ella hubiera visto jamás. Una larga columna de marfil rodeada de venas palpitantes. La cabeza, en forma de ciruela sonrojada por la sangre, sobresalía del sensible tejido. Aquella columna orgullosa, descomunal, nunca podría ser ocultada por una hoja de parra.
Encantada por lo que veía, Candice estaba impaciente por olvidar todo lo referente a los hombres lobo y seguir con lo que le parecía más interesante. Se esforzó por dejar de mirar la erección de Terry y encontrar sus ojos. El aliento se le quedó momentáneamente atascado ante el profundo brillo de sus ojos. Oro líquido, caliente, incinerante, fundido. Cualquier idea que tuviera de resistir desapareció cuando vio sus intenciones. Al contrario, esto encendió su pasión, abasteciendo de combustible su necesidad, preparándola para la combustión.
—¿Preparada? —repitió él, su voz fue un gruñido profundo, ronco.
Candice tembló ante la impaciencia de su voz. Sabiendo que solo esperaba su consentimiento, su mirada dio un nuevo barrido por su cuerpo. Excitada por la ola de calor que la recorrió cuando lo hizo, asintió con la cabeza.
La imagen de terrence vaciló, alterándose, brillando tenuemente… transformándose. Candy tuvo casi vértigo cuando sus ojos trataron de seguir el aspecto borroso del movimiento. Parpadeó, sacudió la cabeza y volvió a enfocar solo para encontrar un enorme lobo donde antes había estado terrence.
Se quedó paralizada. Cuando su vista se volvió borrosa, comprendió que había olvidado respirar. Tomando aire, temerosa de hacer cualquier movimiento, se humedeció los resecos labios con la lengua.
— ¿Terry?
Su susurro tembló en el aire.
El lobo se acercó despacio a ella y Candice luchó contra el abrumador impulso de echar a correr. El aliento se atascó en sus pulmones cuando el hocico se aproximó a su cara. Cuando pensó que perdería la batalla por no soltar un aterrorizado grito, una larga y áspera lengua acarició su mejilla.
Parpadeó asombrada.
—¿Terry ? —repitió ella.
El lobo acarició con el hocico la mano que tenía posada en el muslo. Tentativamente, la levantó, la colocó sobre la cabeza y acarició lentamente su cuello. Miró fijamente en las profundidades de sus dorados ojos y le reconoció de manera indiscutible.
—Oh, Dios mío. Eres tú. Realmente eres tú. —Estaba boquiabierta por la fascinación—. Eres hermoso —exclamó suavemente entre risas y lágrimas. Ahora sus manos se movieron y se alzaron sobre la piel gruesa alrededor de su cuello. Su cara, notando las marcas más oscuras que se realzaban alrededor de sus ojos y hocico. Su grueso pelaje resultaba liso y saludable, suave y mullido bajo sus manos errantes. La parte superior de su pelaje era igualita a la mata oscura de su pelo, mezclado con mechas doradas y ligeros toques de luz rojiza. Esta se entremezclaba con el ligero color que fluía bajo sus patas, pecho y bajo vientre.
Candice podía sentir cada uno de los músculos que había bajo sus manos. Se maravilló de la criatura aparentemente salvaje que había ante ella, sabiendo que nunca la haría daño. Con esa revelación, llegó el conocimiento del hecho tan importante que había colocado en sus manos. Confiaba en ella. Terrence había confiado en ella para que conociera quién y qué era.
La inundó una ola de gran emoción. Había muy pocas personas en su vida que confiaran en ella y en quien ella confiara. Sus padres, su hermana, Lilian y Brian. Cada uno de ellos, además, acompañado por un amor incondicional. Gestos de Terrence, sus palabras y acciones a lo largo de estos pocos días, fluían por su cabeza. Su bondad y preocupación, su sonrisa, fuerza e inteligencia, la pasión que sentía por ella, la pasión que él también causaba en ella. Sus palabras «Eres mi compañera» resonaron en su cabeza. Y ahora daban otro sentido a sus acciones. A su amor.
—Eres mi compañero —le dijo en un suave murmullo—, me llenas de asombro. —Levantándose, retrocedió ante el lobo y se quitó su camisa por la cabeza—. Eres mi compañero —repitió con firmeza—. Transfórmate. Cambia ahora mismo.
Sus manos fueron al botón de sus vaqueros, tirando hasta abrirlo. Deslizando la cremallera hacia abajo, se quitó los vaqueros y las bragas al mismo tiempo. Su mirada se quedó prendada en Terrence hasta que comenzó un brillo y un ligero movimiento. Se desprendió del sujetador y lo dejó caer con el resto de la ropa.
Terry estaba enfrente de ella, maravillosamente desnudo y totalmente erguido. Ella se lanzó hacia sus brazos donde la esperaban su calor, fuerza, protección y amor.
—Terry, Terry, Terry.
Cantó su nombre como un rezo, mientras se presionaba ferozmente.
Él pasó las manos sobre su pelo, trayéndola hacia sí.
—¿Me aceptas? —exigió— ¿Tal como soy, Candice?
—¡Sí! Con todos tus atributos. —Sus propias manos se alzaron, deslizándose por su pelo, entrelazándolo, capturándolo—. Te amo y te quiero, te necesito ahora mismo, Terrence. Ahora.
Sus bocas se unieron salvajemente mientras luchaban por acercarse todo lo que podían. Su apasionada confesión había puesto a Logan por las nubes. La necesidad primitiva de aparearse, llenó su cabeza con una neblina roja que les hizo caer al suelo. Rodaron, luchando para colocarse encima del otro.
Terrence la fijó sobre la alfombra al tiempo que su boca la exploraba. Juguetonamente, le mordisqueó la mandíbula bajando por su garganta mientras ella saltaba y luchaba bajo él. El placer y la frustración hicieron que se retorciera gimiendo y soltado un quejido cuando la boca de él encontró su pecho. Sus dientes sujetaron ligeramente su endurecido pezón cuando lo succionó.
Las uñas de Candice se hincaron en sus hombros mientras curvaba la espalda extasiada. Su boca se movió hacia el otro pecho, succionándole vigorosamente, haciéndola arquearse y morderle el hombro como reacción. Un gruñido retumbó en las profundidades de su pecho.
Ella le empujó con violencia.
—Déjame —jadeó, y él cedió, rodando sobre su propia espalda.
Candy lo atacó sin vacilar. Recorrió con la lengua su fuerte columna empezando por la garganta, lamiendo, mordiendo y seguidamente calmando el dolor del mordisco con otra caricia de su lengua. Deslizó la mano hasta su pecho, pellizcando ligeramente el pezón masculino. Colocó su boca sobre el otro pecho, moviendo la lengua en perezosos y excitantes círculos, alrededor del endurecido brote.
Le encantó cuando Terrence se estremeció gimiendo. Ver como se retorcía bajo sus caricias y se tensaba mientras su mano se arrastraba hacia la parte baja de su estómago y después a su ingle. Capturó su palpitante y sólido mástil con la mano, apretándole fuertemente. Sus caderas se alzaron del suelo de forma convulsiva.
Sintió un espasmo como reacción, al mismo tiempo que su sexo se inundaba con su dulce crema. Con ciega lujuria se asentó a horcajadas sobre sus caderas, disponiéndose a montar su sexo erecto. Su canal estaba abierto, ansiando ser llenado. El olor acre de su excitación llenó el aire.
—No —ordenó Terrence ronco, deteniendo su movimiento durante solo un momento.
Apretó los muslos y desoyó su orden hasta que, girando su descomunal cuerpo, de nuevo se encontró sujeta al suelo. Trató de luchar para quedar libre, pero fue en vano. Con un gruñido de fracaso, reconoció su fuerza superior.
—Esta primera vez, será a mi manera —gruñó él enigmáticamente, haciéndola rodar sobre su estómago. Ella siguió cada una de las instrucciones, cuando la impulsó sobre sus manos y rodillas. Su duro cuerpo cubrió el suyo. Se sintió abrasada por el calor que la piel de él generaba contra la suya. La dura erección estaba anidada en la hendidura de su trasero. El suave y rizado vello del pecho raspaba su espalda, haciéndola temblar.
Sintió su cuerpo apretarse con fuerza contra el suyo. Su profundo gemido, entre jadeos, llenó su oído cuando su lengua lamió el orificio tentándola e incitándola. Candice intentó acallar fallidamente los ansiosos y torturados gemidos de necesidad que desgarraban su garganta.
—Abajo —pidió él bruscamente, haciendo presión entre sus omóplatos. Cayó sobre sus codos, dejándola totalmente expuesta. Su consentimiento trajo un gruñido de aprobación, junto con un deslizante barrido de su lengua a lo largo de su columna vertebral. Terminó el recorrido hundiendo los dientes en un tenso glúteo, haciéndola gritar sorprendida. Candice abrió los muslos urgiéndole, entonces sintió un breve cosquilleo producido por su pelo cuando se agachó para capturar con su boca los hinchados labios de su sexo. Su lengua se deslizó por ellos, moviendo los abultados pétalos, absorbiendo el hechicero olor de su excitación.
Candice se alzó sobre sus brazos soltando un gemido que se transformó en un grito ahogado cuando la palma de Terry aterrizó en su glúteo con un resonante golpe.
—Abajo —la ordenó de nuevo, con un tono enérgico. El de un alfa que no toleraría ninguna desobediencia por su parte.
Gimiendo, obedeció, agachándose con sumisión. Sus muslos temblaron por la anticipación y brincó cuando le sintió soltar el cálido aliento sobre su empapada vagina. Unos suaves, pero firmes dedos, separaron sus labios inferiores y de nuevo su lengua comenzó la dulce tortura.
Candice lanzó un grito, sus dedos se cerraron formando puños mientras buscaba alguna manera de sostenerse. Las pasadas hábiles de la lengua de Logan contra sus pliegues ultrasensibles la conducía cada vez más y más alto. Alternó la succión de su clítoris y la penetración de su lengua dentro de su húmedo canal, hasta que so-lo fue una masa temblorosa de carne, al borde de la locura.
Terry bebía el néctar de Candy mientras fluía de su interior. Estaba intoxicado por su gusto y olor. Sus gritos frenéticos, y la demanda palpitante de su propio pene, consiguieron penetrar en su subconsciente. Alzándose sobre ella, colocó la hinchada cabeza de su verga en la entrada. Con un empujón rápido y poco profundo entró en ella mientras la cubría de nuevo
—Mi compañera —gruñó de manera firme y posesiva. Mordiéndola en el hombro, empujó.
Fluidos resbaladizos salieron a borbotones, desbordándose por el invasor que perforaba su túnel. El gemido de placer de Candice resonó cuando su grueso miembro se deslizó más y más profundo, hasta que cada pulgada fue sepultada en su interior. Su febril canal le dio la bienvenida. Primero estirándose y temblando para acomodarlo, luego apretándole, aprisionándole. Se meció lentamente contra ella, hacia delante y hacia atrás, con profundos empujes. A su vez, ella empujaba hacia atrás con fuerza, alentándole, exigiéndole más.
Terrence inició un ritmo diferente, profundizando aún más sus embestidas y enviando su verga hasta lo más profundo de su centro. Empujó y se retiró, empujó y se retiró. Monótonamente, sin parar, una y otra vez. Ambos perdidos en el calor primordial del acoplamiento. Los gruñidos del esfuerzo acompañaron el sonido continuado de carne contra carne. Resplandeciendo, la ardiente piel brilló debido al sudor, bajo la luz de la lámpara. Los montículos curvilíneos, carnosos, de las posaderas de Candice se alzaban a su encuentro, igualando el ritmo de avance de las caderas de Terry. El peso de sus testículos, cargados con la semilla, golpeaba rítmicamente contra su sexo. Cada golpe de bombeo, conducía la cabeza palpitante de su eje a un mayor contacto, dirigiéndole hasta su mismo centro. Sus gemidos apreciativos acompañaban el movimiento exhaustivo de sus caderas cuando ella se alzaba contra él para obtener más.
Él los condujo más alto, hasta que quedaron sobre el precipicio de un placer tan agudo, que solo una línea de demarcación evitaba que fuera dolor. Su vagina convulsionándose, junto con sus frenéticos gritos, anunciaron su inminente orgasmo. Terry se hundió, humedeciendo las yemas de sus dedos en sus jugos, buscó su clítoris y aplicó una suave presión mientras frotaba el endurecido botón, enviando a Candice, con un grito, el borde de la locura. Quedando preso en aquel canal, su sitiado miembro explotó. Pronunció un gutural e intenso gruñido, empujando profundamente, mientras la caliente corriente de su espesa semilla cubrió las temblorosas paredes vaginales. Los músculos, debilitados por liberación, perdieron fuerza haciéndole caer al suelo sobre ella.
Candice siguió emitiendo pequeños gemidos cuando las ondas de su orgasmo ordeñaron el duro eje, todavía sepultado en lo más profundo de su sexo. Los murmullos ininteligibles de Terrence la calmaron, al tiempo que él pasaba sus brazos a su alrededor, haciendo que sus cuerpos rodaran para quedar de lado pero sin separar-se. Él alzó una pierna por encima de su cuerpo. Una mano se cerró sobre su pecho, frotando el alargado pezón contra su palma. Su otra mano se deslizó sensualmente hacia abajo, por su satinada y húmeda piel. Esto desencadenó una nueva ola de expectación, desde su vientre hasta su húmedo sexo, que todavía albergaba su semierecto pene.
Suavemente masajeó los labios hinchados de su vagina. Su dedo medio y anular separaron los labios que se ajustaban a su verga, que comenzó a llenarse y alargarse cuando ligeramente pellizcó los dilatados labios que le rodeaban. Con la base de su mano aplicó presión en el centro sensibilizado de su clítoris. Escondido bajo sus labios, este hizo que hondas de placer se extendieran por todo su cuerpo.
Candice tembló y gimió bajo la caricia. Jadeando, cuando Terrence comenzó a moverse con un golpe mesuradamente lento.
—Otra vez —exhaló sobre el oído de ella.
Un temblor bajó por su espalda cuando él mordisqueó el lóbulo de su oreja. Martirizó la sensible piel detrás de su oído. La mano que sujetaba su pecho se apretó y amasó aquella sensibilizada carne. Sus dedos encontraron el hinchado pezón, apretándolo ligeramente y tirando de él. Su verga, ahora totalmente erecta, quedó firmemente asentada en su coño.
El tiempo dejó de existir cuando se apropió de la flexible carne que le daba la bienvenida. Ya no podía distinguir entre el toque de sus manos o labios o lengua y la de su verga. Cerrando los ojos, se abandonó a la cruda y dura sensación de su posesión.
Terrence bebió los gritos de placer de su compañera. El olor acre del sexo llenó sus fosas nasales mientras sus manos se llenaban de su carne. Moldeó su cuerpo alrededor del suyo, empujando con decidido vigor. Los inequívocos zumbidos de la próxima liberación revoloteaban en la base de su espalda. Extendió los labios de su sexo, haciendo que se abriera más a él. Baño los dedos con la gruesa crema que encontró allí, luego los deslizó suavemente, una y otra vez, sobre todo su clítoris. Su cuerpo se puso rígido, luego convulsionó contra él cuando ella explotó en otro orgasmo. Su gemido implorante, cargado del placer atormentado, rasgó el aire.
Terrence agarró sus caderas, gruñendo con cada empuje en su palpitante y apretado canal. Conduciéndose por instinto, de nuevo presiono los dientes en la suave carne entre cuello y hombro, manteniéndose silencioso con empujes controlados. Recibió las pulsaciones directamente sobre su eje, haciendo que una erupción de calor les diera la bienvenida.
Agotados, se amoldaron uno al lado del otro. El tiempo pasó sin darse cuenta. Los latidos de sus corazones se normalizaron. La tensión desapareció de sus músculos. Los alientos, antes ásperos y jadeantes, volvieron a ser parejos. El sudor se enfrió y secó. Candice suspiró, temblando.
Los brazos de Logan se apretaron alrededor de ella.
—¿Tienes frío? —preguntó él.
—Uh-uh —contestó ella, acurrucándose hacia atrás en su abrazo—. ¿Terrence?
—¿Mmmmm? —la contestó con un estruendo bostezo.
—Me has mordido.
—Uh-huh —coincidió él.
—¿Ahora me voy a convertir en un hombre lobo? —preguntó ella.
—Uh-uh —negó él.
—Ah.
La desilusión teñía su voz.
Terry se apoyó sobre el codo, alzándose. Ella se reclinó hacia atrás para encontrar sus ojos y después los alzó para encararlo.
—¿Quieres convertirte en mujer lobo? —preguntó con seriedad.
—Bueno… —comenzó, moviendo los dedos ociosamente sobre la alfombra—… ¿Has tenido alguna vez un sueño, que estas seguro no te va a ocurrir nunca?
Inclinando la cabeza en su dirección, continuó.
—Eso es lo que me pasa. He leído libros y me he imaginado lo que sentiría al ser un vampiro o una mujer lobo o una cambia formas de alguna clase, o tener poderes mágicos. ¿Te parece extraño? —le preguntó, alzando la vista hacia él, dudosa, tímida.
Logan sonrió.
—Para nada. —Se inclinó para pasar un mechón de su pelo por detrás de su oreja—. Tienes una mente abierta en lo referente a las posibilidades de otras formas de vida. En determinadas circunstancias, puede resultar algo muy conveniente.
Candice le devolvió la sonrisa.
—De todos modos, pensaba que si tú me mordías, según lo que he leído siempre parece ser la forma más habitual en que un humano se convierte en hombre lobo, pues a mí no me importaría. —Su mirada se volvió pensativa—. Pero creo que eso no es posible.
Terry reconsideró esto durante un momento.
—Es posible —admitió.
—¿Lo es? —Candy se sentó, sus pechos se agitaron con su entusiasmo— ¿Cómo?
Apartando los ojos de sus maravillosos pezones, le sugirió.
—¿Por qué no nos duchamos y nos vestimos antes de que salte otra vez sobre ti? Entonces tal vez pueda explicarte todos los detalles sin babear.
Ella sonrió descaradamente y alcanzó la camisa que él había dejado caer sobre la silla. Ya de pie, se la puso, abrochando los botones más estratégicos.
—¿Mejor?
—Algo —se quejó él.
—Ven —le animó —. Compartiré la ducha contigo.
Con una carcajada salió corriendo de la habitación. Terry saltó sobre sus pies y la siguió. Las pisadas resonaron por la escalera. Ella chilló cuando la alcanzó a la entrada del dormitorio y atrapándola con un gruñido, la colocó sobre su hombro, haciéndola reír mientras llevaba su premio al cuarto de baño.
El agua tibia salpicó perezosamente en la bañera casi llena. Deslizándose sedosamente por la ardorosa piel, refrescándola y lavando la sudoración de su encuentro sexual. Después de atrapar a su compañera, con su excitación estimulada por la persecución, terrence había tomado a Candice de nuevo. Fue duro y rápido, inclinados en la ducha, dejándoles débiles y sin aliento. El contacto visual que habían mantenido gracias a su reflejo en el espejo les resultó electrificante.
El estímulo físico, realzado por la visión de los pechos de Candice rebotando mientras Terry la penetraba una y otra vez, los había hecho explotar con fuerza y rapidez.
Asentada entre sus muslos extendidos, con la espalda contra el pecho de él, Candy vago en una nube de saciada plenitud. Sus brazos descansaban a lo largo del borde de la bañera, mientras la rodeaba el abdomen con un abrazo.
—Olvidé darte las gracias por traerme algo de ropa y el resto de cosas, mientras dormía —murmuró ella perezosamente.
—No lo hice yo. Fue Paty —la informó, su profunda voz sonó cansada, soñolienta.
—¡Ah Dios mío, Paty! ¡Me olvidé de Paty! —Candice luchó por sentarse, un gesto inútil ya que los brazos de terrence la apretaban como bandas de acero a su alrededor.
—Relájate, sabe dónde estás. —Se inclinó para acariciarla el hombro con la boca—. La llamé mientras dormías. Trajo tus cosas y hasta subió para verte, pero estabas tan profundamente dormida que no quiso despertarte. —Con esta explicación, Candice se tranquilizó, relajándose en sus brazos—. Puedes llamarla por la mañana. —Su cálido aliento recorrió su cuello y hombro, causando un pequeño temblor. Su lengua comenzó un lento recorrido sobre las pequeñas heridas causadas por sus incisivos al morderla—. ¿Te dolió? —preguntó suavemente, examinando las heridas con una combinación de orgullo y pena. Orgullo por el hecho de que llevaba su marca y pena por el daño que la había infligido.
Ella se estremeció bajo las pasadas solícitas de su lengua.
—Mmmmm, no —suspiró—. Si no paras con esto, voy a necesitar esa lengua ingeniosa en otros lugares. Y pronto.
—Estaré más que feliz de amoldarme a tus necesidades, dulzura —contestó ardorosamente.
Elevó las manos para acariciarle la cabeza, al tiempo que enterraba los dedos en la sedosa masa de su pelo y sujetándolo de manera más firme, tiró.
—Ow, ¿por qué hiciste eso?
Se alejó con el ceño fruncido y ella le dejó ir.
—No es momento de jugar, no hasta que me contestes a unas cuantas preguntas —declaró decidida.
—Vale —refunfuñó haciendo un mohín mientras frotaba su dolorido cuero cabelludo—. Mientras pueda mantener mi pelo sobre la cabeza. ¿Cómo podría ser un alfa si estuviera calvo? Se reirían de la manada.
—Ah, eres un niño grande —se mofó ella. Luego se dio la vuelta, levantándose sobre sus rodillas para enfrentarlo. Acunando su cabeza entre las manos le acarició desde la boca hasta el pelo, colocando pequeños y solícitos besos sobre su maltratado cuero cabelludo. Sus manos vagaron hasta llegar a sus mejillas, elevan-do su cara hacia la suya. Repentinas lágrimas llenaron sus ojos.
—Oye, solo estaba bromeando, no me hiciste daño —la calmó Terry.
—Te golpeé. —Su aliento estaba atrapado en su garganta—- Antes, no creí en ti y te golpeé. Lo siento tanto, Terry. ¿Podrás perdonarme?
Terry la acerco, la sensación de su carne desnuda todavía húmeda contra la suya le hizo querer gemir.
—No hay nada que perdonar, amor. Fue solo la impresión. Sé que no quisiste hacerlo. —Frotó su espalda, bajando con una caricia, hasta la firme curva de su nalga—. Además, estamos empatados. Yo también te golpeé.
Ella retrocedió.
— ¿Quieres decir cuando tú, cuando estábamos…? —Un sonrojo acalorado impregnó sus mejillas.
Terrence asintió, con una sonrisa sardónica en sus labios.
—Eso fue… vaya.
Ella dejó caer su cabeza, evitando el contacto de su mirada.
La incipiente comprensión encendió sus ojos.
—Te gustó —declaró él con suficiencia. Inclinó la cabeza para encontrar su mirada—. ¿Le gusta a mi traviesa niña que la zurren? —La ronquera en su voz hizo que su sexo se apretara.
—¡No, y para ya! —exclamó, cuando se alzó sobre sus pies y caminó fue de la bañera. Una incontrolable excitación apretaba sus entrañas mientras cogía una toalla y comenzaba a secarse enérgicamente.
Logan la siguió enseguida. Secándose, se acercó furtivamente a su espalda.
—Puedo oler tu necesidad, Candice —bromeó.
Ella se giró para enfrentarle, haciéndole retroceder; Terrence alzó las manos en son de disculpa, ante las chispas que disparaban sus ojos.
—¡No tiene ninguna gracia! —gritó, luego giró alejándose y murmurando—: Soy una enferma. —La clara consternación se hizo evidente en su voz.
Sin ninguna advertencia, Terrence la levanto en sus brazos, llevándola con largas zancadas hasta el dormitorio. La dejó caer sobre la cama, lanzándose sobre ella a continuación y sujetando su cuerpo sin admitir ningún tipo de protesta.
—Deja de retorcerte —le pidió. Capturó sus muñecas con una mano, y las subió por encima de su cabeza. Aprisionó la parte inferior entre sus muslos y se elevó sobre ella—. Mírame —la instó.
Derrotada, le miró con unos ojos totalmente avergonzados.
Una suave sonrisa comprensiva curvaba sus labios.
—No estás enferma —la consoló—. Es retorcido. Me encanta.
Con esta declaración se apretó más contra ella, haciendo que Candice frunciera el ceño.
—¿Estás seguro? Nunca lo había hecho, ya sabes, algo así. Pero he leído bastante sobre el tema y me estimula, ah. Me hace sentir…
Se removió bajo él.
—¿Cachonda? —resumió él con una sonrisa.
—Sí —confesó, plasmando una renuente mueca en sus labios.
—Fue hermoso —la dijo entusiasmado—. A mi dulce, hermosa, inteligente y atractiva compañera, le gusta ser dominada. —Gruñó ferozmente—. ¿Recuerdas lo que te conté sobre que soy un alfa? —Inclinando su cabeza, continuó—: Los alfas somos dominantes, está en nuestra naturaleza. —Bajó la cabeza hacia su abdomen jugueteó, lamiendo y mordiéndola hasta que la hizo reír y retorcerse.
Poniéndose serio, capturó la mirada de ella con la propia. Un dulce brillo comenzó a extenderse en sus ojos.
—Hay algo que siempre he deseado probar —admitió.
Los ojos de Candice se abrieron con alguna clase de aprehensión, pero por encima de todo dominó la anticipación.
¿Qué? —preguntó entre jadeos.
—Te implica —se explicó—. Tendrías que estar totalmente desnuda, a excepción de una capa y una capucha roja.
Candice se deshizo entre risas que fue incapaz de disimular.
— ¡Ay!, venga ya —urgió Terry —. Siempre he querido jugar a ser el lobo feroz.
— ¡No! —Ella siguió riendo.
—Lo digo en serio, tú y yo solos en los bosques. —Alzó sus cejas con intención lasciva—. Podría ser entretenido. Prometo no comerte… —la intentó engatusar.
Perdió totalmente la partida, riéndose a carcajada limpia hasta que las lágrimas corrieron por sus mejillas. Logan esperó, aparentando un gesto malhumorado.
—No lo encuentro tan gracioso —refunfuñó, alzándose y quitándose de en-cima de ella.
Candice intento explicarse. Se sentó, lanzando sus brazos para abrazarle.
— ¡Ay!, cariño, no te enfades —le arrulló—. Si esto significa tanto para ti, me lo pensaré. —Agachó la cabeza para tenerle cerca, tratando de llamar su atención—. ¿Te parece bien?
—Vale —se quejó él. Sus ojos encontraron los suyos y, mientras una sonrisa lenta y atractiva se formaba en su cara, le guiñó un ojo.
— ¡Tú, rata! —Grito, empujándolo hacia atrás— ¡Solo estabas jugando conmigo!
Terrence cayó sobre la cama, aterrizando de espaldas.
—Te pillé —se rió—. A propósito, es lobo, no rata. Si fuera rata, sería otro animal.
Ella le fulminó con la mirada y dijo con recelo.
— ¿Quieres decir que también hay ratas?
—Todo es posible —contestó encogiéndose de hombros—. No conocías la existencia de hombres lobos hasta hace unas horas. Nunca hay que poner límite a las posibilidades —la aconsejó—. Es muy imprudente.
Estuvo de acuerdo ante su manera de pensar.
—Hablando de hombres lobo —dijo, dirigiendo otra vez la conversación hacia donde, desde un principio, quería llegar—. Ibas a decirme cómo me vas a convertir.
Logan rodó hacia un lado y la miro seriamente.
—Solo es posible cuando la hembra se aparea en su época fértil y está preparada para concebir un cachorro. —Ante su mirada sobresaltada, se corrigió—: un niño, y no, no tendrías a un pequeño lobo —la tranquilizó—. Los hombres lobo tenemos el sentido del olfato intensificado. Seré capaz de descubrir cuando estás ovulando. Esto provocará la liberación de, por falta de un término mejor, un gen que hay en la saliva. Si nos apareáramos en esas condiciones, mi mordedura te transferiría ese gen y te convertirás en mujer lobo. En caso de que se diera entre una mujer lobo con un macho humano, ella es la que mordería, transformando a su compañero.
Se sentó, sujetando las manos de ella entre las suyas.
—Es una decisión muy importante, Candice. Solo puede ocurrir en ese preciso momento, porque el deseo de crear una nueva vida, juntos demuestra un mutuo compromiso. También es una forma de protección que tienen los hombres lobo, ante las relaciones esporádicas. Permite que tengamos sexo sin que lleguemos a transformar a nuestros amantes, si por casualidad les mordemos durante el sexo. No ocurre siempre. Depende del amante, porque la excitación y la pasión están totalmente vinculadas con el proceso. No es algo que se pueda tomar a la ligera. Para nosotros esto significa la culminación de un compromiso. A diferencia de los humanos, nos apareamos de por vida.
—No quiero quedarme embarazada cada vez que ovule —dijo Candice preocupada.
Él sonrió indulgentemente.
—Eso no va a pasar. Los hombres lobo estamos tan informados sobre los métodos anticonceptivos como cualquier otra persona. Estaremos bien abastecidos de condones —bromeó—. Por lo que sé, parece que cuando seas fértil no seré capaz de mantener las manos lejos de ti. Es posible que te tenga en la cama durante un ciclo entero.
Candice enrojeció de placer.
—No creo que resulte muy duro. —Se inclinó hacia delante para posar un beso sobre sus cálidos y complacientes labios—. Tengo otra pregunta. —Inclinó la cabeza hacia un lado y prosiguió—: ¿Qué le impide a un hombre lobo aparearse con una mujer fértil y morderla a pesar de no estar comprometidos?
—El aroma —contestó—. Del mismo modo que nuestro sentido del olfato nos conduce a nuestras compañeras, también es quien nos impide aparearnos con una hembra fértil que no sea la nuestra. El olor fértil de nuestra propia compañera es embriagador. Pero el olor de una que no lo es… —arrugó la nariz—… es realmente bastante repugnante. Créeme, lo sé por experiencia de primera mano. ¿Has tratado alguna vez de tener sexo con alguien que huele fatal? —preguntó. Al ver que sacudía negativamente la cabeza la explicó—: Es más o menos imposible conseguir una erección, y mucho menos mantenerla, cuando tu nariz te grita que huyas.
Candice se rió entre dientes. Un destello sospechoso se encendió en sus ojos.
—¿Quieres decir que sabías que yo era tu compañera debido a cómo huelo?
Él se rió.
—Me preguntaba cuando te darías cuenta. Sí, así lo hice —confesó.
—¿De qué manera? —preguntó ella tímidamente— ¿Cómo huelo?
Logan cerró los ojos, inhalando, luego exhaló despacio.
—Cautivador. —Sus ojos apresaron los suyos—. Caliente, dulce, fresco, suculento, como una especia exótica para la cual no hay ningún nombre. —Llevó las manos de ella a sus labios, colocando un beso en cada palma—. Hueles como mi compañera. Sin lugar a dudas. Sin ninguna duda. Solo mía. —Sus ojos brillaron con el fuego interior que comenzaba a encontrar tan estimulante—. ¿Más preguntas? —preguntó suavemente.
El corazón de Candice se hinchó con sus palabras, el dolor en su pecho desapareció, dando la bienvenida al calor.
—Solo una —contestó—. Hasta ahora hemos hecho el amor tres veces, y cada una de ellas te has colocado a mi espalda. ¿Los hombres lobo hacen el amor alguna vez de frente?
—Ah, sí —gruñó.
Ella se recostó hacia atrás, abriéndose para él.
—Ven aquí y ámame.
Terrence se colocó entre sus muslos, hundiéndose lentamente dentro de su cálida vaina, inundándola.
—Lo hago, Candy —gimió—Te amo de verdad.
Candice miró cariñosamente a su dormida compañera. Su despeinado pelo rubio se derramaba a través de las almohadas sin ton ni son. Un suave sonrojo teñía sus mejillas, y sus labios enrojecidos estaban hinchados y ligeramente entreabiertos, incluso su respiración era suave y pareja. La forma voluptuosa que le había conducido casi a la locura por lujuria la noche pasada, se perfilaba entre las sabanas arrugadas.
Había tenido problemas a la hora de mantener sus manos fuera de ella. Cada vez que la amaba solo hacia quererla mucho más. Su miembro revoltoso había permanecido semierecto toda la noche. Aun después de llenarla con su semilla había permanecido sumergido en su cuerpo, dormitando a rachas solo para renacer, duro como una roca, sepultado profundamente en su sexo resbaladizo, caliente. La necesidad de follarla, poseerla, dominarla, de montarla, era como una compulsión sin control.
Ella tenía que saber sin ninguna duda que le pertenecía. Que era su alfa y compañero.
Dos veces dentro del despacho, una vez en el cuarto de baño, tres veces durante la noche y en la madrugada, y una vez más esta mañana antes de levantarse e irse a la ducha. Habían hecho amor siete veces, no era extraño que ella estuviera exhausta. Logan estaba un poco asombrado, la verdad.
Por otra parte, se sentía revigorizado, renovado. ¡Su compañera! Su mera presencia le maravillaba y le hacía feliz. Estaba empezando un nuevo capítulo en su vida y esperaba con anticipación cada página, cada frase.
Apoyándose, inspiró el caliente perfume hipnótico, posó un casto beso en su mejilla que hizo que Candice se agitara, hablando entre dientes.
—Otra vez no, estoy muy cansada.
—Shh, duerme, cariño —susurró él. Enderezándose, colocó bien la colcha alrededor de su cuerpo y se dispuso a bajar las escaleras. Te amo de verdad de la buena.
