Aclaración:

Los personajes de Naruto es propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Advertencia: OOC


Capitulo 4


Era un sábado por la noche después de la ópera, y la pequeña y elegante casa adosada de las cortesanas estaba casi hasta los topes cuando Naruto se abrió paso entre la multitud, sintiéndose cohibido y fuera de lugar. La fiesta era un llamativo calidoscopio de colores brillantes y carcajadas estridentes.

Recorrió con la mirada el salón en busca de Toneri Otsutsuki mientras era empujado entre la muchedumbre ebria y mayoritariamente masculina. En algún lugar debían de haber abierto una ventana, ya que una corriente fría, prácticamente imperceptible, se coló entre el gentío y le acarició la mejilla como si de una señal de cordura se tratara. La necesitaba en ese momento.

No tenía ni idea de que cuando Toneri le había hablado extensamente de su amada, la tal Hinata, se estaba refiriendo a una mujer mundana. Tampoco esperaba descubrir al volver a la ciudad que la mitad de la población masculina de Londres había intentado conseguir a la muchacha. En el libro de apuestas de White's había tres páginas llenas con las apuestas que vaticinaban quién obtendría la compañía de la incomparable señorita Hyuga.

Las mujeres de su clase no tenían moral, pero Naruto había oído en el club que podía decirse que la señorita Hyuga, excepcionalmente, tenía moral: rechazaba toda oferta que procediera de un hombre casado. «Qué delicadeza», pensó secamente. Los chismes sobre el ridículo que Toneri había hecho en la calle aquel día por culpa de la chica circularon con rapidez. En cuanto oyó hablar del incidente, Naruto supo que ella era la clave para tener a su enemigo metido en un puño.

Sin embargo, había un problema: Naruto no sabía nada sobre las mujeres mundanas y lo mucho que les gustaba que les hicieran la corte, pues la filosofía de estas, basada en la obtención de beneficios a partir de las relaciones sexuales, siempre le había resultado un poco repugnante debido al espíritu romántico que se escondía bajo su puritana fachada.

Lo único que sabía era que no bastaba con mostrar una cartera abultada ante sus ojos: las cortesanas no eran las típicas prostitutas. Tenían reputaciones -aunque malas- que mantener, caprichos que cumplir, y vanidades que acariciar. Se suponía que un hombre disfrutaba con la persecución y los obstáculos a los que los sometían las selectas cortesanas para ganarse sus favores.

«Juegos y disparates», pensó indignado, soltando un suspiro de impaciencia. Incluso en el caso de que la señorita Hyuga fuera tan encantadora como todo el mundo afirmaba, él nunca podría respetar a una mujer que no fuera más que una puta con pretensiones. Aun así, y a pesar de que la dignidad de Naruto se había visto algo rebajada por todo aquel asunto, estaba lo suficientemente decidido en su búsqueda para seguir el juego.
Intentó parecer relajado, pero apenas pudo ocultar su señorial desdén por aquel sitio y las fulanas que vivían en él. Su madre habría encajado en aquel lugar, pensó con desprecio.

Justo entonces se topó con un trío de conocidos que inmediatamente lanzaron exclamaciones de hilaridad al verlo en aquella casa de lujuria. Le dieron palmadas en la espalda y le colocaron una bebida en la mano. Sintiéndose avergonzado, bebió con ellos sin apenas prestar atención a sus divagaciones, fruto del achispamiento. Escudriñó la habitación furtivamente, y de repente posó la mirada en un gran espejo con marco dorado que había sobre la chimenea. En él vio a Toneri. El sobrino de Ashura estaba escondido en un rincón alejado del salón. Al principio, Naruto no pudo ver a la mujer que tenía allí arrinconada. Entonces Toneri se puso de rodillas en actitud implorante, y Naruto vislumbró la cara de ella.

Abrió los ojos como platos, permaneció inmóvil y se quedó mirando fijamente. Asombrado, apartó bruscamente la mirada antes de que alguien sospechara que estaba espiando. El corazón le palpitaba.

«Dios mío, es un ángel.»

Forzó una sonrisa tensa dirigida a sus amigos, apretó la copa de vino con tanta fuerza que estuvo a punto de partir el pie de cristal, y no prestó la menor atención a sus compañeros mientras alardeaban de su éxito en el cuadrilátero.

Un escozor le recorrió la columna vertebral. Lanzó otra mirada furtiva al espejo y contempló la imagen dorada y brillante de la joven y elegante cortesana, que reinaba en su rincón como una reina virgen de algún país ártico. Celestial y sensual a la vez, la señorita Hyuga miró al frente, haciendo caso omiso de su devoto postrado, en una actitud de cruel y serena belleza. Tenía un rostro inexpresivo, como si sus bellas facciones hubieran sido talladas en alabastro. Poseía unas mejillas de delicado trazo, una nariz aristocrática y una barbilla firme y obstinada. La mirada de Naruto siguió la grácil curva de su cuello hasta llegar a su cuerpo esbelto.
Llevaba un vestido blanco de muselina con mangas largas y finas, un atractivo escote recto y un cuello rígido de encaje de Brabante al estilo isabelino que le enmarcaba la nuca. El pelo, azabache, estaba recogido en un espléndido tocado alto. Algunos mechones rizados flotaban como secretos susurrados contra la curva de su cuello, exactamente donde a él le habría gustado besarla.

Se estremeció y se obligó a apartar la mirada, sintiendo que el pulso le latía con fuerza. La simple certeza de que aquella muchacha estaba expertamente adiestrada para complacer a un hombre en todos los sentidos hizo que una oleada de ansiedad llegara hasta el pozo vacío de su alma. «Dios, hacía tanto tiempo...» «Traidor», se dijo con desprecio.

Uno de sus compañeros le hizo una pregunta, pero Naruto había dejado de atender, pues al volver a mirar al espejo vio que Toneir y la señorita Hyuga habían empezado a discutir. El baronet se puso de pie y se irguió junto a ella con un gruñido. Pero ella, sentada en su banco cubierto de cojines, lo miró en un silencio insultante. Toneri empezó a gesticular salvajemente. La boca de la señorita Hyuga se curvó en una débil sonrisa de mofa, y al verla Toneri se metió la mano en el bolsillo y le arrojó un puñado de monedas a la cara.

Naruto tomó aire mientras la furia le hacía arder la sangre. La joven belleza se sobresaltó cuando las monedas la golpearon y una de ellas le dio en la barbilla, antes de caer desperdigadas en su regazo y rodar por el suelo. Naruto se volvió rápidamente, abandonó a sus amigos sin dar una explicación y comenzó a abrirse paso a empujones por el salón para acudir en ayuda de la joven. Se culpó por haberse mantenido apartado y haberse limitado a observar mientras un sospechoso de violación y asesinato acosaba a una mujer indefensa, fuera cortesana o no. Desde luego no esperaba un arrebato de violencia por parte de Toneri en medio de una estancia llena a rebosar de admiradores de la señorita Hyuga. Parecía que nadie más había reparado en el espectáculo que estaba teniendo lugar en el rincón, de lo contrario, se habría elevado un clamor general para linchar a aquel sinvergüenza.

Naruto miró de nuevo la imagen reflejada en el espejo cuando el abundante gentío le entorpeció el paso. Pudo ver cómo los lacayos de Tsunade, dos matones plebeyos, rodeaban a Toneri al instante y se lo llevaban a empujones. Naruto se abría paso entre la multitud con tal ímpetu, que chocó con alguien y se derramó el vino que le quedaba sobre los guantes blancos de etiqueta. Incluso había olvidado que llevaba la copa de vino en una mano.

Maldijo entre dientes, entregó la copa vacía a un camarero, y se quitó rápidamente los guantes y los dejó también en la bandeja del sirviente. Siguió avanzando descuidadamente y de pronto se encontró cara a cara con Toneri, flanqueado por los dos lacayos.

De inmediato advirtió que Toneri estaba bastante borracho.

─¡Uzumaki! ─El baronet agarró a Naruto por la solapa con desesperación─. ¡Me están echando! ¡Es Hinata! ¡Me está volviendo loco! ¡Tienes que ayudarme! Uzumaki apretó los dientes para contener una oleada de repugnancia.

─¿Qué quieres que haga? ─Estaba seriamente tentado de llevar a Toneri fuera y darle una paliza, pero aquel hombre merecía mucho más que aquello.

─Habla con ella por mí ─farfulló Toneri─. Hazla entrar en razón... Dile que ya me ha castigado suficiente. Lo único que quiero es cuidar de ella. Y dile... ─Su rostro enrojecido por el alcohol se endureció─. Dile que si elige a otro que no sea yo, se arrepentirá.

Los guardaespaldas gruñeron al oír su amenaza.

Toneri soltó la solapa de Naruto mientras los lacayos se lo llevaban a rastras. Haciendo un esfuerzo por reprimir su furia, Naruto abrió y cerró los puños contra los costados. Giró sobre los talones y se abrió paso con brusquedad entre la gente. Los hombres se apartaban de su camino al ver que se acercaba con la cara nublada por la ira. Llegó junto a la señorita Hyuga justo cuando ella ponía en la bandeja de un sirviente las últimas monedas que le había lanzado Toneri. Naruto sintió una punzada de dolor al ver que a la mujer le temblaban las manos.

─Deshazte de todo esto. Llévatelo de aquí. ¡Vamos! Date prisa, debe de estar a punto de marcharse ─dijo con voz nerviosa, indicando al sirviente con la mano que le devolviera a Toneri su dinero. Cuando Naruto se acercó, sin saber lo que iba a decir, la señorita Hyuga frunció el ceño, se metió la mano en el corpiño y sacó media corona de plata con una mirada de asco.

Cogió la moneda como si fuera un insecto que se le hubiera metido en el vestido. De repente le tendió la moneda a Naruto con una mirada anhelante.

─Por favor, devuélvale esto a su amigo ─dijo, con una mirada vulnerable que contrastaba con su arrogante petición. Él se quedó deslumbrado mientras le sostenía la mirada. El color de sus ojos le hizo pensar en la luna tan brillante que todo su mundo se ilumino. Solo oscurecido por unas largas pestañas de color negro, sus ojos eran misteriosos, cautelosos... e inocentes.

─¿Me has oído? ─dijo ella en tono impaciente.

Desconcertado, Naruto tendió la mano. Ella soltó la moneda sobre su palma. Naruto sintió que el metal todavía conservaba la sedosa calidez de su cuerpo. Un momento antes, había estado oprimida contra su pecho. Naruto apartó la vista.

─Márchese, ¿quiere? ─insistió ella─. Estará a punto de irse.

Naruto se sacudió el aturdimiento.

─Claro, se lo daré más tarde. He venido a ver si se encontraba bien, señorita... Hyuga, ¿verdad?

─Oh, usted no me sirve.

Le arrebató la moneda y llamó a otro de sus sirvientes con título de nobleza para que se la entregara a Toneri: el joven y saludable duque Hagane. Le dio la moneda y le acarició la lisa mejilla, dedicándole una sonrisa tan dulce como las brisas de las míticas Islas Benditas.

─Gracias, Kotetsu ─murmuró con un sonsonete alegre y juguetón, de modo que a Naruto le quedara claro que tenía el poder de las sirenas para hechizar a los hombres. El joven y atractivo caballero irlandés se marchó flotando antes que andando para cumplir su encargo.

Naruto se volvió otra vez hacia ella perplejo, solo para descubrir que había perdido su oportunidad de hablar con ella. Dos jóvenes elegantes se pavonearon delante de él para presentarle sus respetos, ajenos a lo que acababa de ocurrir.

Todo rastro de angustia había desaparecido del rostro de la señorita Hyuga bajo su impecable sonrisa. Los dos jóvenes, con los que ella estaba ahora flirteando alegremente, no tenían ni idea de que había estado a punto de ser atacada por Toneri. Solo Naruto lo sabía. Él siguió mirando fascinado. «Vaya, es una actriz consumada pensó Naruto. Desde luego que sí.» Frunció el entrecejo y se quedó a un costado como un idiota, con un ligero temor a encontrarse fuera de lugar. En su vida jamás se había imaginado que se encontraría suplicando y compitiendo por los favores de una joven de veintitrés años. ¿Quién se creía que era? Él, el duque de Konohagakure, había acudido en su rescate y parecía como si a ella le importara un bledo.

La señorita Hyuga se levantó de su banco y pasó por en medio de la pareja de caballeros. Elevando la nariz, pasó rozando a Naruto y caminó dando grandes pasos en dirección al grupo de gente, que se volvió para adorarla mientras gritaba su nombre. Ella se rió alegremente y les tendió los brazos en una señal sencilla y natural de aceptación de su reverencia. Los duques de Rutland y Bedford se colocaron de un salto a su lado y, sin dejar de sonreír, la llevaron hacia las mesas de juego con tapete verde mientras, para sorpresa de Naruto, su principal oponente político, el viejo y rudo lord canciller Shimura, le ponía una copa de vino en su delicada mano. Aquella muchacha tenía a medio Parlamento adulándola.

Naruto se quedó atrás, tan perplejo, derrotado y confundido como los dos jóvenes emperifollados. Que él recordara, ninguna mujer de la calle había pasado delante de él como si no existiera. Evidentemente ella no sabía nada de su elevada reputación, su poder y trascendencia... «Oh, cállate», se dijo. Y, echándose a reír de pronto sin ningún motivo aparente, siguió a la joven.

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Dejar que Toneri asistiera a la fiesta había sido un error. Ahora lo sabía. Ella no debería haberse permitido aquella satisfacción, pero había pagado por su demasiada confianza, ¿verdad? Desde luego había conseguido asustarla y avergonzarla, pensó Hinata con un escalofrío, tratando de olvidar su juicio desacertado y continuar la noche.

Aun así, no podía evitar culparse por haber sobreestimado su capacidad para dominarlo. Poco después de llegar a la fiesta, Toneri parecía al borde de las lágrimas mientras le rogaba que lo escuchara. «Lágrimas de cocodrilo», pensó Hinata. Ella había preferido hablar en privado con él en un rincón antes que montar una escena, pero, cuando la arrinconó allí, la situación desembocó en un desagradable enfrentamiento. Al final, gracias a Dios, nadie había presenciado aquel momento humillante a excepción de aquel hombre alto y ceñudo, el amigo de Toneri.

Un tanto afectada todavía por el violento arrebato de Toneri, Hinata apartó de su cabeza al baronet y a su amigo alto, rubio y elegante, y se sentó a jugar a su juego favorito, el veintiuno.

No era una auténtica jugadora, pero aquel sencillo juego siempre le reportaba beneficios. Las apuestas estaban a su favor: si la fortuna le permitía derrotar a su actual oponente, un ricachón de la alta sociedad, ganaría su alfiler de corbata con piedras preciosas, valorado en cincuenta guineas. Si perdía, lo único que tendría que darle era un beso, pero nunca perdía, tal vez por el simple hecho de que los caballeros se dedicaban a beber mientras que ella permanecía sobria.

Docenas de hombres se habían reunido en torno a la mesa, y la animaron cuando logró frustrar los planes de su oponente en la primera de las tres manos. El joven caballero se acarició la barbilla y miró sus cartas con el ceño fruncido.

Pese a estar mirando a su oponente, Hinata era totalmente consciente de la presencia del alto y taciturno extraño el amigo de Toneri, que deambulaba por allí para ver cómo jugaba.

Mientras lo estudiaba por el rabillo del ojo haciendo ver que miraba sus cartas, a Hinata le pareció un personaje de lo más augusto e imponente. A decir verdad, lo encontró un tanto intimidante. A sus veinti y tantos años, tenía un aspecto impresionante y cosmopolita, con un físico atlético y la piel bronceada de un deportista. Se había alisado hacia atrás el pelo rubio para asistir a la velada, lo cual acentuaba los firmes rasgos de su rostro. Mantenía la barbilla en alto y la espalda erguida. Y, con un imperioso aire de reserva, desplazaba su mirada aguda y seria por la multitud. Llevaba el pañuelo anudado de forma impecable, y su traje de etiqueta era de un austero blanco y negro. Vestía esa ropa como si aquellos fueran los colores con los que veía el mundo, pensó ella con desdén, ajena a los caballeros con coloridos trajes que tenía a su alrededor.

Incapaz de resistir más, Hinata le echó una breve ojeada cuando él la estaba mirando. Los ojos de ambos coincidieron, y él le sostuvo la mirada con aire sincero y le dedicó una débil y astuta sonrisa. Por un instante, los aterciopelados ojos azules de ese hombre la hipnotizaron. Miró dentro de ellos y se sintió como si lo conociera de toda la vida.

─Su turno, señorita Hyuga.

─Por supuesto. ─Sorprendida, se revolvió en su asiento para volver a encarar a su oponente y le sonrió de forma atractiva mientras el corazón le latía a toda velocidad.

«¡Arrogante sinvergüenza!», pensó. ¿Cómo se atrevía a mirarla fijamente? Le daba igual lo atractivo que fuera, no quería tener nada que ver con él. Era amigo de Toneri. Lo sabía porque los había visto hablar brevemente después de que Toneri la hubiese tratado de forma tan horrible. Además, ningún hombre tan apuesto podía estar soltero. La vida no se portaba tan bien.

─Una carta, por favor ─dijo Hinata con dulzura.

Jugó su mano y al poco rato estaba soltando una carcajada al convertirse en la nueva propietaria del alfiler de corbata. El joven caballero se tomó su derrota con una risa burlona, sabiendo que al día siguiente podría ir a la casa de empeños y recuperarla si quería.

Cuando Hinata le tendió la mano, él se inclinó y le besó galantemente los nudillos, y luego se retiró haciendo una reverencia. De repente, antes de que ella pudiera protestar, el extraño se deslizó en el asiento vacío, entrelazó los dedos sobre la mesa y la miró fijamente en una serena actitud desafiante. Entrecerrando los ojos, Hinata posó graciosamente la barbilla sobre sus nudillos y le dirigió una sonrisa de desdén.

─sted otra vez.

─¿A qué juega, señorita Hyuga? ─preguntó él en tono afable.

─Al veintiuno.

─Supongo que el premio es un beso.

─Solo si gana... y eso no va a ocurrir.

Una sonrisa asomó a una de las comisuras de la seductora boca de Naruto. Se quitó un grueso anillo de oro del meñique y lo puso delante de ella.

─¿Servirá esto?

Irguiéndose en su asiento, Hinata cogió el anillo y lo examinó con una mirada escéptica. Tenía un óvalo de ónix adornado con una U dorada. Ella le lanzó una mirada calculadora, preguntándose quién era y qué significaba aquella U, pero no se molestó en satisfacer su vanidad preguntándoselo. Ningún amigo de Toneri era amigo suyo.

─Bonita baratija. Desgraciadamente tengo doce como este. ─Le devolvió el anillo─. No deseo jugar con usted.

─Vaya, ¿acaso parezco un jugador experimentado de cartas? ─preguntó en un tono tranquilo y educado.

─No me gustan sus amistades.

─Tal vez esté sacando conclusiones precipitadas... ¿o quizá solo es una excusa? ─sugirió él con otra sonrisa maliciosa─. ¿Tal vez la «indomable» señorita Hyuga simplemente desea echarse atrás?

Hinata lo miró frunciendo el ceño con elegancia, y los hombres que había alrededor se echaron a reír.

─Muy bien ─concedió con tono severo─. Gana el mejor de tres manos. Las figuras valen diez puntos. Los ases pueden ser altos y bajos. Se arrepentirá.

─No, no me arrepentiré. ─Colocó el anillo de nuevo entre ambos y, reclinándose tranquilamente, pasó un brazo por detrás del respaldo de la silla, y cruzó la pierna izquierda sobre la derecha─. Reparta las cartas, señorita Hyuga.

─Ya estamos dando órdenes.

─Solo estoy pagándole con su misma moneda, querida.

Mientras sostenía la mirada burlona de Naruto, Hinata comprendió que se refería a la orden de entregar la moneda a Toneri y adoptó una expresión sarcástica.

─Soy su servidora, señor.

─Interesante concepto ─murmuró él.

Hinata empezó a sentirse inusitadamente azorada bajo su mirada penetrante. Las manos le temblaban ligeramente y hacían que le resultara difícil barajar las cartas, pero al final logró repartir dos cartas para cada uno, una boca abajo y la otra boca arriba. Dejó el mazo y tornó la carta oculta: el rey de diamantes. Puesto que la carta boca arriba era un seis, decidió coger una tercera carta, pero primero lanzó una mirada interrogativa a su oponente.

Él movió los dedos, declinando la oferta con elegancia. Hinata cogió otra carta, que resultó ser un tres, y contuvo una sonrisa de satisfacción ante sus diecinueve puntos totales.

─Muéstreme lo que tiene ─le pidió ella, con un levísimo atisbo de flirteo. Parecía que no lo pudiera evitar. Aquel hombre tenía algo. Él le dedicó una sonrisita de complicidad y mostró una reina y un diez.

─Veinte.

Hinata frunció el ceño y descartó sus diecinueve.

Repartió otra vez, más decidida que nunca a derrotar a aquel arrogante sinvergüenza, un impulso que no tenía nada que ver con la pequeña fortuna que podría obtener empeñando el anillo en caso de ganar. Aquel hombre se pasaba de presumido y dominante. Esta vez a Hinata le tocó una pareja de valets. Veinte. «Maravilloso pensó, seguro que esta vez le gano.»

─¿Quiere otra carta?

─Deme.

─No me tiente ─murmuró Hinata, separando un ocho de la baraja para él.

─Demonios ─dijo Naruto, lanzando sus cartas─. Me paso.

─Lo siento mucho ─lo consoló ella, con los ojos brillantes.

Mientras apartaba las cartas frunciendo altivamente el ceño con irritación, ella cogió el anillo y se lo colocó en el meñique, haciendo ver que admiraba lo bien que le quedaba. Él la miró arqueando una ceja. Con el anillo bailándole en el dedo, Hinata repartió la última mano. La carta boca arriba que le correspondía a Naruto era un dos de tréboles.

Obviamente pediría otra carta, pensó ella, preparando su estrategia mientras examinaba su mano: un cuatro boca abajo y un nueve boca arriba, que sumaban un total de trece. Tendría que tener cuidado de no sobrepasar los veintiún puntos.

Miró por encima de la mesa a su enigmático oponente. Él le hizo una seña. Ella le repartió un cinco.

─Otra ─murmuró Naruto.

─El cuatro de espadas.

─Me planto.

Hinata lo miró con atención, intentando descifrar su vaga expresión, y cogió una tercera carta: un cinco. Con ella sumaba dieciocho. Si cogía otra carta, lo más probable era que se pasara. Era mejor jugar sobre seguro.

─Enséñemelas, querido ─dijo en tono pícaro.

─Usted primero ─replicó él con una sonrisa sombría.

Aquella sonrisa la inquietó.

─Dieciocho. ─Hinata mostró su última carta.

Él se inclinó hacia delante para examinar las cartas y asintió con la cabeza.

─Una mano respetable.

─¿Y bien? ─lo provoco ella, incapaz de determinar si aquel hombre le molestaba o le divertía ─. Me va a enseñar las cartas o no?

─¡Que las enseñe! ¡Que las enseñe! ─clamaron los espectadores.

Él los observó y luego miró hacia abajo y deslizó sus cartas una por una: el dos, el cinco y el cuatro, que sumaban un total de once puntos.

«Oh, no», pensó Hinata, con los ojos desorbitados.

Naruto le dio la vuelta a un diez y le dedicó una sonrisa zorruna.

─Veintiuno.

─¡Un beso! ¡Un beso! ─gritaron los hombres en un ruidoso brindis, y pidieron más bebidas.

Hinata se recostó en su asiento, cruzó los brazos e hizo un breve mohín, luego se quitó el anillo y se lo devolvió a Naruto frunciendo el ceño. Él le devolvió una sonrisa inocente. A su alrededor, los hombres lanzaban exclamaciones, se reían a carcajadas, vociferaban y bebían. Sin hacerles el menor caso y manteniendo la calma, su alto y arrogante oponente se inclinó hacia delante y apoyó los codos sobre la mesa, orgulloso como todo conquistador. Entrechocó los dedos mientras la miraba divertido y expectante.

─Estoy conteniendo la respiración a la espera de mi premio.

─Oh, muy bien -murmuró ella─. Acabemos de una vez.

─Vaya, es usted una mala perdedora ─la reprendió con suavidad.

Hinata se puso en pie, apoyó las manos sobre el tapete verde de la mesa y se inclinó hacia él, consciente de que la ovación adquiría un volumen atronador. El corazón le latía a toda velocidad, mientras que él, por su parte, parecía totalmente sereno. Se inclinó más armándose de valor, vacilando a medida que se acercaba a él, hasta que sus labios quedaron a escasos centímetros de los de él.

─Podría cooperar ─sugirió Hinata.

─¿Por qué, si es mucho más divertido verla azorada? Ella entrecerró los ojos. Haciendo caso omiso del estruendoso público mediante un esfuerzo de voluntad, salvó la distancia que los separaba y lo besó en la boca con decisión.

Un instante después se echó atrás con las mejillas sonrosadas, incapaz de ocultar el brillo del triunfo en sus ojos. Él la observó con escepticismo, rozó la mesa con los dedos y se puso a tamborilear aburrido.

─Creía que había dicho que iba a besarme.

─Yo... acabo de besarlo.

─No.

─¿Qué quiere decir? Acabo de hacerlo. ─Sus mejillas pasaron del color rosado al rojo mientras los hombres se reían a carcajadas del prosaico reproche de Naruto.

Él le tendió de nuevo el anillo deslizándolo sobre la mesa.

─Mire este anillo. Vale por diez alfileres de corbata como el que ha ganado antes. He apostado este anillo. No puede darme un beso como el que acaba de darme y decir que es justo. Las normas son las normas, señorita Hyuga. Quiero un beso de verdad, a menos que quiera pasar a ser conocida como una dama poco deportiva.

Hinata se quedó boquiabierta de indignación. ─Es el único beso que le voy a dar.

Él se tomó a burla sus palabras y apartó la vista, rascándose la mejilla. ─Y se considera una cortesana.

─¿Qué se supone que ha querido decir? ─preguntó Hinata.

Naruto se encogió de hombros, recostandose en su silla.

─He recibido besos mejores de lecheras.

─¡Oh! ─exclamaron los hombres, presenciando su duelo con creciente interés. Hinata se cruzó de brazos y se contuvo, mirándolo fijamente. Le habría tirado el anillo en su arrogante cara si sus ojos no hubieran brillado tan alegremente. Podía ver que él no tenía intención de dejarla escapar.

─¿No cree que les debe a estos fieles caballeros una auténtica demostración de su técnica profesional? ─dijo él arrastrando las palabras, mientras jugueteaba con su anillo haciéndolo rodar entre el pulgar y el índice.

Hinata observó con aire vacilante a los admiradores que tenía a su alrededor, y a continuación lo miró a él. ¿Cómo se atrevía aquel canalla a poner en duda sus dotes... y a amenazar su forma de vida? Por poco que él supiera, había puesto el dedo en la llaga. Después de todo, la principal preocupación de Hinata era que sus pretendientes, que habían ofrecido sumas enormes de dinero para acogerla bajo su protección, se enterasen de que en realidad la aterraba la idea de irse a la cama con un hombre. Si no demostraba en aquel preciso momento lo que valía, podrían empezar a sospechar.

Muchos de ellos se rieron ante la sugerencia de Naruto, aunque los más entusiastas parecían realmente ofendidos por lo que a ella respectaba. Aquel engreido caballero, quienquiera que fuera, tendría suerte si no se veía envuelto en un duelo. No, recordó un instante después, los hombres no se batían en duelo por las mujeres mundanas, sino solo por las damas. Las mujeres de su condición no tenían honor que defender.

Mientras pensaba en su siguiente movimiento, Hinata sacudió la cabeza con altiva indiferencia y se llevó las manos a la cintura.

─El caso es que nunca doy besos de verdad a los hombres cuyos nombres ni siquiera conozco.

─Eso tiene fácil remedio ─dijo él con una sonrisa─. Soy el duque de Konohagakure.

─¿Konohagakure? ─repitió ella, mirándolo de hito en hito con una conmoción mal disimulada.

Había oído hablar del duque de Konohagakure Naruto Uzumaki, el joven y entusiasta líder conservador en plena ascensión, famoso en los círculos del gobierno por su coraje, su fuerte carácter y su inquebrantable sentido de la justicia. No era un simple soltero, era el partido de la década, con unas ganancias de cien mil libras al año. Hasta el momento, ninguna dama había estado a la altura de los exigentes requisitos de Uzumaki.

Conocía los detalles más importantes de la historia de su familia y también los relacionados con sus títulos: conde de Morley, vizconde de Beningbrooke. Sabía que la mansión Uzumaki era un enorme castillo normando que se alzaba orgullosamente en una escarpada cumbre de las montañas de Cumberland. Sabía todo aquello porque los entresijos de la aristocracia constituían una gran parte del programa de estudios de sus alumnas en la Academia para Jóvenes Damas de la señora Ayame, el lugar donde Hinata había instruido desastrosamente a la revoltosa hermana pequeña del duque, lady Ino Uzumaki.

«Oh, Dios», pensó, echando una inquieta mirada a los nobles pendencieros que rodeaban la mesa. Luego miró nuevamente a Uzumaki. Fuera quien fuese, aquel hombre no era amigo de Toneri Otsutsuki. De algún modo aquella certeza, junto con la relación que la había unido a su hermana menor, hizo que se sintiera un poco más segura con él, a lo que también contribuía su excelente reputación y los brillantes artículos escritos por él que había leído en el Quarterly Review, en los que defendía enfoques humanitarios que ella aplaudía sinceramente. Procurando ocultar su interés repentino, Hinata se cruzó de brazos y lo miró con altiva diversión.

─¿Se puede saber qué hace aquí el duque virtuoso, jugando e intentando obtener unos besos que no se merece de una cortesana? Los hombres se rieron a costa de Naruto, aunque no de forma maliciosa.

─Oh, solo me estoy divirtiendo ─respondió él con una sonrisa calculadora─. Sabe perfectamente que he ganado un beso como es debido con todas las de la ley, señorita Hyuga.

─Bueno ─dijo Hinata con picardía─, sin duda lo necesita.

La aguda réplica despertó algunas carcajadas a su alrededor, pero la mayor parte de los lores y caballeros presentes se callaron, cautivados, esperando a ver si ella besaba a Uzumaki.

Ahora que sabía quién era, Hinata comprendió que no había ninguna forma honrosa de echarse atrás. No se dejaría intimidar por un famoso y puritano santurrón. Probablemente no sabía más que ella sobre los besos de verdad.

Cuando apoyó las manos sobre la mesa y se inclinó hacia él por segunda vez, el corazón le latía más rápido debido a la expectación, la curiosidad y la innegable atracción, había llegado el momento de comprobar si se acordaba de lo que Tsunade le había enseñado.

Posó su mano ahuecada sobre la mejilla afeitada de Naruto, vislumbró sus ojos ardientes antes de cerrar los suyos, y a continuación acarició su boca con sus labios y le dio un beso que hizo que la bulliciosa fiesta, la ciudad y el mundo quedasen atrás.

Él tenía la boca caliente y sedosa, su suave piel ardía bajo el roce de ella. Hinata acarició su pelo rubio y lo besó más profundamente, inclinándose aún más sobre la mesa. Naruto le rodeó la nuca con la mano y la aferró con firmeza y suavidad cuando ella abrió los labios y le dejó su sabor. Él respondió de forma apasionada aunque con comedimiento, extasiándola con aquel beso embriagador hasta prácticamente hacerla temblar de placer. Finalmente acabó de besarla de forma lenta y suave y la soltó.

Hinata recobró el juicio en medio de una sonora ovación, con una sensación de aturdimiento. Tenía los labios como si le hubiera picado una abeja, las mejillas sonrosadas, y no paraba de jadear. El cabello de Uzumaki estaba revuelto, su rígido pañuelo se había arrugado, y él parecía cualquier cosa menos alguien ejemplar.

El duque le dirigió una intensa mirada de deseo que hizo que Hinata experimentara la emoción de sentirse por primera vez como una verdadera cortesana, y no como una chica boba y estirada tratando de fingir. Bajó la cabeza, se mordió el labio tímidamente y volvió a mirarlo.

Esbozando una sonrisa sensual, el duque le tendió el anillo.

─Cójalo ─murmuró─. Insisto.

Hinata comprendió que con aquel gesto pretendía darle a entender que se lo había ganado, y se lo devolvió con una sonrisa de complicidad.

─Quédeselo, excelencia. Ha sido un placer.

Los hombres que los rodeaban estallaron en carcajadas, pero Uzumaki se limitó a sonreír para sí y observó cómo ella se alejaba, con la promesa de volver a aquel lugar escrita en los ojos.

Hinata apenas había llegado a la otra habitación cuando oyó cómo el duque era aplaudido de forma atronadora por los hombres que ocupaban el salón. Echó una ojeada por encima del hombro y vio que Naruto se reía cordialmente mientras lord Aburame le daba palmadas en la espalda jovialmente. Tal vez alguien acababa de decirle que ella nunca le había concedido ese favor a ninguno de sus admiradores, pues las bronceadas mejillas de Uzumaki estaban teñidas de un rubor viril.

Hinata se rió para sus adentros y se dio la vuelta. Era tarde, de modo que abandonó el salón y se fue a la cama antes de que apareciera alguno de sus admiradores buscando una oportunidad de conseguir un beso. Ahora sabía quién quería que la besara.

Cuando posó la cabeza sobre la almohada todavía seguía riéndose, y aunque el corazón le latía con excitación y una nueva esperanza, se negó a prestar oídos a la bulliciosa fiesta que se estaba celebrando abajo, cerró los ojos y logró descansar a fuerza de voluntad. Era tarde y no estaría bien tener aspecto ojeroso cuando volviera su futuro protector.

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Continuará...