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El calor del agua hacía de él una burbuja, húmeda y solitaria burbuja que retozaba en una corriente de sensaciones. La turgencia llevó a la urgencia. Zoro acopló al meneo de su mano suspiros graves y confesos. Sus piernas, abiertas, una a cada lado, reposaban a los bordes de la bañera. Ahogado, el placer rozaba las fibras de ese cuerpo, engañado por la presión, la sustancia, el calor. Sumergido en esa ola fantasiosa, pertinente a los sentidos, el peliverde reconocía a su alrededor a Lo Otro, lo otro que le daba la certeza de ser invadido al tiempo que él desbordaba la instancia de la satisfacción. Lo Otro era calor, sustancia, presión. Aceleró la masturbación.

La bañera era de cuatro patas, fabricada en cobre. Moderado, el cuarto de baño ofrecía unas dimensiones rectas y precisas. La puerta, cerrada y silenciosa, era testigo presencial del caldeado remojón que salpicaba exhalaciones a tan sólo pocos pasos al fondo a su derecha, al fondo del placer. El ex-cazador de piratas, sumido en la oscuridad de sus párpados, era únicamente consciente del vaivén obstinado y libidinoso de la caricia envolvente que ascendía de la base, oprimiendo con resuelto goce el tronco del pene, hasta la cabeza. La piel se contraía, dócil, flácida, mientras que la erección, orgullosa, se erguía tiesa e insatisfecha en las profundidades de una transparencia sensual, consistente, húmeda. Zoro cayó.

En el desespero por aferrarse a algo, se incorporó sorprendido, asiendo con vehemente alarma los bordes de la bañera, el corazón le latía desaforado. Su estómago se contrajo cual musculo entumecido por frías brasas. Jamás se había sentido tan humillado en su vida. Sus ojos, que fueran antes vedados por la fruición, captaron la mirada pasmada de asombro que nunca, como rival o aprendiz, había conseguido sonsacarle al muy inoportuno de su maestro (y que hubiera deseado provocar en circunstancias menos comprometedoras). Fuera de sí, se irguió de la tina chorreando agua y vergüenza, en un rapto exagerado e inútil. El pene, firme, estoico, apuntaba a su enemigo, a medio camino entre el cielo y la tierra.

- ¡¿QUÉ HACES TÚ AQUÍ?¡SAL!- De pronto, se introdujo de nuevo en el agua, abochornado-. ¡SAL, TE DIGO!

Mihawk, con una mano en la manija de la puerta abierta, pasada la perplejidad, recuperó la severidad de su calma; lentamente, paulatinamente.

-Eres tú el que tiene que salir, Roronoa.- El moreno sostuvo una mirada asesina, cargada de un abominable acento de fatalidad. Zoro, apretada la mandíbula, tensados todos los músculos de su cuerpo, intentó mantener la compostura, instigado por la severidad de su maestro-. Este es el baño de mi habitación.

Fue demasiado. ¿Le estaba insinuando… que se había perdido?

-¡SAL, MALDITA SEA!

El Shichibukai cerró la puerta tras de sí. Y se quedó quieto, en el lugar, pensando. La premura que se hacinaba en el bulto de sus pantalones le hacía suponer que esa noche su aprendiz no sería el único en darse una gozosa y solitaria satisfacción.