Muchas gracias a aquellos que leyeron esta historia. Solo quería avisarles que yo no pensaba terminar la historia por falta de inspiración, pero por fortuna Elianna Cullen la continuó por mí. Solo quedaba un capítulo y ya esta completo. Espero que lo disfruten.
Eleazar White, uno de los mejores amigos y compañero de trabajo de William Gutenberg decidió pasarse por la casa de este. Sabía que había invitado al doctor Cullen a cenar, y después de haber transcurrido el tiempo necesario para la cena, quería ir para pedirle algo de consejo médico al doctor y de paso tomarse un par de tragos con ellos. En la casa de William siempre había bebida de la mejor. Llegó a la puerta y justo antes de llamar, escuchó unas voces, la de la linda esposa de su amigo y la de un hombre, al que pronto reconoció como el doctor Cullen. Hablaban de escaparse. Esme dejaría a William y se iría junto con su hijo con el doctor Cullen. Se dijeron bastantes cursilerías y quedaron en fugarse en un mes. Escuchó que el doctor estaba por irse, y se alejó de la puerta, escondiéndose detrás de los espesos arbustos que flanqueaban el camino de la puerta a la acera. Sólo hasta que estuvo seguro que el doctor había desaparecido de su vista y que Esme entró a la casa luego de mirarlo por bastante tiempo, salió y regresó a su casa.
No sabía qué pensar. Había oído rumores de que William maltrataba a su esposa, pero aunque él no lo había visto personalmente, sí notaba claramente cómo en las cenas que compartían, Esme parecía tenerle miedo. Eso era normal suponía. El marido debía tener el control sobre la esposa, y esta debía acatar lo que él dispusiera. Ya si la mujer se negaba, justo era que recibiera un castigo. A él, como a la mayoría de las personas, le agradaba bastante Esme. Era una mujer sin igual y madre excepcional, y era por ello que quería no haber escuchado lo que había oído, pero por otro lado, William era su amigo, y no merecía que su mujer lo deshonrara al fugarse. Ambas ideas no dejaban de librar una batalla en su cabeza. Decidió esperar un tiempo, a ver si Esme pensaba mejor las cosas y desistía de su plan, y si no, le diría a su amigo. Tenía un mes menos un día de plazo.
Esme siguió con la vista a Carlisle hasta que este se perdió al doblar la esquina. Con una sonrisa en los labios y la multitud de mariposas revoloteando en su interior, cerró la puerta con delicadeza y se recargó en ella. Al fin era feliz, completa e incondicionalmente feliz. En un mes, ella y su pequeño podrían librarse de los maltratos de su marido y con Carlisle formarían una familia de verdad. Dejó a William en el comedor y ella subió a dormir al cuarto de su hijo, un dormitorio que estaba libre de malos recuerdos y en el que podría regodearse en su alegre esperanza de un mejor porvenir.
A la mañana siguiente, Esme actuó normalmente, aunque cierto era que le costaba trabajo guardar las apariencias, y con esfuerzo lograba ocultar la gran sonrisa que pugnaba por iluminar su rostro, manteniendo una máscara de indiferencia y sumisión a William. No quería que sospechara nada. Le preparó el desayuno a su esposo, y en cuanto este se marchó, se apresuró a realizar sus quehaceres para poder ir a ver a Carlisle a la cafetería.
Él ya la esperaba ahí, con una radiante sonrisa en su rostro de ángel, que Esme enseguida secundó. Se saludaron formalmente, para evitar las habladurías, ella susurrando un "buenos días" y Carlisle haciendo una reverencia con la cabeza. Tomaron lo de siempre, y platicaron acerca de su porvenir, de ese maravilloso futuro donde serían la familia más dichosa de la tierra. Sin que lo notaran o se dieran cuenta, el tiempo pasó, y cuando se llegó la hora en que Esme debía ir por Benjamín a la escuela, para ellos fue como si apenas hubiera transcurrido un par de minutos y no un par de horas. Carlisle pagó la cuenta, y se despidieron. Ambos sabían que querían despedirse como en la noche anterior, con un dulce beso en los labios y un abrazo que les ayudara a soportar hasta que se vieran de nuevo, pero había demasiada gente que podía verlos. Asi que Carlisle solamente tomó discretamente una de las delicadas manos de Esme entre las suyas y le acarició el dorso con su pulgar, infundiéndole ánimo; y en vez de un beso, una cálida sonrisa que se posó en los labios de ambos, cada uno iluminó al otro. Quedaron de verse dentro de dos días en el consultorio de Carlisle, y se marcharon, cada uno por su lado.
En medio de un estado total de ensoñamiento, Esme fue capaz de llegar a la escuela de Benjamín. Le agradeció a la mamá de su amigo, con quien había pasado la noche anterior, y regresó con su hijo a casa. Por más que ella quiso ocultarlo, Ben de inmediato percibió un cambio en ella, y un poco curioso, se animó a preguntarle cuando llegaron a casa.
-Mamá, ¿por qué están tan alegre?
Esme suspiró. Dejó su bolso y se llevó a su hijo a la sala. Se sentaron en el sofá.
-Cariño, no te puedo decir exactamente el motivo. Pero si me prometes guardar un gran secreto, te daré una gran sorpresa.
El niño asintió, ansioso por saber lo que su madre le diría.
-Ben, dentro de un mes, tú y yo, y otra persona que nos quiere mucho nos vamos a ir de viaje.
-¿Y mi padre? -inquirió Ben. No es que quisiera a William, sino sólo para satisfacer su curiosidad infantil.
-Él no irá, cielo. Él se va a quedar aquí. Por eso es necesario que no sepa nada de esta sorpresa. No queremos que se ponga triste -"o fúrico y verde de rabia" pensó Esme en su fuero interno.
-Está bien, mami. No voy a decir nada -cerró la boca, simuló cerrarla con un zíper, ponerle un candado y tirar la llave lejos, como su maestra les enseñaba en la escuela. Sonrió y Esme lo imitó, abrazándolo y cubriéndolo de besos.
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Los días pasaron, el fin de aquel mes cada vez estaba más cerca. Carlisle ya había hecho todos los preparativos, e incluso, para sorprender a Esme, ya había comprado una casa en la ciudad a la que iban a huir. En lo que a él se refería, sólo faltaba que se llegara el día señalado y que Esme llegara con Ben y las maletas con sus pertenencias, tomaran camino hacia su nuevo hogar y dejaran atrás todo el horror que Esme había sufrido todos esos años.
Para Esme, entre más se acercaba el día, más difícil se le hacía permanecer sosegada. La emoción la hacía sonreír inconscientemente, y cuando William, con voz ronca, le preguntaba a qué se debía esa "sonrisa de tonta", Esme de inmediato la borraba de su rostro y argumentaba recordar algo que había escuchado en el mercado o visto en la escuela de Ben. Afortunadamente, no la había lastimado más. Tan sólo le decía de cosas o arrojaba objetos al piso y paredes, pero a Esme ya nunca la tocó, ni para abusar de ella ni para golpearla. "Ya verás..." le decía cuando bajaba la mano y prefería tomar la botella de vino. Ella entonces de volteaba, dándole la espalda para ocultar la sonrisa petulante que curvaba sus labios, y susurraba en voz tan baja que ni ella misma se oía.
-Pronto me iré de aquí, y ni de amenazarme tendrás el gusto.
Las maletas poco a poco fueron siendo hechas, de manera sutil para que William no lo notara, y Esme las escondía en la habitación de su hijo, puesto que él nunca entraba ahí. Pronto todo estuvo listo, y en la última cita que Carlisle y Esme tuvieron, a ella se le ocurrió que podría proponerle a William que lo invitara a cenar el día anterior su partida, así podrían verse para de manera tal vez un tanto infantil, burlarse de él en sus narices. Carlisle aceptó encantado.
Esa noche, luego de que Esme acostó a Ben y recogió los platos de la cena, fue al estudio de William, donde estaba fumando.
-¿Qué quieres? -le preguntó en tono indiferente el hombre, sin siquiera mirarla.
-Quería informarle que mañana voy a preparar algo especial para la cena, y si iba a invitar a algunos de sus amigos, para saber qué cantidad tenía que hacer.
-¿Y a ti qué te incumbe que traiga o no a mis amigos?
-Sólo lo decía porque desde que vino el doctor, ya no ha traído a nadie más.
William por fin la miró, y su mirada casi fue indiferente, no con el desagradable brillo de odio que parecía que casi siempre presente en sus ojos al momento de ver a Esme.
-Pues hasta que piensas... Y sí, traeré al doctor -Esme se mordió el labio con fuerza para evitar sonreír -y a ver si Eleazar quiere venir.
-Está bien. Con su permiso.
Efectivamente, Esme se lució en la cena que preparó. Cocinó con esmero el platillo favorito de Carlisle, del cual William no tenía ni la menor idea, y horneó pays de manzana. Todo para celebrar la última noche de cautividad.
A la hora indicada, todo ya estaba perfectamente dispuesto en el comedor, Esme se había arreglado para estar un poco más presentable que de costumbre y ya había acostado a Benjamín. William llegó acompañado de su rubio y apuesto doctor, y de Eleazar White, uno de sus mejor amigos machistas de aquel pueblo. En su hipócrita puesta en escena, William hasta se dio el lujo de besar a Esme en la mejilla cuando esta bajó a recibirlos. Eleazar la saludó, amable como siempre, y cuando llegó el turno de Carlisle de saludar a la señora de la casa, ambos escondieron lo mejor que pudieron el brillo de sus miradas para evitar delatarse.
-Señora Gutenberg, de nuevo un placer saludarla.
-El placer es mío, doctor Cullen.
La cena transcurrió sin incidentes, aunque por supuesto, la hipocresía de William con ella, casi enfermaba a Esme. Todos halagaron la deliciosa comida preparada por la señor Gutenberg, y qué decir del maravilloso pay de manzana. Esme incluso le ofreció a Eleazar un pay extra que había cocinado para que se lo llevara a la señora White.
Eleazar, por su parte, no dejó de observar detenida y discretamente a Esme y al doctor. El mes de plazo para huir que había escuchado se vencía esa noche, así que quería detectar alguna señal de que Esme hubiera desistido de su plan, o bien, que sí fuera a ponerlo en marcha. Pero hasta entonces, los dos habían sido muy cuidadosos de esconder algún gesto que los delatara, y cuando la velada estaba por concluir, Eleazar estaba casi seguro de que ella había pensado mejor las cosas. Se alegró por su amigo, por ella e incluso por el amable doctor, quien a su pesar, le caía de maravilla.
El señor White fue el primero en retirarse, y con la insistencia de Esme, se llevó el prometido pay para su esposa. Un rato más tarde, luego de que William bebiera unas cuantas copas más, Carlisle anunció que él también debía retirarse.
-William, gracias por invitarme a cenar de nuevo. Señora Gutenberg, otra vez, su cena estuvo deliciosa. Lo que daría yo por una esposa que cocinara así de divino.
Esme bajó la mirada, algo turbada y apenada por el cumplido, según supuso William. Pero lo cierto es que no quiso seguir mirando a Carlisle porque temía explotar en risas.
-Pues ya es tiempo de que vaya buscando una, doctor. Por aquí abundan jóvenes que darían lo que fuera porque usted las desposara -pasó un brazo por los hombros de Esme. Ella se quedó rígida y Carlisle tomó aire para controlarse.
-Por cierto, señora Gutenberg, es necesario que lleve a su hijo a consulta. Según su historial médico, hay vacunas que aún no recibe.
-Oh, no sé dónde he tenido la cabeza estos últimos días - claro que lo sabía: había tenido la cabeza ocupada pensando en él, y en que al día siguiente su hijo y ella serían felices a su lado.
-¡Ay mujer! Mañana mismo lleva a... -sobra decir que no recordaba el nombre de su propio hijo- al niño a ver al doctor.
-Los recibiré en el transcurso de la mañana, ¿está bien?
-Claro -asintió.
-En ese caso, buenas noches William, señora Gutenberg -se despidió con una inclinación de cabeza y se retiró.
Con la partida de Carlisle también se fue la civilidad de William, quien luego de exclamarle un par de frases insultantes a Esme, para no perder la costumbre, se retiró a seguir bebiendo y fumando. Esme recogió los platos, limpió la cocina y el comedor, y se dirigió a su habitación a dormir. Mañana sería un gran día, y quería descansar bien para poder realizar su plan a las mil maravillas.
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A la mañana siguiente Esme de verdad tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para controlarse. Tenía la cabeza muy lejos de su casa, y fue una suerte que no se le quemara el desayuno o que la taza de William no se desbordara de café. Aún así, él no perdió oportunidad de hacerle saber de manera muy poco amable que los huevos no tenían la suficiente sal y que el café sabía amargo.
-No te golpeo porque sé que vas camino al doctor, y que después no puedas tener la boca cerrada -la amenazó al salir dirigirse a la puerta-. Pero vas a ver en la noche, cuando llegue...
Esme ni se amedrentó. Al contrario, lo despidió como si nada.
-Hasta entonces, Qué tenga un buen día.
En cuanto William desapareció en la esquina, Esme subió rápidamente a despertar a su hijo, y comenzar a alistarse. Tenían que estar en el consultorio de Carlisle en una hora. Pronto estuvieron listos. Bajaron... bueno, más bien Esme bajó las maletas al recibidor para esperar a que el auto que había pedido llegara por ellos.
-Mami, ¿ya me puedes decir con quien vamos a irnos?
-No, mi cielo. Aún no, pero ya verás.
Ben frunció el ceño, claramente contrariado, pero Esme lo atrajo hacia sí y le besó la frente. De pronto se escuchó que llegó un carro, y Esme abrió la puerta. Esperó ver el coche que pidió, pero lo que vio la dejó helada. Un estremecimiento le recorrió la columna, y comenzó a temblar. Rápidamente cerró la puerta, poniéndole el seguro y arrastró a Benjamín hasta la cocina. Los golpes comenzaron en la puerta de madera.
-¡Mamá! -Benjamín estaba asustado.
-Cielo, necesito que salgas de aquí. Corre con el doctor Cullen y dile que venga de inmediato.
-¿Pero qué está pasando? -una lágrima asomó a los ojos del niño, y Esme no pudo seguir reprimiendo su llanto más. Las lágrimas cayeron por sus mejillas. Abrazó a su hijo y lo besó.
-¡Tienes que correr, Benjamín! No mires hacia atrás. Ve por el doctor.
Dicho esto, lo empujó hacia afuera y cerró la puerta de la cocina. Benjamín se limpió las lágrimas y corrió, como le dijo su mamá. Pero sus piernas eran cortas y las lágrimas no lo dejaban ver. Cayó un par de veces, y a cuando estuvo a punto de caer por tercera vez, unos brazos lo sostuvieron.
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William llegó a su trabajo, y le pidió a la secretaria que le llevara un café. Unos minutos después entró a su oficina Eleazar. Se saludaron, y tomaron asiento. La secretaria llegó con el café, y al ver que el señor tenía compañía, fue a traer otra taza.
-¿Café? Pero si acabas de llegar, William.
-Lo sé, pero es que Esme andaba tan ocupada con eso de que tenía que llevar al niño al doctor que no hizo bien el desayuno -soltó una maldición y le dio un sorbo a su taza. Eleazar se quedó rígido.
-¿Has dicho al doctor?
-¿Estás sordo, amigo? -le palmeó el hombro-. Si. Anoche, después de que te fuiste, el doctor le dijo a Esme que tenía que llevar al niño a que le pusieran unas vacunas, y en cuanto yo me vine, se quedaron alistándose para irse con él.
Eleazar miró al techo. Esto le iba a doler a él, pero más que nada a Esme. Lo sentía por ella.
-William, ella no va a ir con el doctor a consulta -lo miró fijamente-. Va a huir con él. Esme y tu hijo se van a ir con el doctor Cullen.
William golpeó la taza en el escritorio, quebrándola y llenando de café todos los papeles. Un gutural gruñido salió de su pecho y su rostro se deformó por la ira.
-¡¿Qué has dicho?!
Eleazar se levantó y se apartó tres pasos de él. Nunca había visto a su amigo así.
-Que Esme va a huir con el doctor Cullen, y se va a llevar a tu hijo.
-¡Voy a matar a esa zorra! -bramó poniéndose de pie. El furioso hombre salió como un huracán, tirando todo lo que encontraba a su paso y soltando maldiciones a diestra y siniestra. En ese instante, Eleazar se arrepintió de haber abierto la boca y, sin ser hombre de religión, le pidió a Dios piedad para la pobre mujer.
Quince minutos después, William no había vuelto y se preocupó. Mandó a la secretaria de su amigo a la policía, pidiéndoles que fueran a la casa de los Gutenberg, sólo por si acaso.
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Esme vio cómo su pequeño hijo salió corriendo en busca de auxilio. Sólo esperaba que llegara a tiempo. Temblorosa, con el corazón hecho un nudo, cerró como pudo la puerta de la cocina, para que a William no se le ocurriera ir detrás de su pequeño. Apenas pudo limpiarse las lágrimas cuando los golpes en la puerta cesaron, indicando que la puerta había cedido y que su peor pesadilla ya estaba adentro. No tuvo tiempo de girarse a enfrentarlo, pues este ya la había tomado del cabello, la había tirado el suelo y la arrastraba, golpeándola con los muebles y las paredes.
-¡Zorra! ¡¿Cómo te atreves a querer huir de mí?! ¡¿Pensaste que no me iba a dar cuenta?!
-William. Yo... -intentó defenderse, pero el aludido la pateó, la levantó y la arrojó sobre la mesa del comedor.
-¡Cállate, ramera!
Seguido de esto, sólo se escucharon los gritos y aullidos de dolor de Esme, sus sollozos, y frases ininteligibles pidiendo clemencia, y los jadeos de William, quien no dejaba de golpearla, con puños y pies, y valiéndose de todo lo que encontró a su alcance. No paraba de golpearla y gritarle insultos, peores cada vez. Fue cuando tropezó con un pequeño armario del comedor cuando recordó que ahí guardaba algo que podría se útil para deshacerse del doctor una vez que terminara con ese bulto inmundo de carne, huesos molidos y llanto que no dejaba de suplicar.
-¡Por favor, William!
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Carlisle estaba impaciente. Sólo faltaba media hora para que Esme y su pequeño llegaran con él, y así, poder escaparse. No dejaba de ver el reloj, y entonces dijo para sí.
-Aún es temprano, y en caso de que haya pedido un coche, seguramente todavía no ha de llegar. Adelantaré la sorpresa y mejor iré yo mismo a recogerla.
Cerró su consultorio, se subió a su auto y condujo camino a la casa de su amada Esme. No cabía en sí mismo de alegría. "Sólo unos minutos más, Carlisle. Unos minutos más..." se decía, y hasta contento iba tarareando una melodía desconocida. Al doblar una esquina, vio a un niño muy pequeño que corría y que se veía agitado. Paró el coche y avanzo hacia él. Justo a tiempo, lo alcanzó a sostener en los brazos para evitar que cayera. El pequeño se aferró a sus brazos.
-Por favor, señor -su voz era casi ininteligible por los sollozos-. Necesito que el doctor venga a ayudar a mi mami.
Carlisle tomó en brazos al pequeño e intentó consolarlo lo más que pudo.
-¿Quién es tu mamá?
-Esme.
Carlisle lo comprendió en un instante. Subió con el niño al auto y se dirigió a la casa de Esme lo más rápido posible. Al llegar, subió los vidrios del auto y se apeó.
-Ben, por ningún motivo salgas de aquí. Voy a ayudar a tu mamá.
El niño, temblando, asintió y se hizo un ovillo en el asiento.
El doctor corrió por el camino de entrada, y al ver la puerta del frente completamente destrozada, temió más que nunca por Esme. Al entrar, el paisaje lo dejó helado, para luego hacerlo arder con toda la furia que fue capaz de sentir. El recibidor estaba destrozado, al igual que la sala, pero en la entrada al comedor, vio lo peor. Los muebles estaban hechos añicos y había sangre en ellos, en el piso, en las paredes. De su boca salió un siseo de cólera, y al levantar la vista, vio a Esme, ensangrentada y casi irreconocible por todos los golpes recibidos, respirando con dificultad, y a William apuntándole con un revolver y una cara de desquiciado en el rostro, aún gritándole a Esme.
Él aún no se daba cuenta de su presencia, así que tomó eso como una ventaja y con la pata de una silla lo golpeó en la nuca, haciéndolo caer luego de proferir un grito. Carlisle se tiró junto a Esme, sollozando de coraje por lo que ese bastardo le había hecho al amor de su vida. Con mucho cuidado la abrazó delicadamente.
-Lo siento, lo siento Esme -la besó en la mejilla que tenía menos lastimada.
-Carlisle... Ben... -los susurros de Esme eran casi afónicos. Carlisle la silenció con dulzura.
-Calma, amor. Él está bien, Y tú también vas a estarlo.
La evaluó con presteza. El animal le había arrancado parte del cuero cabelludo, por los golpes le había tirado varios dientes, reventado el labio inferior, no podía abrir el ojo derecho, y la blanca piel de su rostro y cuello estaban bañadas en sangre, la cual era producto de las incontables heridas que tenía en las mejillas y frente. Las costillas casi estaba seguro que estaban en su mayoría rotas, al igual que las piernas y el brazo derecho. Casi había matado a su ángel.
Se levantó para ir a buscar algo para detener las hemorragias, una sábana o toalla, y llevarla con urgencia a atenderla, pero al girarse todavía sobre sus talones, vio a William frotándose con una mano ensangrentada la nuca y con la otra apuntándolo con el revolver.
-Aún no termino con ella, y enseguida seguirá usted, bastardo -le escupió a Carlisle.
Esme gimió, y Carlisle se puso de pie despacio, temblando por la ira. Tenía los brazos ligeramente extendidos y las palmas en alto y abiertas hacia William, dispuesto a lanzarse sobre él en la primera oportunidad.
-Es usted un malnacido, Gutenberg -su voz sonaba grave y ronca por el odio, y sus ojos chispeaban-. Se necesita ser un despojo, un desecho de la humanidad para hacer lo que le hizo a esta dama.
-Aquí no hay ninguna dama. Solamente una ramera que se va y se le ofrece como perra al primer imbécil que se le para enfrente.
Carlisle gruñó. Esme seguía respirando con dolorosa dificultad.
-Deje esa arma.
-¿Y si no qué? ¿Va a golpearme otra vez con una estúpida pata de silla? Antes de eso le dispararé.
-Va a necesitar más que un par de balas para detenerme, Gutenberg -Carlisle estaba lleno de determinación. William sonrió diabólicamente.
-Entonces creo que tendré que ponerlas donde más daño hagan.
Acto seguido, apretó dos veces el gatillo. Lo apretó una vez más antes de ser derribado por dos hombres vestidos de azul marino, con insignias doradas. El último disparo le dio a Carlisle en el brazo izquierdo, rozando apenas el músculo. Los otros dos disparos los recibió Esme en el tórax. Carlisle gritó y se inclinó hacia Esme. Ella ya no viviría.
-¡Esme! ¡Esme! -sollozó mientras le acariciaba el rostro.
-Carlisle... cuida... Benjamín -apenas si podía abrir los labios.
-Claro mi vida. Lo prometo -la besó en la frente-. Te amo, Esme.
-Amo... -la cabeza de Esme cayó inerte hacia un lado. Había muerto.
Carlisle dio rienda suelta a su llanto y abrazó el cuerpo destrozado de su amada, empapándose de su sangre. Lloró y lloró amargamente por su amor, sus sueños y esperanzas perdidas. Esme era la única mujer a quien había amado, y acaba de morir delante de sus ojos. Sí alguien le hubiera creído... Sí alguien hubiera prestado atención a sus ruegos, Esme tal vez aún viviría, y aunque tal vez no fuera con él, estaría feliz con su pequeño, lejos de ese monstruo que incluso habiendo sido atrapado cometiendo el crimen, lo negaba, argumentando que la culpable era ella por haberlo engañado.
En medio de su aturdimiento, unas manos lo separaron de cuerpo para poder llevarlo a la funeraria. Escuchó a algunos que le decían que se examinara la herida de su brazo, pero él no comprendía nada. Estaba como ido. Su dolor le nubló el entendimiento.
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Los siguientes días se desdibujaron para Carlisle. No recordaba cómo le había dicho a Benjamín lo ocurrido, pero sí de cómo le prometió ser el mejor padre para él y que lo querría como a su propia vida, puesto que era el regalo que Esme le había dejado. No recordaba cómo había sido el funeral ni todos los preparativos, pero si recordó a Esme en el ataúd. La habían arreglado muy bien, apenas si quedaban rastros de la cruda golpiza que la había matado, y ahí, con los ojos cerrados y una beatifica expresión en el rostro, parecía más un ángel que los personajes dibujados en las imágenes religiosas. También recordaba, aunque vagamente, que muchas personas le daban el pésame y le pedían disculpas, como si supieran que Carlisle los culpaba a todos por su silencio e indiferencia de la muerte de esa maravillosa mujer.
No se quedó mucho en el pueblo. Sólo hasta que juzgaron a William y lo condenaron a cadena perpetua. Una semana después alguien lo había asesinado a sangre fría en la cárcel, y le habían dejado un recado: "Lloraste más tú que lo que tu esposa durante todo el tiempo que la maltrataste". Después de eso, sintiéndose feliz de que la justicia divina hubiera caído sobre aquel malnacido, tomó a Benjamín, su hijo, y las pertenencias de ambos, y se alejó de ahí.
Se marcharon a la ciudad donde había planeado huir con Esme, y aunque no tomó posesión de la casa que le había comprado, adquirió otra y ahí formó su hogar con Benjamín, el hijo adoptivo que cada día le recordaba más a la persona que más había amado. Luego de todo aquel infierno, el día más feliz de Carlisle fue cuando Ben dejó de llamarlo "doctor" y lo llamó "papá", y le pidió cambiar su apellido por el de él. Ya no sería más Benjamín Gutenberg, el hijo del asesino de su madre, sino Benjamín Cullen-Platt, el hijo del hombre que más había amado a su madre.
Y pasó el tiempo. Carlisle nunca más tuvo ojos para otra mujer, y todo el amor que sintió por aquella dulce joven lo convirtió en cariño y devoción por su hijo Ben.
FIN
