Capítulo 4: Pueblo.
No recordaba cómo había llegado a esa lujosa habitación. No recordaba absolutamente nada de los últimos eventos. Se vio a si misma arropada con esas sabanas de seda, que acariciaban su piel con suavidad como si fuese agua de un manantial. Toda esa cama era como estar flotando sobre una nube.
Se quedó mirando el candelabro que colgaba del techo. Admirando cada piedra cuidadosamente pulida.
Le debía la vida a la reina…
Si no lo arruinaba, podría vivir así lo que le quedaba de vida. No más dormir en el suelo, en establos, en los duros bancos de las iglesias. No más pasar hambre ni necesidad. No quería aprovecharse de la amabilidad de la reina, pero si ser su esclava personal le permitía esa vida de lujos, iba a pensárselo dos veces antes de quejarse al respecto.
No creía que fuese útil para Historia. ¿Qué podía hacer ella? Solo sabía ser una ladrona y ser una sarcástica. Ah, y arruinar los momentos con sus lecturas aceleradas.
Nada de eso ayudaría a un reino a prosperar, mucho menos iba a ayudar a la reina a ser querida. Nada tenía sentido.
Vio la ropa nueva que había en los pies de la cama. Se levantó y fue a una puerta al lado de la habitación. Ahí estaba el baño. No sabía que estaba ahí, o quizás sí, pero no lo recordaba. No recordaba muchas cosas de la noche anterior. Probablemente le habían mostrado la habitación y los alrededores.
Le daba escalofríos el pensar que esos aposentos podían haber sido de uno de los hijos legítimos fallecidos, aunque no tenía como saberlo.
Podía acostumbrarse al agua caliente, a los azulejos brillosos, a las amplias ventanas, a los detalles de las paredes. Podía acostumbrarse. Eso no significaba que no fuese completamente extraño luego de estar meses encerrada bajo tierra y muchos años viviendo a expensas del dinero robado de pueblerinos.
Se dio un rápido baño. Se fijó que su pecho tenía una gran magulladura. Aun podía sentir el pie del Lord cortándole la respiración. Pero ya no más. Al menos él no volvería a buscarla. Eso le sacaba un peso de encima. Aun así, seguía habiendo tantas personas que querían su cabeza.
Sobre todo…
Se puso los pantalones, la camisa y las botas que estaban en la cama, junto con una pechera de cuero. La ropa era suave al tacto con la piel. Estaba completamente agradecida. Dejaría de usar harapos, eso era tranquilizador.
Sintió un golpeteo en la puerta.
La reina hacía su entrada. Llevaba su pelo rubio suelto y lacio, tenía un vestido que se veía cómodo, y unas botas. Se veía lista para la expedición.
Se le había olvidado por completo.
Prácticamente había perdido la conciencia cuando llegó a esa habitación, pero ahora su cabeza estaba más despejada. Historia Reiss viajaba muy seguido a otros reinos, para aumentar las alianzas y los tratos. Lo hacía por su pueblo. No todos los gobernadores pensaban en su pueblo, en las comodidades y en las necesidades que podían brindarles, por el contrario, algunos solo pensaban en ellos mismos y en sus riquezas.
La reina maldita solo intentaba cambiar el nombre que le habían dado a su reino.
Hoy saldrían ambas. Ya pocos eran los guardias confiables, y si bien ella no era un guardia o un soldado, simularía a uno. Esperaba que no fuese peligroso en lo absoluto.
"Tengo algo que darte antes de partir. ¿Puedes darme la espalda y agacharte un poco?"
Levantó una ceja, la rubia escondía algo tras de su espalda. No confiaba lo suficiente para bajar la guardia, pero le hizo caso de todas formas. Si ella no confiaba en la reina, ¿Quién iba a hacerlo? Sintió como los dedos delgados pasaban por su cabello. Le dio un cosquilleo extraño, así como un escalofrío le recorrió la columna.
Estaba más acostumbrada a los tactos toscos y asesinos que a una caricia así de delicada.
"Tu pelo ha crecido desde que llegaste, sentí que esto te sería útil."
Se escucho un leve clic. Llevó su mano hacía el objeto extraño que ahora adornaba su cabello. Si, tenía largo su cabello, no había sido consiente de eso. El broche parecía ser útil en su estado. Se sentía helado al tacto, y podía sentir las decoraciones en su fachada.
"¿Esto es mi corona, o algo así?"
Sonrió para sí misma. Era un sentimiento extraño el recibir un regalo. No acostumbraba a recibir nada de nadie.
"Si, algo así, y también está esto."
Sintió el peso en su cuello. El frio del hierro similar a las esposas que le habían puesto antes. Se llevó las manos a su cuello, encontrándose con el objeto frio y pesado.
Sintió miedo.
Como si despertara de golpe de una pesadilla, o si la pesadilla llegase de golpe.
¿Había sido engañada?
Le dio una mirada a la rubia, pero su molestia y su estado perturbado se fue reduciendo al ver la sonrisa en los labios de la reina.
"¿Y esto?"
"Si te reconocen, esto les dirá que eres de mi propiedad. Mis herreros lo hicieron anoche con los materiales más resistentes que existen."
Soltó un suspiro y se masajeó las sienes. Ya empezaba a sentirse de mal humor. Ahora realmente se sentía un animal.
"¿No podías encontrar un material menos pesado? ¿O algo que pasara más desapercibido?"
La rubia empezó a caminar por los pasillos, se vio obligada a seguirla, simplemente para escuchar finalmente una respuesta. Además, no quería quedarse sola en el castillo para que otro traidor intentara entregar su cabeza.
"Debe ser muy notorio, tiene tallado mi nombre, si fuese de cuero, podrían deshacerse de él y así se evitarían el castigo de tener algo de mi propiedad. Tendrán que cortarte la cabeza para sacarlo."
Ahora les daba una buena excusa para cortar su cabeza. Pero entendía el punto. Si era atacada por alguien teniendo el collar, podrían ser apresado por traición contra el reino mismo. En el caso contrario, podrían darse por desentendidos y simplemente matarla. No era lo más cómodo para llevar encima, ni agradable del mundo, pero era un seguro de vida.
Soltó una leve risa y sonrió con presunción.
A la reina no le gustaba que tocaran lo suyo.
Esa personalidad era propia de una reina. Tenía fe en que la reina Historia dejaría su complejo de mártir y se volvería en la clase de mujer que todos respetarían.
La carroza las esperaba fuera del castillo. Los caballos se veían en perfectas condiciones, fuertes y limpios. El vehículo era negro, adornado con finos detalles dorados, del mismo color eran las ruedas. El conductor, alto y bien vestido, estaba sentado con las riendas en las manos. Uno de los guardias del castillo le abrió la puerta a la reina, ofreciéndole su mano para ayudarla a subirse. Le dio una mirada retadora al hombre, antes que este hiciera lo mismo con ella. Le molestaba que la trataran así de cordiales, mientras sus miradas señalaran repudio hacía su existencia.
Todos sabían quién era.
Se subió de un salto y cerró la puerta. Se sentó frente a la reina, no pudo evitar quedarse mirándola con fijación. La rubia empezó a leer con tranquilidad un libro sobre plantaciones. Le agradaba ese silencio y la vista que le era concedida. Se sentía una ladrona con suerte. Una ladrona vestida de seda que acompañaba a la mujer más agraciada que los ojos mortales han visto jamás.
Era digno de cuento de hadas.
Los caballos empezaron a andar a un trote rápido. Iba a ser un largo e intrigante día.
…
El encargado de aquel pueblo les mostró las plantaciones hasta que se hizo tarde, ambas fueron invitadas a pasar la noche en una residencia del reino. Una de las más lujosas que tenían. No era el castillo, pero tenía su estilo.
A la mañana siguiente volvieron a mirar otros lugares antes de firmar el trato comercial con el reino, y ya en la tarde estaban volviendo al reino maldito.
No podía evitar mirar a la reina con asombro. No imaginaba que un gobernante hiciera aquellas cosas, probablemente la mayoría mandaría a un personaje de confianza a hacer los tratos comerciales. Aunque tenía claro que la reina Historia no confiaba en nadie de aquella forma. Ni tampoco tenía personas que confiasen en ella.
Las pisadas de los caballos contra el suelo era una especie de arrullo tranquilizante, así como el sonar de las ruedas contra la piedra. Eran esas cosas que para la reina debía ser algo común, pero para ella, era algo único e incomparable. Era completamente diferente el ver las carrozas de un lugar a otro, al estar en una. Los asientos eran cómodos, revestidos con pieles cálidas y la coraza brindaba seguridad.
Le dio una mirada a la rubia. Sus azules miraban por la ventana, con melancolía. ¿En que estaría pensando? Había vagado demasiado tiempo, leer a las personas era algo bastante fácil de hacer. La respuesta sería, "en su deber de reina", en que sus tratos y acciones fuesen suficientes para mantener a su reino unido. Si, debía ser eso.
¿Podrían notar de una vez lo mucho que hacía esa reina maldita por dejar de ser llamada así?
Escuchó un sonido extraño y vio como los ojos azules se sorprendieron de la nada, así que miró por la ventana, si es que era algo de afuera lo que la sorprendía, y no su lectura mental.
Estaban pasando por un pueblo pequeño, y un grupo de campesinos, en especial un hombre en sus cuarenta, empezaban a tirar piedras hacía el carruaje. Frunció los labios. El pueblo es parte del reino maldito. No eran campesinos molestos de otro reino, eran campesinos molestos con su propia reina. Eso la hizo enfadar.
Apretó los puños, esos pueblerinos le sacaban de quicio. Le ordenó al conductor que detuviera los caballos. A penas el carruaje se detuvo, se lanzó hacía afuera. Los campesinos se miraron asombrados. Jamás imaginaron que el carruaje de la reina se detendría por algo así. ¿Entonces pasaba tan seguido?
Sus caras decían eso.
Eso la hizo fastidiar aún más.
Avanzó encolerizada hasta aquel hombre y lo tomó de la ropa, sacudiéndolo de un lado a otro, haciendo que soltara las piedras que tenía en sus manos.
"¿¡Qué crees que estás haciendo!?"
Era impensable. ¿Qué le pasaba a esa gente? ¿Por qué tanto odio?
"¡Dándole a la reina maldita su merecido!"
Los otros campesinos levantan sus manos, apoyando la moción. Miró fijamente al hombre, estaba enojándose demasiado. Pero no tenía opción. Su actitud sobrepasaba los límites de la insolencia.
Ella misma no era la persona indicada para hablar de insolencia, siendo una ladrona de ricos, una violadora de leyes y claramente una enemiga de la corona.
Pero jamás levantaría la mano hacía un rey que no ha demostrado ser protervo en lo absoluto.
"¿Por qué no te metes con alguien de tu tamaño, fanfarrón?"
"Eres nuestro enemigo si eres la mascota de esa bastarda."
El hombre apretó los puños, sin miedo a arremeter contra un aliado de la reina. O su mascota. Debía admitir que el elogio le irritaba.
A aquella gente no le importaba nada. Eso era traición. Eso significaba cárcel. ¿Acaso Historia Reiss no los había apresado nunca por cometer tales actos? ¿Hasta ese punto podía llegar sus intenciones de ser buena? Merecían un castigo, y si la reina no iba a dárselos, ella lo haría. De todas formas, para eso estaba ahí, ¿No?
Era una ladrona, y sabía huir, así que no fue difícil huir del ataque. Realmente no tenían miedo de nada. Debía asegurarse que la reina no saliera sin protección de ahora en adelante.
Luego de esquivar, terminó en la espalda del hombre, agarrándolo fuertemente de las ropas, con su propio impulso lo empujó hasta que su cuerpo macizo chocó con la carroza. Esta se meneo de un lado a otro, hasta los caballos relincharon del asombro. El hombre soltó un quejido al sentir el material del vehículo en su cara.
No, simple pueblerino, la amenaza no termina ahí.
Podía ver a Historia asomarse por la carroza, gritándole alguna cosa. En su furia no era consiente de eso. Probablemente le decía que se detuviera, que no les hiciera daño a los pueblerinos. Esto podría significar un castigo por no acatar las órdenes directas de la reina, pero no le importaba. Si ellos no tenían castigo alguno, no creía tener un castigo tan temible.
Volvió a azotar al hombre contra la carroza, para luego obligarlo a bajar la cabeza.
El hombre intentaba levantarse. Intentaba no estar arrodillado por la corona. Le recordó a sí misma, pero esta vez tenía buenas razones. No era un simple capricho.
"¡Mira el vestido de la reina!"
Le gritó al hombre un par de veces, pero este no hacía caso, solo quería levantarse y alejarse de la reina. Lo tomó del cabello y lo dejó a centímetros del vestido de Historia.
"¡Te digo que mires, maldito crapuloso!"
El hombre al fin abrió los ojos. El vestido no era lo realmente importante, lo que importaba era lo que estaba en el vestido.
"Historia Reiss estuvo horas y horas visitando campos de arroz para traer al reino los mejores granos. Lo hizo ella misma, por sus propios medios, ¿¡Para que!? Para el pueblo, para ustedes, para darles lo mejor, panda de malagradecidos. ¡Ustedes deberían ser condenados a morir de hambre por su sinvergüenzura! ¡Pero la reina sigue luchando por su reino para que no les falte nada, aunque nadie le enseñó cómo hacerlo, y aun así lo hace mejor que otros! ¡Hace su mejor esfuerzo! Deberían arrodillarse y aclamarla. Agradecer el hecho de que sea esta reina, y no otra persona, ¡Que quizás les cortaría la cabeza ante el más mínimo reproche! ¡Si fuese yo quien tuviese esa corona, ya te habría sacado los malditos ojos de las cuencas y se las habría dado de alimento a los cerdos!"
Levantó al hombre, y lo volvió a agarrar de la ropa, ahora de frente, mirándolo cara a cara. Volvía a sentir la voz de la reina diciéndole que parara, que no era la forma de actuar. Nuevamente la ignoraba.
"¡Dejen de vociferar sobre una reina maldita, y tómense el tiempo de educarse en la verdad y dejar de llenar sus cabezas con mitos y mentiras!"
Soltó al hombre, no sin antes empujarlo. Este cayó al suelo. No le importaba en lo absoluto, estaba iracunda, le habría roto las piernas con todas las ganas del mundo. Las veinte personas que estaban ahí ya habían soltado sus piedras. Ya no estaban tan impetuosos como antes. Sintió las pequeñas manos de la rubia en su brazo, tirando de ella para que entrara en el carruaje.
"Ya basta, Ymir, no tienes que hacer estas cosas. No está bien. Déjalos en paz."
Le dio una mirada y resopló aun con la molestia en el pecho. Le dio una mirada amenazadora al pueblo mientras le ofrecía la mano a la rubia para que entrara nuevamente en el carruaje.
Lo siguiente la dejó boquiabierta. No podía creerlo.
Apretó la mano enguantada de la reina para llamar su atención. Historia miró nuevamente hacía los pueblerinos.
Todos ellos estaban haciendo una reverencia. El hombre tenía la frente pegada en el suelo. No pudo evitar fruncir el ceño ante lo confuso de la situación. ¿Realmente nadie se había tomado un segundo para mirar a Historia Reiss fuera de su percepción confusa e irreal? ¿Fuera de los inventos del mismo pueblo?
¿Historia nunca se había dado a entender?
"Alabada sea la reina Historia Reiss."
Sus voces se escucharon a coro. Nunca había sido espectadora de algo así. En muchos reinos, los reyes forzaban a la gente a arrodillarse, a aclamarlos. Ahora era diferente.
Miró a la reina.
Su rostro lucía reluciente. Renovado.
Nadie le había mostrado respeto. Absolutamente nadie. Era extraño. Probablemente no podía creer lo que sus ojos veían. Probablemente en su mente todo parecía como un sueño. Como una realidad alternativa. Sonrió para sí misma al ver a la reina así de absorta. Así de maravillada.
Historia Reiss lograría ser una gran reina, ya lo era, pero sus miedos impedían que siguiera avanzando. Tenía que confiar más. Ser más severa. Dar a conocer todas las cosas que hace por su pueblo. Mostrarse tal cual es. La gente tenía que enterarse de lo malo y lo bueno, así no tendrían tiempo para inventar calumnias.
En su mente ese sonaba a un buen plan.
Su viaje se había reanudado. La reina no ocultaba la sonrisa que adornaba sus labios. Estaba realmente agradecida. Una sonrisa real y sincera.
"Te agradezco por lo de recién. No fue la forma, pero de todas maneras fue impresionante."
Llevó una de sus manos a la cabellera rubia de la reina, con el simple objetivo de desordenar cada uno de los cabellos dorados. Movió su mano de un lado a otro, mientras que la atacada solo frunció los labios, mostrando su molestia respecto a la burla.
"No fue la gran cosa, solo les dije lo que haces por ellos. Todo el mérito es tuyo. Eres una buena reina, ellos tendrán que quitarse la venda de los ojos."
Sus ojos seguían viéndose melancólicos.
La reina maldita que solo quería ser querida. Que solo quería afecto. ¿Podía culparla? Era la misma clase de persona. Luego de ser odiado y marginado por tanto tiempo, solo quieres que alguien te quiera por lo que eres. Que no le importe la mierda de la que saliste.
Se levantó y se sentó al lado de la reina, poniendo sus botas en el lugar vacío que había dejado. Pasó su brazo sobre los hombros de la rubia.
Christa Lenz la había aceptado cuando era joven.
Ahora Historia Reiss hacía lo mismo. La aceptaba aun con su porquería de carácter.
Y hacía lo mismo. Quizás ese acercamiento serviría para dárselo a entender. Aceptaba a la rubia como su reina. Y si una persona como ella, que odiaba la corona y a los ricos, podía aceptarla, todo el pueblo debería hacer lo mismo.
Iba a apoyarla hasta el final.
Le debía la vida a Historia. Y el pueblo iba a debérselo también.
Estoy completamente de acuerdo con Ymir en este capítulo, a la waifu no la tocan ni con un pétalo de rosa (¿?)
Las cosas parecen estar yendo bien, pero eso nunca son buenas noticias cuando soy yo quien está escribiendo, lo sé, no tengo idea porque soy así.
Espero les haya gustado el capítulo.
¡Nos leemos pronto!
