Hola mi gente!
Gracias por tan lindos e interesantes comentarios que han dejado respecto a esta historia. Me alegra saber que este personaje, Icarus, ha logrado remover resentimientos y preocupaciones en ustedes. Recuerden que tenemos dos importantes asuntos q no debemos perder de vista: la profecía y la maldición que poco a poco iremos conociendo, será una pieza trascendental en esta historia. Muchas gracias por acompañarme y espero seguir interesándolos en el transcurso de la trama. No quiero extenderme más así q los dejo con el nuevo episodio.
Gracias de nuevo, un abrazo y como siempre digo... buen viaje!


IV

En distintos bandos

Desde su nacimiento que todo el mundo sabía que Teddy Lupin era especial. El niño de cuatro años poseía un color platinado en sus ojos tan tranquilizador y benevolente que bien podría ayudar a las personas a relajarse y dormir en sus insomnios, sin pesadillas. Su abuela Andrómeda lo adoraba. El pequeño era la viva imagen de su hija Nymphadora y tenía el aire siempre misterioso de su yerno, Remus. Cada día que pasaba, Teddy mostraba un crecimiento gradual en sus poderes mágicos siendo casi incontrolable en muchas situaciones. Un día de verano, al cumplir los tres años, incendió la alfombra de Molly Weasley al enfurecerse con un juguete. Harry, como buen padrino y protector, apagó las llamas al segundo y persiguió al niño por la sala, quien no dejaba de hacer travesuras a su paso. Sin embargo, fuera de su carácter explosivo, Teddy atraía a las personas con su sonrisa y llamativo cabello azulino. Parecía ser que la magia que corría por sus venas era puro magnetismo para quienes le rodeaban. Sobre todo para la hija de Bill Weasley, Victoire. La niña, quien a pesar de su corta edad de dos años, le encantaba estar al lado de Teddy en todo momento. Podían jugar por horas y para ellos sólo se trataban de breves segundos.

Aquella noche en La Madriguera, por orden explícita de Harry, Andrómeda se quedó con la familia Weasley por seguridad. El moreno había quedado muy atemorizado con lo informado por Kingsley, por lo tanto mientras pensaba en una solución permanente, le pidió a la señora Weasley que los acogiera mientras iba a la Sala de los Recuerdos en busca de información. Molly no tuvo inconvenientes preparando una de sus habitaciones para la bruja y su nieto. Al día siguiente, Teddy despertó gracias a la luz de la mañana entrando por la ventana. Con la energía que se les destacaba, el niño abandonó la cama interrumpiendo el sueño de todos bajo ese techo. Irrumpió en la habitación de George con total impunidad y se encaramó en su cama para despertarlo. El gemelo, quien se había vuelto un poco arisco debido al luto, tenía una paciencia especial con ese niño. Era al único que le permitía subirse a la cama de Fred y hablaba de él contándole las travesuras que hacían juntos en Hogwarts.

-Teddy le hace muy bien a mi hijo, Andrómeda- comentó Molly Weasley al ver que George abandonó su cuarto para jugar con él en los jardines de La Madriguera.

-Me da gusto saberlo. Ese pequeño es un sol.- un silencio inesperado acompañó sus palabras. Ambas mujeres tenían la conversación de Shacklebolt enredada todavía en sus tímpanos. La incertidumbre ocupaba cada rincón de esa casa y lo sabían.

-¿Te preocupa lo de la profecía?- la pregunta de la pelirroja hizo que la sonrisa de Andrómeda se esfumara al instante.

-Sí, me preocupa. Sin embargo, confío plenamente en Harry. Sé que él no permitirá que nada le pase a mi nieto.

Al mediodía, Bill Weasley llegó a La Madriguera acompañado de su mujer y su hija. Teddy había insistido tanto que Molly no tuvo más remedio que llamarlo vía chimenea para que los visitara cuanto antes. El niño, al ver a Victoire llegar con sus padres, corrió hacia ella para tomarla de la mano y llevarla a ver cómo George lanzaba gnomos con destreza y correr por los alrededores. Como dos pequeños exploradores, se sentaron en la hierba examinando los bichos que habitaban bajo las piedras enterradas. Sólo a esa niña, Teddy le mostraba sus talentos mágicos para entretenerla y maravillarla. Aquel día no fue la excepción. El peliazulino juntó sus manitas para generar una luz blanca entre ellas y al momento de separarlas una especie de Patronus diminuto flotó en ese reducido espacio. Era un lobo que alzaba su nariz oliendo el viento. Victoire le aplaudió el bello espectáculo riendo, encantada. De repente, en el cielo, ambos niños repararon en una bandada de aves sobrevolando el cielo de La Madriguera en perfecta formación, sin embargo una de ellas sostenía un vuelo errático, subiendo y bajando sin poder mantener una dirección constante. Cayó a tierra a pocos metros de ellos. Victoire, demostrando su temprano interés por los seres vivos, corrió para asistirla. El ave estaba herida y respiraba trabajosamente tumbada en la hierba. Teddy llegó a su lado viendo que tenía sangre cerca del cuello. Debió de estar herida por alguna pelea y apartó a la niña para evitar que la tocara. Segundos después, el ave dejó de moverse del todo. La pequeña Victoire comenzó a llorar al darse cuenta que no reaccionaba.

-Sánala… sánala- le pidió al niño con sus hermosos ojos llenos de lágrimas. A Teddy se le apretó el corazón invadido de amor infantil por ella. Sin saber bien lo que hacía, el peliazulino tomó el ave entre sus gordas manos con cuidado. Respiró profundo y se concentró en el calor gradual que comenzaba a sentir en sus palmas. Nunca antes le había sucedido, como si su torrente sanguíneo aumentara en temperatura y velocidad. Su propio corazón palpitaba con mayor vehemencia. Comenzó a sentir cosquillas y sonrió, lo que llevó a Victoire a sonreír también. Aquella calidez subió de forma inquietante pero Teddy no quiso soltar a la criatura. Un brillo inusual brotó de entre los plumajes y fue entonces donde, después de unos segundos, la liberó al fin. El ave aleteó, vigorosa y más viva que nunca, y echó a volar en círculos sobre sus cabezas para luego irse en dirección al horizonte. Ese fue un momento tan íntimo e importante, que ninguno de los dos quiso revelárselo a los adultos. Volvieron al interior de La Madriguera tomados de la mano.


Harry se dejó caer en su escritorio como un saco de plomo. No estaba durmiendo muy bien y el peso de sus párpados resultaba casi insostenible. Miró en rededor por el Cuartel General dándose cuenta que estaba solo, había llegado demasiado temprano debido a que abandonó la cama al rayar el alba. Lo que había sucedido en el Departamento de Misterios pocos días atrás lo tenía malhumorado y descompuesto. Habían fracasado en su intento de obtener mayor información de un recuerdo trascendental que desgraciadamente ya no tenían. Aunque no desmereció todo por completo, Hermione había logrado sacar en limpio algo del texto pero de haber dispuesto de más tiempo, lo habría traducido en gran parte. No cabía duda. Evocar la presencia de ese tipo, Icarus Prewett Black, en el interior del recuerdo, su mirada burlona, el poder que desplegaba con una facilidad envidiable, la sonrisa que torcía sus bigotes… logró patearlo en el centro del estómago. Al fin pudo conocer a ese mago tan misterioso. Le llamó la atención el frío de sus ojos azules, como dos témpanos de hielo que no irradiaban nada más que codicia y un incómodo rechazo. ¿Cómo era posible que personas como Bellatrix e Icarus fueran parientes de otras tan cálidas como la señora Weasley y Andrómeda? ¿En qué consistirá la profecía de la que comenzaba a temer? La certeza de que Icarus hubiera escuchado a Kingsley nombrar a su ahijado justo en el momento en que apareció ante ellos, le volvió la sangre de escarcha.

Poco a poco, el moreno se inclinó en su escritorio hasta apoyar su cabeza en sus brazos cruzados y rendirse al pesado letargo. Se durmió unos segundos que le parecieron horas, en donde miles de proyecciones fulguraban en su mente. La sonrisa gélida de Prewett Black, el llanto desgarrador de su ahijado, la luz del sol entrando por el hueco de un techo rocoso, claro sonido de agua y los ojos ambarinos que tanto conocía de Hermione. Todo ese torbellino de imágenes provocaba que sus párpados palpitaran sin descanso, como estar sumido a una bizarra pesadilla pero no era sencillo definirla como tal. Harry frunció el ceño al sentir angustia. El llanto de Teddy lo desesperaba mientras que vislumbraba lágrimas mojando las mejillas de su mejor amiga. Eran dos escenarios distintos pero se mostraban ante él bajo un mismo lienzo. ¿Qué quería decir todo eso? El suave golpe de papeles en su cabeza logró despertarlo de súbito.

-Buenos días… - le saludó Hermione con cierta seriedad en su rostro. El moreno se enderezó en la silla estirando un poco sus músculos- Aunque no sé si tan "buenos"- añadió y junto a lo dicho, la joven le dejó El Profeta con el cual lo había despertado sobre el mesón para que lo viera. Harry leyó el titular y tomó el periódico entre sus manos:

"Frente a nuevos tiempos oscuros"

Por Ginevra M. Weasley

Es imperioso y trascendental para toda la comunidad mágica conocer la verdad.

Después de haber vivido tiempos oscuros en donde Lord Voldemort

Nos mantenía bajo un miedo e incertidumbre constantes,

Se ha convertido en algo vital el estar constantemente informados y preparados.

Hace varios años atrás, una profecía condicionó el futuro de Harry Potter,

Si bien se luchó para impedir que triunfara el mal, fue una época horrible para todos.

Hoy, bajo el conocimiento de las autoridades mágicas, ha aparecido una nueva amenaza.

Un desertor de la comunidad mágica ha regresado y con él el disturbio de la paz.

Este mago llamado Icarus Prewett Black, uno de los últimos de esa antigua y conocida familia,

Se ha empecinado en encontrar detalles de una secreta profecía

Que bien podría involucrarlo a él volviéndose un riesgo para todos nosotros.

¿Hemos de tomar precauciones anticipadas?

¿Podremos volver a luchar contra un desconocido peligro?

¿Ha llegado la hora de temer por nuevos tiempos oscuros?...

El artículo continuaba pero Harry no pudo seguir leyendo debido a la molestia. ¿Cómo pudo Ginny ventilar esa información tan temprano? El moreno resopló sabiendo que Hermione lo miraba fijamente. Esperaba su "te lo dije" en cualquier momento. No era la primera vez que sucedía y el ojiverde estaba consciente de que era culpa suya por el simple motivo que comentaba algunas misiones y su novia las indagaba como reportera del crimen. La castaña, por su lado, entendía que era el trabajo de su amiga, que no existía una mala intención, pero realmente le colmaba la paciencia que no les consultara antes de escribir alguna columna que bien podía agitar los ánimos. Sin embargo, prefería no meterse en esas discusiones, suficiente de Weasley tenía con Ron. Harry se puso de pie enrollando el periódico.

-¿Y bien? ¿Qué te parece? Por lo menos te nombró, así que no deberías sentirte tan ignorado- se atrevió a bromear Hermione. El muchacho enarcó una ceja al escucharla.

-Tendré que hablar con ella- dijo sin elevar el tono de su voz pero no menos grave.

-Espero que esta vez te haga caso. No quiero que Ginny siembre el pánico con otro de sus artículos- Harry asintió sin decir nada y salió del Cuartel a paso apurado.

La menor de los Weasley había alquilado un piso en la intersección de las calles Devonshire y Harley. Hermione, quien vivía a pocas cuadras de allí, en la calle Paddington con Nottingham PL, le había ayudado a encontrarlo apenas concluyó sus estudios. Podía decirse que prácticamente eran vecinas cerca de la Universidad de Westminster. El edificio era de ladrillo oscuro y angostas ventanas que recibían buena luz del día. Harry no quiso Aparecerse cerca de allí debido a lo transitado del lugar, contó el dinero muggle que guardaba para esos casos y tomó un taxi que lo dejó en las afueras del inmueble en pocos minutos. Tiempo que le fue de mucha utilidad para aplacar su enfado. Ginny llevaba pocos meses trabajando en El Profeta. La joven, gracias a su perspicacia y personalidad, había conseguido una columna semanal en el periódico en donde escribía agudos reportajes. No obstante, era justamente por agudezas como la suya que la prensa y la autoridad mágica muchas veces se trenzaban en discordancias poco agradables. El moreno llamó a la puerta principal y subió las escalas hasta el apartamento. Ginny le abrió apenas llegó hasta su umbral y Harry la saludó con un desabrido beso de labios cerrados. La pelirroja supo de inmediato que algo andaba mal. El ojiverde comenzó la discusión enseñándole la copia del periódico que había llevado consigo. Ginny miró el ejemplar y suspiró con cierto fastidio.

-Sabía que te molestarías.

-¿Y por qué lo publicaste entonces?

-Harry, no olvides que soy reportera, es mi trabajo informar…

-Sí, informar, pero no con tan pocos antecedentes, no debiste alertar a la comunidad tan pronto- su objeción quedó rebotando luego de la pausa posterior que se alzó como la niebla. Ginny lo quedó mirando como si buscara una retractación y disculpa de su parte. Harry se mantuvo serio e implacable.- ¿Te das cuenta que pudiste causar una inquietud innecesaria?

-¿Innecesaria? Viste el miedo en el rostro de Shacklebolt, escuchaste el desasosiego en sus palabras, es conveniente tomar precauciones lo antes posible ¿no te parece?- argumentó la muchacha. Ignorando su dura mirada, avanzó unos pasos hacia él con la intención de tomar sus manos pero el moreno no movió un solo músculo. Ginny le acarició una de sus mejillas sintiendo la leve barba que brotaba en ella.- No te molestes conmigo, por favor. – Harry la miró a los ojos sin poder apartar de sí el disgusto.

-Tenías que habérmelo dicho. Me enteré junto con el resto de la comunidad. Soy tu novio- le dijo fortaleciendo la voz y para su sorpresa ese término no se escuchó tan convincente a pesar de ello.

Algo estaba sucediendo. Harry muchas veces sentía que estaban en lados contrarios de un ancho río, como si no formaran un mismo equipo. La finalidad de una relación seria era remar en conjunto hacia un mismo sentido pero con Ginny parecía ser muy complicado. No la conocía tan bien como esperaba y el amor que creyó fuerte en su corazón se vislumbraba cada vez más confuso y sin sólidas bases que lo respaldaran. Prefirió no seguir pensando en eso o caería en un abismo de preguntas sin respuestas. Se dejó abrazar por ella unos segundos antes de zafarse suavemente y caminar hacia la ventana del apartamento. Miró hacia las afueras y Teddy se le vino a la mente como un relámpago. Trató de organizar sus pensamientos, ver la manera de mantenerlo a salvo. A juzgar por la grandiosa habilidad de Icarus Prewett Black en los enfrentamientos, tendría que tomar medidas drásticas y prepararse, entrenar duramente.

Ginny, por otra parte, no le quitaba la vista de encima a su novio. Sabía que había hecho mal en no comentarle del artículo pero no podía guardarse esa información, el público tenía derecho a saber. Luego de perder a su hermano Fred y varios seres queridos en la lucha contra Voldemort, le espantaba la idea de que todo volviera a repetirse. George no lo estaba pasando bien, seguía perdiendo los estribos cada vez que bebía, su interés por la tienda de chascos había disminuido y no había festividad en que no llorara a su gemelo fallecido. Por esto y mucho más, la pelirroja tomó la decisión de poner en aviso a la gente para que se preparara con antelación. Volvió a acercarse a Harry despacio hasta apoyar su rostro en su espalda.

-¿Qué sucede? Háblame, por favor- le pidió ella.

-¿Qué quieres que te diga? Además del hecho de que pasaste por sobre mí en un asunto delicado. No tengo nada que decirte- Ginny lo rodeó para mirarlo de frente. La expresión preocupada del ojiverde la llevó a fruncir el ceño. Desde que había vuelto de la misión en la Sala de los Recuerdos que su semblante había cambiado.

-¿Qué pasó en el Departamento de Misterios?- preguntó. Harry se mostró reacio en responder, como si en cualquier momento viera aparecer frente a él un Vuelapluma. Negó con la cabeza intentando no delatarse en su vacilación. No quería discutir porque el miedo en los ojos ambarinos de Hermione se le venía a la cabeza una y otra vez impidiéndole pensar. Ver temor en su mejor amiga no pronosticaba nada bueno. Comprendió que ella era su filtro natural de malas noticias y verla así despertó todas sus alertas.

-Pudimos dar con un poco de información que debe ser traducida. Hermione está en eso.- dijo el moreno sin querer entrar en detalles lo cual le molestó mucho más. Le fastidió el hecho de que no pudiera confiar completamente en la pelirroja. La preocupación volvió a él con mayor fuerza después de oírse a sí mismo. ¿Y si Hermione no consiguiera nada? No, eso es imposible. Ella nunca falla, pensó de inmediato consiguiendo un poco de calma. Ginny volvió a romper el breve silencio.

-Lo siento, cariño. No fue mi intención complicar las cosas, te lo juro. Sólo busco prevenir, que la gente se resguarde…

-¡Es mi ahijado el que debe ser resguardado!- contestó Harry sin importarle sonar egoísta ni brusco- Si Kingsley tiene razón en todo lo que ha dicho, es él quien corre peligro en primera instancia- la joven no pudo responder a eso. Tratando de no incrementar la discusión, le concedió la última palabra y lo abrazó.

-Lo siento- se volvió a disculpar y lo besó suavemente en los labios. Agregó- No te preocupes. Teddy estará bien, estará protegido… por todos nosotros.- fue curioso, pero al oírla Harry no pudo sentirse tan seguro, muy distinto fue como cuando Hermione se lo dijo en el Ministerio. La castaña tenía la ventaja absoluta de haberle demostrado por años su enorme valor y destreza en los momentos críticos. Concluyó, para su propia desazón, que la necesitaba más a ella que a Ginny a su lado en todo eso que estaba comenzando. No obstante, no tenía ni la más mínima idea de que esa necesidad aumentaría sorprendentemente.


Después de haber tenido que destruir un recuerdo importante por culpa de unos entrometidos Aurores, Icarus estaba de un humor terrible. A su paso, el asfalto de las aceras se partía como galleta al igual que los cristales de las ventanas en los edificios. No había sido sencillo irrumpir en el edificio mágico del Ministerio. El mago había tomado todas las precauciones de mezclarse entre los empleados y en ciertos momentos, mimetizarse con el entorno como había hecho su especialidad. Icarus conocía el inmueble a pesar de haber estado tanto tiempo perdido entre muggles. Utilizó el elevador, viajó hasta el noveno piso y se internó en la oscuridad del departamento más lúgubre e intrigante. Siguió las indicaciones de Narcissa pensando que le haría otra visita en caso de que le hubiera mentido. No le importaba que fueran familia, para obtener un buen omelette había que romper huevos, sobre eso no había discusión. Lamentó que el joven Draco hubiera pagado las consecuencias de su ambición pero se justificaba con la idea de recuperar el poder perdido en la familia Black. No dejaría que nadie se interpusiera en su camino.

Al llegar a un pasillo especialmente estrecho, Icarus reparó en una puerta de color plata que brillaba intensamente. Era preciosa. El mago se perfiló en esa dirección leyendo la suave reseña esbozada sobre el marco: "Sala de los Recuerdos". Muy bien, mi prima no me engañó, anotó el moreno para sus adentros. Tomó el pómulo e ingresó a la sala, despacio. Una vez en el interior, Icarus escuchó algunas voces lejanas que causaban eco. Sin demora, se ocultó tras una de las paredes atestadas de gavetas y vio al Jefe de los Aurores Gustav Lochrin, extraer de una de ellas, un largo tubo de vidrio que agitó mostrándoselo a sus acompañantes. Allí estaba Kingsley Shacklebolt, el insufrible ministro de magia, y también Harry Potter con esa chica castaña que lo defendió en la Abadía. El fastidio lo obligó a ahogar un gruñido en su garganta. Supo de inmediato que estaban tras un mismo objetivo. Muy bien, empecemos, le había escuchado decir al joven Potter y los cuatro magos se sumergieron en el extenso Pensadero a sus pies. Icarus esperó unos segundos prudentes para acercarse. Se sintió ultrajado, casi asaltado por esa falta de respeto de las autoridades mágicas. ¿Quiénes se creen que son estos pobres infelices?, se dijo en voz baja. Tratando de no alterar el transcurso del recuerdo, el mago se atrevió a introducirse en el artefacto con sumo cuidado hasta caer en una humilde casa del siglo XVI. Una plática se sostenía en ella y procuró no delatar su presencia. Observó todo desde cierta distancia, escuchando las palabras de la joven castaña que leía sobre el hombro de la proyección de un hombre sentado al frente de Cassandra Gamp. A ella no tuvo problemas en reconocerla gracias a la otra mitad del recuerdo.

Escuchó la plática con suma atención. Reparó en la sagacidad e inteligencia de la Auror mientras que de los ojos verdes de Harry Potter pudo distinguir un destello de admiración por ella. Algo ambiguo, incluso inexplicable. Registró ese dato en su mente, le pareció un descubrimiento interesante que podría serle de utilidad en el futuro. Cuando Shacklebolt nombró a Teddy Remus Lupin su ceño se frunció al instante. En la familia Black quedaba un mestizo y no le cayó duda de que se trataba del nieto de su traidora prima Andrómeda. Ese niño era la clave de la profecía y frotó sus manos a modo de ansiedad y anticipación. De repente, la idea de visitar a su padre Ignatius se le vino encima como avalancha. ¿Cómo no había pensado en él antes? Hace algunos años, su abuela Melania le había escrito una carta informándole de su delicado estado de salud en un hospital mágico de París. Icarus tuvo todo el presentimiento de que él podría tener información valiosa.

Luego de abandonar el Ministerio de Magia y de debatirse en un duelo cruzado con aquellos cuatro magos para él, indeseables, Icarus tomó destino hacia la ciudad de las luces Apareciendo cerca de la hermosa Torre Eiffel. Debido a su infinita arrogancia y desprendimiento, al bigotudo le importó un carajo que la concurrencia pudiera verlo materializarse súbitamente, sin embargo, a esas altas horas de la noche casi no había muggles en las inmediaciones. Sin poder aplacar todavía su rabia, Icarus se abrió paso por la bella Quai Branly ondeando su capa vino tinto. Se topó con algunos turistas que fotografiaban la torre y bajo su insaciable deseo de admiración por parte de esa raza inferior, que era como las consideraba, desplegó unos sencillos hechizos desde sus manos que los llevó a ahogar suspiros de impresión. Qué fácil es maravillarlos, parecen niños, pensó para sus adentros. Embriagado de soberbia, Icarus necesitaba de una dosis de público para calmar su furia y jugó con ellos un rato. Cuando ya el aburrimiento comenzaba a invadirlo, se concentró unos segundos para desaparecer de un chasquido y generar el grito despavorido de los turistas.

El hospital mágico de París quedaba en la Rue Saint-Antoine en un edificio el cual estaba negruzco y abandonado. Ubicado entre dos inmuebles en perfectas condiciones, era un lugar que muchos ignoraban al pasar. Icarus se acercó a la puerta desvencijada, tocó la madera con la punta de su varita y ésta se abrió sin producir ningún ruido. El mago hizo su ingreso sin demora. La típica carrera de un hospital se reveló inmediatamente ante él. La recepción estaba ocupada por algunos pacientes que buscaban indicaciones y la delgada empleada los enviaba a los distintos pisos. La única diferencia que encontró con St. Mungo fue el idioma. El mago se acercó al letrero que flotaba por la estancia e identificó la planta en donde se ubicaban los pacientes de enfermedades mentales. Subió un par de plantas y llegó hasta el cuarto común encontrando una desolación tal que lo llevó a sentir escalofríos. Frente a una amplia ventana, un hombre pequeño y delgado miraba a través de ella sentado en una silla de ruedas. Icarus se acercó lentamente. A pesar de los años, reconoció a su padre al instante.

-Ignatius- le dijo con voz clara y firme. El hombre de la silla no se inmutó. El moreno lo rodeó para mirarle de frente. Su padre estaba demacrado, tan flaco que la piel parecía colgarle de los huesos. Frunció el ceño sintiendo asco al verlo. Ignatius reaccionó dirigiendo sus ojos grises hacia la figura de pie ante él. Tardó unos segundos en reconocerlo.

-¿Icarus? ¿Eres tú?- preguntó con su voz tan oxidada como rieles de una antigua locomotora. Con temor, trató de alejarse empujándose con los pies pero Icarus no se lo permitió cogiendo la silla por los brazos.- No… aléjate de mí… vete… sanadora… sanadora…

-Silencio, viejo- le ordenó de un modo tan frío que bien pudo congelarle las venas.- No he venido por cortesía, te lo aseguro. Necesito información.

-No sé nada, estoy demente, loco de remate.

-Es curioso que un enfermo mental se diagnostique de tal manera- puntualizó Icarus torciendo su bigote en una gélida sonrisa.- Sé que finges en este hospital para perderte del radar del Ministerio de Magia.

-¿Qué quieres de mí?- preguntó Ignatius, tiritando debido a esos ojos de azul violento sobre él.

-La Profecía Black, ¿dónde puedo hallar el manuscrito que habla de ella?- el anciano movió sus delgados labios sin atreverse a pronunciar una sola sílaba. Icarus se inclinó más hacia su rostro de forma amenazante.- Sabes de lo que hablo. No te hagas el imbécil.- gracias a la soledad de aquel cuarto inmenso y las horas de la madrugada, la voz del mago ocupó todo el espacio entre ellos. Ignatius sabía que no tenía oportunidad. Conocía a su hijo, sabía de su poder, de su capacidad mágica y de su destreza en los combates. Pensar en salir victorioso de esa situación era un pensamiento iluso.

-Desde que naciste supe que la profecía de la que hablaban tenía que ver contigo- dijo el anciano sin disimular su desprecio- Cuando eras un bebé y te sostenía entre mis brazos, podía sentir en cada fibra de mi cuerpo una sensación extraña, como si abrazara un trozo de hielo que me atravesaba los huesos.- al recordarlo no pudo evitar estremecerse, era el mismo hielo penetrante que veía en sus ojos azules. Continuó.- Tienes un poder oscuro en tu interior, Icarus. Un poder que tu madre y yo descubrimos cuando eras un niño y decidimos ocultarlo del resto de la familia. No queríamos que te utilizaran como una herramienta, sobre todo cuando apareció ese mestizo de Riddle y su resentimiento contra los muggles. Sin embargo, luego de que tu prima Bellatrix se fuera tras los pasos de ese mago, tú cambiaste y la rudeza en tus ojos despertó nuevamente sin poder controlarte. Te fuiste de la comunidad mágica sin saber que en ti una maldición crecía como un cáncer y una profecía esperaba por cumplirse.- Icarus lo escuchaba con tanta atención que casi no parpadeaba.

-¿Por qué no me dijeron nada antes de irme?

-Porque eras un peligro. Lucretia y yo no queríamos que nuestro hijo se volviera una amenaza peor de la que representaba Voldemort.- confesó el anciano viéndose todavía más vulnerable- No estábamos de acuerdo con lo que estaba pasando pero tuvimos que fingir o nos desterraban de la familia para siempre, como pasó con muchos otros. Mi miedo creció hace cuatro años al enterarme que Andrómeda había tenido un nieto, un niño de sangre mestiza. De hecho, el último mestizo de la familia Black.

-La profecía habla de él, escuché al inepto del ministro de magia decirlo.

-Y de ti, pero no sé con exactitud de qué trata. Según decía tu abuela Melania, se trata de un poder mayor al de la Varita de Saúco.- al terminar de hablar, Ignatius estrujó sus manos con nerviosismo. Icarus, por otro lado, recapituló todo lo platicado en sumo silencio. Se volvió hacia la ventana para mirar la noche serena de París.

-Y te hiciste pasar por un enfermo mental para que no te preguntaran dónde se encontraba el pergamino, ¿verdad?- al llegar a ese punto, los ojos de Icarus brillaron de expectación. El anciano suspiró sintiendo la garganta anudada.- Eres un maldito hijo de puta… has dejado que la familia Black se debilitara, que fuera pisoteada por Riddle y despreciada por todos sólo por miedo. No puedo creer que seas mi padre.

-Deja las cosas como están, muchacho- le suplicó el hombre, tartamudeando.- Olvida todo lo que has visto y escuchado. Vete y no regreses jamás.

-Dime dónde está el pergamino- le ordenó con su voz aterciopelada tan violenta que pareció invocar un hechizo imperdonable. Lo tomó del rostro fuertemente al ver que no respondía- ¡Dime dónde está!- Ignatius temblaba de pies a cabeza sin poder desenredar las palabras en su boca.


Después de tres horas sumergida en el estudio de lenguas muertas, Hermione sentía los ojos doloridos de tanto leer y leer. La castaña no había renunciado a la tarea de traducir lo que recordaba de lo visto en el Departamento de Misterios, por lo tanto, se empecinaba en dar con alguna interpretación que fuese de ayuda. Había echado mano de sus libros de la universidad, de sus diccionarios de runas antiguas pero no conseguía nada que pudiera dejarla satisfecha. Tuvo miedo de fallar, tuvo miedo de decepcionar a Shacklebolt y a Harry. Ellos confiaban en ella casi ciegamente. Cuando su mejor amigo abandonó el Cuartel para ir a hablar con su novia, Hermione no perdió tiempo alguno. Inmediatamente se internó en diversas bibliotecas que pudieran serle de utilidad. Recorrió cientos de lugares, se perdió en altas torres de libros hasta que decidió hacerle una visita a su antigua escuela de magia y hechicería. Hogwarts tenía una biblioteca bastante nutrida, eso lo sabía muy bien. Con el permiso de la directora McGonagall, la joven fue hasta la Sección Prohibida en donde residían los más increíbles textos del mundo mágico. No obstante, no encontró nada que pudiera resolverle las dudas en ese momento. Al regresar al Cuartel General, Kingsley Shacklebolt estaba sentado al otro lado de su escritorio con un aire reflexivo. Al verla llegar, la saludó con un gesto caballeroso.

-¿Alguna novedad?- le preguntó. La castaña negó con la cabeza.

-He estado investigando, pero sin algo concreto entre mis manos es demasiado complicado.- el ministro asintió con la cabeza. Haber perdido el recuerdo, el único atisbo seguro con el cual podían contar, le arrebataba la calma. Se sentía tan impotente frente a ese mago reaparecido que no sabía cómo diablos enfrentarlo. Era como capturar la lluvia con las manos. Siempre parecía estar un paso más adelante que todos ellos y eso lo exasperaba.

-Harry sigue molesto conmigo, ¿verdad?- ante aquella aseveración, Hermione se mostró incómoda.

-Bueno, ya lo conoces. Dale un poco de tiempo y estará bien.- Kingsley le agradeció sus palabras con una sonrisa. Por alguna razón, aquella muchacha le inspiraba una confianza absoluta.

-Excelente reacción en la Sala de los Recuerdos, Hermione- señaló con un brillo de orgullo en sus ojos. La aludida se sonrojó al instante- Lo digo en verdad. Tienes un rápido poder de decisión y eso es lo que destaca a un gran Auror. Escucha, quiero que tú y Harry se hagan cargo de la seguridad de Teddy Lupin. Sé que no es necesario que se los pida porque lo harán de todas formas, lo sé, pero ahora lo digo de manera oficial. Ya lo hablamos con Gustav y está de acuerdo conmigo con que es lo más lógico. Además, el niño se sentirá menos invadido si lo vigilan de cerca dos personas que conoce y quiere.- Hermione accedió sin dudarlo. Era una misión que de hecho llevaba intrínseca. Nunca dejaría solo a ese pequeño.

-Por supuesto. Cuenta con ello.- tras oír eso, el mago del arete abandonó la silla y se fue mostrándose satisfecho con la plática. Sabía que ambos jóvenes tenían las aptitudes de sobra para desempeñar una excelente labor.

Hermione necesitaba tomar aire. Después de leer con excesiva concentración, sintió su cabeza abombada. Masajeó su cuello con ambas manos y miró el techo dibujando con su mente las miles de runas y alfabetos que había repasado. Las veía con tanta claridad que creyó haberlas pintado ella misma con una brocha. Ya era hora de tomar un descanso. Caminando por las calles de la ciudad, la castaña decidió dirigirse al Callejón Diagon y beber una cerveza de manteca en El Caldero Chorreante. Al ingresar, y a pesar de toda la clientela y el humo que dificultaba la amplia visión del local, la indistinguible cabellera rubia de Luna Lovegood en una de las mesas la llevó a sonreír. Qué gusto le dio ver a su amiga allí. Restó la distancia entre ellas a largos trancos y tomó lugar en su mesa, sorprendiéndola. La joven sanadora estaba muy entretenida leyendo un libro de pociones y revisando algunas compras que había realizado en La Botica. Decenas de ingredientes estaban en sus respectivos frascos llamando la atención de Hermione.

-Eso es Avena Salvaje- le informó Luna cuando la castaña tomó uno de ellos entre sus manos- Es un bálsamo que se emplea tanto en la infertilidad como para atenuar la depresión. Muy bueno para tonificar el útero y tiene efectos afrodisíacos.

-¿Para qué tienes todo esto?- preguntó Hermione, divertida.

-En St. Mungo nos estamos quedando cortos de ingredientes para las pociones curativas. De aquí a que nos abastezcan, es muy probable que la avena salga primero por mis orejas… Supongo que leíste El Profeta- el abrupto cambio de tema sacudió a la joven quien reía de su último comentario. Hermione se volvió seria y asintió llamando al mesero para pedir una ronda de tragos.

-Sí, al igual que mucha gente.

-¿Qué dijo Harry al respecto?- la castaña se encogió de hombros.

-Casi nada, pero lo vi bastante molesto antes de salir a hablar con Ginny.

-Espero que esto no genere más temor en la gente- comentó Luna mirando a su alrededor, estudiando cada rostro hasta el más mínimo detalle- Aún se está estabilizando la paz en la comunidad como para que aparezca otro desquiciado y la perturbe.- Hermione bajó la voz y le relató lo sucedido en la Sala de los Recuerdos. Luna la escuchó con total atención bebiendo de su vaso.- ¿Crees que ese pergamino exista todavía? Digo, ha pasado mucho tiempo.

-Debe existir- aseguró la castaña- A juzgar por el empeño que vi en este tipo Icarus por conseguir el recuerdo, ese pergamino con la profecía debe estar en alguna parte escondido. Por ahora, tenemos que proteger a Teddy. Ese mago nos escuchó al nombrarlo.- Luna abrió más sus ojos claros y no disimuló la preocupación en su ceño. De pronto, la presencia de Ron distrajo las palabras de Hermione cortando la conversación. El pelirrojo había atravesado la puerta principal y se dirigió a la barra para hablar con el cantinero. La rubia, al percatarse del cambio en la mirada de su amiga, volteó para saber de qué se trataba. Bufó, decepcionada.

-¿Todavía, Hermione? No deberías invertir tu tiempo en él.- la joven se ruborizó al instante y bajó la mirada hacia su trago.

-¿Qué dices? Te equivocas, ya no siento nada por Ron.

-Siempre dices lo mismo y aun así no avanzas. No te he visto salir con nadie más desde que rompieron su noviazgo.- por toda respuesta, Hermione bebió un largo sorbo dejando el vaso casi vacío sobre la mesa sin decir nada. Luna continuó- Ron no luchó por ti, ¿por qué habría de hacerlo ahora?

-¿De qué hablan?- preguntó el aludido sin tener idea de que era el centro de la conversación. Tomó asiento a un lado de Luna y cogió uno de los frascos de ingredientes para mirar en su interior de forma descuidada. Las jóvenes se movieron en sus asientos, nerviosas.

-Nada, sólo le contaba a Hermione que la administración de St. Mungo nada hace por adquirir nuevos ingredientes. Las pociones escasean pero los enfermos no.- contestó la rubia.

-¿Dónde está Harry?- preguntó el pelirrojo.

-En el apartamento de Ginny, de seguro.- le dijo Hermione- Le mostré la publicación de El Profeta esta mañana. No le cayó en gracia leer en el periódico sobre lo platicado en La Madriguera la otra noche.- Ron frunció el ceño y se mostró en desacuerdo.

-¿Qué es lo que le molestó? ¿Que mi hermana informara a la gente de un peligro que se avecina? Creo que fue lo más acertado- ante su comentario, la castaña enarcó una ceja y se enderezó en su asiento lista para debatir. Luna sabía que una discusión se les venía encima, como pronosticar una tormenta al otear el horizonte lejano.

-¿No crees que Ginny se apresuró demasiado en ventilar esa información?- protestó Hermione- A mi punto de vista, ella agitó las aguas sin ninguna necesidad. Por algo Kingsley no nos dijo nada antes hasta estar seguro…

-Creo que están exagerando. No es demasiado pronto, Kingsley lo sabe hace dos años.- anotó Ron provocando que la joven empequeñeciera sus ojos hasta volverlos dos líneas llenas de reproche.- Lo que publicó Ginny no es ninguna mentira. No es una Rita Skeeter que haya inventado un romance entre Harry y tú en una página. Hablamos de algo real, de algo en verdad preocupante.- esa comparación fue inesperada y fuera de contexto para Hermione. Ella, sin decir nada, recordó ese año en particular, cuando esa periodista de pacotilla causó revuelos con sus notas sobre el corazón roto de su mejor amigo por su culpa. Sintió el enfado escalando por su cuerpo, sin embargo, no supo si fue por la estúpida discusión con Ron o darse cuenta que nuevamente y para variar estaban en bandos contrarios. Lo miró unos segundos estudiando la expresión en su mirada. Se preguntó por qué estaba tan convencida de seguir enamorada de él cuando en momentos como ése, tan simples, no lo sentía jamás de su lado. Definitivamente, el hecho de que Fred falleciera, había cambiado casi todo en ese chico. Es más, se atrevería a decir que desde la búsqueda de los Horcruxes que Ron ya no era el mismo que había conocido en Hogwarts. Luna, al ver que ninguno decía nada más, decidió romper con la tensión.

-Creo que no compré suficiente Mirra.- dijo mirando el interior de uno de los frascos.- Ya que estamos en esto, no está de más usarlo en Teddy, para protegerlo de maleficios y males de ojo, ¿no les parece?- Hermione no respondió terminando el contenido de su vaso. Molesta aún por el intercambio de palabras con su ex novio, se levantó de la mesa para despedirse y salir de la taberna hacia el frío de la tarde.


Después de aquella no muy agradable conversación con Ginny, Harry decidió dirigir sus pasos hacia el edificio en donde vivía Hermione. Necesitaba hablar con ella, saber si había conseguido alguna información extra en lo que había transcurrido la tarde. No obstante, al presionar el timbre de la puerta mil veces, comprendió que su mejor amiga aún no llegaba y volvió sobre sus pasos hacia un Café de la esquina, lugar que habían hecho frecuente durante los últimos meses para platicar. Era liberador para ambos tener ese espacio fuera del mundo mágico para analizarlo todo de forma excluyente. Harry sabía que todavía le restaba un poco de dinero muggle en sus bolsillos y tomó asiento en una de las mesas ubicadas al exterior del local. Desde allí tenía buena visibilidad de la calle para advertir la llegada de la castaña en cualquier momento. Mientras bebía de la botella de cerveza que había ordenado, el ojiverde pensó en lo que era mejor para la seguridad de su ahijado en el corto plazo. No pensaba arriesgarse a que Icarus hiciera el primer movimiento, por ningún motivo. Si ese maldito iba tras él, tendría que pasar sobre su cadáver primero. Recordó los sueños inquietantes que había tenido en el último tiempo. Pudo escuchar casi sin problemas el llanto de Teddy contra sus tímpanos y se removió en el asiento, nervioso. Sólo imaginar que fuera una premonición, una advertencia o una imagen de un futuro no muy lejano, le estremecía cada poro de su cuerpo.

-Harry, ¿Qué haces aquí? ¿Me estabas esperando?- la voz de Hermione a su lado lo sacó de cuajo desde sus pensamientos. Él asintió y le apartó la silla para invitarla a sentarse. Ella se acomodó y lo miró con cierto recelo- ¿Cómo te fue con Ginny? ¿Discutieron?

-No exactamente. Le reproché el hecho de no ponerme al tanto de la publicación, como si fuera cualquier otro de sus lectores- contestó el ojiverde suspirando con cierta amargura- Pero ya sabes cómo se pone. Argumentó que era su trabajo informar a la comunidad…

-Pero informar con bases sólidas, no con datos vagos que ninguno de nosotros conoce a fondo- Harry le dio la razón y bebió de su cerveza. Llamó al mesero y Hermione pidió una taza de té.

-En fin… ¿Pudiste averiguar algo más en mi ausencia?- preguntó dejando en claro que no quería hablar más del asunto.

-Investigué, leí todo lo que pude basándome en lo que vi del recuerdo, Harry, pero es difícil si no tengo en texto conmigo.- dijo la joven en un tono de disculpa. El moreno la entendió respondiéndole que no se preocupara, ya darían con ese famoso pergamino aunque se les fuera la vida en ello. Hermione lo puso al tanto de la designación de Kingsley Shacklebolt de proteger oficialmente a Teddy, como dos agentes especiales encargados de la seguridad de un presidente. Harry ni siquiera llamó a eso una misión o parte de su trabajo, sino que sencillamente su responsabilidad como padrino.- Lo sé, Harry, pero escúchame, Kingsley lo decretó con Lochrin de manera que puedas estar tranquilo y dedicar todo tu tiempo como Auror y padrino en Teddy, sólo eso. Ya deja de estar molesto con él. Tenemos que estar unidos en esto y detener a ese tipo antes de que las cosas empeoren.- Harry dedicó unos instantes a observarla en silencio. Quería conocer el porqué de su rostro ensombrecido de miedo en la Sala de los Recuerdos, como si la presencia de Icarus fuera la de un temible Dementor. Nunca la había visto así de atemorizada. Hermione, al ver la inusitada atención del moreno sobre ella, carraspeó incómoda.- ¿Qué ocurre? ¿Por qué me miras así?

-Hubo un momento en que ese tipo te observó de forma diferente, tú también lo notaste y sentiste miedo, ¿no es así?- la castaña tragó saliva. Revivir en su memoria esa mirada azul tan fría como una laguna congelada la desconcertó. Jamás imaginó percibir en carne propia la intensidad de dos ojos tan penetrantes, profundos e indescriptibles, como si quisiera atravesarla y robarle alma. Le confesó que sintió exclusivas ganas de llorar y eso la estremeció sobremanera. Harry se acercó a la joven al ver que sus manos temblaban. Las encerró entre las suyas dulcemente.- Tranquila, no permitiré que se aproxime a ti. Te lo prometo.- Hermione le sonrió tanto con los ojos como con los labios.

-No te preocupes por mí, sólo son tonterías. Invirtamos nuestra energía en Teddy ¿sí?- la muchacha le guiñó un ojo y Harry sintió un claro brinco en su estómago. El mesero regresó con el té y él la liberó despacio para beber de su botella.

-Estuve pensando y creo que debemos ir a Sussex- dijo el ojiverde para cambiar el tema. Hermione alzó sus cejas al escucharlo, interesada- De acuerdo al recuerdo que vimos, la mujer le mostró el pergamino a Eugene Black, un erudito en su época, según Kingsley. Es posible que encontremos algo allí, ¿qué opinas?

-También lo he pensado y puede que tengas razón.- apoyó la joven- Aunque no descarto una idea, Harry. Puede que el manuscrito esté más cerca de lo que creemos. Han pasado siglos. Puede que ese texto haya recorrido todo el linaje Black para que termine en manos de alguien que lo ocultó en Londres. De esa forma, se tendría al alcance de la mano de ser necesario.- no era una idea descabellada. El moreno lo meditó unos segundos sabiendo que podía ser muy probable. Se aclaró la garganta y antes de volver a hablar reparó en la mirada ausente de su mejor amiga, como si hubiera recordado algo incómodo.

-¿Qué sucede?- le preguntó. Hermione bufó sin poder quitarse la molestia pasada en El Caldero Chorreante. Le contó lo conversado con Ron y no disimuló la contrariedad en su voz. Harry la escuchó con cierto fastidio. Nuevamente estaban hablando de su amigo y sus típicas divergencias. La interrumpió y tomó la palabra- No sé por qué te disgustas tanto, sabes que Ron defenderá a su familia frente a cualquier persona y está bien. No podemos culparlo- argumentó el ojiverde- Bill fue víctima de Greyback, Fred murió y George quedó para siempre marcado por un maleficio. Son heridas en el alma difíciles de sanar.

-Lo sé, Harry, pero la objetividad en estos casos no puede perderse nunca. Somos un equipo.- rebatió Hermione alzando el volumen de su voz. El moreno asintió dándole la razón a su respuesta. Ella agregó- Bueno, por lo menos, nosotros estamos remando hacia un mismo lado.

-¿No es así siempre?- comentó Harry provocando que la castaña le sonriera y llamara al mesero para pedir la cuenta.