Disclaimer: Los personajes son de S. Meyer.
Hallo, honeys. Aquí traigo el 3er capítulo. Lo siento si me retrasé o algo, pero ya con suerte pude exprimir mi cerebro para sacar algo de imaginación. Tengo unos dos proyectos más en la manga y uno de ellos corre un poquito de prisa.
Esto es lo malo de las vacaciones. Cuando crees que vas a tener libertad para hacer lo que quieras, de repente se te suman mil responsabilidades más. Es... bleh, horrible. Y más para mí, que odio las responsabilidades xD.
Bueno, bueno... como dato añadido debo decir que estoy muy, muy, muy viciada a Placebo últimamente y que si alguien tiene tiempo que les escuche. Tienen canciones preciosas. :B
Aula de castigo.
III. El Aula de castigo.
Unos cuantos murmullos ensordecedores empezaron a extenderse por el aula y me retorcí las manos inquieta. Casi podía notar el picor en mis poros al sudar de nerviosismo.
Carraspeé y los murmullos finalizaron. Todos me miraron expectantes.
—¿A-Alguna pregunta? —intenté que mi voz fuese firme, pero sonó como el ruego de un ratón para evitar ser comido por el gato.
Un grupo de chicas se miraron las unas a las otras como si cuchichearan con sus pupilas.
Finalmente, una de ellas —más o menos de mi altura y de cabello color castaño recogido con un elaborado peinado— levantó su mano derecha en señal de pregunta.
—¿Sí?
—Soy Jessica Stanley, la delegada. —asentí. Parecía bastante orgullosa de su cargo. — Perdone pero... ¿No es usted un poco... así como joven? —preguntó con un extraño rintintín.
Vale, probablemente se imaginaban a una defensa ancianita a la que mandar derecha al coma con sus infantiles bromas y no a una patosa mujer de veintiún años con su vida patas arriba.
Suspiré.
—¿Siguiente pregunta?
Por el fondo de la clase, se escucharon pequeños silbidos y unas risas mal disimuladas.
Fue entonces cuando me di cuenta de algo. Había unos cuantos asientos libres. Cuatro, para ser exacta.
—¿Ha faltado alguien hoy? —volví a preguntar.
Ésta vez, fue un chico de cabello rubio con las puntas elaboradamente engominadas el que respondió. Había estado mirándome con ojos brillantes desde que llegué.
—Son los Cullen y los Hale. —respondió automáticamente. — Es raro que vengan a clase, normalmente caen en las garras de la directora antes. —bromeó.
—Mike tiene razón. —afirmó Jessica. Me pareció una de esas personas que debían intervenir en todo para hacerse ver. —Tengo casi todas mis clases con ellos y no suelen presentarse.
—Prefieren meterse en líos. —dijo una chica de la última fila.
—¡Cállate, Mallory! —unos chicos de atrás explotaron en un coro de risas. La chica les dirigió una mirada envenenada.
—No sé por qué no les expulsan. —intervino un chico de gafas gruesas.
—Nos harían un favor a todos. —opinó otro.
—Si no les echan es porque su papi soborna a la directora.
—O quizás le hace otro tipo de favores... —rió una chica vestida de rosa.
De repente, me rodeó un murmullo colectivo al que no pude prestar mucha atención. Sólo tenía grabadas a fuego las palabras de Mike y Jessica. ¿Por qué no se presentaban a clase aquellos estudiantes? ¿Por qué todo el mundo parecía odiarles?
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El resto de la hora siguió con preguntas personales hacia mí que intenté esquivar a toda costa, y con una breve introducción al curso en cuanto al temario.
En lo que duró la hora tropecé, me trabé unas cuantas veces, y por supuesto que se me quedó la mente en blanco. Aun así, todos me miraban igual que si fuese una nueva atracción de feria: con ojos brillantes.
Cuando por fin sonó la campana, recogí mis cosas y me dispuse a abandonar el aula. Justo cuando iba a salir por la puerta, una chica bajita y de gafas me preguntó de forma tímida si podía hablar un momento a solas conmigo.
— ¿Qué ocurre...?
Lástima que no me acordase de su nombre.
—Angela.
— ¿Qué ocurre, Angela?
Ella fue directamente al grano.
—No haga caso a los chicos, Srta. Swan. —dijo después de aspirar una gran bocanada de aire.
—¿Cómo? —pregunté confundida.
—Yo conozco a los Cullen. —afirmó. — O al menos, lo suficiente para saber que ellos no son así. Simplemente son unos chicos diferentes y... reservados, eso es todo. Son buenas personas, de verdad. —su voz estaba teñida con súplica.
—C-claro... —susurré.
Ella asintió, satisfecha por mi respuesta.
—De verdad, no son malas personas. —repitió antes de despedirse y marcharse a su próxima clase.
Sin quererlo, me recordó a uno de esos hombres decrépitamente enigmáticos que advierten sobre el monstruo a los inocentes protagonistas de las películas de terror.
Un escalofrío me recorrió la columna vertebral de arriba a abajo y me quedé un tiempo dándole vueltas al asunto hasta que sentí que comenzaba a dolerme la cabeza. Cogí de mi bolso el plano de clases y suspiré de alivio cuando vi que tenía libre la próxima hora.
Me dirigí con paso lento por los pasillos en busca de la cafetería. Casi boté de alegría cuando la encontré. Un café bien cargado no me vendría nada mal.
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De acuerdo, un café bien cargado se transformó en tres. Con toda esa cafeína en vena, me sentí con fuerzas para impartir el resto de las clases que me quedaban.
Me regocijé de alegría cuando llegó el final de la última hora. Caminé torpemente entre la avalancha de alumnos y saludé a algunos chicos a los que les había dado clase hoy. Para ser sincera, ni siquiera me acordaba de la mitad de sus nombres.
Cuando me quedaban dos pasos para salir por la puerta e inspirar el aroma de la libertad —el de Forks era con olor a lluvia—, Heidi, la directora, salía a trompicones del edificio, empujando a unos cuantos alumnos por el camino. Al parecer, tenía prisa.
Cuando me vio, se le iluminaron los ojos y cayó sobre mí como un meteorito. Aquello me dio mala espina.
—¡Bella! —saludó con júbilo.
Por lo visto, también había decidido tomarse unas cuantas confianzas.
—¿Directora Vulture?
Ella rió jovialmente y me dio una palmadita en la espalda. Realmente comenzaba a asustarme.
—¡No, mujer! ¡Llámame Heidi!
Iba a decir "Claro" con la voz más dulce que pudiese, pero ella siguió parlateando, sin darme tiempo a responder.
—A propósito, me preguntaba si podía pedirte un pequeño favor. ¿Tienes asuntos importantes que resolver ahora?
Sí, llegar a casa y dar de comer a Charlie. O al gato. ¡Ah, no! ¡Que no tenía a ninguno de los dos!
—No.
Debí de imaginarme que aquello no iba a gustarme nada y que probablemente tendría que haber dado cualquier excusa con tal de decir que sí. Pero ya era demasiado tarde. Los ojos de Heidi brillaron con la malicia propia de una victoria sobre el más débil.
—Perfecto. —su tono volvía a ser el formal que había utilizado conmigo esa misma mañana. —Entonces no te importará quedarte una hora más en el instituto. Verás, tengo un grupo especial...—no me gustó cómo dijo aquello. —...que me toca supervisar al final de las clases, pero hoy tengo una reunión importante y no puedo acudir. Irás tú en mi lugar.
Debió leer el pánico en mi cara, porque rápidamente agregó:
—No te preocupes, es sencillo. Sólo tendrás que vigilar que no se vayan en toda la hora. Podrás hacerlo, ¿verdad? —nuevamente, no me dejó responder. —¡Perfecto! Muchísimas gracias, acabas de salvarme el pellejo.
Sacó un papelito de su bolsillo y me apuntó rápidamente la dirección del aula. Se despidió y se marchó corriendo entre el resto de la maraña de gente.
Yo acababa de salvar su pellejo. Ella, de condenar el mío.
Suspiré y noté cómo me arrancaban la libertad de las manos. Volví a arrastrarme por el pasillo, ahora ya casi vacío, y con los ánimos por los suelos.
Miré la dirección del papelito. "Aula 6.66". ¿Era una broma? (N/A.: De acuerdo, deacuerdo, no pude resistirme.)
Me fue imposible no imaginarme a esa "clase especial" repleta de chicos grandotes llenos de cadenas, embutidos en atuendos fabricados con cuero, y circulando con motos por las instalaciones.
Me estremecí. Ésto iba a ser difícil.
Cuando por fin llegué a la puerta de mi aula de destino, pude leer el gran letrero negro que yacía sobre el vidrio de la madera.
"Aula de castigo"
Repetí ese nombre en mi cabeza infinidad de veces hasta que me dí cuenta verdaderamente de dónde me había metido.
Me acerqué más a la puerta con la tonta esperanza de que hubiese leído mal el bendito letrero. Pero como siempre, la suerte no estaba de mi parte y una vez más, me maldije por no ser miope.
Ahora que estaba más cerca, mis oídos pudieron apreciar un sonido que venía desde dentro. Se escuchaba como apagado, pero sonaba como si fuese... música. Con bajos, guitarras eléctricas, batería y ...gritos. Mierda.
La imagen de los chicos embutidos en cuero se hizo más palpable en mi mente y comencé a temblar como una hoja.
Estaba tan metida en mis pensamientos, que dí un gran bote cuando la puerta se abrió con un golpe seco y se precipitó hacia mí.
Lo último que sentí, fue algo duro golpearme con violancia en la nariz y la frente. Luego, todo se volvió negro.
·
·
No sabía dónde me encontraba. Era un lugar rígido y frío, y todo estaba oscuro. Mis párpados me pesaban notablemente y sentía un pequeño dolor punzante en mis fosas nasales, además de en mi cabeza.
De fondo, podía escuchar la misma música ruidosa de antes, sólo que ahora sonaba más cercana. Incluso podía atreverme a decir que probablemente la había escuchado durante mis años de instituto.
La música no era lo único que se oía. Un coro de voces murmuraban algo que, conforme se iba alejando el pitido de mis oídos, sonaba más claro. Eran de distintos tonos. Desde agudas, a estruondosas; masculinas y femeninas.
"Oh Dios mío, ¡la has matado! ¡Mi hermanito ha matado a alguien! Estoy tan orgulloso de ti."
"Cállate, Emmett. Ella está bien." Murmuró molesta una voz suave como el terciopelo. Me resultó vagamente familiar.
"¿Y cómo lo sabes, genio? ¡La has dejado K.O! No pienso buscarme más problemas con Heidi por vuestra culpa, que te quede claro." Ésta vez fue una voz femenina y musical la que habló —aunque ese tono de enojo estropeaba toda la hermosura de su voz.
"Rosalie, Emmett. Basta. Me estáis poniendo nervioso." Habló otra voz masculina diferente.
"Tranquilo, Jazz. Ella está bien. Lo he visto."
"Por supuesto. Alice, la que todo lo ve." Murmuró entre dientes la voz femenina de antes, impregnada totalmente en un feroz sarcasmo. "¡Y apagar esa maldita música!"
Quise gritar para decirles que se callasen; que quería dormir. Pero no podía despegar los labios. Y como si hubiesen atendido a mis internas súplicas, todas las voces cesaron y todo se sumió en un silencio pesado.
Sólo se escuchaban unas profundas respiraciones no muy lejos de mí, pues la música, en algún momento de la discusión, también había desaparecido.
Ni siquiera pasaron unos escasos segundos cuando una de las voces volvió a hablar.
—Se está despertando. —susurró una voz femenina distinta a las demás.
Pero había algo diferente esta vez. Sonaba más cercana. Sonaba más... real.
Fue cuando comenzaron a dislumbrarse unos pocos —e hirientes— rayos de luz a través de mis párpados, cuando me di cuenta de que la que estaba despertando era yo.
Al principio, todo lo que veía eran manchas borrosas de distintos colores, sin formas definidas. Pero poco a poco, mis ojos se fueron acostumbrando más a la luz y consiguieron —de forma gradual— abrirse más.
La primera imagen que me golpeó al abrirlos por completo, fueron seis devastadores rostros carcomidos por el remordimiento y seis pares de ojos de diferentes colores respectivamente. Azules, marrones y... verdes. Como todo lo de Forks.
—¿Estás bien? —me preguntó el chico de pelo cobrizo.
Cobrizo. ¿Cobrizo? Espera, espera. ¡Volvamos atrás!
Volví a mirar uno a uno los rostros de mis seis acompañantes y todo me golpeó de una sola vez. Eran ellos. Los chicos del aparcamiento.
Pero si ellos eran las voces de antes... ¿eso significaba que habían intentado matarme?
Instintivamente, fruncí el ceño y me aparté lo más que pude de ellos. Sin embargo, no calculé que estaba sobre una mesa y, antes de que mi cuerpo cayese por completo de ella, la chica bajita de cabello moreno me sujetó por la espalda impediendo que me abriese la cabeza o algo peor.
—Madre mía, la habéis asustado. —susurró la chica.
—¿Como que "habéis"? Fue Edward. —se desentendió la rubia de belleza letal.
—Hmpf. Sí, muy propio de Rosalie echarle la culpa al primero que tenga a mano. —siseó el chico de ojos verdes.
—¿Cómo? ¡Fuíste tú el maldito culpable, Edward! ¡Todos lo vimos! —la tal 'Rosalie' llegó sinceramente a preocuparme. Estaba comenzando a ponerse histérica. Hasta el grandote y el otro chico rubio que tanto se le parecía tuvieron que ir a calmarla.
Decidí intervenir antes de que esto se convirtiese en una pelea de barro protagonizada por adolescentes dolorosamente guapos.
—Eh... ¿perdonad? —noté mi voz ligeramente pastosa.
Inmediatamente, todas las caras giraron rápidamente hacia mí. Tragué saliva nerviosa.
—¿Q-Qué me ha pasado? ¿Dónde estoy? —susurré.
Ahora, todos miraron al chico de cabellos cobrizos y ojos verdes. El tal 'Edward'. Él suspiró rendido y me transpasó con su mirada durante un breve segundo.
—Tú... te golpeaste la cabeza.
—¡Muy bien, genio! —siseó la rubia de nuevo.
—En serio Rosalie, cierra tu maldita boca. —advirtió mi actual narrador. Estaba perdiendo la paciencia.—Te golpeaste la cabeza por mi culpa. Yo... empujé accidentalmente la puerta con demasiada fuerza.—soltó a toda prisa, como si temiera que me volviese de color pistacho, creciese dos metros y me saliesen músculos en lugares insospechados al más puro estilo Hulk.
—Está bien. —realmente no se me ocurría otra cosa que decir.
Todos alzaron las cejas y formaron con sus bocas una perfecta 'O' sincronizadamente.
—¿"Está bien"? ¡No! ¡Ella sí que no está bien!
—Tranquila Rose, se dio un golpe en la cabeza. Era normal que esto pasase. —dijo el moreno grandote.
—¿D-De qué habláis? ¡N-No! Estoy bien, en serio. —aseguré. —Sólo... sólo quiero saber dónde estoy. Tengo que dar una clase y...
—¡¿Clase?! —interrumpió alarmada la otra chica rubia, la que poseía pequeños destellos rojizos.
Pude sentir perfectamente cómo la habitación se llenaba de una electricidad extraña, haciendo el ambiente más pesado.
Todos sus rostros lucían sorprendidos, descolocados y algunos incluso con miedo. Aquello me hizo tener un pequeño déjà vu de mi primera clase en la mañana.
Como por instinto, todos se apartaron lo más que pudieron de mí hasta que sus piernas chocaron contra las mesas de la primera fila del aula.
Se miraron unos a otros, con pánico, y tragaron saliva nerviosos. Luego posaron sus ojos multicolores en mí. Un escalofrío me hizo casi convulsionar.
Por un momento, me dio la sensación de que iban a saltarme al cuello.
¡Zap! ¡Vivan los tíos embutidos en cuero! Creedme si os digo que una que otra vez más, en este fic, algún chico Cullen estará relacionado con el cuero. Y sí, planeo hacerlo más de una vez (?).
¿Sabéis? son las 4:49 am exactamente y sigo escribiendo porque me ha dado un arranque de inspiración divina (en mi caso escasea, así que no es bueno desperdiciarla). Luego me quejo porque padezco imsomnio y no-sé-qué más.
Bueno, gracias a SabrinaCullenBlack, Cassii-x, LadyCornamenta, St. Corpse, LaxTuaxCantante-Malfoy, alle-cullen4, Krosp, Lady Juli, lygher y Lulii . Por otra parte, gracias también a los que agregaron ésto a fav's, alerts, etc. Y también a los anónimos. Como no sabía dónde responderos a los reviews lo haré por aquí.
polgara: Sep. Exacto. Porque Bella es joven, es la nueva, etc. Además, todos en Forks se conocen, así que ella de nuevo es la bicho raro xP.
Vampires_will_never_hurt_you: Osea... Lol. He de admitir que lo de las chinchetas es buena idea. Por mi clase ya se intentó algún que otro año xD. Veré a ver qué sorpresitas se encuentra Bella. Desde luego que no van a dejarla tranquila (o, por lo menos, en unos pocos capítulos).
¡Y no, no se me olvida! Aquí le hago un poquito de publicidad a mi querida Lady Juli (ya que ella lo hizo en el suyo). En serio, DEBÉIS pasaros. Esta mujer hace unas viñetas navideñas preciosas. De hecho, la última en concreto, me ha hecho llorar como una cuarentona depresiva. "Memories Are Brighter in Christmas" . Esa es. En serio, pasaros u os daré con el látigo (?).
En fin. No creo que vuelva a actualizar antes de año nuevo, así que feliz año a todos, etc, etc. Yo, por mi parte, presiento que el mío será desastroso xD.
Besotes. ¡Rawr!
-Lavie.
