Cuatro: La Templanza.

3 de julio de 2021.

Londres, Inglaterra.

Hyde Park.

La gente recorría los caminos y algunas zonas de césped al tiempo que charlaba y reía, gozando de un radiante día de verano. Desde uno de los lados del emblemático parque londinense, corría a toda velocidad una alta y delgada jovencita, entre el revuelo de sus largos cabellos rojos y una amplia falda de encajes blancos y azules. Por fortuna, sus zapatos amarillos eran bajos, que si no…

—¡Lo siento, lo siento! Sé que llego tarde…

La chica llegó hasta el lago Serpentine, deteniéndose tan de golpe que se tambaleó con el riesgo de caer, de no ser porque alguien estiró los brazos a tiempo para sujetarla y estabilizarla.

—Cálmate —exigió quien la sujetaba, un muchacho de revuelto cabello castaño y ojos verdes de aspecto melancólico, aunque su dueño sonriera, como en ese instante.

—¡Es que no pensé que Billy me iba a complicar la mañana! Mamá me encargó darle el almuerzo mientras ella iba al Ministerio a quién sabe qué…

—Me hubieras llamado.

Al instante, la pelirroja miró al castaño con desconcierto.

—¿Llamarte? —dejó escapar.

—Lo olvidé, no debes tener celular —masculló el castaño, frustrado.

—¿Celular? ¡Ah, ya! Ese teléfono que los muggles…

El castaño entrecerró los ojos verdes con severidad.

—Lo siento. Hablé muy fuerte, ¿verdad?

—Un poco. En fin, sabes usar el teléfono, ¿verdad? Te daré mi número para que me llames la próxima vez que te retrases.

—Suena como si creyeras que me pasará otra vez, Henry.

—Rose, no eres la puntualidad andante. Más por tus despistes.

La pelirroja, en vez de enfurruñarse, rió alegremente.

—Hablando de teléfono, ¿se puede saber por qué me llamaste tan de repente? —inquirió ella.

—Quería que saliéramos al menos una vez este mes.

Rose Weasley, de estar sonriendo a más no poder, de pronto se mostró confundida.

—¿Al menos… una vez…? —repitió lentamente, dudosa.

—Mi mamá dijo que nos vamos a México mañana —explicó Henry Graham, inconforme —Estaremos allá casi dos semanas, y recordé que irás a España con una de tus primas, así que…

—Ah, sí, iré a ver a Penny —asintió Rose —Entonces, ¿qué quieres hacer?

—Muéstrame el parque. Nunca había venido.

—¡No es cierto!

—En serio. A veces paso cerca, como cuando voy a tu casa o a la de Hally, pero nada más.

Rose asintió, lo tomó de la mano y lo condujo por uno de los senderos.

A Henry le sorprendió que la pelirroja pudiera soltarle discursos sobre los sitios que iban recorriendo, como el punto aproximado donde estuvo alguna vez el Palacio de Cristal o hacia dónde debían caminar si quería ver la famosa esquina donde la gente se ponía a dar discursos y a protestar. Frunciendo el ceño, esperó a que terminara una descripción algo torpe sobre por el camino que solían seguir los reyes hacía siglos para poder hablar.

—Rose, ¿cómo sabes tanto del parque?

La chica lo miró con un semblante extraño, como si fuera una pregunta ridícula o poco interesante, antes de encogerse de hombros.

—Vivo cerca —fue todo lo que contestó.

—Lo sé, pero…

—¿Es raro que yo sepa mucho de algo? ¿Es eso?

Sonaba un tanto ofendida, y Henry no quiso echar mano de su Legado para saber cómo se sentía con exactitud, era como hacer trampa, así que arriesgándose, asintió.

—A veces Hally me contagia —explicó Rose un poco más serena, para sorpresa del castaño —Un día, cuando apenas nos habíamos mudado las dos a Londres, vino con un montón de libros que le pidió prestados a su madre. "Hablan de Hyde Park", me dijo, como si fuera lo más genial del mundo. Yo no leo mucho, pero había un libro que tenía un montón de fotos y fue el que leí con ella esa vez. Era estupendo, en serio, creo que por una vez me la pasé bien con un libro.

—Vaya, interesante —Henry sonrió un poco —Ahora sé qué regalarte en Navidad: un libro con muchas fotos y dibujos. Como a una niña de cinco años.

—¡Oye!

—Cálmate. Ahora que voy a México, te conseguiré uno.

—No tienes que traerme regalos, con que vuelvas tú…

Al muchacho le desconcertó que soltara aquello, al parecer de manera inconsciente, porque de pronto ella parpadeó con cierta confusión, antes de dedicarle una sonrisa.

—¿Para qué querría quedarme en un país donde me ven como malitzin? —espetó.

—¿Te ven como qué?

Henry hizo un gesto de mano para restarle importancia al asunto, pero olvidaba con quién estaba hablando y durante cinco minutos seguidos, tuvo que soportar que Rose no dejara de preguntarle por aquella palabra que no había comprendido. Finalmente, después de comprar unas bolsas de palomitas de maíz, se la llevó a sentar en una de las áreas verdes, bajo un gran árbol, y comió un poco antes de suspirar.

—Esto me lo contó mi mamá —explicó el de ojos verdes, pensativo —Cuando se entra a estudiar a Calmécac, se hace una especie de promesa mágica. ¿Has visto las manos de mi mamá?

—¿Las manos? Sí, una siempre trae un guante.

—Yo no sabía por qué, pero después me enteré. Esa famosa promesa mágica de Calmécac incluye que los alumnos se tatúen, en la mano derecha, el símbolo de la casa en la que quedan, y solo los magos mexicanos pueden ver el tatuaje a menos que hayan roto la promesa mágica, que en realidad, son un montón de promesas en una sola.

—¿Eso qué tiene que ver con la palabra rara de hace rato? Sonaba a "maligno".

Malitzin. Fue el nombre de una muggle indígena que sirvió de intérprete a los españoles que conquistaron México. Ahora llaman así a los mestizos que tienen un padre o una madre extranjeros. Y no los quieren mucho, me consta.

—¿Te han dicho algo? —soltó Rose, sintiéndose de pronto indignada —¿Te han hecho algo?

—Nada que no pueda arreglar yo mismo —Henry se encogió de hombros —Mi mamá me aclaró que es una costumbre vieja que ya no se aplica, pero a ella todavía le tocó. A ella y a mi tío. Te puedes fijar si ves a mi tío, desde que se casó con la tía Tonks, su tatuaje de Calmécac lo puede ver cualquier mago. Y el de mi abuelo se ve desde hace años, aunque no sé por qué…

—¿No mataría a nadie cuando…?

—¿Cuando era espía doble? No lo sé, mi mamá y mi tío no hablan mucho de esos tiempos.

Henry suspiró con el mismo aspecto melancólico que tenían sus ojos, por lo que Rose arqueó una ceja, acomodándose la falda solo para tener algo qué hacer, ya que sus palomitas se habían terminado. Finalmente, inhaló profundamente y preguntó.

—¿Cómo está tu abuelo?

—Mi mamá y mi tío dicen que bien. Pero no despierta. Los sanadores han intentado de todo, según ellos. No tienen idea de qué le pasa.

—¿Has ido a verlo?

—Quise ir, pero mi mamá no me llevó. Decía que no era lugar para un niño.

—Niño, ¡pero si tienes quince años!

—Es mi madre, Rose, supongo que siempre me verá como un niño.

—Buen punto. Oye, ¿a qué parte de México van?

—A casa de mi tia Itzi y su marido, en una isla. Tesoro de la Bahía, se llama…

—¿Cómo se dice ese nombre en inglés?

Tesoro de la Bahía —repitió Henry en el idioma que Rose preguntaba —Un nombre un poco raro para una isla diminuta, en serio. Si consigo un mapa que la muestre, te lo traeré.

—¿Por qué quieres traerme regalos?

—¿Por qué no querría? Eres mi novia.

Ella mostró una cara de asombro que Henry no se explicaba. ¿Acaso no era eso lo más normal del mundo, ir de viaje y traerle recuerdos a la chica con la que salías?

—Yo… —comenzó ella, insegura como pocas veces, mientras las pecas en su rostro palidecían debido al sonrojo que lo cubría —Yo nunca… Tú nunca habías dicho…

—¿Qué, que fueras mi novia?

Ella asintió, al tiempo que una suave brisa le alzaba algunos mechones rojizos de la coronilla, haciéndola lucir un tanto despeinada.

—Creí que no hacía falta —admitió él, encogiéndose de hombros —¿Querías que lo dijera?

—Bueno, es que… No, olvídalo.

—Rose, no me hagas usar mi don familiar, como tú lo llamas.

—¡De acuerdo, de acuerdo! —la jovencita se movió un poco, quedando muy cerca de Henry, quien la observaba con interés, haciendo lo posible porque su Legado no se activara —¿Recuerdas cuando empezamos a salir? ¿Te diste cuenta que nadie en el colegio lo creía?

—Claro que lo noté. Vamos, le soltaste a Hally y a Procyon que iríamos juntos a Hogsmeade y parecía que iban a vomitar el desayuno.

—Ya, pero ellos se hicieron a la idea. Y tenían que resolver sus propios problemas —señaló Rose con ligereza —Hablaba de los demás que nos conocen.

—Si te refieres al quinteto de…

—¡No, no! Lo que ellos piensen no me importa. Pero por ejemplo, Lancaster…

—No me digas que otra vez te hizo algo.

—Lo intentó —admitió Rose con indiferencia, cosa que a Henry no le agradó mucho —Pero le dejé bien claro que mejor cerrara la boca o su sombrero acabaría como el de Warren.

—¿Entonces?

—Ella no es la única que lo soltó, así, como si me hiciera un favor, eso de que no era posible que tú quisieras salir conmigo.

—¿Estás escuchándote? ¿No fuiste tú la que quiso salir conmigo primero? ¿No se te ocurrió decirles a todos esos… idiotas que… que tuviste que convencerme para que saliéramos?

—Ah, ¿yo te convencí?

—En cierta forma —Henry se encogió de hombros, sin darle mucha importancia —Pero ellos no tenían por qué saberlo. El punto es, Rose, que si estabas oyendo todo eso, debiste decírmelo. Pude haberte ayudado a callarlos. Con un insulto o una maldición, todavía no lo sé.

Ante lo último, Rose se echó a reír, apoyando una mano en su hombro mientras se inclinaba, con la otra mano en el estómago, sin poder silenciarse. Henry la contempló por unos segundos con aspecto absorto, como si en realidad, meditara en otra cosa.

Y en cierta forma, era así.

—¡Te hace daño salir conmigo! ¡Ya bromeas! —soltó la pelirroja, cuando finalmente se calmó y se enderezó —Bueno, bromeabas antes, pero… ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?

En vez de contestar la pregunta, Henry se giró lo suficiente como para quedar frente a Rose, quien le dedicó una mirada intensa y confundida con sus grandes ojos del color de la bruma. Ese día, se veían más azules, brillantes, y contrastaban con el rubor de sus mejillas, que apenas dejaba que se notaran las pecas de su rostro. ¿En qué estaba pensando ella? ¿Qué estaba sintiendo? Por primera vez, no podía saberlo, pero no le importó.

En ese momento Rose, apretando los labios un instante, acortó la distancia que los separaba y lo besó en la mejilla. Fue tan suave como una pluma y tan breve que Henry apenas pudo reaccionar a tiempo antes de que ella alejara demasiado la cara, con evidencia de empezar a decir algo. Estiró una mano, llevándola a la nuca de la chica, donde acarició por un segundo parte de su largo pelo, antes de empujarla ligeramente de allí y besarla en los labios.

Ahora comprendía a Thomas, el mareo que le causó hacía casi un año que por poco lo noqueó, el por qué su pelirrojo amigo se sentía tan perdido y a la vez tan feliz con tan solo recordarlo. No era solamente una sensación física agradable, iba más allá. No supo cuándo pasó, pero de pronto, no solo sentía su propio nerviosismo, su corazón acelerado y lo grato de deslizar los dedos por la suave nuca de Rose para enterrarlos en su pelo, sino que también sentía como si una de sus propias manos le tocara la cara, como si no pudiera respirar, y como si se le hubiera escapado una lágrima de felicidad, todo a la vez.

Intentando no ser brusco, Henry se separó. Solo un poco, para poder observar a Rose con atención, descubriéndola con los ojos cerrados, las mejillas menos rojas y los labios…

"No, concéntrate. ¿Qué fue lo de hace un momento?"

—¿Qué pasa? —preguntó Rose en un murmullo, abriendo los ojos lentamente —¿Hice algo…?

—No, no, solo… —Henry unió sus frentes, intentando sonreír, hasta que deslizó su mano libre por la cara de ella, notándola húmeda —¿Estabas llorando? —preguntó, un poco preocupado.

—No sé, solo… Me sentía muy contenta —respondió la pelirroja, todavía en voz baja.

Al oír eso, Henry creyó entender qué había ocurrido. Diciéndose que se preocuparía por ello más tarde, finalmente pudo sonreír, y por una vez, Rose no pensó que los ojos verdes de su novio se veían melancólicos, como casi todo el tiempo, sino que resplandecían. Su diestra, en la mejilla de él, fue deslizada con cuidado, rozando su sien, antes de ir a parar a la mata castaña que tenía por cabello, enredando los dedos en éste.

—Me gusta —musitó con alegría —Me gusta mucho.

—Espero que yo también —acotó él, sonriendo de lado.

Rose asintió levemente y cerrando los ojos, dejó que la besara otra vez.


4 de julio de 2021.

Londres, Inglaterra.

London Eye, Jubilee Gardens, South Bank.

Intentaba por todos los medios no hacer evidente su nerviosismo. Miró su reloj, de correa negra, por quinta vez en menos de dos minutos.

No había retraso. Es más, estaba allí con quince minutos de anticipación. ¿Entonces por qué sentía que las manos no le dejaban de temblar y que algo podía salir mal?

Era domingo, por lo que no sorprendía en lo más mínimo que el lugar estuviera lleno de personas, londinenses y turistas, queriendo contemplar el Támesis y sus alrededores desde la London Eye. Sin embargo, cualquiera se perdía entre tanta gente. Se preguntó, de nuevo, la razón para quedar de verse allí, en vez de permitirle pasar a su casa.

—Hola, ¿cómo te llamas?

Miró a quien le hablaba. Una chica más o menos de su edad, de largo cabello rubio, vestida con una camiseta blanca y una minifalda azul, calzada con unas sandalias negras que, aparentemente, hacían juego con su bolso. Frunció el ceño y la ignoró.

—¿No me oíste?

Con semejante voz, tan aguda e irritante, claro que la había oído. ¿Acaso no era evidente que no iba a hacerle caso? Hizo una ligera mueca y estuvo a punto de soltar una frase mordaz.

—¡Hola! ¿Me esperaste mucho?

Por suerte, la voz que acababa de hablar le hizo recuperar la sensatez y, en esta ocasión, tener una excusa perfecta para ignorar a la rubia.

—No, llegué antes por pura suerte —contestó, sonriendo.

La rubia, tras haber hecho una mueca de desdén, se quedó un tanto embobada al contemplar el gesto, pero no tardó en irse a toda carrera al recibir una mirada fulminante de la recién llegada.

—¿En serio? Yo salí antes de casa porque estaba nerviosa.

—De haberlo sabido, pasaba por ti.

—No, no, habrías dado una vuelta enorme. ¿Vamos a subir ahora?

—Sí, claro, a menos que quieras dar una vuelta o…

—¿Con toda esta gente? Procyon, estás loco.

—Como tú digas, Hally.

Mientras esperaban su turno ante la entrada de la London Eye, Procyon pudo echarle un vistazo a Hally de tal forma que ella no se diera cuenta. Llevaba puesta una camiseta blanca de manga corta con unas cuantas flores de colores estampadas al frente, una falda de mezclilla y zapatos bajos de un rojo igual al de su bolso y al de la liga con la cual se recogió el cabello en una coleta alta. Vaya, en eso de combinar accesorios de su atuendo, casi todas las chicas eran iguales.

Y era agradable pensar que se tomó tantas molestias en su apariencia para una cita con él.

Sin que el chico lo supiera, Hally también lo miraba de reojo, entendiendo enseguida que la rubia de antes se le hubiera acercado. Usando una camiseta negra de manga corta, un pantalón de mezclilla y tenis negros con un reconocido logotipo en rojo, quizá algunos pensaran que no se había esmerado lo suficiente en su arreglo, pero ella lo conocía mejor. Bastaba con ver su cabello, antes un poco largo, con evidencias de haber sido recortado recientemente.

Por primera vez, creyó comprender la fijación de Emily Lancaster con Procyon. ¿Eso era algo bueno o algo malo?

—Tal vez debimos venir más temprano —comentó Procyon de repente.

—No importa. ¿Cómo están tus padres y tu abuela? No estuvieron en Wiltshire.

—¿Mis padres? Bien —el muchacho se encogió de hombros —Mamá se va a Estados Unidos la semana entrante, a una convención o algo así. Papá apenas se deja ver, tienen mucho qué hacer en el cuartel, y la abuela me dijo que no lo hirieron en el continente, lo que me alegra. La abuela es la que más está en casa, para disgusto de Kreacher —rió —¿Y tus padres, Hally? ¿Qué tal están?

—También trabajan mucho. Papá es raro cuando come en casa. A mamá la veo más, aunque se la pasa encerrada en el estudio. Si Dobby o yo no le recordamos la hora, seguro ni comería.

—Siento como si supiéramos más de nuestros padres cuando estamos en el colegio que aquí.

Hally asintió. Había tenido la misma impresión, y apenas llevaban poco más de una semana fuera de Hogwarts. Eso la hacía sentirse un poco sola.

—Drusie sigue enfadada conmigo —musitó.

Procyon arrugó la frente.

—No deberías tomárselo en cuenta —indicó —Es un berrinche. Se le pasará.

—Pero casi todo el curso anterior estuvimos así.

—Lo sé, me lo contaste. El punto es… Hally, no vas a cambiar de opinión solo para arreglarte con ella, ¿verdad? Eso es lo que tu prima debe entender. Porque tú ya te pusiste en sus zapatos y eso, pienso yo, es demasiado amable de tu parte.

—Me da la impresión de que no te agrada Drusie.

—No me agrada que te ponga de ese humor, es distinto.

Hally parpadeó, en verdad confundida. ¿Se suponía que eso hacía un novio de verdad? No recordaba a Melvin hablando así de alguien que la hiciera enfadar o ponerse triste.

Sacudió ligeramente la cabeza. No podía comparar a su ex novio con Procyon. Es más, no debía compararlos. Cuando le ofreció una oportunidad a su mejor amigo, lo prometió para sí misma. Procyon merecía más de lo que alguna vez tuvo con Melvin.

Arrugó la frente, girando el rostro hacia donde le diera más luz, para así fingir que le calaba en los ojos y no que estuviera pensando algo realmente complicado.

Y es que desde aquel día en Hogsmeade, en el que pensó que no había nada que le impidiera salir con Procyon, se preguntaba el por qué. Parte de la respuesta estaba en darse plena cuenta, casi como si le hubieran dado unos anteojos mejores, que Procyon era guapo. Sí, sabía que las chicas en el colegio lo veían y cuchicheaban a su paso, entre risitas tontas, pero ella jamás le dio importancia porque él mismo no parecía notarlo. Después, con Lancaster rondando a su amigo, se sentía ligeramente molesta, ¿es que acaso no veía la chica de Hufflepuff que Procyon odiaba ser notado de esa forma? O mejor dicho, no estaba interesado en que las chicas lo persiguieran solo por cómo se veía. Esa parte no le quedaba del todo clara, no entonces, ya que tenía la impresión de que todos los muchachos eran un poco engreídos respecto a que las chicas los miraran y quisieran salir con ellos. Pero después, al declararse él, creyó saberlo.

A Procyon le habría gustado que fuera ella quien, en cierta forma, lo persiguiera.

—Ya casi llegamos.

El aviso hizo que Hally diera un respingo.

—Oye, ¿estás bien?

—Sí, claro, solo me quedé pensando…

—¿Ah, sí? ¿En qué?

—Bueno…

Por fortuna, ella no tuvo que contestar, ya que fue su turno para que los hicieran entrar a una de las canastillas de la gigantesca rueda.

—¡Con cuidado, por favor! ¡Vamos, ciérrenla!

Cuando comenzaron a moverse, Hally se sobresaltó y se aferró al brazo de Procyon, con los ojos muy abiertos, hasta que la canastilla se estabilizó.

—No sabía que era así —dejó escapar, soltándose del muchacho.

—¿Nunca habías subido a una rueda de la fortuna?

—No que recuerde. En el orfanato nos llevaban de paseo a veces, pero a lugares como los parques, los museos y las plazas. Y solo fuimos una vez al zoológico.

—Entonces, a la próxima vayamos al zoológico, tiene parque de diversiones. Papá me llevó una vez, cuando tenía cinco años. No pude subir a todo, fue un fastidio. ¿Qué te parece?

—¿En serio? ¡Sería estupendo! ¿Y nos subiríamos a todo?

—A todo lo que quieras.

—¡Genial! ¡Oye, mira eso!

Obedeció. La luz del sol chocaba con el agua del Támesis, haciéndolo brillar con intensidad. No supo exactamente en qué debía fijarse cuando también lo vislumbró, en el centro del río: un barco pequeño, semejante a aquellos que los niños usaban para jugar en la bañera, de colores claros y algo a los lados que semejaban…

—¿Son mis ojos o eso parece una snitch? —dejó escapar Procyon.

—¡Eso mismo pensé! Aunque claro, el barco está muy lejos…

—¿Por qué no me sorprende que pienses en quidditch justo ahora?

Hally rió. Con Procyon era inevitable hacerlo cada dos por tres, con el buen humor que poseía y sus tantas ocurrencias. Era en esos momentos cuando comprendía que Thomas fuera el amigo con quien mejor se llevara.

—Tú también piensas en quidditch —le hizo notar cuando calmó su risa.

—Sí, pero no ahora.

—¿Ah, no? ¿Por qué?

—¿En serio debo contestar eso?

En esa ocasión, pese al tono bromista de Procyon, Hally no tuvo ganas de reír. Sonrió de forma tenue, solo por un segundo, antes de sentirse extrañamente incómoda.

—Pienso en volar —comentó Procyon distraídamente, mirando el despejado cielo —No por un entrenamiento, ni por un partido. Volar simplemente por diversión. Para poder fijarme en las nubes, en el paisaje que hay debajo…

—¿Querrías volar sobre Londres, si pudiéramos?

—¡Claro! ¿Tú no?

—Sí, pero… Cuando estoy en Londres es como si… Como si me volviera muggle, ¿sabes? Si no fuera por las tareas y porque veo a mis padres usar las varitas, ni me acordaría de la magia.

—Ah, claro… Lo mismo me pasa cuando estoy en casa. Aunque allí tengo a Kreacher y los retratos mágicos de los viejos Black que me recuerdan que soy mago. Aunque no me importa portarme como muggle, así paso más tiempo con mamá.

—¿Tu madre nunca se siente rara? Tu padre y tu abuela pueden hacer cosas que ella no, y…

—Pues no, creo que ya se acostumbró. Además, deberías verla cuando papá o la abuela hacen algo que ella no conocía, ríe y aplaude como una niña.

—¿Tú sabías que eras mago desde pequeño, verdad?

—Sí, papá me lo explicó cuando tenía cuatro años. No entendí todo entonces, claro, solo que no anduviera diciendo por ahí que él podía transformar cosas agitando un palito de madera. ¿Tú no?

—No. Estaba en el orfanato y Val me lo explicó cuando cumplí cinco años, antes de ir a la escuela. Me convenció usando magia para transformar un vaso de plástico en un canario. También me dijo que no podía decírselo a nadie, que los magos permanecían escondidos de los muggles para no ser molestados, y cuando aprendí a leer me empezó a prestar un montón de libros.

—¿Desde entonces leías tanto?

Hally asintió y vio a Procyon contener la risa. Seguro se la estaba imaginando de pequeña, con un enorme libro encuadernado en cuero, como algunos de los de la biblioteca de Hogwarts, pasando los ojos por las palabras e imágenes que le describían un mundo que la gente sin magia consideraba irreal. Sonrió, a punto de decir algo, pero sintió un golpe a la espalda y fue empujada contra Procyon, quien dio un respingo.

—¿Qué les pasa? —masculló él, rodeándola con los brazos en ademán protector —Solo porque quieren ver mejor el río…

Hally miró por encima de su hombro. Un trío de chicos de unos diecisiete años caminaban lentamente de un lado a otro del mirador, con cámaras digitales en las manos y señalando todo.

—Turistas —indicó, frunciendo el ceño al oírlos hablar con un acento extraño —Ni siquiera entiendo lo que dicen.

—Como sea —Procyon arrugó la frente un momento, antes de mirar por la ventanilla otra vez —Eh, no sabía que desde aquí podía verse el Big Ben…

—¿No lo averiguaste antes de venir?

—Pregunté cómo llegar, los horarios y cuánto costaban los boletos. Apuesto mi escoba a que tú leíste lo que hallaste sobre la London Eye desde que volvimos del colegio.

Ella se encogió de hombros, ligeramente sonrojada, lo cual causó que Procyon riera por lo bajo. De pronto él se dio cuenta de que la tenía abrazada y sintió la extraña necesidad de soltarla, aunque no quería hacerlo. Aflojó su agarre, bajó las manos y metió estas a los bolsillos de su pantalón, intentando parecer despreocupado.

—¿Sabes qué quiero ver también? —comenzó a hablar Procyon, con una media sonrisa —El árbol de Navidad de Trafalgar Square. Pero verlo de cerca, no por televisión. Si no te importa, podríamos ir, debe verse genial con tantas luces y…

—Procyon, ¿pasa algo? No tienes que… Oye, si quieres abrazarme o algo, puedes…

Él la miró, sorprendido, hallándose con que frotaba uno de sus aretes de manera distraída, con los ojos fijos en la ventanilla por la que, poco antes, vieran el Támesis y el curioso barco.

—Te veías algo… disgustada —aclaró Procyon, a modo de explicación.

—Es que… No me molesta ni nada de eso, es solo… No acabo de hacerme a la idea de…

—¿De qué? ¿Tú y yo saliendo?

Hally asintió con timidez.

—Has sido muy bueno conmigo…

Procyon procuró no demostrar lo mal que le sentaban esas palabras. Sonaban a ruptura. ¿Tan pronto? ¿Acaso no se había esforzado lo suficiente? ¿Qué hizo mal para…?

—… Yo… No sé si es señal de que empiezas a gustarme, pero…

Momento, eso ya no sonaba a ruptura. La observó con detenimiento y aunque ella no lo miraba, su expresión al tener el rostro vuelto hacia la ventanilla no era el de alguien que habla de un tema desagradable. ¿Entonces de qué se trataba?

—No sé, de pronto pensar en ti como novio es…

—Raro, supongo.

—Un poco, pero también… No me desagrada. Y me quedé pensando en que…

Ella dejó escapar lentamente el aliento que le quedaba y recargó el costado izquierdo contra el cristal de la ventanilla, con la cabeza gacha. Procyon apoyó el antebrazo derecho en la misma ventanilla, intentando notar en el semblante de Hally lo que no había llegado a pronunciar.

—Aclaremos una cosa —comenzó él, en tono conciliador, consiguiendo que ella alzara la vista —¿Quieres seguir saliendo conmigo?

—¡Claro que sí! —respondió Hally con expresión sorprendida.

—Entonces, ¿qué te preocupa?

—Yo… Me siento… Creo que estoy un poco confundida, es todo.

—¿Confundida?

—Sí, lo siento.

Procyon tuvo la tentación de insistir en el tema, pero prefirió no arriesgarse. Hally, retirándose de la ventanilla, contempló el exterior con aire ausente, aunque no tardó en sonreír debido a la espléndida panorámica que ofrecía la London Eye a esa altura.

Quizá no debía pensar todo el tiempo en cómo comportarse, se dijo Hally con optimismo. Aunque quería evitarlo, recordó a Melvin y sus encuentros, lo mucho que le costaba hallar un tema de conversación, sabiendo que con Procyon eso no era problema. Entonces, el motivo de su indecisión debía ser otro, pero mientras lo descubría, intentaría pasarla bien. Con Procyon siempre lo conseguía. No tenía por qué cambiar ahora, ¿verdad?

Por su parte, Procyon vigilaba la cara de Hally como si allí pudiera encontrar las respuestas a todas sus preguntas. Al menos a las que tenía respecto a ella, que no eran pocas. La vio más tranquila, contemplando el paisaje, con el sol haciéndola entrecerrar los ojos castaños y no pudo evitar sonreír. Seguro se vería un poco idiota, tal como bromeaba a Thomas cuando se ponía a hablar de Danielle, pero poco le importó. Una parte de él seguía sin creerse que Hally estuviera allí, con él, que le hubiera concedido la oportunidad de ganarse su afecto…

—Oye, cuando bajemos, ¿podemos comer algo? —preguntó Hally, girándose para mirarlo, sonriendo con aire de disculpa al agregar —Es que me brinqué el almuerzo.

Antes de que él contestara, Hally pudo notar su expresión. Mostraba una tenue sonrisa y la veía con atención, como hacía siempre, pero quizá porque ahora conocía sus sentimientos, notó algo más. Un parecido, un aire a su amigo Thomas cuando veía a Danielle, y eso la abrumó tanto que sintió que comenzaban a temblarle las manos. Se sintió halagada, pero también muy triste.

Jamás se perdonaría no haberse dado cuenta antes de que, sin querer, le había hecho daño cada vez que le contaba sobre ella y Melvin.

—¿Y eso?

—Bueno, yo… Estaba nerviosa, no quería llegar tarde, y como vine sola…

—¿Tus padres no te acompañaron?

—No, estaban en el estudio hablando de no sé qué, solo pasé a avisarles que me iba. Ya sabían que vendría aquí, así que no importa mucho.

—De acuerdo. Cuando bajemos, podemos buscar algo.

—Muy bien.

Sin explicación aparente, los ojos de Procyon se entrecerraron, fijándose en algo a espaldas de Hally, quien confusa, quiso mirar de qué se trataba. Sin embargo, Procyon le rodeó los hombros con un brazo, acercándola un poco más a él, haciendo una mueca de desdén.

—Con que eso era… —murmuró el muchacho.

—¿Qué?

Quiso girarse, pero Procyon apretó su agarre un poco más, aunque sin hacerle daño.

—No vale la pena, en serio —señaló él, antes de mirar de nuevo por la ventanilla, con el ceño fruncido, añadiendo como si nada —Vamos descendiendo.

Hally también lo notó, y queriendo evitar otra sensación desagradable como cuando la rueda empezó a moverse, se apoyó en Procyon, sintiéndose al instante como si estuviera a salvo. Fue curioso, en realidad, más que nada porque pocas veces sentía la necesidad de que la protegieran del peligro. Pero debía reconocer que era algo agradable, más cuando sabía que si de verdad ocurriera algún desastre, Procyon estaría allí, con el mismo gesto fiero que cuando golpeaba una bludger con todas sus fuerzas para quitársela de encima a sus compañeros de equipo en los partidos, y quizá también con ese destello que le vio segundos antes, de estar contemplando una maravilla.

Fue en ese instante, pensando sin asomo de duda que ella haría lo mismo por él, que sintió como si su mente se abriera, cual cielo nublado después de la tormenta, y sonrió, dándole un fuerte abrazo a su acompañante, quien se quedó extrañado por el gesto.

—¿Pasa algo? —quiso saber Procyon, sonando un poco preocupado.

—No, nada —aseguró ella, esbozando una radiante sonrisa.

Él correspondió al gesto, encogiéndose de hombros y sin soltarla.


Número 22 de Hyde Cross, distrito de Knightsbridge.

—¿Con quién dijo Hally que saldría?

La pregunta del señor Potter rompió el silencio del estudio.

Se hallaba allí con su esposa desde temprano, revisando infinidad de pergaminos y libros, todo para organizar la próxima reunión de la Orden del Fénix, convocada para la semana siguiente.

—Con el chico Black —respondió la señora Potter con aire distraído.

Su marido levantó la verde mirada de un pergamino lleno de una apretada caligrafía.

—¿Con el hijo de Jim? ¿Y con quién más?

—¡Harry! ¿No me digas que lo olvidaste?

Ante eso, el señor Potter hizo una mueca de disgusto con la cual su esposa casi se echó a reír.

Los dos se llevaron una enorme sorpresa cuando, al día siguiente de regresar del colegio, en el desayuno, Hally comentó como por casualidad que estaba saliendo con alguien. El señor Potter, frunciendo el ceño, miró a su esposa y ella entendió que le tocaría preguntar los pormenores, así que comenzó. Les sorprendió ver a su hija ponerse roja como un tomate, sonriendo de manera titubeante, antes de soltar a toda carrera el nombre del que, hasta hacía poco, solo era su mejor amigo. Aunque al señor Potter le disminuyó la suspicacia, él y su mujer no pudieron evitar pensar que quizá esta vez las cosas le saldrían mejor a Hally, por lo que no dieron muestras de un desacuerdo que, de hecho, ninguno de los dos sentía.

—Creo que debimos acompañarla hasta la London Eye —comentó el señor Potter.

—Harry, ¿a qué viene eso?

—No sé, me preocupa. Será por lo que ha estado sucediendo.

La sonrisa de la señora Potter decayó un poco, asintió y luego volvió al tema.

—Seguramente Hally se llevó la varita, aunque sabe que no debe usarla frente a los muggles. No tenemos una hija tonta.

—Lo que me alegra. ¿Acabaste con tu parte?

—Casi. ¿Y tú?

—Igual. Necesito revisar después unos reportes de la frontera.

—¡Prometiste no traer trabajo a casa!

—No pude evitarlo. Hemos estado tan saturados… ¿Sabes qué? —el señor Potter sonrió de pronto, dejando el pergamino que leía con sumo cuidado en la cima de uno de los tantos montones en su escritorio —Necesitamos despejarnos. Anda, levántate.

—¿Qué? ¿De qué hablas?

—Daremos una vuelta. Por Hyde Park. Hace mucho que no lo hacemos.

La señora Potter, dejándose convencer, hizo a un lado sus libros y se paró, sacudiendo su pantalón de mezclilla verde botella.

—¿Estoy bien así? —inquirió ella.

En otros tiempos, la pregunta habría descolocado al señor Potter, pero ahora simplemente asintió con la cabeza, se pasó una mano por el revuelto cabello negro y la dejó salir antes del estudio para ser él quien cerrara, tanto de forma manual como con hechizos.

Había costumbres que no se perdían del todo, como aquellas que ayudaban a resguardar información potencialmente importante.

Cinco minutos después, sonriendo con satisfacción, salió de la casa con su esposa del brazo, disfrutando ambos de aquel soleado día de julio.


Jubilee Gardens, South Bank.

Tras dejar la London Eye, Procyon consideró que lo más sensato era entrar un momento al County Hall, donde sabía que había varios locales, para buscar algo de comer. El enorme interior del lugar los dejó anonadados un segundo, antes de mirarse y echar a andar.

Tardaron casi media hora en hallar algo que les gustara a los dos, decidiéndose por unos sándwiches hecho con panes muy largos (baguettes, oyeron que los llamaba la gente) y salieron directamente hacia los Jubilee Gardens, donde Procyon enseguida halló un banco bajo la sombra de un enorme ciprés, a donde llevó a Hally para poder comer en paz.

—No sabía que esto era tan bueno —comentó él, cuando le quedaba la mitad de su baguette.

—Si lo piensas, solo es un sándwich demasiado grande. ¿Viste el tamaño del pan antes de cortarlo? Seguro Rose podría comerse uno entero.

Procyon rió, con lo cual su cara se relajó todavía más, cosa que animó a Hally.

—Puedo imaginarlo y es gracioso —concedió el muchacho.

—Sus tíos siempre dijeron que en eso se parecía a su padre y eso la hacía reír. Cuando el señor Ron no estaba en el país, claro.

—¿Sabes? Se me hace un poco raro recordar que conoces a Rose desde hace tanto tiempo. Y a Danielle, ahora que lo pienso. ¿No era curioso saber de alguien solo por cartas?

—Supongo que no. En aquel entonces, mis únicos amigos eran los libros y Val. Luego llegó Rose, pero… No vayas a decirle a nadie, pero Danielle es mi primera amiga, aunque solo la leyera una o dos veces al mes. Y la quiero mucho.

Hally suspiró, pensando en la rubia joven con quien compartía una amistad de años y su fecha de cumpleaños. Un pensamiento intentó colarse en el torrente que se arremolinaba en su cabeza en ese momento, pero lo hizo a un lado con decisión. No eran el día, ni el lugar apropiados. Mucho menos la compañía.

—No te preocupes, no diré nada. Además, sé lo que se siente —Procyon, ya sin comida, se recargó en el banco, alzando la vista hacia las ramas sobre sus cabezas —Antes del colegio, iba a la escuela muggle cerca de casa, y no le caía bien a nadie.

—¡Bromeas! —dejó escapar Hally, mirándolo con pasmo.

—¿Por qué iba a bromear con eso? —Procyon se encogió de hombros —Los demás apenas se me acercaban, aunque no recordaba que les hubiera hecho algo malo. Luego, una noche, oí a mamá y a papá discutiendo, y lo supe. Las otras madres veían mal que papá casi nunca se dejara ver y que mamá llegara tarde por mí casi todos los días, y les decían a sus hijos que no debían juntarse conmigo. Así que pensé que si no me iban a querer, daba igual lo que hiciera, y empecé a hacerles muchas bromas. Nada muy malo, tenía seis años… Pero cuando llamaron a mamá y ella me pidió portarme bien… Molestar a otros era divertido, pero no a mamá. Así que lo dejé.

—Hasta que llegaste a Hogwarts.

—Más o menos. Al menos en Hogwarts podía hacer amigos, o eso creí. Cuando se supo lo de mi apellido, pocos se me acercaban, ¿te acuerdas? Pensé que me pasaría otra vez… Todos haciéndose a un lado, quiero decir. Pero desde que nos hablamos en el tren después de Navidad, Thomas me buscaba una y otra vez. Él fue mi primer amigo. Curioso, ¿no?

—¿Curioso?

—Sí. Que nuestros primeros amigos estén saliendo juntos.

Hally parpadeó varias veces, asombrada, antes de reír por lo bajo.

—Es verdad —confirmó.

—Y luego ustedes… Rose, Henry y tú… En Gryffindor eran los únicos que me hablaban…

—Espera, ¿es un chiste? Creí que hablabas con Martin y Miles, o con Franco…

—A veces, y solo cuando hacía falta. Henry te lo puede decir.

—¡Eso no es justo!

—Lo sé. Es difícil que la gente crea una cosa cuando toda la vida creyeron otra.

—¿Hablas de tu abuelo?

—Exacto. La abuela nos ha contado que era un poco loco, pero buena persona. Pude hablar un poco con él en segundo, con lo que los de Calmécac hicieron…

—¡Ah, sí! Lo de las Invocaciones…

—Eso. Y de verdad era buen tipo. No entiendo cómo pudieron creer que era un mortífago.

—Mamá me contó una vez que las dos guerras eran tiempos muy crueles, que no se sabía en quién confiar. Muchos estaban bajo una Imperdonable, la Imperius, y hacían lo que otros querían.

—¿Crees que las cosas se pondrán así de mal si vuelven a atacar aquí?

Hally lo miró con cierta confusión, hasta que cayó en la cuenta de lo que estaba aludiendo. Hacía dos años, Londres tuvo dementores deambulando en sus calles, bajo el mando de gente de Hagen, y Procyon estuvo allí.

—Espero que no —respondió finalmente —Procyon, hace dos años…

Él arqueó las cejas, invitándola a continuar.

—Hace dos años, con los dementores… ¿De qué te acordaste?

—¿De qué…? —el muchacho no completó la pregunta, sino que se puso a reflexionar —Yo… estaba más ocupado viendo a papá, para saber si podía ayudarle… Solo recuerdo un sentimiento extraño, pesado, como si estuviera muy triste y nunca más pudiera reír…

—Sería una lástima —murmuró ella.

—¿Qué?

—Me refiero a… Que no volvieras a reír…

—Vaya, no pensé que te gustara oírme.

—Siempre me siento contenta contigo, por eso…

—Hally, ¿acaso soy tu broma personal?

—¡No, no! Eso…

Ella se calló cuando lo escuchó reír y se sintió mucho mejor. Claro, debió saber que la pregunta no iba en serio, pero creyó notar algo en la voz de Procyon que la inquietó un poco.

—Bien, ya subimos a la London Eye, ya comimos, ¿qué más quieres hacer?

—Vamos a caminar por todo los Jubilee.

—Vamos.

Poco después, renegando por dentro, Hally volvió a acordarse de Corner, de sus paseos por los jardines de Hogwarts, cuando comenzó a andar junto a Procyon por los Jubilee Gardens, pasando cerca de donde se alzaba la atracción que poco antes montaran. En sus recuerdos, Melvin apenas la miraba, moviendo las manos mientras le contaba sucesos con sus amigos de Ravenclaw, al tiempo que se detenía cada que abordaba un concepto que, según él, no conocía, para así explicárselo a grandes rasgos. Sin embargo, con Procyon no era así, dado que cada palabra que decía, la comprendía al instante, y él no dejaba de girarse hacia ella, como asegurándose de que no se quedara atrás, de que continuara caminando a su lado, y nunca dejó de sonreírle. De nuevo, llegó a la conclusión de que su ex novio casi siempre la trataba como a una niña, mientras que Procyon nunca había dudado de que fueran, en cierta forma, "iguales", deteniendo su plática únicamente cuando veía en su rostro alguna señal de confusión o malestar.

¿Tan pendiente estaba él de cómo se sintiera?

—Hally, ¿estás bien?

Dio un respingo. Había estado mirándolo, pero con la mente lejos de allí, no notó el instante en el que él dejó de contarle algo sobre un monumento cercano y se le quedó viendo con inquietud.

—Sí, claro, solo me distraje —afirmó enseguida.

—¿Segura? Si quieres podemos dejarlo por hoy…

—¡No, no! Es que… Esto es…

La jovencita abrió los brazos solo un poco, en referencia a abarcar su alrededor.

—Quiero volver —comenzó Hally, haciéndole una seña a Procyon para que la dejara hablar, cosa que él hizo sin mucho esfuerzo —Y ahora ser yo quien fastidie turistas. Quiero entrar otra vez al County Hall, y comer una baguette de algún otro relleno, de pavo, quizá…

—No entiendo… —dejó escapar Procyon sin querer.

Hally, obviamente, lo ignoró y prosiguió.

—Y sí quiero ir a Trafalgar Square. A ver el árbol de Navidad, justo cuando lo encienden. Pero antes de eso hay clases en Hogwarts y quiero estar allí, complicarme la vida con tareas, los pases de varita, pociones asquerosas y entrenamientos de quidditch. Y para todo eso quiero que estés allí.

—Hally, voy a estar allí —afirmó el chico, frunciendo el ceño.

—Ya lo sé —ella agitó la cabeza de un lado a otro, mostrando una sonrisa tan repentina y amplia que Procyon se sintió realmente desconcertado —Sé que lo que se me acaba de ocurrir no te va a gustar, pero tengo que decirlo así para que me comprendas. ¿De acuerdo?

—Claro. ¿Qué es?

—No eres lo que yo creía.

Procyon parpadeó una, dos, diez veces, a toda velocidad. ¿Eso era una queja? ¿Un reclamo?

—Al principio sí —continuó ella, caminando unos pasos delante de él con las manos enlazadas a la espalda, sin dejar de sonreír —Nos hicimos amigos y me gustó la idea. Pronto pensé que eras mi mejor amigo, y también me gustó la idea. De los chicos, eras con el que siempre podía contar. No digo que con los demás no cuente, es solo que… No sé si esté explicándolo bien…

—Continúa, por favor —pidió el joven en un susurro, casi sin atreverse a alzar la voz.

—Lo que trato de decir es… Estoy muy a gusto contigo. No lo dudes, quiero salir contigo. Solo que me asusta un poco lo rápido que me hice a la idea. Como si… Como si fuera algo normal.

—Bueno, podemos…

—Ni se te ocurra decir que podemos dejarlo. ¿No me oíste? Quiero salir contigo. Antes solo creía que debía intentarlo, nada perdía y si al final no funcionaba, seguiríamos siendo amigos. Pero después, comencé a pensar que ya no… Ya no me podía imaginar que volvieras a ser solo mi mejor amigo. ¿Entiendes? Llegué a creer que quizá no te querría, no como tú a mí, y ya no es así.

La expresión de Procyon era indescifrable, por lo que Hally temió haber dicho algo incorrecto. Pese a haber salido antes con Corner, no tenía experiencia en ese tipo de pláticas, dejaba salir lo primero que se le ocurría, sintiendo que se enredaba tratando de dejar todo lo más claro posible. Cuando se lo contó a su madre días atrás, ella simplemente sonrió y aprobó su método, advirtiéndole que no debía mentir aunque temiera herir los sentimientos de la gente, porque eso a la larga podría volverse en su contra.

Si Procyon permanecía callado era porque no hallaba las palabras. Había puesto atención a todo aquel discurso intentando no perderse lo esencial; necesitaba saber, a ciencia cierta, lo que Hally intentaba dejarle claro. Y cuando creyó verlo, cuando las frases de ella cobraron sentido, no imaginó que quedaría sobrepasado por una emoción intensa que por poco no lo dejó pensar.

—Hally, tú… ¿Quieres decir…? ¿Acaso tú me…?

Al verla sonreír de manera suave, al tiempo que asentía y se sonrojaba, Procyon sintió ganas de reír, de gritar, de dar saltos… Pero se contuvo. En parte por estar rodeados de gente, y también porque pensó que Hally no necesitaba más atención puesta en ella que la que él le dedicaba. Se le acercó, quedando ambos a dos pasos de distancia, sin saber bien qué hacer a continuación.

—¿Estás segura? —fue la primera cuestión que pudo terminar.

—Yo… Ahora mismo… Quiero decir… Sí, estoy segura. Te quiero. Me gustas. Te…

No pudo terminar. Procyon le tomó las manos (¿en qué momento dejó de tenerlas a su espalda? Ella no lo recordaba), dándoles un suave apretón, y la contempló con ojos brillantes, sonriendo apenas, como si no creyera en su buena suerte. Supo entonces que había hecho lo correcto dejando en claro sus sentimientos actuales, porque verlo así de feliz era para ella algo extraordinario.

Así, siguiendo un impulso, se colocó en puntillas y lo besó.

El gesto fue tan inesperado que al muchacho lo tomó completamente por sorpresa. Aunque no duró mucho, fue suficiente para que Procyon sintiera mil cosas, todas agradables, y en un momento dado, casi sin ser consciente de ello, le soltó las manos a Hally y le rodeó la cintura con los brazos, intentando no ser demasiado brusco al atraerla hacia sí. Entonces le tocó a ella sorprenderse, pero no se separó, solo dio un ligero respingo y se dejó hacer, ya que en ese instante Procyon, dejándose llevar, le correspondió el beso de manera lenta y algo torpe, pero a la vez lo notó suave, tierno incluso, con lo cual un recuerdo la asaltó y no pudo contener un gemido que se perdió entre el barullo de la gente que, a su alrededor, apenas prestaba atención a la escena.

A buena hora se acordaba que para él, aquel era su primer beso. Y lo había guardado para ella.


15 de septiembre de 2013. 5:50 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).

Buenas tardes, mis queridos lectores. Fecha patriótica en la cual termino este capi, al menos para mí. Pero es domingo, llueve, estoy resfriada y no pienso salir a la calle por nada del mundo. ¿Que ir al Grito es lo máximo? Vayan a otros con ese cuento… (Bell rueda los ojos).

Finalmente, el primer capítulo de la entrega con título de Arcano Mayor, en aquel que se quedó LAV, La Templanza. Oh, sí, fue una buena excusa para que apareciera Procyon, pero vamos por partes.

Primera escena, ya es julio y Hyde Park recibe a Henry esperando a Rose. Si quieren saber, a la pelirroja siempre le he imaginado con ropa muggle medio hippie, acordándome de algunas prendas que Evanna Lynch usó en pantalla en su papel de Luna Lovegood, y aquí creo que se ve muy linda (ya ven, Bell tiene imaginación a más no poder), lo cual ayuda a que Henry se sienta mal por decirle que saldrá de vacaciones a México, y que seguro cuando vuelvan no podrán verse porque entonces Rose andará en España. Entre una cosa y otra, ¡eh, esos dos se han besado! (Bell sonríe como boba, toda colorada) Ya debieron notar que las escenas de beso no son lo mío y que además, intento que no se parezcan mucho, porque considero que cada pareja es diferente y además, ¡fue el primer beso de esos dos! ¿No se nota? Espero les gustara.

Por otra parte, al día siguiente Hally y Procyon tienen su ya anunciada cita en el London Eye, la rueda de la fortuna gigante que salió por primera vez en PGMM, por cortesía de Belle Weasley y Lycaon Woolf (por cierto, esos dos aparecerán de nuevo pronto, Bell anda planeando una escena con ellos). Por si se lo preguntaban, sí, fue bastante difícil describir cómo se sentía cada uno, porque Procyon tiene clarísimo que Hally le gusta, pero ella todavía se debatía un poco, confundida por varios detalles, aunque en general, como antes que novios son amigos, se la pasan bien.

La escena anterior es interrumpida brevemente con un vistazo a los Potter, que preparan una reunión de la Orden del Fénix. Allí se vislumbra cómo les cayó la noticia de que su única hija tenga otro novio, pero esta vez Harry no está tan receloso, ¿será porque se trata del nieto de su padrino? Quién sabe. Eso sí, se lleva a Hermione a pasear al parque cuando ve que ambos están saturados, lo que me parece un gesto simple, pero tierno (Bell sonríe más boba que antes).

Y finalmente, volviendo con Hally y Procyon, ¡ella finalmente lo admite! ¡Procyon le gusta! (Bell se tapa los oídos ante los chillidos de las fans). Da a entender que le costó mucho trabajo darse cuenta, pero se lo dice a él lo más claro posible, y lo hace feliz. "¡Ya era hora!", me dirán algunos, y con razón. Y claro, para cerrar con broche de oro, ¡beso! ¡Beso aquí también! (Otro chillido fan se oye por todos los rincones de la red, a Bell le zumban los oídos). Y aunque no es el primero para Hally, para Procyon sí, y también es el primero entre ambos, así que me tenía que salir bien, ojalá lo lograra, porque esos dos lo merecen.

Como dato curioso, el orden en que las escenas fueron escritas es inverso a como las leyeron. Sí, primero estuvo todo lo de Hally y Procyon, luego intercalé allí lo de Harry y Hermione, y al final me fui al principio a colar lo de Henry y Rose. No sé por qué me salió así, pero me alegra.

Para finalizar, en varios minutos más saldrá en mi blog la entrada para elegir al siguiente Arcano Mayor, El Sol, dado que no habrá actualización del fic hasta octubre, a menos de que me convenzan de lo contrario (y Bell a veces es tan fácil de convencer…). Cuídense mucho, no salgan sin paraguas (porque al menos en Aguascalientes, anda lloviendo, o con amenaza de lluvia casi todo el tiempo) y nos leemos pronto.