Ojos oscuros permanecían sobre su enorme mano que cubría casi completamente el vientre femenino. La vibrante energía que provenía de ese preciso lugar estimulaba sus sentidos y se entremezclaban con los femeninos, los cuales reflejaban su preocupación y angustia ante el posible rechazo de la inesperada situación. Quería tranquilizarla, pero lo tenían atrapado como en un trance, la solidez de las presencias llamándole a través de la Fuerza con su única melodía.

-¿No estás molesto? – preguntó ella un poco ansiosa, mordiéndose su labio inferior.

-Por supuesto que no. – la respuesta masculina estaba colmada de un gozo reposado y luego añadió con un fascinado sobrecogimiento, -Voy a ser padre.

Solo cuando ella escuchó su contestación se desvaneció su inquietud y temor ante la posibilidad de que Ben no sintiese el mismo entusiasmo. Ella sonrió ante el evidente deslumbramiento de su esposo. Podía entenderlo puesto que ella experimentó todas esas emociones al descubrir que estaba embarazada.

-Ven aquí. – le llamó ella con dulzura.

Él la miró algo alarmado, -No creo que deba acostarme sobre ti.

Rey no pudo evitar rodar sus ojos, -¿Olvidaste todo lo que hicimos hace un rato?

Eso solo alcanzó a que él se retirara más de ella, el rostro masculino manifestando su consternación atormentada al recordar todo lo que realizaron varios minutos atrás.

-¿Y si les hice daño? – y añadió en un susurro lleno de menosprecio hacia sí mismo, - Siempre termino lastimando lo más cercano a mí.

Ella reparó inconscientemente en algo peculiar en esa pregunta, pero no le prestó atención, absorta en intentar en aplacar las inquietudes masculinas. Consideraba que a pesar de toda la altanería y soberbia del oscuro Jedi, a veces su vulnerabilidad e inseguridad colisionaba contra ese aspecto de su personalidad, creando esa paradoja absurda. Se incorporó y se aproximó a él. Sujetó el rostro entre sus manos y posó sus ojos pardos en esa mirada oscura torturada.

-No le has causado ningún daño y estoy segura de que nunca podrás lastimarnos.

-¿No opinas que estas colocando demasiada fe en mí? – la voz masculina, que por lo regular era gruesa, había descendido, su resonancia obteniendo un timbre grave.

-No. Confío en ti.

Él miró esos ojos pardos, buscando algún rastro de duda, pero no la halló. Cerró sus ojos por breves segundos, turbado ante la definitiva certitud femenina. Añoraba aferrarse a sus palabras, creer en ellas. Todo su ser ansiaba esa estabilidad que solo ella podía proveerle. Asió las muñecas de las manos que sostenían su rostro y las oprimió suavemente, queriendo encontrar en ese minúsculo gesto la fortaleza y valor para afirmar en su interior las palabras que ella pronunció.

-Raelene... quiero creer en ti... no sabes cómo lo deseo, pero no puedo. No soy ciego ante lo que soy y lo que puedo hacer... Soy un monstruo, una abominación.

Las palabras masculinas fueron como una bofetada para ella al rememorar que había utilizado ese mismo calificativo para describirlo en la base Starkiller.

Pero ahora ella sabía o al menos podía entenderlo. La muerte de Han Solo a manos de él fue dolorosa y aun todavía la afligía. Hubiese querido llegar a conocerlo mejor, a afianzar su relación con el granuja pirata, pero de buen corazón.

Y si bien todo el acontecimiento desde cierta perspectiva fue innecesario, desde otro punto de vista ella apreciaba que era posible que fuese necesario. Ella percibía que el crimen horrendo no logro hundirlo más en la oscuridad, sino incrementar la batalla interna en él. Opinaba que mientras esa lucha existiese, significaba que no se había extraviado por siempre en las tinieblas y albergaba la esperanza de que pudiese ser redimido. Ella distinguió a través de su perenne oscuridad, esa diminuta luz acrecentándose.

-Ben, tampoco soy ciega. Sé quién eres: Kylo Ren, discípulo del Líder Supremo Snoke y cabeza de la Primera Orden. – y ella colocó una de las manos masculinas sobre su pecho al tiempo que dirigía todas sus emociones para fusionarlas con las del pelinegro, -¿Lo sientes?

El asintió, completamente cautivado ante los latidos del corazón femenino y como toda la esencia de su amor lo arropaba como una entidad viva y pulsante. Sentía que lo elevaba y se arrimó a ella, dentro de sí reconociendo que no la merecía y, aun así, no podía renunciar su entrega a tan sublime sentimiento. La mirada obsidiana adoptó el brillo peculiar de lágrimas no derramadas.

-Esto es lo que siento y no puedo luchar contra ello, tampoco contenerlo ni detenerlo. Mi corazón y mi vida son tuyos para siempre. Te amo, Ben Solo.

El pelinegro tomó la mano que aun permanecía en su rostro y la llevó hasta sus labios para besar su palma con ferviente ternura.

-Gracias. – musitó él con ardor.

La temblorosa voz masculina se cernía justo sobre el más bajo registro que sus sentidos hubiesen podido percibir antes. Y entonces, para el asombro femenino, vio como las lagrimas iniciaron una ruta descendiente por las mejillas masculinas. Por varios segundos, ella lo observó impresionada ante la gama de emociones que él exhibía a través del vínculo. Seguidamente hizo lo único que podía hacer en ese momento, lo atrajo hacia ella y se reclinó con él en sus brazos. Él a su vez, colocó su cabeza en el pecho femenino mientras abrazaba la delicada cintura.

En ese momento lo igualó a un niño vulnerable que necesitaba de su amor y apoyo mientras lo sentía temblar y lo abrazó, apretándolo a su cuerpo. Sintió el singular enlace que existía entre ambos palpitando, cubriéndolos y envolviéndolos como una manta protectora. Nada existía alrededor de ellos, solo estaba él, ella y el amor que compartían.

Ben jamás había experimentado lo que sentía en ese instante. Era gozo, reverencia, lo divino en su última manifestación... Era extraordinariamente increíble que fuese digno de ser amado por una criatura tan bella y perfecta como ella. Y sobre todo ello, que ella quisiese cargar el fruto del amor de ambos y que no lo considerara una aberración, un engendro malogrado de la naturaleza. Podía percibir su amor por lo que habían procreado. Y por primera vez en mucho tiempo comenzó a entender que el universo no estaba solamente lleno de oscuridad y que el dolor no era la sensación suprema. También existía la belleza eterna y sublime, descubriendo que él podía ser feliz. Que era realmente feliz.

Deseó poder detener el tiempo y permanecer así con ella por siempre.

-Yo también quisiera poder hacerlo.

Captó la sonrisa en esa aseveración y él no pudo reprimir la suya.

-Te amo, Raelene.

-Lo sé. – contestó ella con travesura.

Él se irguió para mirarla. ¿Cuántas veces en las últimas semanas soñó tenerla así en su cama, el bello cabello castaño desparramado sobre su almohada y su grácil cuerpo desnudo, a la merced de sus manos y boca? Podía sentirla dentro de él, cada latido, cada respiración. Embriagaba sus sentidos... era adictivo.

Él murmuró con voz ronca, -Hermosa.

Fue inesperado para ella, como un ataque sensual a sus sentidos y sus entrañas se tornaron en fuego líquido. Él era condenadamente apuesto y su pecho se hinchó. Sí, lo era. Además, era altivo, arrogante en su gallardía... toda su presencia exudaba un encanto seductor que ella no podía rechazar. Pero sobre todo ello, se destacaba la certidumbre de que él era suyo, completa y absolutamente suyo.

Ben se sorprendió cuando ella le empujó con cierta ferocidad. Algo asombrado, la vio sentarse sobre su cintura.

-Es mi turno, ahora.

Arqueó una ceja, no obstante, era innegable que le deleitó esa inesperada faceta de su esposa.

Menudas y delicadas manos acariciaron ese recio pecho, las yemas de sus dedos deslizándose sobre esa sólida piel, en ocasiones hallando leves cicatrices. Ella colocó su entreabierta boca en su hombro y la lengua femenina le rozó sutilmente. Le agradó escuchar su gruñido de aprobación. Luego su atención la dirigió a las areolas planas y las asedió con su lengua. El gimió y levantó sus manos, pero ella articuló una amenaza:

-Mantenlas lejos de mí. Dije claramente que era mi turno.

Dejo caer las manos a su lado.

-Mucho mejor. Sé un niño obediente y te premiaré.

-¿A quién llamas niño? – protestó él irritado.

No le respondió, ella simplemente se limitó a cruzarse de brazos y lanzarle una mirada de reproche.

-De acuerdo. – y entre dientes concedió, - seré un niño obediente.

-Muy bien.

Su cabeza bajó de nuevo y ella se desplazó hacia atrás para que la lengua resbalase por el centro del pecho hacia su ombligo. Lo escuchó hacer una violenta inspiración.

-Sabes que tarde o temprano me desquitaré de esto. – él intentó hablar de un modo casual, pero el estremecimiento en su voz no lo favoreció.

-Oh. ¿Cómo? – ella lo miró sin levantar su cabeza.

-Conozco un comerciante muy reconocido que vende cuerdas elaboradas de la seda más fina de Naboo.

Esta vez ella elevó su cabeza, realmente interesada, -¿Me atarías y me harías esto mismo?

Formuló la pregunta con cierto deleite, atraída por la idea.

-Lo estoy pensando seriamente. – respondió él con un medio gruñido, mitad gemido, afectado ante el genuino placer femenino.

-Bueno, cuando decidas hacerlo, me avisas.

Él volvió a gemir al ser embestido por una vívida imagen de sí mismo asaltándola sensualmente mientras la mantenía atada. Rey dejó escapar un ahogado grito al atisbar la fantasía masculina a través del enlace.

-Oh, sí. No puedo esperar a que te decidas.

Él apretó sus dientes, -Vas a ser mi muerte, Rae.

Ella lo pensó por varios segundos, luego dijo, -No. No creo.

Y volvió a resumir su tarea abandonada. Las manos bajaron por sus costados, fascinada ante la fortaleza masculina, embelesada en como sus músculos se tensaban bajo las yemas de sus dedos. Él era pura simetría, la perfección encarnada. Era indescriptible el deleite que surgía en su interior mientras proseguía acariciándolo, sus dedos siguiendo el contorno de su pecho, las líneas de ese rígido abdomen.

Que la Fuerza la ayudase, pero no podía detenerse en su recorrido mientras trazaba sus nervudos brazos hasta sus manos y luego volvía a subir, llegando a los formidables hombros.

-Rae... - protestó él con voz sofocada, -No puedo soportarlo más, tengo que...

-No. – ella cortó bruscamente su súplica.

Sintió la irritación masculina pero la ignoró descaradamente. Ella sabía que se saldría con las suyas. Él no le negaría nada, ella alcanzaba a reconocer que él deseaba acceder ante cada uno de sus solicitudes. El pelinegro estaba prácticamente de rodillas ante la magnitud de lo que ella llevaba en su interior: su descendencia. Lo tenía agarrado de su dedo meñique. Sin embargo, también sabía que a él no le fastidiaba, todo lo contrario, le agradaba, aunque lo estuviese torturando de ese modo.

Él la consideraba una hermosa tortura...

Hasta que una de sus menudas manos atrapó su endurecido miembro. Un bramido ahogado subió desde lo más profundo de su ser. Apenas cae de la cama, la parte inferior de su torso moviéndose convulsivamente. Elevó su cabeza para observarla. Grave error. La mirada parda observaba con desmedida atención su extremidad masculina. Verla así, sentada sobre sus piernas, labios entreabiertos y ojos nublados por la lujuria mientras las manos femeninas rozaban su más sensible parte. La visión eróticamente carnal casi lo empujaba a perder todo dominio sobre sí mismo.

Ella comenzó a bajar su cabeza.

-¡No! - él emitió con suficiente violencia, la voz cargada de angustia. No estaba seguro de poder tolerarlo.

Rey lo miró, perpleja, -Pero... yo quiero.

-¡Gran Fuerza! – exclamó él, atormentado por el dulce martirio. ¿Acaso ella no era consciente del doloroso pero exquisito suplicio que ella creaba con su ingenua inocencia?

-Raelene... - la llamó suplicante, su frente perlada por el sudor.

-Solo un poco... por favor.

Permitió que su cabeza cayese sobre la almohada, seguro de que ahora si hallaría su certera muerte luego del ruego femenino, la voz sofocada por la lujuria, avivando en su interior un crudo anhelo libidinoso.

Rey aceptó su silencio como consentimiento. Inclinó su cabeza, aproximando sus labios a esa punta que clamaba su atención y resbaló su lengua por ella suavemente. Lo escuchó hacer un sonido profundo incoherente y volvió una vez más, los labios rozando su longitud.

-Detente, - exigió él al tiempo que se incorporaba para asirla por los brazos. -Esto se acaba aquí.

Perdería la poca cordura que mantenía si permitía que ella continuase. Se sentó, y la alzó en sus brazos y luego tomó cada una de sus piernas, las colocó alrededor de la cintura masculina y con lánguida lentitud, deleitándose en cada segundo, la deslizó sobre su erección. Cautivado, miró el bello rostro transformado por el delirante placer que él despertaba en ella.

Rey continuó bajando y no estuvo por completo satisfecha hasta que lo sintió tocando lo más recóndito de su ser. Comenzaron a mecerse pausadamente. Él estaba al borde de un precipicio, a punto de abandonar su sano juicio, pero asumió total control de sus sentidos. Quería disfrutar adecuadamente su unión con ella, imitando todas esas fantasías y sueños que lo atormentaron durante esas semanas que ella le negó el acceso a su vínculo a través de la Fuerza.

Bajó su cabeza, los labios masculinos rozando sus parpados, esos ojos por los cuales había visto por primera vez el amor. Él apretó los labios contra el pulso en la sien, agradecido por la vida palpitante allí. Sus labios continuaron viajando por el rostro femenino y siguió la curva de su orgullosa y determinada barbilla para luego detenerse sobre los labios y murmuró sobre ellos, -Mi amada.

Luego se apoderó de ellos en un beso, tomando con fiereza, dando con ternura. Ella suspiró en su boca, abrumada por la emoción. Dudó que pudiese existir palabras tan hermosas como las que dijo él. Retiró sus labios para entonces bajar por la comisura de los labios femeninos, cubriendo su mentón de besos y seguidamente presionar besos hambrientos a lo largo de la columna de la garganta femenina.

-Mi... -respiró él, colocando sus labios sobre la piel del cuello, -... bella – emergiendo su lengua pues estaba fascinado con el sabor de su piel, -...y dulce- ella gimió, -Raelene. – y terminó depositando un tierno beso en la base de su cuello.

Ella tembló, definitivamente solo él era capaz de pronunciar esas palabras maravillosas.

-¡Ben! – ella jadeó.

Él sonrió y si era posible, Rey escasamente se deshacía ante ese gesto tierno. Ella jamás había presenciado una expresión semejante en el pelinegro. Todo parecía conspirar contra ella, el singular e inesperado talante amoroso, el peculiar comportamiento del Jedi oscuro... apenas podía pensar.

Ella imitó sus movimientos, el ardor aumentando en su interior. Se inclinó para besarla y sus labios se aferraron a los masculinos. Los brazos de Rey rodearon firmemente su cuello, y los oprimió más fuerte cuando la tensión inició el tan esperado ascenso. Y entonces el palpitante y frenético delirio, estallando sobre sus sentidos, el placer debilitante anulando todo a su alrededor excepto a él, que creaba esa magia, logrando que ella casi perdiera la razón. Le pareció escuchar muy lejos de sí a Ben emitir un sonido bajo, casi rayando en lo salvaje.

Ella abrió los ojos un momento más tarde para encontrar a Ben estudiando su rostro, su expresión algo preocupada. Los oscuros ojos reflejaban ternura.

-¿Estás bien?

Abrió su boca para refutarle que estar embarazada no significaba ser una invalida, pero rápidamente la cerró, concediendo que sería una batalla inútil intentar convencerlo de lo contrario.

-Sí, - y tratando contener un bostezo, añadió, -Perdóname, estoy un poco cansada.

La acostó a su lado con suma delicadeza. Se acomodó junto a ella y colocó su mano en el vientre femenino, todavía maravillado de que ambos serian padres.

-Será fuerte como su padre. – murmuró Rey mientras posaba su mano sobre la de él.

Una pequeña pausa.

-¿Por qué hablas de ellos como si fuesen una sola persona? – preguntó Ben realmente intrigado.

Otra breve pausa.

-¿A qué te refieres con... ellos?

Y nuevamente, una pausa más.

-Rae, son dos.

.

.

.

La observaba dormir sosegadamente. Acarició su mejilla, la paz femenina logrando que él también se calmase. Se sentía responsable. Gracias a él, ella estaba en esa posición delicada. Y ahora, todo lo que él quería era que descansara debidamente y que el sueño le brindara cierta quietud.

En el instante que anunció la existencia de las dos criaturas, ella palideció. Inicialmente no se percató de su cambio de aspecto, si bien pudo percibir cierta aprehensión en ella mientras le mostraba como distinguir las dos esencias. Siguió sus instrucciones y al primer instante que las sintió, preguntó con urgencia donde estaba baño. Apenas le muestra con la mano, que ella salió disparada de la cama en la dirección indicada.

Consternado, la siguió y la encontró vaciando todo lo que tenía en su estómago.

En silencio, el pelinegro la sostuvo con un brazo alrededor de la cintura, sujetando toda su cabellera con una mano. Mientras la veía realizar cada espasmo doloroso que la obligaba a expulsar lo poco que tenía en su interior, él reparó que ella estaba embargada por la ansiedad ante la indiscutible eventualidad de su maternidad.

Ben comprendió que no solo el albergaba dudas, también Rey tenia las suyas. Ambos temían no ser los padres adecuados para las criaturas por nacer.

Seguidamente, él la llevó hasta el lavabo y ella, agradecida de su gesto, se enjuagó la boca. El pelinegro, a su vez, humedeció sus manos para deslizarlas por la frente femenina. Ella cerró sus ojos, fue agradable la sensación, aminorando un poco la fuerte presión en su cabeza.

-Mantén los ojos cerrados. – le ordenó él suavemente.

Cumplió su pedido, no estaba en el estado emocional adecuado para discutir y mucho menos deseó hacerlo cuando sintió que la alzaba en sus brazos, para luego depositarla en la cama. Se sentó próximo a ella y le preguntó reposadamente, -¿Estás preocupada?

Ella asintió temiendo que su voz le fallara.

-¿Quieres hablar de ello?

Abrió sus ojos y fue recompensado con una luminosa mirada parda. Ella vaciló por varios segundos. Una mano femenina se situó sobre el vientre en un gesto protector para decir quedamente, -Los amo, no sabes cuanto los amo. Pero tengo miedo. Opino que no soy la persona más adecuada para ser madre.

-¿No es suficiente saber que los amas?

Ella lo negó con un movimiento brusco de su cabeza, - A veces no es suficiente. ¿Cómo saber si no cometeremos los mismos errores? – y ella dejó escapar una diminuta risa sardónica, - Míranos, somos un vivo ejemplo de las acciones desacertadas de nuestros padres.

-Aprenderemos de esos errores. – respondió el, si bien él tenía dudas de su propia capacidad como padre.

Ella gruñó por lo bajo, -Ni tú tan siquiera crees eso.

-¿Qué quieres que diga, entonces? – demandó él exasperado.

Rey se sentó, su rostro contiguo al masculino, narices apenas tocándose, -No quiero que me digas nada. Después de todo, tienes la tarea más fácil de toda la situación.

-¡Oh! ¿Sí?

Ella desatendió la inflexión sarcástica en la voz gruesa simplemente porque no le daba importancia.

-Sí. No tienes que cargarlos por nueves meses y encima, por lo que he escuchado anteriormente, traerlos al mundo no es una labor divertida.

Él percibió el temor femenino y nuevamente intentó aplacar su inquietud, -Puedo ayudarte en ese momento, hay métodos que puedo utilizar para aliviar los dolores...

Ella lo interrumpió, dureza evidente en su voz, fulminándolo con una mirada asesina, -No te atrevas a utilizar ninguna técnica Sith en mis bebés.

Cerró sus ojos y respiró pausadamente, ella estaba inadvertidamente colocando a prueba su sano juicio y su paz mental. Con un poco de dificultad, halló ese foco balanceado en su interior y tranquilizó su temperamento volátil.

-Por todas las estrellas sagradas, Raelene, no es ninguna técnica Sith. Es un tipo de trance meditativo que utilizaban los Jedi en la antigüedad.

-Oh. – musitó ella después de un breve intervalo de silencio y avergonzada, añadió, -Discúlpame.

Entonces, inadvertidamente, irrumpió en un suave llanto, -No entiendo que me pasa.

La atrajo hacia su cuerpo y la abrazó, -Rae, ¿has visitado a un médico?

-No. – y un poco azorada, preguntó, -¿Tengo que hacerlo?

Él asió la barbilla para retirarla un poco hacia atrás y la miró, -Rae, ¿qué conocimiento tienes sobre estar embarazada?

-Muy poco, solo dos o tres cosas básicas, como que mi regla atrasada significaba que me habías embarazado...

-¿Y Skywalker? ¿No se ha percatado?

-Creo que sí pero no me ha dicho nada.

-Típico. – murmuró él irritado.

-Para un padre debe ser difícil hablar de un tema como este. – ella no pudo evitar defenderlo.

-A tu padre no solo se le dificulta hablar sobre ese tema.

-¿Qué estás insinuando, Ben Solo?

Inmediatamente advirtió que estaba despertando su genio, lo que podía ser muy peligroso mientras ella experimentaba la desestabilización de sus hormonas.

-Discúlpame, no quise decir nada con ello. Seguramente no estamos hablando del mismo padre.

-No te atrevas a ser insolente conmigo. – ni por un segundo creyó que su disculpa fuese sincera.

-Raelene. – la llamó quedamente pero firme.

Ella se retiró de sus brazos y lo miró algo desdeñosa.

-Deberías descansar. Dormir un poco no te vendría nada mal.

La vio levantar la barbilla en un gesto retador. ¿Qué le sucedió a la criatura dulce de unos minutos atrás? Internamente, él se amonestó. Se lo merecía por no ser cuidadoso y embarazarla.

-Ahora no solo puedes pensar en ti. Necesitas cuidarte para que ellos estén bien.

Se ruborizó, a pesar de estar un poco irritada. Concedía que él tenía razón. Volvió a reclinarse, colocando su cabeza en la almohada. Aunque todavía estaba un poco malhumorada, el aroma masculino que desprendía toda la cama la relajó. Poco a poco los párpados comenzaron a pesarle hasta que sucumbió al sueño.

Y en ese estado la abandonó, decidido a cumplir una promesa. No le vendría nada mal la odisea de la excursión, quizás favorecería a que pudiese analizar toda la situación sosegadamente mientras se desplazaba lejos de allí.

.

.

.

Regresó con algo de dificultad a la realidad, renunciando al sueño que no quería liberarla. La somnolencia abrumante le indicaba que había dormido por muchas horas. Estiró sus extremidades en un intento fallido para alejar la modorra. Un delicioso olor llegó hasta su nariz y su estómago hizo un ruido muy familiar. ¡Claro que tendría hambre! Su apetito que habitualmente era muy voraz, últimamente sobrepasaba límites insospechados.

Procuró despabilarse, recordando los sucesos pasados antes de quedar dormida. La vergüenza encendió sus mejillas. Su comportamiento con su esposo daba mucho que desear. Se condujo como una arpía, brincando con ira ante cada palabra de apoyo que él le brindaba.

-Ben. – llamó ella en un murmullo suave.

Pero no le respondieron y por alguna extraña razón, se angustió. Palpó la superficie de la cama y se sorprendió al sentir que su mano tocaba un metal frío. Era su sable de luz, el que pensó había perdido durante su duelo con Ben. Lo había recuperado como se lo prometió.

-Ben. – volvió a pronunciar su nombre con urgencia.

Estoy aquí.

La respuesta masculina aquietó su ansiedad. Se giró para quedar sobre su estómago. Colocó su barbilla sobre los brazos cruzados que descansaban sobre la almohada. Toda la esencia de su marido la inundó y una ardiente sensación se desplazó por toda la parte baja de su vientre. Ella cerró sus ojos, rememorando fragmentos de lo que compartieron el día anterior. Esa mirada oscura fulgurando por el deseo, recibiendo sus embestidas sensuales, la boca masculina sobre su piel...

Raelene. Estoy meditando.

Una sonrisa maliciosa apareció en el bello rostro. Así que había estado proyectando a todo volumen sus recuerdos. Ella continuó con su trayectoria por la exquisita memoria, como él la levantaba contra la pared y rasgaba su vestido...

Rae - Lene.

Ella ignoró su amonestación descaradamente. Le envió un breve vistazo de lo que sintió, como casi desfallece ante la poderosa fuerza del beso, sus alientos fundiéndose en uno solo. Y ella, arqueando su cuerpo, moldeándose a cada forma del cuerpo masculino. Era increíble como uno formaba parte del otro, acoplándose perfectamente; pensamiento que no se dignó en esconder de la mente de su esposo.

Para su inesperada sorpresa, se halló a si misma desorientada. Las reglas de su juego se volvieron en contra suya. Hipnotizada, volvió a girar quedando sobre su espalda, al ser asaltada por una imagen que le envió Ben.

Él levantaba sus piernas, colocándolas alrededor de la cintura masculina y con destreza sutil, la penetró.

La imagen fue tan vívida que un grito de placer escapó de lo más profundo de Rey y sus manos se aferraron a las sábanas, estrujándolas con violencia. Cuando creyó que no podría haber nada más delicioso, volvieron a arremeter contra sus sentidos, mostrándole lo que él experimentaba.

Como amaba poder sentirla así, moviéndose dentro de ella, todo el calor femenino apretándolo. Él enredó una de sus manos en la cabellera castaña para tirar de ella con suavidad en lo que agachaba su rostro y con gran deleite, los labios masculinos tomaban posesión de unos de sus rosados pezones. Continuó su movimiento dentro de ella y ella se acopló a su ritmo. Ambos disfrutando la fruición de sus cuerpos.

Rey se irguió en la cama, sus manos aún aferradas a las sábanas, todo su cuerpo convulsionando por la fuerza del inesperado orgasmo. Tan pronto como su respiración tomó un ritmo más acompasado, pudo percibir la sonrisa satisfecha de su esposo.

Y por eso no se debe molestar a tu marido en sus meditaciones.

Ella no reprimió la suave risa. Si él pensaba que ella no volvería a molestarlo en alguna futura ocasión, luego de esa demostración, estaba muy equivocado. Luego de unos breves minutos, se sacudió de su placentero letargo y decidió levantarse. Tomando una de las sábanas, la colocó alrededor de su cuerpo pero la detuvieron.

Hay vestidos para ti en el ropero.

La mirada parda hurgó el lugar hasta detenerla en un mueble enorme que supuso debía ser el que le indicó. Una exclamación de deleite abandono su garganta al divisar todo tipo de vestidos formales y casuales cuando abrió sus puertas, su mano deslizándose sobre el material exquisito de cada uno de ellos. Jamás había sido dueña de tantas prendas. Dedujo que los había elegido para ella al advertir que cada uno era de su medida.

Se decidió por uno de pantalones que llegaba a sus rodillas, con una blusa que dejaba sus brazos al descubierto y se dirigió al baño.

Ya refrescada y más compuesta, salió del baño buscando el lugar de donde provenía el olor. Lo encontró en una mesa justo en un balcón contiguo a la habitación. Igualmente, divisó a su esposo de pie frente a la balaustrada, sus dos piernas separadas con las manos a sus espaldas. Estaba meditando, descalzo y vestía sólo unos pantalones para ejercitarse. Ella le lanzó una mirada apreciativa a ese fuerte y bello cuerpo. Sintió la caricia íntima que le envió por medio de la Fuerza. Ella cerró sus ojos para deleitarse en ese pequeño gesto. No queriendo importunarlo más de lo que hizo esa mañana, se encaminó a la mesa para servirse un plato del variado menú.

Cuando hubo terminado su meditación, se giró para hallar a Rey sentada comiendo con gusto. Se veía realmente encantadora, con todo su cabello cayendo sobre sus hombros, vistiendo uno de los atuendos sencillos que consiguió para ella. Reprimió el deseo de tomarla allí mismo y hacerle el amor lentamente.

Ella le sonrió, guiñándole el ojo, -Más tarde. Ahora tengo hambre.

Él no pudo evitar reírse. No le desconcertaba lo bien que ella podía leer sus pensamientos.

-Buenos días, amor. – y se agachó para besarla en una mejilla.

-Bueno días. – y con una sonrisa deslumbrante, añadió, - Me agrada escucharte reír.

-Y a mí me agrada hacerlo en tu compañía. – se sentó junto a ella y observándola comer le preguntó, - ¿Hambre o cocinan bien?

-Ambas cosas, esposo. – replicó ella antes de tomar otro bocado.

No pudiendo contener el deseo de tenerla cerca, la tomó por los brazos y la sentó sobre sus piernas. Ella dejó escapar una dulce risa.

-Amo que me llames así. – murmuró con voz ronca cerca del oído femenino.

Ella sonrió complacida, -¿No comerás?

-Lo hice antes de meditar.

-¿Probaste esto? – preguntó ella con la boca llena de lo que masticaba.

-No. Son huevos de mynock. – le informó mientras la miraba detenidamente comerlo.

-Está delicioso... - e hizo un sonido extasiado.

-¿No sufres de malestares matutinos?

-No. A veces los tengo en la tarde.

-Como ayer.

Ella asintió, esta vez tomando una fruta de color vino profundo. La mordió y volvió a producir otro sonido de placer. Ben agradecía que apenas terminaba su meditación, pues gracias a ello podía reprimir sus impulsos cada vez que ella emitía los deliciosos ruidos. Ella no era consciente como lo atraía su inocente candor.

-Mañana, cuando salgamos en destino al Finalizer, te llevaré a ver un médico...

-¡Oh, no! – interrumpió ella, -Detente en este instante. ¿Cuándo dije que vendría contigo al Finalizer?

Él la miró aturdido, -Pensé que vendrías conmigo.

-Llegué hasta aquí buscándote para darte la noticia de mi condición. En ningún momento he mencionado algo sobre ir contigo a tu destructor imperial.

-¿Y piensas volver a la Resistencia? – su sarcasmo debió alertar esa pequeña alarma en la parte trasera de su cabeza.

-Es lo que haré.

La actitud de su marido tomó un giro escalofriante.

-Por supuesto que no harás tal cosa. Te lo prohíbo.

-¿Discúlpame? – la voz helada de Rey transformó el aire alrededor de ambos en uno gélido, -Tú no eres mi jefe, mucho menos mi dueño.

Las barreras mentales de Rey se alzaron violentamente. El pelinegro fue sacudido, la pérdida de su contacto con ella trastocando su inestable temperamento, siendo el pánico lo que se apoderó de sus sentidos. No ansiaba volver a repetir el mismo suplicio.

-Rae, por favor. No hagas esto otra vez.

La angustia en esa súplica la obligó a detenerse y percatarse lo que apenas nuevamente realizaba. Los ojos pardos miraron fijamente esa tempestuosa mirada obsidiana. Ella eliminó las barreras que erigió y lo vio respirar, su semblante recuperando el color.

-Lo siento.

La realidad era toda una intrusa. Fuerza, cómo ella la odiaba, emergiendo después de todo lo que ella compartió con él. Deseaba que, por una vez en su vida, permaneciese lejos por siempre. Sabía en que se adentraba, conociendo quien era Ben y cuál era su afiliación. Mas no daría marcha atrás. Ella lo amaba demasiado y aceptaría todo lo que le ofrecía. Nunca lamentaría cada momento que pudiese compartir con él, siempre con el temor de que tal vez ese sería el último.

-Admito que tampoco me comuniqué del modo adecuado. – él respondió a su disculpa con un leve dejo de arrogancia, demostrando que se le dificultaba aceptar que estaba equivocado, -Fui autoritario cuando en realidad quería manifestarte mi preocupación por ti y nuestros hijos por nacer.

Sí, ella lo amaba tanto que sentía su corazón partirse en dos. Ella no podría ser sensible con lo que a él respectaba. No era ciega ni imbécil, reconociendo todo lo que era. Jedi oscuro, arrogante, en ocasiones egoísta pero de igual modo atento y cariñoso con ella.

Donde el corazón ordenaba no había nada que ella pudiese hacer. ¡Cómo le gustaría alejarse de todo con él! El rostro masculino se iluminó, indicándole que percibió ese pensamiento.

-Sí. – dijo él con vehemente fervor. -Vámonos, Rae.

-No creo que debamos...

-No le debemos nada a nadie.

Por primera vez en mucho tiempo, Ben sentía que tenía un nuevo propósito, menospreciando todo lo que lo había guiado en esos últimos quince años de su vida. Ahora su objetivo primordial se había transformado, tomando la forma de Raelene y sus hijos por nacer.

Los únicos tres seres a los que le debía su amor, protección y su vida.