Una pequeña actualización con Thorin en la fragua...


Una popularidad inesperada

Aquel era el primer día libre de Thorin en la Montaña desde que las obras comenzaron, y tenía pensado a la perfección como quería pasarlo.

Desde que forjó la pieza de la trenza para Bilbo, el primer día que llegaron a la montaña en cuanto las fraguas estuvieron en condiciones, sus manos habían estado sintiéndose extrañas, como si picaran, ansiando volver a posarse sobre el virgen material hasta darle forma. Reprimir el deseo de forjar había sido difícil, pues por primera vez en mucho tiempo, tenía otras responsabilidades que requerían su atención, la mayoría tediosas y diplomáticas. Tiempo atrás, cuando pasaba más tiempo en las forjas de los hombres, dando forma a espadas, hachas y piezas de joyería por encargo para mantener a su familia, no necesitaba una excusa para practicar las habilidades que el Hacedor le había otorgado. Simplemente iba con su petate de herramientas, calentaba el fuego, y templaba el acero hasta que estaba maleable y candente. entonces lo golpeaba, una y otra vez, con la destreza y precisión de un relojero y la fuerza de un wargo furioso cargando contra un árbol. Así, bajo sus manos, el metal cambiaba y pasaba de ser algo amorfo a ser algo hermoso y letal.

Ahora no tenía esa suerte. Por irónico que pudiera parecer, ser rey le quitaba más libertadas de la que le daba.

Hacía tres días que le había entregado la cuenta a Bilbo, tres días en los que el hobbit parecía mejorar. Balin, que le había hecho compañía en varias ocasiones —pues pasaba mucho tiempo en la vieja biblioteca y Bilbo parecía conforme con pasearse hasta allí y ayudar a Ori a recatalogar los tomos y manuscritos que se salvaron del fuego del dragón—, le había comunicado el buen estado del mediano y su favorable avance. Su viejo primo parecía complacido por el desarrollo de los acontecimientos, y el positivo paso al frente que suponía que Thorin hubiera forjado la primera cuenta de Bilbo, que le convertía oficialmente en amigo de los enanos y en ciudadano de Erebor. El equivalente a una cuenta de adopción, solo que no por ello Thorin se convertía en el padre de Bilbo.

Thorin encendió los fuegos de la fragua y se desprendió de la capa y la segunda camisa, dejándose en camisola y pantalones. Se hizo una apurada trenza con la que recogerse el cabello, y procedió a acercarse al muro del que colgaban las herramientas de sus ancestros.

Las familias enanas tendían a guardar las herramientas viejas, pues un utensilio con una vida larga y próspera, si seguía sirviendo para su fin, no merecía ser despreciado. De modo que allí, en perfecto estado de conservación, había hasta cinco generaciones de útiles de trabajo, desde martillos hasta picos y cinceles de diferentes puntas y gruesos para los acabados de la piedra al ser tallada. Thorin tomó uno de ellos, el más fino, pues el trabajo de gravado que tenía pensado para ese día iba a requerir de una fina punta y un pulso firme.

Se sentó en el banco frente a la mesa de trabajo, y tomó su martillo. Con las pinzas tomó la candente lámina de metal que ardía al fuego, y la depositó, aún templada, sobre la mesa de piedra. Allí seccionó uno de los pedazos, y procedió a golpearlo con el martillo. La lámina era mithril, una de los pocos restos que quedaban en la sala del tesoro en bruto, sin tratar. Tenía pensado empezar con los obsequio de cortejo, pues quería que cada uno fuera personal y espléndido, aún si ignoraba si iba a poder llevar a cabo el acto de proposición.

Una de las escasas partes positivas que había tenido el mal del dragón, era que sabía perfectamente donde se encontraba cada ópalo, cada diamante, zafiro, rubí, cristal de cuarzo, esmeralda, ónice o piedra preciosa o semipreciosa que alguna vez hubiera ocupado las arcas. Y ya había seleccionado unas cuantas aguamarinas, topacios, un pequeño zafiro de betas prácticamente plateadas, y una piedra de luna. Sabía que quería hacer un gravado especial para esa cuenta, pues sería la que le entregara cuando diera por comenzado el cortejo, y ya tenía pruebas de aquella que marcaría a Bilbo como su consorte. Tal vez se estaba apresurando demasiado, construyendo castillos en el aire, pero no podía dejar de hacerlo, por mucho que su cabeza le dijera que debía tomarlo todo con más calma o podría hacerse daño.

Dís le había hablado alguna vez de la sensación de encontrar al Único. La repentina certidumbre de que, hagas lo que hagas, ya no estarás solo. El conocimiento absoluto de que hay alguien más en el mundo para ti. Que Mahal ha pensado en ti en algún momento, lo suficiente y con el amor necesario como para crear a otro ser que se complementa a la perfección contigo.

Tal vez Mahal no fuera responsable del nacimiento o la creación de Bilbo, pero sin duda algo había tenido que ver.

Así que, una vez la lámina estuvo plana y lisa, Thorin procedió a darle forma y fundir los extremos hasta crear otra cuenta. Una vez terminó, la colocó en un soporte de rotación, y comenzó a tallarla, colocando un viejo cristal de aumento frente a sus ojos para facilitarle la vista de los pequeños detalles.

Estaba en mitad de la talla cuando llegó Balin, con paso alegre. Acababa de despedir a unos comerciantes de Valle que les habían traído los suministros acordados, y ya había efectuado los pagos. Después de eso, y de asegurarse que las obras del viejo mercado estarían terminadas para finales de semana, decidió buscar al rey para hablar con él, pues sabía que algo le rondaba la cabeza, y que a no ser que Dwalin o él mismo se lo sonsacaran, iba a estar dandole vueltas hasta el fin de los días.

— Buenas, Thorin. ¿Puedo interrumpir?

— Balin —saludó con aire distraído el rey, atento a las muescas milimétricas que estaba haciendo el el mithril. Tenía que preparar con sumo cuidado los encastres donde la esmeralda iría fija, o esta podría soltarse y perderse. Y las joyas de los enanos no se rompían.

El canoso recién llegado se inclinó para ver en qué trabajaba su rey. Al observar la pequeña pieza verde entre las pinzas, preparada para ser incrustada en el metal, sonrió.

— Hermoso trabajo.

— Gracias.

— Aunque las esmeraldas son algo exagerado, si me permites la opinión. Tal vez el jade se ajuste más a los gustos del Señor Bolsón.

Thorin asintió levemente con la cabeza, temiendo moverse demasiado y desbaratar la compleja operación.

— Tengo algo distinto pensado para el jade. Pero agradezco la observación, Balin —replicó, fijando la piedra brillante en su lugar. Sopló sobre la pieza para eliminar los residuos de polvillo, y luego frotó con los dedos, haciendo presión apara acabar de fijarla. Con una lija del tamaño del diámetro de una uña, procedió a pulir los bordes del bajo relieve de la pieza, redondeándolos —. Algo te turba. Cuéntame.

Balin tomó asiento frente a él en el taller, y tomó la piedra de luna entre sus manos, observando como la luz del fuego de la fragua entraba. Cuando Thorin terminó de limar los cantos sobresalientes, tomó una de las finas cuchillas de diamante, y empezó a rotarla para tallar un ojo de tigre. El grabado de la pieza era exquisito. Cualquiera diría que había llevado días tallarlo.

— No es tanto como turbarme, Thorin. Pero he estado observando a Bilbo últimamente. Desconoce nuestras costumbres, y tu pasas mucho tiempo ocupándote de asuntos oficiales como para poder introducirle en la cultura enana. Si deseas empezar un cortejo con él, debería antes conocer nuestro hacer.

Thorin se detuvo un momento, sin apartar la mirada de su trabajo, y luego prosiguió.

— ¿Puedo confiarte esa tarea? La sutileza siempre ha sido tu fuerte.

Balin sonrió bajo la espesa barba blanca.

— Por supuesto. Será un honor —aseguró, pues ya tenía un plan en su cabeza para que el mediano empezara a conocer algunas de las más importantes costumbres del pueblo de Durin —. Otro tema que deseaba comentar contigo es también respecto a nuestro saqueador. Él no tiene nociones de joyería o herrería. Dudo siquiera que tenga más habilidad que la cocina o los cultivos, y no le culpo. Pero, Thorin. ¿Cómo se sentirá cuando empieces con tus ofrendas de cortejo, pero no pueda corresponderlas? Ya sabes lo importantes que son las trenzas en estas cosas...

... y los hobbits no saben forjar cuentas.

El aludido se detuvo en su trabajo. Por supuesto que, en su obsesión por los regalos de cortejo, había olvidado por completo que Bilbo no era uno de ellos. Por ende, su cortejo hacía él (si este llegaba a producirse con éxito), podía llegar a ser incómodo. Thorin ignoraba las costumbres románticas de los hobbits, y si preguntaba directamente a cerca de ellas a Bilbo, sus intenciones serían demasiado evidentes. Tal vez Balin pudiera introducirle con cuidado en sus costumbres... Además, no todos sus regalos podían ser enanos si a quien iba a cortejar no era tal. Era ilógico. Completamente absurdo.

Miró de nuevo la pieza casi terminada y parpadeó, sin saber qué hacer. Iba a terminar la cuenta porque la necesitaba como muestra del inicio del cortejo. Pero su siguiente regalo tendría que adaptarse a ellas. Tenía algo pensado, pero no sabía si podía valer. Preguntaría, antes de empezar. Además, necesitaba unos materiales muy concretos que, desgraciadamente, no se encontraban en ese momento en la Montaña.

Al final Balin iba a ser más que necesario.


El aire en la biblioteca estaba viciado y olía a polvo y papel viejo. Ori, contento de verle de nuevo en pie, pero sabedor de que no debía cansar a Bilbo porque sus costillas aún no estaban del todo bien, se había limitado a asignarle al hobbit la tarea de comprobar que los libros que iba sacando estuvieran en buen estado antes de volver a guardarlos, o si había que guardarlos para restaurar lo que se pudiera. Lamentablemente, dos antiguos tomos en Khûzdul habían sido severamente dañados, y habían tenido que ser considerados irrecuperables.

A lo largo del día, varios enanos habían pasado por la biblioteca. A Bilbo le pareció muy normal, pues era lógico que quisieran pasar a por material de lectura y, si estaban haciendo reformas, era lógico que pasaran por allí. Ori, por otro lado, no hacía más que sentirse incómodo cada vez que un nuevo enano entraba en la sala y se dirigía al puesto de Bilbo. Algunos eran jóvenes, frescos, lozanos y sin mucha barba. Le recordaban a Fili y a Kili. Se limitaban a mirarle fijamente, a preguntarle si era Bilbo Bolsón, y luego a salir corriendo, como si hubieran visto una rareza de la naturaleza y necesitaran comentar su aparición con alguien antes de olvidar cómo era.

Luego estaban los que eran algo más mayores, y cuyo aspecto parecía concordar en gran medida con el de los demás enanos de la Compañía: largas barbas ornamentadas, cuerpos anchos y bajos, grandes brazos y montones de cuentas... lo que no debería resultarle una novedad, de todas formas. Todos ellos se habían detenido a hablarle, y Bilbo había mantenido una educada conversación. Muchos no sabían lo que era un hobbit o nunca habían visto uno, así que él tomó sus preguntas como mera curiosidad.

Al final del día, cuando el último enano se hubo detenido a hablar con él y preguntarle sobre la Comarca, éste le invitó a cenar a su taberna (recién abierta en la zona ya restaurada del viejo mercado de la Montaña), invitación que Bilbo rechazó para esa noche (para alivio de Ori), pero que aceptó con educación. Una vez se quedaron solos, Bilbo suspiró. Ese día había sido intenso y agotador, más por las constantes visitas que por un ejercicio real.

— Menudo día —murmuró, masajeándose la mano derecha. Últimamente los dedos vendados se le hinchaban mucho.

Ori, que estaba recogiendo los manuscritos pendientes de transcribir y restaurar, lo miró con cara de culpabilidad.

— ¿Te has cansado? Se suponía que tenías que estar relajado.

Bilbo maldijo.

– No, Ori. Estoy bien. Es solo que ha venido mucha gente hoy. No entiendo qué les pasa conmigo.

El joven enano se sonrojó, ocultando su cara tras los voluminosos tomos y caminando a paso ágil por delante del hobbit, que frunció el ceño, con las manos en las caderas. Si no había aprendido a conocer a sus enanos durante el viaje, era que Bilbo Bolsón no era un observador nato. Y eso se le daba de maravilla, de modo que saber cuando el joven escriba le ocultaba algo se había hecho realmente fácil. Ahora, por ejemplo.

— Tú sabes algo —dijo, y Ori aceleró al paso. Bilbo maldijo y le siguió, deteniéndose delante de él para evitar que avanzara, extendiendo los brazos.

El aludido no respondió, sino que se quedó quieto, aún ocultando el rostro tras los pesados libros.

Bilbo puso un pie en el suelo y empezó a golpetear con él, impaciente, cruzándose de brazos. Carraspeó, alzando una ceja. No pensaba moverse del sitio hasta obtener una respuesta.

Lo malo de ser el único hobbit en una montaña rebosante de enanos, era que todos parecían saber qué pasaba en todo momento, menos él. Y eso no le gustaba. Le daba la sensación de que iba a meter la pata en algo importante, o que las cosas se le escapaban cuando tendrían que resultarle de lo más obvias. ¡Podía hacer algo inapropiado sin darse cuenta, por Eru!

Ori estuvo a punto de contestar, cuando vio a Balin acercarse a ellos, con las manos colgando del cinturón. Suspiró, aliviado, con la cara roja como una grana.

— ¡Lo siento, Bilbo! ¡Tengo que irme!

Bilbo vio al enano marcharse a toda velocidad (lo cual fue sorprendente, teniendo en cuenta todo el peso extra que cargaba con él) y gruñó.

— Malditos enanos cabezotas...

— ¡Señor Bolsón!—Cuando se giró, encontró a Balin caminando hacia él, con una sonrisa bajo los blancos bigotes de su barba — ¿Me acompaña a comer algo? Creo que Ori no le ha dejado descansar ni un minuto.

La educación y el hambre de Bilbo le hicieron decir que sí, y en menos de lo que canta un gallo, estaba en el mesón de Bombur, con un plato de estofado de ternera delante. Estaban solos en la mesa, en una esquina, charlando tranquilamente. Bilbo aún estaba aprendiendo a comer con la mano izquierda, lo que dificultaba y ralentizaba su ingesta, pero no la hacía imposible. Balin le había dado algún que otro consejo bastante útil. Al parecer, cuando trabajas forjando armas, y con herramientas pesadas, lo difícil es lo tener ese tipo de lesiones.

A pesar de su discreción, el hobbit podía sentir las miradas de todos los enanos del local sobre él y, por algún motivo, eso le hacía sentirse incómodo. De vez en cuando tocaba la cuenta que Thorin había forjado para él, que extrañamente siempre estaba caliente. Tal vez por el contacto reiterado con su mejilla.

— Señor Bolsón.

Bilbo, que había estado perdido en sus pensamientos mientras removía el estofado, se giró para mirar a Balin, alzando la cabeza con un resorte.

— ¿Sí?

Balin puso las manos sobre la mesa, poniendo su plato a un lado. Uno de los camareros de Bombur lo recogió con gran agilidad, haciendo equilibrios con la gran bandeja rebosante que sostenía, y dejó una pinta de cerveza en su lugar, con la blanca espuma rezumando y deslizándose por el metal abajo, humedeciendo la madera de la mesa alrededor.

— Si no es muy osado preguntar, me gustaría saber más sobre las costumbres hobbit. Me he dado cuenta que, durante este año, hemos sabido muy poco de ti.

Bilbo respiró, aliviado. Cada vez que empezaban con eso de la osadía y las preguntas indiscretas, se preguntaba si alguna vez le preguntarían algo que realmente no quisiera o no supiera responder.

— No es osado, Balin. Pregunta lo que desees.

El enano pareció satisfecho, así que empezó con una berrborrea inacabable en la que le contó cómo eran sus fiestas, qué tipo de protocolo seguían a la hora de invitar a alguien a una celebración o al propio agujero, o cómo debía uno vestirse para la celebración de la cosecha. Balin era un gran oyente, escuchando todos los datos con gran interés, y aportando elementos nuevos sobre su propia cultura, en comparación. Cuando explicó que los cumpleaños hobbits, eran los otros quienes recibían regalos también, el enano pareció sobresaltado, curioso incluso, pero Bilbo lo aclaró diciendo que en Hobbiton eran una comunidad pequeña y que se lo podían permitir. Duda profundamente que en una ciudad tan grande como Erebor, con tantos habitantes, eso fuera posible.

— ¿Y qué hay de las parejas? ¿Hay alguien esperándole de regreso, Señor Bolsón? ¿Alguna hobbit?

Bilbo se sonrojó, pero se rió para quitar hielo al asunto.

— Oh, no. De veras que nadie me espera de vuelta, Balin. Tal vez Hamfast, pero aún así...

— Enhorabuena, entonces.

Bilbo frunció el ceño, confuso por el gesto de Balin, hasta que entendió. No pudo evitar reírse.

— ¡Oh, no! Menudo malentendido. Hamfast es mi jardinero, vecino y un buen amigo, pero nada más. Nunca llegamos a... No. Es un buen amigo.

— ¿Es que en la comarca no están permitidas las... relaciones amorosas entre el mismo género?

Balin observó como el hobbit se rascaba la cabeza, con sus mejillas teñidas por un ligero tinte rosado.

— Hace solo un par de generaciones que se ven como algo normal, por lo que tengo entendido. En la Comarca la población de hobbits femeninos y masculinos es bastante equitativa... y lo más normal es encontrar la pareja clásica, con un montón de criaturas correteando por ahí, pero no discriminamos por eso como lo hace la Gente Grande. Nos gusta pensar en nosotros mismos como una raza tolerante y bastante libre respecto a eso. El amor debería ser libre ¿Es entre los... entre los enanos algo... común?

Balin no pudo evitar reírse a carcajadas, con las manos sobre la abundante barriga.

— Bastante. Nuestras mujeres siempre han sido escasas en número, desde el principio de los tiempos, en los que el Hacedor nos puso sobre Arda. No hay constancia histórica de nuestro pueblo donde no haya existido o sido permitida ese tipo de unión. Al fin y al cabo, nadie osaría separar a un enano de su Único. Eso sería una grave falta. Es por eso que surgieron los extraños rumores entre elfos y hombres de que no existían mujeres enanas, pues tienen barba como nosotros. Se confunden con facilidad, y son pocas.

— Oh. Eso tiene bastante sentido —dijo Bilbo, ligeramente asombrado por el conocimiento. Hasta el momento creía que los únicos seres de la Tierra Media con libertad en ese sentido eran los hobbits —. Nosotros no tenemos un Uno como vosotros.

— Ya. Criaturas afortunadas, vosotros. Aunque no sé si eso es cierto al cien por cien. Cuando encuentras a tu Uno, ya no necesitas nada más. No hay piedra preciosa más importante. Nada más hermoso.

Se giró para mirar al enano y se acomodó, sintiendo su corazón acelerarse, como siempre que escuchaba contar historias de amor. Siempre le habían gustado, llenando su estómago de mariposas. Podía ver como los ojos de Balin brillaban.

— Hablas como si lo hubieras experimentado en carne propia.

El aludido sonrió con tristeza.

— Lo hice. Lo hago. Aún después de la muerte, seguimos amando.

A Bilbo le pareció algo precioso, aunque triste. No poder volver a encontrar el amor después de la partida de un ser querido tenía que ser desolador. Sentirte tan solo. No quería ni imaginar cómo debía ser.

— Lo lamento, Balin.

— Oh, no lo hagas. Sé que me está esperando en los Salones de Mahal. Algún día volveremos a vernos, no me cabe duda. Puedo espera —dijo, tocando la cuenta que adornaba su pelo. Era ocre, con runas talladas. Bilbo sonrió —. Y si no tenéis un Uno, ¿cómo sabéis cuando es el indicado? Debe de ser todo un acto de fe.

Bilbo se acomodó en su asiento, viendo cómo Balin daba un trago a su cerveza. El local olía a comida, y aunque no se parecía en nada al aroma delicioso que salía de las cocinas hobbit, hacía que su nariz se abriera a la fragancia de la carne cocinada, del aceite y del pescado frito. Le recordaba un poco al hogar. Desde que empezara la conversación, se había relajad un poco más. Si era por tener el estómago lleno, o por haber empezado a ignorar las miradas fijas, curiosas e inquietantes de los demás enanos sobre él, eso no lo sabía.

— Bueno, al principio quedamos para dar largos paseos. A veces incluso salimos de excursión. Y hablamos mucho, también. Supongo que para conocernos un poco. Preparamos comidas. A veces incluso, si hay mucha confianza, compartimos agujero durante un tiempo. En algunas ocasiones escasas, incluso cama, aunque eso no es muy habitual. La mayoría de parejas prefieren esperar un poco más para dar ese paso. Normalmente hasta que se formaliza la unión.

Balin alzó las cejas y Bilbo suspiró.

— Es más por una cuestión de comodidad. Somos pocos en comunidades pequeñas. ¡Imagina lo incómodo que seria pasear un día, y darte cuenta de que has yacido en el lecho de la mitad de tus vecinos! No sería algo cómodo saber que muchos de los hobbits que comparten campos y charlas contigo conocen esa parte de ti. Esa parte suele compensarse con objetos personales, o regalos íntimos, como un portaretratos, camafeos o guardapelos. También nos cocinamos entre nosotros. Nos regalamos cosas como pipas, libros o flores. A veces hasta plumas o herramientas de jardinería. Y cuando nos unimos, intercambiamos anillos.

— En ese sentido nos parecemos. Tras la trenza de inicio del cortejo, solemos entregar obsequios. La mayoría son joyería o herramientas. En escasas ocasiones es ropa, a menos que esté hecha de algún metal o lleve piedras preciosas. Y tienen que estar hechos por el enano. No pueden ser comprados. No tendrían el mismo valor, aunque hay excepciones. Colaboraciones entre hermanos o amigos muy cercanos a la hora de fabricar una pieza extremadamente complicada o para la que no se posee una habilidad total.

Bilbo asintió, terminando la última cucharada de estofado, sintiéndose lleno y satisfecho, con ganas de irse a la cama y dormir. Podía prácticamente ver los nombres de todos los tomos que Ori y él habían estado clasificando durante el día.

Balin acompañó a Bilbo hasta los aposentos, a pesar de la insistencia del hobbit de que podía llegar solo. A mitad del camino, se dio cuenta de que no habría sido capaz de llegar por sí mismo desde el mesón, pues todos los pasillos le parecían idénticos bajo la luz de las antorchas. Cuando estaban a punto de entrar en el ala real, Bilbo bostezó.

— ¿Tú sabes por qué todos me miraban hoy?

Balin alzó las cejas.

— ¿Te miraban? ¿Quién?

— No sé. Los enanos. Venían a la biblioteca sin parar y hablaban conmigo. Me traían un montón de cosas que no me atreví a aceptar. Sé que la historia de Fili y Kili es una gran historia para vosotros, pero esto tiene que parar. Empecé a pensar que era por las obras, pero después de la tercera escalera larga empecé a sospechar. Además, Ori parecía bastante cohibido. Y, la verdad, le entiendo. Era abrumador.

Balin, que había estado al tanto de la observación de los demás enanos a Bilbo, frunció el ceño para sí. Cuando Bilbo se giró en la puerta de su habitación para desearle buenas noches, y darle las gracias por la velada, sonrió y se despidió con su mejor cara. No obstante, una vez se aseguró de que el guardia de Bilbo estaba junto a la puerta, se apresuró a bajar a la fragua, en busca de su rey.

El plan iba bien, pero había un pequeño inconveniente:

Bilbo tenía una popularidad inesperada.


Os doy un corto capítulo para no dejaros sin durante esta semana, que lo voy a tener un poco chungo para actualizar. Espero que el cortejo pueda empezar en el siguiente, porque Thorin va a tener que darse prisa si no quiere que alguien más empieza un cortejo con su hobbit por él...

Jejeje. Soy mala ;)

Nos vemos pronto!