La Mina de las Oportunidades

Capitulo 4


No recuerdo nada más. Cuando la ángel me dijo que él hubiese ido al cielo, me arrepentí. Pero ya no recuerdo nada más. Debí desmallarme, supongo, porque lo recuerdo borroso.

Umm, había olvidado lo cómodas que son las camas. Blanditas, amoldándose a tu cuerpo y dándote estabilidad y confort. Ofreciéndote calor y cobijo en las frías noches de invierno, o durante tormentas eléctricas.

-¿Cama? -abrí los ojos dándome cuenta de lo que acababa de pensar.

Estaba en mi habitación. No me lo podía creer. Todo seguía igual, las cortinas descorridas, dejando verse el cielo. Eran exactamente las mismas que vi aquella mañana cuando desperté. Y cómo supuse, Toby entró por la puerta gritando muy emocionado.

-¡Sra. Lovett! ¡Sra. Lovett! ¡Hoy es el día! ¡Hoy es mi cumpleaños! –entró de sopetón y se subió a mi cama.

-¡Felicidades, Toby! –le dije. Todo era igual salvo por dos cosas. Lo había dicho con ganas, y mi humor era mejor que el que tenía ese día.

-¡Gracias! ¡Voy a decírselo al Sr. Todd! -saltó fuera de la cama y salió a todo correr.

-¡No! –me levanté y lo paré en la cocina. Había recordado lo que pasó después de que se lo dijera. Bajó llorando todo desilusionado y no tuvo ganas de celebrar nada. Y ahora menos, sabiendo lo que era… en lo que lo habían transformado –suponiendo que fuese verdad-.

-¿Qué pasa?

-No subas, hijo. El Sr. Todd estará durmiendo y es mejor no despertarle.

-Tiene razón –me sonrió-. Por cierto, está usted radiante esta mañana.

-Gracias –le guiñé un ojo y me fui a vestir.

Me encontraba de tal humor, que me puse un vestido amarillo. Sí, al final y después de todo pasé de mis habituales negros a los claros. Ahora necesitaba estar alegre. Después me senté en la cama a pensar. ¿Sería verdad lo de los ángeles esos? ¿Sería verdad que nos habían… alterado el cuerpo? Bueno, estaba de mejor humor. Y me acuerdo de que Toby nunca me dijo aquello. Y nunca me había resultado tan fácil mentir al niño. Solo faltaba hablar con el Sr. Todd sobre el asunto. Pero claro, igual me tomaba por loca. Me diría que todo había sido un sueño mío. Así que lo mejor sería no mencionar ni a Lucy ni al Juez.

Me levanté, tenía más energías de las habituales. La verdad, es que había echado de menos la cama.

-Toby, ¿quieres irme a comprar algo al mercado? –le di dinero-.

-Por supuesto. Dígame.

-Necesito chocolate y nata. ¿Sabes donde encontrarlo?

-¡Sí, señora!

-Voy a hacer un pastel de chocolate. ¿Quieres? –le sonreí tiernamente-.

-Ahora vengo con los ingredientes –se relamió los labios y salió corriendo.

¿Y ahora qué hacer? Empanadas… No, las había hecho la noche anterior. Limpiar... No, Toby también se había encargado. Cargarme a Lucy personalmente… No, igual no había sido un sueño y si se enteraba… ¡Eso es!

Subí las escaleras corriendo, pero me detuve en la puerta. El ángel había dicho que era peligroso que estuviera cerca de él. Que me podría matar, y esta vez sin pretenderlo.

Llamé a la puerta. No contestaron. Volví a llamar. Nada. Me decidí y entre.

Nadie. Vacío. La cama no estaba deshecha y en la silla no había nadie. Las navajas estaban en su sitio. Todas. ¿Todas? Él siempre llevaba dos en su cinturón.

Me percaté de que el cinturón estaba tirado en el suelo. Me acerqué y lo recogí. Me hubiese acordado si se lo hubiese quitado. Él nunca se lo quitaba.

-¿Sr. Todd? –pregunté.

Entré en el baño contiguo, allí tampoco estaba.

Igual había salido. ¿Pero a qué? Igual había ido a comprar. ¿Pero qué? Igual no había sido un sueño, igual me había abandonado. Me derrumbe al pensar en eso. Por lo de Lucy. Seguramente. Esa maldita rubia no se podía ir de sus pensamientos.

Un momento. Igual… igual me había desmallado en el sótano, igual me había subido a la cama y después se había ido.

¡Pero en que tonterías piensas! ¡Toby te ha despertado igual que ayer! –me dijo la vocecilla de mi mente.

No pude más. Como alma que persigue el Diablo bajé al sótano.

El olor me entró por la nariz y casi me da un patatús. No me acordaba del fuerte olor de la sangre. Ahora se hacía más… notable. Como si fuera una mezcla de oxido y sal. A eso olía. No me repugnaba, puesto que allí no había cadáveres, como supuse. Pero si era un poco molesto. Ya me volvería a acostumbrar.

Cogí las empanadas que ya tenía preparadas y las subí.

Cuando tuve la tienda preparada, vi a Toby llegar corriendo con una bolsa y lo que le había pedido.

-¡Qué poco has tardado! –fingí una sonrisa-.

-Lo sé. El chocolatero no tenía clientes y me ha regalado más chocolate del que le pedí.

-Bien, así no nos faltara –le volví a sonreír y le cogí las cosas-. ¿Por qué no te vas a jugar y te compras algún dulce? Hoy te lo mereces.

-¡Gracias, señora! –y salió corriendo de nuevo.

Ah… que fácil era contentar a este niño. Busqué la receta del pastel en el libro que mi tía Nettie me regaló a los 12 años, y me puse manos a la obra.


Media hora después, subía con el pastel desde el sótano –no cabía en el hornillo de arriba-. Seguía preguntándome donde estaría el barbero. ¿Por qué no había vuelto aún? Ya iba por la mitad de las escaleras, cuándo se me ocurrió mirar hacia arriba.

El susto fue mortal. Allí estaba él. Su ropa estaba totalmente llena de sangre, y varios hilillos del mismo liquido bajaban desde sus labios cerrados hasta la camisa.

Del susto, me pisé el vestido y caí hacia atrás. Todo fue muy rápido. Tan pronto estaba cayendo, como tan pronto estaba en los brazos del Sr. Todd, mirándole a los ojos mientras él me sujetaba con una mano y con la otra agarraba la bandeja del pastel.

Un escalofrío me recorrió la columna vertebral. Sus ojos no eran los mismos.

Poco a poco, fueron cambiando de color. Finalmente, eran del color de la propia sangre.

Rojos. Y ansiaban algo.

Estaban hambrientos.