—Rogue-san, ¿te gustaría ir con Juvia a una exposición de arte el fin de semana?

Rogue alzó la mirada de su grueso y denso libro de Macroeconomía Avanzada (Juvia aún arrugaba la nariz cada que divisaba aquel mastodonte), arqueando ligeramente la ceja ante la muchacha. Ella sonrió angelical, con las sábanas apenas cubriéndole sus esculturales curvas y el cabello enmarañado. Era la imagen de la tentación.

—La entrada es gratuita los fines de semana y Juvia lleva tiempo queriendo ir. Son sus últimos días de exposición, y como Yukino-san está ocupada, Juvia pensó en invitarte a ti.

Rogue apenas y se inmutó ante la mención de Yukino, años de costumbre y adaptación. Fingió considerarlo detenidamente, tamborileando con los dedos en su libro, cediendo por fin al ver el ceño fruncido de una Juvia inquieta.

—No hay problema —dijo, volviendo a su estudio—, paso por ti a las diez.

Ella asintió, contenta, y procedió a ponerse de pie para dirigirse a la ducha.

Era martes por la tarde, en esta ocasión se habían encontrado en el apartamento del muchacho. Llevaban ya unos tres o cuatro meses con esa relación informal suya, y la comodidad no era para menos en ese punto. Juvia ya se había familiarizado con el sitio a esas alturas, se movía por ahí con soltura y facilidad. Era verídico que su relación había dado un giro extraño y a veces llegaban a ser asquerosamente domésticos sin tener dichas intenciones. Tampoco al grado de una pareja establecida, pero casi; se tenían grata confianza y era aquello lo que les ayudaba a interactuar.

No había dejado de pensar en la pregunta que le hizo Sting haría unos días. Era una pregunta difícil de contestar y a la que de cualquier modo no conseguía llegar a una conclusión. Pero algo había notado.

Juvia era una muchacha jovial y simpática. Era tierna y linda, además, y era fácil amigarse con ella. Tomando esto en cuenta, era igual de sencillo caer por ella.

Él aún no estaba en esa etapa, pero reconocía que Juvia le gustaba. Eso era evidente, sin embargo, porque Rogue no era alguien que se acostaría con alguien por quien no sintiera la más mínima atracción. Era guapa y tenían buena química sexual, lo que era un agradable añadido. Esa misma tarde lo había probado por innumerable ocasión, rozó el paraíso con ella como ya estaban acostumbrados.

Cerró el libro luego de unos instantes en los que concluyó que no conseguiría nada de estudio por ese día. Ya estudiaría el día siguiente, se dijo, tras colocarse los calzoncillos e ir hacia la cocina.

Preparó ramen porque no tenía ganas de cocinar nada que requiriera más esfuerzo de su parte, y porque tampoco es que tuviera mucho en la despensa. No mucho después dejó de escuchar el sonido de la ducha, e intuyó que Juvia había finalizado. Amaba estar bajo el agua, pero no le gustaba desperdiciarla, así que tomaba duchas cortas y baños largos en su propio apartamento, donde sí tenía una bañera que podía aprovechar a su gusto. Sacudió la cabeza, volviendo a pensar en la tarea que se tenía en manos, apagó la estufa y sirvió las dos porciones de ramen en la mesa. Juvia se le unió poco después.

—Huele bien —dijo con simpleza, seguro más por cortesía que nada. Cuando Rogue resopló con gracia, ella le devolvió una mala mirada—. Juvia lo dice en serio.

—Lo que digas. Come que se enfría.

Comieron en silencio. Él pensó, en algún rincón de su mente, que esos momentos donde no pensaba en nada más que la comida que tenía en frente y la compañía de la fémina sentada con él, eran momentos a los que no le molestaría acostumbrarse. Tragó con fuerza ante dicho pensamiento, inquieto, porque no estaba seguro de si ese pensamiento era adecuado o muy pronto para tenerse.

—Rogue-san, Juvia ya se tiene que ir —dijo ella tras haber lavado los platos, acomodándose el cuello de la playera y atando su cabello en una trenza floja—, tiene que hacer las compras y pasar a casa de Lucy.

—Claro. ¿Quieres que te acompañe al supermercado?

—No hace falta, todavía no es tan tarde y no queda muy lejos. Nos vemos luego.

Se despidió también, sabedor de que Juvia decía la verdad y no minimizaba las cosas. Sus apartamentos no estaban muy alejados el uno del otro, y si tenía que pasar a casa de Lucy tampoco habría mucho problema, porque vivía a una distancia aún más accesible que el propio Rogue.

Cuando Juvia se fue, Rogue permaneció en la cocina, pensando.

Tanto Yukino como Sting ya se lo habían señalado; Rogue había cambiado. Para bien.

Él también lo sabía, porque lo notó tan pronto comenzó por cuestionarse a qué pretendía llegar con Juvia. A eso aún no tenía una respuesta clara, pero esperaba llegar a una pronto.

Sin nada más que hacer, Rogue optó por tomar una ducha también.

Se volvieron a ver el jueves en la noche, pero tras una corta sesión de besos y toqueteos por debajo de la ropa cayeron dormidos. Al día siguiente se despertaron tarde y Rogue ya había perdido la primera clase, así que por las prisas apenas se despidieron.

Como lo prometido, el sábado pasó por ella a las diez, puntual, y ella los guió a ambos al museo por la exposición que con tantas ansias quería visitar. Él, estudiante de economía que ni un pelo artístico tenía, no entendía ninguna de las obras, pero Juvia se mostró emocionada en todo momento, con un fulgor en sus grandes ojos que no desaparecía. Quizá fue aquello lo que le dio la motivación para soportar dos horas y media dando vueltas por el museo.

Era casi la una cuando salieron del recinto, en dirección a una cafetería porque Juvia desayunó mal y Rogue ni eso. Ordenaron cosas sencillas y comieron en calma, hacía buen clima y ninguno tenía responsabilidades por aquel día.

Y sin embargo, cuando vio como Juvia se puso tensa y su tenedor dejó de moverse, Rogue supo que lo bueno del día se había acabado.

Actuó con cuidado, primero colocándole la mano encima de a suya propia en un ademán tranquilizador. Ella se sobresaltó levemente, pero recibió el contacto, y apartó la mirada de algún punto detrás de Rogue para enfocarla en sus ojos. Intentó transmitirle seguridad, dándole un apretón suave y cuando ella sonrió (pequeño y dubitativo), él giró la cabeza.

No le extrañó la reacción de Juvia.

Gray acababa de ingresar a la cafetería con paso sereno, y se dirigía a la caja para (seguramente) ordenar. Desconocía qué hacía en la zona, siendo que él no vivía más en la ciudad, pero tampoco lo pensó demasido. Su cabello había crecido y lucía ligeramente más fornido, y mantuvo una postura relajada durante todo momento. Caso contrario de Juvia, quién permanecía estática e inmóvil con la mirada fija en su trozo a medio acabar de pay.

—¿Quieres que nos vayamos? —preguntó, con la firme intención de hacerla sentir mejor. No obstante, ella sacudió la cabeza lentamente, en señal de negación.

—No hace falta —murmuró con voz quebrada. Inconscientemente, Rogue entrelazo sus dedos con los suyos—, hay que terminar de comer y nos vamos. A Juvia le gustó el pay y no quiere dejarlo a medias.

Le sonrió con suavidad, y él exhaló sin saber que hacer. Fue entonces que Juvia volvió a sujetar el tenedor con la otra mano, y se llevó un trozo de pay buen tamaño a la boca. Rogue asintió, sin estar completamente convencido, y soltó su mano para continuar bebiendo su café.

Paulatinamente los hombros de Juvia se destensaron, y no volvió a dirigir la mirada hacia el sujeto que había ocupado un lugar en una mesa al lado de la ventana. El postre tardó un rato en desaparecer, y Rogue hizo conversación ligera acerca de la exposición de arte sin siquiera saber bien de qué estaba hablando con tal de mantenerla distraída. Ella se rió un poco cuando se dio cuenta, y a Rogue se le pusieron las orejas coloradas, pero no se detuvo.

Se pusieron de pie para retirarse tras terminar con su consumo, Rogue le tomó la mano nuevamente buscando brindarle confianza. Ella no rechazó el acto.

Ya iban unas cuantas cuadras lejos del establecimiento cuando sintió como jalaban a Juvia, quien chilló de sorpresa. Se giró, confundido y algo molesto, para encontrarse con un Gray de gesto apesadumbrado sujetando a Juvia por la muñeca. Compuso una mueca insatisfecha, buscando los ojos de la chica, que se veía indecisa.

—Juvia —comenzó, y ella se estremeció casi imperceptiblemente—. ¿Podemos hablar?

—G-Gray-sa... Gray —respondió, temblorosamente, y luego volteó a ver a Rogue. Él sólo le sonrió—, Juvia no piensa que sea lo correcto.

—Por favor, Juvia. No será largo.

Juvia inhaló hondo, en un intento de menguar su inquietud, y después asintió con decisión.

—Está bien. Juvia escucha.

Gray le arrojó una mirada a Rogue, curioso, pero no comentó en ello.

—Te quiero pedir disculpas. Lamento todo lo que pasó y quiero que sepas que nunca tuve la intención de lastimarte. Eres una buena chica y yo nunca pude quererte como tú lo hiciste. Espero que puedas ser feliz con alguien que sepa hacerlo.

Luego, miró a Rogue, incómodo, y cómo no. Gray jamás fue un hombre de muchas palabras, y eso también contribuyó a la ruptura de su relación, según lo que Juvia le hubo dicho. Carraspeó, para luego erguirse, y cuando Juvia no respondió, se dio media vuelta y se fue.

—Vámonos.

Ella lo siguió en silencio incluso cuando subieron al taxi. No habló, no lloró, y se movió en automático por guía de Rogue. Estaba mortalmente silenciosa y eso le comenzó a preocupar, de modo que no soltó su mano en ningún momento.

Cuando ingresaron a su departamento, Juvia se arrojó a sus brazos.

Lloró un océano mientras se abrazaba a su torso con desesperación. Jadeo y sollozó hasta no tener voz. Rogue la llevó hasta la habitación, y luego se sentó en la cama con la espalda contra la cabecera de la cama, mientras Juvia seguía deshidratándose en su regazo. Acarició su cabello sin decir nada, porque eso era lo que necesitaba, deslizó sus manos por su espalda y hombros en un gesto que pretendía consolarla.

Juvia paró de llorar luego de un rato que consiguió entumecerle las piernas a Rogue, pero del que no emitió queja alguna. Cuando se enderezó, tenía los ojos hinchados y la nariz húmeda, así que él se estiró para tomar un pañuelo de su mesita de noche y pasarlo por su rostro con gentileza. Luego se levantó, fue a la cocina, sirvió un vaso de agua y se lo entregó a Juvia, que lo bebió con apremio.

—Gray nunca me amó —Fue lo primero que dijo, con voz ronca —, pero yo era insistente. Comenzamos a salir por causa mía, porque le supliqué que lo intentáramos, y él sólo cedió ante mis caprichos. Creo que me quiso, pero nunca me amó, y por eso terminamos. Además él tuvo que mudarse así que fue inminente. No le guardo rencor p-pero... duele.

Limpió un par de lágrimas rebeldes que cayeron de sus ojos, para luego besarle la nariz. Ella emitió un quejido dolorido, pero no hizo más.

El resto de la tarde lo pasaron en cama, viendo películas que en realidad ninguno de los dos vio. Esa noche no necesitaron entregarse el uno al otro físicamente. Durmieron abrazados, arropados hasta el cuello y con el corazón a medio remendar.

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N.A.

No tengo excusas para mi desaparición, así que no me inventaré nada, pero me disculpo por el más de año y medio que duré sin dar señal de vida.

Este es el penúltimo capítulo. El siguiente ya está escrito, y sólo me queda hacerle alguna que otra corrección. Espero que esté listo para la próxima semana.

Sin más que decir, gracias por leer.