Los personajes son de la magnifica Stephenie Meyer.

La historia es una adaptación y pertenece a Sandra Brown.


Capítulo 3

El tiempo también parecía estar de luto.

Llovió el día del entierro de Isabella Swan. La noche anterior, las tormentas habían inundado todo el campo de Texas. Esa mañana lo único que quedaba era una desagradable y fría lluvia gris.

Con la cabeza descubierta, insensible a las inclemencias del tiempo, Harry Clearwater permanecía de pie al lado del ataúd. Había insistido en un ramo de rosas amarillas, sabiendo que fueron sus preferidas. Intensas y extravagantes, parecían burlarse de la muerte, lo que resultaba reconfortante.

Las lágrimas empapaban sus rubicundas mejillas. La nariz, gruesa y plagada de venillas, la tenía más roja que de costumbre, aunque no había estado bebiendo mucho últimamente. Bella solía ponerse pesada con el tema, le decía que una cantidad excesiva de alcohol no le iba bien ni al hígado ni a la tensión arterial ni a su cada vez más prominente barriga.

Se ponía pesada también con Marco Volturi por sus abusos químicos, pero él sí se había presentado algo piripi en el entierro, gracias al whisky barato que consumía y al porro que se había fumado yendo hacia la capilla. La corbata pasada de moda que rodeaba el cuello de su camisa era una concesión a la solemnidad del momento y daba fe al hecho de que su estima por Isabella iba un poco más allá de la que sostenía por el resto de la humanidad.

Otras personas tenían de Marco Volturi más o menos la misma opinión que él tenía de ellos. Bella era una de las pocas que podía soportarlo. Cuando el periodista, asignado a cubrir la historia de la trágica muerte para las noticias de KTEX, le pidió a Marco que grabara él el vídeo, el operador lo miró con odio, lo apuntó con el dedo y salió de la redacción sin decir ni una palabra. Esta grosera forma de expresarse era típica de él, y sólo una de las muchas razones que lo alejaban de la raza humana.

Al finalizar la breve ceremonia, los asistentes al entierro se dirigieron por el sendero de gravilla hasta los coches aparcados en la calzada, dejando solos a Harry y a Marco delante de la tumba. A una distancia discreta, los empleados del cementerio esperaban para terminar su trabajo y poder retirarse al edificio, donde estarían a salvo de las inclemencias del tiempo.

Marco tenía cuarenta y pico años y era delgado como un palillo. Su barriga era cóncava y sus hombros huesudos se encorvaban pronunciadamente. La fina cabellera caía recta, llegando casi hasta los hombros y enmarcando un delgado y estrecho rostro. Era un hippie envejecido que no había evolucionado desde los años sesenta. Por contraste, Harry era bajito y robusto. Mientras que Marco daba la impresión de que volaría si se produjera una fuerte ráfaga de viento, Harry parecía poder permanecer erguido con los pies sólidamente plantados en el suelo. A pesar de lo diferentes que eran físicamente, aquel día la postura y la triste expresión de uno eran un reflejo de las del otro. No obstante, de los dos era Harry quien más sufría.

En un extraño acto de compasión, Marco posó su delgada y pálida mano sobre el hombro de Harry.

-Vamos. Cogeremos una buena mierda.

Harry asintió distraídamente. Dio un paso adelante, cortó uno de los capullos amarillos del ramo, se volvió y dejó a Marco que lo precediera al salir del refugio provisional. Las gotas de lluvia cayeron sobre su cara y su abrigo, pero eso no le obligó a acelerar su imperturbable paso.

-Yo... he venido en la limusina -dijo, como si acabara de recordarlo al llegar al coche.

-¿Quieres utilizarla para volver?

Harry miró a la furgoneta abollada de Marco. -Iré contigo.

Despidió al chófer de la funeraria con un gesto de la mano y se metió en la furgoneta. El interior estaba en peores condiciones que el exterior. La tapicería rasgada se encontraba cubierta con una andrajosa toalla de playa, y la tela rojiza que cubría el resto del coche olía a humo rancio de cigarrillos de marihuana.

Marco se colocó detrás del volante y puso en marcha el motor. Mientras el vehículo se calentaba trabajosamente, encendió un cigarrillo con sus dedos largos y manchados de nicotina y se lo pasó a Harry.

-No, gracias.

Tras unos segundos de reconsideración, tomó el cigarrillo y aspiró profundamente. Bella había conseguido que dejara de fumar. Llevaba meses sin hacerlo. El humo del tabaco le produjo un picor en la boca y en la garganta.

-Dios, qué bueno -comentó, y volvió a dar otra calada. -¿Adónde vamos? -preguntó Marco, a la vez que se encendía un cigarrillo.

-A cualquier sitio donde no nos conozcan. Es probable que acabe montando un número.

-A mí me conocen en todas partes.

Lo que no dijo fue que él a menudo montaba un número y que, en los lugares que frecuentaba, no tenía importancia. Metió la primera, consiguiendo que chirriaran todas las marchas.

Pocos minutos después, Marco hacía entrar a Harry por una acolchada puerta de vinilo rojo de un local situado a las afueras de la ciudad.

-¿Nos van a atracar aquí? -preguntó Harry.

-Al entrar te registran por si llevas armas de fuego.

-Y, si no tienes una, te la dan -contestó Harry, siguiendo el viejo chiste.

El ambiente era lóbrego. Los asientos que ocuparon estaban apartados y oscuros. Los clientes matinales parecían tan taciturnos como las decoraciones navideñas que hacía ya varios años se colocaron sobre las débiles luces del techo. Las arañas las habían convertido en residencia permanente. Una señorita desnuda sonreía seductoramente desde un campo de terciopelo negro sobre la que estaba pintada. Contrastando totalmente con el ambiente, una alegre música de mariachis procedía de la máquina de discos.

Marco pidió una botella de whisky.

-Realmente debería comer algo -murmuró Harry con poca convicción.

Cuando el camarero con pocas ceremonias colocó la botella y los dos vasos encima de la mesa, Marco pidió algo de comer para Harry.

-No tenías por qué hacerlo -objetó Harry.

El operador se encogió de hombros y llenó los dos vasos. -La vieja prepara lo que sea si se lo pides.

-¿Comes aquí a menudo?

-A veces -contestó con otro gesto lacónico.

Llegó la comida, pero, tras dar un par de mordiscos, Harry decidió que después de todo no tenía hambre. Apartó el descascarillado plato y echó mano del vaso de whisky. El primer sorbo actuó como un lanzallamas en su estómago. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Inhaló aire con dificultad.

Pero, con la experiencia de un bebedor profesional, se recuperó rápidamente y tomó otro trago. Las lágrimas, sin embargo, permanecieron en sus ojos.

-La voy a echar mucho de menos -dijo, mientras hacía girar el vaso distraídamente sobre el tapete grasiento.

-Sí, yo también. Podía ser una verdadera lata, pero no tanto como otros.

Acabó la canción que sonaba en la máquina de discos. Nadie escogió otra, lo cual resultó un alivio para Harry. La música parecía una intromisión en su luto.

-Era como mi propia hija, ¿sabes? -preguntó de forma retórica. Marco seguía fumando, encendiendo un cigarrillo con la colilla del anterior-. Recuerdo el día que nació. Yo estaba allí en el hospital, sufriendo con su padre. Esperando. Paseando de arriba abajo. Ahora tendré que recordar el día en que murió. -Se tomó otro buen trago de whisky y volvió a llenar el vaso-. ¿Sabes?, nunca se me ocurrió que pudiera ser su avión. Sólo pensaba en la historia, en la maldita noticia. Era una noticia tan poca cosa que ni siquiera mandé a un fotógrafo. Iba a utilizar una fotografía prestada de una emisora de Alaska.

-Oye, tío, no te culpes por haber hecho tu trabajo. No podías saberlo.

Harry se quedó mirando fijamente el contenido ámbar de su vaso.

-¿Has tenido que identificar un cadáver alguna vez, Marco? -No esperó la respuesta-. Los tenían a todos en fila, como... -Emitió un pequeño suspiro-. Demonios, no sé. Nunca he tenido que ir a la guerra, pero debe de ser así. Estaba metida en una bolsa de plástico con cremallera. No tenía pelo -añadió con voz trémula-, se había quemado todo. Y su piel... ¡Oh, Dios! -Se cubrió los ojos con los dedos. Las lágrimas le inundaban la cara-. Si no hubiera sido por mí, no se habría encontrado en ese avión.

-Oye, tío.

Aquellas dos palabras agotaban el repertorio de frases conmiserativas de Marco. Volvió a llenarle el vaso a Harry, encendió otro cigarrillo y silenciosamente se lo pasó a su compañero. Él se encendió un porro de marihuana.

Harry inhaló el humo de su cigarrillo.

-Gracias a Dios, su madre no tuvo que verla así. Si no hubiera tenido el colgante en la mano, ni siquiera habría sabido que era el cuerpo de Bella. -Su estómago se le revolvió por completo al recordar los destrozos del accidente-. Nunca pensé que llegaría a decir una cosa así, pero me alegro de que Renee no esté viva. Una madre nunca tendría que ver a un hijo suyo en esas condiciones. -Acarició su vaso unos minutos, antes de mirar a su compañero con ojos llorosos-. Yo la quería, a Renee, quiero decir. La madre de Bella. ¡Carajo, no pude evitarlo! Charlie, su padre, estaba casi siempre fuera, lejos en algún agujero remoto del mundo. Cada vez que se marchaba me pedía que las cuidara. Era mi mejor amigo, pero más de una vez quise matarlo por lo que hacía. -Tomó un sorbo de whisky-. Renee lo sabía, estoy seguro, pero nunca intercambiamos ni una palabra sobre el tema. Ella amaba a Charlie. Yo lo sabía.

Harry había sido como un padre adoptivo para Bella desde que ésta cumplió los diecisiete años. Charlie Swan, un conocido reportero gráfico, murió en una batalla que se lidiaba por un insignificante e impronunciable pueblo de Centroamérica. Sin dar ningún espectáculo, Renee se quitó la vida pocas semanas después de la muerte de su marido, dejando a Bella desconsolada y sin nadie más que Harry, un buen amigo de la familia.

-Soy tan padre de Bella como el propio Charlie. Quizá más. Cuando murieron sus padres, me vino a buscar a mí. Fue a mí a quien recurrió el año pasado cuando se metió en aquel lío en Washington.

-Podría haber metido realmente la pata aquella vez, pero siguió siendo una buena periodista -comentó Marco, envuelto en un dulce y oloroso humo.

-Resulta trágico que muriera con aquella metedura de pata en la conciencia. -Bebió un sorbo-. Verás, Bella tenía la obsesión de no fracasar. Eso es lo que más temía en esta vida. Charlie no paraba mucho en casa cuando ella era pequeña, de modo que seguía intentando ganarse su aprobación, vivir con la herencia de un padre tan importante. Nunca hablamos de ello. Simplemente lo sé -añadió con tristeza-. Por eso, aquella metedura de pata en Washington le resultó tan devastadora. Quería superarlo, volver a recuperar la credibilidad y la autoestima. Se le acabó el tiempo antes de tener la oportunidad. ¡Maldita sea, murió pensando que había fracasado!

La pena y la tristeza de aquel hombre tocaron una poco conocida fibra sensible en Marco. Depositó toda su sabiduría en consolarlo. -Lo de..., lo otro, ya sabes, lo que sentías por su madre... Bueno, Bella lo sabía.

Los ojos enrojecidos y llorosos de Harry se quedaron fijos en los de Marco.

-¿Cómo lo sabes?

-Una vez me lo dijo. Le pregunté cuánto tiempo hacía que vosotros dos se conocían. Ella contestó que tú aparecías en sus recuerdos desde siempre. Intuyó que secretamente amabas a su madre.

-¿Pareció importarle? -preguntó con ansiedad Harry-. Quiero decir, ¿le molestaba?

Marco negó con la cabeza.

Harry extrajo la marchita rosa del bolsillo de su traje oscuro y frotó los frágiles pétalos con sus dedos regordetes.

-Me alegro. Las quería a las dos. -Sus pesados hombros empezaron a agitarse. Cerró los dedos formando un puño alrededor de la rosa-. ¡Dios mío -gimió-, la voy a echar de menos!

Apoyó la cabeza sobre la mesa y sollozó abiertamente mientras Marco, sentado al otro lado de la mesa, intentaba a su manera superar su propia pena.


¿Que les pareció? ¿Les gustó?

¿Alguien que sufra con Harry?

Gracias por sus Reviews en el capitulo anterior, gracias a quienes me leen.

(^_^)凸

Dejen su Review! y odienme pero falta poco para ver en escena a Edward!

Espero leerlas pronto!

Actualizo si alguien me lee, como siempre!

๑۩۞۩๑

#Andre!#