Harry Potter NO me pertenece ni sus personajes, es de la propiedad de J.K Rowling.
¡Hola!
¿Qué tal, queridos lectores? Les traigo la actualización c: ha demorado pero llegó.
Agradezco los reviews (topodelfuturo26 c: ) y a la cantidad de favoritos y seguidores que he estado recibiendo hasta el día de hoy.
No les quitaré más tiempo, ¡disfruten de la lectura!
Capítulo IV: Fría pesadilla
Corría desesperadamente a través de los pasillos del castillo, esquivando maleficios y combatiendo contra enemigos. Se cruzaba con muchísimos aliados, y se detenía a ayudar a derrotar a sus adversarios. Nunca fallaba... tenía una mano firme que sostenía a una cálida varita bañada en sudor y sangre, la cual lanzaba sus hechizos a la perfección.
Llegaba a una intersección, cuando vio a un mortífago gritando mientras agitaba su arma mágica:
―¡Bombarda Máxima!
Hermione no habría tenido tiempo de moverse ni un centímetro antes de que el hechizo de su contrincante hiciera efecto, pues se había quedado helada al ver la siniestra varita del monstruo dirigiéndose hacia el techo bajo el que estaban todos.
Pero tan pronto cuando el enemigo terminaba de decir la última sílaba del conjuro, una voz masculina y desgarradora a las espaldas de la castaña exclamó de manera apremiante:
―¡PROTEGO TOTALUM!
Luego todo fue ruido, gritos, y polvo...
Cuando despertó, lo primero que pensó fue en que no tendría por qué haber soñado algo; ¿acaso la poción para dormir sin soñar no le estaba funcionando?
Giró la cabeza hacia su mesita de luz, y se halló con la botellita de pócima aún cerrada herméticamente. Luego reparó en el libro enorme que había en su regazo, y en que no traía el pijama puesto. Por lo visto, se había quedado dormida estudiando, y por ende no había bebido la poción.
Sentía el rostro húmedo de sudor, y el cabello denso. Lo mejor sería deshacerse de su uniforme y bajar a darse una buena ducha. Dejó el libro sobre su cama, acarició la cabeza de un Crookshanks adormilado, y salió de la habitación.
Bajaba por las escaleras cuando le escuchó. Un débil, casi inaudible y corto sollozo. Frenó su rápido descenso, y se paró para oír algo más... pero no se escuchó nada. Con un poco de miedo -aunque no sabía exactamente por qué-, continuó con su bajada a la sala común, paso por paso. Se cuidó de hacer el menor ruido posible, apoyando su peso sobre la pared, y llegó con lentitud al primer escalón que daría inicio a la enorme estancia con la estufa a leña encendida.
No había nadie allí, o bueno, no parecía haberlo; Hermione tuvo que pararse a dos metros de los sofás para ver a Draco Malfoy recostado en uno.
Jamás había visto a Malfoy dormido... y se llevó una gran sorpresa al descubrir que su ceño no estaba fruncido. Todo lo contrario: tenía la piel del rostro suavizada, con pequeñas líneas surcando su pálida frente, producto de su constante entrecejo arrugado durante todo el día. Su aspecto era similar al de un ángel... era como un ángel que profesaba paz con sólo verle, todo él estaba en completa relajación. Una de sus manos caía perezosamente por el borde del sofá, rozando el suelo con los dedos apenas.
Sus pestañas blanquecinas tocaban tímidamente la piel de sus ojeras oscuras, y su cabello revuelto y descolorido tapaba sus párpados y se extendía más allá de sus orejas. Malfoy tenía sus labios pálidos entreabiertos en una pequeña rendija, por donde respiraba pausadamente. Hermione no sabía si era el efecto de imagen que provocaba la luz del fuego, o si de verdad su compañero de torre podría ser tan... encantador cuando dormía.
Porque si hablaba de cuando se despertaba... adiós encanto.
Fue ahí cuando reparó en que Malfoy vestía sólo con unos pantalones negros finos de seda... es decir, por lo demás, estaba desnudo: ni siquiera traía calcetines. Aquella imagen la turbó un poco, y quiso apartar la mirada, pero justo en ese instante volvió a oírlo.
Un quejido se presentó a través de sus labios, y su expresión de paz cambió de forma radical hacia una de desesperación. Hermione se quedó pasmada, viendo cómo el Slytherin sollozaba y se quejaba en voz baja, sufriendo bajo el poder de algún mal sueño.
Lo siguiente que oyó la dejó totalmente helada:
―C-Cru...cio...
―Malfoy. ―no se permitió perder ni un segundo más para despertar al aludido, que continuaba sollozando. Se agachó a su lado, cerca de su cara ―.Malfoy despierta, estás teniendo una pesadilla. ―No estaba consiguiendo nada con eso. Apretó los labios de la frustración, y extendió su mano hasta atrapar el hombro de Draco entre sus dedos, ejerciendo fuerza ―.Draco, ¡abre los ojos!
Como si hubiesen sido las palabras mágicas, el lamento paró y el muchacho abrió sus párpados, revelando tras ellos sus iris oscuras por la falta de luz. Hermione se cuidó de soltar a Malfoy más rápido que volando, continuando arrodillada al lado del sofá en donde la serpiente se ubicaba.
Malfoy no tardó en incrustar sus ojos en una nerviosa Granger, que jugueteaba con el borde de su falda torcida y arrugada, con la vista perdida en algún punto de sus ojos. Lo miraba con pena, con... lástima.
No demoró en sentirse ofendido.
―¿Estás bi...
―Apártate, Granger. ―exclamó en un murmullo, incorporándose rápidamente sobre el sillón.
Al escuchar esas palabras saliendo de forma ácida de la boca de Malfoy, contra todo pronóstico Hermione se sintió dolida. ¿Qué rayos pasaba con él? ¿Jamás podría ser un poquito agradecido con nadie? Por lo visto no.
«Árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza» pensó con amargura, levantándose del suelo. Su casi imperceptible dolor ante el ataque de Malfoy pronto se transformó en enfado.
―Como quieras. ―dijo escueta, girándose con los labios apretados. Estaba dando el segundo paso hacia el lavabo cuando...
―¿Cómo... ―carraspeó, llamando más la atención de la Gryffindor ―... cómo me has dicho?
La pregunta desconcertó un poco a la Premio Anual, que seguía dándole la espalda con el enojo burbujeando en su interior.
―¿De qué hablas? ―preguntó de manera brusca, volteándose otra vez, con los ojos chispeando.
―Qué me has dicho para despertarme, Granger. ―explicó con voz apagada, como si no tuviera intenciones de seguir discutiendo.
―He dicho que abrieras los...
―No, repíteme la frase. ―la interrumpió, instaurando su ceño fruncido. Hermione tragó saliva ahora incómoda, sin entender a qué quería llegar su compañero de torre con eso. Demoró unos largos segundos en contestarle.
―«Malfoy, abre los ojos». ―murmuró con voz queda, sintiendo un raro tirón en sus entrañas. La furia se esfumó como ceniza al viento, y cierto nerviosismo se puso en su lugar. Algo andaba mal con ella.
―No es cierto... ―susurró con aprensión, relamiéndose los secos labios ―.No habías dicho mi apellido, Granger.
De pronto toda la sala parecía más espesa, o a lo mejor era la tensión que salió de la absoluta nada y que afectó gravemente a una inquieta Hermione. Ahora que lo pensaba, sí, era cierto... lo había llamado por su nombre de pila, cosa que nunca antes había hecho en toda su vida. Si se detenía a analizarlo, el nombre era... extraño, en su boca quedaba fuera de lugar.
―Veo que no soy la única que tiene pesadillas aquí después de todo. ―cambió de tema drásticamente. El cambio fue tan repentino que Draco tuvo que hacer un esfuerzo para ubicarse en la conversación; sabía que ella estaba intentando escapar de la situación incómoda en la que la había puesto rato atrás.
―No es algo que vaya contando por ahí. ―expresó con amargura ―.«Qué tal Granger, durante las noches necesito pociones para dormir sin soñar porque sino soy un infierno gritando»
Fue como un duro golpe en su pecho... y por primera vez en toda su existencia, Hermione sintió que tenía algo en común con su enemigo de la infancia; aquel enemigo que jamás se había detenido a cruzar ni una sola palabra en buenos términos con la «sangre sucia inmunda».
Aquello en lo que ambos habían coincidido no era algo benigno, todo lo contrario... tener pesadillas relacionadas con la batalla era aterrador y triste; pero sentirse identificada con él la hizo experimentar una sensación de deforme tranquilidad... alivio de no ser la única que siguiera teniendo secuelas de la guerra.
Como si esto fuera una pieza que necesitaba para terminar de armar un complejo rompecabezas, una nueva idea se instaló en su mente, paralizando cualquier otro pensamiento: su relación con Draco Malfoy definitivamente estaba transmutando.
Y no sabía si estaba cambiando para bien, o para mal.
Hermione asintió, como si con ello quisiera terminar la charla. Draco notó que estaba concentrada en otra cosa, pues su semblante pensativo estaba reflejado en su rostro como cuando trabajaba en clase. Él por su parte, se dedicó a mirarla ceñudo, empezando a notar detalles en su aspecto. Traía el uniforme arrugado, y la falda más levantada de un lado que del otro, lo cual le dejó ver por primera vez la piel de sus piernas. Por lo general, Granger utilizaba uniformes enormes -así le llegaban las faldas a las rodillas-, y medias largas, tapando cualquier asomo de su cuerpo.
Contempló sus rizos más alborotados que nunca, y su cara fantasmal, falta de alegría y de arrugas de felicidad. Granger se había vuelto pálida como el mármol, lo que hacía que las grandes y oscuras ojeras que rodeaban sus ojos se vieran como dos moratones. Y ya que mencionaba sus ojos... habían perdido el brillo inocente que alguna vez albergaron años atrás, cuando se la veía correr por los pasillos detrás de Potter y Weasley riñéndolos y escondiendo una sonrisa para que bajaran la velocidad.
Granger estaba flaca, Granger estaba pálida, Granger estaba débil... Granger estaba jodidamente cansada, tanto y quizás más que él.
―Granger. ―murmuró el apellido sin siquiera controlarlo, y se maldijo por dentro... ¿qué había sido eso?
La aludida levantó la vista y clavó sus iris en los suyos, a la espera. Quería agradecerle por haberlo despertado, por haberlo arrancado de un mundo siniestro en el que su tía Bellatrix le obligaba a torturar muggles inocentes con maldiciones imperdonables... un mundo en el que su tía le torturaba a él para demostrarle qué tan feroz tenía que ser la maldición Cruciatus.
Pero Malfoy no era agradecido... ni mucho menos demostrativo. Sólo se le quedó viendo de forma significativa, casi sin parpadear. Entonces vio cómo Hermione estiraba positivamente la comisura de sus labios, enunciando una sonrisa casi invisible, como si supiera lo que él quería decir con su mirada.
Y se sintió aliviado, aún cuando ella se encerró en el lavabo; tan tranquilo que, sin notarlo, se fue quedando dormido en el sofá otra vez, frente a la estufa.
Sólo que esa vez, no soñó nada.
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―¡Malfoy!
Draco frenó su andar por los recovecos del castillo, tomándose un segundo para intentar identificar la voz que acababa de llamarle. No pudo hacerlo hasta que el individuo se plantó frente a él, dando saltitos para acercarse. Si bien trató de verla a los ojos, no podía quitar su mirada del ridículo collar que traía puesto.
―¿Qué quieres? ―quiso saber sin más, no se andaría con cortesías. Bah... nunca se andaba con cortesías si se sinceraba. Pero no era el caso.
―Bueno, si te refieres a qué es lo que yo quiero, desearía que me devolvieran mis bufandas de Ravenclaw... sé que me las han quitado, supongo que es un juego que no comprendo, pero aún siguen sin regresármelas y comienzo a tener frío.
El chico se quedó tieso, tratando de encontrarse en la charla. Era la segunda vez en el día que una mujer le dejaba sin habla. No quería ni recordar la primera.
―Lovegood. ―masticó el apellido ―.¿Por qué me estás buscando? ―Los ojos de la aludida se iluminaron.
―Cierto, McGonagall me ha pedido que te viniera a buscar porque quiere que vayas a verla a su despacho.
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―Pase, señor Malfoy.
Draco entró en la estancia con paso inseguro, sintiendo que el tiempo se enlentecía a medida que iba avanzando hasta el enorme escritorio de su directora. McGonagall estaba sentada del otro lado, con las gafas puestas y con los ojos clavados en un pergamino enrollado que parecía estar a punto de lanzar por los aires e incendiar. Su gesto enfadado no se calmó ni cuando lo dejó de forma brusca sobre la mesa, lanzando un suspiro. El rubio arqueó una ceja.
―¿Por qué me necesita? ―preguntó, sin sentarse. La mujer ablandó el gesto severo, pero no dejó de fruncir el ceño.
―Le explicaré algo que espero que comprenda. ―comenzó a recitar ―.Esto que estoy por hacer ahora, no es algo que los directores de este colegio acostumbren hacer. Han habido excepciones, sí, pero no una excepción como esta que está a punto de darse.
Draco de la nada sintió angustia, como si tuviera que esperar lo peor.
―No estoy comprendiendo. ―murmuró, con su mejor gesto fingido de mortal aburrimiento. La Gryffindor asintió, como si todo estuviese resuelto, y se puso de pie.
―Tiene quince minutos. ―Terminó de decir aquello, y salió con paso decidido por la puerta principal, dejando a un Malfoy tan confundido que tardó en ubicarse en la situación actual. Su mirada había quedado fija en la puerta por la que la directora de Hogwarts había salido, repasando mentalmente cada una de las palabras que ella le había dedicado.
―Draco.
Después de oír su nombre, sintió un mareo tremendo al reparar en la voz que lo había enunciado. No quería voltear... por nada del mundo. Tenía miedo de que hubiese sido un producto de su estúpida imaginación, la cual últimamente le jugaba muy malas pasadas. La angustia de su pecho aumentó, y un fuerte nudo se instaló en su garganta sin piedad, obligándolo a respirar superficialmente.
Aferró su mano blanca al respaldo de la silla que tenía a su lado, presionándola con más fuerza de la que consideraba normal, y despacio fue girando su cabeza, terminando por ver lo que había a sus espaldas por encima de su hombro.
El imponente retrato del director de Hogwarts estaba detrás del escritorio en donde McGonagall había estado sentada lo más tranquila rato atrás. Draco tragó saliva con dificultad, pero se dio por vencido, pues se giró sobre sus talones y enfrentó la oscura mirada de lo único que le acompañaba en aquel lugar ahora.
―Señor. ―Había sonado fatal... como si estuvieran ahorcándolo al momento de hablar. Carraspeó con enojo, no quería verse como un perdedor amante de la sensiblería delante de su padrino... no después de todo lo que pasó el último año. Snape lo miraba sin mover ni un ápice las facciones de su cara.
―Me he enterado de algo que me ha disgustado bastante.
«Joder... santo Merlín» en su mente, aquel lamento había sido lacrimoso y casi desgarrador. Estaba hablando con el tipo que creyó que jamás en su vida volvería a oírle la voz, aquel que tenía una estatua en el patio del colegio y que iba a ver todos los días que tenía que entrar a Pociones. Y se sentía muy mal... no estaba preparado para eso.
―No se de qué habla, Snape. ―admitió con más firmeza, recuperando un poco su cordura.
―Por lo que tengo entendido, no estás asistiendo a Pociones. ―A Draco se le revolvió el estómago, y por un instante juró que vomitaría. Era la sensación más extraña del mundo: furia y náuseas.
―Usted... usted no puede darme un sermón de lo que hago o dejo de hacer. ―a la carga... no iba a permitir que Snape, por más muerto que estuviera, le viniera a reñir por una decisión suya.
―No has cambiado en nada desde la última vez que hablamos. ―siseó, con su voz serpenteante e hipnótica ―.Eres el mismo mocoso que no se da cuenta de que está cometiendo un error.
―¡No me diga así! ―exclamó, apretando los puños sin darse cuenta de que estaba montando un numerito como cuando tenía trece años ―.¡No sabe lo que es estar en este maldito castillo! ¡Es como vivir en una eterna pesadilla...
―Debes asistir a clase. ―lo cortó el antiguo profesor ―.La forma de escapar de lo que nos aterra, es creando un futuro con aquello del pasado que nos generaba bienestar. ―Draco se quedó mudo, con todos los insultos a punto de salirle de la boca, rojo de ira ―.Y a ti te hacía bien desplegar tus habilidades en Pociones.
―Ya no. ―escupió con amargura ―.Nada es lo mismo.
―¿Y quieres que lo sea? ―preguntó apremiante, alzando una ceja ―.¿Quieres que vuelva a repetirse el pasado de nuevo? ―De pronto Malfoy se sintió estúpido, y humillado... aunque su furia dejó de bullir ―.Si tanto te molesta la pesadilla, al menos intenta despertar de una vez.
Hubo una pausa incómoda, en la que Draco luchó con todas sus fuerzas en mantener su máscara de frialdad: tenía la cara tensa y sudorosa. Sin embargo, sintió que algo se quebró en su interior... como si de pronto cierto peso sobre sus hombros se hubiera esfumado, dejándole cansado y aliviado. Se relamió los labios, cuidando de no mirar a los ojos al cuadro enorme.
―Lo voy a... ―se detuvo, resoplando de enfado ―.Lo pensaré.
Le pareció ver una fugaz curva positiva en la comisura de los labios de su padrino, pero lo descartó enseguida: Snape jamás sonreía si era para bien.
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Mayqui, ¡cambio y fuera!
