Konnchiwa! Subo rapido ya que me tengo que ir con una amiga a comprar cosas para el concierto de Lady Gaga jaja! Bueno, espero que os guste este capitulo, es un poco mas largo que los demás, un poco, eso quiere decir que casi no lo vais a notar xD Pero bueno, muchas gracias a la gente que se toma tiempo para dejar reviews y leer esta historia. Lo siento por haber tardado tanto pero han empezado las clases de nuevo y esto es una mierda pero además hago algo cada tarde, si no es inglés es karate, si no es karate es japonés, si no es japonés es ruso y si no es ruso es teatro u.u' en fin :)
Commençons!
Capitulo 4:
Arthur despertó con la espalda adolorida por culpa de dormir en aquel sofá incómodo en uno de los cuartos privados de su librería. Por mala suerte el inglés no tenía suficiente dinero para poder pagarse un piso y a la vez la librería así que había tenido que escoger y se tuvo que quedar con la librería, ya que sino él no habría podido comer.
Se fregó los ojos con las palmas de las manos y bostezó. Era temprano, pero debía abrir la tienda... Aunque nadie entrase en ella. Con calma se acercó a la pequeña ventana que tenía aquel cuarto y pasó al cortina. Y allí estaba París pintado de blanco, aún caían copos de nieve que nublaban la vista. Arthur no pudo evitar suspirar y arrufar las cejas. El día se presentaba maravilloso. Chasqueó la lengua cerrando la cortina de nuevo y se empezó a preparar con lentitud. No abriría la tienda ¿Para que? Nadie pasaría por allí, estaba todo colapsado seguramente, por culpa de la maldita nieve así que tenía todo el tiempo del mundo.
Se ducho rápidamente con agua fría ya que así gastaba menos agua y se secó el pelo con la toalla ya que decidió no usar el secador, para no gastar tanta electricidad, antes prefería coger un resfriado. Se lavó los dientes y bajo a la tienda para salir a tomar el té en el bar de enfrente dónde iba siempre.
Cada vez que entraba allí el dueño le sonreía y le traía el té que siempre pedía sin tener que decirlo, junto con un par de galletas a cuenta de la casa. Le hacían un precio especial por ser un cliente fijo, aunque nunca se lo habían dicho, Arthur lo sabía.
Bajo a la calle, vestido en sus mejores ropas de invierno y las mas gruesas que encontró, junto con ellas las botas de montaña que tenía des de hacía siglos. La suerte sin duda no parecía sonreírle ya que solo salir a la calle resbaló en el primer escalón al salir de la tienda. Se alegró que nadie pasará por allí, así nadie le habría visto caer de culo. Bufó y se levantó intentando no resbalar otra vez, y camino hasta aquel bar, que para su sorpresa, estaba cerrado. Arthur se lo esperaba, al fin y al cabo había nevado, eso significaba un día de fiesta, sin excepciones. No le apetecía caminar para ir a otro bar y no le quedaba té así que no tenía mas remedio que ir al centro para encontrar un supermercado y un café. Tomó el metro, que iba prácticamente vació, a pesar de ser las nueve, una hora que la gente solía ir a trabajar.
Él intentó convencerse de que lo había echo sin querer pero en realidad había sido a posta, había ido al café de Francis y a pesar de que él mismo intentará convencerse de que era porque el té estaba bueno, era porque si alguien podía alegrarle el día, sabía que era el francés. Tampoco es que él lo fuera a decir. Se sacudió la nieve de los pantalones y las botas antes de entrar en el café, para ser atendido de nuevo por Matthew.
El chico pareció sorprenderse de verlo ahí otra vez pero aún así le sonrió y le trajo el té. Arthur se había sentado en la misma mesa en la que se sentaron Francis y él, pero esta vez se sentía solo. En Londres tampoco es que hubiera tenido muchos amigos, pero tenía los suficientes para salir por las noches y emborracharse y entonces llegaba a casa, dónde Alfred le estaba esperando y los dos acababan en la cama. Quizás era por eso que el americano le había dejado, por haber llegado muchas noches borracho y entonces por la mañana tenía que aguantar sus vómitos.
Dio un sorbo al té y lo dejo otra vez. Miro por la ventana, para ver que la gente ya se movía por la calle a aquellas horas. Muchas de las personas iban con traje a trabajar, otras simplemente llevaban al perro atado con una correa y paseaban con una sonrisa.
-Quizás debería comprarme un perro, no me sentiría tan solo...-musitó para él mismo. ¿Que digo? No tengo ni para pagarme una casa como voy a comprarme un perro y mantenerlo. Soy idiota.
-Si te comprás uno, te recomiendo el Golden Retriever, dicen que son muy cariñosos.- dijo una voz, tomándolo por sorpresa. Giro la cabeza para ver a quien pertenecía, que por supuesto, no era ni mas ni menos, el acosador francés con una sonrisa. Arthur arrufó las cejas y dirigió su vista de nuevo a la ventana.
-¿Que haces aquí?- gruñó el inglés viendo que el francés se sentaba a su lado.
-Eso debería preguntarlo yo ¿non? Al fin y al cabo, este es mi café.- le dijo el francés con una sonrisa encantadora, bueno, como todas las suyas. El inglés lo miro por el rabillo del ojo y bufó. - Esto te queda bastante lejos de tu librería ¿O es que vives cerca de aquí?
-No.- contestó secamente el inglés. Pero entonces pensó que, si ya estaba mintiendo diciendo que tenía casa, ¿Por que no mentir sobre dónde estaba? Así el francés no le molestaría con llevarlo a casa. - Bueno... Sí, solo a dos calles de aquí.
-Oh ¿En serio? Me lo podías haber dicho sabes, ni que te fuera a violar por las noches.- rió Francis. El inglés solo le lanzó una mirada amenazadora y chasqueó la lengua. Parecía que había parado de nevar solo hacía unos minutos, pero volvían a caer pequeños copos del cielo. El inglés bufó por enésima vez y apoyó su cara en su mano. - ¿Vas a abrir tu librería hoy? - el inglés negó con la cabeza, sin molestarse a mirar el francés. - Entonces ¿Quieres ir a dar un paseo? Te aseguro que todo nevado queda hermoso.
-No, hace frío.- contestó Arthur secamente. El francés sonrió ante la testarudez de aquel hombre.
-Bien ¿Vamos a tu casa?- el inglés abrió sus ojos como platos y negó rápidamente con la cabeza.
-¡De eso ni hablar!
-¡Eh, eh! No te voy a hacer nada, chéri. Solo quería ver tu piso.- se excuso el francés alzando las manos. El inglés hizo una mueca y observó como aún salía un poco de humo de su té. Tumbó la cabeza hacía un lado y suspiro. En verdad, me gustaría ir a pasear con él... Pero él nunca iba a decirlo, no se iba a dejar llevar por el francés, porque aquel tipo acosador no era nadie para él, ni nunca lo sería. Pero aún así, era el único conocido que tenía en París. - Entonces, yo me voy a trabajar. - dijo el francés mientras se levantaba, se ajustaba la pajarita que llevaba y se ataba el delantal. El francés bajo la vista, y se mordió el labio. No quería pasar el día solo, pero tampoco quería perder ante aquel tipo.
Acabó de beber el té y se fue hacía Matthew para pagar. Se sacó la cartera del bolsillo trasero del pantalón y saco un billete de diez euros.
-¿Cuanto cuesta?
-Oh, nada, el señor Bonnefoy lo ha pagado por usted.- le habló con educación aquel chico. Arthur alzó las cejas y bufó. Miro a Francis de reojo quien estaba preparando un café por una señora que se había sentado en la barra.
-¡Gracias!- gritó enfadado el inglés. El francés solo sonrió mientras servía a la señora. Arthur salió del café y empezó a andar sin rumbo alguno. Tenía la vista fija al suelo, ya que no quería caerse de nuevo. Llegó al parque, pero aposta, ya que era un sitio bonito para pasear. Los bancos estaban llenos de nieve así que decidió no sentarse en ninguno, no quería ir con el culo mojado hasta su librería.
Casi nunca se sentía solo, aquel sentimiento le era indiferente ya que apreciaba los momentos tranquilos en los que podía escucharse a si mismo, leer un libro o simplemente cerrar los ojos sin nadie al lado. Apreciaba la soledad, o al menos hasta aquel momento. Quizás fue unas de las pocas veces que se sintió solo, y aquel sentimiento vació recordaba haberlo sentido una vez en su vida: cuando Alfred lo abandono y él se encontró a si mismo en un avión, sin nadie a su lado, rumbo hacía París.
Sacudió la cabeza intentando no pensar en aquel estadounidense. Sin duda, si él hubiera tenido el carácter que parecía tener su hermano quizás no estaría así. Pero ya era casualidad encontrarse a un familiar de Alfred en París. A él las casualidades no le gustaban. Tampoco creía en el destino, se negaba a creer que había alguien destinado a pasar la vida con él. Y si lo había, este estaba tardando en llegar.
Se regañó a él mismo por hacer un drama de las cosas. Ni estaba tan mal ni la ruptura con Alfred había sido horrible. Vivía en una librería, sí, ¿Y que? Al menos tenía un lugar dónde vivir. Y Alfred lo había dejado con amabilidad y todo el tacto que le fue posible. No se fue de golpe, dejandole una nota. Esperó a que el inglés llegará y habló con él, se disculpó e incluso lloró, cuando era Arthur quien debía hacerlo. Pero no, era en aquel momento, en aquel parque, que se acordó de Alfred y le invadieron las ganas de llorar.
Estaba solo así que no le importó que le escaparan un par de sollozos y dejó caer un par o dos de lágrimas. Se mordió el labio inferior y suspiró, secándose las lágrimas con la manga del abrigo. Empezó a caminar de nuevo, perdiendo la noción del tiempo. Al final, se aburrió, sacó su móvil y empezó a rebuscar en sus contactos alguien con quien charlar hasta que encontró alguien que fue uno de sus mejores amigos en Londres.
-¿Sí?- contestó aquella voz con acento japonés. El inglés sonrió al oír una voz conocida.
-Kiku, cuánto tiempo.- dijo el inglés. Al otro lado hubo un silencio sepulcral.
-¿A-Arthur? ¿Dónde estás? ¡Hace seis meses que no se nada de ti!- exclamó el japonés.
-En París.- le contestó.
-¿París? ¿Que haces en París?
-Alfred me dejo. - murmuró Arthur bajando la cabeza.
-Lo se.- contestó el japonés con un murmuro.
-¿Te lo dijo?- el japonés no contestó y Arthur solo podía oír su respiración. - ¿Kiku...?
-Lo siento.- dijo el japonés, su voz entrecortada. - Yo no quería... Os queríais mucho y yo nunca...
-¿Q-que pasa? - pero era demasiado tarde, el japonés había cortado la llamad, dejando a Alfred confundido. ¿Que pasaba? ¿Por que se había puesto a llorar? Y si él y Alfred nunca habían hablado mucho ¿Como era que se lo había dicho? El inglés, sin saber con quien hablar, guardó el móvil en el bolsillo y suspiró. No quiso darle mas vueltas, si el japonés no quería hablar con él era porque quizás estaba enfadado de que se hubiera marchado sin decir nada, pero aún así, al principio no pareció molesto, mas bien asustado y nervioso.
El inglés llegó de nuevo a la puerta del parque pero no pudo avanzar más porqué unos brazos lo envolvieron des de atrás y noto un aliento en la oreja.
-Te encontré.
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Sayonaraa
