Disclaimer. Personajes de propiedad de Jota K.
AQUEL OTRO TIPO DE MAGIA
CAPÍTULO IV
Encuentros y desencuentros
- Conociste a la maestra de Rose.
Rose había dejado de dibujar sobre su cuaderno - ¡cuaderno, no pergamino! – y ahora miraba atentamente a Percy, seguramente sorprendida ante la mención de su maestra y su nombre, Albus observada a su prima y no entendía muy bien que ocurría allí en ese momento, Ron demandaba alguna respuesta a su comentario y hasta Hugo, que se encontraba sentado en el sofá junto a su padre, dejó de intentar comerse uno de los crayones de su hermana, lo botó sobre la alfombra y ahora prestaba total atención a la curiosa conversación que, pese a sus tres años, sabía estaba a punto de presenciar. Harry observó con curiosidad a Ron; Lily, por su parte, quien estaba sentada sobre las piernas de su padre y se mecía de arriba hacia abajo, sólo dijo da y babeó un poco sobre su babero.
Percy miró de reojo a Ron, sin levantar completamente su mirada del ensayo escrito por Igor Tódorov, ex – asesor del Ministerio de Magia búlgaro que, a sus ciento cinco años, aún escribía sobre política mágica, en la página 7 de El Profeta. Por breves instantes, le pareció que la pluma de una mente tan brillante y resonante internacionalmente como Tódorov merecía mucha más atención que las palabras de su hermano. Sobre todo, porque rompía todas las reglas de los protocolos de conversación que Percy conocía y trataba de practicar, porque Ron ni siquiera le había hecho una pregunta. No, había realizado una afirmación. Pero luego ignoró todo lo anterior, porque recordó que Ron era su hermano y que, después de todo, se encontraban en la sala de su casa y él no era tan mal educado.
- Si - contestó Percy, volteando a la octava hoja del periódico, y con el dedo índice deslizó sus anteojos hacia arriba, para luego continuar con su lectura.
Ron lo observó largamente, con una mirada de incredulidad, los brazos cruzados y en silencio, mientras escuchaba el comentario sobre el resultado del último partido de los Chudley Cannons en la radio encantada sobre la mesita de café.
- ¿Y? – preguntó Ron
- Y, ¿Qué? – respondió Percy, intentando obviar el cuestionario de su hermano y continuar su lectura sobre las recomendaciones de Tódorov ante el último encuentro de los Ministros de todos los países que integraban la Comunidad mágica Europea.
- ¿Qué piensas? – inquirió nuevamente Ron, debatiéndose entre conversar con Percy y escuchar cómo el comentarista de la radio señalaba que había sido un desilusionante desempeño del equipo de Los Cannons.
- ¿Cuál es la importancia de eso? – Con un solo movimiento, Percy cerró El Profeta y lo miró directamente a los ojos, mientras decía lo anterior. Sinceramente, a Percy le parecía un fastidio este interrogatorio de Ron y lo encontraba un absoluto sin sentido.
- Es importante – le señaló Ron, levantando su voz un poco más de lo aceptado, intentando acallar la voz pequeña de Rose mientras ella comentaba insistentemente a Albus cómo su papá se veía como un gigante cuando se sentaba en las sillas de su salón de clases – Si no fuese porque Hermione insistió en que Rose asistiera a ese colegio muggle, jamás hubiese accedido a algo semejante.
- Y porque amenazó con que dormirías en el sofá, Ron – ante las palabras de Percy, Harry rio y se calló abruptamente cuando su amigo lo miró con aprensión y dejó escapar un suspiro.
- Mujeres. Ya las conoces
Percy sintió que una lectura muy interesante estaba siendo aniquilada por la conversación que su hermano intentaba entablar. No comentó nada más referente a eso. Solo agradeció en silencio no tener que pasar por lo que su hermano menor pasaba, muy seguramente, todos los días. Como estaba seguro ocurría de manera similar con Harry y el carácter infernal de Ginny. Al menos, Hugo era tan tranquilo como una fotografía muggle y Rose era una delicia de educación. No como el hijo de su hermana que era un pequeño monstruo y quien le estaba gritando a Ginny en la cocina que tenía hambre y quería cenar pronto.
Como un pequeño monstruo suele hacerlo.
Entonces, en pleno silencio, Hugo rio, muy probablemente porque a sus tres años era un niño muy inteligente, porque ya se podía imaginar a la maestra de Rose vestida de princesa de cuento y a su papá como un gigante durmiendo en el sofá, y luego se llevó a la boca el crayón de su hermana que había botado sobre la alfombra y que Ron había recogido. Percy rompió el silencio y dijo,
- Ron, quítale ese crayón a tu hijo, ¿quieres?
Ron le quitó de malas ganas el crayón a Hugo, miró a su hermano y permaneció en silencio durante varios segundos. Albus siguió coloreando y decía 'Papá, este eres tú' mientras dibujaba algo parecido a la túnica oscura de Harry plasmado en un dibujo. Percy observó esta escena, mientras levantaba su ceja izquierda. Rose reanudó su dibujo en el cuaderno, procedió a pintar de amarillo al sol y de celeste a las estrellas y a Percy le pareció, con seguridad, que se trataba de alguna tarea relacionada con el cuento sobre Jupiter que él, personalmente, había escrito, con un bolígrafo, sobre hojas de papel.
De papel, como las hojas del cuaderno verde de Rose.
No pergamino.
Con un bolígrafo azul, no con pluma y tinta negra.
De pronto comprendió en parte la aprehensión de su hermano. ¿Qué sucedería después? ¿Habría que esperar que Rose no quisiera vestir las inmaculadas túnicas? ¿Qué prefiriera ver televisión como los muggles, en vez de escuchar su lectura de Los cuentos de Beedle, el Bardo o Polvo de estrellas para cada noche todos los domingos? ¿Qué se convirtiera en una mal educada imprudente, como los jóvenes muggles que hace un mes habían tirado globos con pintura fosforescente a la sede del Parlamento Inglés? ¿Se contagiaría esto a toda su familia? ¿Tendrían que esperar que luego, ante lo inevitable de la vida, Albus también asistiera a un colegio muggle?
Ginny gritó desde la cocina que la cena estaba lista y lo sacó de esos pensamientos tan horribles y espantosos. Entró apresurada a la sala, le indicó a Rose y a Albus que fueran a prepararse para cenar, le señaló a Harry que le lavara las manos a Lily y le ordenó a Ron que se dignara a ayudar a su mujer.
Ron gruñó brevemente, Harry agachó un poco la cabeza y Percy sonrió. Abandonó El Profeta junto a la mesa de café, Rose tomó su mano y, mientras lo guiaba hacia el comedor le dijo 'Tio, tu también te verías como un gigante si te sentaras en las sillas de mi escuela'.
El aroma de la cena era delicioso. La imagen de su hermana alimentando a la pequeña y diminuta Lily también lo era. Tal como el apretón de manos que Hugo le dio, intentando parecer niño grande. O como el beso de Rose y su 'tío, te quiero mucho' cuando procedía abandonar la casa a las ocho de la noche.
Pero no fueron suficientes. Nunca eran suficientes.
Eran escenas entrañables para cualquiera.
Para cualquiera, excepto para Percy Weasley, un hombre de 32 años que agradecía, como casi siempre solía hacerlo, que en su departamento no hubieran gritos de niños y mujeres, juguetes tirados, baberos con papilla y pañales sucios.
Audrey Dittborn suele despertarse muy temprano, desplegando una lucha silenciosa entre ella, las sábanas con flores, los almohadones color crema y la luz que se cuela por los espacios libres de las cortinas justo a eso de las siete de la mañana. Y era una verdadera lucha. Silenciosa, pero lucha al fin y al cabo.
Porque hay muchas cosas en el universo que Audrey disfruta y una de aquellas tantas es dormir escondida entre almohadones gigantes y sábanas cálidas. En las noches invernales, arroparse frente al televisor y suspirar frente a una comedia romántica, leer la sección de espectáculos de The Mirror mientras disfruta de un te muy dulce y un trozo de Kuchen; invitar a su mamá a cenar algún día de la semana y después conversar hasta tarde con ella; trotar los sábados en la mañana con la brisa fría que se enreda en su cabello y luego, por la noche, ponerse un vestido corto, ir a bailar con sus amigas y reír a carcajadas mientras bebe una cerveza helada.
Audrey Dittborn disfruta de todas aquellas cosas ya mencionadas y de muchas otras más. Como por ejemplo, esperar a sus estudiantes en la entrada del salón de clases todos las mañanas, de lunes a viernes, cantar junto a ellos, declamarles versos y cuentos infantiles, sentarlos en un círculo sobre la alfombra, al centro del salón y conversar sobre las profesiones y oficios que tienen sus padres; aunque Rose, una de sus alumnas más aventajadas, más extrovertidas y más adorables, se retraiga y no sepa muy bien como explicar el trabajo de su papá y solo mencione, con una voz inusualmente disminuida, que 'papá atrapa a los tipos muy malos'.
Disfruta almorzar junto a Robert, el profesor de historia del colegio, y responder con una risa a la invitación a cenar que le hizo; que él la acompañe hasta su salón y que, durante la reunión de profesores del jueves a las cuatro de la tarde, mientras el Jefe de la Unidad Pedagógica les explica sobre los nuevos criterios que deberán incluir en sus evaluaciones, Robert tome notas en un papel y luego la mire de reojo, como si ella no se diera cuenta y, cuando sus miradas se cruzan, Audrey le sonríe coquetamente porque sabe que aquello es lo que le gusta de ella. Disfruta cuando el viernes en la tarde, vertiginosamente, sale de compras al centro de Londres con una amiga porque debe encontrar el atuendo perfecto para el sábado en la noche. Disfruta pasar el atardecer del sábado esmerándose por lucir perfecta, arreglando su cabello - ¡porque, Dios mío, incluso se rasuró las piernas para esa noche! – y luego escuchar a Robert llamando a su puerta, reír junto a él mientras ven la película que eligió en el cine y suspirar, como si tuviera quince años a pesar de tener veinticuatro, cuando tomo su mano entre las sombras y, al abandonar la sala, que la recorra un escalofrío cuando él la toma de la cintura. Disfruta caminar a su lado y que la abrigue entre sus brazos imponentes, aparte un mechón de su cabello de su rostro y la bese rápidamente, perdidos entre las bancas de Hyde Park, porque Audrey siente que está viviendo una escena de una película romántica.
Disfruta cuando el domingo por la mañana se despierta pensando en él, abraza a su almohadón mientras recuerda sus besos apasionados y sus caricias a media noche y como, a las tres de la madrugada, cuando la fue a dejar a su departamento, le dijo con una mirada que desde hace mucho tiempo le gustaba, incluso si el reglamento del colegio lo prohibía y ya no faltó nada más. Disfruta almorzar con sus padres el domingo por la mañana y, luego de terminar de comer el postre, revolcarse en el jardín de la casa de su hermano con su sobrina de tres años. Incluso disfruta, al llegar a su departamento a eso de las seis de la tarde, tener que ordenar materiales y planificaciones para el resto de la semana y que, mientras presiona las letras del teclado de su computador personal, su teléfono celular le avise que tiene un nuevo mensaje de texto y que al leer que es de él, diciéndole que la pasará a buscar el lunes a las ocho de la mañana, sienta un calor placentero en el vientre.
Disfruta despojarse de sus lentes de lectura por la noche, soltarse el cabello, abandonar a su destino entre el cobertor la novela que leía y dormir escondida entre almohadones gigantes y sábanas cálidas. Disfruta que Robert le abra la puerta de su automóvil, le diga que está hermosa, la ayude a cargar carpetas y cuadernos sin revisar y que, antes de que sus estudiantes lleguen a clases y que él deba dirigirse, con su maletín, a tomar un examen de historia universal a sus estudiantes de secundaria, cierre tras de sí la puerta de su salón de clases, la tome por la cintura y la deje sin respiración.
Últimamente, Audrey Dittborn disfruta de todas aquellas cosas.
Sobretodo, sentir que esta en el lugar que debe estar y que las cosas marcharían perfectamente, tal como la vida había decidido que ocurrieran.
Percy Weasley disfrutaba despertarse muy temprano. Todos los días, sin excepción y muy compulsivamente, de acuerdo a sus hermanos. No le costaba para nada desprenderse de las sábanas, perfectamente estiradas, a eso de las seis de la mañana, avanzar rápidamente hacia el baño, vestirse con su túnica nueva y calzarse los zapatos brillantes que la noche anterior, diligentemente, lustró.
Porque hay muchas cosas en el universo que Percy disfruta y una de aquellas tantas es eliminar la incertidumbre y permitir que sus días transcurran tal como él y su agenda lo planean, sin ninguna sorpresa desagradable y aborrecible. En las noches invernales, prepararse un humeante café y sentarse frente a su escritorio perfectamente ordenado; leer la sección de noticias internacionales de El Profeta mientras sus sobrinos corretean por La Madriguera porque eso permite crear un mundo particular; acudir a la casa de sus padres alguna que otra noche durante la semana y enviarle cartas breves con saludos amorosos a su madre porque sino ésta se enfurece y luego le reclama durante todo el fin de semana.
Percy Weasley disfruta de todas aquellas cosas ya mencionadas y de muchas otras más. Pequeñas cosas, realmente, pero que logran alumbrar su vida. Como por ejemplo, levantarse apenas clarea, salir de su apartamento precisamente cuando el reloj le indica que debe hacerlo, no antes y, obviamente, no después; tener un trabajo al cual es fiel y devoto en cuerpo y alma, un trabajo que anhelo desde su infancia, anhelo que el paso de los años solo se encargó de reafirmar llegar antes que nadie a su trabajo porque no se puede dar licencia de demostrar algo que no es. Disfruta aparecerse en el Ministerio de Magia, regalarle a Henry, el remplazo de Jane, un ligero movimiento de cabeza y un ¿Qué tenemos para hoy?, para luego encerrarse en su oficina y agitar su varita para que los pergaminos vuelen hasta su escritorio. Disfruta poder cada mañana, a las ocho en punto, desayunar en su despacho y deleitarse con un te cargado, apenas endulzado aunque, desde que Jane dejó de trabajar debido a su permiso maternal, ha tenido que prepararse él mismo porque nadie en esa oficina ni en ese departamento sabe preparar el te como a él le gusta, excepto ella.
Disfruta que, durante las semanas invernales, no le es necesario esforzarse para que el tiempo le alcance para todos los asuntos que debe atender porque los días durante invierno son más cortos y si hay algo en el universo que a Percy no le gusta es que el tiempo pasara en vano y se le escape por entre los dedos, porque realmente él es un tipo sumamente diligente y altamente funcional; durante los días veraniegos, distraerse trabajando como le gustaba, sin complicaciones ni interrupciones absurdas porque, pese a que allá afuera los niños jueguen en las piletas y los adultos almuercen sobre lo verde del parque, él murmura algún sortilegio y su día es perfecto..
Disfruta almorzar a solas y tener innumerables reuniones laborales durante la semana, porque eso lo hace sentir vivo, incluso si se siente estresado o consado. Disfruta no tener una compañía constante que luego se transforme en gritos, quejas, reclamos y asumir compromisos que realmente no quiere asumir; poder disponer de su día como a él le antoje y no pensar en que habrá alguien en casa que se enojará si trabaja hasta más tarde porque en su mundo así simplemente no funcionan las cosas; que si es que lo desea puede mantener alguna u otra relación meramente física con alguna u otra mujer, cuando a él le apetezca y en los términos que él disponga y elegir que ese viernes por la noche será el día en que aplacará sus deseos de intimidad, sistematizado como todo evento que planea en su vida, y, luego de abandonar su despacho y cruzar el atrio del Ministerio, acudir a algún bar cercano, tomar un par de tragos, intercambiar algunas palabras con la muchacha de cabello rubio y ojos brillantes y luego llevársela a la cama.
Disfruta, a sus treinta y dos años, no tener que esmerarse por conquistar a alguna mujer que desee y no experimentar emociones y sentimientos que realmente no quiere sentir, como ahora, cuando esa mujer, de veinte, roza intencionalmente sus piernas contra las de él y, mientras bebe de su copa, le sonríe coquetamente y luego acaricia su brazo y su pecho, porque entonces Percy sabe que ella desea lo mismo que él. Disfruta llevarla a un hotel por un par de horas, porque así es exactamente como planificó esa velada, y que se encargue de desnudarlo rápidamente porque mientras le desanuda la corbata él tiene tiempo de acariciar sus piernas desnudas. Y es como un trámite burocrático a los que Percy está tan acostumbrado y de los que disfruta tanto. Porque sabe que mañana por la mañana no se sentirá obligado a contactarla ni a quedar nuevamente con ella, ni inquirir sobre sus motivaciones personales ni preguntarle por su familia ni tantas otras cosas que sólo terminarán por confundir su vida.
Disfruta poder dormir en su cama aquel sábado por la madrugada y despertar sólo, sin compañía, aquella mañana, porque su compañera de la noche pasada abandonó las sábanas del motel y él se dirigió a su apartamento sin ella; que, durante la tarde, visite la casa de alguno de sus hermanos y terminar su noche con la única compañía de un buen libro sobre análisis mágico y sin otras interrupciones.
Disfruta reunirse con su familia completa y compartir un delicioso almuerzo en La Madriguera el domingo por la mañana y, luego de terminar de comer el postre, mientras alguno de sus hermanos juegan quidditch con sus sobrinos, sentarse en la sala de estar con Rose y Albus para leerles Polvo de estrellas para cada noche . Disfruta que, al llegar a su departamento a eso de las seis de la tarde, tiene tiempo para planificar su semana y corregir alguno que otro informe pendiente, porque su departamento es silencioso y perfecto para trabajar y ahorrar tiempo.
Percy Weasley disfruta de todas aquellas cosas y de muchísimas más.
Sobretodo, sentir que esta en el lugar que debe estar y que las cosas marcharían perfectamente, tal como él las había planeado.
Notas de la autora: ¡Por fin actualicé! Mis disculpas más sinceras por el significativo atraso en esta historia. Espero que mi vida prontamente se regularice, jajaja. No comprendo como a Audrey le puede gustar la cerveza bien helada. Yo la detesto!
¿Comentarios o sugerencias? Todo es bienvenido. ¡Cariños!
