Disclaimer: Los personajes Borin y Omagi son propiedad de los productores de NCIS, Shane Brennan, Gary Glasberg y el guionista de ese capítulo: Lee David Zlotoff.

3

Sobre los sospechosos

XI.

Rivers iba caminando con cuidado, pues llevaba dos vasos de té en las manos.

La sala de espera interna del hospital era un lugar blanco, de dimensiones cómodas y espaciosas. Daba una sensación de que totalmente antiséptica, y no tenía ni un cuadro en las paredes desnudas pero muy bien cuidadas. El lugar muy monocromático, solo era matizado por el color en las cinco personas que esperaban en las sillas de plástico pegadas a las paredes, y por los dos agentes especiales de la CGIS. En la recepción se encontraba un enfermero negro de mediana edad, sentado a la computadora y muy absorto en su trabajo.

Ríos estaba junto al señor William Mack, solo ellos ocupaban las sillas frente a recepción. El hombre miraba hacia el suelo. cuadriculado de crema y verde claro, como si fuera lo más interesante que había visto en el mundo. Su rostro se veía moteado de rojo sobre todo en la nariz y los ojos, mientras en las mejillas estaban totalmente pálidas y su boca temblaba casi imperceptiblemente.

Cuando Rivers se posicionó frente a él, Mack lo volvió a ver lentamente y dijo:

—Gracias oficial —con una voz gruesa y acompasada.

El hombre le tendió ambas manos para tomar el té. Luego, se acomodó rápidamente contra el respaldar, haciendo alarde de una energía que antes no parecía tener.

—De nada —respondió Rivers con un tono tranquilo, entregándole también unos paquetitos de azúcar. Mack asintió mientras los tomaba y luego usó los cuatro de ellos para endulzar su té, poniéndolo en la silla vacía del otro lado.

—No puedo creer que esto esté pasando. Hace solo unos días estábamos celebrando porque le dieron una beca deportiva para ingresar a la NYU, y ahora... —dijo, como a nadie en particular, y luego miró de nuevo hacia el suelo. Parecía estar como lejano a la situación de alguna manera.

Ríos y Rivers se dirigieron una mirada profesional mientras él le entregaba el té. Luego, el agente especial le hizo un ademán con la cabeza a ella, indicándole al señor Mack antes de irse hacia recepción.

Justo después de que el hombre tomara su primer trago, Ríos habló con un tono confidencial y reposado.

—… entonces, al día siguiente que su hija Susan le contara lo que había estado pasando con Latterly, usted se lo encontró en las competiciones. —le dio pie a continuar con su declaración.

El hombre se volvió a verla y asintió. Se irguió como preparándose para seguir. Cuando habló, en toda su expresión corporal se podía leer un muy fuerte enojo que él intentaba controlar al mantenerse quieto y hablar apenas moviendo la quijada.

—Fui a hablar con ese… —prefirió no decir lo que pensó y siguió— sobre lo que había pasado con Susan. ¡Y el muy desgraciado me lo negó! —sus manos empezaron a vibrar de sus músculos en tensión. El hombre se tranquilizó con la respiración y tomó otro sorbo, antes de poder seguir diciendo—: Y me lo siguió negando. Yo… —la volvió a ver, con cierta súplica e indignación— Usted comprenderá, oficinal, ese animal le había hecho… eso a mi hija, y ahora me lo negaba. Vi rojo y me le fui encima, pero cuando me di cuenta no le pude dar ni un golpe y ya estaba en una llave hecha por el infeliz.

Empezó a temblar más. Se dio otro momento de respiración y té, mientras Ríos le decía:

—Tranquilo señor Mack, tómese su tiempo.

Eso pareció ser suficiente para que él siguiera hablando, viendo de nuevo hacia el suelo cuadriculado.

—Llegó gente y… no quise ventilar los problemas de mi niña frente a toda esa gente, por lo que me fui.

—¿A dónde?

—A casa, ¿¡A dónde más iba a ser! —alzó la voz, viendo a Ríos como si parte de ese enojo presente siempre en él se hubiera salido de la nada hacia ella. Cerró los ojos y respiró de nuevo profundamente antes de volver a abrirlos y decir—: Las competencias habían terminado. Fui a la piscina, y apenas terminó su ronda le dije a Susan que fuera por sus cosas, y volvimos a casa. Le dije que todo iba a estar bien pero…

El hombre se cubrió los ojos con una mano. Su voz le había fallado y volvió a temblar.

XII.

Unos dos metros más allá, el enfermero colgó el teléfono y le explicó a Rivers con un tono de voz adormilado:

—Sigue inconsciente, pera ya tiene las heridas en los brazos cosidas y van bien las transfusiones.

—¿Cuándo puedo…?

—¿Verla? —se adelantó el hombre, con una mente rápida y voz casi pastosa—. No antes de que la vea el psiquiatra. Mañana más cerca del almuerzo que del desayuno, imagino. —y dio por terminada la conversación con un gran bostezo.

—Gracias —le dijo Rivers a la boca muy abierta del enfermero.

Se volvió, con los brazos apoyados en el alto mostrador de la recepción, a ver a su novata hablando con Mack. Sin embargo, pronto frunció el ceño. Ríos le estaba acariciando la espalda al hombre encorvado sobre sí mismo, mientras le decía algo. Luego ella se puso en pie, se tomó el té que se había enfriado en su mano de un solo trago y, con una expresión trastocada, fue hacia el agente especial.

—¿Sabes? Creo que podrías también interrogar a los familiares de las víctimas o ese tipo de personas.

Rivers se indicó, con un ademán circular de la mano, los ojos.

—No es muy buena idea.

—¡Oh vamos! ¿Sigues con lo de «demoniojos»? En serio, ¡No es para tanto!

—Son tan negros que no se les diferencia el iris de la pupila —dijo, con tono de resignación—. No, con las víctimas y personas que necesitan tranquilidad, mejor ir a lo seguro. Ya, cuando se necesita del «policía malo», que yo interrogue es lo seguro.

Ella le hizo negó y puso los ojos en blanco, como diciéndole que era un engreído.

Luego de tirar el vasito de papel, le preguntó con interés.

—¿Cómo está?

—Fuera de peligro, la podremos ver mañana. —ella asintió y Rivers le hizo un ademán con la cabeza hacia Mack—. ¿Qué te dijo?

—Está destrozado. Toda su familia está en Mississippi, de donde se vino hace tres años para un nuevo comienzo, porque perdió a su mujer en un accidente en la casa. Y ahora, le pasa todo esto a su única hija… —respondió, con sincera lástima en la voz. A la vez, se hacía una cola alta en el cabello, como si necesitara hacer algo, nerviosamente.

Rivers la miraba, extrañado de alguna manera y por fin dijo:

—Ríos, nuestra víctima es Latterly —afirmó él, admonitoriamente—. No olvides que nuestro trabajo es «darle justicia al Guardacostas»…

—Y en serio que no escogemos al Guardacostas. —como vio que él le estaba dedicando una de sus peores miradas de regaño, se defendió con unas exclamaciones susurradas—. ¡Vamos Rivers! ¿No me vas a decir que te hace gracia tener de víctima a un abusador de menores?

—Ese no es el punto. Latterly es nuestra víctima. No estamos aquí para enjuiciarlo a él, sino para encontrar a su asesino —retrucó en seguida.

Ríos se cruzó de brazos y parecía lista para seguir el debate, cuando decidió recular. Se movió para estar a la par y al lado de su jefe. Los dos miraron de nuevo a Mack que volvía a erguirse un poco, tomando su té y viendo el suelo, ido.

—Después de la discusión con Latterly, el señor Mack buscó a su hija y se fueron a su casa. Esa es su cuartada.

—¡Gracias! —le dijo, como si fuera un cumplido exasperado por hacer su trabajo—. Mañana lo corroboraremos, después de que Susan tenga la cita con el psiquiatra.

Rivers dejó de recostarse en el mostrador y miró el reloj.

—Lo siento… —dijo ella de repente, con tono reflexivo. El agente especial la volvió a ver— Creo que es un mal hábito de mi otro trabajo. Creo que encasillé a los Mack entre las víctimas y a Latterly como el «malo». Tener siempre presente que los «malos», son los «malos», era básico en mis antiguas tareas.

Él se acercó de nuevo a Ríos y, con tono más relajado, comentó:

—Aquí también lo es. Solo que nuestro malo es el asesino de Latterly, no el que ya está muerto. Y para que quede asentado: a mí tampoco me gusta el Guardacostas que nos tocó ésta vez.

Ella lo miró, ya más tranquila y Rivers volvió a erguirse totalmente para iniciar el camino hacia la salida del hospital.

—Vamos a nuestras casas novata. Ya hemos terminado por hoy.

—¿No crees que eso es algo que deberías preguntarle a la jefa? ¡Eh, perdón! A la co-jefa. —lo bromeó, yendo detrás de él.

Rivers negó.

—En serio que cuando se te mete una broma en la cabeza, la sigues hasta que ya pierda toda la gracia.

Ella sonrió mucho.

—Para mí la sigue teniendo.

XIII.

Las personas, cámaras y luces estaban totalmente dirigidas hacia un podio, el mismo que el director de la oficina de Boston de la CGIS miraba con el seño fruncido. Era como si estuviera viendo hacia un enemigo e intentando dilucidar como derribarlo.

A un lado de él, una mano se acercó a su rostro, cosa que lo hizo dar un respingo.

—Lo siento señor, solo le iba a poner el audífono —le decía una mujer, aún con la mano extendida hacia él y el pequeño aparato negro en sus dedos.

Paulsson miró de la mujer hacia las otras tres personas que estaban ahí, a un lado y unos metros del podio, resguardados de los reporteros. Todos eran profesionales de la Guardia Costera, en específico, en el área de relaciones públicas. El director de la oficina de Boston de la CGIS frunció el ceño.

—No es necesario —le dijo a la mujer, después de unos segundos. Cuando ella intentó acercar de nuevo el audífono a él. Paulsson manoteó para alejarla de su oreja—. Ya me han dado varios consejos, gracias. Tengo alguna experiencia en interrogatorios, y creo que puedo hacerlo bien sin voces susurrándome al oído.

La mujer, decepcionada, bajó el aparato. Las demás personas le dieron los buenos deseos, Paulsson sacó un pañuelo para pasárselo sobre el rostro, solo por si acaso, y salió.

-o-

»—… Les repito que estamos haciendo nuestro más grande esfuerzo por esclarecer el asesinato del señor Kendall Latterly —decía Paulsson, con un hablar paciente, pero con ese tono que decía que estaba a punto de perder la tranquilidad—, y si hubiéramos tenido información sobre las dudas que se tienen del carácter de la víctima, también, por supuesto, lo hubiéramos investigado con toda la rigurosidad del caso. —Paulsson buscó con la mirada e indicó, casi que al azar, al siguiente periodista con derecho de hacerle una pregunta.

O`Connor veía en directo la entrevista por uno de sus monitores de computadora muy interesado, a la vez que comía unas palomitas de maíz. En el laboratorio, las luces estaban apagadas, menos algunas lucecitas de varios aparatos y esos monitores.

Sin embargo, un sonido de alarma lo hizo levantarse de la silla, subir el volumen de los parlantes e ir hacia un aparato, sonriendo y comiendo aún palomitas.

Mientras O`Connor veía los resultados en un monitor y con ayuda de un mouse en el mismo aparato, la entrevista a Paulsson continuaba:

»—Martha Simmons, de la Extra… Debe ser de su conocimiento que, para ingresar a la Guardia Costera, todos los jóvenes tienen que pasar por unas pruebas psicológicas. ¿Qué cree usted sobre que no se tenga la misma rigurosidad con los reclutadores? Más que ellos son las personas de la Guardia Costera que trabajan directamente con adolescentes.

Mientras Paulsson veía a la mujer, tratando de no fruncir tanto el ceño, O`Connor sonrió con puro humor negro y dijo a la nada.

—¡Golpe bajo! A ver como lo torea, jefe.

»—La ayuda y examen psicológico es un recurso que se ha usado con personal de la Guardia Costera. Siempre se tiene la opción de recomendar y hasta exigir a cualquier persona de la institución, que visite el departamento de psicología. Hasta, en ciertos casos, es un requisito anual.

»—Sí, pero para ciertas personas que trabajan en búsqueda y rescate, ¿no es cierto? —insistió la misma voz de mujer de la anterior pregunta.

»—Sí, igual a los estándares de varias otras instituciones que sirven a nuestro país —le respondió Paulsson, seco—. Como nosotros en la CGIS, que velamos por…

Pero O`Connor no oyó lo demás de la entrevista, porque veía la pantalla del aparato en que había estado trabajando, sonriente.

—Lo que imaginé, él estaba limpio de los esteroides… —habló de nuevo, como esperando un «¡Muy bien O`Connor!» que, obviamente, no llegó.

XIV.

—Entonces, ¿el examen toxicológico dice que la víctima estaba limpio, pero encontraron rastros de esteroides en su bolsillo? —Borin decía eso con el teléfono celular pegado a su cabeza, mientras se metía un dedo en la otra oreja. Además, lo preguntó con la voz más alta de lo común.

Alrededor de ellos, el ambiente era muy bullicioso. Estaban en una arena de peleas clandestinas, lleno de todo tipo de personas en las gradas, que gritaban hacia uno u otro contendiente, como si la vida se les fuera en ello. El aire se encontraba lleno de humo de cigarrillo, y olor a alcohol. El ambiente estaba en semioscuridad, pues las luces se concentraban en el cuadrilátero, donde dos mujeres se golpeaban al estilo libre.

Borin estaba caminando viendo hacia abajo, bajando en el pequeño espacio entre gradas que habían dejado los asistentes al lugar.

¡Exacto! —le respondió O`Connor, emocionado—. Si me pides mi opinión, creo que ese puede ser el móvil para la discusión entre Latterly y… —dejó de hablar por un segundo, y luego se susurró para sí—, el entrenador, ¿Cuál era su nom…? ¡Michael Donahue! Del que me pediste que buscara información. ¿Les llegó la fotografía?

Borin vio hacia Omagi. Estaba más abajo que ella y moviéndose entre la gente con fluidez, por más que algunos le gritaran improperios por meterse con su visión de la pelea. De tanto en tanto veía hacia su teléfono celular, antes de mirar de nuevo hacia las personas.

—Sí, nos llegó. ¿Algo más?

No se encontró el teléfono celular en la escena y no lo he encontrado en la red. Las llamadas hechas desde el teléfono de su trabajo no parecen dar mayor información. Estoy con el uso del dinero, pero en los tres meses anteriores, no ha habido gran movimiento. Es todo lo que tengo y no tengo nada más que investigar.

—Entonces… —dijo ella, como esperando una solución.

Mañana iré de nuevo a la escena del crimen, para ver si encuentro algo más y hago algunas pruebas. Seguiré con las finanzas… No me creo que haya tan poco que pueda inspeccionar en este caso. Algo se me habrá pasado por alto.

Borin sonrió apenas y asintió. Pasaba por entre dos personas que se habían metido mucho en le pequeño espacio para subir o bajar.

—Ve a casa O`Connor. Buen trabajo.

Hasta mañana.

Ella apagó el celular y fue hacia Omagi. Éste la esperaba de pie entre las personas, mirando hacia el otro lado y Borin alternativamente. Cuando iba a decirle algo, recibió una bolsa vacía de palomitas en la cabeza, y un abucheo general de las personas detrás de él.

El agente especial miró de mal talante al señor obeso y rubicundo que le gritaba «¡Ey! Tengo 100 dólares en esa pelea. ¡Déjame verla!». Pero a un grito de «¿Qué?» de Borin, Omagi la volvió a ver.

—Ya lo encontré, está en…

Pero Borin supo donde estaba Donahue antes de que él terminara de hablar. Uno de los contendientes que ya había peleado, sentado a una banca más cercana al cuadrilátero; salió corriendo, empujando personas, hacia los camerinos.

La pelirroja bajaba lo más rápido que podía, mientras Omagi gritaba que el que huía era Donahue.

Las personas empezaron a ver más hacia ellos que a la pelea… sobre todo cuando Omagi bajó de lado y entre dos personas, fue hacia el cuadrilátero, se impulsó con las manos y subió los pies al borde de éste, irguiéndose con fluidez. Luego, apoyándose en una esquina del cuadrilátero, pasó por arriba de las cuerdas con las piernas a un lado. Apenas estuvo adentro del ring, corrió hacia el otro lado (las dos peleadoras y el referee quedándose idos, viéndolo) y brincó con fuerza, doblando mucho las piernas, para poder pasar limpiamente por arriba de las cuerdas.

Todos en el lugar, o muchos, dieron exclamaciones de asombro.

Omagi cayó acuclillado y con una mano amortiguando más la caída. Los hombres y mujeres de la banca de los peleadores que ya habían pasado por sus rounds, se ponían en pie, como si hubieran esperado que él les cayera encima.

El agente especial se puso en pie con gran rapidez y salió corriendo a lo más que podía hacia el pequeño túnel, a cuyo fondo estaba huyendo el sospechoso.

—Agente especial Omagi de la CGIS, ¡ALTO! —le gritó.

Lo único que consiguió con eso fue que las murmuraciones y extrañeza de las personas crecieran rápidamente, y que el hombre lo volviera a ver y corriera con aún más ahínco.

Las personas se ponían en pie tratando de ver mejor lo que pasaba. Eso hacía que Borin bregara por poder bajar de las gradas opuestas a donde Donahue. Usando gritos de autoridad, y las piernas y los brazos para empujar, apenas conseguía que le dieran espacio para bajar hacia el cuadrilátero.

Para cuando el hombre dio vuelta en una esquina del túnel, Omagi ya estaba siguiéndolo lo más rápido que podía y acortando distancia.

XV.

La puerta metálica, pesada y oxidada, abrió tan rápido y fuerte que pegó contra la pared y se devolvió. Sin embargo, Donahue pudo interponer su poderoso brazo para que no lo golpeara, miró hacia atrás un instante, y corrió hacia la calle.

Era una carretera de un solo carril, iluminada por un potente poste con luz anaranjada en una esquina y el bombillo sobre la puerta. A un lado de la calle, varias motocicletas estaban alineadas.

Donahue cerró la puerta y corrió hacia esas motocicletas, pero paró un instante, pues parecía haberse quedado en blanco o no saber cuál era la suya. Era un hombre alto de contextura delgada, pero muy musculoso; moreno y con cabello café ensangrentado a un lado por un golpe en la ceja. Tenía otro golpe a la altura del pómulo derecho y en su pierna izquierda, depiladas y que eran visibles por los pantalones cortos y camiseta que había elegido usar en la pelea; se apreciaba un gran morete de otro impacto a la altura del muslo. Sin embargo, mientras lograba encontrar con la mirada la motocicleta y fue hacia ella, no parecía sentir ningún dolor.

Omagi salió justo cuando él se estaba montando en su moto. Decidió patear la última de la fila para que, después de que cayera la segunda, ésta impactara en la de Donahue y lo hiciera caer. Luego, mientras el sospechoso caía de lado e intentaba ponerse en pie entre las motocicletas, el agente especial se acercó a él con el arma en las manos.

—Levántese lentamente y ponga las manos don…

Pero lo demás quedó en el olvido cuando Omagi cayó al suelo, porque Donahue le agarró una pierna. Ya en el suelo, el agente especial intentó patearlo, pero el hombre ya se había levantado y parecía inmune a los golpes. Cuando Omagi le apuntó con el arma el hombre, lejos de inmutarse, le cogió la mano con tanta fuerza y le movió el brazo a un lado, haciendo así que dejara cayera el arma unos metros lejos de ellos.

El agente especial había dado un chillido de dolor, pero al instante de verse desarmado, intentó hacerle una llave en la cabeza con las manos. Donahue parecía fuera de sí, y bregando con facilidad para que lo soltara, se puso en pie llevándose a Omagi con él, abriendo los ojos de total sorpresa.

Finalmente, el sospechoso, dando un rugido casi que animal, lo hizo soltarlo e iba a golpearlo en la cabeza, golpes de los cuales Omagi se alejaba apenas. Intentó darle una patada en el costado, la cual sí impactó. Sin embargo, la expresión de victoria de Omagi no se terminó ni de asentar, cuando el hombre le tomó la pierna y lo tiró al suelo. Una maldición ahogó el gemido del dolor de Omagi, por el impacto.

Enojado, llevó las manos a detrás de su cabeza para levantarse impulsándose con ellas, pero en ese instante Donahue lo levantó con las manos en el cuello. Omagi, pálido y sudoroso, trataba de hablar con él pero no podía, mientras le golpeaba en el rostro con un puño, aunque parecía totalmente impasible a ese dolor, casi ni movía la cabeza con ellos.

La respiración muy fuerte de ese hombre, y sus ojos fijos en él hacían que se pareciera en algo a un toro… Omagi intentó patearlo en el costado, y nada, casi ni se movió.

Por eso, se extrañó y se sintió aliviado a partes iguales cuando el agarre que no le dejaba respirar se fue al instante, mientras Donahue daba una maldición en un tono muy agudo.

—¿Y tu arma, Omagi? —Le preguntó Borin, mientras bajaba la pierna con la que le había golpeado con mucha fuerza en los testículos, y se guardaba el arma.

Omagi tomó aire con fascinación y se reprimió de darle un puntapié al hombre caído, mientras su jefa se le acercaba y lo miraba a la cara, preocupada.

—Gracias… estoy bien, me la quitó en el forcejeo y… —dijo, con voz ronca. Pareció necesitar más aire para decir algo más.

Borin lo miró fijo, como si necesitara verlo más que oírlo… Donahue se seguía revolcando y gimiendo por lo bajo en el piso.

La agente especial asintió, le puso una mano en el hombro a Omagi, que ya estaba logrando normalizar su respiración y dijo:

—Ve por tu arma y a tu casa. Yo me hago cargo de él y el papeleo.

—Jefe, ¿está segura que…?

Ella le dio una palmada en el hombro.

—Nos vemos mañana a primera hora.

Sacó las esposas, y se agachó para tomar las manos de Donahue con mucha más violencia de lo necesario. Omagi se alejaba de ahí, pero sin dejar de ver al sospechoso que seguía bufando, rabioso.

OoOoO

Y eso es todo, ¡Nos vemos dentro de dos semanas! Y si estás leyendo, nada te cuesta comentar!

Abrazos!