Capítulo 4. Él no es un santo.

Al anochecer se encontraban juntos; unidos como amantes, amando cada rincón de la piel ajena que los enloquecía. Tan acoplados a aquel tórrido romance, que en ocasiones Serpiente olvidaba que Ace no era ningún santo.

Existían aquellas noches de amargura en las cuales no conseguía vislumbrar al jefe de la pandilla atravesar la puerta del departamento. Existían aquellas madrugadas en las cuales Sanford no concebía dormir puesto que su mente no se detenía de imaginar a Ace en diversos escenarios prohibidos para un hombre con compromisos. Y no es que desconfiara de él, claro que no. Sino que era consciente de que Copular era individualista, en ocasiones realmente egoísta. Sanford sabía que el corazón de Ace le pertenecía, sin embargo su cuerpo no.

Para Ace, el sexo y el amor eran autónomos. Lograba obtener sexo y no involucrar sus sentimientos, así como también conseguía amar y entregarse en su totalidad. No obstante la fidelidad era un término que se negaba a aceptar, al menos carnalmente. Serpiente le fascinaba, jamás había estado con alguien que le encendiese tanto como él, no obstante en aquellas noches de visita al bar, Ace concluía tan ahogado en alcohol que no conseguía evitar enredarse con alguna mujer.

Y era consciente de que era un idiota, un descarado y un patán. Sabía perfectamente que sus acciones no gozaban de excusas, sin embargo Sanford le admitía así; eran delincuentes, chicos malos. En aquel estilo de vida no existían las reglas y ambos se aceptaban con toda aquella mierda que ostentaban desde su infancia.

Ace no era ningún santo. Sanford tampoco lo era y sus defectos también resultaban injuriosos ante los ojos de la sociedad que se hacía llamar normal.

Día tras día, Sanford proporcionaba su alma entera en aquella relación, por lo cual se sentía satisfecho con ello y aunque los celos le devorasen al saber de su amante con otra persona, era consciente de que él no carecía de cualidades. Sanford sabía y presumía de ser el favorito de Ace y el único que permanecía en su corazón. El resto de personas tan sólo persistían una noche y al amanecer se evaporaban. Copular era el culpable de ello, Serpiente lo reconocía, mas era un idiota que perdonaba cada error de su jefe. Después de todo, Serpiente amaba a Ace y aquello era más fuerte que su amor propio.

Las relaciones en el mundo criminal podían ser tóxicas, conseguían ser mortales, no obstante también eran adictivas, calientes y totalmente satisfactorias. Las relaciones en la ilegalidad eran como la droga, tan peligrosas y a la vez tan placenteras que ninguno de ellos evitaba amarse hasta la muerte, hasta la autodestrucción