Aclaración: Todo lo que reconozcan no es mio =)

Graciaas por su favoritos aunq me encantaria que me dejaran saber que les parece la historia.!

Disfruten =)


3

Cullen no durmió bien. De todas formas, no se lo esperaba; sabía que volver a Colby iba a ser como una descarga eléctrica nerviosa, y con solo mirar al lago le daban escalofríos. Tanto que no podía hacerse a la idea de colarse en Stonegate Farm y buscar allí mientras sus ocupantes dormían. Si quería llevar a cabo lo que se había propuesto, tendría que hacerlo rápido.

Abrió las ventanas de la habitación. Por supuesto, no tenían mosquitera, pero ya había pasado la estación de la mosca negra, y con suerte los mosquitos tampoco serían demasiado grandes. Y si no, siempre podría ir a Audley's a comprar mosquiteros para las ventanas. Había vivido con cosas peores que las picaduras de los mosquitos y, además, los insectos no le molestaban mucho. Ojalá pudiera decir lo mismo de la gente.

No había cafetera en la cocina destartalada. Encontró una cafetera eléctrica, pero le faltaba la mitad del mecanismo. Tenía que haber comprado un frasco de café instantáneo, pero nunca había pensado que mereciera la pena beber aquellos polvos. Sin embargo, en aquel momento, estaba cambiando de opinión.

Sabía dónde podría encontrar café, por supuesto. Y probablemente magdalenas como las que su visitante le había llevado la noche anterior. Aquello le proporcionaría la excusa perfecta para entrar en el hotel. Seguramente una buena vecina compartiría gustosamente una taza de café con un vecino desesperado. Quizá debería disculparse por haber sido tan poco sociable e intentar establecer buenas relaciones con ella. No le haría ningún daño intentar entrar a la casa de la forma más sencilla.

La única cosa que recordaba de la noche en que murió Tanya era que habían estado en el piso de arriba. Solían colarse en la parte de atrás, que estaba abandonada y cerrada, para hacer el amor con locura. Habían estado a punto de ser descubiertos varias veces en la cabaña, y Peggy Cope creía que era su deber conseguir que las chicas fueran virtuosas. Se había convertido en una fanática religiosa, y él había pensado que sería más fácil esconderse que discutir con ella sobre el derecho que todo el mundo tenía a practicar el sexo. Esperaba encontrar algo en aquella parte de la casa que le aguijoneara la memoria. Y para entrar allí tendría que ganarse a la señorita Swan. Incluso si era la última cosa que quería hacer.

No le gustaba la idea de subir hasta Stonegate Farm sin cafeína en el cuerpo, pero no le quedaba otra opción. Si no lo hacía, tendría que ir al pueblo de al lado, a cualquier cafetería, y no estaba de humor para aguantar el olor a la grasa de la plancha y el café de lata. Ella había dicho que abriría el hotel en dos semanas. Pero él no estaba allí de vacaciones. Tenía que empezar ya.

El camino que unía las dos casas era más estrecho de lo que él recordaba, y estaba cubierto de hierbajos. Intentó no recordar la última vez que había caminado por él, y con quién. Hacía más de veinte años, así que, ¿por qué no podía elegir lo que quería recordar y lo que quería olvidar? Habría sido completamente feliz si no viera a Tanya colgada de su brazo, riéndose con él, tropezándose a su lado. Habría dado cualquier cosa por saber qué había ocurrido aquella noche. Se había despertado, a la mañana siguiente, cubierto de sangre.

Se le había olvidado el olor del campo, de la resina de los pinos, la esencia limpia y fresca del lago. Le encantaba estar allí, y se había quedado más tiempo del que nunca había permanecido en un lugar después de que su padre hubiera muerto y hubiera crecido lo suficiente como para parecer mayor de edad. De hecho, estaba mucho mejor sin su querido padre, demasiado aficionado a la botella y al cinturón. El viejo se pasaba el tiempo furioso o deprimido. O inconsciente. De cualquier forma era la única familia que había tenido desde que su madre los había abandonado, y Cullen lo quería. Sin embargo, era más fácil encontrar trabajo, un lugar limpio donde dormir y comida decente sin un viejo borrachín arrastrándose tras él.

No podía recordar dónde estaba enterrado. Sabía que su madre descansaba con su familia en Minnesota, pero no sabía dónde había enterrado a su padre. Eso le molestaba. Había muerto en Kansas o en Nebraska. En uno de esos estados enormes y llanos, en un pueblo, y Cullen había tenido que mendigar, pedir prestado y robar para conseguir el dinero del entierro. No le había podido pagar una lápida, pero no importaba. Nunca volvería.

Odiaba volver a los sitios, en particular a Colby. En un determinado momento fue lo suficientemente estúpido como para creer que podría pasar el resto de su vida allí. Era joven, y todavía le quedaba algo de inocencia. El sistema judicial de Vermont había terminado con ella rápidamente.

Desde luego, aquello había sido antes de que Tanya y él se conocieran. Él no tenía mucho sentido común en lo que a las mujeres se refería, y Tanya era delgada, ágil y sexualmente voraz. Tan voraz que no le resultaba suficiente con un solo hombre. Él sabía que la estaba compartiendo, y se decía que no le importaba. Le hubiera gustado saber adónde iba las noches en las que él no se arrastraba hacia Stonegate, pero ella nunca se lo contaba, y él había dejado de hacer preguntas. No quería llegar a sentir celos, pero era casi un niño, y al final las cosas habían explotado.

Recordaba todo aquello, y también la pelea. Se habían gritado y mucha gente los había oído. Pero no se acordaba de nada más. Si ella le hubiera dicho con qué otros hombres estaba saliendo, si le hubiera contado algo que le condujera a la verdad... No sabía si, enloquecido de rabia, la había matado.

Sin embargo, el jurado lo había creído así, sin tomar en consideración lo que él había declarado. Habían creído que la había matado, y que su momentánea pérdida de memoria era una coartada conveniente para librarse de la condena. Nadie sabía que había estado en la parte abandonada de Stonegate Farm aquella noche. Ni siquiera él lo había recordado hasta cinco años después. Y para entonces, solo quería olvidar.

Sin embargo, había llegado el momento de recordar. Estaba preparado para la verdad, no importaba lo horrible que fuera.

No tenía ninguna razón para matar a las otras dos chicas. Había flirteado con ellas en alguna romería del pueblo, pero casi no las conocía. Se había acostado una noche con Jessica, pero todo había quedado allí. Casi nadie lo sabía. Jessica había intentado olvidarlo lo más rápidamente posible.

Al final, la policía ni siquiera había intentado cargarle los otros dos asesinatos. Se habían quedado satisfechos con vincularlo a la muerte de Tanya y ponerlo entre rejas para el resto de su vida. Los cuerpos de las otras dos chicas habían sido hallados lejos del de Tanya; el de Jessica, en un campo de maíz, y el de Victoria, en una cuneta. La policía nunca se había molestado en pensar que había muy pocas posibilidades de que hubiera dos asesinos en un pueblo tan pequeño como Colby. Dos asesinos que eligieran víctimas adolescentes. Había tenido suerte de que en Vermont no hubiera pena de muerte, y de que la gente no hubiera tenido energía para lincharlo.

Le preocupaba que alguien pudiera reconocerlo al volver, pero después había decidido que era poco probable. Había buscado periódicos de veinte años atrás para mirar la fotografía del muchacho que había sido. El pelo le llegaba por los hombros y tenía una barba que le cubría la mitad de la cara. Tenía una mirada a lo James Dean que disimulaba el hecho de que necesitaba gafas. Aquella era la fotografía que le habían tomado cuando lo detuvieron a orillas del lago. Llevaba unos vaqueros cortos y se le veía claramente el tatuaje, si uno se molestaba en mirar. Tenía que acordarse de no quitarse la camiseta. De lo contrario, aquella serpiente lo delataría.

Sin aquel detalle no era posible que nadie relacionara al solitario señor Masen y al asesino adolescente. Ya no llevaba la ropa con desgarrones y hacía bastante tiempo que se había afeitado la barba. Su rostro denotaba fuerza de carácter. Llevaba el pelo mucho más corto y tenía algunas canas; si alguien recordaba todavía al chico al que habían encerrado, solo encontraría un vago parecido en la cara del señor Masen. Si es que se molestaban en mirarlo.

Contaba con que no lo miraran. Y con que no recordaran. A medida que pasaban los años, había descubierto que la gente veía lo que quería ver, y nadie buscaría a un asesino ex presidiario en la persona de un turista adinerado.

Stonegate Farm había mejorado en todos aquellos años, aunque le pareciera difícil de creer. La habían pintado de un amarillo alegre, y había tiestos llenos de flores en el porche. Las ventanas estaban inmaculadas y brillaban bajo el sol, y el césped estaba perfectamente cortado. El ala cerrada se extendía en la parte de atrás, también pintada hacía poco tiempo, pero no se veía nada a través de las ventanas ahumadas. Estaban cerradas con tablones claveteados, y parecía inexpugnable, lo cual tenía sus ventajas y sus desventajas. Al menos, la nueva propietaria no había entrado a armar lío por allí, gracias a Dios. Todavía le quedaba una oportunidad de encontrar algo que lo condujera a las respuestas que necesitaba encontrar.

Había alguien sentado en el porche, mirándolo, y vio un par de piernas largas y desnudas balanceándose.

—¿Quién eres? —la que preguntaba era una chica, probablemente no mucho mayor que Tanya cuando murió. Tenía las puntas del pelo teñidas de fucsia y un piercing en la ceja, y llevaba un traje de baño escaso que dejaba ver demasiado de su delgado cuerpo. Su expresión era un tanto hostil. Seguramente, aquella era la hermana de su vecina. No era extraño que Bella Swan tuviera aspecto de estar agotada.

—Soy Anthony Masen. He alquilado la casa de abajo, la que está en el bosque —deliberadamente no la llamó por su nombre. Si era un extraño, no había ninguna razón para que lo supiera—. Me preguntaba si por casualidad les sobraría una taza de café.

La chica se encogió de hombros.

—Me imagino que sí. Bella hace una cafetera entera. Entra y sírvete tú mismo. Me llamo Alice.

—¿Estás segura de que a tu hermana no le importará?

La chica entrecerró los ojos mirándolo desconfiadamente.

—¿Cómo sabes que es mi hermana?

—Por lógica —dijo él subiendo al porche. El suelo estaba pintado de gris claro y el techo, de azul—. Me dijo que vivía aquí con su hermana y su madre, y supongo que si tú fueras una empleada que trabaja aquí no estarías ahí sentada.

—Quizá estuviera tomándome un descanso. Por casualidad, ¿no tendrás un cigarro, verdad?

—No, he dejado de fumar. ¿Cuántos años tienes?

—Veintiuno.

—Sí, claro.

—Dieciocho —dijo ella.

—Ya.

—El próximo enero.

—Lo siento, pero de todas formas no fomentaría tus malos hábitos.

Ella se apoyó hacia atrás, observándolo atentamente.

—Se me ocurren cosas mucho mejores para que fomentes mis malos hábitos.

Él soltó una carcajada desprovista de sentido del humor.

—Cariño, soy demasiado viejo para ti.

—Estoy dispuesta a pasar por alto los inconvenientes —dijo en tono seductor—. ¿Cómo conociste a mi hermana?

—Me trajo unas magdalenas para darme la bienvenida al vecindario.

La chica se rió con amargura.

—Ten cuidado. Quiere Whitten House, y no le importa lo que tenga que hacer para conseguirla. Seguro que no querrás acabar flotando bocabajo en el lago.

La macabra sugerencia fue como un puñetazo en el estómago, pero la hermana de Bella no notó el efecto que había tenido en él. Ni tampoco supo los recuerdos que le había provocado de otro cuerpo medio flotando en Still Lake.

—No me ha dado la impresión de ser una asesina —dijo con cautela, apoyándose en la barandilla.

—Las cosas no siempre son lo que parecen —le dijo la chica, más relajada—. Por ejemplo, ¿te parece este lugar el escenario de un asesinato salvaje? Es más probable que cualquiera piense que moriría de aburrimiento, y no de que te cortaran la garganta. Paz y tranquilidad.

—Eso es lo que yo estoy buscando.

—Pues no lo habrías encontrado veinte años atrás —dijo con un entusiasmo morboso—. Hubo un asesino en serie aquí, y mató tres chicas. Las violó y las descuartizó. Fue realmente horrible.

—Eso parece —le dijo. Su memoria no era tan mala, y solo el cuerpo de Victoria había sido mutilado, aunque la autopsia reveló que las tres chicas habían tenido relaciones sexuales en las veinticuatro horas inmediatamente anteriores al crimen—. ¿Encontraron al tipo que lo hizo?

—¿Cómo sabes que fue un hombre? —preguntó Alice.

—La mayoría de los asesinos en serie son hombres. Además, has mencionado que las violaron.

Alice se encogió de hombros.

—Renee debe de saber todos los detalles. No hay nada que le guste más en este mundo que las historias de crímenes reales. Desde luego, está tan loca que no recuerda su propio nombre, pero si tienes mucha curiosidad puede que ella sepa algo.

—No especialmente —mintió él—. Estoy más interesado en el café.

La chica saltó de la barandilla, moviendo el trasero de una manera que obviamente consideraba muy provocativa.

—Te enseñaré dónde está —se ofreció—. Ojalá podamos evitar a Bella.

La cocina de la vieja casa había sido completamente reformada. Los armarios de roble estaban decapados, el suelo era de azulejos, y habían puesto unos fogones tan enormes como los de un restaurante. Los mostradores eran de madera maciza y de granito. Muy distinta de la que tenía Peggy Cope. Solo la puerta que daba al ala antigua, el viejo hospital, continuaba igual. Estaba cerrada, y probablemente claveteada, además de recién pintada.

Aquella estancia estaba mucho más acogedora que entonces. O quizá fuera solo el aroma del café recién hecho y de las magdalenas lo que le transmitía una sensación de paz. Los olores eran la única cosa capaz de engañar a cualquiera. Él había luchado contra ellos durante toda su vida.

No había ni rastro de Bella Swan, y no supo si era un consuelo o una pena. A ella no le hubiera gustado ver cómo su hermana pequeña movía el trasero, poco tapado, delante de sus narices. A él tampoco le agradaba mucho. No le atraían las adolescentes, y la señorita Alice Swan lo dejaba completamente frío.

—¿Y qué vas a hacer hoy, Anthony? —le preguntó sin malicia.

Le costó un momento recordar que así era como le había dicho que se llamaba.

—Limpiar la casa que he alquilado. No les avisé de que venía, y está hecha un desastre.

—Si quieres, puedo ayudarte. Si hay algo que he aprendido a hacer últimamente es a limpiar casas —le dijo con un mohín—. Estoy segura de que te resultará mucho más fácil con compañía.

—En realidad, estoy bien... —empezó a decir él, pero Alice ya había salido disparada de la cocina.

—Voy a ponerme algo de ropa —le gritó—. Sé que Bella no me va a echar de menos.

—Demonios —murmuró él.

Llenó una de las tazas que había sobre el mostrador con el café de la cafetera. Le dio un sorbo; debería haber intuido que Bella Swan hacía un café por el que cualquier hombre moriría.

Debería tirar el contenido de su taza por el fregadero, marcharse de allí e ir a la sección de café instantáneo del Audley's General Store. Normalmente no se dejaba llevar por la tentación, pero por alguna razón, volver a aquel lugar, donde una vez sus apetitos habían estado fuera de control, había conseguido hacer mella en su fuerza de voluntad. Tenía que salir de allí antes de que Alice lo encontrara.

Demasiado tarde. Cuando estaba justo en la puerta de la cocina oyó pasos acercándose por el viejo vestíbulo, y se quedó helado.

La última cosa que Bella Swan esperaba encontrarse en su cocina era al enigmático señor Masen. Estaba apoyado contra el mostrador, y sus dedos largos y elegantes agarraban una taza de café. La mirada de sus ojos oscuros era fría y examinadora.

—¿Qué está haciendo aquí? —preguntó, demasiado asombrada como para recordar sus buenos modales.

—Su hermana me ha ofrecido una taza de café —le dijo.

A ella no le gustaba su voz. Era lenta, profunda y sexy, exactamente como sus maneras pausadas. Y entonces asimiló el significado de sus palabras.

—¿Ha conocido a Alice? —intentó controlar el tono de sospecha y preocupación de su voz. En algún momento había pensado que el señor Masen podría resultar una distracción inofensiva para su hermana. Al verlo allí, a la luz del día, en su cocina supo instintivamente que era bastante más peligroso de lo que nunca hubiera imaginado.

—Sí —respondió sin inmutarse. Parecía que estaba completamente relajado mientras se bebía el café y la observaba.

—Ni siquiera tiene dieciocho años, señor Masen —le dijo severamente.

—Ya me lo ha dicho, y no porque yo estuviera interesado. Las ninfas adolescentes no son mi estilo.

No estaba segura de si creerlo o no.

—¿Cuál es su estilo, señor Masen?

—¿Su interés es académico o personal?

Aquella pregunta la dejó asombrada, pero lo miró a los ojos.

—Estoy intentando cuidar a mi hermana pequeña.

—¿Y quién la cuida a usted?

Quiso decirle que nadie en absoluto, pero mantuvo la boca cerrada. Si aquella era la idea que tenía Anthony Masen de una charla agradable, lo prefería cuando estaba taciturno.

—No quiero ser maleducada, pero tengo mucho trabajo hoy, y no puedo perder el tiempo socializando.

—¿Es eso lo que estamos haciendo? —preguntó él. Había un tono divertido en su voz ronca. A ella no le gustaba que los hombres la encontraran divertida.

—Con mucho gusto le daré un termo de café para que se lleve a casa. Es un servicio que vamos a ofrecer a nuestros clientes cuando salgan de excursión.

—Lo que quiere decir es que quiere que me vaya a mi casa y no le importa lo que tenga que hacer para conseguirlo —la corrigió él—. Confíe en mí, señora Swan, soy completamente inofensivo.

—Sí, claro —murmuró Bella—. Usted infravalora el efecto de ese aspecto byroniano e inquietante en el ánimo de una adolescente impresionable.

—¿Aspecto byroniano e inquietante? —repitió él sin disimular su horror.

—¡Estoy lista! —exclamó Alice al aparecer por la puerta de la cocina con una falda muy corta y una camiseta ajustada.

—¿Lista para qué? —le preguntó Bella.

—Voy a ayudar a Anthony a limpiar su casa —dijo ingenuamente. Fue suficiente para hacer que Bella se tambaleara. Algunas veces haría cualquier cosa para que Alice sonriera. Pero aquello no incluía mandarla con un extraño tan guapo.

—No, no vas a ir —le dijo claramente—. Necesito que me ayudes aquí, y estoy segura de que el señor Masen es capaz de arreglárselas él solo. Si necesita ayuda, yo puedo darle los nombres de algunas personas que trabajan en el pueblo.

—No necesito ayuda... —empezó a decir él, pero Alice explotó y estampó un pie en el suelo, como una niña mimada.

—Nunca me dejas hacer nada que me apetezca. ¡No quieres que me divierta! Podrías encerrarme en a celda de un convento y tirar la llave.

Bella respiró hondo.

—¿Cuándo has llegado a la conclusión de que limpiar casas era divertido? Te has estado quejando desde que llegamos aquí, así que, ¿por qué razón te ofreces voluntaria para hacerlo en otro lugar?

—Quizá porque quiero.

—¿Y qué tiene que ver un convento en todo esto? ¿Estabas planeando ayudarlo a limpiar su casa o acostarte con él?

Masen se atragantó con el café.

—¡Me odias! —gritó Alice furiosa—. ¡Pero yo también te odio a ti! —y salió de la cocina dando un portazo.

Bella no quería mirar a la cara a su invitado. Debería estar acostumbrada a las escenas de Alice, pero no había dormido bien la noche anterior, y por algún motivo, el señor Masen la hacía sentirse incómoda.

—Siento lo que ha pasado —dijo, y se sirvió una taza de café, decidida a no mirarlo—. Mi hermana está en una edad difícil. Tiene muchos problemas.

—¿Sí? Me parece una adolescente bastante típica. A esa edad todos somos una pesadez.

Entonces ella le echó una mirada.

—¿Tiene usted hijos, señor Masen?

—No. Sólo me estaba acordando de cómo era yo. ¿Usted no se acuerda?

—No mucho. Estaba demasiado ocupada y era muy responsable como para ser una adolescente egoísta. No tuve tiempo de rebelarme.

—Quizá debería probarlo cuando tenga oportunidad —le dijo con calma.

—Estoy satisfecha de haberme perdido esa fase del crecimiento —respondió ella, y miró por la ventana hacia el lago. No quería mirarlo más.

—Yo he averiguado que, en realidad, no se pueden saltar fases. Más tarde o más temprano vuelven y hay que pasar por ellas de todas formas.

—Esperemos que yo sea inmune a esa teoría. No tengo ganas ni tiempo de comportarme como una niñata aturdida de amor.

—Quizá no sepa lo que se está perdiendo —le dijo él, y dejó la taza en el mostrador. Había tomado su taza preferida, la azul con dibujos. Tenía el triste presentimiento de que nunca volvería a beber en ella sin recordar sus dedos largos y su boca. No había ninguna duda, aquel hombre tenía la boca más sexy que hubiera visto nunca.

—Estoy mejor así —le contestó, preguntándose por qué demonios estaba hablando de aquello con él. Sabía que la estaba examinando con aquella mirada fría y oscura, aunque ella no lo mirara a él.

—Quizá —dijo Anthony—. Mientras, ya que su hermana está ocupada, ¿le importaría venir conmigo a la casa y echarle un vistazo? Podría decirme qué es lo que hay que hacer, y darme los nombres de esas personas.

Bella se quedó asombrada. El día anterior, por la tarde, la había mirado como si prefiriera la visita de una horda de vikingos que la suya. Y sin embargo, de repente, se comportaba de forma relativamente agradable y le pedía ayuda.

El problema era que ella no confiaba en él.

—Puedo darle los nombres, de todas formas...

—¿Le molesto, señorita Swan?

No tuvo otro remedio que mirarlo a la cara. La estaba desafiando, y tuvo la tentación de decirle cuánto le molestaba y por qué.

Pero aquello sería una estupidez. Ella quería mantener a Alice alejada de la tentación. Conocer a su enemigo le daría ventaja, y el señor Masen le estaba brindando la oportunidad perfecta. Sería tonta si la desaprovechara.

—Ya le dije que me llamara Bella. Y no, no me molesta —añadió con una simpatía engañosa—. Me encantaría volver a Whitten House para ayudarlo. Me parece importante ser una buena vecina.

—Oh, a mí también —respondió él, y Bella se preguntó si no había percibido cierto tono burlón en su voz.

—Voy a ver qué tal está mi madre y a decirle a Alice adonde voy.

—¿Está segura de que es una buena idea? Su hermana estaba bastante enfadada con usted.

—Alice siempre está enfadada conmigo —dijo Bella con un suspiro—. Ya estoy acostumbrada. ¿Por qué no me espera en el porche? Saldré en un minuto. Parece que todo está bastante tranquilo por aquí.

Él miró hacia la puerta que Alice había cerrado al salir.

—Muy bien —dijo, y fue a la puerta, hacia el sol de la mañana.

Pero Bella tenía el fuerte convencimiento de que el misterioso señor Masen no era tan agradable como le estaba intentando hacer creer.

Y se preguntó si no estaría cometiendo un gran error.