"¡¿Hermano?" Kristine se quedó atónita. ¿Murtagh tenía un hermano? ¡¿Vivo? ¡¿Con pinta de elfo? Pero eso poco importaba.
—¡Ya tienes al Jinete de Dragón! ¿Ahora qué?
El hermano de Murtagh dejó a un lado su sorpresa y centró su atención en la cuestión importante.
—Ahora,... —seguía medio aturdido— ahora discutiremos las palabras del hechizo. Tenemos un esquema de las palabras y la gramática que habrá que usar, pero vosotros tenéis más detalles sobre la situación exacta de...
Empezaron a discutir e intercambiar ideas sobre cómo debían obrar a partir de entonces. En algún momento dejaron el idioma humano para pasar al antiguo y ella se quedó apartada, resignada a esperar. Además, Murtagh parecía que tenía el élfico algo oxidado, y le fueron necesarios algunos intentos para pronunciar correctamente algunas palabras.
Mientras, Kristine estaba acariciando el huevo, todavía presa de la preocupación, pero ya más tranquila. También tenía un oído puesto en los seis conversantes, pues en el espejo se añadió un tercer elfo (y sospechaba que habría alguno más fuera de vista), y poco a poco, se fue haciendo al sonido del idioma y creyó identificar terminaciones que conocía por la escritura.
Como aquello se dilataba, empezó a inquietarse, y salió para llevar a la habitación agua y algo de comer. Fuera, en la gran sala que era la entrada, estaban la condesa, el ministro, el administrador, Dave y y la familia de éste, además del dragón, por supuesto. Cuando la vieron salir la abordaron de inmediato.
—¡¿Qué es lo que ocurre? —le inquirió su madre— ¿Por qué no podemos entrar en esa habitación? ¿Qué estáis haciendo?
El tono de exigencia, de prepotencia, que dejaba ver claramente que lo que le importaba no era lo que fuera que estuviera ocurriendo, sino que ella no estuviera enterada, le dio arcadas. Pero las otras caras sí denotaban algo de preocupación.
—Parece que al otro huevo le pasa algo y no puede nacer. Están hablando entre un montón de elfos para intentar sanarlo. Pero lo van a hacer. Estoy segura.
—¡Pero mira qué pintas! —respondió la condesa— ¿Dónde has estado? ¿Otra vez en el bosque? Tienes ramitas en el pelo, y ¡el vestido hecho unos zorros! Pareces una salvaje.
¿En qué narices estaría pensando mi padre al casarse con esta mujer?, pensó Kristine. Se limitó a ir hacia la mesa, donde había un banquete improvisado, y tomó agua y aperitivos varios, preocupándose de que al menos la mitad no contuvieran carne pues había leído que los elfos no comían nada animal. Acto seguido, volvió con el resto.
Allí seguían, hablando entre ellos. Kristine se dio cuenta de que los movimientos y golpes que emitía el huevo eran cada vez más débiles y tuvo que llamar a todo su autodominio para no volver a desasosegarse.
Los tres presentes le agradecieron el detalle, y siguieron ininterrumpidamente.
En algún momento Kristine empezó a notar que la miraban. Giró la cabeza para saber quién era y reparó en que era el semi elfo del espejo. La miraba con curiosidad en los ojos, como intentando mirar a través de ella. Se miraron unos instantes, y en él apareció una sonrisa llena de ternura:
—Sin duda eres la indicada para ese dragón —los otros se quedaron en silencio cuando habló—. Cualquier otro no podría haberle ayudado, pero tú no pensaste dos veces en hacer lo necesario para salvarlo. Me pregunto cómo lo has convencido.
A Kristine esas palabras le traspasaron el alma. Sabía que era cierto y, de algún modo, que viniera de aquella figura, la llenó de orgullo.
—Fácil —contestó Murtagh—: me plantó un discurso irrefutable. Según tengo entendido, la oratoria le viene de familia. Por lo visto, hay ciertas cosas que se traspasan con la sangre.
A la muchacha se le colorearon las mejillas y agachó la cabeza, inundada por la timidez, a la vez que se le abrió una sonrisa; pero alcanzó a ver por el rabillo del ojo que al primero se le acumulaban más y más preguntas en la cabeza. Le recordaba a ella misma.
Pasaron unos instante de silencio que fue roto por el medio elfo.
—Bien, no lo demoremos más. ¿Estás preparado?
—Pero... —dijo la tercera figura del espejo.
—Nada de peros. Murtagh sabrá hacerlo bien. ¿Estás listo?
El interpelado repasó mentalmente y asintió decidido.
—Estupendo. Pues vamos allá.
Kristine se apartó para dejar espacio a Ulianea y a Murtagh. Éste se colocó frente al huevo de dragón. Se quitó el guante izquierdo y dejó ver su Mano de Plata. Todos pusieron los ojos sobre él, que inspiró profundamente varias veces y fijó la mirada en la gran gema. Acercó las manos hasta el huevo, pero sin llegar a tocarlo. La elfa posó la mano sobre el hombro del Jinete. A Kristine se le aceleró el pulso cuando él empezó a murmurar en el idioma antiguo a la vez que desde su mano izquierda salía un brillo plateado, como había pasado antes con Dave, pero no como un fogonazo, sino una corriente constante de luz.
Todos contenían el aliento. La tensión subía y subía... al menos para Kristine, porque lo que a los elfos se refería, no demostraban gesto ninguno. Pasaron un par de minutos, y el huevo se balanceaba cada vez más y con más fuerza. Los golpes desde dentro ya no eran el latido de corazón de un moribundo. Aquello siguió así algunos minutos más, hasta que el brillo de la mano de Murtagh de apagó. Éste terminó el hechizo; estaba sudando y se derrumbó en una silla.
El huevo se quedó completamente inmóvil cinco segundos y, acto seguido, se oyó un golpe tremendamente fuerte desde el interior. La superficie del óvalo pulido se agrietó. Otro golpe y más grietas. Hasta que, por fin, con un sonido que hinchó el corazón de Kristine, el pequeño dragón se dejó ver. Y su mirada se centró en los ojos morado oscuro de la cría.
Quiso acariciarlo, y cuando lo hizo, sintió cómo su mente se ensanchaba. Abrió los ojos y vio su propia imagen envuelta en amor y luz, con los tonos morados más resaltados. Volvió a sí misma y notó como si le hubiera caído agua muy fría en la mano derecha, donde, con un brillo cegador, se le abrió una marca. Pero no era plateada, sino diamantina.
—Hola —dijo la risueña muchacha, acariciando la mandíbula del pequeño dragón, compartiendo la dicha de ambos de que por fin se hubieran reunido, henchida de amor.
Entonces sintió que la criatura tenía hambre y apartó la mirada para decirle a alguien que por favor le acercara algo de comida. Pero al mirarlos, vio la cara de sorpresa -de mala sorpresa- en los demás. Incluso se diría que tristeza, desolación. Al instante, la preocupación volvió a ella.
—¡¿Qué ocurre?
Se dio cuenta de que todos miraban al pequeño dragón. Así que volvió a fijarse en él y entonces lo vio: le faltaban las membranas de las alas.
