Capitulo 4

Capítulo 4

Cada uno se encontraba con sus quehaceres: Luffy, Chopper, Kurogane, Sirius y Ussop jugaban al escondite por el barco; Nami se encontraba tumbada en una de sus hamacas, disfrutando del bronceado que le proporciona el cálido sol; Franky está en su carpintería, diseñando cualquier fascinante diseño de barco o armamento para el Sunny; Brook está tocando una suave melodía con el violín en los mandarinos de la navegante; Mattius se preparaba para recitarles a Chopper, Kurogane y a Luffy un cantar de gesta sobre algún héroe impresionante, y Marco se encuentra tumbado en una hamaca jamaicana profundamente dormido. Yo me estoy sentada en una de las escaleras de la cubierta del Sunny, haciendo y deshaciendo nudos de una cuerda que me proporcionó Ussop. He copiado esta técnica de relajación de Mattius, Chopper dice que lo que necesito ahora es poner la mente en otra cosa que no este relacionada con Zoro, ni siquiera en los ejes, y estar en el Sunny, no me ayuda mucho.

En la biblioteca se encuentra la arqueóloga de la tripulación, Nico Robin, sumida en la lectura de un viejo y polvoriento libro que adquirió en una librería cerca de un monasterio.

Se pone en pie y, en silencio, recoge su valioso libro, protegiéndolo entre sus brazos y se dispone salir de la estancia en busca de lo más cuerdos de la tripulación, no se porqué, pero me incluye a mi.

Nos encontramos reunidos en el comedor del barco: Nami, Sanji, Robin, Marco, Mattius y yo.

-¿Y bien? –Pregunta un impaciente Mattius, apoyado contra la pared del comedor.

-Nami –llama la arqueóloga-, ¿has oído hablar de la Ciudad Dorada?

-No me suena –Responde Nami, encogiéndose de hombros. Robin no parece sorprendida, supongo que no esperaba que la navegante conociese esa tal Ciudad Dorada-. ¿Por qué lo preguntas? ¿Sabes donde puede estar esa ciudad, Robin?

-Tengo mis sospechas –Responde ella-. ¿Y tú? –Vuelve a preguntar, mirando esta vez a Mattius-. Eres un juglar, por lo que habrás escuchado algo, ¿me equivoco?

Mattius observa por un momento a Robin con curiosidad y en un suspiro, responde.

-Hay muchas Ciudades Doradas en muchas historias. Conozco varios sitios que podrían llamarse así –Hace una breve pausa para formular la duda que todos los presentes, exceptuando a la arqueóloga, nos reconcome por dentro-. ¿Por qué lo preguntas?

Robin sonríe con su enigmática sonrisa y creando un par de brazos fleur, trae un zurrón que está tirado encima de la mesa y se lo acerca, extrayendo de este, un polvoriento y viejo libro.

-He encontrado un códice en el que se nombran tres ejes.

Mattius de acercó al libro, observándolo detenidamente con un extraño brillo en los ojos.

-Ese libro debe valer una fortuna –Comenta, a lo que Robin lo mira a la vez que en su interior nacía la desconfianza.

-Tranquila, no te lo voy a robar –comenta él, deduciendo los pensamientos de la mujer-. Me gustan los libros, y este está minado, además. Es una joya.

La arqueóloga abre el libro y empieza a buscar algo en particular entre las páginas.

Nos tiende unos pergaminos y nos acercamos para echarle un vistazo rápido. Reconozco el idioma: es latín. Me sorprende, porque al fin y al cabo, pertenecemos a mundos diferentes y esta lengua la aprendí en el instituto, pero decido no decir nada y esperar a que el resto hable.

Veo que Mattius clava la mirada en Robin, y que esta dice:

-Ah, perdona, no sabes leer, ¿no es eso? Trae, yo os lo leo.

-Sé leer –replicó Mattius con cierta guasa-, pero solo romance. Nadie me ha enseñado las lenguas antiguas.

Tomo nota mental de esto último.

-No importa, yo os lo explico. Hace aproximadamente cuarenta años, un viejo ermitaño, Turingia, tuvo una serie de visiones un tanto peculiares.

-No es la primera vez que oigo algo así –interrumpe el juglar con cierto desdén-. Es una extraña obsesión que les ha dado a algunos últimamente.

La morena hace caso omiso y sigue relatando:

-Las visiones de turingia consistían en la muerte de un muchacho. La enamorada, desesperada, buscó y buscó un remedio que no fuese la muerte, de volver a estar con su amado. Encontró tres llamativos ejes –Todos nos miramos como si de un partido de tenis se tratase-. Tengo razones para creer que estas revelaciones son ciertas.

-¿Qué razones? –Preguntamos todos al unísono, de manera bastante cómica.

-Entre otras cosas, predijo la fecha exacta de la muerte del rey Capeto. Día, mes y año. No fue muy difícil averiguarla, pues falleció el año pasado. Turingia acertó de pleno, y no tenía modo de saberlo; murió más de treinta años antes que el monarca.

-Como no sé el idioma, no puedo comprobar que me dices la verdad. De todas formas, ¿Qué tienes que ver eso con tu Ciudad Dorada?

-Yo si conozco el idioma… Es latín, ¿verdad Robin? –Ella me mira, perpleja, aunque asiente- Lo estudié cuando aun estaba en mi mundo.

-Vaya… -La morena se que queda un instante en silencio, hasta que sigue hablando- Según el ermitaño, la Rueda del Tiempo se sustenta sobre tres ejes, tres amuletos de gran poder: el Eje del Pasado, el Eje del Presente y el Eje del Futuro. La vida se basa en eso. La teoría que sacó Turingia a partir de esas visiones, y que comparto con él, consiste en que partiendo de que fuesen ciertas, podría devolverse a la vida a alguien que pereció. Lo único que se necesita para ello es un recuerdo, un recuerdo que deberá de entregar una persona especial. Ese es el precio a pagar: un recuerdo.

Todos nos quedamos en silencio, supongo que procesando aquellos datos tan importantes.

-¿Y…dónde están esos ejes? –Pregunta Sanji.

-Ha eso voy. Los tres ejes se encuentran dispersados por una gran isla. Turingia los vio en sueños, vio los lugares donde se guardan, pero eran sitios que el no conocía y que nunca había visitado. Describe uno de ellos como una gran Ciudad Dorada, símbolo de poder terrenal, con un magnífico palacio.

-Nami –la llamo-, tú eres una gran cartógrafa y navegante, ¿estás segura de no haber oído nunca una isla con esas descripciones?

-Sí, si que he oído algo, pero…no podemos ir si no estamos seguros.

-Puede ser cualquier gran ciudad… -Medita Mattius, más para si mismo que para el resto. Alza la vista, mirándonos- Pero con esa descripción, yo apostaría por Aquisgrán.

-¿Aquisgrán…? –Alcanza a pronunciar la navegante- ¡Eso es! ¡Así se llama la capital de la isla! ¡Claro que la conozco! –Grita, eufórica.

To Be Continued