Me dejé caer al suelo. Esta vez sí sentí algo tras haber matado a alguien. Pero no sabía qué era. Me había vengado, pero no me sentía mucho mejor. Ahora había descubierto nuevas cosas, y nuevas dudas y preguntas estaban en mi mente. Quería desvelar toda la verdad y acabar con todo. La muerte de Lisandra no era más que la punta del iceberg de lo que de verdad estaba pasando.

Poco después oí que alguien se movía a mis espaldas. Asustado, apunté con la varita directamente en aquella dirección. Dragona surgió de entre los arbustos y me vio con la varita apuntándola.

Tranquilo, Jinete. Soy yo -me dijo para calmarme.

Me costó un poco bajar la varita de su pecho, pero al final lo hice, justo cuando también relajé por completo todos mis músculos. Ahora sólo era una persona más tumbada en el suelo y plenamente indefenso.

Dragona deambuló por el lugar. Olisqueó los cadáveres de los carroñeros y puso una mueca de asco. Metros más adelante había otro cuerpo. Por el camino vio los restos del duelo en el que estuve y olisqueó de nuevo aquel cadáver.

Esta es la mujer que viste en el cuenco de agua, ¿cierto?-me preguntó.

Sí. Esa es Lisandra -me limité a decir.

Parece ser que al final te has tomado tu venganza.

-Una parte de ella...

¿Qué quieres decir con eso?

Lisandra me contó todo lo que sabía (y no por las buenas). No he obtenido mucho, pero sé a quién he de recurrir ahora.

¿A quién? -preguntó curiosa Dragona.

A un hombre llamado Voldemort. Él mandó matar a mis padres y llevarse a mi primo. Es a él a quien debo sacarle las respuestas.

Me levanté y miré a Dragona. De la nada se había puesto nerviosa y luego le oí sacar un gruñido a bajo volumen. Sabía bien por qué: ese fue el nombre que dijo cuando me habló de los mortífagos.

¿Por qué gruñes?-le cuestioné.

¿Eh? Por nada. Me había parecido oír algo por allí y gruñí con la intención de decir que estaba lista para atacar. Ahora quieres ir a por él.

Sí, pero a partir de ahora se acabó el ir por separado. En estos momentos juntos hacemos más que separados.

Me encanta la idea que acabas de tomar -dijo toda alegre la dragona.

-Sí, sí. Ya lo estabas deseando desde que nos separamos. Admítelo.

Dragona agachó la cabeza y se ruborizó, vergonzosa. Sabía bien que ella no quería que le pasase nada a un jinete que ha conseguido volver a montarla, pero no pensé que llegase a preocuparse tanto por mí. Un poco vale, pero no tanto.

-¿Sabes una cosa? -pregunté de repente-. Antes Lisandra me lanzó un hechizo que podría haberme hecho cambiar de bando tan fácilmente como ponerse a descansar. No obstante, no me volví del lado de los malos. ¿No es curioso?

Para nada.

-¿Qué...? Ah, espera un momento. Algo me dice que tú estuviste detrás de todo ello, ¿verdad?

¿No se notó cuando me metí en tu mente? Ese pinchazo que seguro que debiste notar te lo provocó una servidora.

-¿Puedes explicarme qué hiciste? -le inquirí.

¿Recuerdas los beneficios que te mencioné que me daba la Vara de Plata?, asentí. No hacía muchas horas de ello, Pues ese es uno de los beneficios, o más bien dicho uno de los dos que conozco que me ofrece. Uno de ellos es que cada hechizo que lanza el portador de la Vara me hace inmune a ellos para siempre. Podría decirse que me hace inmortal, pero no es así en absoluto porque todavía puedo morir. El segundo beneficio es que puedo compartir esa inmunidad con el portador, pero sólo un hechizo, el que yo elija.

-Quieres decir que... ¿soy inmune al hechizo Imperius?

Así es.

Dragona tendría sus motivos para explicarme esos beneficios ahora en vez de cuando estábamos a salvo en las profundidades de la tierra. Tal vez fuera porque el no saberlo me centraría más en lo que haría. Me pregunté a cuántos hechizos era inmune...

-Ya podrías haber hecho ese truco con el Avada, ¿no?

No puedo hacer inmune a alguien que está muerto -replicó Dragona-. Ese hechizo es la única excepción. Además, no podía hacerte inmune porque la Vara no tenía ningún hechizo memorizado. Con Imperio tuve suerte de entrar en escena y conducir la magia hacia la varita para hacerte inmune; sino, hubiera funcionado sin ningún problema.

-En ese caso, te doy las gracias, Dragona.

De nada -rió ella. Dejó unos segundos en silencio antes de pedirme por la piedra de la que le hablé hace un rato.

-Es esta.

De mi bolsillo saqué la piedra blanca. Dragona acercó su cabeza al objeto y la miró con detenimiento. Estuvo un tiempo observando la translúcida piedra.

-¿Y bien? –dije.

Sí, conozco esta piedra. Según tu descripción no estaba segura, pero ahora que la he visto en persona estoy más que segura de que se trata de una Piedra de Comunicación. Al parecer, esta ha sido limitada a un único uso.

-¿Cómo funciona?

Solo tienes que pensar en la persona con la que quieres contactar. Si ese alguien tiene una piedra u otro objeto que sirva para comunicarse, entonces se podrá establecer la comunicación.

-¿Podría llamar a los sacerdotes con ella? Seguro que saber de nosotros y de cómo nos va les alegrará la noche.

Creo que el cuenco de agua sería un buen elemento comunicativo. Por probar no perdemos mucho.

Cerré los ojos un momento y pensé en los sacerdotes. Cuando ya tenía la imagen del Gran Sacerdote al menos en mi cabeza, la piedra brilló con poca intensidad hasta lanzar un destello bien grande. Segundos después, como si de una linterna se tratara, una luz salió hacia el cielo. Temí que aquello nos delatara, pero no ascendió mucha más de un cuarto de la altura de los árboles. En ese rayo de luz blanca, apareció la cara del Gran Sacerdote. Era una imagen como un busto; solo se veía hasta los hombros y poco más.

-¿Jinete? ¿Dragona? –Dijo sin dar crédito a sus palabras-. ¿Estáis bien?

-Estamos perfectamente –corroboré.

-Me alegro mucho por vosotros. Ya me teníais preocupado. Debí haberos dado algo con lo que contactar conmigo. Por cierto, ¿Con qué os estáis comunicando?

-Con una Piedra de Comunicación –le contesté-. Los mortífagos parece ser que lo usan. La pega es que solo puedo hacerle una llamada. Y es esta.

-No es necesario que me vayas llamando cada vez. Con un par habrá más que suficientes.

-¿Un par?

Durante la conversación, oí las patas de Dragona alejándose de mí.

Voy a ver si alguno de estos tres cuerpos tiene una Piedra de Comunicación. Para esa segunda vez.

-¿Por qué le gustaría que le llamara por segunda vez? –inquirí, curioso.

-Nos gustaría que hicieses una misión aparte, si no es mucha molestia.

Con haber conseguido matar a Lisandra, ahora estaba más libre que antes. Podría hacer otra misión si así conseguía acabar con la guerra o, al menos, darnos algo de ventaja.

-¿Qué quiere que haga? –dije obediente.

-Nos gustaría que salvaras a una familia de mortífagos, los saques de las órdenes de su líder y podáis traerlos aquí sanos y salvos.

Sentí el furioso gruñido de Dragona tras escuchar los datos de la misión. Siguió buscando la piedra y procuró no perder los estribos con el sacerdote.

-¿Por qué? –le cuestioné-. Son nuestros enemigos. No merecen ser salvados.

En eso Dragona estaba conmigo.

-Sí, lo sé muy bien, Jinete. Pero ellos no quieren ser más mortífagos. Han comprendido que no es bueno arrebatar vidas solo por dar todo el poder a su líder. Y quienes más muestran esos síntomas son la madre y el hijo; sobre todo el hijo.

Miré a Dragona un segundo. Ella estaba ignorando por completo cada una de las palabras que decía el sacerdote. Yo sabía que ella en realidad estaba escuchando muy bien la conversación, pero se guardaría las quejas hasta que terminara de hablar con el sacerdote porque ella conocía mi respuesta.

-¿Quiénes son?

En pos de la situación, el sacerdote quiso entablar unas palabras con Dragona.

-Escúchame, Dragona –dijo-, no es necesario verte ni estar a tu lado para comprender tus sentimientos. Se que aborreces con todo tu ser a los mortífagos por tus motivos. Y no te culpo. Por eso te digo que, si alguno de los miembros de la familia intenta traicionarte tanto a ti como a Jinete, tienes todo el permiso del mundo para hacer lo que quieras con ellos.

Dragona siguió con su búsqueda como si no hubiese escuchado absolutamente nada.

-En fin…Jinete, los tres nombres que debes memorizarte son estos: Narcissa, Lucius y Draco. Son la familia Malfoy. Tres miembros. No tendrás dificultades por encontrarlos, al menos a Narcissa. Aquí tienes sus caras.

Durante unos segundos estuve mirando las caras de los tres personajes que tenía que salvar. Al memorizármelas bien en la cabeza, pregunté:

-¿Narcissa está cerca? –pregunté.

-Sí. Pero antes de que vayáis por ellos, es mejor detener el ataque a Hogwarts para que podáis estar más centrados en la misión.

-Está bien. Nos pondremos en ello.

-Id con cuidado; que solo sea un rescate no significa que debáis bajar la guardia.

-lo tendremos. Adiós.

Justo en ese instante la Piedra de Comunicación se hizo polvo y desapareció delante de mis ojos. Sin moverme ni un centímetro, miré a Dragona. El animal estaba rajando la ropa de Lisandra y cogió algo con la boca. Luego se acercó a mí y dejó caer una piedra blanca más grande que la que tenía hace unos segundos.

Esta piedra es de las normales-me comentó-. Podremos comunicar con los sacerdotes cuándo y dónde queramos.

-Bueno saberlo. –por unos segundos mis ojos se fijaron directamente en los grandes ojos platinos del animal. Este me devolvió la mirada, extrañada.

¿Ocurre algo?-me inquirió.

-No disimules, Dragona. Ambos sabemos lo que ocurre. Vamos, suéltalo.

Por un momento dragona apartó la vista dejando un molesto silencio en el bosque. Pero no tardó luego en hacer explotar mi cabeza con sus pensamientos.

¡Está bien! Sí, vale, tú ganas. Estaba disimulando. Y todavía lo hago porque la ira que he acumulado desde que el sacerdote dijo lo de la misión no tiene límites. ¡Yo no quiero salvar a mortífagos! Yo los…

-¿"…Odio con toda mi alma"?

Mi intervención en el monólogo dela dragona la había dejado con la boca abierta. Parecía que había acertado cada una de las palabras que iba a decir.

Sí. Muchas cosas me hicieron esos malditos. Como para no odiarles… Ahora tengo la mala costumbre de matar a aquel que vaya vestido con una túnica negra y una máscara brillante.

-¿Cuánta relación hay entre tú y ellos? ¿Y con Voldemort?

Más de la que podrías imaginar. Y es una historia muy larga como para que te la pueda contar ahora. Deberíamos seguir con esa misión que tanto odio.

-Pero ya oíste al sacerdote: puedes acabar con sus vidas siempre y cuando nos traicionen –le decía mientras montaba sobre el lomo.

Eso es algo que me encanta, pero quiero advertirte de algo, Jinete: procura que no me vuelva loca al verlos; los odio demasiado como para que encima nos acompañen.

-No te me quejes si actúo con medidas desesperadas.

Mientras no te pases con ellas…