PARTE I: JIM
CAPÍTULO 3: ARCHIVOS
El planeta Tierra era un entorno hostil para habitar, aunque a casi nadie le gustara admitirlo. Era una lucha de todos los días, eso de la supervivencia. Animales devorándose entre sí, plantas irguiéndose orgullosas y robándole la luz del Sol a aquellas que se quedaban atrás, y la civilización destruyendo su propia psique. Desde la ventanilla del transbordador, por primera vez, Jim no buscó con la mirada la impresionante estructura de la Estación Internacional, o los grandes muelles y las naves estacionadas Ni siquiera le prestó atención a su Enterprise…. No. Jim veía la Tierra. Tan hermosa como nunca, tan hostil como siempre.
Era, quizás, un diseño divino.
Desde esa ventanilla, y al menos para Jim, lo parecía.
Spock estaba sentado justo al lado de Jim. Se veía entretenido, leyendo de una PADD lo que sea que un Primer Oficial debe leer justo antes de partir en una misión. Era una visión bastante enternecedora, si Jim estaba interpretando bien la mirada que Uhura tenía en su rostro… Qué raro, la comodidad que envolvía ese pequeño instante en el transbordador. Parecía como si el prospecto de regresar a su hogar borrara la inquietud que se había instalado en la base del cráneo de Jim: ahora sólo podía, cursimente, fijarse en nimiedades.
La Tierra nunca había sido su hogar. Nacido en el espacio, probablemente moriría en él también. La Tierra sólo era un plano momentáneo, sucio y polvoroso, delicioso como las vacaciones, pero insuficiente. Jim esperaba algún día ser como las personas que le rodeaban, pues sus caminos eran claros, podían permanecer en quietud sin sentir que desperdician la vida. Spock, sin duda, parecía tener un lugar en el mundo, tanto que no necesitaba mirar por la ventana esperando tener una epifanía.
Apoyó la frente en el vidrio, de pronto embargado por la incertidumbre: quizás sería la última vez que vería ese lugar al que aún no podía llamar suyo.
—Capitán— lo llamó Spock unos minutos más tarde—, toda la tripulación ya se ha presentado a sus puestos.
Jim asintió, sin apartarse de la ventana. Toda la tripulación en sus puestos, o de camino hacia ellos. Bien… Sonaba muy bien. Era tranquilizador en niveles que podían sonar exagerados, pero Jim apreciaba a cada miembro de su tripulación, les necesitaba a bordo y a salvo.
Apartándose de la ventana, Jim se volvió de repente y encaró a su primer oficial.
—¿Toda la tripulación? —preguntó dejando que a su voz se le impregnara cierto sabor esperanzado.
Spock dudó un poco, Jim lo sentía. Se le quedó mirando, quizás con una lástima que el vulcano declamaba ser incapaz de sentir, y luego le contestó, neutro.
—A excepción del Doctor McCoy, por supuesto.
—Por supuesto— repitió Jim, volviéndose hacia la ventana una vez más.
Había esperado poder recuperar su ánimo una vez que pusiera pie en la Enterprise y no se decepcionó. El aire, cuando bajó del transportador en el hangar, se sentía puro, delicioso, como cuando entras a una chocolatería -o a una muestra de cerveza artesanal. Cada rincón de la nave zumbaba por la vitalidad. No había ni una sola persona sin trabajar… Se movían como una eficiente colonia de hormigas.
—Hogar, dulce hogar— susurró Jim y terminó de descender por la plataforma con la cabeza muy en alto. Se empapó de la escena que estaba presenciando, hasta que la voz de Spock se coló entre la nube de dicha y orgullo que se había construido.
—Capitán, ¿una palabra?— solicitó.
—Siempre, Spock— contestó Jim con su mejor sonrisa de Gato de Cheshire.
Spock no estaba mirándolo a los ojos, sino que sus ojos estaban fijos en un punto detrás de Jim. Sin perder su sonrisa, el capitán se giró un poco y vio a los camisas rojas que estaban sacando el equipaje del transportador. Jim sonrió más, si eso era posible.
—Puedo notar que el volumen de su equipaje es mayor de lo usual.
Era verdad. Decenas de cajas enormes tenían una etiqueta que decía: Despacho de Capitanía-Cubierta A. No supo cómo, pero Jim sintió su sonrisa crecer aún más, su cara casi se partía en dos: le divertía que su Primer Oficial seguía con los ojos fijos en la actividad.
—Así es.
Se hizo un breve periodo de silencio entre ellos, hasta que Spock desvió sus ojos del equipaje y le prestó atención a su oficial superior. Al notar la mueca traviesa del rubio, Spock elevó una ceja.
—...
—...
—Spock… ¡Qué chismoso es!— dijo Jim riendo Se fue caminando hasta donde estaban descargando y tomó la última caja que había en el transportador. Se dirigió hasta la salida del hangar y detrás de él iba el séquito de oficiales de seguridad con el equipaje en un par de montacargas pequeños.
—El "chisme" es una práctica ilógica, Capitán— decía Spock mientras lo seguía—. Como su Primer Oficial es mi deber conocer los detalles…
—Ahórreselo, Spock— lo interrumpió divertido Jim—. La curiosidad mató al gato, ¿nunca le habían dicho eso?
—Capitán— llamó una voz por la derecha. Voltéandose, se encontraron con Hendorff—. Yo llevaré eso— ofreció, señalando la caja.
—Gracias, Cupcake— dijo Jim sin dejar de sonreír y dejando la pesada caja en las manos del hombre.
—Capitán…— exclamó Hendorff con queja y súplica en la voz.
—Lo siento, señor Hendorff, tiene razón... Necesitan entrar al despacho— respondió Jim, buscando con la mirada a alguien. Luego, elevó la voz—. ¡Cadete Rand!
En una carrerita la joven y hermosa rubia estuvo frente a ellos.
—¿Sí, señor?
Jim le entregó a la mujer una tarjeta y una PADD.
—Cadete, ese es el código que usted va a usar para entrar a mi despacho— dijo Jim señalando la tarjetita—. Y en esta PADD están las descripciones de lo que hay en cada caja. Adelántese y organícelas, por favor.
—Sí, señor— respondió la joven.
Luego, el capitán volvió a poner su atención enteramente en Spock.
—Son archivos.
Spock tomó aire para responder, pero Jim lo detuvo con una mano en el aire.
—Físicos. Son archivos físicos que contrabandeé en la nave. Entre menos sepa sobre este asunto será mejor para usted— dijo Jim misteriosamente—. Tal vez en el futuro necesites una negación creíble, mio figlio… No sé si me entiendes— y le guiñó un ojo.
Spock abrió la boca perplejo, o todo lo perplejo que podía verse Spock. Unos segundos más tarde pareció darse cuenta de lo que hacía y controló su expresión.
—La complejidad de las bromas humanas escapa a mi compresión.
Jim se carcajeó y le dio un par de palmaditas a Spock en el brazo.
—¡Ya te acostumbrarás!— se volteó y caminó en dirección al turbolift. Cuando entró, buscó a su Primer Oficial y con la expresión más pícara de su repertorio dijo: —. Pero no era una broma— y las puertas se cerraron frente a él.
—¡Capitán en el puente!— dijo Chekov con una expresión feliz desde su puesto en navegación. Jim sonrió al verse rodeado de su tripulación.
Aún no iban a regresar a su misión de cinco años, porque todavía tenían parte de su cuerpo médico en Titán, incluyendo al Jefe Médico, y, en especial, porque a pesar de que faltaban un puñado de actualizaciones, Jim había convencido a Archer y Bennett de dejarlo explorar una llamada de auxilio falsa. Ellos se lo debían.
Segundos después entró Spock y le informó que ya estaban listos para partir.
—Maravilloso— Jim tomó aire y comenzó a describir la misión—. La Flota recibió hace un mes una llamada de auxilio de la colonia Alexandretta VII. Pocas horas después, se recibió un mensaje informando que era una llamada en falso, y se dieron las disculpas del caso— dijo—. No es la primera vez que esta situación ocurre, así que iremos a echar un vistazo a la colonia para asegurarnos que todo esta en orden.
Las expresiones de las personas en el puente eran serias y determinadas. Era la mejor tripulación que cualquier capitán pudiera soñar.
—Señor Sulu, ¿listos para saltar?— comentó mientras se sentaba en su silla. ¡Oh, dios! ¡Cuánto había extrañado el suave tacto de su silla! Estaba perdidamente enamorado de la Enterprise, ya no había marcha atrás.
—Sí, Capitán— respondió el piloto.
—Saltemos, entonces.
Los motores zumbaron y pronto vieron ese brillo azulado característico del salto warp. Era sublime, como poesía escrita por las estrellas. Admirando la pornográfica y científica imagen, Jim se levantó y se dirigió a la salida.
—Señor Chekov— siguió Jim—, informe sobre la misión al resto de la nave—luego, volteando hacia Spock dijo:—. Tiene el puente, Comandante.
La voz de Chekov se escuchó por todas las consolas de comunicación cuando Jim estaba llegando a su despacho. La puerta estaba abierta y afuera estaba uno de los montacargas colmado. Había dos oficiales de seguridad esperando afuera y al ver a Jim se irguieron.
—En descanso— dijo Jim con una sonrisa, mientras pasaba por la puerta con dificultad. Nunca había visto la habitación tan repleta: los muebles habituales no se habían movido mucho, a excepción del sofá de tres plazas que estaba al fondo y no al frente, había muchas cajas cerradas, una caja abierta al lado del archivero, y había un par de oficiales de seguridad ayudando a Rand. Jim hasta sentía que se le estaba desarrollando una claustrofobia aguda—. ¿Cómo vamos?— le preguntó a Rand, quien tenía su elaborado moño deshecho.
—Capitán— empezó ella—, no muy bien. No estoy segura de que todo esto pueda caber aquí— dijo mientras se secaba la frente sudada con la manga de su uniforme.
—Cabrá— le respondió con una confianza que no sentía—. Ya lo verás.
Enseguida se puso manos a la obra. Lo primero fue apilar las cajas en contra de la pared del fondo, que era la más grande. Movieron el escritorio, el archivero y el sofá hasta el extremo opuesto del despacho y metieron las cajas según el orden de serie, no obstante, las cajas eran demasiadas y tuvieron que sacar el sofá y las sillas. Jim le iba a pedir a los de seguridad que llevaran lo que habían sacado a la sala de juntas que se encontraba en esa misma cubierta, cuando se dio cuenta de que la sala de juntas era considerablemente más espaciosa que su despacho.
Ooook…
—No se amotinen— les pidió Jim vacilante, quien no se veía muy diferente a sus ayudantes del día: sudado, con las mangas del uniforme subidas y muerto de cansancio—, pero tengo una idea.
Entre quejas y discusiones más propias de un escenario de mudanza entre amigos y no dirigidas a un oficial superior, los seis, Rand incluida, movieron las cajas, en orden, hacia la sala de reuniones. Habían sido precavidos y acomodaron el mobiliario para abrir lugar, así que todo entró con una muy bienvenida facilidad.
Jim se quitó su camisa dorada y se dedicó a revisar la caja que Rand había abierto. En ella estaban los archivos iniciales y la información en físico que tenían en la PADD. Le pidió a la computadora que disminuyera la temperatura en la sala y se dedicó a leer.
—Capitán— escuchó como lo llamaban desde la puerta—. Ya hemos terminado con los muebles de su despacho.
Jim sonrió. Qué belleza de tripulación.
—Gracias por su ayuda, señor Ruiz. Pueden regresar a sus labores.
—Sí, Capitán. Gracias— contestó el oficial, retirándose con paso tranquilo.
Rand se acomodó junto a Jim en el gran mesón de juntas y empezó la clasificación de los numerosos documentos. Hacia mediados del turno alfa, Jim envió a Rand a buscar algo de comer para los dos y se desperezó. Cada vez estaba más convencido de su hipótesis, pero necesitaba una prueba más contundente para presentársela a su escrupuloso Primer Oficial.
En su micro paseo esquivando cajas pasó frente a la consola. Dudó un poco, pero no tardó mucho en tomar una silla y sentarse frente a la pantalla. Necesitaba hablar con muchass personas y el primero en su lista estaba más cerca de su localización actual, por lo tanto, no hubo mayor problema en comunicarse con él.
La cara de Leonard McCoy lo saludó desde el otro lado del monitor. Llevaba bufanda, gorro de lana y un suéter gruesísimo; aún así tenía las mejillas muy rojas por el frío. La expresión de Bones era muy preocupada y Jim se arrepintió de haberlo contactado bajo el código de emergencia.
—¿Jim?¿Qué ha sucedido?
—¡Nada!— se apresuró a tranquilizarlo. No fue una muy buena idea porque Bones entrecerró los ojos y frunció el ceño.
—Jim… dime que no me llamaste de emergencia sólo porque estás aburrido… Porque te juro que…
—¡No! No, no no— le interrumpió Jim—. No. Te llamé porque necesito saber cómo está la situación en Titán.
Leonard suspiró cansado y se cubrió los ojos con una mano.
—Niño… Ya te envié el reporte escrito. Esto— hizo un gesto con las manos que los abarcaba a los dos— es innecesario.
—Al igual que enviar a Sam a que me vigilara— le reclamó Jim.
—Por millonésima vez: yo no lo envié. A diferencia de la opinión popular yo no soy tu niñera.
—Pffff— fue la astuta respuesta del capitán. Bones rodó los ojos y suspiró de nuevo, probablemente armándose de paciencia o preguntándose cómo alguien como Jim podía ser un oficial de alto mando.
Beep, beep.
Jim se alertó y revisó los mensajes escritos. Frunció el ceño al leerlo, pues era un aviso de piratería en la zona… Lo que le faltaba.
—¿Qué es?— preguntó Leonard con preocupación.
—Complicaciones menores, no te preocupes— le contestó Jim con una sonrisa que no le llegó a los ojos—. ¿Cuándo crees que podré recuperar a mi Jefe Médico?
La expresión, de por sí sombría, del doctor se oscureció aún más.
—No muy pronto… Esto— dijo mirando a su alrededor—... Esto se está cayendo, Jim…
Se quedaron ahí, frente a la consola pero sin mirarse y sin hablarse, consumiéndose cada uno por sus propios problemas. La muda compañía era un bálsamo del que no querían colmarse. Jim se despidió, recordando que tenía labores que cumplir y preguntándose si todo se sentiría menos pesado si su amigo estuviera ahí.
Bien, sombríos pensamientos de lado: ¡estaba en su nave por fin! Tenía muchas cosas que hacer y no podía estar perdiendo el tiempo. Siguiente en la lista: el viejo Spock.
Contactar a Nuevo Vulcano fue un poco más complicado, así que le pidió a alguien de comunicaciones que le asistiera, sin embargo, todos los inconvenientes valieron la pena cuando vio el rostro arrugado y sabio del otro lado saludándolo con calidez.
—Jim Kirk— dijo Spock con alegría inconfundible—, es un gusto saludarte de nuevo, viejo amigo.
Horas más tarde, Spock encontró a Jim, Rand y Uhura enterrados en archivos de papel, cajas y notas. .Jim estaba sentado en el suelo, armaba un esquema con notas, un hilo conductor rojo y fechas. Uhura y Rand estaban despejando el área, donde se notaba que habían hecho un gran desorden. Al escuchar la puerta de la sala abrirse, Jim levantó la mirada.
—¡Pasa, Spock! ¡Tenemos mucho que discutir! —dijo Jim levantándose con agilidad—. ¿En cuánto tiempo llegaremos a la colonia?
—En cuatro punto ocho horas, Capitán— respondió el vulcano, mientras veía con curiosidad el panorama.
—¡Tiempo suficiente! ¡Siéntate!— ordenó Jim señalando una silla y recogió una PADD que había olvidado en el suelo.
Le dio el aparato a Spock y se sentó del otro lado de la mesa, recogiendo una pila de archivos.
—Estos son los detalles de la misión en Alexandretta VII— dijo Spock ganándose un asentimiento por parte de Jim.
—Hace un mes se recibió una llamada de auxilio desde Alexandretta VII aunque unas horas después se recibió un mensaje de disculpas porque la llamada era falsa.
Spock asintió.
—Conozco estos detalles, Capitán. Hace siete meses y trece días se recibió una llamada de auxilio de la colonia que fue desmentida horas después.
Entonces Jim tomó uno de los archivos y se lo puso en frente a Spock.
—Y un año y medio atrás ocurrió lo mismo: una llamada falsa de auxilio. Es un patrón, Spock.
El vulcano tomó los papeles entre sus manos y los observó.
—Difícilmente tres eventos aislados pueden constituir un patrón, Capitán. Hay 65% de probabilidades de que se deba a un error en el manejo de la consola de comunicación, y un 43% de que fueran cometidos por la misma persona.
Antes de que Spock terminara de hablar, Jim ya se había levantado y traía consigo más archivos.
—Pensé que me dirías eso, así que busqué el patrón en otras colonias— tomó un fajo de archivos y las separó—. La colonia Zeus en Ío: cuatro llamadas de auxilio falsas— separó otro fajo de archivos y los colocó sobre la mesa—. La colonia Jepri cerca de la zona neutral romulana: siete llamadas de auxilio falsas— señaló una pila que estaba en el piso—. La colonia Tarsus IV — le dio unos golpecitos a la pila que había dejado olvidada—. RN-356. Todas con llamadas de auxilio falsas.
Spock se mantuvo en silencio y luego habló, con voz pausada..
—Jim— empezó él—, las llamadas de auxilio falsas son fenómenos de todos los días en las colonias. Pueden encontrarse eventos similares en todas las colonias que se han establecido.
Jim asintió y le pidió a Uura y Rand que se retiraran. Cuando ellas salieron, el capitán tomó entre sus manos uno de los archivos, enseñándoselo a Spock como si fuera un test de Rorschach y esperara que el vulcano le dijera "sí, Jim, veo lo mismo que tú, no estás loco".
—Eso no es lo único que tienen en común—dijo Jim un tanto desesperado—. Todos estos casos— dijo abriendo los brazos para abarcar la habitación por completo— tienen cuatro cosas en común: colonias incipientes, modificación de las condiciones para albergar vida, llamadas falsas de auxilio y… Ninguna sigue activa.
Spock arqueó una ceja y dijo lo que Jim pensó que le diría.
—Dos de los casos que me ha expuesto no son iguales. La colonia de Tarsus IV fue un fracaso debido a una plaga y la colonia Alexandretta VII sigue en pleno funcionamiento.
—Hasta donde sabemos— le replicó Jim con el ceño fruncido y aspereza en la voz.
—Es verdad— concedió Spock.
Bennett le había dado carta blanca a Jim con esta misión porque quería quitárselo de encima y, porque en el fondo, se sentía en deuda con Jim. ¡Mierda! ¡Sí estaba en deuda! Como sobreviviente de Tarsus él tenía derecho a conocer los detalles de las investigaciones, pero se le había ocultado la posible participación de un grupo terrorista. Pero Jim había visto algo que nadie más parecía ver. Ni siquiera Spock.
Se dejó caer en la silla y echó la cabeza hacia atrás, dejando que su huesos crujieran de una muy dolorosa y relajante forma. Habló, no tanto como un Capitán, sino como un sobreviviente.
—Tarsus IV es una pista, Spock… La única diferencia es el factor humano. Después de todo—se rió amargamente—, ¿cuántos Kodos pueden existir en el universo?
Hubo una breve pausa en la que sólo se escuchaba el delicado motor que les proporcionaba aire. Spock entonces respondio.
—¿Cuál es tu teoría, Jim?
—Cuide su tono, Comandante— replicó Jim amargo—. No soporto la condescendencia.
—El tono con el que me estaba dirigiendo a usted no era…
—¡Y una mierda!— gritó Jim sentándose de golpe y apoyando las manos con dureza sobre la mesa. Su mirada era furiosa, se sentía humillado—. Me llama dos veces por mi nombre con condescendencia, a pesar de que le he pedido que me llame así y se ha negado en otras circunstancias. Su tono y sus palabras demuestran que no siente el más mínimo respeto por mi hipótesis o mi inteligencia—, se pasó la mano por el pelo y respiró agitadamente—. ¿Sólo me sigue el juego como parte de un experimento sobre comportamiento humano? ¿Qué, sólo le sirvo para sacrificar mi vida?
Cuando terminó de hablar se sintió como al final de una carrera de velocidad, agitado, con el corazón palpitando en el oído, los ojos llorosos por el dolor y un calor que le recorría las mejillas por el enfado repentino. Spock sólo se le quedó viendo, en silencio, hasta que se tranquilizó.
—Jim— dijo Spock con cuidado, saboreando la sílaba y permitiendo que el sonido flotara entre los dos—. El respeto que tengo hacia tí no es por tu inteligencia, temeridad o habilidades en un puesto de mando. Te respeto a tí como un todo, te considero mi amigo y me siento honrado de conocerte y servir en tu tripulación.
Moviéndose nervioso y abochornado por esas palabras, Jim se arrepintió de sus palabras. Su instinto le decía que en Alexandretta VII podría cerrar de una vez por todas el capítulo de Tarsus, pero… Deseaba de todo corazón equivocarse, deseaba el bienestar para las personas en esa colonia, de verdad que sí, pero si algo había aprendido es que nunca salen las cosas como las planeas. No podía dejar de estar tenso.
Y confiaba en su instinto.
—John Harrison estuvo en Tarsus— se apresuró a explicarse y no se detuvo, por miedo a que Spock -sí, él de todas las personas- se riera de él—. Sé que el expediente de Khan es falso, pero John Harrison está entre los colonos de Tarsus. Y se maneja la hipótesis de que Tarsus fue víctima de un ataque terrorista. Creo que es lo mismo que sucede en Alexandretta. Y en estas colonias. Creo que un grupo terrorista ataca a las colonias incipientes y creo que John Harrison es un nombre que utilizan para infiltrarse.
—Capitán...— empezó Spock.
—¡No! No, espera— dijo desesperado—. Sé que suena loco y un poco sacado de la manga. Sólo necesito más tiempo para buscar las pruebas.
Spock asintió y… todo se volvió oscuro.
¡Aler...! ¡Al...ta! ¡Tod… !
¡Ca…! ¡... pue…!
Estaba… ¿acostado?
La cabeza le dolía.
¡Alerta! ¡Alerta!
Se levantó de golpe y vio a su alrededor. Luces rojas, nada más. Se apagaban y había oscuridad.
¡Capitán Kirk, favor reportarse al puente!
Estaba en el suelo. Se levantó con dificultad y vio a Spock dirigirse hasta él.
¡Comandante Spock, favor reportarse al puente!
—¿Se encuentra bien, Capitán?— preguntó Spock mientras lo ayudaba a ponerse en pie. De la ceja izquierda del vulcano caía un hilito de sangre verde.
Jim sólo atinó a mover la cabeza e ir hacia la puerta.
Los pasillos era un caos. No había nada peor que una alerta roja. Era como si su pacífica nave se convirtiera en una casa del horror, una versión de pesadilla.
—Debe buscar asistencia médica, Señor— le comentó Spock cuando vio que Jim había tomado dirección al puente.
—Tú también, y henos aquí, Spock.
Notas de la autora:
Hola! Mi primera intención era publicar todas las semanas, pero creo que subestimé los cursos de licenciatura que estoy llevando, así que lo mejor que puedo lograr son cada dos semanas.
Agradezco a quienes se han tomado el tiempo de leer, espero que disfruten la historia.
Sé que quizás el asunto no está muy claro ahora, pero prometo que en un futuro no muy lejano se aclararán los nublados del día :)
Por lo pronto, creo que puedo pronosticar mucha acción en el próximo capítulo.
Saludos!
