Yo digo suerte — Cap. 4.
Infinitas gracias a Soly por el increíble Domeric Thurstone.
Me despierto con un suave y cálido cuerpo enredado al mío. Su larga melena nos cubre a ambos como si fuera una sábana de seda negra; sus labios, todavía rojos de carmín, rozan mi cuello. Su pelo se desliza entre mis dedos como hebras al retirarlo para acariciarla. Está completamente desnuda, a excepción de las medias que le llegan por debajo del muslo. Su piel blanca me recuerda a la porcelana cara que suelo coleccionar, la que solía usarse en el Capitolio antes de la Guerra.
Ella se mueve y restriega ligeramente contra mí, lo suficiente para hacerme pensar en un nuevo asalto antes de que despunte el día; antes de que ella tenga que marcharse, yo tenga que marcharme y no volvamos a encontrarnos jamás.
Normalmente no suelo volver a verlas, ellas hacen su trabajo, yo les abono la cantidad indicada en su número de cuenta y adiós muy buenas. Sin embargo María, si es que se llama María, ha pasado ya tres noches en mi cama. Ese es el límite. Lo siento, María. Hoy nos tendremos que despedir. Aprovechemos el tiempo que nos queda mientras sigamos protegidos por la noche.
La observo subirse en el coche que he dispuesto para que le acerque a casa. Antes de que cierre la puerta tras ella, le pido que me desee suerte.
Ella sonríe. Es de sonrisa fácil. Joven y risueña. Sigo fascinado con su larguísima melena negra, con cómo podía enredarla en mi muñeca varias veces y tirar de ella hacia mí.
—Suerte Domeric —me dice—. Mucha suerte, aunque los dos sabemos que no la necesitas. Naciste con una flor en el culo. ¿Volveremos a vernos?
—¿No te habrás encariñado conmigo?
María hace un mohín de desprecio.
—Pagas muy bien.
—Me encantaría ser tu mecenas, preciosa. Pero sabes que no es posible. Va contra las normas.
—¿Qué normas?
—Las de la casa. Revisa tu cuenta. Ahora tiene varios ceros más.
—Tú te lo pierdes —responde María. Descarada, pero no enfadada. Sube la ventanilla del coche y sus labios rojos me lanzan un beso a través del cristal.
María tiene razón en eso. No necesito la suerte. Hasta el momento, la suerte siempre ha estado de mi parte y confío en que así siga siendo. Echo un vistazo a la agenda en el teléfono móvil. Hoy tocan caballos, en el hipódromo que curiosamente lleva mi nombre, pues aporté una buena suma para su construcción. Sonrío al ver la programación de la tarde. Algo distinto. Un nuevo reto. La posibilidad de ganar. Eso me motiva todavía más. La carrera de caballos no encierra demasiada emoción, siempre sumo mucho más de lo apostado. Cuestión de suerte y cálculo. Amo apostar y amo el riesgo.
Vuelvo a la casa para arreglarme adecuadamente. Me gusta ir bien vestido, bien peinado, dar buena impresión. Normalmente trabajo desde casa, pero hoy pasaré por las oficinas de la empresa. No es una empresa grande, pero sí una de las más rentables del distrito y de todo Panem. Es como un hijo, la cree de la nada siendo todavía un crío y me siento en la obligación de cuidar de ella, aunque tenga la capacidad de funcionar por sí misma.
Soy un espécimen raro del distrito 2. Hay personas que hicieron dinero durante la Guerra, personas que hicieron dinero después de la Guerra, pero no tanto y no partiendo de cero. Mi familia nunca formó parte del Cuerpo de los Agentes de Paz, no antes de que mi padre decidiera hacerse el patriota y unirse a ellos. Mis abuelos fueron canteros, gente del pueblo. Mi padre no habría podido entrar al ejército de no ser por la contienda que se cruzó en su camino. Ya tenía familia y un hijo, yo, un crío de apenas un año al que dejaría huérfano.
En esa época el Cuerpo de Agentes exigía dedicación absoluta durante veinte años, no podías formar una familia ni tener hijos, sin embargo el conflicto hizo que las normas se relajaran. Eran necesarios todos los efectivos posibles para acabar con el bando rebelde. Mi padre arrastró a mi madre con él, empuñaron un arma por primera vez en su vida y murieron defendiendo el Capitolio. Tal vez fuera cosa del destino. A ninguno de ellos le importó abandonarme. A ninguno le importaba morir. Y así lo hicieron. Apenas recuerdo sus caras y ni siquiera son recuerdos de primera mano, no he visto más que fotos que me enseñó mi abuela. Me criaron entre ella y una antigua soldado con la que convivía. Una mujer a la que nadie había enseñado a sonreír. Crecí en un mundo sin Juegos de Hambre que amenazasen mi futuro, ni nadie que me mantuviera esclavizado. Sin embargo, se me aplico mano dura. Nunca me maltrataron, pero aquello no sería la definición de crecer entre algodones. Más bien fue ausencia de cuentos por las noches y un golpe en la mano cada vez que trataba de alcanzar el chocolate. Aprendí rápido que las sonrisas están sobrevaloradas, que debía apañármelas por mí mismo, que la vida no es fácil y que más vale saber sacarte las castañas del fuego tu solo.
A pesar de que perdí a mis padres por defender un ideal, no me caso con nadie. Es innegable que ahora hay más libertad y eso es bueno para los negocios. El mío funciona, por lo que no tengo queja.
En el garaje me espera un nuevo y reluciente coche. Deportivo, plateado y espero, capaz de superar la velocidad de la luz. Aún no he podido sacarle todo el partido a esta preciosidad. Paso la mano por la carrocería antes de subirme y es tan suave como la piel de María, liso y perfecto. La puerta se abre de manera automática, agarro el volante y salgo en estampida.
Si algo me gusta más que ganar apuestas es jugarme la vida. El viento me azota la cara, aclarándome las ideas. Me hace sentir como si estuviera solo en este mundo abarrotado de gente. Me siento a salvo en soledad, me siento yo mismo sin necesidad de tener que relacionarme con nadie. No es que no disfrute de la buena compañía, lo hago, de hecho bordo el papel de persona educada e integra. El problema es que casi todas las relaciones, de cualquier índole, acaban por convertirse en un muermo. Monótonas. Repetitivas. Cuando se acaban los temas de los que hablar, la gente adora llenar los silencios de cosas vacías. Todavía no se han dado cuenta de que el silencio es una de las cosas más hermosas del mundo. Se me da bien apreciar las cosas bellas que nos ofrece la vida, como la soledad, el silencio, los números o conducir a trescientos por una carretera con límite de noventa.
El paisaje se desdibuja mientras lo paso de largo. Tengo la suerte de vivir en un lugar con largas carreteras y núcleos de población dispersos. Antes el Distrito 2 era la cantera de las fuerzas de seguridad del país. Aún sigue siéndolo y llegan voluntarios de todo Panem para entrar en la Academia. Sin embargo la población ha crecido a lo ancho. Ya no se concentra en torno a lo que antes llamaban El Hueso. El Hueso, hoy en día, es una montaña más. No se pudo recuperar lo que había dentro, pero la montaña aguantó y aquí sigue. Un recuerdo vivo de lo que fuimos.
Tardo más de lo normal en llegar a las oficinas de la empresa, el día es fantástico y me sentía en la obligación de aprovecharlo con algo que no fuera trabajo. Allí me espera Mirta, una mujer recia, oronda y que sobrepasa la cuarentena. Mirta es mi secretaria personal y una persona de mi total confianza. Ella es la única que sabe que me presento a las pruebas para el Gran Concurso, ya que tuvo que organizar todo el papeleo de la inscripción.
—Esto es lo que tienes que llevar puesto —me dice, entregándome una camiseta metida en un plástico desde el que puede verse el número 5 grabado en ella.
La cojo, la abro y compruebo que es de mi talla.
—Buen trabajo Mirta.
—No ha sido fácil que te dieran el 5 —me comenta—. Las numeran por orden de inscripción y lo hicimos a última hora.
—Tenía que ser el 5. Agradezco tu esfuerzo. Serás recompensada.
Reviso un par de cosas, estampo un par de firmas y me cruzo con varios de mis trabajadores en el proceso antes de largarme de allí hacia el hipódromo. Allí me espera otra chica, Cristina. Cristina es perfecta para este tipo de eventos. Elegante y refinada, queda bien en las fotos cuando hay periodistas. En el nuevo Panem abundan los periodistas y el negocio del cotilleo en general. No me gusta formar parte, pero sí hay que hacerlo, prefiero la buena compañía.
Ganamos la carrera. Foto para la prensa. Cristina me da un beso en la mejilla y adiós muy buenas. Con Cristina siempre repito. No sé su apellido. Tampoco la llevo a mi casa ni la meto en mi cama. Lo único que me importa de ella es su imagen de muchacha recatada y limpia. Para otros menesteres, prefiero un estilo bastante menos mojigato del que puede ofrecerme ella.
Media hora antes de comenzar las pruebas, hago que un coche me lleve hasta la plaza del Edificio de Justicia.
Nadie esperaba mi presencia, por lo que se ha formado un gran alboroto al aparecer. No es poco común que alguien con dinero se presente al Concurso para obtener su minuto de gloria; sin embargo, yo siempre he sido cuidadoso con mi privacidad y la fama no es lo que me interesa. Tampoco la recompensa en metálico.
No necesito el premio, no necesito el dinero ni tampoco darme a conocer o impresionar. La gente ya tiene un buen concepto de mí, pero sobre todo, yo tengo un buen concepto de mí mismo. No necesito probar mi valía, lo hago por el simpe gusto de medirme en un reto y comprobar si la suerte sigue de mi parte.
Me he preparado moderadamente para la victoria. Tengo un gimnasio en casa y una piscina en la que nadar a diario. En cuanto tengo algo de tiempo viajo al Distrito 10, a perderme en sus montañas o entre sus verdes llanuras y estar completamente aislado; se lo que me hago cuando se trata de supervivencia. He tenido que cazar mis propios conejos, encender mis propios fuegos y comer raíces cuando no encontraba nada más. He tenido que trepar un árbol en menos de 10 segundos si una manada de perros salvajes pretendía utilizarme para la cena. Pero sobre todo confío en mi instinto, en el azar y la buena fortuna. No tengo más que proponerme querer algo para conseguirlo. Así ha sido siempre. Y la estadística está conmigo.
La famosa periodista Brianda Danvers también está aquí. Se ha marcado el reto personal de estar en todas las pruebas. Hace un par de días la vi en la televisión entrevistando a Amarilis Crane. Amarilis es la chica seleccionada para representar en el Concurso al Capitolio. Una muchacha que parece agarrarse al pasado con uñas y dientes, por lo exagerado de su forma de vestir y la manera que tiene de referirse a la gente de los distritos como chusma incompetente. Me gusta mucho. Es una diva en decadencia, una princesa despojada de su reino y sus riquezas que luchará a muerte por recuperar su posición perdida. Su acompañante, su hermano creo que era, parece un tipo competente, serio y que sabe lo que se hace.
Brianda se planta a mi lado y despliega todos sus encantos para conseguir que diga unas palabras. Tiene todo mi reconocimiento. Ciertamente, no sé cómo se las apaña para estar en todas partes. Las comunicaciones han mejorado, pero sigue habiendo una gran distancia entre distritos. Brianda acerca su micrófono a mi boca. Es bonita, decidida e intrépida, admiro su trabajo. Suelo ver los documentales temáticos que realiza para la televisión. La verdad es que nos conocíamos de antes. Me entrevistó una vez, siendo ambos muy jóvenes, poco después de que la startup que cree despuntara en los mercados de valores del Capitolio. En aquel entonces el mundo todavía trataba de recuperarse de los estragos de la Guerra, necesitaba creer en sí mismo, saber que se podía salir adelante. Yo era la viva imagen de que se podía salir adelante.
Le concedo a Brianda unas pocas palabras. Digo algo sin decir nada. Soy experto en eso. Luego sonrío taimado, como aburrido, ante la siguiente pregunta y da por finalizada nuestra conversación. Es lo que suelo hacer cuando no se me ocurre nada interesante y siempre funciona.
Por suerte este año la organización no obliga a vestir mallas ajustadas ni camisetas con tirantes, como he visto otras veces. Tengo la mía con mi dorsal y es suficiente. No es de muy buena calidad la prenda, se nota en el tacto, pero al menos no es necesario que me ponga algo ridículo. También nos entregan una banda con nuestro número para sujetarla en el brazo. Sonrío al ver un cinco cosido en ella. Me gusta el número cinco, siempre apuesto al cinco. Nunca he perdido con el cinco. Mientras me coloco los tapones para aislarme del ruido durante las pruebas físicas Brianda aparece de nuevo a mi lado. Es incansables esta chica. Me fastidia tener que quitármelos para poder atenderla.
—Tú otra vez —le digo. Vuelvo a poner la media sonrisa—. No tengo nada que declarar.
—Y yo no voy a dejar de insistir hasta que sueltes prenda —responde ella—. Venga Domeric, cuéntale al mundo qué hace un hombre como tú en un lugar como este. ¿Qué piensas hacer con el premio cuando lo ganes?
—Regalarlo —le digo.
Brianda estalla en risas y se termina otra vez la entrevista
No sé si me toma en serio. La cuantía del premio no es moco de pavo. Daría para vivir muy bien el resto de la vida y está exento de impuesto. Pero no lo necesito. No me gustaría que llegase un momento en que todo deje de parecerme interesante. El exceso de dinero hace eso, he podido comprobarlo. Por lo que cuando gane, haré una donación anónima y asunto solucionado.
Las pruebas físicas son un paseo por el parque. Se quedan unos cuantos torpes por el camino, una criba necesaria, pero la mayoría seguimos con el dorsal puesto y sin ningún miembro partido.
—Continuaremos con la última prueba, intrépidos y hermosos finalistas.
Suena una voz cantarina por los altavoces de la plaza. Es la presentadora. Tiene un fuerte acento del Capitolio, bastante afectado y chillón, al punto de hacer daño en los oídos. Hubo un tiempo que esa forma de hablar tan tonta estaba pasada de moda y era considerada ridícula, pero al parecer todo vuelve y se ha convertido otra vez en el último grito.
—Para la última y definitiva prueba, necesitaremos que suban al escenario vuestros respectivos acompañantes.
Me quedo paralizado por un momento. Tenía claro que ganaría las pruebas de selección, no hay obstáculo en la vida que se me resista, pero no sabía que tendría que elegir tan rápido a mi acompañante. No había pensado en eso, lo que es raro, pues siempre pienso en todo. Diferentes tipos de personas se aproximan al escenario. Hombres y mujeres jóvenes y no tan jóvenes, alguno bastante mayor que imagino será el progenitor de los contendientes. Yo no tengo familia ni tampoco amigos cercanos. Miro a mí alrededor en busca de la persona indicada, pero finalmente lo dejo en manos de la Diosa Fortuna, mi mejor compañera de viaje. Nunca he sido de buscar, siempre de encontrar y punto. Clavo los ojos en una cabellera pelirroja y rizada que aparece en primera fila. Tiene la vista clavada en su teléfono móvil, no me está mirando. La quiero a ella. Me acerco y la señalo con un dedo desde arriba.
—Tú —le digo
—¿Yo? —replica de pronto mirándome. Lleva unas gafas de pasta color verde y va vestida de oficinista. Una Réplica de Mirta en joven y guapa. A través de los cristales de las gafas veo unos grandes ojos a juego entrecerrarse por la incertidumbre— ¿Yo qué?
—Tú me darás suerte.
Extiendo la mano para que ella la agarre y pueda venir aquí arriba. Tengo que dejarla unos segundos colgando del aire, pues ella no agarra nada.
—Ah, no —dice negando con la cabeza—, yo no voy a darte nada.
La respuesta me deja un poco contrariado. No acostumbro a que me digan que no a nada.
—Has sido la elegida. Considérate afortunada por ello. Verás los entresijos del Gran Concurso desde dentro y me ayudarás a ganar. Puedes quedarte el premio si quieres.
Funciona esto último. El movimiento de su cabeza sigue siendo de negación, pero alarga su mano derecha en mi dirección. Una mano de dedos largos y fríos que se sujeta a la mía cuando tiro de ella hacia el escenario. El tema económico nunca me decepciona.
La presentadora da vueltas entre concursantes y acompañantes. Puede diferenciarnos porque nosotros llevamos un dorsal y los otros no. Tú por aquí, tú por allá, va diciendo. No he tenido tiempo siquiera de preguntarle el nombre a la chica pelirroja cuando nos separan y nos meten como a ganado en el Edificio de Justicia. Una vez dentro nos vendan los ojos.
En realidad eso no sería la manera exacta de definirlo, pues no nos ponen un simple pañuelo negro. Se trata de un sistema mucho más sofisticado compuesto de unas gafas opacas que se incrustan a nuestra cabeza y un pinganillo en el oído izquierdo. Es tan complejo el artilugio que han de ir poniéndonoslo uno a uno. Cuando llega mi turno se hace la oscuridad.
—¿Puedo hablar ya? —Escucho preguntar a una voz después de un carraspeo.
—Habla —le digo.
—Señor Thurstone, ¿me escucha?
No me sorprende que conozca mi apellido. Todo el mundo lo conoce. Soy una especie de leyenda en Panem.
—No me llames señor.
—Bien señor, me han dado una serie de instrucciones que tengo que comunicarle. Esto no me gusta nada. Creo que me lo he pensado mejor. No pienso ir con usted a ninguna parte.
Eso sí que me desconcierta.
—No lo entiendo —le digo—. Recuerda que te quedas con el premio.
Tarda un momento en contestar, pero lo hace.
—Yo tampoco quiero el premio. O bueno, sí que lo quiero. ¿Quién no lo querría? Es usted un raro. Y bastante grosero. Ni siquiera me ha preguntado el nombre.
—Mis disculpas. Ahora, ¿puedes explicarme en qué consiste la prueba? Por favor.
—¿Sigue sin preguntarme el nombre? —me grita al oído.
Su voz me retumba hasta en las entrañas. Menudo carácter.
—¿Cómo te llamas?
—Anabel.
—Bien Anabel. Encantado de conocerte. Tenemos que trabajar juntos en esto. Explícame de qué va la prueba.
—¡Ya trabajamos juntos! —Vuelve a vocear Anabel. Me va a dejar sordo—. Trabajo para usted desde hace años. Años. Nos hemos cruzado por los pasillos de su empresa, he acudido a sus reuniones y ni una vez me ha dedicado un mísero hola.
Vaya por Dios. El problema era un simple saludo
—Está bien. No soy persona de muchos holas. Mis disculpas de nuevo. Hola Anabel. Supongo que estarás agradecida por el trabajo. Pago un buen sueldo.
Esa es mi política. Una buena remuneración significa un trabajador feliz. Y un trabajador feliz es un trabajador eficiente. ¿No sé qué más quiere?
Anabel resopla a través del micro que llevo incrustado en la oreja.
—¿Si no paso la prueba va a despedirme? Porque necesito el trabajo. Tengo que pagar las facturas y la hipoteca, ¿sabe?
¿Despedirla? ¿De dónde saca esas cosas?
—No adelantes acontecimientos Anabel. Disfruta del juego. Aunque así de pronto, si no me explica de qué va la prueba sí que la despediré.
Silencio.
Más silencio. Me está haciendo dudar de mi decisión y yo nunca dudo de mis decisiones. Lo más importante es realizarlo todo con la máxima eficiencia y dejar al azar lo justo para que se te apriete el escroto cuando pienses que algo puede llegar a fallar. Empiezo a notar esa tensión.
—Está bien señor…
—Domeric
Respiro de alivio. Por los pelos.
—Señor Domeric.
—Solo Domeric, Anabel.
—Escuche bien, señor Domeric. Está usted en una especie de laberinto. Va a tener que hacer lo que yo le diga, ya que hay un montón de cosas con la que puede dañar su bonito cuerpo y no queremos eso. Tendrá que llegar hasta una serie de tótems. Son como cabezas grandes sujetas a un cuerpo pequeño. Tiene que tocar cada uno para encontrar la salida. Los estoy contando, habrá unos diez. El que los encuentre y llegue a la salida primero entra en el Concurso.
Estoy en sus manos. Eso es lo que pienso. No acostumbro a estar en manos de nadie que no sea el anónimo azar.
—Bueno Anabel, quedo en tus manos. Tenga cuidado conmigo. Me tengo a mismo en alta estima.
—No me cabe duda. Camine hacia el frente —me dice.
—¿Cuántos pasos?
Se queda pensando.
—Unos veinte pasos.
Suena una bocina y empiezo a correr. Al poco me choco con algo duro como hormigón armado.
—¡Le he dicho que camine! —Me chilla Anabel.
Me he dado un buen golpe en la frente.
—¡Tenías que haberme avisado de que había un muro! —Le reprocho a Anabel, olvidando por un segundo los buenos modales.
—Cambio de planes Jefe —dice ella—. Todo el mundo va por el mismo sitio. Empecemos de nuevo, primero el último. Gire a su derecha. Y siento lo de su cabeza.
No me creo que lo sienta.
—¿Han dicho algo del orden? —pregunto.
—No han dicho nada del orden. Han dicho que había que pasar por todos y llegar el primero.
—¿Qué puesto ocupas en mi empresa? –Se me ocurre decir antes de continuar.
—Desarrollo. Le hago el puñetero trabajo sucio y usted se lleva todo el mérito. Siga adelante.
Ya no se me pasa por la cabeza correr. Ha sido un error de cálculo. Yo nunca cometo errores de cálculo. Esta chica me pone de los nervios que pensaba que no tenía.
Sigo las instrucciones de Anabel y vamos tocando los tótems uno por uno y sin competencia. Tropiezo unas cuantas veces con cosas del suelo que se le pasan por alto, me pincho y golpeo con objetos que Anabel no menciona que estuvieran allí. Creo que lo hace a propósito. Le gusta verme hacerme daño, aunque luego se disculpa con un: perdón, no lo había visto. Deben de tener un tamaño considerable como para no verlos, pero bueno. Ya tendremos una charla cuando esté fuera. Tampoco es que pretendan matarnos haciendo las pruebas. Tenemos que llegar de una pieza al concurso, al menos uno, y esto es un simple trámite. El verdadero reto comienza en una semana.
Cuando llego al último tótem Anabel me dice:
—Ahora sí, Domeric. Ahora tienes que correr igual que si te persiguiera la peor de las bestias. Gira cuarenta y cinco grados a tu izquierda. La salida está en línea recta. Los demás se han amontonado para llegar a su último tótem. Aprovéchalo. Confía en mí. ¡Corre!
Confío en ella. No me queda otra. Confío en que puedo seguir en línea recta sin matarme contra nada por el camino. Corro como si me fuera la vida en ello y en cuanto noto el viento cálido de fuera, la plaza estalla en gritos.
Como siempre, esta es mi suerte.
An/ Aquí está Domeric. Espero que a la altura del genial personaje de Soly. Soly, gracias. Y perdón por la tardanza.
No voy a desarrollar mucho las pruebas porque temo quedarme sin ideas para después, pero me gustaría que conocierais bien a los personajes antes de que empiece lo bueno.
