Disclaimer: Los personajes de Sailor Moon son exclusivos de Naoko Takeuchi. Esta historia me pertenece al igual que la frase final de mis comentarios. Esta historia no es a fin de lucro.

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Soy egoísta, lo sé, pero la necesito conmigo, la extraño, y los celos de verla con otro me están matando. Después de aquella batalla me di cuenta de que no podía permanecer sin ella, pero que malvado es el destino al hacer que ella no me conociera.

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Recuérdame

Ojitos tristes

Otra noche sin poder dormir. Otra noche reclamándose lo idiota que fue. Otra noche, recordándose que él la tubo cerca tanto tiempo y lo único que hacía era, molestarla, colocarle apodos, jugar con su paciencia hasta hacerla enojar, ofenderla, hacerla sentir insignificante, tratarla de idiota, hasta de estúpida. La realidad era esa, la hizo sentir pequeñita e incapaz de hacer cualquier cosa que ella quisiera, ahora el destino como castigo a sus actos ante ella, lo hizo invisible.

"Porque nadie sabe lo que tiene, hasta que lo pierde" cuan cierto es ese refrán.

Nunca pensó enamorarse de ella, como lo estaba en ese momento. La había visto por casualidad en una librería, él estaba comprando unos libros para la universidad y ella estaba acompañada de cinco hombres vestidos de negro. La observo sentada en los sillones de la sala de estar de la librería, observando varios tomos.

-"Una chica muy culta"- fue lo que pensó al ver la pila enorme de libros, esperando por ser escogidos.

Quiso apartar la mirada, juraba que quería hacerlo, pero simplemente no podía. Ella era tan hermosa, con un cabello rubio sedoso y brillante, una piel blanca como cal, una boquita roja y unos ojos como un día nublado de primavera. "La niña de ojitos tristes", fue así como la apodo.

La siguió viendo cada fin de semana, siempre de lejos, siempre observando sus ojitos tristes, sus labios en una seductora línea recta, su expresión seria e imparcial.

Tenía deseos de acercarse a ella, pero siempre estaba acompañada por esos guardaespaldas. Se sentía extraño con solo verla, era tan irracional que sintiera cosas por una desconocida de la cual no sabía ni su nombre. Pero ella hacía que en su pecho sintiera cosas, que ni otra chica había podido hacer sentir.

No era un asocial, ni mucho menos un reprimido, salía con chicas, iba a discotecas, se acostaba de vez en cuando con alguna fulana, en pocas palabras hacia lo normal, que hacia un chico de 18 años. Pero cuando la observaba a ella, era como si todo dejara de existir. Era como si después de esa hermosa desconocida, no existiera nadie más.

Paso un mes, y él asistía, sin falta alguna a su "Cita" de los sábados en aquella librería, solo para venerarla a lo lejos, grabándose con adoración las finas facciones de su rostro, su cuerpo, todo de ella. Su familia lo veía actuar de un modo extraño, sus amigos lo notaban diferente; ya no salía con cuanta chica se le apareciera, ni iba a menudo a las discotecas los fines de semana, en vez de eso se quedaba en su recamara pensando en la niña de ojitos tristes, dibujando sobre lienzo sus manos, su nariz, sus labios, su silueta…sus ojitos tristes.

Tomaba el pincel y pasaba largas horas tratando de hacer un retrato de ella, pero nunca lo lograba. Ya no dormía, ni comía como era debido, su mente, su conciencia, todo le pertenecía a ella, y lo peor del caso, es que ella ni siquiera sabía que él existía.

Lloraba sin razón alguna, añorando, queriendo, soñando tenerla entre sus brazos, acariciarla, besarla, escuchar su voz.

Quería tanto de ella, quería dar todo por ella, pero no la conocía, sólo sabía sus guardaespaldas no la dejaban ni al sol, ni a la sombra, que adoraba leer y acompañaba su lectura con un frappe de café y chocolate. Pasaba largas horas en aquella librería, vestida siempre de short corto, botas de caña y bonitos jersey con capucha que se amoldaban a su linda figura o a veces vestidos a la rodilla y de mangas largas que la hacían lucir como una princesa.

Ya parecía un acosador, pero juraba que ni una mujer lo hacía sentirse así de idiota.

Dejo de salir con otras chicas, el simple hecho de besar otros labios, acariciar otra piel, lo hacía sentir vacío e infiel. Era estúpido, él no conocía a la niña de ojitos tristes, no sabía si era soltera o si tenía algún pretendiente. No sabía su nombre, ni por qué siempre estaba con esos guardaespaldas. Debía ser una chica rica, pero eso no le importaba, pues él la veía como una chica frágil, en un mundo de hienas, sus ojitos tristes, era lo que le decían.

-Darien, ¿Te pasa algo?, estas más raro que de costumbre.

Era domingo y se encontraba en su dormitorio, acostado en su cama, sin hacer nada más que mirar el techo. Las ojeras eran pronunciadas, sus ojos se veían cansados. Parecía que no había dormido en toda la noche. Su hermana, una chica menuda de unos 14 años, piel blanca, cabello negro, ojos amatistas. Se notaba preocupada por su salud, era cierto que había dejado de salir últimamente, y que no descansaba como era debido, pero no era para tanto ¿o sí?

-Tranquila pequeña Rei, sólo estoy ¿Enamorado?- lo último lo dijo muy bajo, casi como un murmullo.

-Estas ¿Cómo?, Darien mamá está preocupada, dice que ayer te acostaste casi a las 6 de la mañana. No estás durmiendo como es debido, ¿Qué haces tan tarde despierto?- le pregunto ella con el ceño fruncido.

-Estaba pintando- dijo cerrando los ojos.

-A mamá, papá y a mí nos gustan tus pinturas, pero últimamente, si es eso lo que te tiene tan acaparado, pues te está haciendo daño, estas tan sumido en eso que puedes enfermarte- le dijo preocupada.

-No te preocupes pequeña Rei, ayer logre pintar lo que tantas noches me tenía en vela.

Su sonrisa fue sincera, Rei deseo ver sus ojos, pero estos estaban cubiertos por los parpados. Estaba más que segura que su hermano estaba enamorado.

-¿Puedo ver la pintura?- pregunto cómo niña pequeña.

-Son todas las que ves.

Rei, observo con detenimiento las pinturas que adornaban el cuarto de su único hermano. Pinturas hermosas, de gran acabado, de finas siluetas y formas bien definidas. Exquisitas obras de arte.

-¡Darien!, son hermosas. ¿Las vas a vender en la galería?

-¡Jamás!- grito fuerte, asustando de paso a su hermana- Lo siento Rei, es que estas pinturas significan mucho para mí.

Ella lo miro con comprensión, era la primera vez que veía a su hermano enamorado. Aunque él no se lo haya dicho, ella estaba más que segura que era eso lo que lo tenía diferente. Lo conocía demasiado bien. Peleaban a menudo por las mismas tonterías, pero lo amaba, no se imaginaba un mejor hermano que él.

-Me dirás como se llaman tus nuevas pinturas.

-Claro- se paró de la cama y paso a enseñarle las pinturas a su hermana.

-Sonrisa inexistente- en el lienzo se mostraban unos labios. Pero era tanto la dedicación que se veía en pintarlos, que cada detalle de esa pintura hacia ver una sonrisa casi traslucida, oculta. Los labios se veían delicados, y rellenos. De un rojo tan intenso, que Reí se preguntó si alguien de verdad tendría unos labios como aquellos.

-El calor de tus manos- Era una pintura majestuosa, unas delicadas manos colocadas de tal forma que parecían sostener algo, pintadas de matices de distinto crema, haciendo que las manos parecieran porcelana, en uno de los dedos descansaba un anillo de plata con un diamante rosa en forma de corazón, pintado con tal maestría que se podía apreciar el brillo del diamante.

-¿Ese anillo?, se me hace conocido, pero no recuerdo donde lo he visto- dijo Rei, Darien también se dijo lo mismo mentalmente. Cuando pinto aquella pintura, lo hizo recordando las delicadas manos de su niña, tratando de plasmar la dulzura con la cual ella tomaba los libros, pero el anillo apareció en su mente sin ni una explicación y él no pudo evitar pintarlo. Cuando la pintura estuvo terminada y la observo con detenimiento, se dijo a si mismo que ese anillo pertenecía a esas celestiales manos.

-¡Ah! Este es hermoso, ¿Cómo le pusiste?- pregunto la azabache, al posar sus ojos en una pintura de tonalidades azules, celestes, grises y blanco, que terminaban en un mismo punto, dándole la forma de unos profundos ojos, que te hacían sentir de una manera extraña, pero tristeza a la vez.

-Ojitos tristes- respondió él.

-¿Y tú obra maestra?, porque puedo apostar que estas pinturas, sólo son una parte de tu verdadera obra.

-Pues es un secreto.

-Me la mostraras.

-Claro, algún día te la mostrare.

Pero el día nunca llego, Darien nunca enseño su mayor obra de arte, porque el día que se la enseñaría a su hermana, era él día que se decidió a hablarle a la hermosa desconocida.

Había llegado puntual a la "cita", pero la niña de ojitos tristes nunca llego, paso otro sábado y otro, hasta que un nuevo año comenzó. Parecía estúpido, lo sabía, pero no podía olvidarla. Iba todos los sábados, esperando poder verla una vez más.

Con 19 años, era el mejor de su clase, el chico guapo, popular, acechado por las chicas y uno de los estudiantes ejemplares de medicina, pero algo le hacía falta, era ella, la echaba de menos.

Se prometió que si no la veía ese sábado, no volvería a aparecer por la librería, sin razón alguna, aunque en el fondo esperaba que ella llegara a la "Cita".

Espero una, dos, cuatro horas y cuando estaba a punto de enterrar sus ilusiones por ella, entro por la puerta de la librería, con una sonrisa radiante, la primera que alguna vez vio en sus labios.

No iba con los cinco guardaespaldas, ni sola, iba acompañada de un chico rubio de ojos azules como el hielo, de cuerpo atlético y mirada seductora. Ella le sonreía con la sonrisa más hermosa, que en su vida haya podido ver, pero sus ojos seguían igual, con un brillo diferente, pero sin opacar la tristeza que recordaba.

Los observo a ambos de lejos, creyendo tontamente que tal vez eran familiares, por los ojos azules, el cabello rubio y la piel blanca; pero sus hipótesis fueron derrumbadas, cuando el chico se colocó detrás de ella, poso sus brazos por la fina cintura y dio un beso intimo en la curvatura de su cuello, para que luego ella volteara un poco la cabeza y el besara sus finos labios.

Su corazón empezó a latir desenfrenado…

-¿Se encuentra bien joven?- le pregunto una de las vendedoras. En ese momento se percató de que pequeñas lágrimas bajaban de su rostro. No lo podía creer, su niña, tenía a otro.

-Te gusta ese libro Serena- le pregunto el chico a la niña de ojitos tristes.

Serena, Serena, ¿Por qué sentía un puñal en el pecho cuando escuchaba ese nombre repetirse con insistencia en su cabeza? ¿Qué sucedía? ¿Por qué recordaba un beso, una batalla, una guerra, la muerte? Salió corriendo de la librería, sin dirigirse a algún lugar específico. Sus pasos lo llevaron hasta el parque, se sentó a los pies de un árbol, dejando que todo su dolor saliese a flote. No entendía todavía como podía estar enamorado de una mujer a la que ni siquiera conocía bien, a una mujer a la que solo veía de lejos como si fuera un acosador, a una mujer, que ya tenía dueño.

Serena, Serena, Serenity.

-¡Serena!- grito sintiendo como su pecho se comprima de tanto dolor. De sus ojos salían copiosas lágrimas, como una cascada de sufrimiento. No entendía, porque la amaba de esa forma tan enfermiza.

-¡Serena!- grito más fuerte, su garganta estaba haciendo un esfuerzo extra, pero él seguía gritando, hasta que una extraña luz lo cegó y fue como todo pasó en cámara lenta. Un palacio, una mujer hermosa, unos hombres a su alrededor. Una chica encantadora.

-La amo princesa Serenity.

-Yo también lo amo príncipe Endimión.

Un palacio, una pelea, un aura negra. Muertes, gritos, llantos, fuego carcomiendo su carne.

-Serenity no me dejes por favor.

Despertó en su habitación, sintiéndose desorientado, poso una de sus manos en su cabeza, tratando de aminorar la terrible migraña que tenía. Alzo la mirada para buscar el reloj de noche, pero se percató que su habitación había sido ocupada por otros visitantes, en ella estaban las amigas de su hermana, todas mirándolo de forma diferente.

-¿Cómo es que llegue aquí?- pregunto, y reprendiéndose mentalmente al instante por el esfuerzo que tuvo que hacer para hablar, lastimando a su garganta en el proceso.

-Príncipe Endimión- todas las chicas se arrodillaron ante él, contando a su hermana, no ella no era su hermana, era Rei Hino, la sacerdotisa, la princesa de Marte, ¿Salió con ella?

Sostuvo su cabeza con fuerza, cuando una serie de imágenes pasaron por su cabeza. Era demasiada información, sentía que en cualquier momento iba a colapsar.

-Príncipe Endimión- dos gatos, uno negro casi purpura, y uno blanco con extrañas formas de luna en su frente se postraron ante él.

-Esto es un sueño, esto no es real, lo que soñé no es real- se negaba a creer lo que vio en su mente.

-Su sufrimiento nos hizo despertar del sueño en el que estábamos sumergidas. Nuestros recuerdos han sido recuperados- hablo de forma solemne la chica que recordaba que era Minako, una de las compañeras de su hermana, o ¿Ya no lo eran?, era tan complicado.

-Esto es una broma, yo no puedo ser un príncipe, soy un estudiante de medicina, mis hobbies son pintar, y escuchar música. Soy un chico popular, y voy bien en la universidad, mi mundo no está rodeado de guerras ni absurdas batallas.

Dejo su histeria exterior, cuando su hermano lo callo. Rei lo había abofeteado, ella estaba llorando.

-¡Eres un maldito egoísta!, nosotras también éramos normales, chicas comunes y corrientes, pero hemos despertado. Soy tu hermana, aunque en otra vida, estaba obsesionada contigo. Me siento extraña, hasta un punto enferma. Pero no podemos hacer nada, ya el destino nos dio lo que quiere ver en nosotros y no puedes negarte a el por qué quieres, porque si lo haces también estas olvidando algo, muy importante en el. Estas olvidando a Serena.

La sola mención de ese nombre, lo hizo recobrar la compostura. Recordó aquellas promesas que nunca se cumplieron, aquellas promesas que la guerra, el odio y el rencor se habían llevado. Aquellas promesas que esperaba cumplir.

Salió, corriendo de la habitación, sin saber muy bien a donde ir, pero solo tenía algo en mente y eso era encontrar a su princesa. Por eso la amaba, porque su corazón le hizo sentir lo que su mente no recordaba. Por eso la adoraba tanto, porque siempre fue ella la dueña de su mente, su cuerpo, su alma, su amor.

Se paró en medio de la avenida, cuando vio que ella se acercaba, pero cuando estaba cerca, esta le paso de largo, sin siquiera mirarlo, pues sus ojos estaban fijos en los del chico rubio.

-Tratamos de detenerte, pero corres muy rápido. Serena no recuerda nada de nosotros- le dijo la peli azul.

-Su aura, no ha despertado, eso quiere decir que sus recuerdos tampoco- dijo una castaña.

-No sabemos cuál sea el motivo, pero por alguna razón, ella está en otra vida, igual que nosotros, aparte que sale con ese chico, su nombre es Jeremi Fraga, alias Jerry, tiene 19 años, es hijo del actual Senador de España, Manuel Fraga, estudia ciencias políticas. Con Serena son novios desde que tienen 10 y 11 años respectivamente. Serena, es la heredera de la familia Ogawa, hija única de Kenta y Asami Ogawa. Estudiante de primer año en Administración de Empresas, de la universidad de Waseda- termino de decir Minako.

-¿Cuánto tiempo durará hasta que ella recuerde quiénes somos?- pregunto con voz rasposa.

-No sabemos, Luna dice que es posible, que lo recuerde algún día, o tal vez nunca.

Desde ese día, espero paciente que ella lo recordara, pero ya un año se había sumado y sus esperanzas eran escasas.

Antes parecía acosador, ahora parecía enfermo mental, la seguía donde ella fuera, iba a las discotecas donde rara vez ella asistía, la esperaba fuera de la universidad, sin que ella se diera cuenta y otras veces, muchas veces debía corregir, tropezaba con ella en el centro comercial, pero esta pasaba olímpicamente de su presencia.

Aguantaba torpemente retener las lágrimas, cada vez que veía las revistas y la veía a ella en las portadas de corazón de brazo con el chico rubio. Ahora ella tenía 19 años, iba a segundo año, seguía saliendo con el tal Jeremi muñeco de porcelana, y lo más importante y frustrante, no lo recordaba ni a él, ni a su amor de antaño.

Podía sonar egoísta, pero aparte de necesitarla consigo, la quería tener para borrar de sus ojos aquel rastro de tristeza con el que siempre salía en las revista. Ese Jerry podría ser muy su novio, pero no había podido borrar de su mirada, aquel dolor, que opacaba el brillo de sus ojos.

Veía su sonrisa falsa, su mirada de la cual se enamoró en ese presente, pero sabía que muy en el fondo, estaba la chica de la que se enamoró en su vida anterior. Aquella que molestaba constantemente para tener un poco de su atención, aquella que con sus sonrisas y sus gestos de niña enojada y malcriada lo cautivaron por completo. La amaba desde antes de nacer, la amaba hasta cuando ella era Serena Tsukino, la estudiante de secundaria que lanzo en su cabeza aquel examen de 30 puntos, la amaba, desde antes de saber sobre su vida pasada. Pero ella a él, ahora no lo recordaba.

Se levantó de su cama, camino a su armario de donde saco un lienzo cubierto con papel manila; rompió el envoltorio, observando con detenimiento el retrato que había pintado ya hace dos años atrás.

Lo colgó en el centro de su habitación, colocando alrededor de este, pequeñas hojas, con bocetos de su princesa, o simplemente de paisajes que recordaba de su vida como príncipe de la tierra.

Se acercó al cuadro para observarlo, con detenimiento. Rei tenía razón en aquel entonces, pues ese era su mayor obra de arte. En aquella pintura, aparecía la mujer a la cual él amaba y ama con toda su vida. Su rostro de perfil, mostrando la delicadeza de sus facciones, su cuerpo desnudo envuelto por unas hermosas alas, el cabello rubio en su singular peinado que danzaba al compás del viento. Sus ojos mostrándose desolados, tristes, abrumados.

-A esta pintura le llamo, La tristeza desnuda de la luna, de mi luna.

Se hecho al suelo a llorar, mordiendo el puño para que nadie escuchara sus sollozos lastimeros. Estaba desesperado, a punto de entrar en depresión.

Su hermana, la niña que después de los recuerdos fue difícil tratar, le había dado la espalda. Las guerreras que le habían jurado fidelidad, le dieron la espalda, solo faltaba que la tierra lo sacara a patadas para que su vida fuese más miserable de lo que ya era, aunque pesándolo bien, podría pasarle un tren por encima y el dolor, no sería tan fuerte como lo era, el no tener a su niña.

Su mente le jugó una mala pasada, imaginaba claramente a su Serena en brazos de aquel niño rico. Lo veía haciéndola suya, tomando su cuerpo con adoración, besando las partes más íntimas y profundas de su ser. Acariciando su tersa y suave piel, diciéndole "Te amo" en cada estocada. Ella enterrando sus uñas en su espalda, susurrando en su oído que no se alejara de ella, rogándole que le diera más. Observo sus ojos oscuros por el placer, anegados en lujuria y pasión, pero esos ojitos, no lo miraban a él, miraban al niño rubio, que la hacía su mujer.

Una ola de dolor sacudió su cuerpo, eso era mucha más de lo que podía soportar. Era irracional, lo sabía; debía abrir un poco más la mente, si bien su Serena tenía diecinueve años, llevaba una relación con un chico al cual conocía desde los diez años, era normal que ellos no fueran simples novios, que más que besos y agarraditas de manos, compartieran intimidad.

Pero seguir imaginado a su princesa en brazos de "ese", no lo hacía rabiar, ni poner iracundo, lo hacía llorar y sufrir, un sufrimiento tan grande, que acababa con la poca cordura que su mente guardaba.

-Te extraño mi princesa- susurro a la nada. ¿Cuantas veces tenía que decir que la extrañaba? ¿Cuánto más debía esperar porque ella lo recordara?

-¡Maldita desgraciada! ¡Hija de puta! Diosa de la Luna, ¿Porque demonios hiciste que tu hija predilecta me olvidara? Te hace feliz ver a este pobre mortal sufrir por el amor de tu princesa. Has acabado con mi paciencia- grito a viva voz, aquel reclamo era como un grito lastimero, no había odio, ni rencor, era dolor del puro el que se mesclaba con cada palabra.

Estaba harto de pedirle de forma amable a la diosa de la Luna que intercediera por él, ante su princesa. Si a las buenas ella no lo escuchaba, pues a las malas.

-Creo que ya tu paciencia toco un límite hermanito- por la puerta de la habitación entro la hermosa pelinegra de ojos amatistas.

-¡Déjame en paz!- le grito con furia.

-Con enojarte y ofender a la diosa Selene no resolverás nada.

-Estoy cansado, Rei- cubrió su rostro con las manos, mientras Rei sentía compasión por él.

-Me hace tanta falta- no le interesaba que lo viera llorar, estaba harto de hacer como si solo estuviese enojado o desesperado. ¿Es que nadie se daba cuenta de todo el sufrimiento y la agonía por el que estaba pasando?

Rei se acercó a su hermano, bajando a la altura de él; lo tomo entre sus brazos, en la medida de lo que cavia, y dejo que el dejara salir todo su dolor, aquel que parecía no querer terminar jamás. Trato de consolarlo, de calmar aquel infinito llanto, pero parecía que cada vez que Darien dejaba de llorar, una carga nueva de llanto se sumaba.

Las horas iban pasando, hasta que la respiración de Darien se hizo lenta y acompasada, pero Rei no abandono aquella habitación. Se quedó velando los sueños, del que alguna vez fue su enamorado, una tonta ilusión; ahora él era su hermano y así es como ella lo prefería, aunque este ahora estaba dañado, destrozado y acabado.

-A veces nuestras decisiones no son las mejores. Lo siento hermanito, pero no puedo hacer más- acaricio la negra cabellera de él, mientras seguía susurrando aquellas palabras- Confórmate en observar tus pinturas, por venerar los ojitos tristes de tu princesa, porque la luna y la tierra, por más que lo intenten no pueden estar juntos. El destino está en su contra, y yo ya me canse de ir contra el.

-Rei no contesta su celular. ¿Les parece que vayamos sin ella?- expreso tranquila la peli azul.

-Creo que si, además el anuncio dice claramente, que si no retiramos a la gata en tres días después de su publicación, dejara de ser de nosotras. Es mejor ir por Luna antes que quede en manos desconocidas- dijo la castaña.

-Bueno chicas andando, hoy recuperaremos a Luna, y luego iremos donde Rei, a ver por qué no se apareció. ¿Saben?, eso me recuerda mucho a Serena.

-Mina podrías dejar de mencionarla- todas las demás chicas, aparte de la castaña detuvieron su andar contrariadas.

-Cada vez que hablamos de ella, nos deprimimos, lloráramos, y nos reclamamos por ser tan malas amigas. Sólo por hoy ¿podríamos ser unas simples chicas, con una amiga lejos de nosotras?- todas asintieron, la castaña tenía razón.

En lo único que no tenía razón, era que esa amiga, ya no estaba tan lejos como ellas, lo pensaban.

El destino es una ruleta de asar, cualquier cosa puede pasar. Pero si una vez el destino las unió en el centro del camino, el destino esta vez las pondría de nuevo por otros caminos.

Notas de la Autora

1. Los personajes de Sailor Moon, son exclusivos de Naoko Takeuchi

2. La historia me pertenece, no puede ser copiada ni subida a otra página sin mi consentimiento.

3. Esta historia esta publicada en Fanfiction bajo el seudónimo de Cleo de Luna

4. Esta historia esta publicada en Whattpad bajo el seudónimo de Jae R. Rod

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7. Esta historia ha sido editada del capítulo uno al cinco.

Sin más que decir.

Resultado de un cofre de ideas y una mente desatada

Llena de historias

Que deben ser contadas

Cleo de Luna