El pitohuí existe de verdad (es naranja y precioso), sólo que en esta historia hay que imaginarlo mucho más grande y peligroso.
La Noche del Lobo
Escrutó entre los arbustos. Sonaba cerca, pero no tanto. La cazadora bajó las manos a las riendas ajenas, asegurando a la menor a su lado.
-Eso no era un lobo.
-¿Entonces qué era?
¿Un wendigo? En el peor de los casos. Con suerte es algún kobold intentando asustarnos. Pero un hombre lobo no suena así, ni un lobisome.
-Si nos damos prisa en salir de aquí no creo que deba preocuparnos, suena lejos- contestó en un tono más bajo pero serio-. Lo que de verdad me preocupa es lo que está detrás de esos arbustos.
-¿Qué hay?- saltó la heredera con más alarma de la que pretendía dejar escapar.
Hermione desenfundó la espada, con el silbido del acero cantando al deslizarse sobre su vaina. El cantar agorero de un augurey, quebró el aire, añadiéndole sátira a la escena.
De la rama un árbol, cercano al canto del augurey, saltó una sombra de la nada, chillando un alarido agudo. El brillo de naranja chillón le dijo a la cazadora de qué animal se trataba. Soltó su arma, interponiéndola entre el pajarillo asustado y la niña en igual estado. El pájaro revoloteó, parando en seco, haciendo chirriar el acero entre sus garras, antes de retroceder nuevamente a su rama.
-¿Qué era eso?
-Un pitohuí. No es especialmente peligroso, pero es un ave venenosa, ten cuidado con tocarlo, duele mucho. Ahora salgamos, ese olor me dice que es un ghoul lo que nos ronda.
-Los ghouls son carroñaros. No nos atacará, ¿verdad?- preguntó siguiendo a la morena.
-Lo dudo. A no ser que esté hambriento y acompañado.
-¿Es el caso?
Hermione dudó un instante.
-Esperemos que no- contestó entonces, espoleando a su yegua para que emprendiera el trote.
Por suerte no habían salido del camino.
-¿Corre más un hombre lobo que un caballo?
-¿Te parece mejor si no lo comprobamos?
Llegaban ya a la linde del bosque, donde se abría una pequeña estepa hasta las murallas de la villa. Las antorchas ya estaban encendidas sobre sus muros, en los puestos de la guardia. Y la luna ya hacía su camino en el cielo. En gibosa creciente.
-Os llevaré al castillo, dama Ginebra.
Ginny bufó. Más que por enterarse que se iba a perder la diversión, por la vuelta al trato cortés que adoptó nuevamente la cazadora. Como si tomara tan enserio su trabajo que, cuando se adentraba en este, volvía a considerarla su jefa.
-Puedo ir sola. Nunca ha atacado nada más salir la luna.
-Muy valiente- reconoció viendo la sonrisa de la heredera en repuesta-. De valientes están llenos los cementerios.
Y la sonrisa se borró de un plumazo de su cara. Casi con resignación herida, la pelirroja desvió la mirada, de forma altiva. Y antes de que pudiera rebatir siquiera fue interrumpida.
-No lleváis arma alguna. Os acompañaré. Pero mejor por la ciudad.
Y las yeguas volvieron a avanzar con gracia, atravesando las puertas.
Las calles desiertas las recibieron, acogiéndolas en su seno con el duro repicar de los cascos en el pavimento. La anormal calma nunca respondía a algo bueno, sino auguraba la terrible inquietud de saberse desprotegido aún en medio de los muros de piedra y madera de las frías casas.
Porque todos allí sabían que las calles no eran seguras, que dentro de aquellas murallas nadie se encontraba a salvo.
-¿Ginny, cierran las puertas antes de que se ponga el sol?
-Justo tras el ocaso. ¿Por qué?
-Los ataques, tras ese primero, ¿fueron todos dentro de la ciudad?
-Lo fueron, ¿por qué?- preguntó la pelirroja, con nerviosismo evidente- Espera. Insinúas que está dentro de la ciudad, ¿verdad?
Hermione no respondió.
-¿Te gusta tu trabajo?- dijo Ginny tras un silencio tenso.
La cazadora frunció el ceño.
-¿Cuál es el sentido de esa pregunta?
-Te dedicas a…- dudó un momento, sin encontrar una forma delicada de decirlo- …matar.
-Mato criaturas. Eso a pocas personas le importa.
-A mí me importa.
Hermione simplemente sonrió, de forma disimulada, mirando siempre al frente. Sin bajar la guardia en instante alguno.
-La gente te teme- siguió la niña, no muy segura de a dónde quería ir.
-Eso no es novedad- soltó con un bufido sardónico-. Es demasiado fácil temer lo que no se conoce. Por eso tengo trabajo.
-¿Te gusta?
-Tu misma lo has dicho. Mato. Sólo es miedo, sangre y muerte. ¿Me gusta? Simplemente es lo que hago, para lo que fui entrenada. No obtengo placer alguno, pero jamás me ha temblado el puño cuando alzo la espada, ni podría imaginarme haciendo otra cosa.
-Mi tío me enseñó que la vida era un regalo valioso, sin importar de qué ser fuera.- declaró mirando al suelo, olvidando por completo que se hallaban expuestas al peligro- ¿Has perdonado alguna vez una vida?
El gran conde de Lapuntu, pensó ella con ironía, el maravilloso y grandioso conde, ¿cómo no? Se mordió el labio, con más fuerza de la que pretendía, pensando en el sarcasmo de aquella frase. La vida valorada por aquel que le había arrebatado la parte más importante de la suya propia.
-¿Perdonado?- rio ella- ¡Ginny, son monstruos! No tienen voluntad ni conciencia.
Pero la muchacha no contestó solamente colocó una mueca en desacuerdo, evitando la mirada de la cazadora. Casi parecía decepcionada, molesta.
-Perdonado- siguió Hermione-. Yo no soy juez ni jurado. No tengo derecho a juzgar acto alguno. Sólo me lucro de la muerte- miró a la niña, sin saber por qué sentía que tenía que excusarse con ella-. Son criaturas sin voluntad ni conciencia, sin culpa alguna de sus actos. Se limitan a vivir. Pero a mí me pagan por su muerte las mismas personas que deciden apuñalar a sus vecinos. Ayudo a las personas. Hago sus vidas más seguras. Pero la verdadera incógnita está en la sociedad misma.
-No sé si te entiendo.
-El rey de Trova oprime a su pueblo para subvencionar la guerra, a los balbenses los traicionaron sus propios hermanos, Coar comercia con los mismos contrabandistas que apoyaron a los reinos del norte. Y, sin embargo, temen a las criaturas porque son diferentes, y confían en los humanos porque son como ellos. ¿Pero quién tiene mayor culpa, el que actúa por instinto o aquel que daña por voluntad propia?
Ginny suspiró. Reflexionando en su fuero interno. Las facciones de la muchacha delataron sus pensamientos. Debatiéndose entre la aceptación y el rechazo. Hermione suspiró nuevamente.
-¿No te entiendo, Ginebra? ¿Por qué desconfías de mí? Tú pareces más inteligente que la gente que me juzga como otra criatura peligrosa.
-Eres peligrosa, Hermione- dijo ella simplemente, mirándola a los ojos por vez primera en esa charla.
-¿Porque tengo fuerza? Tú eres baronesa, perteneces a la nobleza. Tú tienes poder, ¿no te hace eso peligrosa? ¿Qué es eso?
-¡Las cornetas de alerta!
-¡Mierda!
Hermione frenó al animal de golpe. Concentrándose completamente en lo que las rodeaba. El chillido de las cornetas tronó por vez segunda. El sonido del viento irrumpía muy suavemente en sus oídos. La respiración agitada de Ginny también se mezclaba con el ambiente, y la terrible agudeza de su sentido le dijo que casi podía escuchar el desaforado latido de su corazón. Y las pisadas apresuradas a la distancia. Pero nada más.
Si el monstruo se le presentaba de aquella forma no tenía otro remedio que actuar. No sería la primera ocasión en la que se había enfrentado a un peligro desconocido. ¿Pero qué podía hacer con Ginny?
Las pisadas.
-Tu hermano me dijo que la guardia estaba a buen recaudo. ¿Dónde?
-Las torres de guardia de las murallas.
-Estamos cerca de la muralla oeste. Te llevaré a allí.
La niña se agarró el colgante que llevaba al cuello. Encerrado en su puño no pudo distinguir su forma. Sorprendida, se dio cuenta de no haberlo visto antes, ni tan siquiera cuando la encontró desnuda aquella tarde. Ni cuando centró la mirada, precisamente, en su pecho.
¿Por qué será?, le preguntó su vocecilla interna con sorna, recordando la visión de una gotita atrevida en su camino de regreso al agua.
Los caballos, espoleados con insistencia, emprendieron la rápida retirada. Entre estruendo de los cascos sobre el asfalto Hermione no podía escuchar a la criatura aproximándose. Un nuevo aullido cortó la pesada sombra de la noche, esta vez no se trataba de un wendigo.
Una teja se deslizó de su sitio, animada por el golpe de una pata arisca que arañaba los tejados, la pieza de terracota cayó justo ante la yegua rubia. El animal se alzó sobre sus cuartos traseros, sorprendiendo a la niña, la cual se deslizó del lomo sin miramiento alguno, sin entender bien que pasaba hasta que no golpeó el suelo de espaldas.
El alazán hizo también intento de ponerse de manos, pero un fuerte tirón de la cazadora, dado con soltura, lo evitó justo a tiempo. Hermione saltó de su yegua de inmediato, y el empedrado de la calle silenció el sonido de sus pies.
El brillo acerado de su espada brilló a su espalda, con el pomo sujeto firmemente entre sus dedos. Sus ojos bailaron hacia los tejados y escrutaron el principio y el final de la calle. La yegua isabelina rompió a correr y Hermione se apresuró a alcanzar a Ginny, levantándola de un tirón firme del hombro de su camisa, sin bajar su arma un solo instante.
-¡Sube a Salamanquesa, Ginny! ¡Rápido!- ordenó empujándola tras de sí, hacia la montura.
-¡Está aquí!- bramó la niña, rayando la histeria.
-Lo sé, Ginny. ¡Corre!
Alcanzó las riendas de la yegua alazana, logrando poner un pie sobre el estribo.
-¿Qué pasa contigo? No voy a dejarte aquí.
La cazadora giró la cabeza, para poder ver sus ojos antes de dejarla marchar.
-Ese es mi trabajo- le recordó, sin poder evitar que una sonrisa de malicia hinchara sus mejillas.
Y el gesto murió igual de rápido, no le hizo falta darse la vuelta, un golpe seco le indicó que había llegado el momento. La mueca exagerada de la joven heredera y el aliento irregular y pesado que sonaba a su espalda no hicieron más que corroborar su certeza.
-¡Hermione!
-¡Corre, Ginny!
Separó las piernas para asegurar su equilibrio, en la posición adecuada para responder a cualquier movimiento, con cualquier contrataque. Alzó los brazos, firmes pero flexibles y no perdió un instante el contacto visual con los ojos amarillos que le devolvían la mirada.
Unos ojillos grandes para un ser humano, pero pequeños en contraste con el prominente morro que arrojaba los caninos al exterior y el basto y prominente cráneo. Extremidades largas y finas, acabando en mortíferas garras de alabastro. Todo él cubierto de un ralo pelaje de un feo gris ceniciento, enmarranado con densos terrones de tierra hedionda.
Forma de hombre lobo tenía, aunque no se podía decir que ella tuviera mucha experiencia con tales criaturas sí recordaba todo aquello que había leído en las montañas de libros que le habían hecho memorizar durante su entrenamiento. Pero de lobo menor, desde luego parecía menos imponente de, lo que recordaba, debía parecer. Tal vez una primera generación, o un hechizo mal hecho, tal vez algún experimento con un lobisome.
La cazadora dibujó un ocho en el aire, dándole vueltas a la espada con maestría, con la intención de que el movimiento persuadiera a la bestia. Como respuesta el lobo retrocedió, pero al instante siguiente sus ojillos bailaron sobre el espeso cabello castaña, sobre la yegua alazana que se batía en retirada. Con un salto asombroso se cernió sobre la mujer, que preparó su era a modo de estocada, pero el salto llevó al monstruo todavía más arriba, pasando sobre su cabeza sin rozarla siquiera. En el último momento silbó la espada arañando una de las patas traseras.
El hombre lobo cayó al suelo sin elegancia alguna, trastabillando a causa de la sorpresiva lesión. Pero la impresión le duró más bien poco y, con una última y dura mirada hacia atrás, se dispuso a seguir al animal a su mismo galope.
Hermione escupió al suelo una dura blasfemia, la cual involucraba a la madre del animal, mirando con impotencia como su objetivo se alejaba a velocidad de vértigo, y se alejaba persiguiendo a la misma muchacha a la que ella debía proteger.
¡Piensa rápido!, se gritó a sí misma. ¡Piensa!
La muralla oeste, si la niña era lista y seguía en la misma dirección por la que se había marchado, llegaría a la muralla oeste, donde se encontraba uno de los puestos de guardia. Si mantenía un rumbo fijo, tal vez ella pudiera atajar.
Miró en derredor, tomando nota mental de todo aquello que la rodeaba, buscando un plan de escape. Se precipitó sobre uno de los encalados muros, tomando impulso. Le sirvió para dar hasta cuatro pasos verticales por la pared antes de verse obligada a saltar hasta el alfeizar saliente de la casa opuesta. Con una velocidad casi inaudita se subió a él, al instante siguiente ya había alcanzado el tejado de la primera vivienda.
Las viejas tejas recibieron su peso con un tintineo alarmante ante el que detuvo un segundo, calibrando la situación, antes de romper a correr. El liquen pardusco que ennegrecía los tejados desde la incipiente llegada de las lluvias era tan resbaladizo como un calamar encaramado a las botas, dificultando peligrosamente su marcha.
A lo lejos, entre la maraña de tejados, tras la barrera de humo que habían formado las chimeneas encendidas, se alzaba el puesto de guardia de la muralla oeste. El camino por el que les había alcanzado el lobo no era recto, sino que bajaba, poco a poco, en dirección norte antes de llegar a una calle principal que subía y por la cual debían recorrer aún un buen trecho hasta desviarse hacia el oeste.
Si corría con todas sus fuerzas, tal vez, podría llegar a tener una oportunidad de alcanzarlos.
Algunas piezas de terracota cedieron bajo sus pies, mientras esquivaba con exquisita habilidad las manchas viscosas. Ya casi llegaba al final del recorrido, escuchando ya los relinchos ahogados de Salamanquesa. Estaba tan cerca que casi había cometido el error de convencerse de su victoria cuando su bota cedió sobre el liquen. La suela perdió todo contacto firme con cualquier tipo de superficie. Tocó duramente el tejado con el costado, deslizándose por él, haciendo saltar un montón de piezas, que crujieron y se desquebrajaron bajo su peso. Una de ellas encontró el espacio comprendido entre las cinchas traseras de sus grebas, cortándole el gemelo con saña.
Y se precipitó al vacío.
La yegua alazana atravesó la calle a velocidad de espanto, con paso firme y potente, despertando a los vecinos con el traqueteo inquietante de sus cascos contra el empedrado y los relinchos salvajes. Pero no apareció ni un alma, ni siquiera a modo de sobra, recortada tras la ventana por la luz de una vela.
El hombre lobo saltó, con un impulso desmedido, en un desesperado intento por alcanzar a la doncella. El filo de sus garras arañó la grupa de su montura. Salamanquesa brincó, se encabritó y soltó una coz directa al pecho de la bestia. Ginny cayó al suelo en algún momento del proceso. Con el coxis molido por el golpe por el nuevo golpe decidió que estaba harta de caerse de caballos por ese día. Intentó retroceder e incorporarse al tiempo, consiguiendo únicamente tropezar con muy poca gracia mientras el miedo no le permitía apartar los ojos del monstruo.
-No puede ser- se repetía viendo al hombre lobo intentar librarse del aturdimiento en el que la coz lo había sumido-. No puede ser.
Agitando la testa con violencia volvió su atención a la chiquilla asustada que se escurría entre los adoquines. Emitió un rugido gutural que le nació en lo más hondo de la garganta mientras se posicionaba sobre las cuatro patas, agachándose para tomar impulso.
La hoja silbó con maestría, cayó sobre el hombro, cortó la carne hasta llegar al hueso. Lo astilló. Hermione casi perdió el equilibrio cuando el peso de la caída provocó que un dolor agudo le mordiera la herida. La hoja perdió fuerza y no siguió bajando.
De un chillido desgarrador la bestia se apartó de ella. Lanzó al aire una zarpa poco acertada, que le sirvió al menos para apartar a la cazadora.
-¿Te encuentras bien, Ginny?
Pero la niña no respondió.
Dibujó círculos muy marcados en el aire, intentando intimidar al monstruo antes de hacer algún amago de atacar, intentando demostrarle que era ella quien tenía el control de la situación. Pero lo cierto era que su pierna podía hacerle perder el equilibrio en el peor momento.
-¡Ven aquí, Salamanquesa!- llamó Ginny a la yegua que, sorprendentemente no había echado a correr.
Subió con agilidad a su silla y espoleó al animal. Hacia el hombre lobo.
La criatura, absorto por los movimientos de la cazadora, se percató en el último momento del movimiento del équido. Cuando las patas delanteras ya caían sobre él con brusquedad. Cuando ya era demasiado tarde para apartarse.
Retrocedió dolorido, evitando caer tendido en el suelo por poco. Trastabilló, hasta llegar a la puerta de la casa, donde un balde de agua, estratégicamente colocado, se topó en su camino, salpicándolo todo con estruendo.
Sonaron en ese entonces las campanas de alerta, que pronto retumbaron entre cada uno de los muros de cada una de las calles. Entre aturdido por el golpe, mojado por el cubo y asustado por el estrépito, el hombre lobo emprendió su huida.
Hermione no se encontraba en condiciones para tratar de darle caza. Ginny había hecho gala suficiente de osadía por el día. Y los cuerpos de la guardia entraron demasiado tarde en escena.
El lobo tuvo la huida facilitada.
Por la puerta culpable surgió una señora, vestida con una pesada camisa de dormir de tonos verdes y marrones sucios y un picudo y extravagante sombrero, a quien Hermione logró identificar como la señora Sprout. Por supuesto, salió cuando la desaparición del hombre lobo estaba ya fuera de toda duda. El aire se llenó de pronto de un cargado aroma a muérdago.
-¡Ay, señora, ay, señora!- berreó con descomunal teatro- ¡Ay, señora! ¡Qué suerte que coloqué el barde de agua! ¡Qué suerte, señora, qué suerte!
-¿Colocaste un balde de agua contra el lobo?
-¡Contra el mal del hombre lobo, señora, todo el mundo sabe, que un barde de agua se ha de colocá en el umbral de la puerta, señora! ¡Todo el mundo lo sabe, que aleja al monstruo del hogar!
La muchacha alzó una ceja, desconfiada de la veracidad de aquella afirmación. Miró a la cazadora, quien le sonrió con sátira, pudiendo leer en sus labios la burla y la frase: "todo el mundo lo sabe".
-¿Os encontráis bien, mi señora?
Ginny miró al guardia recién llegado con desdén y soberbia.
-¿Bien? ¿Parezco estar bien? ¡Bien estoy gracias a Hermione, no a mi guardia! ¿Qué hacéis ahí parados como burros atolondrados? Se ha ido por ahí, ¡por ahí! ¡Corred, tras él, corred!
-Pero, mi señora…
-¡A correr he dicho!
Hermione rio por lo bajo ante la marcha torpe y presurosa con la que se marcharon los guardias. Luego miró a la baronesa, erguida de forma orgullosa y solemne sobre su caballo. Mirando, con la barbilla bien alta, al mismo punto por el que se alejaba el último casco destartalado.
-Sabes que no lo van a encontrar, ¿verdad? Herido y asustado irá a esconderse al mismo lugar del que vino.
-Lo sé- resopló agotada, dirigiéndose a la morena con cara cansada-. Pero tenía que librarme de ellos. No creo haber podido soportar el papel de heredera en este momento. Sólo quiero sentare ante la chimenea con una buena taza de vino especiado antes de caer sobre mi cama y no volver a despertar nunca.
-Pues tu porte se me antoja lo suficiente orgulloso en este momento- comentó con una sonrisa en los labios.
-No empieces a molestar, Hermione- dijo cansada-. Te lo suplico.
Ginny le tendió una mano firme para ayudarla a subir a la grupa. La cazadora la aceptó para no negar el capricho aristocrático, pero en realidad subió haciendo fuerza contra el estribo y aferrándose al borrén trasero.
La yegua, aunque extrañamente fresca para la noche que había tenido, no parecía tener intención de hacer el camino a una velocidad mayor que el paso. Hermione, incómoda por la situación decidió que no sabía que hacer con las manos. Era ella la que usualmente se colocaba delante y tomaba las riendas. Se agarró al fardón y al borrén, en una posición un tanto incómoda.
Esta vez fue Ginny quien rio para sí. Tomó la mano más próxima y la colocó sobre su cadera. En ese momento la cercanía de otro ser humano se le antojaba necesaria para alejar la opresión temblorosa de su pecho, la de cualquier otro ser humano, incluso aquella peligrosa cazadora que esa noche, irónicamente, le había salvado la vida. No la pasó por su abdomen, la velocidad no lo requería, aunque el estómago le cosquilleó con la idea.
Pronto fueron dos las manos que le acariciaron la cintura.
-Fuiste valiente.
La niña se estremeció sorprendida cuando el aliento caliente le acarició la nuca y se coló en su oído.
-¿Valiente? Eché a correr y te dejé allí sola- respondió con cierta pesadumbre.
-Porque yo te dije que lo hicieras. No, me refiero a atacar al hombre lobo con Salamanquesa.
-No podía dejarte otra vez. Y Salamanquesa es un buen caballo de batalla, sólo eso explica que no echara a correr asustada cuando me caí.
-No debiste hacerlo- le recriminó la cazadora con un deje dureza-. Fue muy peligroso.
-Pero…
-Yo no importo, por riesgos como ese van a pagarme una buena cantidad cuando esto acabe. Pero tú vales mucho más viva.
-¡Nuestras vidas valen lo mismo! ¿Qué importa un título en el valor de la vida? Son nuestros actos los que determinan cuánto valemos.
Hermione sonrió. Esa muchacha tenía la habilidad de sorprenderla a cada instante. Ahora demostraba estar también ilustrada en la filosofía vital de los elementalistas, apodados por algunos como 'los guardianes de la vida'. Una vida no vale más que otra, sea de quien sea, y, en la elección entre dos vidas, prevalecerá aquella cuyos actos determinen un valor mayor para la conservación de la vida futura.
-No discuto eso, pero este es mi trabajo. Creo que ya tuvimos una conversación incómoda sobre ello. No vuelvas a hacerlo. Cada vez demuestras mayor cultura y agudeza mental- añadió al notar la pesadumbre de la joven-. Vales mucho más dedicando tu linda cabecita a la ilustración que empleando tu cuerpo en la batalla. Vales mucho, Ginny, y siento decir, y me disculpo de ante mano, que eso es algo extraordinario entre la nobleza. Algo que deberías aprovechar.
Ginny sonrió profundamente, sin poder evitarlo. Su avidez por la cultura y las artes no había sido bien visto a ojos de su difunto padre. Miró al frente, con la cabeza muy recta, para evitar que la cazadora notara esa sonrisa. Pero Hermione era mucho más perceptiva de lo que esperaba.
-Así- comenzó la niña, cambiando de tema- que ya podemos asumir que se trata de un hombre lobo de verdad.
-Sí, podemos decir que sí- respondió al cabo.
-¿Y esa duda?
-Tiene algo extraño. No es un hombre lobo común. No son así, son más grandes y magníficos y majestuosos. Pero no era un lobisome ni un wendigo, era un hombre lobo. Tal vez hecho a base de magia no experimentada, me atrevo a conjeturar.
-¿Puede hacer eso la magia mal hecha?
-Sé de la magia lo que he de saber y he tenido mucho trato con hechiceros, en ocasiones más incluso del que me gustaría- sonrió la cazadora-, pero, desde luego, el suficiente como para saber que cuando se involucran en mi trabajo sólo pueden complicar las cosas.
-'La magia es impredecible, no es más, en esencia, que otra fuerza de creación, de poder indecible y conmensurable y, como tal, un mal juguete'- citó la muchacha con ligera pedantería.
-Principios de la Metafísica Aplicada- reconoció al instante Hermione, nuevamente sorprendida por los conocimientos de la niña-. Exactamente. Bathilda Bagshot refiere exactamente en su obra lo que digo. La magia es peligrosa cuando no sabe utilizarse. Y te sorprendería saber cuantos son aquellos que opinan que agitar las manos y recitar unas palabrejas mal leídas es suficiente para joderle la cosecha al vecino.
-Mucho trabajo para una simple cosecha, ¿no crees?- trató de bromear Ginny.
-No te creas, la ambición de algunos puede llegar a tal punto, aunque la mayoría de las veces puedes cambiar la palabra cosecha por mujer, puesto, herencia, poder o reino. Pero en su mayoría la mujer.
-Por joderle la mujer.
Los ojos de Hermione destellaron con una sonrisilla lujuriosa.
-Más bien por joderse a la mujer- apoyó la broma.
-¡Eres indecible, Hermione! ¿Se trata siempre de sexo contigo?
- En la vida siempre se trata de sexo.
-Este es un mundo gobernado por hombres, ¿no?- rio la niña, aceptando la afirmación.
-Precisamente porque está gobernado por hombres- habló la cazadora-, ¿no es la mujer que yace con el hombre quien gobierna sobre él?
-Un mundo de hombres gobernado por mujeres. ¡Eso es muy ambiguo! Pero lo acepto.
-Por supuesto que lo has de aceptar. ¿Cuántas guerras no habrán comenzado por desear a la mujer equivocada?
Ginny se carcajeó suavemente. Sin darse cuenta de que, tal vez, estaba disfrutando demasiado de una conversación tan vana e insubstancial, se dejó caer suavemente hacia atrás, apoyándose involuntariamente en el pecho de la mujer. Las manos de Hermione apretaron un poco más su cintura.
-¿Por qué contigo he de temerme siempre que hablas con la voz de experiencia?
-Siempre hablo con la voz de la experiencia- sonrió con malicia-, es lo que tiene la vida en los caminos. Y fui siempre lo suficientemente terca como para comprobar las cosas por mí misma. Digamos que siempre me ha gustado el método empírico.
A la aclaración le llegó un inesperado silencio, aunque breve, en el cual la muchacha se limitó a esperar, mirando, con el ceño fruncido en una pose pensativa, a la figura creciente del castillo en la lejanía. Después habló, y cuando lo hizo un matiz de nostalgia tiñó la frase, pero un matiz sutil, suficiente para pasar inadvertido.
-¿Habéis amado alguna vez a la persona equivocada, entonces?
Un par de nombres le vinieron a la cabeza, y las razones por las cuales esas personas podían ser clasificadas como prohibidas eran diversas y a cada cual más variopinta. La última, una princesa comprometida por la cual era ahora buscada por la reina de Vigarde, la cual quería, al menos, expresarle su opinión al respecto, pero no con palabras bonitas. Sin embargo, ninguna de esas personas se le hacía lo suficientemente importante.
Entonces un único nombre se le vino a la cabeza. Hermione se irguió en su silla, notando un ligero escalofrío atravesar su espina dorsal.
-Amar son palabras mayores, Ginny- murmuró incómoda-, además no tengo poder alguno para iniciar una guerra. Una reyerta o una pelea de bandos, a lo sumo.
-Mi tío dice que el amor es una fuerza poderosa. Seguro que lo suficientemente poderosa como para iniciar una guerra.
-Tienes razón. Supongo que enredarte con alguien de poder, como una princesa en compromiso con el reino vecino, puede acabar en desastre.
-¿Experiencia personal?- preguntó la niña alzando una ceja con malicia.
-No- respondió la cazadora con una sutil sonrisa-, un simple ejemplo. Las personas inteligentes saben evitar esas cosas. Se arriesga demasiado por muy poco.
Llegaron a las puertas del castillo, deteniéndose mientras esperaban a que estas se abrieran para ellas. La baronesa miró hacia atrás hacia la cazadora, con un tinte índigo en sus ojos a la luz de la luna.
-Buscamos seguridad en el amor,- casi susurró, sin poder evitar centrarse en los orbes ahora opacos de la morena- y, sin embargo, el mejor amor es siempre arriesgado.
-Eso es muy ambiguo- dijo con una sorna que rozaba extrañamente la ternura, devolviendo la mirada-. ¿Habláis con experiencia acaso?
La yegua emprendió la marcha, y la niña retornó su atención al frente. Un leve tinte sonrosado cubría sus mejillas.
-Soy baronesa, Hermione, se supone que se me permiten otras libertades y se me exigen otras obligaciones. Yo no elegiré a quien he de amar- dijo casi con burla y algo de pena-. ¿Quién podría ser el equivocado? ¿Un héroe enamorado de su trabajo? ¿Una cazadora de bestias de costumbres errantes, acaso?
Y la mencionada sonrió. Profundamente.
En el patio de armas las recibió un paje al instante. Con la preocupación en la cara pero el miedo del respeto por su posición le impidió dedicarles a las damas palabra alguna.
La señora de Hápeto lo prefirió así, seguía sin tener ganas de asumir la gala de la pleitesía. Cuando bajaron de la yegua su mano se pringó. Bajó los ojos asombrada al distinguir el tinte rojizo sobre sus dedos.
-¡Hermione!- exclamó mirando su pierna izquierda- ¡Estás sangrando!
-No es nada, mi señora.
-¿Cómo que nada? Entremos al castillo, la señora Winky nos traerá vendas y agua caliente.
-No hace falta, Ginny, en mi cuarto tengo unas hierbas que…
-¡Tonterías!
Bajó del caballo casi de un salto, intentando demostrarle a la muchacha que su herida parecía más de lo que era. Fracasó rotundamente.
En cuanto sus pies tocaron el suelo el dolor le laceró el gemelo con rabia, casi vengándose por su osadía en los tejados. La rodilla le cedió, no lo suficiente como para hacerla caer al suelo pero lo justo como para que la niña supiera que no estaba todo bien.
Ginny pasó un bazo por la cintura de la cazadora a la vez que apoyaba su brazo sobre sus hombros. Hermione cojeaba un poco, ligeramente, pero lo suficiente como para permitirse el lujo de dejarse abrazar por la dama de Hápeto.
-Antes no cojeabas- murmuró la niña preocupada.
-Antes tenía los músculos calientes, eché una buena carrera por los tejados. Además, te dije que había tenido mucho contacto con la magia. Mi organismo segrega mucha más adrenalina de lo normal en situaciones de alerta.
-¿Por qué?
-Nos entrenan desde niños, para enfrentarnos día a día a peligros mortales, es normal que intenten mejorar nuestros organismos para adaptarnos a la supervivencia. Elixires, tónicos, vitaminas, extractos de plantas con principios activos muy concentrados... De otro modo, nuestra media de vida estaría en los veinte en lugar de en los ya prematuros treinta.
-¿Es por eso que eres capaz de dar esos saltos de vértigo sin romperte las piernas al caer? Fue sorprendente como le caíste encima al hombre lobo.
Hermione rio sonoramente.
-En parte. Pero ahí utilizo un truquito más. Más magia en mi vida. Pasé un tiempo en una torre de hechicería, poco después de comenzar a vagar sola por los caminos. Una…- dudó en la palabra apropiada- amiga, me enseñó a canalizar el maná por mi organismo.
-¿Sabes hacer magia?- preguntó sorprendida Ginny, con un brillo de grata sorpresa en los ojos.
Y Hermione volvió a reír.
-No. La magia se basa en la conversión del maná. A mí simplemente me enseñaron a utilizarlo como catalizador. Concentrando esa energía en las distintas partes de mi cuerpo puedo fortalecerlo. Hacerlo más fuerte. ¿Entiendes?
La muchacha asintió, escuchando con interés. Hermione decidió que parecía aún más hermosa cuando miraba con la avidez del conocimiento en las pupilas.
-De ese modo tengo fuerza suficiente para dar un mejor salto o parar una buena caía, aumentando la fuerza de mis músculos. Me ha servido también para no romperme todos los huesos en alguna ocasión, cuando a una mala bestia le ha parecido divertido el verme atravesar diez metros volando hacia un muro de piedra.
-Suena peligroso y escalofriante- susurró Ginny, mirándola con entusiasmo-, pero a la vez terriblemente emocionante.
-Yo difiero. Te acabas cansando del peligro, sobre todo de los golpes.
Entraron en la torre de homenaje. La tal señora Winky, el ama de llaves, que resultó ser una anciana muy curtida en la experiencia del servicio a palacio. llegó a ella con premura. Agitando mucho sus manos para mover al resto de la servidumbre, pero manteniendo en todo momento un gesto calmo en sus facciones.
-¿Y mi hermano?
-Salió con la guardia a buscarla, señorita Ginebra. A mi suponer debe estar ahora ofreciéndoles apoyo a sus hombres en la búsqueda. Sabe bien usted que es un hombre de acción, no soporta quedarse en palacio mientras pasan cosas fuera del castillo.
-Asegúrese de que se ocupan bien de la yegua de Hermione y prepárele un buen baño, hay que limpiar esa herida. Mejor que sea Susan, o Marietta, saben bien cómo ocuparse de esas cosas. ¿Dónde está Justin? Necesito que envíe a alguien a informar a mi hermano de mi regreso. Que le digan que estoy bien, gracias a Hermione.
-No se preocupe, dama Ginebra. Me ocuparé de todo- respondió la señora Winky comenzando a dar órdenes para que se cumplieran todas las peticiones.
-Te subirán para bañarte, después te llevarán a mi salón privado para que podamos encargarnos de tu pierna.
-¿Darme un baño? No insinuarás que van a bañarme, ¿cierto?
-¿Cuál es el problema?- preguntó extrañada, levantando una ceja.
-Yo no soy de la nobleza, no acostumbro a que manos ajenas y jabonosas me soben. Yo me baño sola.
-Aquí no, eres nuestra invitada. Te guste o no.
Hermione abrió la boca, dispuesta a argumentar en su defensa, pero, cuando las mencionadas Susan y Marietta, y una tercera muchacha cuyos enormes ojos verdes brillaban como las estrellas, irrumpieron en la sala meneando sus cuerpos terriblemente apetecibles aun bajo el recatado vestido que llevaban como uniforme, no pudo más que cerrarla de nuevo.
Las chicas se acercaron a ellas, inclinándose con devoción y un toque de inocencia que a la mujer se le antojó terriblemente apetecible. La cazadora, que hasta el momento no se había separado del cuerpo de Ginny, se soltó con presteza y tendió sus manos, mostrándose lícita a acompañarlas a su baño. Se dejó llevar entonces, sin mediar palabra. Se apoyó sobre la niña de ojos verdes cuando dio un paso con la pierna izquierda, dejándola ceder.
-¡Oh! ¿Se encuentra bien señora Hermione?- se apresuró a sostenerla.
-Deje que la sujete- agarró su cintura Marietta, por el otro lado.
-Sangra mucho, señora. ¿Está segura de que se está bien?
-No importa- comenzó la cazadora con voz solemne-. No es lo peor que he tenido. Un baño es todo lo que necesito. Largo y caliente.
-No se preocupe, señora Hermione. Nosotras nos encargaremos de todo- le dijo con dulzura y preocupación la niña de ojos verdes.
Quien quedó esta vez, irremediablemente, con la boca abierta fue la baronesa de Hápeto, quien observaba como la morena subía las escaleras, ahora con una amplia sonrisa de regocijo en los labios.
-Señorita Ginebra…- llamó la señora Winky.
La niña se mordió los labios.
-Prepárame un baño a mí también y pon a calentar algo de vino especiado. Se acercan las lluvias y el frío ya cala los huesos. Y sube queso y algo de fruta cuando ya esté acomodada- ordenó con un inusual tono de dureza.
Estaba enfadada, la señora Winky lo sabía. Y ella sabía que la señora Winky lo sabía, por lo que no se molestó en disculpar su actitud. Como señora de Hápeto se le permitían esas cosas de vez en cuando, sobre todo después de días como aquel.
Subió también los peldaños de la escalera, casi de tres en tres, al llegar arriba escuchó la inconfundible voz de Hermione en lo que sería, supuso casi con total certeza, un comentario lujurioso escondido bajo su usual cortesía.
Volvió a morderse los labios. Cierto que las jóvenes eran terriblemente atractivas, ella misma gustaba de dejarse hacer por ellas en una buena tina de agua caliente. Lo importante allí es que la había rechazado a ella. Se había separado de su abrazo. No era que tuviese interés personal en la morena, ni mucho menos, era que a la mujer no le había importado sustituirla con premura a la mínima oportunidad y eso, como dama de la nobleza que era, hería su orgullo, su estima y su condición.
No le interesaba el afecto de Hermione. En absoluto.
Pero tenía motivos para estar enfadada.
Me parece que este capítulo apenas ha avanzado en la historia pero creo que da un paso más en la relación, aunque el próximo capítulo será por fin para ellas.
Espero que al menos no haya sido demasiado pesado.
