Capítulo 4

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Ya llevaba dos meses en el bosque encantado, trabajando para los Mills, en realidad única y exclusivamente para Regina, era genial trabajar para ella, debía, servirle las comidas; despertarla; vestirla; desvestirla, esto fue un poco incomodo al principio, ya que no podía quitarle los ojos de encima a cada pedazo de piel expuesto; peinarla, maquillarla y acompañarla a todos lados, incluso, para mala fortuna de Emma acompañarla cuando se reunía con su novio Daniel.

Pero Emma un día se dio cuenta que Regina poco a poco dejaba de juntarse tan seguido con él, y comenzaba a estar mas tiempo con ella, ya fuera enseñándole cosas, como a montar, jugar ajedrez, o simplemente sentadas a las sombras del gran manzano, se habían hecho grandes amigas, grandes confidentes, Regina llegó a contarle los terribles castigos de los cuales su madre Cora la sometía, por el mas mínimo error desde que era muy pequeña, le contó que la cicatriz que tenia en el labio se la hizo su madre cuando realizada un hechizo, por lo cual le fue imposible hacerla desaparecer.

Emma cada vez odiaba más a Cora. A ella misma la habían sometido a castigos desde muy temprana edad por sus padres de acogida, por lo que no concebía razón alguna para que una mujer golpeara así a su propia hija. A alguien de su propia sangre. Pero no podía hacer nada, no podía decir nada, o esa mujer la despediría, la alejaría de su ángel, o pero aun, la mataría.

El fatídico día llego a manos de una niña en un caballo desbocado, Regina ese día había preferido ir sola a juntarse con Daniel, mientras Emma se quedaba para preparar el te. Regina esa tarde volvió con una niña de cabellos azabache y piel pálida, Regina se la presento a Emma como Blancanieves. Esta al oír el nombre creyó que era una broma, estuvo a punto de reír si no fuera porque Cora interrumpió en ese mismo momento, diciendo que venían a recoger a Blancanieves para llevarla con su padre. La niña se despidió muy contenta con su salvadora Regina y de su madre Cora e ignoro por completo a Emma. En cuanto Cora y Blancanieves desaparecieron de su vista Emma se giró hacia Regina.

-¿Blancanieves? ¿Como la del cuento?

-¿Cual cuento?

-No importa. Será mejor cambiarte de ropa antes de que tu medre se moleste.

-Tienes razón… vamos.

Al día siguiente Emma se encontraba en la habitación de Regina ordenando su ropa, cuando ésta entró sollozando y vistiendo un hermoso vestido que Emma juraría no llevaba la última vez que la vio y haberlo visto en el armario.

-Emma… -. Se le quebró la voz y se lanzó a los brazos de una Emma atónita y angustiada.

-¿Regina que te pasa? ¿Porque lloras?-. Decía mientras le sobaba la espalda tratando de calmarla.

-La niña… Blancanieves es hija del rey y me propuso matrimonio a mi… ¡mi madre ya acepto!

-No puede ser…

-Que voy a hacer Emma, no me quiero casar con él, ¡no quiero ser la madrastra de Blancanieves!.

En ese momento Emma se dio cuenta en donde estaba y con quien estaba. Increíblemente se encontraba en el mundo de los cuentos de hadas. Debió darse cuenta en cuanto vio a Cora hacer magia, lo veía todos los días, tenía las pruebas frente a sus ojos y aun así no presto atención a nada más allá de Regina. Ahora se daba cuenta que estaba frente a la futura madrastra de Blancanieves, la futura reina malvada, aquella despiadada mujer de los cuentos de hadas. Y estaba absolutamente enamorada de ella.