Capítulo IV
Desde aquel día viví anclado a la venganza. Supe que algo en mí había cambiado, que la semilla de desesperación y de dolor que Ganondorf había esparcido por el reino sagrado había germinado en mí y poco a poco se iba nutriendo de mi incertidumbre. Ya no me sentía un héroe, sino un proscrito. No podía evitar pensar en todo las expectativas que flotaban sobre mí y que no había podido cumplir, me sentía traicionado y defraudado.
-No puedes renunciar a ello. Por favor, Link…-me suplicó Rauru con voz quebradiza.
-Liberadme. Ya no quiero seguir disfrutando de esta absurda hospitalidad, no la merezco.-murmuré apretando los dientes.
-Link, estás preparado para esto. Lo has estado toda tu vida.
-¿Toda mi vida?-levanté el rostro y le lancé una mirada furiosa-Yo no quería esto. Yo sólo quería ser libre, no quería que mis padres muriesen ni que nadie tuviera que sufrir por mi inexperiencia. Dejadme ir.
-No. Si te marchas ahora, perecerás. Ahora debes controlar esos sentimientos.
Si Ganondorf había penetrado en el reino sagrado quebrando la paz de aquel lugar inexpugnable era porque aquello suponía un reto, y un desaire a las mismas diosas. En aquel instante no fui capaz de entender lo imprudente de mi actitud. En cualquier caso, en algún rincón del reino sagrado, la oscuridad con la que Ganondorf había infestado el lugar se estaba acumulando tomando forma corpórea. Rauru me mantuvo alejado de aquella masa de sombras y me avisó cuando la horrenda criatura tomó forma. Se trataba de una versión oscura de mí mismo. Pálido, con el pelo níveo, los ojos bermejos como dos coágulos de sangre. Llevaba una túnica igual que la mía, pero de color negro, su espada y su escudo eran exactamente iguales a los míos, aunque de tonos oscuros. Era un ser que se había alimentado de mis dudas, mis miedos. Era un ser que yo mismo había creado y al que sólo yo podría hacer frente.
Me acerqué a él desenvainando la espada, ebrio de rabia al verle dueño de la situación. Lo único que deseaba en aquel momento era acabar con él a toda costa, aunque ello implicase mi destrucción.
-Me has creado tú, Link-sus ojos destellaron contemplándome con desprecio-Yo soy todo lo que has querido ocultar, tu verdadera naturaleza.
-¡Cállate, engendro!-me abalancé sobre él blandiendo la espada.
Nuestras armas entrechocaron haciendo saltar chispas y sus ojos destilaban ardor vengativo. Me sentí algo amedrentado al comprobar que nuestros movimientos coincidían exactamente. Era como luchar contra mi reflejo.
-No puedes huir de tu sombra, no puedes vencerme.-se acercó haciendo una finta que me hizo bajar la guardia.
Cuando quise darme cuenta me había hecho perder el equilibrio y acabé tendido sobre el acuoso pavimento del reino sagrado. Él se arrodilló sobre mí colocando la hoja de la espada en mi cuello, su peso amenazaba con asfixiarme.
-Eres débil y patético.-sonrió con una falsa expresión de piedad-Te estás dejando consumir, no puedes combatir la ira con más rabia… eso sólo me fortalece.
-¡Hazlo, maldita sea!-me aferré a la hoja con ambas manos acercándola más mientras que en las palmas de mis manos iban apareciendo profundas heridas.
-Mírate… suplicándome que te conceda el fin. Pero eso no me permitiría verte sufrir.-apartó la espada del cuello y se inclinó sobre mí haciendo más presión con sus rodillas en mi pecho.
-¡Eres un inconsciente, Link!-la voz de Rauru me sacó levemente de mi camino a la inconsciencia.
Hizo un gesto elevando su mano y Link Oscuro salió despedido alejándose de mí. Tosí notando cómo el aire volvía a introducirse en mis pulmones, devolviéndome el hálito de vida paulatinamente. Recordé sus palabras "si el héroe perece ¿qué esperanza le queda a Hyrule?". Me incorporé del todo y le miré con ojos vidriosos. Él volvió a lanzar otro conjuro que selló a Link Oscuro en un cristal dorado de aspecto diamantino.
-Escucha Link-se aproximó a mí ignorando los esfuerzos de mi contraparte oscura por tratar de zafarse de su vítrea prisión-No voy a poder protegerte siempre. Él volverá a atormentarte, sólo espero que para entonces estés preparado.-puso la mano en mi hombro.
Apreté el puño con fuerza ignorando el dolor de la sangrante grieta que la hoja de Link oscuro me había provocado. Volveríamos a enfrentarnos tarde o temprano pero no me dejaría vencer por mi egoísmo. Aunque quizá nuestro destino estuviese tan caprichosamente entretejido que no tuviésemos escapatoria.
"En la guerra contra uno mismo no existen ni victorias ni derrotas".
