Capítulo 4: No me compadezcas - ¿Me recuerdas, Candy? – Los hombres son cerdos.

Candy entró a una habitación grande y fría, pero muy limpia. Una mujer había corrido las cortinas y se contemplaba aún en el espejo. Candy dio un respingo al verla. Su nariz estaba carcomida por unos granos rojos, sus manos se veían igual enrojecidas. El resto de las mujeres de la habitación se callaron cuando la pecosa entró. Claire iba a empezar a gritar, cuando se percató de la presencia de la nueva enfermera.

-Señorita, haga el favor de golpear la puerta cuando desee entrar- le dijo suavemente.

Candy, asombrada, retrocedió y cerró la puerta. Luego, golpeó.

-Adelante – dijo Claire -. Lamento haber sido algo ruda con usted, pero me molesta enormemente la gente entrometida. ¿Qué desea?

-No deseaba ser entrometida – murmuró Candy – pero sentí sus gritos y quise venir a ayudarla.

-¿Qué le hace pensar que necesitaría su ayuda?

-Se cree mejor que nosotras – murmuró una de las mujeres -, por eso quiere ayudarnos.

-Yo no me creo mejor que nadie – dijo Candy, colocando las manos tras la espalda.

-No es la primera vez que pasa – dijo Claire -. Una joven idealista que quiere cambiar el mundo llega a un lugar como este. Quiere influir positivamente en los demás. En este caso, una hermosa enfermera pretende alegrar la vida de prostitutas enfermas, y, quizás, ayudarlas a rehabilitarse. ¿Estoy en lo correcto?

Candy no supo que responder. ¿La estaba acusando de querer hacer el bien?

-Nadie te ha pedido tu ayuda. Eres enfermera, limítate a eso. Nos han quitado todo. Algunas de nosotras no somos las víctimas de la sociedad que todo el mundo ve. No, algunas amamos nuestra profesión mientras duró, la disfrutamos plenamente... no me compadezcas, pues yo elegí vivir así. Yo asumo mi enfermedad, y no necesito que me tengas lástima. Sólo necesito que seas enfermera y acudas a mí cuando te llame para aliviar mi malestar, nada más. No quiero tu piedad.

-No es piedad, es simpatía por los que tienen problemas – respondió Candy -. Me gusta ayudar a los demás.

-Creo que te gusta ayudar desde tu superior estatura moral. Por eso necesitas dar algo a los demás; eres mejor que los otros. No quiero eso, gracias.

-Es distinto con Ethel – intervino una mujer delgada y pelirroja -, Ethel es humilde y no se siente superior a nadie. Ethel es como nosotras, nos comprende y no quiere salvarnos, sólo aliviar nuestros malestares.

-Quisiera que me dieran una oportunidad para conocernos.

-Claro, enfermera. Nosotras somos tus pacientes y te llamaremos cuando te necesitemos, o recibiremos tus visitas a ciertas horas. Y me parece que la primera ronda es a las ocho y media. Aún faltas veinte minutos. Quisiera que nos dejaras en nuestra intimidad. Buenos días.

Claire le dio la espalda, y Candy, incómoda con las miradas poco amistosas de las otras mujeres, se retiró rápidamente, con una tímida sonrisa. Una vez afuera, estalló en llanto:

-¡No me quieren! – gimió – Primera vez que mis pacientes no me quieren. Y me odian... ¿pero, qué hice? ¡Yo sólo quería ayudar!

-Te lo advertí, enfermera – dijo Madame Lafitte, inclinada a su lado -. Hazme caso la próxima vez, y no tendrás problemas.

-Sí, Madame – respondió Candy, tragándose las lágrimas.

Candy y Madame Lafitte volvieron al despacho para continuar con su trabajo, cuando una delicada mano tocó la espalda de Candy:

-¿Señorita Candy? ¿Me recuerda?

Candy se volvió, y su asombro fue enorme:

-¡Alice Clark! ¡Claro que te recuerdo! ¡Te cambié los pañales, cómo olvidarme de eso! Estás enorme... ¿cuántos años tienes, criatura?

-¡No me llames criatura, Candy! Ya tengo catorce... Tú estás igual... ¡Candy, cómo te extraño! ¡Cómo extraño el Hogar de Pony! ¡Quiero volver! – la chica se lanzó a los brazos de Candy y comenzó a llorar. Candy la consolaba, hasta que reflexionó sobre algo: ¿qué rayos hacía Alice en una cárcel de prostitutas?

-Alice, Candy necesita hacer su trabajo. Prometo que en su descanso podrán hablar. ¿Te parece?

-Por supuesto, lamento ser tan imprudente. ¡Te veo luego, Candy! Estoy en la habitación dos, la más pequeña. Las chicas son más amables que en la grande, serán amables contigo.

Alice se dio vuelta y de perfil, Candy pudo notar un abultamiento en su vientre que no había sentido en el abrazo. Se llevó las manos a la boca, asombrada.

-¡Alice está embarazada! – exclamó.

-Y enferma de gonorrea; lamentablemente, cuando llegó acá el embarazo estaba demasiado avanzado como para llamar a Bonville. Lo mejor hubiera sido un trabajo de él. Nadie querrá a esa criatura...

-¿Por qué?

-Lo más probable es que nazca ciego. E idiota, tal vez. Ha pasado otras veces. Caerá en una de esas instituciones de "beneficencia" donde maltratan a los niños como él. Y Alice... no sé qué será de ella cuando nos deje. Seguramente volverá a lo mismo.

-¿Y qué le sucedió a Alice?

-Una historia muy vieja, muy común... le contó a Ethel que se vino a Chicago al cumplir trece años, escapando del Hogar de su niñez, pues no quería ser una carga. Se vino a trabajar para una familia, el patrón la sedujo, la enfermó y la preñó. La señora, al ver que estaba embarazada, la echó de la casa. Fue al hospital, y la enviaron para acá. Llegó hace tres meses. Uno de estos días se espera el alumbramiento.

-¡Pero sólo tiene catorce años!

-Pues será madre. Claro que el estado le quitará al bebé.

-¿Y no se puede hacer algo para obligar al padre a hacerse cargo de su hijo?

-No. Las leyes lo favorecen. Si él afirma que no es el padre, nadie dudará de su palabra.

-Pues esas leyes son injustas – declaró Candy, decidida a hacer algo por Alice. Hablaría sobre ella con Albert. Él la ayudaría.

Llegó el momento de volver a la habitación grande y enfrentarse nuevamente a Claire. Candy se sentía muy nerviosa, porque nunca antes le había tocado ser juzgada por una persona a la que apenas conocía, y que además, intentaba ayudar. Se propuso ganarse su confianza y cariño.

Claire no mencionó el incidente recién pasado. Es más, saludó a Candy con la cabeza, como si jamás la hubiera visto antes.

-Damas, quiero presentarles...

-Gracias por lo de damas – interrumpió una.

-Algunas lo somos, Sophie – dijo otra -, aunque tú pares la cola tras los primeros pantalones que veas, no significa que todas somos iguales.

-Mira quién habla – se defendió Sophie -, la que perdió el honor antes de su primera regla...

-¡Basta, damas! – exigió Madame Lafitte -. Quiero presentarles a la nueva enfermera, la señorita Candy White. Ella nos acompañará hasta las cuatro. Tratémosla bien para que se quede mucho tiempo con nosotras.

-Por supuesto, Madame – dijo Claire -, deseamos que la enfermera encuentre entre nosotras un ambiente de paz que le permita desarrollar adecuadamente su trabajo.

-Gracias, Claire – respondió dulcemente Candy.

-No he oído que nos presentaran. ¿Cómo sabe mi nombre, señorita?

-Está escrito en su bata – respondió Candy. Notó con maligna satisfacción que Claire no supo qué contestar.

-Ellas son Rocky, Mildred, Joey y Sophie, Candy. No le hagas caso a Claire; a veces está de malas – dijo Madame Lafitte -. Las dejo para que se conozcan. Vuelvo en una hora, Candy. Hay papeleo que hacer... ¡Adiós!

Candy quedó sorprendida; no esperaba quedarse sola tan pronto, especialmente después del miedo que le habían metido las mujeres guardianas.

-Al fin solas, dulzura – dijo Rocky.

-Hasta que llegó una enfermera hermosa. Mira, Ethel es muy dulce y todo, pero tú eres una fiesta para los ojos – afirmó Joey.

Candy enrojeció hasta la punta del pelo...

-Querida, sólo queremos ser tus amigas. Cuéntanos de ti mientras haces tu trabajo – pidió Mildred, y se sacó la ropa. Candy se puso más roja aún, ante la tranquilidad de las demás... y al comprobar que Mildred estaba totalmente depilada. Eso era demasiado para ella, así que cerró los ojos.

-Ya la asustaste, Mildred – reclamó Sophie -. Siempre haces lo mismo. Se trauman las pobres niñas.

-Pues el cuerpo humano es hermoso y debe mostrarse -aseguró Mildred.

-Y tú se lo muestras a cualquiera que pague lo suficiente, ¿no? – se burló Joey.

-No soy mejor que tú – repuso Mildred, tomando la mano de Candy –Vamos, chica, se supone que sabes para qué se usa ese vinagre, ¿no?

-Dejen en paz a la chica, y pidámosle el nuevo número de "Variety", con ese actor moreno en portada – pidió Sophie -. Ella puede escaparse a buscarlo, Madame Lafitte ni se enterará...

Al oír la palabra "actor", Candy soltó el lavatorio. Por suerte cayó en una cama y nadie se dio cuenta.

-Y dale con ese flacuchento – se burló Rocky -. Recién es el primer día de la enfermera, no le pidas a la chica que rompa las reglas por complacernos.

-Pues si la chica va por la revista, yo me lavo sola - afirmó Mildred -. ¡Tengo unas ganas de ver el rostro de ese hombre!

-Los hombres son unos cerdos – reclamó Joey.

-Eso es porque no te gustan. ¡Qué daría yo por tener un hombre ahora! Hay veces en que ni puedo dormir tranquila... – repuso Mildred.

-Te hemos oído – dijo Joey.

-Yo podría arreglar eso, pero tú me rechazas siempre – repuso Rocky.

-Es que no es lo mismo... un hombre es un hombre, ustedes saben... acariciar su cuerpo con el tuyo, no sé... ¿qué opinas, Candy?

Candy estaba más roja que antes, si se podía. Bajó la vista, avergonzada.

-Típico de burguesas – reclamó Mildred -. No saben apreciar el placer.

-Pues el placer nos trajo esto.

-Los hombre son unos cerdos, pero los amamos – dijo Claire, participando por primera vez de la conversación -. Estamos acá por culpa de ellos, pero no renunciaríamos a ningún minuto en su compañía.

-Pues yo me cambié a las mujeres y me está resultando bien – dijo Rocky.

-Los hombres son un mal necesario – continuó Claire, ignorando a Rocky – y en esta situación de enfermedad, aún necesitamos sus caricias. Una virgen como tú, ¿qué puede saber de los deseos de una mujer de verdad? – apuntó a Candy -. No has complacido a la Diosa, y ella se vengará de ti.

-No le hagas caso, dulzura – dijo Joey -. A veces, la enfermedad le ocasiona ataques de demencia. Nosotras nos haremos cargo de ella. Tú ve por la revista.

-Pero...

-En el patio de atrás hay una pared bastante baja. A veces va una de las chicas de la habitación pequeña, pero ahora te tenemos a ti. Tú la pagas, ¿verdad, bonita? Pues, nos vemos. En diez minutos estarás de vuelta.

Joey la empujó fuera de la habitación y cerró la puerta. Candy metió l mano al bolsillo para asegurarse de tener dinero, y saltó la pared del patio.