El cantar del infierno.
Capítulo 3: Viejos compositores.
Ante ella se presentaba la profunda infinidad de la nada, un enorme espacio oscuro, frio, silencioso y cruel donde sus tan inestables sentidos la hacían sentirse como si flotara en medio del infinito abismo del arcano y supremo cosmos. Ahí donde todo termina, ahí en el aterrador vacío desconocido que se expande con el paso de los eones y milenios.
No sabe si sus ojos están abiertos, pues lo único que percibe es una oscuridad desesperante y frio en su espalda. Mucho menos sabe si ha muerto y si en lugar del vacío del cosmos se encuentra, tal vez, en el infierno, porque todo le es confuso y no tiene noción de cuánto tiempo – si es que ahí existe el tiempo— se ha perdido flotando entre las oscuras tinieblas. Pero sabe, sin embargo, que parece haber despertado de un profundo sueño, de comienzo y final ajenos a su intelecto, sintiéndose agitada, asustada e inhalando aire sin necesitarlo. Y ahí se dio cuenta de algo.
¿Por qué habría, en cualquier caso, aire en el espacio?
Sabia también que algo, una mano –su propia mano—, estaba hecha puño sobre su pecho; sabia también que podía parpadear y cada parpadeo era casi un segundo más de oscuridad.
Cuando sus sentidos por fin se aclararon, por fin pudo escuchar. Llego a captar algo y en su cabeza resonaba como ecos demasiado lejanos, incomprensibles y fastidiosos que la hacían sentirse mareada. Poco tarda en percibirlos mejor y ya no son ecos sino murmullos aquello que escucha, murmullos, golpes y pisadas sobre ella. Casi al instante reconoce una voz familiar y pasa una mano desde su frente hasta la mitad de la cara, frustrada, captando de inmediato el exquisito olor de la sangre seca en su piel y vestimenta.
Es entonces que Matska Belmonde se da cuenta que no ha estado flotando en ningún vacío del cosmos o infierno alguno –que habría sido preferible en todo caso—.
No estaba muerta, por lo menos.
Matska Belmonde no estaba muerta.
Puede estar segura porque se lo dice la dura superficie fría en su espalda, el delicioso olor a sangre a su alrededor, los chirridos de la madera provocadas por pisadas firmes y, por supuesto, la inconfundible voz de Madre hablando. Lo hace en indicaciones, está dándole órdenes a solo Dios sabe qué clase de lacayo nuevo se haya conseguido ahora.
Matska ya se lo imaginaba, aunque se dio cuenta muy tarde que esa sensación tan familiar con la pelirroja, Lola era su nombre si mal no recordaba, en realidad era algo importante. Debió investigar un poco más. Madre era demasiado astuta y poderosa como para dejarse morir a manos de una niña idiota, la misma niña idiota que provoco la detonación de una catástrofe, y no solo en Silas, probablemente en todo el mundo. Y muchas probabilidades había de que fuera por capricho de esa misma niña idiota de justo ahora ella estuviera bajo las tablas del departamento de su demoniaca madre entre la oscuridad y las telarañas de los pasadizos secretos.
Ahora bien, esta niña idiota… ¿cómo demonios se enteró?
La amarga traición era lo más razonable que se le ocurría, y aunque le hubiese gustado que la respuesta fuese otra no había otra opción con tan tremenda lógica. Siendo todo así y considerando lo que tenía sobre ella, no encontró otra razón más práctica que irse de ese oscuro agujero –donde solo los dioses saben cuánto tiempo ha estado—haciendo uso de sus fuerzas aun no repuestas rumbo a una salida externa antes de que Madre notara su presencia.
Para desgracia suya, cuando quiso levantarse la oscuridad que la rodeaba de repente se vio erradicada por un cegador resplandor de luz que la golpeo sin avisar directo en sus ojos. La entrada a los pasadizos había sido abierta y Matska tuvo que hacer un esfuerzo para ver con mejor detalle a las dos figuras sobre ella. A las dos las identifico de inmediato y claro le quedo una vez que cruzaron miradas que no era Lola Perry la persona que le sonreía desde la superficie. De Lawrence esa no la vio venir.
-Hola, querida.
-Hola, Madre.
…
- ¿¡Van Hellsing!? ¿Van Hellsing como… el súper cazador de vampiros? ¿Ese van Hellsing?
-Sí, ese mismo. Yo soy una de sus descendientes. Genial, ¿no? –Explicaba la chica en lo que colocaba una bandeja con dos vasos de agua y uno de sangre en la mesa, pareciéndole entretenida la incredulidad de sus invitadas.
- ¿De dónde sacaste la sangre? –Pregunto Carmilla, que desde que había escuchado el nombre de su anfitriona se había puesto alerta y porque naturalmente no le parecía que un humano, ni siquiera un cazador de vampiros, tuviese sangre a su disposición.
-Del congelador. La sangre tiene que conservarse bien si quieres atraer a los vampiros o si necesitas hacer algún tipo de trabajo con ella; hay alguien por aquí que se encarga de esa parte.
-Es una forma irónica de hacerlo –Comento LaFontaine.
-Mi trabajo no ha requerido mucho esfuerzo físico desde que yo estoy al mando, basta solo con un poco de imaginación y ¡voila! Misión cumplida.
-Deberías tener en cuenta que todo esto del cazador de vampiros es un poco delicado si tenemos en cuenta a alguien aquí presente, –Prosiguió el estudiante de biología refiriéndose a su compañera, quien acababa de tomar el vaso con el líquido rojo, bebiéndolo de poco en poco— sobre todo tratándose de una leyenda como el profesor van Hellsing.
-Leyenda es todo lo que es –Dijo la aludida de golpe, dejando el vaso medio vacío de nuevo sobre la bandeja para después proseguir— Simple ficción y nada más. Nunca existió, es un personaje creado por un escritor fracasado de su época.
-Esa es una acusación muy seria considerando que acabo de confirmar mi descendencia. Los prejuicios son malos. Eso no se hace, Carmilla.
- ¡Esperen, esperen! –Exclamo Laura— ¿Eso quiere decir… que tú también te dedicas a…?
- ¿Cazar no muertos con extraños complejos de mosquitos? Si, algo parecido. Es negocio familiar, todos mis antepasados se han dedicado a esto y yo no me puedo permitir ser la excepción. Pensé que había quedado claro desde que dije van Hellsing señorita… emm...
-Laura.
- ¡Laura, eso!
-Ah, entonces por eso tanta literatura extraña –Comento el científico observando las dos estanterías llenas de libros en las paredes— ¿No es demasiado para alguien que solo trata con una especie?
-No, porque también soy una especialista en monstruos. Los vampiros son mi fuerte, pero también puedo tratar con otras razas para… bueno, ya saben, estudios y todo eso. Necesito información que me sirva de base para ello.
- ¿Cómo podemos estar seguras de que no estas mintiendo? –Dijo Carmilla.
- ¿Qué te hace pensar que estoy mintiendo?
- Porque es ridículo. Ni siquiera te molestas en decirnos que relación tienes con Silas o qué clase de cosas buscas ahí, y aunque todo lo del cazador extrañamente llega a tener algo de sentido, el profesor Hellsing era solo…
-Ya te dije que mis negocios con la Universidad de Silas no son de tu incumbencia. Pero van Hellsing si era una persona completamente real –Se recargo en su sillón, un poco fatigada porque sabía que tenía que dar una explicación. Helena odia tener que dar explicaciones— Miren, entiendo que esto suene extraño y demencial para ustedes, pero a pesar de ser pequeño el mundo oculta muchos secretos, y cada uno más oscuro que el anterior. La historia de Stoker, por ejemplo, fue más que simple ficción. La mayoría de las cosas que aparecen en su libro son verdaderas, desde las fechas hasta los personajes, incluyendo al mismísimo conde Drácula. Todos fueron reales, y tengo suficientes pruebas que lo demuestran.
-Muéstranos entonces.
-Denme un momento, por favor.
Helena se dirigió rumbo a la dirección de la ventana, donde se detuvo frente al escritorio en donde reposaba el enorme volumen de aspecto antiguo y comenzó a rebuscar entre los cajones, los cuales cerró una vez que encontró lo que buscaba. Regreso al centro del lugar y le entrego a LaFontaine una pila de papeles algo maltratados mientras ella volvía a tomar asiento en el sillón individual.
Laura miraba curiosas las hojas en las manos de su compañera, pero no empezaba a leer ni la primera línea cuando su anfitriona decidió tomar la palabra otra vez.
-Esos son los apuntes de los diarios de Abraham van Hellsing, Mina Harker y algunos del doctor Seward y Jonathan; el resto son cenizas en la historia. Esto fue lo único que pudimos recuperar de Stoker después de que el imbécil los perdiera en el incendio de un teatro [1] Están firmadas por sus dueños.
-Pero él era el autor del libro, es obvio que necesitaría escribir alguna clase de borrador antes de publicarlo; estas cartas pueden ser parte de su trabajo nada mas –Dijo Laura.
-En efecto, él escribió el mismo libro que no tuvo éxito hasta después de su muerte, pero ni las cartas ni la historia son de su propiedad. Alguien le conto la historia del conde y le dejaron escribirla con la intención de revelar una verdad oscura al mundo, aun cuando todos estuvieron de acuerdo en jamás decirle nada a nadie [2]. Pero en lugar de eso el viejo Stoker solo logro revolucionar el tema de los vampiros dentro de la literatura. Hasta él mismo pensaba que no debía tratarse más que de alguna leyenda transilvana y no se dio cuenta que todo su trabajo estaba compuesto por los relatos reales de cada uno de sus personajes, y a pesar de que epilogo escrito por puño y letra del propio profesor van Hellsing indican que todo fue real, el mundo decidió pasarlo por alto y ya. Para ellos los vampiros no eran reales, ¿por qué temerle a algo que no es real, entonces?
-A mí me parecen bastante auténticas –Dijo el estudiante de biología— Quiero decir, todas tienen un estilo de letra muy distinto, suficiente para saber que no hay forma de que las haya escrito la misma persona. Claro, a menos que una bola de desconocidos hayan conspirado con el autor para hacerlo creíble, y eso tiene menos sentido que encontrarse al descendiente de un famoso cazador de monstruos. Es eso o ya de plano a Stoker le faltaba suerte e imaginación.
-Yo leí el libro para mi clase de literatura una vez y no recuerdo que haya nada que diga que van Hellsing tenía descendencia –Dijo Lura.
-Precisamente porque no existía necesidad de mencionar eso en los diarios. Nadie anda por ahí escribiendo en papel cuantos hijos tuvo un anciano que apenas conoció y mucho menos si estaba casado o no. Pero el profesor si tuvo descendencia, una hija bajo cuyo poder continuarían sus trabajos: Marlo van Hellsing, mi bisabuela.
- ¿En que estaba trabajando el profesor exactamente?
-En algo inmortal, tanto en el sentido hereditario como en el literal. Ella fue quien mantuvo el centro de registro e investigación dedicado a la obsesión de su viejo padre por las criaturas sobrenaturales. El proyecto ya había empezado en Holanda, de donde ellos eran originarios, pero la presencia de los vampiros comenzó a presentarse en masa en Inglaterra y poco más allá de sus alrededores, junto con otras cuantas razas de monstruos también, así que decidieron establecerse aquí.
-Eso es demasiado impresionante, a decir verdad –Comento LaFontaine.
-Ya lo creo ¡Santo Hufflepuff, eso significa que de verdad eres un descendiente! –Exclamo la chica enérgicamente.
-Eh... Sí, eso es lo que eh intentado explicarles los últimos veinte minutos.
-Espera un momento, –Hablo Carmilla mirando desafiante a Helena, quien no borraba su expresión calmada y tolerante del rostro— todavía no has dicho por que un cazador de monstruos, van Hellsing, sobre todo, estaría tan interesado en trabajar con ellos ¿Qué clase de estudios hacia el viejo loco?
-Abraham fue un hombre de conocimientos bastos y profundos y le encantaba ir en contra de las normas sociales o creencias populares; el conocimiento, su propia alma y la familia eran prácticamente todo lo que le importaba en vida. Era en parte un hombre de ciencia, pero también le gustaba interpretar al mundo desde perspectivas muy distintas a las ciencias exactas, así que cuando se enteró de la existencia de cosas tales como sociedades de vampiros y demás, pensó que sería buena idea estudiarlas con el objetivo de encontrar… algo así como la relación del mundo natural con el sobrenatural. Ningún libro escrito por ninguna mente humana le daba la información que quería, pero un día su investigación llego más allá de lo que esperaba y obtuvo más de lo que esperaba obtener.
- ¿Hubo alguien más?
- ¿Qué?
-Me refiero a si recibió ayuda, si había otra persona trabajando junto con él.
-Su hija, me imagino –Dijo Laura.
-Marlo no se dedicó a la labor de su padre hasta tiempo después, pero estaba enterada de que tenía que prepararse cuando llegara el momento. Hubo, sin embargo, alguien más que le dio a Abraham el empujón que necesitaba para alcanzar la victoria de victorias, como él generalmente la llamaba. Es más, ¡vengan, vengan! Voy a mostrárselos personalmente.
Cual niña emocionada, Helena, prácticamente saltando de su asiento, se lanzó directo a abrir la puerta de la entrada indicándoles a sus invitadas que podían cruzar con toda confianza. Sus invitadas entendieron el mensaje y llegaron al otro lado topándose con un amplio pasillo de tres ventanas que dejaban algo de vista al exterior, con paredes pintadas de marrón decoradas por tablas de madera oscura que la dividían en cuadrados grandes y un piso de brillante cerámica esmeralda.
Por la intensidad de la luz que atravesaba los cristales de las ventanas y lo claro que aún se veía el cielo, Carmilla dedujo que no debían pasar más de las cinco de la tarde.
-Síganme por aquí –Dijo la chica de las gafas y todo el mundo obedeció.
Continuaron caminando hacia la derecha rumbo a la única entrada del pasillo, la cual estaba justo enfrente de otra idéntica, y justo al salir de esta se dieron cuenta que estaban sobre un segundo piso puesto que, al salir, a su izquierda, se encontraron con una primera planta de mediciones enormes cuyo suelo lo adornaba una alfombra de casi el mismo tamaño, de un rojo muy oscuro, decoradas por figuras abstractas de color oro en las esquinas, la cual subía por las dos escaleras laterales y se expandía por todo el segundo piso. La puerta de abajo era enorme, hecha totalmente de madera decorada con grabados, acompañada por una enorme ventana a medio cubrir por las cortinas a cada lado, apenas dejando entrar algo de luz. En el techo, parecido al de la sala anterior, colgaba un candelabro apagado de proporciones notablemente más grandes que el de la sala de estudio, compuesto por todas partes de cristales pequeños. Había unos cuantos cuadros en las paredes, cada uno con una historia diferente, y se lograban apreciar cuatro armaduras de pie puestas simétricamente a izquierda y derecha del lugar, y cada una sostenía al frente una espada real en posición invertida, como si la clavaran en el suelo. Y a lo lejos, en el rincón derecho cercano a la puerta estaba un gran piano negro con las teclas al descubierto, indicio de que alguien había estado practicando, pero no había tenido la suficiente decencia para cerrarlo.
A su lado derecho solo había una puerta parecida a la de la entrada, una armadura a cada lado en la misma posición que las de la planta baja y otro par de cuadros.
-Tenia buen gusto el viejo –Expreso Karnstein.
-Ser cazadores de monstruos no fue un impedimento para que mi familia se diera lujos de vez en cuando. También eran personas importantes, una especie de nobles anónimos; no todos en la realeza sabían que existían a causa de sus propias condiciones. En esta misma sala hubo ocasiones en las que podías ver a la despreciable pomposidad charlar, beber, bailar y vivir como reyes a costa de los esfuerzos de los demás.
- ¿Tenían relación con el gobierno inglés?
-La seguimos teniendo. Los Hellsing pasamos a ser nobles por mandato de la reina, que reconoció nuestro trabajo como "la ilustre misión de Dios en la Tierra" y con ello obtuvimos unos cuantos privilegios privilegiosos. Pero nunca nos agradó tener que convivir con ellos. Lo hicieron por deber, porque era la reina en persona quien lo mandaba y porque desde los tiempos de Abraham van Hellsing realmente nos vemos como agentes de Dios... o algo así.
- ¿Todo esto lo consiguieron ustedes?
-La mayoría son regalos y objetos obtenidos en subastas, pero lo demás lo conseguimos por nuestra propia cuenta. Mi padre decía que mi abuelo tenía una extraña obsesión con las subastas, tanto así que llenaron todo un cuarto de antigüedades y demás chatarra que el viejo se negaba a tirar. Y como buen hijo que era, a la muerte de su señor padre se deshizo de unas cuantas cosas; las regalábamos en fiestas de los nobles cuya existencia siempre olvidábamos o las vendíamos cuando el negocio iba flojo.
- ¿En dónde están tus padres ahora, Helena? –Pregunto la pelirroja.
-En un cementerio. Están muertos.
A las tres pareció arderles la respuesta, y sin embargo más les sorprendió la increíble forma tan desinteresadamente natural con la que la chica inglesa respondió.
Por un momento tanto Laura como Carmilla quisieron cubrirle la boca a LaFontaine con un metro de cinta adhesiva.
Prudencia, LaFontaine. Prudencia, por piedad.
Continuaron avanzando en línea recta por el resto del pasillo, el cual era bastante más largo que el anterior, pero carecía de ventanas y en su lugar había tres puertas, una de un baño y otra de un cuarto en la pared a su izquierda y una más, también de un cuarto, del lado contrario; había lámparas de pared suficientes para alumbrar, otro cuadro más y justo al lado de las escaleras del fondo estaba una escultura del dios egipcio Anubis, de cuerpo negro y decoraciones doradas, azules y rojas. El camino continuaba a su derecha, pero Helena las guio a través de las escaleras hechas de piedra que debían conducir al tercer y último piso de la mansión. No había ventanas y por esto mismo acabaron encontrándose con varias lámparas encendidas a lo largo del trayecto, escuchando el roce de sus zapatos en la piedra y brevemente a través de las paredes formadas del mismo material.
Siguieron a van Hellsing hasta el último escalón, donde ya empezaban a tener contacto con la luz natural, pero antes de cruzar la pecosa se detuvo a mirarlas, dirigiéndose en esencia al biólogo, tan amable como se había mostrado desde el principio.
-LaFontaine, ¿verdad?
La aludida asintió.
-Si mal no recuerdo dijiste que eras científico ¿Es cierto?
-Oh, si ¡Todo sea por la ciencia!
La sonrisa de Helena aumento.
-Entonces esto te encantara.
Avanzaron y nada más cruzar el umbral del tercer piso los ojos de LaFontaine de repente se iluminaron en la más absoluta forma de sorpresa y admiración como nunca antes se había visto en el simpático biólogo. No, por lo menos, desde lo que paso en la universidad.
Ante a ella se ejercía una habitación enorme, casi del tamaño de toda la segunda planta, pero sin puertas ni separación alguna y paredes grisáceas muy oscuras. Todo a su alrededor estaba lleno de largas mesas rectangulares y estanterías repletas de diversos materiales y aparatos de laboratorio, algunos manteniéndose activos sobre las mesas pegadas a los muros junto con otros cuantos que descansaban en las altas estanterías mezclados entre un caos total de libros, hojas de apuntes, libretas mal acomodadas y frascos con diversos contenidos de dudosa procedencia en su interior, entre ellos partes anatómicas que ni de chiste deberían pertenecer a seres humanos, cerebros y algo remotamente parecido a un embrión flotando en un asqueroso liquido verde. Podían apreciarse tres grandes ventanas circulares del lado derecho por los que pasaba gran parte de la luz y dejaban a la vista todo el jardín del patio frontal y un poco más allá del cerco, hacia un camino rodeado por frondosos árboles. Gran parte de las paredes estaba prácticamente tapizada por hojas de apuntes, la mayoría de ellas con dibujos de criaturas espeluznantes acompañados de un poco de simbología no legible con las posibles traducciones en inglés. A lo lejos, en un rincón lejano se apreciaba un esqueleto reconstruido de una especie de criatura alada del tamaño de una camioneta. En el centro se encontraba una plataforma de metal, con agarraderas de hierro útiles para inmovilizar, que colgaba sobre el piso a través de largas y gruesas cadenas ensambladas en el techo, donde se apreciaban las separaciones de una compuerta; todo ese sistema debería activarse tirando de la palanca que estaba al lado de la plataforma.
Frente a la ventana del centro, que estaba a medio abrir, sentado sobre una silla movediza, mirando a través de un microscopio del que se separaba por efímeros segundos para escribir algo sobre un papel, estaba alguien que todavía no acababa de percatarse de sus presencias.
Van Hellsing, con aires ingeniosos, les pidió que guardaran silencio y acto seguido se acercó sigilosa hasta donde estaba el sujeto, que aún permanecía en la misma posición.
- ¡Boo!
Lo siguiente que se vio fue al sujeto cayendo de su asiento al mismo tiempo que soltaba un grito y hacía volar su pluma fuera del escritorio. Helena se echó inmisericorde a reír a carcajadas cubriéndose la boca con las manos, pasando olímpicamente por alto todos los reclamos del muchacho.
- ¡Van Hellsing! ¿¡Pero qué demonios!?
-Hey, controla esa bocona mal hablada. Tenemos visitas –Dijo señalándole con la mirada al trio cercano a la entrada.
El chico se levantó sacudiendo sus ropas y quedando a la vista de los presentes. Era un par de centímetros más alto que Helena, lo mismo que en edad, e igual a esta muchos de sus rasgos eran parecidos a los del niño de la fotografía sobre la chimenea, solo que más maduro. Las oscuras ojeras bajo sus ojos revelaban un claro desinterés por el sueño, lo mismo que su delgada figura por el alimento. Blanco de piel con ojos grises, su cabello era rubio opacado, como cenizo, y lo tenía ligeramente largo y disparejo. Su rostro, de aspecto cansado, lo adornaban ligeros cabellos rubios en la zona del bigote junto con otros cuantos en la barbilla, mismos que subían por la línea de la marcada mandíbula hasta las descuidadas patillas, y una notable cicatriz vertical del lado izquierdo de la frente que dividía un extremo pequeño de su ceja. Llevaba puesta una camisa a cuadros verdes y negros, sobre ella una bata de laboratorio, pantalones negros, zapatos cafés y en su cuello colgaba un collar con el pequeño dije de un ankh egipcio.
- ¿Quiénes son? – Pregunto a la muchacha.
-Querido doctor, ellas son Carmilla, LaFontaine y Laura. Han llegado desde Austria.
-No dijiste que tendríamos visitas desde el centro de Europa.
-En mi defensa yo tampoco lo sabía. Y mejor aún, vienen de Silas.
El repentino pánico nacido en el semblante del muchacho fue lo último que las chicas necesitaron para darse cuenta que no debió haber sido casualidad que la Biblioteca las hubiese llevado hasta ahí.
-Helena, pero…
-Chicas, este caballero es el científico loco de la familia. Es el encargado de la mayor parte del trabajo e investigación del lugar y un cerebrito andando. Un genio en su definición más amplia y se iría al infierno si el conocimiento fuese pecado.
-Van Hellsing, ¿podemos hablar de esto en…?
-En un momento –Le susurro y entonces prosiguió, ignorando el gesto de insistencia del rubio— Permítanme por favor presentarles al descendiente de los aliados más antiguos de mi familia: mi primo, Víctor Frankenstein II [3].
Se dio entonces que mientras las mentes de Laura y Carmilla intentaban procesar lo que acababan de ver y escuchar, a su lado se oye al entusiasta estudiante de biología exclamar alegremente:
- ¡Oh-Por-Dios!
[1 y 2] Referencias a Drácula, el no muerto (Drake Stoker)
[3] El nombre es en honor al personaje original de Víctor Frankenstein.
