Disclaimer:
Los personajes pertenecen a S. Meyer, pero si me regala a Emmet no me quejo, y la historia tampoco es mía solo la adapto por diversión. No se olviden comentar.
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Capítulo 4
—No —dijo Bella alzando la barbilla con los brazos en jarras—. No voy a dejarlo, Edward. Necesitas…
—No me digas lo que tengo que hacer, cuando tú…
—Ah, mucho mejor —dijo Kate con tono desenfadado entrando en la cocina—. A medida que me hago mayor paso más tiempo en el cuarto de baño —agarró una zanahoria de un plato de verduras y miró primero a Edward y luego a Bella—. ¿Me he perdido algo?
—No —contestó Bella girándose hacia el fregadero, agradecida por no estar ya en el punto de mira de los ojos de Edward.
¿Qué se había apoderado de ella para importarle siquiera cuál era su problema? Estaba claro que aquel hombre tenía muchos resquemores hacia su ex.
—Me gusta lo que has hecho en la cocina —dijo Kate colocándose a su lado para ayudarle a secar los platos—. Me encantan las cocinas amarillas.
— ¿Tienes casa propia en Seattle? —le preguntó Bella, más por cortesía que porque le importara de verdad.
Después del comportamiento tan egoísta que había tenido con Anthony, no consideraba a Kate Cullen su amiga.
—Todavía no, pero he estado pensando en ello últimamente. El apartamento que tengo alquilado no tiene gracia. Me gustaría poder decorarlo a mi gusto. En la casa que tenemos aquí, Edward y yo solíamos hacer cambios cada fin de semana. ¿Te acuerdas aquella vez que alicatamos todo el cuarto de baño y luego nos dimos cuenta de que el dibujo de los azulejos estaba torcido?
Edward gruñó desde su asiento. ¿Le estaría haciendo daño Kate trayendo recuerdos a la memoria?
— ¿Voy a ver cómo están los niños? —preguntó.
— ¿Por qué no voy yo? —Kate dejó el trapo de secar en la encimera—. Me gustaría pasar el mayor tiempo posible con Anthony mientras esté aquí.
Unos instantes después de que hubiera salido, Edward carraspeó.
—Eso ha tenido gracia.
—Lo siento —aseguró Bella sin saber muy bien qué decir—. Entiendo lo que sientes al verte de pronto atrapado con tu ex. Sam y su avergonzada novia vinieron el otro día a la clínica con Ben.
— ¿Es su hijo?
—Sí —Bella hizo un esfuerzo por tragar saliva para pasar el nudo que tenía en la garganta y volvió a secar los platos—. Le tocaba la revisión del año. Sam nunca fue ni a una sola cita médica de los niños, y sin embargo aquel día era la personificación de la perfección paterna.
—Vaya —Edward se rascó la barbilla—. Y yo que creía que era duro que mi ex recordara las reformas que habíamos hecho en casa.
Se levantó, agarró el trapo y secó el plato que Bella acababa de aclarar.
—Esa mujer me vuelve loco. Fue ella la que puso fin a nuestro matrimonio y sin embargo parece que cada vez que viene a ver a Anthony sólo tiene recuerdos felices. El último año que estuvimos juntos ni lo nombra. El infierno que nos hizo pasar.
—Ya sé que no es asunto mío —aseguró Bella enjabonando otro plato—, pero ¿por qué no puede ejercer la abogacía aquí?
—Dijo que le aburría. Que no suponía un reto para ella.
—Su especialidad es el Derecho criminal, y supongo que defender a peatones imprudentes y borrachos le resultaría aburrido.
—Pero ¿y Anthony y yo? ¿También somos aburridos?
—Edward —Bella se subió a la encimera con las piernas colgando—. No te lo tomes a mal, pero ¿te has planteado alguna vez trasladarte a Seattle para estar con ella? Allí también hay bomberos, ¿no?
Él dejó escapar el aire de los pulmones y luego apartó la vista.
—¿Qué ocurre? ¿Otro tema doloroso?
Edward negó con la cabeza.
—Yo le sugerí lo mismo pero rechazó la idea. Dijo alguna tontería sobre que si estuviéramos con ella se sentiría obligada a pasar más tiempo con nosotros en lugar de estar trabajando. ¿Te lo puedes creer?
Uf, al menos Sam los había dejado a ella y a los niños por amor. Pero ¿que te abandonen por el trabajo?
Bella apretó los labios y se bajó de la encimera para darle un abrazo.
—Lo siento mucho. Te mereces algo mejor.
—Los dos lo merecemos —murmuró él contra su pelo.
Bella había pretendido darle un abrazo de consuelo. Puramente platónico. Pero hubo algo en el calor de la respiración de Edward en su cuello que la hizo estremecerse por dentro. De pronto fue plenamente consciente de su altura. Su olor masculino. El modo en que la abrazaba como una manta. Lo que resultaba una locura. Tenía mantas más que suficientes en el armario del piso de arriba, gracias. Cuando Sam se marchó se prometió a sí misma que no volvería a buscar apoyo emocional en un hombre. Sí, tal vez algún día volvería a tener una relación, pero nunca así de profunda, de alma y corazón. La infidelidad de Sam había estado a punto de destruirla por completo. Había aprendido a depender sólo de sí misma por el bien de los niños.
Se soltó de Edward y le dio la espalda rogándole a su corazón que latiera más despacio.
Sólo había sido un abrazo.
A Juzgar por la conversación que habían tenido antes, Edward todavía sentía algo por su ex mujer. Lo que significaba que cuando Bella se sintiera con fuerzas para volver a salir con alguien. Edward no sería un buen primer candidato.
—Gracias —dijo él—. Gracias por escucharme. Por estar ahí. Por haber sido siempre tan buena amiga para Anthony, y ahora para mí.
Bella se encogió de hombros sin atreverse a mirarlo a los ojos.
—No tiene importancia.
—Para nosotros sí —Edward le dio un golpecito en el hombro derecho—. Eres una buena chica.
¿Una buena chica? Estupendo. Era la forma más directa de dejar claro que no la encontraba deseable.
Bella se llevó la mano a la frente.
—Eh… estoy muy cansada. ¿Por qué no vamos a buscar a nuestros respectivos hijos y damos la noche por finalizada?
— ¿Estamos bien?
—Claro, ¿por qué no habíamos de estarlo? —le dirigió una sonrisa radiante.
— ¿Aunque sepa que ésta no es tu auténtica sonrisa? —preguntó él tocándole cariñosamente un hombro.
— ¿Cómo lo sabes?
—Porque en el momento exacto en el que supimos que los chicos estaban a salvo tuve el privilegio de ver la auténtica —aseguró, guiñándole un ojo—. Me gusta mucho más la otra.
Tras apretarle el hombro, se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros y se dirigió a la puerta de atrás.
—Cuando encuentre a los niños mandaré a los tuyos a casa.
/./././.
—Ha estado bien —dijo Kate mientras Anthony se dirigía a la puerta de su casa, que como siempre estaba atascada.
—Deberías arreglarla, papá —comentó su hijo.
—Lo haré —aseguró él cometiendo la estupidez de tirar con tanta fuerza que el gozne inferior saltó también.
—Cariño —protestó Kate mientras Edward apartaba la puerta y la colocaba contra la fachada—, mira lo que has hecho. Si me hubiera dejado a mí no se hubiera roto. Sólo tenías que levantarla.
Edward aspiró con fuerza y contó hasta diez. Kate pasó por delante de él e introdujo su llave en la cerradura de la puerta principal. Le molestaba muchísimo que tuviera incluso una llave.
—Voy a jugar con la consola, ¿vale? —preguntó Anthony.
—Lo que vas a hacer es darte un baño y de ahí directamente a la cama —gritó Kate tras él mientras el niño corría escaleras arriba—. Mañana hay colegio.
—Pero…
—Hazlo —le ordenó ella en el mismo tono áspero que seguramente utilizaría en el tribunal.
Edward puso las llaves en el mueble de la entrada y dejó escapar un suspiro.
—Katie, no puedes venir aquí y…
—Me has llamado Katie —dijo ella dejando su bolso de marca al lado de las llaves de Edward y colocándole la mejilla en el pecho—. Hacía mucho tiempo que no me llamabas así.
—No le des importancia. Ha sido un día muy largo y estoy cansado.
—Sé de algo que te haría sentir mejor —Kate deslizó las manos por debajo de su camiseta y le acarició los abdominales.
Hubo un tiempo en el que el más mínimo contacto de ella le hacía endurecer. Pero ahora ni se inmutó.
—Mmm, veo que has estado entrenando.
—De acuerdo —Edward le agarró las muñecas y la apartó de sí—. Ya he aguantado todo lo que podía de este retorcido juego que estás llevando a cabo. Primero entras aquí actuando como si fueras la madre de nuestro hijo y luego…
—Soy su madre y siempre lo seré.
—Lo abandonaste, ¿recuerdas? Y a mí también. Hace tres semanas que no llamas siquiera a tu hijo para ver cómo está. Así que déjame en paz.
—No, déjame en paz tú a mí, sólo porque…
— ¿Mamá? ¿Papá? Creí que ya no ibais a discutir más.
Edward estaba tan concentrado en discutir con su ex que no se había dado cuenta de que hijo había aparecido a su lado. Se pasó las manos por el pelo sin saber qué decirle al niño y luego se dirigió a la cocina.
— ¡Eso es muy maduro! —le gritó Kate—. ¡Sí, márchate cuando nuestro hijo está pidiendo ayuda!
Vaya, ¿ahora quería hacerse la madura? Edward deseaba con toda su alma decirle a aquella mujer que había destrozado sus vidas lo que pensaba de ella. Pero entonces vio a Anthony, el modo en que le temblaba el labio inferior. Con el corazón roto, Edward se inclinó para tomar al pequeño en brazos.
—Te quiero —le dijo al oído en voz baja—. Todo va a salir bien. Te lo prometo.
—Bájame —protestó Anthony retorciéndose—. Quiero ir con mamá.
Edward le bajó y observó en silencio cómo corría hacia Kate. Esperaba ver una expresión de triunfo en el rostro de su exmujer, pero lo que vio fue remordimiento y lágrimas que amenazaban con derramarse. ¿Lágrimas? ¿Sería capaz de llorar aquella princesa de hielo?
—Eh, amigo —dijo Edward carraspeando—. Tienes que ir a bañarte.
—Lo haré, pero primero tienes que prometerme que no vas a pelearte más con mamá.
Edward apretó las mandíbulas y asintió.
—Y tú, mamá, tienes que venir más a estar con nosotros, ¿de acuerdo? —dijo el niño.
—Lo haré, ángel —le besó la cabeza.
Anthony volvió a marcharse y al instante se escuchó en la planta de arriba el ruido del grifo de la bañera.
—Lo siento —dijo Kate sentándose en el tercer escalón.
—No hace falta disculparse. Pero dejemos estar el pasado en el pasado.
—No —respondió ella sacudiendo con fuerza la cabeza—. Cuando me dijiste que Anthony había desaparecido… te juro que toda mi vida pasó por delante. Sé que suena a tópico, pero en aquel instante todo se desvaneció menos lo que era real e importante: Anthony y tú.
Edward inclinó la cabeza hacia atrás en un inútil intento de suavizar el dolor de cuello e ignoró la última parte del discurso de Kate. ¿Cuántas veces había rezado por escuchar aquellas palabras cuando la tinta de sus papeles de divorcio estaba todavía fresca? Pero eso fue hace mucho tiempo. Ya no era el mismo hombre. Kate le había destruido emocionalmente y haría falta mucho más que unas palabras bonitas para recomponerle.
Ella alzó la vista hacia Edward con los mismos ojos oscuros de su hijo.
— ¿No vas a decir nada? —le preguntó—. ¿No me has echado de menos?
—Sí, pero…
—Cuando te vi esta noche con Rose en brazos recordé los tiempos en que Anthony era un bebé. Eres un gran padre, Edward. Mucho mejor que yo. Pero cuando tuve a la niña en brazos se me ocurrió pensar que tal vez esto era una llamada. Quizá deberíamos intentarlo de nuevo. Tener otro hijo y recordar cómo eran las cosas antes de…
— ¿Antes de que te marcharas? Te has montado un cuento muy bonito, pero, ¿qué pasará cuando te aburras? Esta vez abandonarás a dos niños en lugar de a uno.
— ¿Por qué eres tan cruel? —le preguntó Kate con voz temblorosa mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas—. He dicho que lo siento. Nadie es perfecto.
Edward quería ser cruel, hacerle el mismo daño que ella le había hecho a él. Pero sus lágrimas le desarmaron y el rescatador que había en él hizo su aparición.
—Ven aquí —dijo estrechándola entre sus brazos—. Los dos estamos cansados. Ha sido un día muy largo. ¿Te parece que hablemos de todo esto mañana?
Kate asintió en silencio contra su pecho.
—Te quiero.
Sin saber si él la quería, la odiaba o las dos cosas a la vez, Edward guardó silencio. Por la mañana vería las cosas con más claridad. En aquel instante lo único que deseaba era dormir.
/./././.
A la una de la mañana Bella renunció a tratar de dormir, se levantó y se dirigió directamente hacia el tarro de helado de mantequilla de cacahuete con chocolate que había escondido al fondo de la nevera para que no lo vieran los niños.
Rose se había despertado media docena de veces y Bella parecía un zombie en lugar de una doctora bien descansada que tenía que estar a las ocho en la clínica.
Acababa de tomar la primera cucharada de helado cuando llamaron a la puerta de atrás. Sobresaltada, Bella miró y vio una figura masculina a través de las cortinas de la rejilla. Encendió la luz del porche de atrás y suspiró aliviada. Su visitante nocturno era Edward.
— ¿Qué estás haciendo aquí? —Preguntó abriendo la puerta—. ¿Dónde está Anthony? ¿Va todo bien?
—Todo está bien —aseguró Edward pasando por delante de ella—. En cuanto a Anthony, está dormido. Kate está con él.
— ¿Se ha quedado a dormir? —no pudo evitar preguntar, alzando una ceja.
—Dijo que no pudo encontrar habitación en el pueblo debido a la cantidad de soldados, así que la instalé en el cuarto de invitados.
Bella se sentó en una de las sillas, lamentando no haberse puesto un camisón en lugar de aquella camiseta manchada por el bebé y los pantalones cortos de algodón.
—No quisiera ser grosera pero, ¿qué haces aquí?
—Lo siento. No podía dormir, y como el viento agita las copas de los árboles he visto la ventana de tu cocina desde el baño. Vi que estabas levantada y… —se encogió de hombros—. ¿Tienes otra cuchara?
Bella le buscó una, se la dio y Edward tomó asiento en la silla de al lado. Había algo muy íntimo en aquel momento. El modo en que sus cucharas se chocaban sin querer, los grillos cantando al otro lado de la ventana abierta, el pelo revuelto de Edward y su mirada adormilada.
Edward empezó a hablar, rompiendo el silencio de la noche.
—Kate ha pedido perdón. Se echó a llorar y dijo que quería que volviéramos a intentarlo.
—Eso… eso es maravilloso —dijo Bella sorprendida—. Quiero decir, si eso es lo que quieres. Sé que Anthony lo está deseando, pero…
—Lo que siempre he querido es que volvamos a ser una familia, pero Kate me hizo daño. Cuando dijiste en el bosque «para bien o para mal», te contesté así porque durante mucho tiempo mi matrimonio se vio reducido a la parte «para mal» de nuestros votos matrimoniales. En aquel instante, con Anthony desaparecido, sentí que si me ocurría alguna cosa mala más me vendría abajo.
—Pero no lo hiciste —aseguró Bella poniéndole la mano en el antebrazo.
Fue un contacto amigable, de consuelo. Entonces, ¿por qué sintió ella tanta tristeza? Tal vez le diera pena perder lo único que tenían en común, sus fracasos matrimoniales.
—Te mantuviste fuerte por Anthony —continuó—. Y ahora parece como si el dolor que te hizo pasar Kate hubiera terminado. Quizá podáis intentarlo de nuevo.
—Gracias —dijo Edward cubriéndole los dedos con los suyos—. Gracias por escucharme.
—Espera a recibir mi factura —trató de bromear Bella para conjurar su repentina tristeza.
Edward soltó una carcajada y su risa inundó su alma. ¿Cómo era posible que Anthony y sus hijos fueran amigos desde hacía tanto tiempo y ellos apenas se conocieran?
Y lo que resultaba más extraño todavía, en las terribles horas en las que sus hijos habían estado desaparecidos, su amistad había florecido hasta un punto en el que Bella ahora sentía como si conociera a Edward de toda la vida.
—Debería parar de robarte el helado y dejar que te fueras a dormir.
—Sí, deberías —bromeó ella.
Pero no porque le molestara compartir su capricho nocturno, sino porque tenía la sospecha de que cuanto más tiempo pasara con él más fácil le resultaría enamorarse.
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"Hace tres semanas que no llamas siquiera a tu hijo para ver cómo está. Así que déjame en paz." Wow… que dejavu. Alguna vez escuche esas mismas palabras salir de mi boca.
Ya estamos viendo otra cara de Edward y la razón de su enojo. ¿Creen que lo intente con Kate? Y, ¿Qué pasara con los sentimientos de Bella?
¿Les gustó? Espero sus comentarios (buenos o malos no importa)
Voy a actualizar de inmediato…
Los quiero;
Christianna
