Capítulo 2 ¿Y ahora qué?

Salimos a las ocho de la mañana del sábado con dirección a Zaragoza, donde vivía Paty. Desde la noche anterior me había mantenido en un silencio forzado, encerrada en un mutismo lacerante y desolador, cada palabra que pronunciaba producía en mi garganta un dolor insoportable, como si una mano invisible me apretara el cuello hasta dejarme sin respiración. Escondí la carta, la pulsera y mantuve mi promesa de no decir nada a nadie.

—¿Estás bien? —preguntó mi marido, Daniel, al ver que me arrebujaba más en el abrigo dentro del coche—. ¿Subo la calefacción?

—No, estoy bien —contesté con voz enronquecida.

Se encogió de hombros y sintonizó una emisora deportiva. Yo a mi vez, saqué el iPod del bolso, me puse los auriculares, pulsé el modo aleatorio y cerré los ojos.

Conocí a Patricia el primer día que llegué a Madrid para estudiar periodismo. Ella era mi compañera de habitación en el colegio mayor. No podíamos ser más diferentes, pero en cuanto nos presentamos una corriente de reconocimiento mutuo nos unió para siempre. Ella era bajita y rellenita, con el pelo moreno largo y liso y unos ojos ambar que le daban aspecto de pequeño duendecillo. Yo a su lado me veia grande con mi metro setenta, el pelo largo y rizado de una tonalidad dorada con bizos cobrisos y en mi nariz respingona tenia unas cuantas pecas que hoy en dia ya ni se notan, y sobre todo, nuestra desigualdad sobresalía por la vitalidad que exudaba ella por cada poro de su piel. Yo, en cambio, me mostraba seria y circunspecta.

Sus padres eran médicos, pertenecía a la clase media alta, o clase media con posibles, como le gustaba definirla a ella. Mis padres tenían una floristería, les iba bien. Lo suficiente para permitirme estudiar la carrera que elegí, aunque estaba a años luz de la vida que había llevado ella. Pero algo nos unía por encima de todo, nuestra juventud y nuestras ganas de comernos el mundo, ambas habíamos decidido que empezaríamos por Madrid y de allí al infinito y más allá.

—¡Hola! Soy tu compañera de habitación, así que más vale que nos llevemos bien, porque si no este año va a ser un completo infierno —exclamó levantándose de la cama en la que estaba tumbada cantando una canción que emitía la radio depositada en el pupitre de estudio. Me paré sorprendida en la puerta, cargando varias maletas y bolsos—. Ah, por cierto, me llamo Patricia, ¿y tú?

—Candice —contesté algo avasallada por tanto entusiasmo.

—Ven aquí, Candy, que me miras con ojos de cervatillo asustado. No muerdo —rio acercándose rápidamente a mí.

Me dio dos besos y me ayudó a entrar las maletas.

Me contagió su entusiasmo y reí con ella.

—¡Cómo mola esta canción! —dijo girándose a subir el volumen de la radio en la que sonaba La flaca, de Jarabe de Palo—., ¿no?

—No —contesté yo—, la verdad es que no es de mis favoritas.

Esa canción había sonado a cada instante de aquel caluroso verano, haciendo que aunque la odiaras acabaras aprendiéndotela de memoria.

—¿Y qué es lo que te gusta, Candy? Como me digas que las Spice Girls me muero aquí mismo de un ataque de cursilería agudo —inquirió curiosa y desconfiada.

—Pues... —vacilé un poco, la verdad es que mis gustos eran bastante eclécticos—, no sé, un poco de todo.

En ese momento sonó una dulce balada, Candle in the wind, la canción que compuso Elton John para el funeral de Diana de Gales, fallecida solo hacía unos días. Ambas nos quedamos un momento escuchando.

—Qué triste, ¿verdad? —murmuró Patricia—. Tenerlo todo y perderlo en un instante, de una forma tal cruel, entre un amasijo de hierros.

—Cierto. Tiene que ser una forma de morir muy dolorosa.

—Y tú, Candy, ¿cómo quieres morir? —dijo cambiando súbitamente de tema. Con el tiempo me acostumbré a su forma de saltar bruscamente de un asunto a otro, pero sin apenas conocerla me desconcertaba bastante.

—No lo he pensado nunca —contesté meditándolo unos segundos—, no me gusta pensar en ese tipo de cosas.

—Pues yo quiero morir en mi hogar cuando sea viejecita, rodeada de todos mis hijos y nietos, en mi cama desde la que pueda ver todas las fotos de mi vida alrededor enmarcadas —entornó los ojos como si lo estuviera visualizando.

—Parece sacado de una novela —respondí algo incómoda.

—Puede ser —murmuró encogiéndose de hombros—, pero una siempre puede soñar... —¡Venga! ¡Vamos! A ver qué nos han preparado las monjas de cena —me cogió del brazo—.Ya recogeremos todo esto después —terminó echando un ojo al revoltijo de ropas y libros tirados en el suelo.

Yo dejé que me arrastrara sin tener ya voluntad propia.

—¿Crees que serán de estas monjas que hacen dulces y cosas así? —preguntó dando otro giro a la conversación.

—No sé, lo dudo, creo que esas son las de clausura.

—Sería una pena, porque me pirran los huesos de santo ¿y a ti?

Su entusiasmo era contagioso y en ocasiones agotador...

Era extraño que ahora viajando hacia su funeral recordara nuestra primera conversación, en la que curiosamente habíamos terminado hablando de su muerte. Si hubiéramos sabido lo que la vida nos deparaba, ¿hubiéramos cambiado algo? Probablemente no. Aquel fue el mejor año de mi vida y aunque terminó abruptamente, me quedó Patricia, que siempre estuvo ahí.

—Ya hemos llegado —exclamó Daniel de improviso golpeándome el brazo.

—¿Qué? —contesté abriendo los ojos. Había transcurrido todo el camino entre sueños, perdida en mis recuerdos.

Me bajé del coche entumecida y con ganas de estirar las piernas. El frío aire del cierzo me mordió en el rostro arrancándome lágrimas de los ojos. Miré el cielo encapotado. Era probable que durante el día acabara por llover.

Apretando el paso entramos al tanatorio. En la pared frontal del vestíbulo había varios caballetes que indicaban las salas en las que recibían las diferentes familias. Leí el nombre de Patricia al instante. Sala número 2, a la izquierda. Taconeé con prisa sobre el suelo de mármol, sin fijarme en las amplias cristaleras con vistas al río Ebro.

La sala tenía la puerta abierta y había varias personas en el exterior conversando con cara circunspecta. Entré y en uno de los sofás vi sentada a la madre de Patricia, una mujer que parecía haber envejecido diez años de golpe. Su cuerpo menudo estaba enroscado, como succionada por el mullido sofá y poseía una extraña mirada ausente.

Cuando me dirigía a ella un hombre me detuvo. El padre de Patricia, un hombre grandullón, con el pelo canoso y los mismos ojos ambar de su hija, que hoy habían perdido su brillo habitual.

—Déjala —me dijo—, está siendo muy duro para ella, apenas reconoce a nadie, pero no quiere irse. He... he intentado llevármela a casa, pero no atiende a razones. Es mejor dejarla tranquila, ella... —se le quebró la voz.

—Lo sé —dije yo también con la voz ahogada—, lo entiendo. Yo, lo siento, lo siento mucho. La quería mucho.

—Ella a ti también —me contestó abrazándome.

Me soltó de repente, enjuagándose los ojos, como si se avergonzara de llorar y me señaló las sillas situadas frente a la cámara donde descansaba el ataúd de Patricia.

—Ve allí —dirigí la mirada donde me indicaba y observé a Stear, su marido; no, su viudo, corregí mentalmente—necesita ayuda y no sabemos qué hacer, él... él... no quiere moverse del sitio y no quiere hablar con nadie.

Dejé a Daniel con el padre de Patricia y fui a sentarme en la silla vacía al lado de Stear. No dije nada, solo le cogí la mano. Él me la apretó con fuerza.

—Está preciosa, ¿no crees? —preguntó con la voz rota por el dolor.

—Sí, Stear, lo está. Ella siempre ha sido preciosa —contesté observando a mi amiga dentro de un ataúd de madera de roble, rodeada de un montón de flores. Su rostro estaba tranquilo, como si disfrutara de un bonito sueño, enmarcado en una cascada de cabello oscuros.

Al fondo se veía una enorme cesta de rosas rojas, con una cinta que rezaba: Espérame en el cielo.

Comencé a llorar. Cálidas lágrimas se deslizaban por mis mejillas en silencio.

—Odiaba las flores —susurré entre sollozos. Era algo que Patricia y yo compartíamos.

—Menos las rosas rojas —murmuró Stear, perdido en algún recuerdo.

—Seguro que si nos está viendo ahora, estará maldiciendo por haberla metido en un escaparate rodeada de tanta planta, como si ella fuera un ficus en exposición —añadí.

Oí un estertor que provenía de su pecho. Me giré creyendo que había roto a llorar y lo vi echando la cabeza hacia atrás y riendo a carcajadas hasta casi saltársele las lágrimas. Me contagió y comencé a reír yo también de forma algo histérica.

El murmullo silencioso de la sala que nos rodeaba calló. Y todas las miradas se dirigieron a nosotros, entre desconfiadas y reprobatorias.

Súbitamente nos miramos y nos abrazamos. Ya no había risa, sino tristeza.

—Me alegro de que estés aquí —dijo finalmente con la voz más firme.

No contesté. Nos quedamos unos minutos en silencio.

—Stear, ven, vamos a dar una vuelta o a tomar un café. Tienes que salir de aquí. El día va a ser muy largo y debes estar fuerte y sereno, por ella —mi voz era sosegada y tranquilizadora.

—No puedo irme, Candy, lo siento, tengo que quedarme.

—¿Por qué? —pregunté suavemente.

—Porque no puedo dejarla sola, no aquí. Se la ve tan frágil, ahí encerrada. Y si todo ha sido un error y me voy y... y... en ese momento ella abre los ojos y no me ve. ¿Qué va a pensar de mí? —pronunció de forma estrangulada.

No tenía una respuesta válida, nada que le sirviera como consuelo.

—Está bien. Me quedaré contigo.

Estuvimos juntos sujetándonos las manos varias horas en las que pasaron amigos y familiares a dar el pésame. Varias veces observé la cara de enfado de Daniel, pero no intentó acercarse en ningún momento. A las cuatro de la tarde, cuando ya no quedaba nadie en la sala, vinieron a llevarse el cuerpo de Patricia.

Acompañé a Stear hasta el coche fúnebre y me dirigí a nuestro coche, que seguía en el aparcamiento. Dentro esperaba Daniel escuchando la radio y jugando con el móvil.

—Has dado un espectáculo —me dijo hosco.

—Me da igual —contesté enfadada. Estaba cansada de ser la correcta y sumisa Candy. Ese día todo me era indiferente.

Arrancó el coche con un bufido y nos dirigimos al cementerio. Cuando llegamos comenzó a llover, con furia, como si el cielo estuviera tan enfadado como yo.

Una vez que enterraron a Patricia en el panteón familiar, nos encaminamos a la iglesia en la se celebraba el funeral. No había ingerido nada desde el desayuno y estaba a punto de desfallecer, pero a la vez notaba que se me tensaban todos los nervios bajo la piel, en un estado de ansiosa expectativa.

Era una iglesia moderna, instalada en los bajos de un edificio de viviendas. Nada en el exterior indicaba que fuera un lugar sagrado, salvo la enorme cruz de metal sobre las puertas de madera, sin embargo, una vez dentro me sentí envuelta por una súbita paz. Nos sentamos en uno de los bancos finales, dejando espacio a la muchedumbre que acompañaba a mi amiga en su despedida, amigos, compañeros de trabajo y familia se mezclaban en un grupo heterogéneo, triste y silencioso.

La luz era tenue, varios focos, situados en las paredes laterales, dirigidos al techo recubierto de filigranas en escayola, iluminaban el pequeño recinto. En el altar, la imagen de la Virgen, y, a su derecha, un Cristo clavado en la cruz.

Después de la homilía, cuando llegó el tiempo del rezo y la circunspección, el sacerdote comentó que el marido de la fallecida había elegido una canción para expresar su amor. Era algo extraño, pero conociendo a Patricia y Stear, me pareció bastante lógico. Por los altavoces sonó la música de Los Cinco Latinos, Quiéreme siempre. Emocionada observé a la gente a mi alrededor, que comenzó a abrazarse y darse la mano sintiendo en sus corazones la letra: siempre, quiéreme siempre tanto como yo a ti, nunca, nunca me olvides... Las lágrimas que pensé que ya no me quedaban brotaron nuevamente de mis ojos como un torrente sin freno. Me volví a Daniel, queriendo decirle sin palabras que lo amaba. Él no me miraba a mí, estaba haciendo algo con el móvil.

—¿Estás escribiendo un mensaje? —pregunté en un susurro brusco.

Mi marido levantó la vista y me miró sorprendido de que estuviera a su lado. Tuvo la decencia de parecer algo avergonzado. Guardó el móvil en el bolsillo de su chaqueta y me tendió la mano. Yo la rechacé y fijé la vista en el Cristo crucificado.

A la salida esperamos a que la gente se despidiera de Stear. Yo seguía bastante enfadada y no crucé palabra alguna con Daniel, que permaneció enfurruñado en un rincón, mostrando en su rostro las ganas que tenía de irse de allí.

Cuando Stear se quedó solo en compañía de sus padres y suegros me acerqué.

—Candy—murmuró como si me viera por primera vez.

—¿Adónde vas a ir ahora? —inquirí. Imaginé que iría a casa con sus padres. No quería dejarlo solo, al menos esa noche.

—Me voy a casa.

—¿Se quedan tus padres contigo?

—No, ellos están en un hotel. Quiero estar solo. Quiero hacerme a la idea de que ella ya no está. Necesito estar solo—repitió firmemente.

—No me parece una buena idea, Stear. Esta noche no. ¿Quieres que Daniel y yo nos quedemos contigo? —le ofrecí.

El piso de Patricia y Stear era amplio, otras veces nos habíamos quedado en la habitación de invitados, podíamos hacerlo esa noche, aunque ya hubiésemos reservado un hotel.

—No es necesario —al verme dudar continuó—: de verdad, estoy bien. Su gesto decía exactamente lo contrario.

En un impulso fruto del cansancio y de las emociones del largo día lo sujeté del brazo y tiré de él.

—¡Vamos!

—¿Adónde? —preguntó sorprendido.

—A hacer lo que le hubiera gustado a Patricia.

Me interrogó con la mirada.

—Ella siempre decía que una de las mejores cosas que tenían los irlandeses era cómo celebraban el paso a otra vida, reuniéndose y bebiendo a la salud del difunto, ¿lo recuerdas? —inquirí.

—Sí —sonrió haciendo una mueca.

—Bien —contesté— pues dime dónde hay un pub irlandés, porque vamos a beber a su salud. Necesitamos desesperadamente una pinta de la mejor cerveza negra.

—Estás loca —no había crítica en su voz.

—No, Stear —contesté—, la loca era ella, y, ahora que no está, es lo menos que puedo hacer para estar a su altura.

Dejé a Stear despidiéndose de su familia y me acerqué a Daniel, que seguía con el mismo gesto hosco, a explicarle mi plan. No le gustó, de hecho no le hizo ninguna gracia. Me dijo que no le parecía apropiado y que prefería irse a descansar al hotel. Nos despedimos con un brusco adiós.

Llamé a un taxi, que cinco minutos después nos dejaba en el O'Neill, lo más parecido a un pub irlandés que podíamos encontrar en España.

Cuando entramos el ambiente nos invadió, tranquilo y a la vez animado por música celta no demasiado alta. La decoración en madera y dorados hacía que te sintieras un poco mejor. Pedimos dos pintas de cerveza negra y nos sentamos en un reservado que imitaba a los confesionarios, aislándonos del resto de la gente.

—¿Qué voy a hacer ahora, Candy? —preguntó con voz triste dando un sorbo a su enorme vaso lleno de líquido parduzco.

—Seguir viviendo, por ella y por Eyre, que ahora te necesita más que nunca —contesté yo simplemente.

—No sé si voy a poder hacerlo, ella era lo que daba sentido a mi vida, como un faro en la tormenta y ahora que no está estoy completamente perdido —suspiró hondamente.

—Pues tienes que encontrarte —lo reprendí suavemente— y seguir adelante. Al principio será difícil, sobre todo el primer año. Pero cuando pase un año y un día y hayas atravesado cumpleaños, aniversarios, vacaciones y demás cosas que hicierais juntos y compruebes que el mundo sigue girando y tú con él, ya no parecerá todo tan complicado.

Recordé con tristeza el primer año que siguió a la muerte de mi padre, el cómo el simple hecho de levantarme de la cama cada día se convirtió en un esfuerzo sobrehumano. Hasta que un día, uno cualquiera, te das cuenta de que has sobrevivido y te has amoldado al sentimiento de pérdida constante.

Estuvimos unos minutos en silencio, bebiendo nuestras cervezas y comiendo como única cena el cuenco de patatas fritas que acompañó a las consumiciones.

—Sé lo de la carta —exclamó de improviso observándome con cuidado.

Lo miré sorprendida.

—Sabía que algo andaba mal. No era la misma desde las Navidades. Algo en ella se había apagado, pero el trabajo en la redacción era agotador y absorbente con esta maldita crisis, ya no sabíamos a quién le iba a tocar la lotería del despido y yo pasaba muchas más horas de las que debía en el despacho. No me di cuenta hasta que fue demasiado tarde.

—¿Sabías que estaba enferma? —pregunté enfadada. No podía creer que no hubiera hecho algo al respecto.

—No. Simplemente noté algo diferente. Ahora que lo analizo me doy cuenta de que poco a poco iba despidiéndose de todos los que conocía y preparándolo todo para cuando ya no estuviera.

—De mí no lo hizo —contesté con algo de amargura.

—Sí lo hizo. Te dejó una carta y un regalo. Tú para ella eras especial. Si hubiera hablado contigo directamente te hubieras dado cuenta de que algo grave ocurría. Ella siempre envidió esa cualidad en ti.

—¿Cuál?

—La empatía, no sé, esa capacidad que tienes de saber qué necesita la gente en cada momento. Decía que tenías un sexto sentido y que en otra vida debiste ser hechicera—contestó haciendo un esbozo de sonrisa.

—Sí, claro —contesté algo avergonzada—, seguro que me quemaron por bruja hace siglos, por eso ahora estoy pagando por mis pecados.

Sonrió mostrando una mueca en su triste rostro.

—A mí también me escribió. Me contó lo que ocurría y la decisión que había tomado y por qué no se lo había contado a nadie. Se acordaba mucho de lo que sufriste con tu padre—explicó.

—Podría no ser lo mismo —lo interrumpí—, podía haberse salvado, si quizá...

—No, no podía. Tengo los informes médicos y son claros al respecto. Que Dios me perdone, pero creo que hizo lo mejor. ¿Crees que soy mala persona por pensarlo? —preguntó.

—No. Yo también lo creo. Pero también pienso que debería quedar entre nosotros. ¿Sabes si hay más cartas por ahí perdidas?

—Solo la tuya y la mía. También me explicó lo que te había regalado. ¿Cuándo te vas?

—¿Irme? —pregunté algo enfadada—. No me voy a ir a ningún sitio. Lo que me ha propuesto es una locura. Me siento entre la espada y la pared. No puedo dejar a Daniel, a mi hija, mi trabajo. En fin, dejarlo todo por irme tres meses a cuidar unas niñas en otro país. Si te soy sincera, creo que ese era su sueño, no el mío. Y puede que hace diez años fuera algo que teníamos que vivir juntas, pero no pudimos hacerlo. Ahora es demasiado tarde, han pasado demasiadas cosas, tengo demasiadas obligaciones como para dejarlo todo y desaparecer por un —vacilé un momento buscando la palabra adecuada— un capricho adolescente.

Stear escuchó mi diatriba con los ojos algo nublados pero atento.

—Creo que debes hacerlo, Candy.

—¿Por qué? —inquirí casi gritando—. Dame solo una razón lógica y lo haré. Tengo demasiados problemas como para lanzarme a la aventura. Tengo treinta años, no dieciocho, un marido, una hija... tengo mi vida hecha y no voy a deshacerla por, por —me volví a atascar— por una tontería como esa. No quiero ni pensar en lo que diría Daniel si le digo que me voy tres meses a Irlanda y no quiero darle más motivos para discutir, porque este sí sería un motivo importante y además tendría que darle la razón.

—¿Qué motivos te dio Patricia en la carta para hacerte prometer que harías ese viaje? —preguntó haciendo una seña al camarero para que nos llevara dos nuevas pintas.

—Dijo que me estaba ahogando. ¡Ahogando! ¿Te lo puedes creer? Y lo peor es que asumió que yo no me daba cuenta. Escribió que si me iba, lo vería todo desde otra perspectiva, que era lo que necesitaba —bebí un largo trago sintiendo el amargor de la bebida pasando por mi garganta. El alcohol había comenzado a calentarme el cuerpo, la mente y, sobre todo, la lengua.

—¿Qué tal te va con Daniel? —cambió de tema bruscamente, como solía hacer Patricia.

—Y a ti que te importa —solté.

Stear se reclinó en el asiento, haciéndolo crujir, sorprendido por mi exabrupto.

—Ya me has contestado.

Enterré mi rostro en la cerveza y aspiré su olor agrio. Era un tema delicado. Daniel y yo últimamente discutíamos por todo y, sin embargo, no hablábamos de nada. Pero ¿no es lo que ocurre en todos los matrimonios al cabo de un tiempo? Sobre todo cuando se tienen hijos. O mirándolo desde otra perspectiva, los hijos acaban convirtiéndose en la mejor excusa para llenar los silencios de la pareja. No estaba muy segura, tampoco tenía ganas de pensarlo con más detenimiento.

—¿Y si Patricia vio ese "algo" y creyese que dándote esta oportunidad de alejarte un tiempo pudieras recuperar lo que estás perdiendo, antes de que fuera demasiado tarde? Piénsalo, ella era una de las personas que mejor te conocía. Erais como hermanas, la frase que comenzaba una la terminaba la otra. A veces dabais miedo, dos mitades de la misma persona —explicó.

El calor que me había dado el alcohol estaba difuminándose a una velocidad vertiginosa. Ahora solo sentía ganas de llorar de nuevo. Un profundo cansancio se apoderó de mí.

—Déjalo —le dije con tristeza.

—Prométeme que lo pensarás —insistió él.

Dudé sacudiendo la cabeza intentando despejar mi mente confusa.

—Por ella. Promételo —volvió a insistir completamente ebrio.

—¡Está bien! ¡Lo haré! ¡Lo pensaré! —respondí finalmente claramente enfadada.

—Bien. Eso está bien —se reclinó otra vez cerrando los ojos.

Después de aquello hablamos de lo humano y de lo divino. Recordamos anécdotas de Patricia y de nuestros años de estudiantes. Lloramos y reímos ya completamente borrachos bebiendo la tercera pinta.

—¿Te contó cómo nos conocimos? —balbució.

—Sííí —contesté yo de igual modo—, claaarooo.

Finalmente, Patricia hizo ese viaje a Irlanda, en el que no encontró a su pelirrojo fogoso, sino a un moreno de Madrid, que por lo que me contó también contribuyó mucho a que temblara el suelo de Tara.

—Estaba enamorada de ella desde el primer día de clase—murmuró Stear.

—¿Qué? —repliqué sorprendida. Yo creía que se habían conocido en Irlanda.

—Sí, la vi entrar el primer día de clase en el vestíbulo de la facultad de periodismo con tanto aplomo y seguridad, mirándolo todo como si fuera la mismísima rectora de la Universidad, que quedé completamente idiotizado por sus ojos. La deseé desde ese mismo momento y no paré hasta que fue mía. Os seguí de fiesta en fiesta, desde luego no os perdíais una —apostilló con algo de sarcasmo—, apartando moscones y pretendientes, hasta que descubrí que os habíais apuntado al programa de au pairs en Irlanda. Como yo terminaba ese año la carrera advertí en ello mi última oportunidad, así que me ofrecí como enlace de un puñado de mocosos de primero con muchas ganas de fiesta. ¡Dios!—sacudió la cabeza riéndose— me dieron muchísimos problemas. La que más, ella. No volvía nunca a su hora y no asistía a las clases de apoyo. Así que tuve que ponerme firme.

—¿Qué hiciste? —pregunté curiosa. Esa parte de la historia, Patricia me la había ocultado.

—Yo, nada. Lo hizo todo ella. ¿Crees que algún hombre tendría opción una vez que ella decidía algo?

—No —reí.

—La invité a salir una noche y no sé cómo acabamos completamente borrachos en medio de una pradera cantando Danny Boy a pleno pulmón. Cuando terminamos me dijo muy seria: vale, no eres pelirrojo, pero puedes servir. Veamos lo que sabes hacer. Y me besó. Me besó como nunca me habían besado antes.

—¿Y?

—Lo hice lo mejor que sabía y parece ser que aprobé el examen —yo me reí otra vez— y con nota, ¿eh?

—Slàinte! Por ella, Patricia la loca que robó nuestros corazones ahora rotos —exclamé chocando mi vaso contra el suyo.

—Slàinte! —contestó sonriendo por primera vez de forma sincera en todo el día.

Después de aquella confesión hablamos un rato más hasta que el cansancio finalmente nos venció. Cabeceando pedimos un taxi. Nos despedimos con un abrazo y con promesas de mantenernos en contacto. Lo dejé triste pero sereno, aunque lo vi dirigirse al portal algo tambaleante y se le cayeron un par de veces las llaves antes de conseguir abrir la puerta. Finalmente se volvió y me guiñó un ojo, levantó el dedo gordo en señal de que todo estaba bien y entró en su casa.

Unos minutos después llegué al hotel. Pedí al recepcionista la llave de la habitación y entré lo más silenciosamente que pude. La habitación estaba a oscuras y oí el ronquido de Daniel como respuesta al cerrar la puerta.

En un ataque de romanticismo probablemente provocado por la ingesta de alcohol y el día tan largo y agotador que había vivido, me desvestí completamente y desnuda me metí en la cama. Lo abracé y él se despertó sobresaltado.

—Shhhh, soy yo —le susurré suavemente al oído.

—Mmfffm —contestó adormilado.

Pasé mis brazos por su torso hasta llegar a su entrepierna que sujeté con más fuerza.

—Pero ¿qué..? —se giró ya completamente despierto—¿Estás desnuda? —preguntó tocando mi piel.

—Sí.

—¿Por qué? —en su tono solo había curiosidad.

—Quiero que me hagas el amor —contesté intentando besarlo.

Él se apartó, tirándose hacia atrás.

—¿Stear no te ha dado suficiente? —inquirió despectivamente. Sentí que me arrojaba una jarra de agua fría.

—¿¡Qué!? —exclamé yo totalmente indignada—. ¿Cómo se te ocurre siquiera insinuar algo así?

—Es lo que ha pensado todo el mundo al verte irte con él. Que ibas a consolar al maridito de tu amiga muerta y así le calentabas la cama —el odio en su voz era patente.

Me dieron ganas de patearle la entrepierna, que momentos antes había acariciado con tanto cariño.

—Eso no lo ha pensado todo el mundo. Solo tú. Estás enfermo. ¿Cómo puedes creer que yo he hecho algo así? Solo hemos estado hablando en un pub irlandés —mi tono de voz y mi enfado subían decibelios por momentos.

—No hay forma de saberlo, ¿no? —contestó también gritando—. Solo tu palabra.

—Mi palabra debería ser suficiente. Soy tu mujer ¡por Dios! Lo que has insinuado es... agh... ¡asqueroso! ¿Te he dado alguna vez motivos para dudar de mí? ¿Es eso acaso?—escupía las palabras con fiereza.

Sonaron unos golpes en la habitación de al lado.

—¡Cállate! —me ordenó bajando la voz—, no quiero discutir, solo dormir, así que déjame en paz.

Se giró hacia el otro lado y apagó la luz de la mesilla.

Me sentí completamente humillada y más cuando una arcada hizo que corriera al baño donde vomité la cerveza apoyada en la taza del inodoro. Comencé a temblar y las fuertes contracciones de mi estómago hicieron que me doblara sobre mí misma, expulsando bilis y saliva. Pasaron los minutos. Daniel no vino a ver cómo me encontraba. Finalmente y sintiendo agarrotados todos los músculos del cuerpo, temblando de frío y de dolor, me arrastré hasta la cama y me tumbé en una esquina, quedándome dormida al instante, con la sensación de que algo iba mal, muy mal y yo no lo había visto hasta ese instante.

Continuara...

Holaaaaa, gracias por sus comentarios, no habia publicado porque estoy sin internet, cambie de empresa y no me lo han instalado...con mis datos de mi cel publique estos dos cap... espero lo disfruten...me disculpo pir los herrores . Abrazos